Por Ian Kershaw
«Estudia
el pasado». Este consejo de Confucio adorna uno de los pórticos del edificio de
los Archivos Nacionales en Washington. «El pasado es prólogo», reza la cita de La
tempestad de Shakespeare inscrita en el otro pórtico. El estudio del pasado
permite al historiador seguir la trayectoria de Europa, a menudo turbulenta,
hasta llegar al presente. Pero ¿de qué es prólogo el pasado? En un sentido
estricto, no existe el presente, solo el pasado y el futuro. El pasado es un
camino razonablemente bien iluminado (aunque con numerosos recodos sombríos y
desviaciones a oscuros matorrales) que luego bloquea una gran puerta
intimidatoria en la que se lee «Futuro». A través de algunas pequeñas aberturas
en la puerta es posible vislumbrar varios senderos poco iluminados que parten
de allí y desaparecen en el crepúsculo. Tal vez uno de esos caminos parece un
poco más ancho, una senda hacia delante más probable que las otras, pero no es
seguro. Es imposible saberlo. En cualquier caso, ese camino, transcurrida una
corta distancia, también conduce a una impenetrable oscuridad.
El destino a partir de ahí no es claro.
Los patrones estructurales de la evolución del pasado (las tendencias
demográficas o socioeconómicas, por ejemplo) solo pueden ofrecer indicadores
imprecisos de cómo podrían ser en términos generales las próximas décadas; aun
así, el futuro siempre está abierto. La historia solo ofrece la guía más
imprecisa de aquello que no se pude prever. No solo los procesos estructurales
a largo plazo, sino también acontecimientos impredecibles pueden provocar
cambios trascendentales. Es fácil subestimar el papel de la contingencia en los
cambios históricos. Sin embargo, la historia está repleta de cuestiones que
tienen un impacto dramático pero dependen de la contingencia: por ejemplo, el
resultado de una batalla, una revuelta política inesperada o la personalidad de
un gobernante. La respuesta atribuida (tal vez apócrifamente) al ex primer
ministro británico Harold Macmillan a la pregunta de un periodista sobre las
mayores dificultades a las que se enfrentaba un gobierno, «los acontecimientos,
querido muchacho, los acontecimientos», resumía con precisión la
imprevisibilidad del futuro y la dificultad para los historiadores (como para
todos los demás) de pasar de interpretar el pasado a adivinar el futuro.
Fuente:
Kershaw, I. (2018), Ascenso y crisis, Crítica, Barcelona.