24/7/18

No hay nada malo en el sexo


Por Bertrand Russell*
El sentido del pecado que domina a muchos niños y jóvenes y a menudo dura hasta la vida adulta, es una desdicha y una fuente de confusión que no tiene ningún propósito útil. Se produce casi enteramente por la enseñanza moral convencional acerca del sexo. El sentimiento de que el sexo es malo hace imposible el amor feliz, hace que los hombres desprecien a las mujeres con las que tienen relaciones y, a menudo, que tengan impulsos crueles hacia ellas. Además, la confusión en la que desemboca el impulso sexual cuando se inhibe, tomando la forma de amistad sentimental o ardor religioso o lo que sea, causa una falta de sinceridad intelectual que es muy hostil a la inteligencia y al sentido de realidad. La crueldad, la estupidez, la incapacidad para las relaciones personales armoniosas, y muchos otros defectos, tienen su origen en la mayoría de casos en la enseñanza moral impartida durante la infancia. Digámoslo con la mayor simplicidad y franqueza: no hay nada malo en el sexo, y la actitud convencional en este asunto es morbosa. Creo que ningún otro mal en nuestra sociedad es una fuente tan poderosa de miseria humana, ya que no solo causa una larga cadena de males, sino que inhibe la bondad y el afecto humano que podrían llevar a los hombres a remediar los otros males evitables –económicos, políticos y raciales– que torturan a la humanidad.
Fuente: Russell, B. (1957), Why I am not a Christian, Routledge, London.
*La traducción es mía.

17/7/18

Lanarquismo


Por Ernesto Sabato
Vino un cliente y compró cigarrillos. Al cabo de un largo tiempo, Carlucho comentó sibilinamente:
–¡La gran puta! Si habría lanarquismo...
Nacho lo consideró con extrañeza.
–¿Lanarquismo?
–Sí, Nacho. Lanarquismo.
–¿Y qué es eso?
Carlucho se sentó en sillita enana y sonrió con ojos meditativos y nostálgicos. Era evidente que pensaba en algo muy lejano pero lindo.
–Aquí tendría destar Luvi –dijo.
–¿Luvi?
–Sí, Luvi.
–¿Y quién es Luvi?
En los grandes momentos, cuando Carlucho se disponía a iniciar alguna de aquellas ideas que sentía profundamente, cambiaba la yerba del matecito, se tomaba su tiempo y preparaba lo que iba a decir con largos silencios, así como las estatuas se colocan en las plazas, rodeadas de espacios que las destaquen en toda su belleza.
–Quién era Luvi –comentó con los ojos siempre nostálgicos.
Después de sentarse de nuevo en la sillita enana, la misma que había pertenecido a su padre, explicó:
–Ya te dije que al año 18, justo cuando terminó la guerra, yo pionaba a la estancia Don Jacinto. Junto con Custodio Medina pionaba. Entonce llegó Luvi. ¿Sentiste hablá de lo linyera, vo?
–¿Linyera?
–Sabían vení de muy lejo, con latadito a la espalda. Caminando por la vía el ferrocarril, y despué por lo camino. Venían a la estancia y siempre había comida y un catre pa lo linyera, esa é la verdá.
–¿Pero entonces eran peones, como vos o Medina?
Carlucho hizo un gesto negativo con el dedo.
–No señó, no eran pione. Lo linyera eran linyera, no pione. Lo pione éramo conchabado pa trabajá.
–¿Conchabado?
–Pero sí, sonso. Trabajábamo pa ganá dinero, comprendé.
–¿Y los linyeras no trabajaban?
–Sí que trabajaban, pero no pa ganá dinero. Nadie lo obligaba.
Nacho no entendía. Carlucho lo miró, frunció la frente en un gran esfuerzo y trató de ser más claro.
–Lo linyera eran libre como lo pájaro, ¿entendé? Venían a la estancia, hacían alguno trabajito si querían y despué se iban como habían venido. Lo estoy viendo como hoy, cuando Luvi había guardado toda su cosita y había hecho latado pa irse. Don Busto, el mayordomo, le dijo si se quiere quedá aquí, amigo Luvi, tiene trabajo si quiere. Pero Luvi no don Busto, se lo agradezco pero tengo que seguí viaje.
–¿Tenía que seguir viaje? ¿Adónde?
–¿Cómo adónde? ¿No te acabo de decí que lo linyera eran como lo pájaro? ¿Adónde van lo pájaro? ¿Lo sabé vo?
–No.
–Ai tené lo que te digo, sonso.
Se quedó pensativo, añorando.
–Me parece que lostoy viendo –dijo. Alto y flaco, con su barba casi colorada y lojo azule clarito. Con latado al hombro. No quedamo todo viendo cómo siba entre la casuarina, y despué al camino. Quién sabe adónde.
Carlucho miraba hacia el parque, como si lo estuviera viendo alejarse entre los árboles, hacia el infinito.
–¿Y no lo viste nunca más?
–Nunca má. Vaya a sabé si ha muerto.
–Qué nombre raro, Luvi, ¿no?
–Sí, nombre destranjero. Era alemán o italiano, pero no sé, porque no era italiano como mi padre. Decía que era de una parte rara, que ahora no sé. Luvi. Eso é. Vino, hizo alguno trabajito de mecánico, arregló uno motore, algo en una trilladora. Sabía de todo. Y de noche, al galpón de lo pione esplicaba lanarquismo.
–¿Lanarquismo?
–Sí, leía un librito que tenía y esplicaba.
–¿Y qué es lanarquismo, Carlucho?
–Yo soy un bruto, ya te dije. ¿Qué queré? ¿Qué tesplique como Luvi?
–Bueno, pero decime algo. Era un cuento como ese que me constaste de Carlomano.
–Pero no, sonso. Otra cosa.
Tomó mate y se concentró profundamente.
–Te voy a hacé una pregunta, Nacho. Atendé bien.
–Sí.
–¿Quién hizo la tierra, lo árbole, lo río, la nube, el sol?
–Dios.
–Bueno, está bien. Entonces son pa todo, todo tienen derecho a tené lo árbole y a tomá el sol. Decime, ¿lo pájaro tiene que pedile permiso a alguien pa volá?
–No.
–Puede andá y vení en el aire, y hacé el nido y tené la cría, ¿no é así?
–Claro.
–Y cuando tiene hambre o tiene que alimentá lo pichone va y busca alguna cosita, alguna semilla y se lo lleva. ¿No é así?
–Claro.
–Y bueno, el hombre, esplicaba Luvi, é como el pájaro. Libre de í y vení. Y si tiene gana de volá, vuela. Y si quiere hacé un nido, lo hace. Porque la semillita y la paja pa hacé el nido, y el agua pa bañarse o pa tomá son de Dio y Dio la hizo para todo el mundo. ¿Entendé todo esto? Porque si no entendé no podemo seguí adelante.
–Sí, lo entendí.
–Muy bien. Entonce, ¿por qué uno poco tienen que apoderarse de la tierra y lotro tenemo que trabajá de pione? ¿De dónde sacaron ese campo? ¿Lo fabricaron ello?
Después de pensarlo un poco, Nacho dijo que no.
–Muy bien, Nacho. Quiere decí entonce que lo robaron.
Nacho se sorprendió muchísimo. ¿Cómo, los ladrones no iban a la cárcel? Carlucho sonrió con amargura.
–Esperá, sonso, esperá –comentó–. Testoy diciendo que esa tierra la robaron.
–Pero ¿a quién la robaron, Carlucho?
–Y qué se yo. A lo indio, a la gente antigua. No sé. Ya te dije que soy un bruto, pero Luvi sabía todo eso. Ademá, pensá un momentito. Suponé (é un suponé) que mañana desaparecería todo lo pione de campo. ¿Me queré decí vo qué pasaría?
–Y, no habría gente para trabajar el campo.
–Esato. Y si nadie trabajaría el campo no habería trigo y sin trigo no habería pan y sin pan todo el mundo no podería come. Ni lo patrone. ¿De dónde iban a sacá el pan, si me podé decí? Ahora atendé bien porque vamo a dar otro paso. Suponete también que desaparecería lo zapatero. ¿Qué pasaría?
–No habría más zapatos.
–Esato. Y ahora suponete que desaparecería lo albañile.
–No habría más casas.
–Muy bien, Nacho. Ahora yo te pregunto qué pasaría si mañana desaparecería lo patrone. Lo patrone no siembran el mai ni el trigo, ni hacen lo zapato ni la casa, ni levantan la cosecha. ¿Me podé decí un poco qué é lo que pasaría, si se puede sabé?
Nacho lo miró con asombro. Carlucho lo consideraba con una sonrisa de triunfo.
–Andá, decime lo que pasaría si mañana desaparecería lo patrone.
–Nada –respondió sorprendido Nacho de la enormidad–. No pasaría nada.
–Ni má ni meno. Ahora fijate a una cosa que esplicaba Luvi: lo zapatero pa hacé lo zapato necesitan el cuero, lo albañile necesitan lo ladrillo, lo pione necesitan la tierra y la semilla y lo arao. ¿Cierto?
–Sí.
–Pero ¿quién tiene lo cuero, lo ladrillo, la tierra, lo arao?
–Los patrones.
–Esato. Todo está a mano de la patronal. Por eso lo pobre estamo esclavizao. Porque ello tienen todo y nosotro no tenemo nada, má que lo brazo pa trabajá. Ahora vamos a da otro paso, así que atendeme bien.
–Sí, Carlucho.
–Si nosotro lo pobre no apoderamo de la tierra y de la máquina y del cuero y de lorno de ladrillo, podemo fabricá zapato y levantá construcione, y sembrá y cosechá, porque pa eso tenemo lo brazo. Y no habería pobreza ni esclavitú. Ni enfermedá. Y todo podríamo ir a la escuela.
Nacho lo miraba con asombro.
Carlucho arregló las revistas y los cigarrillos, pero su mente estaba vuelta a su interior. Hacía un gran esfuerzo mental, pero su voz estaba desprovista de rencor: era serena y cariñosa.
–Mirá, Nacho –prosiguió–. Todo é muy simple. Luvi lo esplicaba todo con el librito y poniendo cosita en el suelo. Así y así: que esta piedrita é la fabrica, que este mate é la máquina, que esto porotito somo lo pione. Y te digo que esplicaba cómo no habería má enfermedá, ni tísico, ni miseria, ni esplotación. Todo el mundo tendría de trabajá. Y el que no trabaja no tiene derecho a víví. Bah, testoy hablando de lombre y mujere sano. No te hablo de lo nene ni de lonfermo, ni de lo viejo. Al contrario, decía Luvi, todo lo que trabajan tienen el debé de mantené a linválido, a lo niño y lo viejo. Así que uno hace zapato, el otro hace larina, el otro te hace el pan, el otro va a la cosecha. Y todo lo que hacen se guarda en un galpón. En ese galpón hay de todo: que comida, que ropa, que libro escolare. Todo lo que te podé imaginá. Hasta juguete y golosina pa lo nene, queso é tan necesario como pa nosotro un caballo o un sombrero. Al frente el galpón hay otro que trabaja deso, de cuidadó del galpón. Y entonces yo voy y le digo me da un par de zapato número tal o cual, y el otro pide un kilo e carne y el otro una onza e chocolate, y el otro un saco porque se le rompieron lo codo. A cada uno lo que precisa. Pero nada má que lo que precisa.
–¿Y si un rico quiere más cosas y las compra?
Carlucho lo miró con severa sorpresa.
–¿Un rico, dijiste?
–Sí.
–¿Ma de qué rico mestá hablando, pavote? ¿No tespliqué que no hay má rico?
–¿Pero por qué, Carlucho?
–Porque no hay má dinero.
–¿Pero si lo tenía de antes?
Carlucho se sonrió y le hizo un gesto negativo.
–Si lo tenía se embromó, porque ahora no sirve má. Pa qué queré el dinero, si todo lo que necesitá lo sacá del galpón. El dinero é un pedazo e papel. Y sucio, lleno de microbio. ¿Sabé lo que son lo microbio?
Nacho asintió.
–Y bueno. Sacabó el dinero. Que el que sea sonso, lo guarde, si quiere. Nadie se lo va prohibí. Total, no le servirá pa maldita la cosa.
–¿Y el que quiere sacar del galpón más zapatos?
–¿Cómo, má zapato? No tentiendo. Si necesito un pa de zapato voy al galpón y listo.
–No, te digo si uno quiere tres o cuatro pares.
Carlucho dejó de sorber el mate, admirado.
–¿Tres o cuatro pare, decí?
–Sí, tres o cuatro pares de zapatos.
Carlucho se echó a reír con ganas.
–¿Pero pa qué necesita tre o cuatro pare si no tenemos má que do pie?
Es cierto, a Nacho no se le había ocurrido.
–¿Y si alguien va al galpón y roba?
–¿Roba? ¿Y pa qué? Si necesita algo se lo pide y se lo van a dá. ¿Está loco?
–Entonces no habrá más policía.
Gravemente, Carlucho hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No habrá más policía. La policía é lo pior de todo. Te lo digo por esperiencia.
–¿Por experiencia? ¿Qué experiencia?
Carlucho se replegó sobre sí mismo y repitió en voz baja, como si no quisiese referirse a eso, como si lo de antes se le hubiera escapado.
–Esperiencia y yastá –comentó ambiguamente.
–¿Y si alguno no quiere trabajar?
–Que no trabaje si no quiere. Ya veremo cuando tiene hambre.
–¿Y si el gobierno no quiere?
–¿Gobierno? ¿Pa qué necesitamo gobierno? Cuando yo era chico y quedamo en la calle, muerto de hambre, mi viejo salió adelante porque don Pancho Sierra le puso una carnicería. Cuando me fui a pionar, tampoco necesitábamo el gobierno. Cuando me fui al circo, tampoco. Y cuando entré al frigorífico de Berisso, pa lúnico que sirvió el gobierno fue pa mandarno la policía en la huelga y torturarno.
–¿Torturarlos? ¿Y qué es eso, Carlucho?
Carlucho se quedó mirándolo con tristeza.
–Nada, pibe. Te dije eso sin queré. No son cosa e niño. Y ademá yo soy lo que se llama un inorante.
Carlucho se calló y Nacho se dio cuenta de que ya no hablaría más de lanarquismo. Luego vino un cliente, compró cigarrillos y fósforos. Carlucho luego se sentó en la sillita y tomó mate en silencio. Nacho miraba las nubes y pensaba.
Fuente: Sabato, E. (1974), Abaddón el exterminador, Seix Barral, Barcelona.

30/6/18

Kemal Atatürk


Por Jesús Mosterín
Mustafá Kemal nació en 1881 en Salónica (actualmente Thesaloniki, una ciudad griega entonces parte del Imperio otomano) en el seno de una familia musulmana de clase media y de origen albano. Él era de piel clara y ojos azules. Estudió en la Escuela militar y se graduó como oficial, coincidiendo los inicios de su carrera militar con el derrumbe del Imperio otomano.    
Imagen tomada de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a8/Ataturk1930s.jpg
Durante la Primera Guerra Mundial, Turquía había tomado partido por Austria y Alemania. Tras su derrota, fue ocupada por los aliados (ingleses, franceses e italianos), que se acantonaron en Constantinopla, Izmir y parte de Anatolia. Por el tratado de Sèvres (1920) con el terminal Estado otomano, los aliados acordaron repartirse los restos del imperio colonial turco, asignar partes de Anatolia a los armenios y kurdos y de Jonia a los griegos y establecer controles sobre el paso de buques por los Dardanelos. Estaba previsto que los armenios recibieran la Anatolia nororiental, incluyendo la ciudad de Erzurum y el puerto de Trabzon, en el mar Negro. Los griegos recuperarían, por ejemplo, la ciudad jónica de Esmirna (Izmir, en turco). […]
Mustafá Kemal se negó a aceptar los resultados de la derrota turca en la Primera Guerra Mundial y rechazó el tratado de Sèvres. Estableció la nueva capital de Turquía en la pequeña ciudad anatolia de Ankara y dirigió la guerra de independencia contra la ocupación extranjera de lo que ahora es Turquía. En 1922, la conferencia de Lausanne anuló la mayor parte del tratado de Sèvres y reconoció la soberanía de Turquía y del gobierno de Ankara sobre la totalidad de su territorio actual. En 1923 se proclamó la República de Turquía. Ese mismo año, Mustafá Kemal fue proclamado primer presidente de la República, cargo que ejerció hasta su muerte en 1938.
Kemal era un hombre culto e inteligente, al tanto de las ideas novedosas de su tiempo y escéptico y despectivo respecto a la apolillada cultura islámica tradicional, a la que culpaba del atraso de Turquía. Aunque de ideas democráticas, era también marcadamente nacionalista y autoritario. De hecho, Kemal estableció algo así como un sistema de partido único, el suyo, el Partido Republicano del Pueblo. Fue sobre todo un ilustrado, decidido a transformar Turquía en un país moderno, secular y occidentalizado, pero fuerte e independiente, que eso a lo que se llama el «kemalismo». En efecto, llevó a cabo todo tipo de reformas políticas, sociales y legales. Abolió la poligamia y, en general, separó completamente la ley civil de la religiosa, lo que fue una novedad en el mundo islámico. Reformó la legislación penal, inspirándose en el código penal italiano, y la civil, tomando como modelo el código civil suizo.
En 1924, Mustafá Kemal invitó al famoso filósofo y pedagogo americano John Dewey a ir a Ankara a asesorarlo en la ambiciosa reforma educativa que estaba a punto de emprender. Los métodos pedagógicos propugnados por Dewey desempeñaron un importante papel en esa reforma. Las madrasas o escuelas islámicas (donde se aprendía de memoria el Corán en árabe, una lengua que los alumnos no entendían) fueron abolidas y sustituidas por un sistema unificado de educación, que, además, incluía también a las mujeres. De hecho, Kemal promovió incansablemente la igualdad y bienestar de las mujeres, algo inaudito en el mundo islámico. Igualó a mujeres y hombres en asuntos de herencia y divorcio. En 1934 se concedió el derecho de voto a las mujeres en Turquía, antes que en Francia, por ejemplo.
Ya a principios del siglo XIX, el sultán reformista Mahmud II había establecido el fez como tocado moderno en sustitución del turbante. A su vez, un siglo más tarde, Mustafá Kemal animó a los turcos a vestirse como occidentales, promoviendo el abandono del fez a favor del sombrero. Prohibió el uso del velo islámico de las mujeres en los lugares públicos. También abolió las órdenes sufíes y las escuelas de derviches. Todo el programa secularizador de Kemal, sobre todo en lo referente a la educación, fue mal recibido en los círculos tradicionalistas, como era previsible.
En 1928, Kemal decidió cambiar el sistema de escritura de la lengua turca. En vez del engorroso alfabeto árabe, que apenas representaba sus tres únicas vocales y que no estaba adaptado a la fonología del turco, que cuenta con ocho vocales y cuyas consonantes son muy diferentes, se introdujo un alfabeto latino bien adaptado al turco y mucho más fácil de aprender. En pocos años, el porcentaje de turcos capaces de leer y escribir pasó del 10 al 70%. En las mezquitas, el Corán se leía en voz alta en árabe, sin que la gente lo entendiese. Kemal propugnó y encargó la traducción del Corán al turco.
En 1934, el Parlamento confirió a Mustafá Kemal el apellido honorífico de «Atatürk» (padre de los turcos), con el que se lo conoce desde entonces. Atatürk murió en 1938, a los 57 años de edad, de cirrosis, como consecuencia de su afición al alcohol. Quince años más tarde, sus restos fueron trasladados a un enorme mausoleo construido al efecto en Ankara.
Fuente: Mosterín, J. (2012),  El islam, Alianza Editorial, Madrid.

18/5/18

La fe política y el ritmo de la historia


A los veinte años dejé de creer en Dios y de seguir las tradiciones católicas heredadas. A la misma edad empecé a creer que otro mundo es posible, uno mucho mejor que el que nos ha tocado, aunque nunca me involucré en el activismo político porque soy muy tímido y temeroso para eso. Ahora, a los treinta, me doy cuenta que no fue coincidencia dejar la religión y abrazar la política al mismo tiempo: fue reemplazar una fe por otra. Es cierto que el paraíso cristiano (o musulmán) parece una superchería al lado de la utopía social, pero la utopía queda tan lejos en el tiempo y en el espacio que vivir añorándola no es muy distinto que desear otra vida después de la muerte. El mundo cambia, pero no necesariamente mejora. A veces empeora, como ahora mismo en Libia y Venezuela. Quizá la mayor parte del tiempo ni mejora ni empeora. Y cuando mejora lo hace con desesperante lentitud en relación a la vida humana tan breve. Un ejemplo estremecedor de la incompatibilidad entre los ritmos de la historia y de la vida humana es el de los guerrilleros latinoamericanos de la segunda mitad del siglo veinte, que creyeron que el mundo mejor estaba a la vuelta de la esquina –sin ese optimismo difícilmente se hubiesen alzado en armas– y terminaron a menudo asesinados o en el exilio. (Y cuando triunfaron, como en Cuba y Nicaragua, lo que consiguieron desde el gobierno quedó muy lejos de lo que soñaron en el llano. Aunque no debemos olvidar que su fracaso se debe en buena medida a la espada estadounidense que los puso contra la pared.) Así como no es razonable creer en dioses, tampoco es razonable esperar que el mundo, a corto o mediano plazo, vaya a ser mucho mejor de lo que es.
Y sin embargo la esperanza siempre se cuela. Todavía creo que la reconstrucción social radical es necesaria, posible y deseable, pero también creo que en una sociedad industrial moderna –y el Tercer Mundo, a pesar de todo, se desarrolla en esa dirección– las tentativas de cambio radical solo tienen éxito cuando un segmento importante de la población se organiza para realizarlas. No es porque sean quimeras que los cambios radicales no se pueden llevar adelante, sino porque son pocos los ciudadanos que los anhelan. Tampoco debemos culpar a la gente por su tibieza. Es natural su postura si tenemos en cuenta que el efecto de la exposición de los individuos a los medios de comunicación dominantes y a la educación tradicional es alejarlos del escenario en donde se toman las decisiones. Nos vemos así abocados a abordar problemas inmediatos y a postergar el cambio institucional para cuando las condiciones nos sean más favorables. Eso es lo que hizo Bertrand Russell y eso es lo que hace todavía Noam Chomsky.

13/5/18

El hombre más amable versus Satanás


Por Bertrand Russell
San Francisco de Asís (1181 o 1182-1226) fue uno de los hombres más amables de la Historia. Procedía de una familia hacendada y en su juventud le gustaron las diversiones corrientes. Pero un día, cuando pasó cabalgando al lado de un leproso, un repentino impulso de compasión le hizo bajar y besar al hombre. Poco después decidió desprenderse de todos los bienes del mundo y dedicar su vida a la predicación y a las buenas obras. Su padre, un respetable comerciante, se enfureció, pero no pudo detenerle. Pronto tuvo grupos de partidarios, los cuales se entregaron a la pobreza completa. Al principio la Iglesia miró el movimiento con cierta suspicacia; se parecía demasiado a «los Hombres Pobres de Lyón». Los primeros misioneros que San Francisco envió a remotos lugares fueron considerados como herejes, porque practicaron la pobreza en vez de (como los frailes) sólo hacer los votos, que nadie tomaba en serio. Pero Inocencio III era lo suficientemente astuto para reconocer el valor del movimiento si se le podía detener en los límites de la ortodoxia y en 1209 o 1210 dio su aprobación a la nueva orden. Gregorio IX, amigo personal de San Francisco, continuó favoreciéndole, imponiéndole ciertas reglas fastidiosas para el impulso entusiasta y anárquico del Santo. Francisco deseaba interpretar el voto de la pobreza del modo más riguroso. Se opuso a que sus seguidores tuvieran casas e iglesias. Tenían que mendigar su pan, y no tenían más alojamiento que la hospitalidad que las circunstancias les deparaban. En el año 1219 viajó al Oriente y predicó ante el sultán, que le recibió cortésmente, pero siguió siendo mahometano. A su vuelta observó que los franciscanos se habían construido una casa; quedó profundamente apenado, pero el Papa le indujo o le obligó a ceder. Después de su muerte, Gregorio le canonizó, pero suavizó su regla respeto al artículo de la pobreza.
Imagen tomada de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f8/San_Francesco.jpg
En cuanto a santidad, Francisco ha tenido iguales; lo que le destaca como único entre los Santos es su felicidad espontánea, su amor universal y sus dones como poeta. Su bondad se revela siempre sin esfuerzo, como si no tuviera que vencer nada. Amaba todas las cosas vivientes, no sólo como cristiano u hombre benévolo, sino como poeta. Su himno al Sol, escrito poco antes de su muerte, casi podía haber sido escrito por Akhnaton, el adorador del Sol, aunque no del todo; pues el cristianismo en él influye aunque no muy claramente. Se sintió obligado hacia los leprosos, por ellos, no por él. Distinto de los demás Santos cristianos, se interesó más por la dicha de los demás que por su propia salvación. Jamás mostró ningún sentimiento de superioridad, ni siquiera a los más humildes o peores. Tomás de Celano dijo de él que era más que un Santo entre los Santos; lo era entre los pecadores.
Si existe Satanás, el porvenir de la orden fundada por San Francisco le habrá proporcionado la más exquisita satisfacción. El sucesor inmediato del Santo como cabeza de la orden, el hermano Elías, vivió en pleno lujo, y permitió abandonar completamente la pobreza. La obra principal de los franciscanos en los años inmediatamente posteriores a la muerte de su fundador fue reclutar soldados en las violentas y sangrientas guerras entre los güelfos y gibelinos. La Inquisición, fundada siete años después de su muerte, tenía en varios países a los franciscanos a la cabeza. Una pequeña minoría, llamada los Espirituales, permaneció fiel a su enseñanza; muchos de ellos fueron quemados por la Inquisición por herejía. Estos hombres sostenían que Cristo y los Apóstoles no poseían bienes, y ni siquiera la ropa que llevaban era la suya: esta opinión fue condenada como herética en 1323 por Juan XXII. El resultado final de la vida de San Francisco fue crear una orden aún más rica y corrompida, reforzar la jerarquía y facilitar la persecución de todos los que se destacaban por seriedad moral o libertad de pensamiento. Teniendo en cuenta sus propios fines y carácter, es imposible imaginar un resultado de ironía más hiriente.
Fuente: Russell, B. (2010), Historia de la filosofía occidental, Espasa, Madrid.

2/5/18

El desarrollo humano de Cuba (y el de Guinea Ecuatorial)


Guinea Ecuatorial es un pequeño país ubicado al oeste del continente africano, entre Camerún y Gabón. Fue colonia de Portugal hasta 1777, y de España hasta 1968, cuando consiguió la independencia. El primer gobierno, encabezado por Francisco Macías, fue un desastre: en 1979, cuando lo derrocó su sobrino y ministro Teodoro Obiang, unas 100 mil personas estaban en el exilio y unas 20 mil habían sido asesinadas, en un país de apenas 300 mil habitantes.
El gobierno de Obiang, todavía en funciones, no ha sido mucho mejor. Se ha caracterizado por la corrupción, por reprimir a los opositores políticos y, sobre todo, por su incapacidad para lograr avances sociales a pesar de contar con los recursos materiales necesarios, algo inusual en África. Hasta que comenzó la producción petrolera, en 1991, Guinea Ecuatorial era un país pobre. Con el petróleo se enriqueció súbitamente, pero la mayor parte de la población continúa en la pobreza. El Estado no brinda los servicios que caracterizan a otros países con el mismo nivel de riqueza. Un reciente informe de Human Rights Watch (“¿Maná del cielo?”) señala que:
Guinea Ecuatorial es, por lejos, el país del mundo con la brecha más grande entre riqueza per cápita y la posición conseguida en el Índice de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que mide el desarrollo social y económico. Las importantes reservas de petróleo con que cuenta Guinea Ecuatorial colocan al país entre aquellos con recursos suficientes para invertir en servicios sociales, incluidos salud y educación, y para efectivizar, de manera gradual, derechos económicos y sociales en consonancia con sus obligaciones regionales e internacionales en materia de derechos humanos.
Los datos del Informe sobre Desarrollo Humano 2016 del PNUD, que señalan que Guinea Ecuatorial es el país que con más ha hecho menos, también nos permiten asegurar que Cuba es uno de los países que con menos ha hecho más.
El Índice de Desarrollo Humano (IDH) es ciertamente un poderoso indicador para evaluar lo que una nación es capaz de hacer en materia de desarrollo según su nivel de riqueza. El IDH se compone de indicadores relacionados con la salud, la educación y el bienestar económico. Gracias a que los valores de esos indicadores están validados, es posible hacer comparaciones entre países. Por ejemplo, para evaluar lo que los países pueden hacer en materia de salud de acuerdo a su riqueza, podemos fijarnos en dos componentes del IDH: la esperanza de vida al nacer –un indicador muy usado para estimar el nivel de salud de una sociedad–, y el ingreso nacional bruto per cápita –un indicador muy usado para estimar la riqueza de una sociedad. Observemos la Tabla 1 para el caso de Guinea Ecuatorial:
Tabla 1

Esperanza de vida al nacer
(años)
Ingreso nacional bruto per cápita
(PPA en $ de 2011)
Chile
82,0
21.665
Sudáfrica
57,7
12.087
Guinea Ecuatorial
57,9
21.517
Fuente: PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2016.
Sudáfrica y Guinea Ecuatorial tienen aproximadamente la misma esperanza de vida, pero el ingreso per cápita de Guinea Ecuatorial casi duplica el de Sudáfrica. Eso quiere decir que Sudáfrica es capaz de hacer lo mismo que Guinea Ecuatorial en materia de salud con la mitad de los recursos. En la Tabla 1 también vemos que Chile, que tiene  el mismo ingreso per cápita de Guinea Ecuatorial, tiene una esperanza de vida de 82,0 años. Es decir, Chile es capaz de hacer mucho más que Guinea Ecuatorial en materia de salud contando con los mismos recursos.
Para el caso de Cuba veamos la Tabla 2:
Tabla 2

Esperanza de vida al nacer
(años)
Ingreso nacional bruto per cápita
(PPA en $ de 2011)
Costa Rica
79,6
14.006
Cuba
79,6
7.455
Belice
70,1
7.375
Fuente: PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2016.
Costa Rica y Cuba tienen la misma esperanza de vida: 79,6 años. Pero Costa Rica tiene un ingreso per cápita que duplica el de Cuba. Eso quiere decir que Cuba es capaz de hacer lo mismo que Costa Rica en materia de salud con la mitad de los recursos. En la Tabla 2 también vemos que Belice tiene el mismo ingreso per cápita de Cuba, y una esperanza de vida de 70,1 años. Es decir, Cuba es capaz de hacer mucho más que Belice en materia de salud con los mismos recursos.
El gran rendimiento que muestra Cuba es muy importante al menos por dos razones. (1) Se trata de un país pobre torturado durante décadas por Estados Unidos. Su caso demuestra que aun en penosas circunstancias es posible elevar el desarrollo humano. (2) En un mundo con recursos limitados, en el que no es posible universalizar el estilo de vida de la clase media porque la presión que se ejercería sobre la naturaleza sería insoportable, es fundamental aprender a mejorar el desarrollo humano con la menor cantidad posible de recursos materiales.
Para evitar malentendidos –que son comunes cuando se escribe sobre Cuba–, me apresuro a aclarar que no estoy sugiriendo que los países pobres deberían imitar el modelo político y económico de Cuba. (Tampoco sugiero que debamos cerrar los ojos ante las falencias de Cuba en otras áreas. En Cuba hay graves violaciones de la libertad de expresión, asociación y reunión que es preciso denunciar.) Lo que pretendo, simplemente, es señalar un hecho objetivo y extraer una lección. El hecho objetivo es que los índices de salud y educación de Cuba son altos a pesar de ser un país pobre. Y la lección: los muchos países del mundo con recursos escasos y con servicios de salud y educación deficientes podrían aprender de la experiencia cubana.

19/4/18

Elecciones en Colombia: Chávez, la paz y Petro


Chávez
En las elecciones presidenciales latinoamericanas de los últimos años, es frecuente que se acuse de ser un seguidor de Hugo Chávez al candidato que muestra algún interés por los más pobres. Así las élites intentan desprestigiarlo ante la opinión pública. Si ese candidato gana, dicen, el país será como Venezuela. Esa estrategia, que parecía eficaz cuando la economía venezolana no marchaba mal, debe ser muy potente ahora que la situación es trágica. En las elecciones presidenciales de Colombia en curso, Gustavo Petro es el presunto fan de Chávez.
La paz
En Colombia ha sido usual la ausencia de una propuesta electoral favorable a los más pobres. Al respecto, es revelador lo que ocurrió con el partido Unión Patriótica, que abanderaba esa propuesta. Fundado por las FARC y el Partido Comunista de Colombia en el marco de un fallido proceso de paz durante el gobierno de Belisario Betancur, fue deshecho violentamente: unos tres mil militantes de ese partido fueron asesinados durante las décadas de 1980 y 1990. Ante semejante reacción, no es extraño que las FARC continuaran con la lucha armada. Pero las guerrillas no pudieron derrotar al Estado colombiano (ni el Estado colombiano pudo derrotar a las guerrillas), y en su enfrentamiento con militares y paramilitares los más débiles han sido a menudo las víctimas: indígenas, afrodescendientes, campesinos.
El gobierno del presidente Juan Manuel Santos, que en 2016 pidió perdón de manera oficial por la implicación del Estado en los homicidios de los miembros de Unión Patriótica, ha tenido éxito en su proceso de paz con las FARC. A pesar de las cuentas pendientes, como evitar la impunidad de los mayores responsables, este proceso de paz debe ser visto como un gran avance si reparamos en el conmovedor saldo del conflicto armado. Las cifras cambian según la fuente, pero son invariablemente atroces. Como ejemplo podemos tomar el recuento de crímenes de las últimas tres décadas citado en el Informe 2016/17 de Amnistía Internacional:
Hasta el 1 de diciembre de 2016, la Unidad de Víctimas, establecida por el gobierno, había registrado las siguientes cifras: casi 8 millones de víctimas del conflicto desde 1985, entre las que había unas 268.000 víctimas de homicidio, la mayoría civiles; más de 7 millones de víctimas de desplazamiento forzado; alrededor de 46.000 víctimas de desaparición forzada; al menos 30.000 casos de toma de rehenes; más de 10.000 víctimas de tortura; y aproximadamente 10.800 víctimas de minas terrestres antipersonales y de artefactos explosivos no detonados. Las fuerzas de seguridad, los paramilitares y los grupos guerrilleros eran responsables de esos crímenes.
Petro
Se aproxima la paz y se aproxima también la posibilidad de que las elecciones den cabida a una propuesta reformista. Petro, que militó en el guerrilla M-19 en su juventud y va segundo en los sondeos de intención de voto, habla de la necesidad de construir un estado del bienestar que mejore definitivamente la suerte de los más pobres. Dice que la economía debe dejar de depender de la exportación de petróleo e industrializarse, y que hay que potenciar la agricultura. Es decir, habla de la transformación económica que Colombia y toda Latinoamérica requiere, la que el gobierno del PSUV no logró en Venezuela. En ese sentido, la propuesta de Petro es opuesta a la de Chávez, que dependió del petróleo y de la importación de manufacturas.
El candidato que va primero en los sondeos, Iván Duque, representa los intereses de las élites tradicionales. En una eventual segunda vuelta entre Duque y Petro, no debería ser difícil la decisión para los ciudadanos que anhelan cambios, los cambios que Colombia necesita y que los colombianos merecen.