Por Eduardo Galeano
Los
príncipes, al servicio de la corona británica, vivían angustiados por la
escasez de tigres en la selva y las crisis de celos que perturbaban el harén.
En pleno siglo veinte, se consolaban como
podían:
el marajá de Bharatpur compró todos los
Rolls-Royce disponibles en Londres y los destinó a la recolección de la basura
en sus dominios;
el de Junagadh tenía muchos perros con
habitación propia, teléfono y sirviente;
el de Alwar incendió el hipódromo cuando
su pony perdió una carrera;
el de Kapurthala construyó una copia
exacta del palacio de Versalles;
el de Mysore construyó una copia exacta
del palacio de Windsor;
el de Gwalior compró un trencito de oro y
plata que recorría el comedor del palacio llevando sal y especias a sus
invitados;
los cañones del marajá de Baroda eran de
oro macizo
y el de Hyderabad usaba de pisapapeles un
diamante de ciento ochenta y cuatro quilates.
Fuente:
Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.
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