19/4/18

Elecciones en Colombia: Chávez, la paz y Petro


Chávez
En las elecciones presidenciales latinoamericanas de los últimos años, es frecuente que se acuse de ser un seguidor de Hugo Chávez al candidato que muestra algún interés por los más pobres. Así las élites intentan desprestigiarlo ante la opinión pública. Si ese candidato gana, dicen, el país será como Venezuela. Esa estrategia, que parecía eficaz cuando la economía venezolana no marchaba mal, debe ser muy potente ahora que la situación es trágica. En las elecciones presidenciales de Colombia en curso, Gustavo Petro es el presunto fan de Chávez.
La paz
En Colombia ha sido usual la ausencia de una propuesta electoral favorable a los más pobres. Al respecto, es revelador lo que ocurrió con el partido Unión Patriótica, que abanderaba esa propuesta. Fundado por las FARC y el Partido Comunista de Colombia en el marco de un fallido proceso de paz durante el gobierno de Belisario Betancur, fue deshecho violentamente: unos tres mil militantes de ese partido fueron asesinados durante las décadas de 1980 y 1990. Ante semejante reacción, no es extraño que las FARC continuaran con la lucha armada. Pero las guerrillas no pudieron derrotar al Estado colombiano (ni el Estado colombiano pudo derrotar a las guerrillas), y en su enfrentamiento con militares y paramilitares los más débiles han sido a menudo las víctimas: indígenas, afrodescendientes, campesinos.
El gobierno del presidente Juan Manuel Santos, que en 2016 pidió perdón de manera oficial por la implicación del Estado en los homicidios de los miembros de Unión Patriótica, ha tenido éxito en su proceso de paz con las FARC. A pesar de las cuentas pendientes, como evitar la impunidad de los mayores responsables, este proceso de paz debe ser visto como un gran avance si reparamos en el conmovedor saldo del conflicto armado. Las cifras cambian según la fuente, pero son invariablemente atroces. Como ejemplo podemos tomar el recuento de crímenes de las últimas tres décadas citado en el Informe 2016/17 de Amnistía Internacional:
Hasta el 1 de diciembre de 2016, la Unidad de Víctimas, establecida por el gobierno, había registrado las siguientes cifras: casi 8 millones de víctimas del conflicto desde 1985, entre las que había unas 268.000 víctimas de homicidio, la mayoría civiles; más de 7 millones de víctimas de desplazamiento forzado; alrededor de 46.000 víctimas de desaparición forzada; al menos 30.000 casos de toma de rehenes; más de 10.000 víctimas de tortura; y aproximadamente 10.800 víctimas de minas terrestres antipersonales y de artefactos explosivos no detonados. Las fuerzas de seguridad, los paramilitares y los grupos guerrilleros eran responsables de esos crímenes.
Petro
Se aproxima la paz y se aproxima también la posibilidad de que las elecciones den cabida a una propuesta reformista. Petro, que militó en el guerrilla M-19 en su juventud y va segundo en los sondeos de intención de voto, habla de la necesidad de construir un estado del bienestar que mejore definitivamente la suerte de los más pobres. Dice que la economía debe dejar de depender de la exportación de petróleo e industrializarse, y que hay que potenciar la agricultura. Es decir, habla de la transformación económica que Colombia y toda Latinoamérica requiere, la que el gobierno del PSUV no logró en Venezuela. En ese sentido, la propuesta de Petro es opuesta a la de Chávez, que dependió del petróleo y de la importación de manufacturas.
El candidato que va primero en los sondeos, Iván Duque, representa los intereses de las élites tradicionales. En una eventual segunda vuelta entre Duque y Petro, no debería ser difícil la decisión para los ciudadanos que anhelan cambios, los cambios que Colombia necesita y que los colombianos merecen.

1/4/18

La apuesta política de Cortázar


Mario Vargas Llosa cuenta –en el prólogo de una edición de los cuentos completos del argentino– que la metamorfosis más notable de la que ha sido testigo es la de Julio Cortázar, que ya próximo a los los cincuenta años pasó de ser un hombre solitario dedicado casi a tiempo completo a la literatura y al arte, y que miraba la realidad desde una perspectiva supersticiosa, a ser además un activista político. Cuenta que este Cortázar ya transformado lo visitó en Londres y «me hizo llevarlo a comprar revistar eróticas y hablaba de marihuana, de mujeres, de revolución, como antes de jazz y de fantasmas».
El propio Cortázar señala –en Clases de literatura– que ese cambio tuvo lugar luego de su visita a Cuba en 1961. Cuando volvió a Paris se sintió distinto:
En ese momento, por una especie de brusca revelación –y la palabra no es exagerada–, sentí que no sólo era argentino: era latinoamericano, y ese fenómeno de tentativa de liberación y de conquista de una soberanía a la que acababa de asistir era el catalizador, lo que me había revelado y demostrado que no solamente yo era un latinoamericano que estaba viviendo eso de cerca sino que además me mostraba una obligación, un deber. Me di cuenta de que ser un escritor latinoamericano significaba fundamentalmente que había que ser un latinoamericano escritor: había que invertir los términos y la condición de latinoamericano, con todo lo que comportaba de responsabilidad y deber, había que ponerla también en el trabajo literario.
Pero su viuda y albacea, Aurora Bernárdez, creía que la transformación de Cortázar no ocurrió de golpe sino que fue paulatina, una lenta evolución, y señala como uno de sus hitos el viaje que ambos hicieron a la India, en el que fueron testigos de escenas de miseria atroces.
Como quiera que haya sido la conversión de Cortázar en activista político, lenta o acelerada, lo cierto es que aprovechó su fama como autor de ficción para hacer escuchar su voz de apoyo a los gobiernos latinoamericanos que en esos años intentaron llevar a cabo importantes reformas sociales, como el Chile de Allende o el sandinismo de los ochenta. Su activismo incluyó además nobles gestos como el de destinar los recursos obtenidos con Libro de Manuel a los familiares de las víctimas de desaparición forzada durante la última dictadura militar que padeció Argentina.
Imagen tomada de http://cronicasyversiones.com/?p=5183
Lo peor que se puede decir de la arriesgada apuesta política de Cortázar es que prefirió no hablar de los defectos de los gobiernos que apoyó. Pero otros autores han hablado hasta el cansancio al respecto, autores que suelen olvidar que los intentos reformistas de esos gobiernos fueron, sin excepción, ahogados por el enorme poder de Estados Unidos.

23/3/18

El drama venezolano


La propaganda del gobierno de ese país es inocua ante un joven que en otro país se sube a un autobús a vender cualquier cosa mientras cuenta que la crisis le obligó a migrar y a suspender la carrera universitaria, ni puede hacer nada ante la mujer que ha abandonado su país para prostituirse en otro. Ese país es Venezuela y el otro –el mío– es Ecuador. Pocos síntomas más elocuentes acerca de la gravedad de una crisis social que un éxodo, una emigración de grandes proporciones, como la que los venezolanos están protagonizando en los últimos años, huyendo hacia países como Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, España, Estados Unidos, Perú, Trinidad y Tobago.
Los ecuatorianos también protagonizaron un éxodo a comienzos de este siglo: una severa crisis económica empujó a más de un millón de ecuatorianos a salir del país, sobre todo hacia España, Estados Unidos e Italia. Esa crisis se produjo luego de que una serie de gobiernos aplicaran medidas económicas de corte neoliberal, que promueven la disminución de la capacidad del estado para garantizar derechos económicos y sociales como la recaudación de impuestos o los servicios de salud y educación, pero lo mantienen como garante de las prerrogativas de las élites. En realidad toda Latinoamérica estuvo sometida a las directrices neoliberales promovidas por Estados Unidos.
Imagen tomada de https://www.eluniverso.com/noticias/2017/07/26/nota/6298762/ecuador-o-colombia-aumenta-exodo-venezolanos-que-huyen
Lo trágico del éxodo venezolano que ahora mismo padecemos es que lo ha provocado un gobierno que comenzó con la intención de superar esa etapa neoliberal, el primero de varios gobiernos sudamericanos con la misma consigna. Chávez utilizó la riqueza petrolera para beneficiar a la población, y esos esfuerzos se reflejaron claramente en indicadores sociales importantes. Por ejemplo, según el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), la pobreza en Venezuela disminuyó de 52 por cien en 2000 a 29 por cien en 2012. Con Maduro, el delfín de Chávez, esa tendencia no solo que no continuó sino que se revirtió dramáticamente. Los datos oficiales ya no parecen fiables, pero un estudio llevada a cabo por universidades venezolanas indica que «el 73% de los hogares del país sufrían pobreza de ingresos en 2015», y el latinobarómetro más reciente indica que en 2017 el 58 por cien de los venezolanos no tenía suficiente comida para alimentarse.
Autores como Noam Chomsky encuentran en el mal manejo económico del gobierno la causa de este desastre. El modelo económico de Venezuela es insostenible porque dependió del alto precio del petróleo –un fenómeno temporal–, y promovió la importación de manufacturas, en lugar de apostar por la exportación de bienes elaborados y de potenciar la agricultura. A eso se suma un aterrador nivel de corrupción.
El futuro inmediato es deprimente. El gobierno venezolano no pudo construir un estado del bienestar. Ni siquiera pudo evitar el retroceso brutal de los indicadores sociales. Del otro lado, la mayor parte de partidos de oposición –que ya no tienen la garantía para participar en elecciones justas como en los primeros años de Chávez–, se muestran muy preocupados por acabar con Maduro, pero no parecen comprometidos con el bienestar ciudadano. ¿Cuántos años tendrán que pasar hasta que los venezolanos puedan tener el gobierno que se merecen?

21/3/18

He vuelto


Diez años después de la que supuse la última entrada del blog, he vuelto. He decidido continuar con el blog, haciendo antes una revisión de lo publicado hasta aquí. He eliminado las entradas con contenido que se puede encontrar fácilmente en otros sitios de internet, y he conservado sobre todo las que contienen fragmentos de libros.
En estos diez años mis ideas políticas han cambiado un tanto. Sigo creyendo –con Chomsky, con Galeano– que situarse del lado del débil es lo moralmente adecuado, pero ya no creo que los llamados partidos de izquierda estén inspirados en esa consigna, o que sean muy útiles a la hora de llevarla a la práctica. Esto me lo podría haber dicho cualquier crítico, pero la fe política, como la religiosa, nubla la vista.
De aquí en adelante continuaré subiendo, de vez en cuando, fragmentos especialmente conmovedores de los libros que leo, y textos míos que nacen de la urgencia de decir lo que pienso sobre diversos temas. Gracias por leerme.

17/11/08

Despedida

Por Pichón

El 17 de noviembre de 2007 publiqué la primera entrada de Pichón y Maestros. Hoy publico la entrada número 235; la despedida.

(Digamos –quizá esto debí hacerlo hace un año– que maestro es aquel cuya palabra, como diría Onetti, supera al silencio. Por supuesto, en este sitio no están todos los que son. (Y no estoy seguro de si son todos los que están.) Pichón, en cambio, ni atrincherado en el anonimato puede superarlo.)

Las entradas acaban; el sitio seguirá estando.

Continúan también mis ganas de escribir. Escribiendo desvanezco certezas, sopeso saberes y quereres, evalúo lecturas.

Gracias a quienes vinieron, leyeron y no volvieron; gracias a quienes vinieron, vinieron, vinieron… hasta malacostumbrarse; gracias a quienes dejaron un comentario o enviaron un correo; gracias a quienes vendrán.

Antes del adiós quiero referirme a mi afirmación de hace casi siete meses: que McCain sería presidente. Estaba absolutamente seguro y creo que aquella entrada todavía tiene palabras válidas.

Me voy con otro pronóstico: llegará el día en que pueda decir, en que todos podamos decir, “somos dignos”. Estoy absolutamente seguro.

sasgnc@hotmail.com

7/11/08

Pájaros prohibidos

Por Eduardo Galeano

[En 1976, en una cárcel llamada Libertad]

Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:

-¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?

La niña lo hace callar:

-Ssshhhh.

Y en secreto le explica:

-Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

Fuente: Galeano, Eduardo, Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, España, siglo veintiuno, 1986.

4/11/08

Diez mil actos de bondad

Por Stephen Jay Gould

La evolución ha construido el árbol de la vida. Sin embargo, casi en cualquier momento y para cualquier especie el cambio no está ocurriendo, sino que predomina la estasis. Por lo tanto, si nos preguntamos cuál es la naturaleza normal de las especies, la única respuesta posible es: la estabilidad. Pero el cambio, deliciosamente raro, ha erigido el árbol de la vida y configurado la historia a gran escala. Y ahora llegamos al quid de la cuestión: la propiedad que define a una especie, su estado normal, su naturaleza, su apariencia en casi todo momento es contraria al proceso que da origen a la historia (y a las nuevas especies). Si intentáramos explicar la naturaleza de las especies a partir del proceso que construye la historia de la vida, nuestros resultados apuntarían exactamente hacia lo opuesto de la realidad, dado que son los acontecimientos extremadamente insólitos (pero con consecuencias de gran alcance) los que determinan el curso de la historia.

El mismo patrón podría aplicarse a la naturaleza humana y a los acontecimientos que configuran nuestra historia. Al presuponer que los rasgos de conducta que intervengan en los acontecimientos forjadores de la historia tienen que definir también las propiedades ordinarias de la naturaleza humana, hemos cometido un grave error. Así pues, ¿no debemos relacionar las causas de nuestra historia, como reza el falso argumento, con la naturaleza de nuestro ser?

Pero si mi analogía es válida, la verdad podría hallarse justamente en la afirmación inversa. Si las conductas infrecuentes son las que construyen la historia, nuestra naturaleza habitual debe definirse a través de nuestras acciones generales en el mundo cotidiano, acciones en las que estamos sumergidos casi todo el tiempo pero que no determinan la suerte de las naciones. Las causas de la historia pueden ser opuestas a las fuerzas ordinarias que dominan en casi todos los momentos, exactamente del mismo modo que los procesos que construyen el árbol de la vida son invisibles e inactivos en el seno de las especies estables durante casi todo el tiempo.

La historia está hecha de guerra, de codicia, de ansias de poder, de odio y de xenofobia (y de algunos otros móviles, algo más dignos de admiración, diseminados aquí y allá). En consecuencia, a menudo asumimos que tales rasgos, obviamente humanos, definen nuestra naturaleza esencial. ¿Cuántas veces hemos oído que el “hombre” es, por naturaleza, agresivo, egoísta y codicioso?

Pero tales afirmaciones no tienen sentido para mí; no de un modo estrictamente empírico, aunque tal vez lo tengan como declaraciones sobre deseos o preferencias morales. ¿Qué es lo que vemos un día cualquiera en las calles o en los hogares de cualquier ciudad norteamericana o incluso en el metro de Nueva York? Vemos millares de pequeños e insignificantes actos de amabilidad y consideración. Nos apartamos para ceder el paso a alguien, sonreímos a un niño, mantenemos charlas intrascendentes con un conocido o incluso con un extraño. En casi todos los momentos, en la mayor parte de los días, en la mayor parte de los sitios, ¿qué es lo que puede verse de nuestro lado oscuro? ¿Tal vez un padre dando un cachete a su hijo, o un adolescente sobre un monopatín cerrando el paso a una ancianita? Veamos, no soy Pollyanna en su torre de marfil, … y crecí en las calle de Nueva York. Comprendo lo ingrata y peligrosa que puede ser la vida en las grandes ciudades. Únicamente intento sentar una cuestión estadística.

Nara resulta más ajeno y antipático a la mente humana que pensar correctamente acerca de las probabilidades. Muchos de nosotros tenemos la impresión de que la vida cotidiana está constituida por una serie interminable de molestias, de que el 50 por 100 o más de los encuentros humanos resultan tensos o agresivos. Pero pensemos en ello con seriedad por un momento. Semejante nivel de agresividad no podría soportarse. Si la mitad de las veces en que nos abrimos a otro ser humano, éste nos recibiera con un puñetazo en la nariz, la sociedad caería de inmediato en la anarquía.

No, casi todos los encuentros con otra persona son como mínimo neutros, y en general lo suficientemente placenteros. Homo sapiens es una especie de notoria afabilidad. Los etólogos consideran que otros animales son relativamente pacíficos cuando presencian uno o dos encuentros agresivos tras observar a un organismo durante, digamos, decenas de horas. Pero pensemos en los millones de horas que podríamos contabilizar para la mayoría de la gente en la mayor parte de sus días sin advertir mayor signo de hostilidad que un dedo anular levantado de vez en cuando, quizá una vez a la semana.

¿Por qué, pues, la mayoría de nosotros tiene la sensación de que la gente es agresiva, y de que lo es por esencia? La respuesta, creo, radica en la asimetría de los efectos (el aspecto verdaderamente trágico de la existencia humana). Por desgracia, un incidente violento puede anular el efecto de diez mil actos de generosidad, y la confusión de los efectos con la frecuencia nos hace olvidar fácilmente el predominio de la bondad sobre la violencia. Una paliza motivada por cuestiones raciales puede dar al traste con años de paciente educación en el respeto y la tolerancia en una escuela o una comunidad. Un asesinato puede convertir una ciudad amistosa y confiada en un nido de temor, con la gente encerrada bajo llave, recelosa de cualquiera y con miedo a salir de noche. La generosidad es extremadamente delicada, extremadamente fácil de eliminar; y la violencia es tan poderosa…

Esta abrumadora y trágica asimetría entre la bondad y la violencia se magnifica de modo extraordinario cuando consideramos las causas de la historia en su gran escala. Un incendio en la biblioteca de Alejandría puede devastar toda la sabiduría acumulada de la Antigüedad. Un pretendido insulto o un acto demente de asesinato pueden desbaratar décadas de paciente diplomacia, de intercambios culturales, de misiones humanitarias, de correspondencia amistosa (pequeños actos de bondad que implican a millones de ciudadanos), y llevar a dos naciones a una guerra que nadie desea, pero que mata a millones de personas y altera de forma irrevocable el curso de la historia. …

Sí, admito plenamente que el lado oscuro de las posibilidades humanas configura la mayor parte de nuestra historia. Pero esta aciaga realidad no implica necesariamente que los rasgos de conducta del lado tenebroso definan la esencia de la naturaleza humana. Al contrario: por analogía con el enfrentamiento entre lo ordinario y lo creador de la historia, yo aduciría que la realidad de las interacciones humanas en casi cualquier momento de nuestras vidas diarias discurre en dirección contraria, y debe hacerlo en toda sociedad estable, a los acontecimientos raros y disruptivos que construyen la historia. Si uno quiere entender la naturaleza humana, definida como nuestras tendencias habituales en situaciones ordinarias, sólo hay que descubrir los rasgos que determinan la historia, y después identificar la naturaleza humana con los rasgos opuestos, que son fuente de estabilidad: las conductas predecibles de no agresión que rigen durante el 99,9 por 100 de nuestras vidas. La verdadera tragedia de la existencia humana no es que seamos malos por naturaleza, sino que una cruel asimetría estructural otorga a los infrecuentes acontecimientos dictados por la maldad el poder de configurar nuestra historia.

Un argumento inmediato contra mi tesis es el que sostiene que he confundido una potencialidad social de comunidades esencialmente democráticas con una tendencia humana más general. Esta visión alternativa podría corroborar mis afirmaciones sobre el hecho de que la estabilidad impera en casi todo momento, y de que son los acontecimientos muy infrecuentes los que conforman la historia. Pero quizá tal estabilidad sea reflejo de conductas bondadosas tan sólo en sociedades relativamente libres y democráticas. Quizá en la mayoría de culturas se haya alcanzado la estabilidad por medio de las mismas fuerzas “oscuras” que forjan la historia en el momento en que se desequilibran: miedo, agresión, terror y dominio del rico sobre el pobre, del hombre sombre la mujer, del adulto sobre el niño, y del armado sobre el indefenso. Admito que las fuerzas oscuras a menudo han mantenido los equilibrios, pero sigo afirmando con convicción que no tenemos en cuenta los diez mil actos no agresivos de cada día que eclipsan toda manifestación abierta de fuerza, incluso en sociedades estructuradas bajo relaciones de dominio, e incluso cuando la no agresividad impera únicamente porque la gente sabe cuál es su sitio y no acostumbra a desafiar el orden establecido. Basar la estabilidad cotidiana en algo distinto de nuestra propia bondad natural requeriría una estructura social pervertida, dedicada explícitamente a quebrar el alma humana (el modelo de Auschwitz, si se quiere). No afirmo, dicho sea de paso, que los seres humanos sean ni buenos ni agresivos por necesidad biológica innata. Es evidente que tanto la generosidad como la violencia laten en el interior de nuestra naturaleza porque, sin ninguna duda, las perpetuamos a ambas. Sólo formulo una declaración estructural: que la estabilidad social domina casi en todo momento, y debe estar basada en una frecuencia netamente superior (aunque trágicamente ignorada) de actos bondadosos; y que la bondad, por lo tanto, es nuestra respuesta habitual y predilecta en la inmensa mayoría de las ocasiones.

Por favor, no interprete el lector este ensayo como una iniciativa pretensiosa inscrita en la estúpida tradición, ¿me atreveré a decirlo?, de apología académica liberal de la crueldad humana, y tampoco como una tentativa insulsa y traída por los pelos de hacer parecer buenos a los seres humanos en este mundo colmado de aflicción. Éste no es un ensayo sobre el optimismo; en un ensayo sobre la tragedia. Si pensara que los seres humanos son malos por naturaleza, simplemente lo diría, qué diablos. Tenemos lo que nos merecemos, o lo que la evolución nos ha legado. Pero el núcleo de la naturaleza humana arraiga en diez mil actos cotidianos de bondad que definen nuestro día a día. ¿Puede haber algo más trágico que la paradoja estructural de que este Everest de bondad esté colocado boca abajo sobre su cumbre puntiaguda, y de que pueda ser derribado con tanta facilidad por esporádicos acontecimientos contrarios a nuestra naturaleza cotidiana, y de que sean estos acontecimientos los que forjen nuestra historia? En un sentido profundo, no tenemos lo que nos merecemos.

La solución a nuestra desgracias no estriba en superar nuestra “naturaleza”, sino en romper la “gran asimetría” y permitir que nuestras tendencias ordinarias asuman el control de nuestra vidas. Ahora bien, ¿cómo podemos tomar lo cotidiano y sentarlo en el asiento del conductor de la historia?

Fuente: Gould, Stephen Jay, Ocho cerditos, Barcelona, Crítica, 2006.

2/11/08

Masones secuestradores

Por Ramiro Díez

Irina Draskova tienen más de setenta años y su pelo blanco recuerda a las nieves siberianas, aunque su acento es suramericano. En la puerta de la librería, por la Calle Corrientes, la ancianita me tomó del brazo y me habló al oído con su deliciosa cadencia.

Con su pinta de aristócrata, y su vestido tan decoros, era claro que no quería una moneda, asunto nada extraño en los malos tiempos que corrían. Entonces me contó esta historia:

“Un grupo de ateos y masones secuestraron al Presidente de nuestra República y a todos sus ministros”, me dijo Irina, en tono bajo y misterioso.

Sonreí, incrédulo y divertido, porque no había ninguna noticia al respecto, pero Irina me documentó su historia:

“Mirá…”, y me llevó de la mano hasta una banca cercana. Allí, sentados, escudriñó todos los rincones, hasta cerciorarse de que nadie nos seguía o nos escuchaba. “Mirá” –repitió–, y después de buscar en su bolso, me enseñó un viejo recorte de periódico:

“Acá están las promesas del Presidente. Y acá está lo que dijeron los ministros el día que se posesionaron, y una o dos semanas después. ¿Ves? ¡Son buena gente, tipos como vos y yo, honestos, gente de laburo!”.

¿Y eso que tiene que ver con el secuestro?, le pregunté.

Irina sacó de su bolso –ahora de algo que parecía un bolsillo secreto– otro recorte de periódico, más nuevo.

“Ves que no han cumplido las promesas? –me dijo–. Mirá lo que han hecho: todo lo contrario. ¿Ves este recorte? Leélo para que te des cuenta de cómo insultaba a estos fulanos del otro partido. Y acá está, al poco tiempo, abrazado con los mismos fulanos a los que antes atacaba. Y esto no sé si lo podrás captar, porque sólo lo podemos ver las mujeres, que somos más observadoras… mirá la nariz y la sonrisa del Presidente… aquí está de frente, y en esta foto está de perfil: Se parece, ¿verdad?, pero no es el mismo. Está un poco más gordo, tiene como algo de medio idiota, pero bien disimulado porque se parece mucho al original. En resumen, el verdadero Presidente está secuestrado y este que ahora gobierna es un impostor. Con razón es tan hijueputa…”.

Irina me estaba convenciendo. Aunque era una historia difícil de creer, eso podía explicar muchas noticias de todos los días.

“Ahora dame un dólar, para juntar plata y pagar el rescate”, me dijo Irina.

Me quedé mirándola, agradecido, y le di un beso y un billete de diez. Aunque la historia valía más.

Fuente: Díez, Páginas con Cierto Sentido, Quito, Impresores MYL, 2004.

27/10/08

La regla áurea

Por Stephen Jay Gould

En la base de toda ética ambiental suelen yacer dos argumentos relacionados:

1. Vivimos en un mundo frágil, sometido en la actualidad a la ruina y desorganización permanentes a causa de la intervención humana.
2. Los seres humanos deben aprender a actuar como responsables administradores de su planeta amenazado.

Estos puntos de vista, aunque cargados de buenas intenciones, están basados en el viejo pecado de la soberbia y la autoestima exagerada. Somos una especie entre millones, administradores de nada. ¿Bajo qué justificación podríamos nosotros, aparecidos hace apenas un microsegundo geológico, responsabilizarnos de los asuntos de un mundo de 4.500 millones de años de edad, de un mundo rebosante de vida que ha estado evolucionando y diversificándose durante al menos tres cuartas partes de este inmenso período de tiempo? La naturaleza no está ahí para nosotros, no tenía ni idea de que íbamos a llegar, y no le importamos un comino. Omar Khayyam tenía razón en todo, salvo en su estrecha visión de la Tierra como destartalada, cuando compuso su brillante comparación de nuestro mundo con un hotel oriental:

Por el destartalado caravasar que es este mundo,
cuyas únicas puertas son la noche y el día,
¡qué de altivos sultanes fastuosos y opulentos
pasaran un instante y luego ser marcharan! …


Esta concluyente declaración de impotencia daría lugar a réplica si nosotros, pese a nuestra tardía aparición, poseyéramos algún poder sobre el futuro del planeta. Sin embargo, y pese a la falsa percepción popular sobre nuestro poderío, no es así. A la escala de tiempo geológica que rige nuestro planeta, carecemos virtualmente de cualquier influencia sobre la Tierra. Todos los megatones almacenados en nuestros arsenales nucleares no alcanzan ni una diezmilésima parte de la potencia liberada por el asteroide de 10 km de diámetro que, supuestamente, desencadenó la extinción en masa del Cretácico. Y sin embargo, la Tierra sobrevivió a esta colosal conmoción, que, con la aniquilación de los dinosaurios, allanó el camino para la evolución de los grandes mamíferos, entre ellos los seres humanos. Nos asusta el caldeamiento global y, sin embargo, incluso el modelo teórico más extremado prevé un planeta bastante más frío que muchas épocas felices y prósperas del pasado prehumano. Podemos, con toda seguridad, destruirnos a nosotros mismos, y llevarnos por delante a muchas otras especies; pero a duras penas haríamos mella en la diversidad bacteriana, y sin duda tampoco eliminaríamos a los muchos millones de especies de insectos y ácaros. A escalas de tiempo geológicas, nuestro planeta sabrá cuidar de sí mismo, y dejará que los milenios borren el rastro de cualquier exceso que hayamos cometido.

La gente que no comprende el principio fundamental de las escalas adecuadas mal interpreta a menudo el razonamiento anterior, y lo considera un llamamiento a despreocuparnos del deterioro ambiental, del mismo modo que Copeland ha sostenido, equivocadamente, que no hay necesidad de inquietarse por las extinciones. Pero yo esgrimo la misma idea en sentido contrario. No suponemos ninguna amenaza a escala geológica, pero tal vastedad de tiempo tampoco nos afecta. Nuestros intereses legítimamente provincianos se centran en nuestra propia vida, en la felicidad y prosperidad de nuestros hijos, en el sufrimiento de nuestros semejantes. El planeta va a recuperarse de un holocausto nuclear, pero miles de millones de nosotros morirán o quedarán tullidos, y nuestras culturas perecerán. La Tierra prosperará si los casquetes polares se funden bajo un invernadero global, pero la mayoría de nuestras mayores ciudades, construidas al nivel del mar como puertos y embarcaderos, quedarán inundadas, y la alteración de las pautas agrícolas desembocará en el desarraigo de poblaciones enteras.

Tenemos la obligación de afrontar un desagradable hecho histórico. El movimiento conservacionista nació en gran medida como un intento de las élites más ricas e influyentes por preservar la vida salvaje como coto de asueto y contemplación para los patricios (contra la imagen, por así decirlo, de hordas de inmigrantes domingueros vagando por el bosque con sus cestas de pícnic). Nunca nos hemos librado por entero de este legado, en el que el ecologismo es considerado algo opuesto a las necesidades humanas más inmediatas, especialmente respecto a los pobres y desheredados. Pero el Tercer Mundo se desarrolla, y en él se encuentra la mayor parte de los prístinos hábitats cuya preservación anhelamos. Los movimientos ecologistas no podrían triunfar hasta que convenzan a la gente que la limpieza del aíre y del agua, la energía solar, el reciclaje y la reforestación son las soluciones óptimas (realmente lo son) de las necesidades humanas a escalas humanas (no las de algún futuro planetario de inalcanzable lejanía).

Tengo una modesta sugerencia que hacer en relación con una ética ambiental apropiada, fundamentada, como la totalidad de este ensayo, en el tema de una pertinente escala humana frente a la majestad, aunque irrelevante majestad, del tiempo geológico (jamás me he sentido atraído por el imperativo categórico kantiano relativo a la búsqueda de una ética, ni por las leyes morales absolutas e incondicionales, ajenas a toda motivación o finalidad ulterior). El mundo es demasiado complejo y caótico para este tipo de actitudes asépticas (y Dios nos ayude si adoptamos el principio equivocado y luchamos, matamos y devastamos provistos de nuestra inconmovible certidumbre). Prefiero los más imprecisos “imperativos hipotéticos”, que invocan el deseo, la negociación y la reciprocidad. De entre todos estos preceptos “menores”, aunque en su conjunto más amplios y profundos, hay uno que destaca por su presencia repetida e independiente en todas las culturas, una tras otra, formulado con distintas palabras pero con la misma idea básica expresada en él. Supongo que nuestras diversas sociedades se encaminan inconscientemente hacia este principio por la sencilla razón de que la estabilidad estructural (y la elemental decencia necesaria para cualquier vida llevadera) exigen una máxima de este tipo. Los cristianos llaman a este precepto la “regla áurea”; Platón, Hillel y Confucio conocieron idéntica máxima bajo otros nombres. No puedo pensar en ningún principio mejor que se base en el egoísmo ilustrado: si todos nosotros tratáramos a los demás como deseamos ser tratados, la decencia y la estabilidad tendrían que prevalecer.

Sugiero que establezcamos un pacto de este tenor con nuestro planeta. La Tierra tiene todas las cartas, y detenta un inmenso poder sobre nosotros, de forma que tal convenio, que necesitamos desesperadamente, sería una bendición para nosotros y un alivio para ella, pese a que, en su propia escala de tiempo, no le hace ninguna falta. Haríamos mejor en firmar los documentos mientras todavía esté dispuesta a llegar a un acuerdo. Si la tratamos bien, nos soportará durante un tiempo más. Si le arañamos la piel, sangrará, nos echará a patadas, se pondrá un vendaje y seguirá ocupándose de sus propios asuntos a su propia escala. El pobre Richard … nos dijo que “la necesidad nunca fue buena consejera para hacer tratos ventajosos”, pero la Tierra es más generosa que los agentes humanos en el “arte de pactar”. Ella se mantendrá fiel a sí misma; ahora, nosotros debemos hacer otro tanto.

Fuente: Gould, Stephen Jay, Ocho cerditos, Barcelona, Crítica, 2006.

25/10/08

Don Tomás

Por Ramiro Díez

Don Tomás era un tipo distinguido, de mucho dinero, de raza blanca, inteligente, sensible, impulsor de nobles sueños, y por lo tanto comprometido con la libertad de los negros en los EEUU.

“Es nuestra obligación moral e histórica conceder la libertad a los que hasta ahora han sido degradados. Que sean tratados como iguales porque nuestros iguales son.”

Así, en ese tono y con tal claridad escribía don Tomás, en una apasionada defensa de la libertad de los negros en su país.

Pero los tiempos cambian, y con el tiempo también los humanos: de repente, frente al tema de los negros, don Tomás empezó a guardar silencio.

Ya no era tan entusiasta y se dedicó a ahorrar verbos y adjetivos. Cualquier pregunta al respecto, la respondía con monosílabos vacilantes, agregando: “Quizás sí o puede que no, claro, depende, es decir, es necesario pensar y sopesar…” Eso: no decía nada.

Poco tiempo después, sobre el mismo tema, ya había cambiado tanto de opinión, que no aparecía la misma persona, y se le oyó decir:

“Los negros son una raza maldita y sucia que arrastra ese color en la piel por el pecado de Caín”. Y agregaba que “Nuestro Congreso (de los EEUU) no debe permitir la libertad de los negros porque una mezcla racial será el fin de nuestra naciente nación señalada por el Señor para muy altos destinos...”

Un poeta dijo que “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles”, y es cierto.

Pero tan móviles, tanto, tanto, era demasiado sobre todo pensando en semejante tema y teniendo en cuenta que aquel hombre de pensamiento veleidoso era respetado por su valía intelectual.

Tal vez esos cambios radicales de opinión se aclaren cuando recordemos esto:

El apellido de don Tomás era Jefferson. Sí, el mismo: Tomás Jefferson, y por supuesto que llegó a ser Presidente de los EEUU.

Lo más curioso es que aquel cambio de opinión ocurrió cuando le regalaron, como esclava, a una mulatica de trece años que pronto quedó en embarazo.

¿De quién? Adivina, adivinador.

Más tarde, cuando Jefferson fue nombrado Embajador Plenipotenciario en Francia, la niña esclava lo acompaño a París, y quedó en embarazo cuatro veces más.

¿De quién?

Yes, yes… you are right.

Otro dato: aquella esclava era regalo de su suegro. Y además, -¡qué familia!- era hija de su suegro, nacida por fuera del matrimonio.

Parece una telenovela, pero era la realidad: en resumen, aquella niña mulata era hija y esclava de su suegro. Y había pasado a convertirse en esclava y cuñada de Jefferson, porque era hermana media de su esposa.

Hace poco tiempo, médicos norteamericanos analizaron el ADN de los descendientes tanto del presidente Jefferson, como de los de aquella jovencita.

Y ¡qué coincidencia!: coinciden…

Aquel fue un drama en la vida del Señor Jefferson porque aunque pronunciaba uno que otro discurso racista, quizá para crear una cortina de humo alrededor de aquella relación, amaba de corazón a su cuñada-amante. Y amó sinceramente a los hijos nacidos de aquella unión.

Pero ahí no se detiene la historia: entre aquellos hermanos hubo complicaciones al tratar de conciliar el amor de familia, con los prejuicios racistas de la época.

Por aquellas jugarretas de la genética, unos hijos nacieron negros y otros nacieron blancos. Y los blancos, para poder vivir con sus hermanos negros en la misma casa, como una familia amorosa, tenían que mentir ante todo el mundo y decir que aquellos negros eran sus esclavos.

Don Tomás Jefferson, preclaro presidente norteamericano, murió a los setenta y tantos años. Y dicen que sus últimas palabras, -¿será verdad?- convulsivas, en su lecho de muerte fueron…

No. No es prudente reproducir lo que no tiene sustento histórico, y en especial cuando se trata de tan dramático momento. Don Tomás también tiene derecho al descanso.

Fuente: Díez, Ramiro, Páginas con Cierto Sentido, Quito, Impresores MYL, 2004.

21/10/08

El efecto conjunción

Por Massimo Piattelli Palmarini

Nos proporcionan la siguiente breve “ficha” de carácter y actitud, redactada en un estilo casi cablegráfico:

Luis tiene 34 años. Es inteligente, pero tiene poca imaginación, es rutinario, metódico y escasamente activo. En la escuela destacaba en matemáticas, pero era flojo en asignaturas humanísticas y en ciencias sociales.

Sobre la base de este perfil tan sucinto, nos invitan a adivinar (digamos que de manera intuitiva) cuál es la probabilidad de que Luis desempeñe determinado oficio, o determinada profesión, en vez de otros. Concretamente, nos piden que ordenemos (rank), por orden de probabilidades decrecientes, una lista de profesiones y aficiones entre las que aparecen las siguientes:

–Luis es médico y le gusta jugar al póker
–Luis es arquitecto
–Luis es contable (caso C)
–Luis es aficionado a tocar música de jazz (caso J)
–Luis es aficionado al surf
–Luis es periodista
–Luis es contable, y es aficionado a tocar música de jazz (caso C & J)
–Luis es aficionado al alpinismo

Se invita al lector a que aventure su opinión reordenando una tras otra, por orden de probabilidad decreciente, las opciones que acabamos de describir. Forma parte de las reglas de este “juego” que nuestras estimaciones sean vagas, aproximativas, hechas precisamente de manera intuitiva (no se exigen valores exactos para las distintas probabilidades, sino solamente un ranking o jerarquía intuitiva entre las probabilidades respectivas de estas opciones).

Pasemos ahora a otro caso, análogo al anterior:

Linda tiene 31 años. Es soltera, extravertida y muy brillante. Es licenciada en filosofía. Cuando era estudiante se interesaba mucho por los problemas de discriminación racial y de injusticia social, y participaba activamente en manifestaciones antinucleares.

Como en el caso de Luis, nos invitan a adivinar cuál es la probabilidad de que Linda desempeñe un determinado oficio o profesión, ordenando, por probabilidad decreciente, una lista de profesiones y aficiones entre las que aparecen las opciones siguientes:

–Linda es profesora en una escuela de educación básica
–Linda trabaja en una librería y va a clases de yoga
–Linda participa activamente en el movimiento feminista (caso F)
–Linda es asistente social
–Linda es miembro de la Organización Electoral Femenina
–Linda trabaja en un banco (caso B)
–Linda es agente de seguros
–Linda trabaja en un banco y participa activamente en el movimiento feminista (caso B&F)


De nuevo se invita al lector a que aventure su opinión aproximada, de manera intuitiva, reordenando una tras otra, por orden de probabilidad decreciente, las opciones que acabamos de describir.

Que tire la primera piedra quien no haya considerado, en el caso de Luis, más probable la opción C&J, respecto a la opción J. Y en el caso de Linda, la opción B&F, respecto a la opción B.

Es lo que hacemos todos (o casi todos), y sin embargo se trata de una pura ilusión cognitiva. En realidad, la probabilidad de que se produzcan al mismo tiempo dos acontecimientos (la probabilidad de una “conjunción”, como se la denomina en jerga) es siempre y forzosamente inferior a la probabilidad de cada uno de estos acontecimientos por separado. Si reflexionamos un momento, no podemos dejar de convenir en que tiene que ser más probable que Luis toque música de jazz, haciendo cualquier otro trabajo, o incluso ningún trabajo (el caso J, en realidad, sólo especifica que toca música de jazz –fijaos bien– por afición), que no que Luis toque música de jazz y sea contable. Lo mismo ocurre en el caso de Linda. Debemos convenir en que tiene que ser más probable que Linda trabaje en un banco, participando en movimientos de cualquier tipo, o incluso sin participar en ningún movimiento (el caso B no especifica nada más), que no que Linda trabaje en un banco y colabore activamente en el movimiento feminista. Y sin embargo, la gran mayoría de los individuos sometidos por [Amos] Tversky y [Daniel] Kahneman a un montón de tests de este tipo considera más probable una conjunción que cada uno de los elementos de la conjunción.

De hecho, la jerarquía intuitiva media obtenida en los dos tests que acabamos de exponer es:

Luis:

La opción C es más probable que la opción C&J, que a su vez es más probable que la opción J.

Linda:

La opción F es más probable que la opción B&F, que a su vez es más probable que la opción B.

Lo que nos deja estupefactos es que no existe gran diferencia entre las respuestas obtenidas, por término medio, de individuos “ingenuos”, es decir, totalmente profanos en materia de cálculo de probabilidades, y las obtenidas de sujetos expertos en ciencias estadísticas. O mejor dicho, existe una ligera diferencia: los individuos que tienen alguna noción de estadística se equivocan más a menudo que los individuos absolutamente profanos, y también más a menudo que los expertos. En cualquier caso, incluso los expertos se equivocan casi con la misma frecuencia que los profanos. Las diferencias son generalmente pequeñas. Lo sorprendente es que, por término medio, el 85 por 100 de todos los individuos, sean profanos, semiprofanos, o expertos, se equivocan. Son, por tanto, víctimas del efecto conjunción.

Fuente: Piattelli Palmarini, Massimo, Los túneles de la mente, Barcelona, Crítica, 1995.

19/10/08

La dignidad de la muerte

Por Eduardo Galeano

1954
Río de Janeiro



Quiere borrar la memoria de su propia dictadura, viejo tiempo policial y siniestro, y en estos últimos años gobierna al Brasil como nadie nunca lo había hecho.

Se pone del lado de los salarios, no de las ganancias. De inmediato los empresarios le declaran la guerra.

Para que el Brasil deje de ser un colador, tapona la hemorragia de riquezas. De inmediato los capitales extranjeros se lanzan al sabotaje.

Recupera el petróleo y la energía, que son la soberanía nacional tanto o más que el himno y la bandera. De inmediato los monopolios, ofendidos, le responden con una feroz ofensiva.

Defiende el precio del café sin arrojar a la hoguera, como era costumbre, la mitad de la cosecha. De inmediato los Estados Unidos reducen a la mitad de sus compras.

En el Brasil, periodistas y políticos de todos los colores y marcas suman sus voces al coro del escándalo.

Getulio Vargas ha gobernado de pie. Cuando lo obligan a agacharse, elige la dignidad de la muerte. Alza el revólver, apunta contra su propio corazón y dispara.

Fuente: Galeano, Eduardo, Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, España, siglo veintiuno, 1986.

17/10/08

Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros

Por Seattle

Habéis de saber que cada partícula es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada niebla en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y en la experiencia de mi pueblo… Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos… El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.



Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que otro, porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga. Trata a su madre, la tierra, y a su padre, el cielo, como cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fueran corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras de sí sólo un desierto. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios.

Fuente: Seattle, según se cita en Leonidas Proaño, Monseñor Leonidas Proaño (Editorial Ecuador, Quito, 1988), p. 151 y p. 154.

11/10/08

La persona más inteligente del mundo

Por Michio Kaku

Edward Witten, del Instituto para Estudio Avanzado en Princeton, New Jersey, domina el mundo de la física teórica. Witten es actualmente el “jefe de la banda”, el más brillante físico de altas energías, que marca las tendencias en la comunidad física al modo en que Picasso marcaba las tendencias en el mundo del arte. Cientos de físicos siguen su trabajo religiosamente para tener noción de sus ideas innovadoras. Un colega de Princeton, Samuel Treiman, dice: “Él nos saca una cabeza a todos los demás. Ha iniciado a grupos enteros de personas en nuevos caminos. Construye demostraciones elegantes y asombrosas que dejan a la gente boquiabierta y admirada”. Treiman concluye: “No deberíamos establecer comparaciones con Einstein con demasiada alegría, pero cuando se trata de Witten …”. …

Witten procede de una familia de físicos. Su padre es Leonard Witten, profesor de física en la Universidad de Cincinnati y una destacada autoridad en la teoría de la relatividad general de Einstein. (Su padre, de hecho, se jacta a veces de que su mayor contribución a la física fue engendrar a su hijo). Su esposa es Chiara Nappi, también física teórica en el instituto.

Witten no es como los demás físicos. La mayoría de ellos comienzan su romance con la física a una edad temprana (cuando están en el instituto de enseñanza media o incluso en la escuela elemental). Witten ha desafiado muchas convenciones, al empezar con un título en historia en la Universidad Brandeis y un fuerte interés en lingüística. Después de licenciarse en 1971, trabajó en la campaña presidencial de George McGovern. McGovern le escribió incluso una carta de recomendación para una facultad universitaria. Witten había publicado artículos en The Nation y New Republic. (Scientific American, en una entrevista con Witten, comentaba: “sí, un hombre que es presumiblemente la persona más inteligente del mundo es un demócrata liberal”.) …

Pero una vez que Witten decidió escoger la física como profesión, aprendió física con pasión. Se licenció en Princeton, enseñó en Harvard, y luego fue catapultado a un puesto de profesor permanente en Princeton a la edad de veintiocho años. También recibió la prestigiosa Beca MacArthur (a veces calificada como el premio “al genio” por la prensa). Los resultados de su trabajo han afectado también profundamente al mundo de las matemáticas. En 1990, fue premiado con la Medalla Fields que, en el mundo de las matemáticas, es tan prestigiosa como el premio Nobel.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, Witten permanece sentado y mira por la ventana, manipulando y reordenando grandes conjuntos de ecuaciones en su cabeza. Su mujer señala: “Nunca hace cálculos excepto en su mente. Yo llenaría páginas con cálculos antes de llegar a comprender lo que estoy haciendo. Pero Edward sólo se sienta para calcular un signo menos, o un factor dos”. … Witten dice: “La mayoría de las personas que no han estudiado física probablemente piensan que lo que hacen los físicos es cuestión de cálculos increíblemente complicados, pero eso no es realmente lo esencial. Lo esencial es que la física trata de conceptos, busca comprender los conceptos, los principios mediante los que opera el mundo”.

Fuente: Kaku, Michio, Hiperespacio, España, Crítica, 1994.

5/10/08

El colapso del FMI

Por Mark Weisbrot

Hay un consenso generalizado de que Washington ha perdido considerable influencia y prestigio mundial en los últimos años, principalmente debido al rechazo del mundo a su invasión a Irak, pero también debido a otros escándalos internacionales y a los abusos a los derechos humanos (centros secretos de detención como Abu Ghraib, Guantánamo, entrega extraordinaria [de prisioneros] y tortura), así como por una postura generalmente unilateral y de "con nosotros o contra nosotros" que ha sido propugnada por la administración Bush.

Existen otras razones para la decreciente influencia de Estados Unidos, y en ocasiones son factores que contribuyen de mayor manera, pero que han recibido poca atención. La más importante de estas razones es el colapso del Fondo Monetario Internacional (FMI) … Ésta era la avenida más importante para ejercer influencia en los países en desarrollo que Estados Unidos tuvo durante las últimas tres décadas. El FMI se posicionó, mediante un acuerdo informal, a la cabeza de un cártel de acreedores. A los gobiernos que no llegaban a acuerdos con el Fondo sobre diversas políticas, se les negaba en la mayoría de los casos el crédito, no sólo del FMI sino también del Banco Mundial (que es más grande), así como de otros prestamistas multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo, de los gobiernos de los países ricos y en ocasiones, incluso del sector privado. Esto dio a Washington, que ha dominado al FMI desde su creación en 1944, una poderosa palanca para promover toda una serie de reformas económicas en los países en desarrollo.

A lo largo de la última década esta palanca se colapsó virtualmente entre los países de ingresos medios. Aunque algunos países pobres, especialmente en África, siguen sometidos a las condiciones del FMI, la mayoría de los países de ingresos medios ya no lo están. En los últimos cuatro años, la cartera total de créditos del FMI se redujo de 105 mil millones de dólares a menos de 10 mil millones de dólares. Dicha organización opera actualmente con un déficit anual de 400 millones de dólares y ha sido obligada a reducir su tamaño.

El colapso del FMI contribuyó grandemente a la pérdida de influencia de Washington en América Latina. Y ahora la mayoría de los gobiernos de la región son más independientes de Washington que Europa. Esto obedece también al hecho de que en la última década han sido elegidos gobiernos de centro izquierda en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay, Uruguay, y Venezuela. Una de las causas más importantes de esta revuelta en las urnas ha sido el fracaso de las políticas económicas neoliberales que fueron promovidas activamente por Washington y por las instituciones multilaterales donde ejerce su dominio, como el FMI, el Banco Mundial y el BID. De 1960 a 1980, el ingreso per cápita de la región creció en un 82 por ciento. De 1980 al 2000 creció únicamente 9 por ciento y a pesar de unos cuantos años buenos recientemente, ha acumulado un crecimiento de apenas 14 por ciento en esta década. Aún si se ignora la distribución del ingreso, que es la más desigual en el mundo y que ha empeorado en algunos países, el fracaso en el crecimiento de largo plazo y el desarrollo económico de América Latina en la era neoliberal no tiene precedentes en la historia moderna

Fuente: http://www.cepr.net/documents/publications/us_world_2008_09_spanish.pdf

1/10/08

La leyenda de la maldición del Che

Por Paco Ignacio Taibo II

En los siguientes quince años, bajo el signo de una serie de sorprendentes casualidades, sin duda atribuibles a que los personajes involucrados vivían en tiempos inciertos y al filo de la navaja, la mayoría de aquellos que tuvieron que ver con la captura, la orden del asesinato y la desaparición del cadáver de Ernesto Guevara, sufrieron extraños accidentes mortales en helicópteros o automóviles, fueron ajusticiados por los herederos de la guerrilla, deportados, se enfermaron misteriosamente, fueron tiroteados, victimados por grupos terroristas de la izquierda fanstasmagórica o de la derecha más cavernícola o asesinados a palos por sus propios ex compañeros.

Como si el fantasma del Che retorna a pedir cuentas a sus asesinos, una sistemática ola de violencia fue tocando uno a uno a casi todos los participantes en los acontecimientos. No es pues sorprendente que este cúmulo de casualidades diera nacimiento a la leyenda de la maldición del Che, que según el rumor o la conseja popular hubiera organizado desde el más allá la coordinación de estos accidentes, atentados y enfermedades; un segundo rumor, sin ninguna prueba que lo apoyara, atribuyó a los servicios secretos cubanos una operación de venganza internacional.



Repasemos:

Honorato Rojas se volvió figura pública tras aquella fotografía en que el vicepresidente Siles lo felicitaba por haber delatado a la guerrilla y haber conducido al grupo de Tania y Vilo Acuña a la emboscada en el vado del Yeso, una foto patética, con Honorato vestido de ranger, con una gorra que le quedaba grande y su hija de año y medio en los brazos.

El 14 de julio del 69, un comando del renacido ELN lo ajustició de dos disparos en la cabeza. Vivía a unos kilómetros de Santa Cruz en un ranchito de cinco hectáreas que le había regalado Barrientos.

Y sería el propio general René Barrientos el segundo en caer. Presidente de Bolivia, y el que confirmó la orden de ajusticiamiento del Che, menos de un año más tarde moría carbonizado al desplomarse cerca de la población de Arque el helicóptero en que viajaba el 29 de abril del 69. El accidente nunca ha podido ser explicado. El rumor acusó a su viejo compañero, el general Ovando, de estar detrás del asesinato, en un momento en que Barrientos preparaba un autogolpe de estado para librarse de oposiciones internas y externas. Por cierto que Ovando fue arrojado en 1970 del palacio presidencial, al que había llegado, gracias a un golpe militar contra el sustituto de Barrientos por otro militar, el general Miranda.

El escritor Jorge Gallardo, quien estuvo en estrecho contacto con la cúpula militar que protagonizó el golpe progresista de Torres años después de los sucesos, contaba: “Tres años después de la muerte del Che, la superstición popular presagiaba que desde su tumba se llevaría consigo a los responsables de su muerte”. Y un par de historiadores cubanos que recorrieron el sur de Bolivia en la zona donde operó la guerrilla del Che, registraban: “A partir de estas creencias comenzó a circular entre los militares bolivianos y sus familiares una carta cadena, la cual decía que la muerte de Barrientos era un castigo de dios y que a todos los culpables del asesinato del Che una grave desgracias les esperaba. Para poder salvarse recomendaba rezar tres padres nuestros y tres aves marías. Había que reproducirla en nueve copias y enviarla a igual cantidad de destinatarios”.

O bien las copias de la carta cadena resultaron insuficientes, o bien los actos se sucedían sin ninguna coordinación, el caso es que poco después del “accidente” de Barrientos una nueva muerte colaboró a que el rumor siguiera creciendo: el 10 de octubre de 1970, un día después del tercer aniversario de la muerte del Che, falleció en un accidente de automóvil el teniente Eduardo Huerta, quien había sido el primer oficial que participó en la captura.

La cadena prosiguió con el violento asesinato del coronel Andrés Selich, quien fue uno de los pocos militares de alta graduación que entrevistó al Che en la escuela de La Higuera y trató de vejarlo. Al principio de la década de los 70, bajo el gobierno de Bánzer, de quien había sido ministro del Interior, fue muerto a palos en una sesión de “interrogatorio” realizada por agentes de seguridad militar, cuando lo sorprendieron fraguando uno más de la cadena de golpes de estado que componen la historia de Bolivia.

Poco después el coronel Roberto Quintanilla, quien como jefe de inteligencia del Ministerio del interior presenció la amputación de las manos del cadáver del Che para su posterior identificación y años más tarde fue el asesino material de Inti Peredo, fue ajusticiado en Hamburgo en abril del 71 por una militante del ELN, Mónica Earlt. Presentándose como una ciudadana alemana que requería una visa para Bolivia, Mónica entró en el consulado, solicitó ver al coronel Quintanilla y llevada a su presencia lo mató de dos tiros en el pecho, desapareciendo inmune tras la operación.

La “maldición” del Che no sólo era portada por militantes revolucionarios, a veces cobraba una forma diferente: el agente de la CIA que identificó al Che y luego fotografió su diario, Félix Rodríguez, a su regreso a Miami comenzó a sufrir de asma, a pesar de que el asma suele manifestarse en la infancia y él no tenía antecedentes de haber sufrido nunca esa enfermedad. “Cuando llegué aquí a Miami (…) acabé con un ataque de asma. Me hicieron pruebas de alergia de todo tipo y nada salió positivo. Concluyeron que era o la maldición del Che o algo sicológico, lo mismo me daba en climas secos que húmedos, fríos que calurosos.”

El mayor Juan Ayora, cuyos rangers actuaron en la fase final de la campaña contra el Che e intervinieron en su captura y muerte, fue deportado por el gobierno Bánzer a fines de septiembre del 72.

Juan José Torres, quien era jefe del estado mayor del ejército boliviano durante la campaña del Che y suscribió la orden de ejecución, llegó años más tarde al poder, del que fue expulsado por un golpe militar de signo conservador y el 12 de febrero del 76 cayó asesinado de tres balazos en la cabeza por la ultraderechista Triple A en Buenos Aires.

Dos meses más tarde, en mayo del 76, en el extremo opuesto del espectro político, fue el general Joaquín Zenteno Anaya, quien siendo comandante de la VIII división transmitió la orden de ejecutar al Che, el que fue ajusticiado a balazos en París cuando ejercía las funciones de embajador de Bolivia, por un efímero comando autonombrado Brigada nacionalista Che Guevara que nunca volvió a actuar después de esta operación. Zenteno recibió tres tiros a quemarropa de calibre 7.65 ante la puerta de su oficina. Los investigadores lo relacionaron con que había sido acusado públicamente de proteger a viejos nazis ocultos en Bolivia, como Barbie.

El capitán Vargas, al mando de la emboscada de Vado del Yeso y que después se hizo cargo de ocultar el cadáver del Che y sus compañeros, sufrió trastornos sicológicos porque “los muertos lo perseguían, venían a buscarlo”.

Gary Prado Salomón, el capitán que capturó al Che, sufrió una herida de bala que le perforó los dos pulmones y le lesionó la columna vertebral dejándolo paralítico, cuando se enfrentaba a la ocupación de un campamento petrolero en Santa Cruz por un grupo fascista a principios del 81. Curiosamente, el tiro se le dio accidentalmente uno de sus propios soldados cuyo nombre nunca fue dado a conocer.

Veinte años después de los sucesos, el ex ministro del Interior Antonio Arguedas cumplía ocho años de cárcel en una cárcel boliviana por el secuestro de un comerciante, tras haber sido tiroteado y bombardeado por desconocidos a fines de la década de los 60. En el año 2000, según noticias del general Arana, murió en La Paz a causa de un bombazo.

Poco se sabe sobre el destino del suboficial Mario Terán; aunque se ha dicho en algunos periódicos que vaga alcoholizado por las calles de Cochabamba, perseguido en sus pesadillas por la imagen del Che y que, al igual que el sargento Bernardino Huanca, ha tenido que someterse a frecuentes tratamientos siquiátricos.

Fuente: Taibo II, Paco Ignacio, Ernesto Guevara también conocido como el Che, México, Planeta, 2003.

27/9/08

Puedo escribir los versos más tristes

Por Pablo Neruda

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
So voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me cause,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Fuente: Neruda, Pablo, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Buenos Aires, Sol 90, 2003.

24/9/08

La mente más poderosa

Por José Manuel Sánchez Ron

Pretender saber algo de ciencia e ignorar quién fue Isaac Newton, es tanto como tener sed y no beber agua. Newton fue el grande entre los grandes, la mente más poderosa –científica, sin duda, pero acaso también desde cualquier punto de vista– que ha conocido la historia. Físico, matemático, químico/alquimista, teólogo, historiador; apasionado y genial perseguidor de los arcanos del conocimiento.

Tendemos a contemplar a Newton como el paradigma del científico en el sentido moderno, como el estudioso de los fenómenos naturales, y aunque esta caracterización de aquel inglés irascible y poco dado a compartir sus conocimientos no deja de ser cierta, también se encuentra fundamentalmente desenfocada. En uno de los ensayos más vibrantes y apasionados que he leído a lo largo de mi vida, el economista John Maynard Keynes (1883-1946) le caracterizó –y algo de razón tenía– como el “último de los magos, el último de los babilonios y de los sumerios, la última de las grandes mentes que contempló el mundo visible e intelectual con los mismo ojos que de aquellos que empezaron a construir nuestra heredad intelectual, hace casi diez mil años”.

Es evidente, sin embargo, que semejante caracterización contiene elementos inaceptables. Newton introdujo en el análisis de los fenómenos naturales –de los físicos especialmente– un método radicalmente nuevo; un método que si ya lo distinguía de sus predecesores más cercanos (como Galileo, Descartes [1596-1650] o Kepler [1571-1630]), más le separaba aún de todos aquellos que habían empezado, milenios antes, a “construir nuestra heredad intelectual”. El delicado equilibrio e interrelación entre observación experimental y representación teórico-matemática, la prodigiosa habilidad para reducir los problemas físicos a cuestiones matemáticas, para tratarlos como tales y aplicar luego los resultados así obtenidos a la investigación empírica, todo esto –la esencia del método científico moderno y contemporáneo–, es algo que nadie de sus contemporáneos o precursores logró.

En este sentido, ciertamente no contempló el mundo físico de la misma manera que los antiguos. Y, no obstante, a pesar de tales diferencias las frases de Keynes –que llegó a reunir una de las colecciones más importantes de manuscritos “no científicos” newtonianos– contienen algo de verdad, tocando la esencia del pensamiento del catedrático lucasiano de la Universidad de Cambridge. Este elemento de verdad se aprecia con mayor claridad cuando, más adelante en su ensayo, Keynes explica los calificativos que había aplicado a Newton:

¿Por qué lo llamo mago? Porque contemplaba el universo y todo lo que en él se contiene como un enigma, como un secreto que podía leerse aplicando el pensamiento puro a cierta evidencia, a ciertos indicios místicos que Dios había diseminado por el mundo para permitir una especie de búsqueda del tesoro filosófico a la hermandad esotérica. Creía que una parte de dichos indicios debía encontrarse en la evidencia de los cielos y en la constitución de los elementos (y esto es lo que erróneamente sugiere que fuera un filósofo experimental natural); y la otra, en cierto escritos y tradiciones transmitidos por los miembros de una hermandad, en una cadena ininterrumpida desde la original revelación críptica, en Babilonia. Consideraba al Universo como un criptograma trazado por el Todopoderoso.

Basta, en efecto, pasar revista a los manuscritos que dejó para comprender dónde residían, efectivamente, sus intereses. Hasta el punto que no sería totalmente descabellado formularse la pregunta de por qué uno de los mayores teólogos antitrinitarios del siglo XVII utilizó parte de su tiempo para escribir trabajos sobre ciencia natural, como Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (1687).

La ambición intelectual de Newton fue tal que no podía conformarse –aunque aparentemente lo hiciera (de ahí su engañosa frase “Hipotheses non fingo” [“No hago hipótesis”])– con otra cosa que no fuese la causa última, la explicación definitiva de todo lo que vemos ocurre en la Naturaleza. Y él situaba a Dios en ese lugar. De ahí su profundo y sostenido interés por los temas teológicos e histórico-religiosos, que aflora sólo muy ocasionalmente en alguno de sus tratados científicos … como en el “Escolio General” que añadió a la segunda edición de los Principia, o los últimos párrafos de la “Cuestión 31” de la Óptica (1704), el libro en el que desveló numerosas propiedades de la luz –que él creía formada por pequeños corpúsculos– hasta entonces ignoradas (como el que la luz blanca está compuesta en realidad por colores “simples” o “elementales”).

Aunque sin duda es sorprendente que el maestro de la racionalidad matemático-experimental buscase los secretos de la naturaleza fuera de ésta, lo cierto es que Newton creía que el mensaje divino que había estado alguna vez en las Sagradas Escrituras (eso sí, en las versiones no corrompidas) contenía también la explicación del funcionamiento de la naturaleza. Por ello, buscó las creencias religiosas de los antiguos, y escribió miles de páginas en las que pugnaba por reconstruir la verdadera religión, páginas que incluyen también libros, como Observations upon the Prophecies of Holy Writ particularly the Prophecies of Daniel and the Apocalypse of St. John, que sólo vería la luz pública en 1733, seis años después de que hubiese muerto.

Pero … no es del Newton teólogo e historiador del que hay que hablar, por mucho, insisto, que sólo existiera un Newton, al que prejuicios falsamente científicos, han dividido en parcelas aparentemente inconexas, convirtiendo sus intereses teológico-históricos en algo así como las inevitables –y si es posible inconfesables– extravagancias de un genio. Hay que referirse a aquel del que Voltaire (1694-1778) –un ferviente newtoniano– escribió (en su Diccionario filosófico): “Inventó el cálculo que se llama del infinito; descubrió y demostró el principio nuevo que hace mover toda la naturaleza. No se conoció la luz antes de que él la estudiara, sólo se tenía de ella ideas confusas y falsas. Inventó los telescopios de reflexión.”

Entre las joyas científicas newtonianas, hay una que sobresale entre todas: el ya citado Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural), el libro científico más importante jamás escrito. Los Principia contienen la esencia de la dinámica (la rama de la física que se ocupa del movimiento de los cuerpos), tal y como sería aceptada hasta 1905, cuando Albert Einstein desarrolló una teoría –la relatividad especial– que hacía de la formulación newtoniana un caso particular (para velocidades pequeñas comparadas con la de la luz). Para la mayoría de los fenómenos físicos que observamos seguimos utilizando todavía las tres leyes clásicas de la mecánica newtoniana, aquellas que nos dicen que: 1) en ausencia de fuerzas, todos los cuerpos continúan en su estado de reposo o de movimiento uniforme en línea recta; 2) masa por aceleración (variación de la velocidad con respecto al tiempo) es igual a fuerza; y 3) que a toda acción se le opone una reacción de igual magnitud. El Libro Tercero de los Principia, titulado nada menos que “El sistema del mundo”, aplicaba estas leyes al movimiento de los cuerpos celestes. Hasta entonces, la humanidad había considerado como fenómenos diferentes la caída de objetos en nuestro entorno y los movimientos de los planetas y demás cuerpos celestes. Newton eliminó tal diferencia: la Tierra atraía a una manzana, igual que atraía a la Luna, a Marte o al Sol, y éstos, a su vez, la atraían a ella. Y todo con el mismo tipo de fuerza: directamente proporcional al producto de las masas de los dos cuerpos en cuestión e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. El movimiento cósmico era el producto, la situación de equilibrio dinámico, de todas esas fuerzas.

Con este instrumental conceptual y analítico, auxiliado por nuevas técnicas matemáticas (el cálculo de fluxiones, una versión geométrica y menos poderosa que la formulación desarrollada más o menos simultánea e independientemente por Leibniz) que él mismo inventó, Newton fue capaz de explicar y predecir con precisión las trayectorias de los planetas, incluso –él, que parece que nuca vio el mar– intentó dar cuenta de las mareas, tan importantes para su país, que en su teoría surgirían como meras consecuencias de la atracción que la Luna ejerce sobre la Tierra. Ansioso de disponer del mayor número posible de datos relativos al movimiento lunar, Newton utilizó todos los recursos, en modo alguno escasos, de que disponía (su puesto de presidente de la Royal Society, por ejemplo) para acceder a los datos penosa y lentamente acumulados por el astrónomo real, John Flamsteed (1646-1719). Hay quienes asocian a la genialidad un desarrollo anormalmente grande del individualismo, del, sería más adecuado expresarlo así, egoísmo. Isaac Newton proporciona, desde luego, argumentos a los que piensan de esta manera.

Una de las características más llamativas de la física newtoniana es que las fuerzas a las que recurre son del tipo de “acción a distancia” … La fuerza de esta clase –repito lo que ya señalé– que relaciona a dos cuerpos no necesita de ningún sustrato que la transporte: ejerce su capacidad de influencia de una manera aparentemente milagrosa, inexplicable mecánicamente. Además, en el caso newtoniano, instantáneamente. La mayoría de los contemporáneos de Newton encontraron repugnante este tipo de interacción. Era mucho más satisfactoria conceptualmente la imagen que Descartes defendía, en la cual el universo estaba lleno de unos vórtices de materia sutil, que arrastraban a lo largo de sus torbellinos a los cuerpos celestes.

El propio Newton no creía en las acciones a distancia, pero fue los suficientemente buen físico como para elevarse por encima de sus expectativas. En una carta que escribió a Richard Bentley (1662-1742) (el 25 de febrero de 1963) se pronunció sobre estos puntos: “Es inconcebible que la materia bruta inanimada opere y afecte (sin la mediación de otra cosa que no sea material) sobre otra materia sin contacto mutuo, como debería ser si la gravitación en el sentido de Epicuro es esencial e inherente a ella. Y ésta es la razón por la que deseo que no me asocie con la gravedad innata. Que la gravedad sea innata, inherente y esencial a la materia de forma que un cuerpo pueda actuar a distancia a través de un vacío sin la mediación de otra cosa con la cual su acción o fuerza puede ser transmitida de [un lugar] a otro, es para mí algo tan absurdo que no creo que pueda caer en ella ninguna persona con facultades competentes de pensamiento en asuntos filosóficos. La gravedad debe ser producida por un agente que actúe constantemente según ciertas leyes, pero si este agente es material o inmaterial es una cuestión que he dejado a la consideración de mis lectores.”

No creía, filosóficamente, en la acción a distancia, pero como científico la utilizaba y, en este sentido, aceptaba. En este punto –como en otros– sí que fue el primero de los modernos y no el último de los antiguos.

En la historia del pensamiento no faltan los casos de grandes creadores que vivieron y murieron sin alcanzar ningún tipo de reconocimiento público o profesional. Isaac Newton no perteneció a esta categoría. Inglaterra y el mundo civilizado le honraron con generosidad y prontitud. En Inglaterra llegó a alcanzar una posición oficial tan notable (y rentable) como la dirección de la Casa de la Moneda. La influencia de los Principia, que marcó el punto culminante de la Revolución Científica, no se vio confinada a la física matemática y mecánica celeste, sino que se extendió, como modelo a imitar, a todas las ciencias. La filosofía de la naturaleza newtoniana afectó profundamente al pensamiento político y social, a ideas relativas a la religión, e incluso al arte. Montesquieu (1698-1755) escribió sobre la gravedad universal newtoniana o “poder de gravitación” en la exposición del “Principio de Monarquía” de su Esprit des Lois, y John Adams (1735-1826) invocó la tercera ley del movimiento de Newton al defender la nueva Constitución de Estados Unidos. John T. Desaguliers (1683-1744) escribió un tratado político titulado El sistema newtoniano del mundo, el mejor modelo de gobierno.

A pesar de que otras construcciones físicas han superado, en la mecánica, la gravitación y, sobre todo, la luz, sus conceptos y teorías, la manera newtoniana de aproximarnos a la realidad no nos ha abandonado completamente. Pasarán aún generaciones antes de que logremos mirar a la naturaleza en términos más acordes con los conceptos relativistas o cuánticos, que, por el momento al menos, consideramos más “verdaderos”, y que sólo incluyen a los newtonianos como límites en situaciones muy concretas.

Aquellos que se acerquen a su tumba, en la abadía de Westminster, en Londres, podrán leer en la lápida que cubre sus restos, unas palabras que hacen justicia a tanta inteligencia, energía y pasión como desplegó Newton a lo largo de su vida: “Sibi gratulentur Mortales, tale tantumgue extitisse Humani generis decus” (“Alégrense los mortales de que haya existido tal y tan gran ornamento de la raza humana”).

Fuente: Sánchez Ron, José Manuel, Diccionario de la ciencia, España, Crítica, 2006.

19/9/08

Juana

Por Eduardo Galeano

1655
San Miguel de Nepantla

Juana a los cuatro

Anda Juana charla que te charla con el alma, que es su compañera de adentro, mientras camina por la orilla de la acequia. Se siente de lo más feliz porque está con hipo y Juana crece cuando tiene hipo. Se detiene y se mira la sombra, que crece con ella, y con una rama la va midiendo después de cada saltito que le pega la barriga. También los volcanes crecían con el hipo, antes, cuando estaban vivos, antes de que los quemara su propio fuego. Dos de los volcanes humean todavía, pero ya no tienen hipo. Ya no crecen. Juana tiene hipo y crece. Crece.

Llorar, en cambio, encoge. Por eso tienen tamaño de cucarachas las viejitas y las lloronas de los entierros. Esto no lo dicen los libros del abuelo, que Juana lee, pero ella sabe. Son cosas que sabe de tanto platicar con el alma. También con las nubes conversa Juana. Para charlar con las nubes, hay que trepar a los cerros o a las ramas más altas de los árboles.

–Yo soy nube. Las nubes tenemos caras y manos. Pies, no.



1658
San Miguel de Nepantla

Juana a los siete

Por el espejo ve entrar a la madre y suelta la espada, que se derrumba con estrépito de cañón, y pega Juana tal respingo que le queda toda la cara metida bajo el aludo sombrero.

–No estoy jugando –se enoja, ante la risa de su madre. Se libera del sombrero y asoman los bigotazos de tizne. Mal navegan las piernitas de Juana en las enormes botas de cuero; trastabilla y cae al suelo y patalea, humillada, furiosa; la madre no para de reír.

–¡No estoy jugando! –protesta Juana, con agua en los ojos–. ¡Yo soy hombre! ¡Yo iré a la universidad, porque soy hombre!

La madre le acaricia la cabeza.

–Mi hija loca, mi bella Juana. Debería azotarte por estas indecencias.

Se sienta a su lado y dulcemente dice: “Más te valía haber nacido tonta, mi pobre hija sabihonda”, y la acaricia mientras Juana empapa de lágrimas la vasta capa del abuelo.



Un sueño de Juana

Ella deambula por el mercado de sueños. Las vendedoras han desplegado sueños sobre grandes paños en el suelo.

Llega al mercado el abuelo de Juana, muy triste porque hace mucho tiempo que no sueña. Juana lo lleva de la mano y lo ayuda a elegir sueños, sueños de mazapán o de algodón, alas para volar durmiendo, y se marcharan los dos tan cargados de sueños que no habrá noche que alcance.



1667
Ciudad de México

Juana a los dieciséis

En los navíos, la campana señala los cuartos de la vela marinera. En los socavones y en los cañaverales, empuja al trabajo a los siervos indios y a los esclavos negros. En las iglesias da las horas y anuncia misas, muertes y fiestas.

Pero en la torre del reloj, sobre el palacio del virrey de México, hay una campana muda. Según se dice, los inquisidores la descolgaron del campanario de una vieja aldea española, le arrancaron el badajo y la desterraron a las Indias, hace no se sabe cuántos años. Desde que el maese Rodrigo la creó en 1530, esta campana había sido siempre clara y obediente. Tenía, dicen, trescientas voces, según el toque que dictara el campanero, y todo el pueblo estaba orgulloso de ella. Hasta que una noche su largo y violento repique hizo saltar a todo el mundo de las camas. Tocaba a rebato la campana, desatada por la alarma o la alegría o quién sabe qué, y por primera vez nadie la entendió. Un gentío se juntó en el atrio mientras la campana sonaba sin cesar, enloquecida, y el alcalde y el cura subieron a la torre y comprobaron, helados de espanto, que allí no había nadie. Ninguna mano humana la movía. Las autoridades acudieron a la Inquisición. El tribunal del Santo Oficio declaró nulo y sin valor alguno el repique de la campana, que fue enmudecida por siempre jamás y expulsada al exilio en México.

Juana Inés de Asbaje abandona el palacio de su protector, el virrey Mancera, y atraviesa la plaza mayor seguida por dos indios que cargan sus baúles. Al llegar a la esquina, se detiene y vuelve la mirada hacia la torre, como llamada por la campana sin voz. Ella le conoce la historia. Sabe que fue castigada por cantar por su cuenta.

Juana marcha rumbo al convento de Santa Teresa la Antigua. Ya no será dama de corte. En la serena luz del claustro y la soledad de la celda, buscará lo que no pueda encontrar afuera. Hubiera querido estudiar en la universidad los misterios del mundo, pero nacen las mujeres condenadas al bastidor de bordar y al marido que les eligen. Juana Inés de Asbaje se hará carmelita descalza, se llamará sor Juana Inés de la Cruz.



1681
Ciudad de México

Juana a los treinta

Después de rezar los maitines y los laudes, pone a bailar un trompo en la harina y estudia los círculos que el trompo dibuja. Investiga el agua y la luz, el aire y las cosas. ¿Por qué el huevo se une en el aceite hirviente y se despedaza en el almíbar? En triángulos de alfileres, busca el anillo de Salomón. Con un ojo pegado al telescopio, caza estrellas.

La han amenazado con la Inquisición y le han prohibido abrir los libros, pero sor Juana Inés de la Cruz estudia en las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras y de libro toda esta máquina universal.

Entre el amor divino y el amor humano, entre los quince misterios del rosario que le cuelga del cuello y los enigmas del mundo, se debate sor Juana; y muchas noches pasa en blanco, orando, escribiendo, cuando recomienza en sus adentros la guerra inacabable entre la pasión y la razón. Al cabo de cada batalla, la primera luz del día entra en su celda del convento de las jerónimas y a sor Juana le ayuda recordar lo que dijo Lupercio Leonardo, aquello de que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Ella crea poemas en la mesa y en la cocina hojaldres; letras y delicias para regalar, música del arpa de David sanando a Saúl y sanando también a David, alegrías del alma y de la boca condenadas por los abogados del dolor.

–Sólo el sufrimiento te hará digna de Dios –le dice el confesor, y le ordena quemar lo que escribe, ignorar lo que sabe y no ver lo que mira.



1691
Ciudad de México

Juana a los cuarenta

Un chorro de luz blanca, luz de cal, acribilla a sor Juana Inés de la Cruz, arrodillada en el centro del escenario. Ella está de espaldas y mira hacia lo alto. Allá arriba un enorme Cristo sangra, abiertos los brazos, sobre la empinada tarima, forrada de terciopelo negro y erizada de cruces, espadas y estandartes. Desde la tarima, dos fiscales acusan.

Todo el mundo es negro, y negras son las capuchas que enmascaran a los fiscales. Sin embargo, uno lleva hábito de monja y bajo la capucha asoman los rojizos rulos de la peluca: es el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, en el papel de sor Filotea. El otro, Antonio Núñez de Miranda, confesor de sor Juana, se representa a sí mismo. Su nariz aguileña, que abulta la capucha, se mueve como si quisiera soltarse del dueño.

SOR FILOTEA (Bordando en un bastidor).–Misterioso es el Señor. ¿Para qué, me pregunto, habrá puesto cabeza de hombre en el cuerpo de sor Juana? ¿Para que se ocupe de las rastreras noticias de la tierra? A los Libros Sagrados, ni se digna asomarse.

EL CONFESOR (Apuntando a sor Juana con una cruz de madera).–¡Ingrata!

SOR JUANA (Clavados los ojos en Cristo, por encima de los fiscales).–Mal correspondo a la generosidad de Dios, en verdad. Yo sólo estudio por ver si con estudiar, ignoro menos, y a las cumbres de la Sagrada Teología dirijo mis pasos; pero muchas cosas he estudiado y nada, o casi nada, he aprendido. Lejos de mí las divinas verdades, siempre lejos… ¡Tan cercanas las siento a veces, y tan lejanas las sé! Desde que era muy niña… A los cinco o seis años buscaba en los libros de mi abuelo esas llaves, esas claves… Leía, leía. Me castigaban y leía, a escondidas, buscando…

EL CONFESOR (A Sor Filotea).–Jamás aceptó la voluntad de Dios. Ahora, hasta letra de hombre tiene. ¡Yo he visto sus versos manuscritos!

SOR JUANA.–Buscando… Muy temprano supe que las universidades no son para mujeres, y que se tiene por deshonesta a la que sabe más que el Padrenuestro. Tuve por maestros libros mudos, y por todo condiscípulo, un tintero. Cuando me prohibieron los libros, como más de una vez ocurrió en este convento, me puse a estudiar en las cosas del mundo. Hasta guisando se pueden descubrir secretos de la naturaleza.

SOR FILOTEA.–¡La Real y Pontifica Universidad de la Fritanga! ¡Por sede, una sartén!

SOR JUANA.–¿Qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Pero si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito. Os causa risa, ¿verdad? Pues reíd, si os complace. Muy sabios se sienten los hombres, sólo por ser hombres. También a Cristo lo coronaron de espinas por rey de burlas.

EL CONFESOR (Se le borra la sonrisa; golpea la mesa con el puño).–¡Habráse visto! ¡La pedante monjita! Como sabe hacer villancicos, se compara con el Mesías.

SOR JUANA.–También Cristo sufrió esta ingrata ley. ¿Por signo? ¡Pues muera! ¿Señalado? ¡Pues padezca!

EL CONFESOR.–¡Vaya humildad!

SOR FILOTEA.–Vamos, hija, que escandaliza a Dios tan vocinglero orgullo…

SOR JUANA.–¿Mi orgullo? (Sonríe, triste.) Tiempo ha que se ha gastado.

EL CONFESOR.–Como celebra el vulgo sus versos, se cree una elegida. Versos que avergüenzan a esta cada de Dios, exaltación de la carne… (Tose.) Malas artes de macho…

SOR JUANA.–¡Mis pobres versos! Polvo, sombra, nada. La vana gloria, los aplausos… ¿Acaso los he solicitado? ¿Qué revelación divina prohíbe a las mujeres escribir? Por gracia o maldición, ha sido el Cielo quien me hizo poeta.

EL CONFESOR (Mira al techo y alza las manos, suplicando).–Ella ensucia la pureza de la fe y la culpa la tiene el Cielo!

SOR FILOTEA (Hace a un lado el bastidor de bordar y entrelaza los dedos sobre el vientre).–Mucho canta sor Juana a lo humano, y poco, poco a lo divino.

SOR JUANA.–¿No nos enseñan los Evangelios que en lo terrenal se expresa lo celestial? Una fuerza poderosa me empuja la mano…

EL CONFESOR (Agitando la cruz de madera, como para golpear a sor Juana desde lejos).–¿Fuerza de Dios o fuerza del rey de los soberbios?

SOR JUANA.–… y escribiendo seguiré, me temo, mientras me dé sombra el cuerpo. Huía de mí cuando tomé los hábitos, pero, ¡miserable de mí!, trájeme a mí conmigo.

SOR FILOTEA.–Se baña desnuda. Hay pruebas.

SOR JUANA.–¡Apaga, Señor, la luz de mi entendimiento! ¡Deja sólo la que baste para guardar Tu Ley! ¿No sobra lo demás en una mujer?

EL CONFESOR (Chillando, ronco, voz de cuervo).–¡Avergüénzate! ¡Mortifica tu corazón, ingrata!

SOR JUANA.–Apágame. ¡Apágame Dios mío!

La obra continúa, con diálogos semejantes, hasta 1693.



1693
Ciudad de México

Juana a los cuarenta y dos

Lágrima de toda la vida, brotadas del tiempo y de la pena, le empapan la cara. En lo hondo, en lo triste, ve nublado el mundo: derrotada, le dice adiós.

Varios días le ha llevado la confesión de los pecados de toda su existencia ante el impasible, implacable padre Antonio Núñez de Miranda, y todo el resto será penitencia. Con tinta de su sangre escribe una carta al Tribunal Divino, pidiendo perdón.

Ya no navegarán sus velas leves y sus quillas graves por la mar de la poesía. Sor Juana Inés de la Cruz abandona los estudios humanos y renuncia a las letras. Pide a Dios que le regale olvido y elige el silencio, o lo acepta, y así pierde América a su mejor poeta.

Poco sobrevivirá el cuerpo a este suicidio del alma. Que se avergüenza la vida de durarme tanto

Fuente: Galeano, Eduardo, Memoria del fuego I. Los nacimientos, México, siglo veintiuno, 1982.