Lo más leído la última semana
10/6/21
Personas capaces de pensar
3/6/21
Hiparco
Por Jesús Mosterín
Imagen
tomada de https://bit.ly/3lrAliM
Hiparco
es considerado como el más grande observador astronómico de la Antigüedad ... Fue él quien introdujo en la astronomía helenística
la idea de la observación sistemática y de la predicción exacta, que debe
concordar con las observaciones posteriores. Introdujo la trigonometría en
forma de tabla de cuerdas. Desarrolló la geometría de los epiciclos y
deferentes, usados más tarde por Ptolemeo. Fue el primer astrónomo que
construyó modelos cuantitativos precisos de los movimientos del Sol y de la
Luna, haciendo uso de la riqueza de datos acumulados por los astrónomos
babilónicos durante muchos siglos. Es probable que fuera el primero en poder
predecir los eclipses solares, basado en su teoría de los movimientos solares y
lunares y en su trigonometría.
Fuente:
Mosterín, J. (2007), Helenismo, Alianza Editorial, Madrid.
27/5/21
Óscar Arnulfo Romero
20/5/21
¿Pueden sufrir?
13/5/21
Los sectarios
Todos
los sectarios teníamos que estar solteros y ser más o menos castos, porque se
suponía que los castos son disciplinados e inusualmente enérgicos. Pero los
jefes no podían apelar a remedios que la historia prueba útiles, como encerrarnos
y alejarnos de las tentaciones cual monjas y monjes, u ofrecernos la gracia
divina a cambio de la abstinencia. Porque el trabajo estaba allí afuera, en las
calles, con la gente, y porque no éramos religiosos. En lugar de castigar el
deseo, intentaban maniatarlo con la fuerza de la propaganda y los sanos consejos.
Si el deseo nos inundaba, nos recomendaban buscar alivio en la masturbación, que
además previene el contacto íntimo con otro cuerpo. Trataban de inculcarnos un
sentido de culpa libre de dogmas, pero sustentado en el mito de que el sexo es
sucio. Que pensemos, nos pedían, en lo mal que huelen los pies, los sexos, las
axilas, el aliento, el mal aliento que persiste a pesar de un minucioso cepillado.
Que imaginemos los millones de bacterias que intercambian los amantes, algunas
vinculadas a enfermedades graves o a enfermedades silenciosas que se manifiestan
años después. Los jefes, por supuesto, eran conscientes de que a pesar de todo más
de un sectario se las arreglaba para acostarse con mujeres, sectarios que conseguían
novias pasajeras o sectarios que aprovechaban los viajes para frecuentar a
mujeres de alquiler. Los jefes no podían prescindir de estos sectarios libidinosos
porque a menudo eran los que hacían el trabajo más valioso. Pero la mayoría no
parecían echar en falta el contacto sexual, sectarios que hablaban con pasmosa
naturalidad de su firme castidad. Yo también cumplía los requisitos, pero el
deseo me inundaba casi a diario y a menudo una ansiedad devoradora me estropeaba
las noches. No acudía al sexo pagado porque de joven había tenido un par de malas
experiencia con mujeres que parecían marionetas gruñonas. Tampoco me animaba a cortejar
a ninguna mujer porque siempre me había considerado feo y torpe. Solo fui capaz
de asumir una actitud más sana y natural cuando conocí a Ana y dejé de ser
casto y soltero. Pero los desencuentros con los jefes comenzaron antes de
vulnerar las reglas de la secta, al darme cuenta que los sabios que allí habíamos
estudiado seguramente habrían criticado el énfasis de la secta en la castidad. En
un libro de uno de los autores más leídos encontré una sentencia que rezaba
así: «La naturaleza también es un poco sucia, como la vida y como el amor, y
así hemos de aceptarla». En esas contradicciones se gestaron los cismas que en los
próximos años habrían de dividir a los sectarios y dispersar las nuevas sectas
por medio mundo.
6/5/21
El unitarismo
29/4/21
Franklin Delano Roosevelt
22/4/21
El círculo de la compasión
15/4/21
Diez minutos de nuestro tiempo
8/4/21
Esclavos por máquinas
Por Jesús Mosterín
En
la Antigüedad la esclavitud era una institución universal. Aristóteles parece haber tenido una vida doméstica muy satisfactoria. Fue feliz con sus dos
mujeres y cordial con sus esclavos. En su testamento concede la libertad a
algunos de estos últimos y determina que los hijos de sus esclavos no sean en
ningún caso vendidos, sino que sirvan a sus herederos hasta que lleguen a
adultos, en cuyo momento se les dará la libertad. Aristóteles dice también que «el
amo y el esclavo que por naturaleza merecen serlo tienen intereses comunes y
amistad recíproca», y que «se equivocan los que no dan razones a los esclavos y
declaran que solo debemos darles órdenes». Sería no solo anacrónico, sino
también un poco farisaico, enjuiciar demasiado severamente a Aristóteles por su
defensa de la esclavitud. De hecho los esclavos eran los servidores domésticos
y hasta hace poco lo normal en nuestra sociedad era que todas las familias de
clase media tuvieran sus criadas, que no se diferenciaban tanto de los antiguos
esclavos. La vida de los esclavos que trabajaban en las minas sí que era muy
dura, pero también lo era la de los mineros y obreros del siglo pasado. Si hoy
hemos podido eliminar esas lacras sociales, ello se ha debido más al progreso
técnico que al moral. En gran parte hemos sustituido los esclavos por las
máquinas. Ya el mismo Aristóteles había pensado en tal posibilidad.
Si todos los instrumentos [inanimados] pudieran
cumplir su cometido obedeciendo las órdenes de otro o anticipándose a ellas […],
si las lanzaderas tejieran solas […], los amos no necesitarían esclavos.
1/4/21
El solipsismo de Tolstói
25/3/21
Los turcos versus los armenios
18/3/21
Samuel Ruiz
Por
Eduardo Galeano
En
1959, llegó el nuevo obispo a Chiapas.
Samuel Ruiz era un joven horrorizado por
el peligro comunista, que amenazaba la libertad.
Fernando Benítez lo entrevistó. Cuando
Fernando le comentó que no merecía llamarse libertad el derecho de humillar al
prójimo, el obispo lo echó.
Don Samuel dedicó sus primeros tiempos de
obispado a predicar resignación cristiana a los indios condenados a la
obediencia esclava. Pero pasaron los años, y la realidad habló y enseñó, y don
Samuel supo escuchar.
Y al cabo de medio siglo de obispado, se
convirtió en el brazo religioso de la insurrección zapatista.
Los nativos lo llamaban el Obispo de los
Pobres, el heredero de fray Bartolomé de Las Casas.
Cuando la Iglesia lo trasladó, don Samuel
dijo adiós a Chiapas, y llevó consigo el abrazo de los mayas:
–Gracias –le dijeron–. Ya no
caminamos encorvados.
Fuente: Galeano, E. (2016), El cazador de historias, Siglo XXI, Ciudad de México.
11/3/21
De perseguidos a perseguidores
Por Jesús Mosterín
La
historia da muchas vueltas, y cuando una vuelta es completa, la llamamos una
revolución. La secta judía subversiva que había sido el jesusismo inicial ya
había pasado por una primera revolución (la paulinista) cuando abandonó la
sinagoga y se transformó en el cristianismo helenista, mistérico y sumiso
frente al Imperio. A principios del siglo IV tuvo lugar otra revolución aún más
imprevisible y de mayor trascendencia histórica: los cristianos conquistaron
(o, más bien, recibieron de Constantino) el poder en el Imperio Romano. El
cambio resultó portentoso: de ser casi una guerrilla antirromana, y luego una
secta de mala reputación, sospechosa y apenas tolerada por las autoridades, el
cristianismo se vio de pronto instalado en el centro mismo del poder, en la
corte imperial, y enseguida empezó a gozar de todo tipo de privilegios y
prebendas, y a usar de las armas del Estado para aplastar y acallar a todos sus
competidores ideológicos –judíos, herejes, paganos, filósofos y cualesquiera
otros que no comulgasen con sus ruedas de molino–. En definitiva, los
cristianos se convirtieron de perseguidos en perseguidores.
Fuente:
Mosterín, J. (2010), Los cristianos, Alianza Editorial, Madrid.
4/3/21
Gozar
25/2/21
Edward I versus los judíos
18/2/21
Sobre el suicidio
Casi
todas las personas toman partido por la vida, a pesar de lo dura que puede ser,
pero en la secta nos parecía importante auxiliar a la la minoría que opta por
el suicidio. Hay buenos y malos motivos para quitarse la vida. Un adolescente desesperado
que piensa en el suicidio luego de una ruptura amorosa, tiene un mal motivo, pues
seguramente el tiempo curaría esa herida. En la secta creíamos que treinta son
los años que hacen falta para conocer la vida. Quien opte por el suicidio debería
entonces haber vivido al menos treinta años, con la excepción de quienes
padezcan una grave enfermedad desde temprana edad. Un sufrimiento tan intenso
que un adulto lo considere insoportable, constituye un buen motivo para quitarse
la vida. Pero el cuerpo es resistente y no se deja apagar tan fácilmente, como
muestran los penosos casos de personas que logran quitarse la vida después de
varios intentos y recurriendo a métodos cada vez más violentos. Hay que ayudar
a los suicidas a conseguir su objetivo. El procedimiento consiste en
proporcionarle una pastilla que lo duerma para que a continuación un médico compasivo
le inyecte una droga letal. En la secta pensábamos que lo ideal sería que
existieran centros para asistir a los suicidas en todas las ciudades del mundo con
al menos un millón de habitantes.
11/2/21
¡Dos y dos son cuatro!
Por Philip Roth
Filosófica:
–A quién le importa.
–¡A mí me importa! ¿Sabes
cuántas son dos más dos? ¡Quiero saberlo! Mírame. Hablo en serio. Tengo que saber
lo que sabes y lo que no sabes, y por dónde hay que empezar. ¿Cuántas son dos
más dos? ¡Contéstame!
Estúpida:
–No sé.
–¡Sí lo sabes! Y no
hables como una criatura. ¡Contéstame!
Fuera de sí:
–¡No sé! ¡Te digo que me
dejes en paz!
–Mónica, ¿cuántas son
once menos uno? A once le quitas uno. Si tienes once centavos y alguien te
quita un centavo, ¿cuánto te queda? Tienes que saber esto.
Histérica:
–¡No lo sé!
–¡Lo sabes!
Explosión:
–¡Doce!
–¿Cómo pueden ser doce?
Doce es más que once. Te pregunto qué es menos que once. Once menos uno
son… ¿cuánto?
Pausa. Reflexión.
Decisión:
–Uno.
–¡No! ¡Tienes onces y le quitas
uno!
Iluminación:
–¡Aaah! ¡Le quito...!
–Sí. Sí.
Impávida:
–Nunca hemos hecho quitar.
–Lo has hecho. Has tenido
que hacerlo.
Firme:
–Te digo la verdad. No
tenemos quitar en la escuela James Madison.
–Mónica, esto es restar...
lo tienen en todas partes, en todas las escuelas, y tienes que saberlo.
Querida, no me importa lo del sombrero, ni siquiera me importa lo de tu padre,
eso ya pasó. Me importas tú y lo que será de ti. Porque no puedes ser como una
niña pequeña que no sabe nada. Sí sigues así tendrás dificultades y una vida
terrible. Eres mujer, y estás creciendo, y tienes que saber cómo obtener cambio
de un dólar y qué viene antes del once, que es la edad que tendrás el año
que viene. Y tienes que saber cómo sentarte... por favor, por favor, no te
sientes así, Mónica, por favor, no vayas en el autobús ni te sientes así en
público, aunque insistas en sentarte así aquí para hacerme enfadar. Por favor,
prométemelo.
Hosca, perpleja:
–No te entiendo
–Mónica, estás creciendo,
aunque los domingos te vistan como una muñeca.
Justa indignación:
–Eso es para la iglesia.
–Pero la iglesia no tiene
nada que ver contigo. Lo que es importante para ti es leer y escribir...
Mónica, te juro que te digo todo esto solo porque te quiero, y no quiero que te
pase nada malo, nunca. ¡Te quiero, debes saberlo! Lo que puedan haberte
dicho de mí no es verdad. No estoy loca, no soy una demente. No tienes que
tenerme miedo, ni odiarme... He estado enferma, pero ahora estoy bien, y me dan
ganas de ahorcarme cada vez que pienso que te dejé en manos de él, que pensé
que te daría una madre y un hogar y todo lo que yo quería que tuvieses. ¡Y
ahora no tienes madre... tienes esta persona, esta mujer, esta idiota que te
viste con ese disfraz ridículo y te da una Biblia para llevarla en la mano
cuando ni siquiera sabes leer! Y como padre tienes a ese hombre. ¡De
todos los padres del mundo, ese!
En este punto, Mónica
lanzó un alarido tan penetrante que salí corriendo de la cocina, donde había
estado sentado a solas con una taza de café frío, sin saber qué pensar.
En la sala, lo único que
había hecho Lydia era tomar una de las manos de Mónica, y sin embargo la chica
gritaba como si fueran a matarla.
–Pero ¡si solo quiero
acariciarte! –decía Lydia entre sollozos.
Como si mi aparición
fuese la señal para el comienzo de la verdadera violencia, Mónica empezó a
echar espuma por la boca, gritando sin interrupción:
–¡No me toques! ¡No me
toques! ¡Dos y dos son cuatro! ¡No me pegues! ¡Son cuatro!
Fuente: Roth, P. (1974), Mi vida
como hombre, Random House Mondadori, Barcelona.




