16/11/18

Un ser humano impresionante


Por Bertrand Russell
Wittgenstein era austríaco, y su padre inmensamente rico; quería ser ingeniero y por eso se había marchado a Manchester. Allí, a raíz de sus estudios, se interesó en los principios de las matemáticas y averiguó quién se dedicaba a dicho tema. Alguien mencionó mi nombre y Wittgenstein se instaló en Trinity. Tal vez él haya sido el ejemplo más perfecto que jamás he conocido del genio tal como uno se lo imagina tradicionalmente: apasionado, profundo, intenso y dominante. Tenía una especie de pureza que no he encontrado en nadie más, salvo en G. E. Moore. Recuerdo que una vez lo llevé a una reunión de la Sociedad Aristotélica; allí había algunas personas un tanto necias y yo las traté con cortesía. Al salir, Wittgenstein me recriminó con furia mi degradación moral por no haber dicho a esa gente lo idiota que era. Su vida era tumultuosa, turbulenta, y su fuerza personal extraordinaria. Se alimentaba de leche y vegetales, por lo que tenía la misma sensación que la mujer de Patrick Campbell respecto de Shaw: «Que Dios nos ampare si alguna vez se come un bistec». Solía visitarme cada día a medianoche y quedarse caminando de un extremo al otro de la habitación durante tres horas en agitado silencio, como una bestia enjaulada. Una vez le pregunté: «Estás pensando en la lógica o en tus pecados»; «En ambos», me contestó y siguió andando. Yo no me atrevía a sugerirle que ya era hora de acostarse, pues a ambos nos parecía probable que se suicidara al salir de casa. Al terminar su primer curso en Trinity vino a verme y me preguntó: «¿Cree usted que soy un perfecto idiota?». Yo le dije: «¿Para qué quieres saberlo?». Y él me respondió: «Porque si lo soy, me haré aeronauta, pero si no lo soy me convertiré en filósofo». Yo le dije: «Mi querido amigo, no sé si eres o no un idiota, pero si durante las vacaciones me escribes un ensayo sobre el tema filosófico que más te interese, yo lo leeré y te lo diré». Así lo hizo, y a comienzos del curso siguiente me presento su trabajo. Nada más leer la primera frase quedé convencido de que Wittgenstein era un hombre de genio y le aseguré que bajo ningún concepto debía hacerse aeronauta. A principios de 1914 vino a verme, presa de una gran agitación: «Me voy a Cambridge, me marcho inmediatamente». «¿Por qué?», le pregunté. «Porque mi cuñado se ha instalado en Londres y yo no soporto estar cerca suyo.» De esta forma pasó el resto del invierno en el extremo norte de Noruega. En los primeros tiempos le pregunté una vez a G. E. Moore qué opinaba de Wittgenstein. «Tengo un gran concepto de él», me dijo. Le pregunté por qué y me respondió: «Porque en mis clases es el único que se muestra perplejo». 

Imagen tomada de https://www.the-tls.co.uk/articles/public/ludwig-wittgenstein-honesty-ground/ 
Cuando llegó la guerra, Wittgenstein, que era muy patriota, se alistó como oficial en el ejército austríaco. Los primeros meses aún fue posible escribirle y tener noticias suyas, pero en poco tiempo se cortó la comunicación. Ya no supe de él hasta pasado un mes después del armisticio, cuando recibí una carta suya desde Monte Cassino contándome que algunos días después de la guerra había caído prisionero de los italianos, aunque por suerte había logrado conservar el manuscrito de un libro que por lo visto había escrito en las trincheras, y que quería que yo leyera. Wittgenstein era de la clase de hombres que cuando pensaba sobre lógica era capaz de no darse cuenta de minucias tales como bombas explotando a su alrededor. Me envió el manuscrito de su libro, y sobre él discutimos Nicod, Dorothy Wrinch y yo en Lulworth. Se trataba de la obra que más tarde se publicaría con el título de Tractatus Logico-Philosophicus. Lógicamente era muy importante encontrarse con Wittgenstein para hablar personalmente de su libro, y como era mejor que el encuentro tuviera lugar en un país neutral, decidimos vernos en La Haya. Entonces surgió un problema inesperado. Antes de estallar la guerra, el padre de Wittgenstein había transferido toda su fortuna a Holanda, así que al final seguía siendo tan rico como al comienzo de la contienda. Justo en la época del armisticio, el señor Wittgenstein murió, legando a su hijo el grueso de la fortuna. Éste, sin embargo, llegó a la conclusión de que el dinero es un obstáculo para el filósofo y entregó hasta el último céntimo de su fortuna a su hermano y hermanas. A raíz de esto no podía pagarse el pasaje de Viena a La Haya, y como era muy orgulloso no quiso mi dinero. Por fin se encontró una solución al problema. En Cambridge se encontraban guardados sus muebles y sus libros, y él me expresó su deseo de vendérmelos. En la tienda de muebles que los guardaba me asesoraron respecto a su valor y yo los compré al precio que me indicaron. En realidad eran mucho más valiosos de lo que él creía, y para mí fue el mejor negocio de mi vida. Gracias a esta venta Wittgenstein pudo viajar a La Haya, y allá nos pasamos una semana discutiendo su libro línea por línea mientras Dora iba a la biblioteca pública a leer las invectivas de Salmatius contra Milton.
Pese a ser un filósofo lógico, Wittgenstein era a la vez patriota y pacifista. Tenía una excelente opinión de los rusos, con quienes había confraternizado en el frente. Me contó que en una ocasión, hallándose en un pueblecito de Galicia sin nada que hacer, encontró una librería y se le ocurrió pensar que allí podría encontrar un libro. Había sólo uno, unos comentarios de Tolstoi sobre los evangelios. Lo compró, y el libro le causó una gran impresión. Por un tiempo se volvió muy religioso, hasta el punto de empezar a considerarme una persona demasiado mala como para tener una relación conmigo. Para ganarse la vida se hizo maestro de escuela básica en una aldea rural austríaca llamada Trattenbach, desde donde me escribía diciéndome: «Los habitantes de Trattenbach son muy malos». Yo le contestaba: «Sí, todos los hombres son muy malos», a lo que él respondía: «Es verdad, pero los de Trattenbach son más malos que los hombres de otros sitios», y yo le replicaba que mi sentido lógico se negaba a aceptar semejante proposición. Pero su opinión de justificaba en cierto modo: los campesinos se negaban a proporcionarle leche porque enseñaba a sus pequeños unas sumas que nada tenían que ver con con el dinero. En esa época, Wittgenstein debe de haber pasado hambre y muchas privaciones, pero casi nunca se lo podía inducir a hablar de ello, pues tenía el orgullo de Lucifer. Finalmente su hermana decidió construirse una casa y lo contrató como arquitecto. Esto le dio suficiente dinero como para comer durante unos años, tras los cuales regresó a Cambridge como catedrático para ser blanco de los poemas en forma de pareados que escribía en su contra el hijo de Clive Bell. No era una persona que se adaptara fácilmente a las reuniones sociales. Whitehead me describió la primera vez que Wittgenstein fue a verlo. Al ser conducido al salón a la hora del té no pareció reparar en la presencia de la señora Whitehead y se puso a caminar en silencio de un lado a otro del salón, hasta que por fin exclamó: «Una proposición tiene dos polos. Es apb». Al contármelo, Whitehead dijo: «Naturalmente yo le pregunté qué son a y b, pero en seguida comprobé que había dicho algo malo». «a y b son indefinibles», rugió la voz de Wittgenstein.
Como todos los grandes hombres, tenía sus puntos débiles. En 1922, en la cumbre de su ardor místico y mientras me aseguraba con gran convicción de que era mejor ser bueno antes que inteligente, descubrí que le tenía terror a las avispas, y que a causa de los insectos era incapaz de quedarse otra noche más en el alojamiento que habíamos encontrado en Innsbruck. Tras mis viajes por Rusia y China, yo estaba acostumbrado a las pequeñas vicisitudes de ese tipo, pero ni siquiera su gran convicción de que las cosas de este mundo no cuentan le permitía soportar con paciencia los insectos. Sin embargo, y a pesar de estas pequeñas debilidades, Wittgenstein fue un ser humano impresionante.
Fuente: Russell, B. (1975), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

9/11/18

Quisiera ser pequeño


Quisiera ser pequeño muy pequeño, para colarme por el breve espacio entre la piel de tu espalda y la tela que la recubre, ese mínimo espacio que varía de forma según las vicisitudes del aire y el movimiento del cuerpo. Aprovecharía esos túneles para escalar hasta tu hombro y deslizarme a continuación hacia el pezón que corona tu seno. Desde esa tierra prometida atisbaría el pezón gemelo que me espera del otro lado y subiría rodando hacia él con la energía adquirida en el descenso, solo para volver enseguida al primer pezón, y luego rodaría de vuelta al segundo pezón, y viviría yendo de un pezón al otro sin descanso en incesante sube y baja, como el péndulo del reloj de cuerda que mi abuelo echó a andar esta mañana, como el columpio del parque arrullado por la brisa, como el registro de un sismo de magnitud tres punto cuatro, trazando con mi huella un camino preferente, un rubor como mancha de salitre o picado de zancudo, acostumbrado ya a tus ángulos que apenas varían. Hasta que el deseo que no cesa cese de golpe y pueda olvidarte y buscar otro consuelo.

2/11/18

Jane Franklin


Por Eduardo Galeano
De los dieciséis hermanos de Benjamín Franklin, Jane es la que más se le parece en talento y fuerza de voluntad.
Pero a la edad en que Benjamín se marchó de casa para abrirse camino, Jane se casó con un talabartero pobre, que la aceptó sin dote, y diez meses después dio a luz a su primer hijo. Desde entonces, durante un cuarto de siglo, Jane tuvo un hijo cada dos años. Algunos niños murieron, y cada muerte le abrió un tajo en el pecho. Los que vivieron exigieron comida, abrigo, instrucción y consuelo. Jane pasó noches en vela acunando a los que lloraban, lavó montañas de ropa, bañó montoneras de niños, corrió del mercado a la cocina, fregó torres de platos, enseñó abecedarios y oficios, trabajó codo a codo con su marido en el taller y atendió a los huéspedes cuyo alquiler ayudaba a llenar la olla. Jane fue esposa devota y viuda ejemplar; y cuando ya estuvieron crecidos los hijos, se hizo cargo de sus propios padres achacosos y de sus hijas solteronas y de sus nietos sin amparo.
Jane jamás conoció el placer de dejarse flotar en un lago, llevada a la deriva por un hilo de cometa, como suele hacer Benjamín a pesar de sus años. Jane nunca tuvo tiempo de pensar, ni se permitió dudar. Benjamín sigue siendo un amante fervoroso, pero Jane ignora que el sexo puede producir algo más que hijos.
Benjamín, fundador de una nación de inventores, es un gran hombre de todos los tiempos. Jane es una mujer de su tiempo, igual a casi todas las mujeres de todos los tiempos, que ha cumplido su deber en esta tierra y ha expiado su parte de culpa en la maldición bíblica. Ella ha hecho lo posible por no volverse loca y ha buscado, en vano, un poco de silencio.
Su caso carecerá de interés para los historiadores.
Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo veintiuno, Buenos Aires.

26/10/18

Los libros se manchan


Aunque se tomen todas las precauciones, los libros se manchan. Si los forras con plástico transparente, quedan a salvo del polvo y el agua, pero siguen vulnerables a las lepismas, esos bichos con antenas tan largas como su cuerpo que se cuelan por la rendija que forman la tapa y la primera página, y se quedan a vivir allí hasta que la luz del día los espanta. Las lepismas, si no han muerto, huyen, pero no se van las manchas que son su herencia. Los libros también se manchan por causas poco previsibles. Un mal día entró una paloma a mi cuarto de estudio desde la terraza, y aunque la puerta permaneció abierta, no hallaba la salida. Luego de golpearse una y otra vez contra el vidrio de la ventana, se posó en una de las estanterías. Al verme se llenó de miedo y empezó a derramar heces por doquier. Yo también me llené de miedo y quedé paralizado, hasta que un familiar vino en mi auxilio y la sacó («solo tenías que abrir la ventana»). Al limpiar los estragos encontré que el excremento había caído sobre todo en mi ejemplar del Ulises de Joyce, y aunque lo limpié con sumo cuidado, quedó manchado para siempre. Me consolé ojeando las sentencias que había subrayado en esa novela, sentencias trágicas como «No sabemos nada excepto que vivió y sufrió.» o inquietantes como «Tres agujeros todas las mujeres.». Las manchas no estropean los mejores libros.

13/10/18

Buda versus Nietzsche


Por Bertrand Russell
La cuestión es: Si Buda y Nietzsche fueran enfrentados, ¿podría alguno de ellos esgrimir algún argumento que debiese apelar al oyente imparcial? No me refiero a argumentos políticos. Podemos imaginárnoslos apareciendo ante el Todopoderoso como en el primer capítulo del libro de Job, y ofreciendo consejo respecto a la clase de mundo que Él debía crear. ¿Qué podrían decir?
Buda iniciaría su exposición hablando de leprosos, proscritos y miserables; del pobre, luchando con los miembros enfermos y apenas malviviendo con la alimentación escasa; de los heridos en las batallas, muriendo con una agonía lenta; de los huérfanos maltratados por los crueles tutores, e incluso de los más afortunados, obsesionados con el pensamiento de la decadencia y de la muerte. Para todo este cargamento de penas, diría, tiene que encontrarse un camino de salvación, y esta salvación sólo puede venir por el amor.
Nietzsche, a quien sólo el Omnipotente podría impedir que interrumpiera, prorrumpiría cuando le llegara el turno: «Por Dios, hombre, debías aprender a tener más fibra. ¿Qué es eso de lloriquear porque la gente vulgar sufra? ¿O, para el caso es lo mismo, porque los grandes hombres sufran? La gente vulgar sufre vulgarmente, los grandes hombres sufren con grandeza, y los grandes sufrimientos no deben ser lamentados, porque son nobles. Tu ideal es puramente negativo: la ausencia de dolor, cosa que puede asegurarse con la inexistencia. Yo, por el contrario, tengo ideales positivos: admiro a Alcibíades, a Federico el Grande, a Napoleón. En beneficio de esos hombres cualquier dolor vale la pena. Apelo a Vos, Señor, como al más grande de los artistas creadores, para que no permitáis que Vuestros impulsos artísticos se dobleguen ante los refunfuños dominados por el temor de este desgraciado psicópata»
Buda, que en las cortes celestiales aprendió toda la historia posterior a su muerte y que ha dominado la ciencia, deleitándose en el conocimiento y apenándose ante el uso a que lo han destinado los hombres, replica con tranquila cortesía: «Estáis equivocado, profesor Nietzsche, al pensar que mi ideal es puramente negativo. Ciertamente incluye un elemento negativo, la ausencia de sufrimiento. Pero además de eso contiene tanto como de positivo pueda hallarse en vuestra doctrina. Aunque no siento ninguna especial admiración por Alcibíades y Napoléon, también tengo mis héroes: mi sucesor Jesús, porque dijo a los hombres que amaran a sus enemigos; los hombres que han descubierto la forma de dominar las fuerzas de la naturaleza y conseguir la comida con menos trabajo; los médicos que han encontrado la forma de disminuir las enfermedades; los poetas, los artistas y los músicos que han captado vislumbres de la Beatitud Divina. El amor, el conocimiento y la complacencia en la belleza no son negaciones; son suficientes para llenar las vidas de los hombres más grandes que hayan existido nunca».
«Es lo mismo –replica Nietzsche–, vuestro mundo sería insípido. Deberías estudiar a Heráclito, cuyas obras se conservas íntegras en la biblioteca celestial. Vuestro amor es compasión, que brota del dolor; vuestra verdad, si sois honrado, es desagradable, y sólo puede conocerse a través del sufrimiento, y en cuanto a la belleza, ¿qué hay de más bello que un tigre, que debe su esplendor a su fiereza? No, si el Señor se decidiera por vuestro mundo, temo que moriríamos todos de aburrimiento».
«Vos podrías –replica Buda– porque amáis el dolor y vuestro amor a la vida es una impostura. Pero los que aman realmente la vida tendrían una felicidad que nadie puede gozar en el mundo tal como es».
Me disgusta Nietzsche porque le gusta la contemplación del dolor, porque erige el desprecio en deber, porque los hombres que más admira son conquistadores, cuya gloria estriba en la habilidad para hacer que los hombres mueran. Pero creo que el argumento decisivo contra su filosofía, como contra cualquier ética desagradable aunque internamente coherente, radica no en una apelación a los hechos, sino en una apelación a las emociones. Nietzsche desprecia el amor universal; yo veo en él la fuerza motriz para todo lo que deseo respecto al mundo.
Fuente: Russell, B. (1946), Historia de la filosofía occidental, Espasa, Madrid.

6/10/18

El del aborto es un asunto sencillo


En todo el mundo las mujeres abortan. Independientemente de lo que digan las leyes al respecto, las mujeres abortan. Existen básicamente tres tipos de legislación: las que lo penalizan en todas las circunstancias, las que lo permiten en circunstancias muy puntuales y las que lo permiten en casi todos los casos. En los países donde el aborto se penaliza parcial o totalmente, las mujeres no dejan de abortar, pero se ven obligadas a hacerlo a escondidas. La situación es especialmente dramática para las mujeres pobres, que no pueden pagarse un aborto seguro, y se ven obligadas a recurrir a sitios clandestinos poco salubres. En la práctica, prohibir el aborto equivale a castigar a las mujeres pobres que no desean continuar con su embarazo.
Afortunadamente el aborto es más o menos libre en buena parte del mundo, en Rusia y en China, en Sudáfrica y en Estados Unidos, en casi toda Europa. Pero en Latinoamérica la situación es a menudo trágica. Es libre en Cuba, Uruguay y Ciudad de México, pero está penalizado totalmente en El Salvador, Nicaragua y República Dominicana, y parcialmente en el resto de países. Seguramente la raíz de esta postura poco liberal se encuentra en la influencia todavía abrumadora del cristianismo en sociedades nominalmente laicas. Según Pablo de Tarso, el fundador del cristianismo, la vida no le pertenece a uno sino a Dios. Pablo no habló del aborto, pero sigue en boga la idea de que la mujer no puede decidir sobre la vida que se gesta en su vientre. (Curiosamente, durante la mayor parte de la historia cristiana, como no se comprendía la biología de la concepción, las autoridades pensaban que la vida comenzaba con el movimiento del feto en la matriz, y el aborto antes de ese momento no se consideraba ilegal o inmoral.)
Hasta hace poco Chile era uno de los pocos países del mundo que penalizaba el aborto en todos los casos. En septiembre de 2017 se aprobó el aborto en tres circunstancias: cuando el embarazo suponía un riesgo para la vida de la embarazada, cuando el feto no es viable y cuando el embarazo es resultado de una violación. Michelle Bachelet, en la campaña previa a su segunda presidencia, había prometido mejorar la legislación sobre aborto. Cumplió, un hecho insólito en una región acostumbrada a que las promesas de campaña no se cumplan.
En octubre de 2012, durante el gobierno de José Mujica, se aprobó en Uruguay el aborto, que desde entonces es legal durante las primeras 12 semanas de embarazo. Aunque esta reforma se podría leer como un avance llevado adelante por un gobernante progresista, el experto Gerardo Caetano recuerda que durante su mandato, Mujica apoyó propuestas que al inicio no compartía, entre las que incluye notables avances como la despenalización del consumo de marihuana y del aborto y la aprobación del matrimonio igualitario.
El pasado agosto el senado argentino rechazó un proyecto para despenalizar el aborto hasta la semana 14. En Argentina el aborto solo se permite cuando el embarazo pone en peligro la vida o la salud de la mujer y en caso de violación. El debate público fue intenso y resonó en varios países de la región. El tema no podrá ser tratado hasta el siguiente año parlamentario. Esperemos que Argentina finalmente lo despenalice, y que el resto de Latinoamérica no tarde décadas en alcanzar lo que ya se ha conseguido en medio mundo.

29/9/18

Las causas de la infelicidad


Por Bertrand Russell
Una comunidad de hombres con vitalidad, valor, sensibilidad e inteligencia en el más alto grado que la educación puede producir, sería muy distinta de todo lo que ha existido. Pocos serían desgraciados. Las principales causas de la infelicidad actual son: mala salud, pobreza y vida sexual desagradable. Todas ellas se reducirían mucho. La buena salud podría ser casi universal y la vejez podría retardarse. La pobreza, desde la revolución industrial, es debida solamente a la estupidez colectiva. La sensibilidad despertaría el deseo de abolirla, la inteligencia les enseñaría el procedimiento, y el valor su realización. (Un tímido preferiría seguir siendo infeliz a hacer algo desusado.) La vida sexual de la mayoría no es hoy satisfactoria. Ello es debido en parte a la mala educación y, en parte, a la persecución de las autoridades y de Mrs. Grundy [Escritora que se ha distinguido en su campaña contra el control de la natalidad]. Una generación de mujeres educadas sin los absurdos temores sexuales acabaría con esto. Se ha creído que el miedo era el único procedimiento para conservar la virtud de las mujeres, y se les ha enseñado a ser cobardes física y mentalmente. Las mujeres con ideas tradicionales acerca del amor fomentan la brutalidad y la hipocresía de sus maridos y desvían los instintos de sus hijos. Una generación de mujeres sin miedo transformaría el mundo, trayendo a él una generación de niños valerosos, no conformados de un modo antinatural, sino rectos y sencillos, generosos, amables y libres. Su ardor acabaría con la crueldad y el dolor que nos agobian porque somos duros de corazón, perezosos, estúpidos y cobardes. La educación que nos da tan malas cualidades nos daría las virtudes opuestas. La educación es la llave del mundo nuevo.
Fuente: Russell, B. (1926), Sobre educación, Espasa, Barcelona.

22/9/18

Cerdos


Por Roberto Bolaño
–Los galeses son unos cerdos –dijo el cojo a una pregunta de su hijo. Unos cerdos absolutos. Los ingleses también son unos cerdos, pero un poco menos que los galeses. Aunque la verdad es que son igual de cerdos, pero intentan parecer un poco menos cerdos, y como saben fingir bien al final lo parecen. Los escoceses son más cerdos que los ingleses y sólo un poco menos cerdos que los galeses. Los franceses son tan cerdos como los escoceses. Los italianos son lechones. Lechones dispuestos a comerse a su propia madre cerda. De los austriacos se puede decir lo mismo: cerdos y cerdos y cerdos. Nunca te fíes de un húngaro. Nunca te fíes de un bohemio. Te lamen la mano mientras te devoran el dedo meñique. Nunca te fíes de un judío: ése te come el pulgar y encima te deja la mano cubierta de babas. Los bávaros también son unos cerdos. Cuando hables con un bávaro, hijo mío, procura tener el cinturón bien abrochado. Con los renanos más vale ni siquiera hablar: en menos de lo que canta un gallo te querrán cortar una pierna. Los polacos parecen gallinas, pero si les arrancas cuatro plumas verás que tienen piel de cerdo. Lo mismo pasa con los rusos. Parecen perros famélicos pero en realidad son cerdos famélicos, cerdos dispuestos a comerse a quien sea, sin preguntárselo dos veces, sin el más mínimo remordimiento. Los serbios son igual que los rusos, pero en pequeño. Son como cerdos disfrazados de perros chihuahuas. Los perros chihuahuas son unos perros enanos, del tamaño de un gorrión, que viven en el norte de México y que aparecen en algunas películas americanas. Los americanos son unos cerdos, por supuesto. Y los canadienses, grandes cerdos inmisericordes, aunque los peores cerdos del Canadá son los cerdos francocanadienses, así como los peores cerdos de América son los cerdos irlandeses. Los turcos tampoco se salvan. Son cerdos sodomíticos, como los de Sajonia y los de Westfalia. Acerca de los griegos sólo puedo decir que son igual que los turcos: cerdos peludos y sodomíticos. Sólo los prusianos se salvan. Pero Prusia ya no existe. ¿Dónde está Prusia? ¿Tú la ves? Yo no la veo. A veces tengo la impresión de que murieron todos en la guerra. A veces, por el contrario, tengo la impresión de que mientras yo estaba en el hospital, ese inmundo hospital de cerdos, los prusianos emigraron en masa, lejos de aquí. A veces voy a los roqueríos y miro el Báltico y trato de adivinar hacia dónde se fueron las naves de los prusianos. ¿A Suecia? ¿A Noruega? ¿A Finlandia? Imposible: ésas son tierras de cerdos. ¿Adónde, entonces? ¿A Islandia, a Groenlandia? Trato de adivinarlo y no puedo. ¿Dónde están entonces los prusianos? Me acerco a los roqueríos y los busco en el horizonte gris. Un gris revuelto como la pus. Y no una vez al año. ¡Una vez al mes! ¡Una vez cada quince días! Pero nunca los veo, nunca adivino hacia qué punto del horizonte se lanzaron. Sólo te veo a ti, tu cabeza entre las olas que aparece y desaparece, y entonces me siento en una roca y me quedo quieto mucho rato, mirándote, convertido yo también en otras roca, y aunque a veces mis ojos te pierden de vista o aparece tu cabeza a mucha distancia de donde te habías sumergido, no temo por ti, pues sé que volverás a salir, que las aguas nada pueden hacerte. A veces, incluso, me quedo dormido, sentado sobre una roca, y cuando me despierto tengo tanto frío que ni siquiera le echo una mirada al mar para comprobar si aún estás allí. ¿Qué hago entonces? Pues me levanto y vuelvo al pueblo dando diente con diente. Y al entrar en las primeras calles me pongo a cantar para que los vecinos se hagan la idea equivocada de que me he ido a emborrachar a la taberna de Krebs.
Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama. Barcelona.

24/7/18

No hay nada malo en el sexo


Por Bertrand Russell*
El sentido del pecado que domina a muchos niños y jóvenes y a menudo dura hasta la vida adulta, es una desdicha y una fuente de confusión que no tiene ningún propósito útil. Se produce casi enteramente por la enseñanza moral convencional acerca del sexo. El sentimiento de que el sexo es malo hace imposible el amor feliz, hace que los hombres desprecien a las mujeres con las que tienen relaciones y, a menudo, que tengan impulsos crueles hacia ellas. Además, la confusión en la que desemboca el impulso sexual cuando se inhibe, tomando la forma de amistad sentimental o ardor religioso o lo que sea, causa una falta de sinceridad intelectual que es muy hostil a la inteligencia y al sentido de realidad. La crueldad, la estupidez, la incapacidad para las relaciones personales armoniosas, y muchos otros defectos, tienen su origen en la mayoría de casos en la enseñanza moral impartida durante la infancia. Digámoslo con la mayor simplicidad y franqueza: no hay nada malo en el sexo, y la actitud convencional en este asunto es morbosa. Creo que ningún otro mal en nuestra sociedad es una fuente tan poderosa de miseria humana, ya que no solo causa una larga cadena de males, sino que inhibe la bondad y el afecto humano que podrían llevar a los hombres a remediar los otros males evitables –económicos, políticos y raciales– que torturan a la humanidad.
Fuente: Russell, B. (1957), Why I am not a Christian, Routledge, London.
*La traducción es mía.

17/7/18

Lanarquismo

Por Ernesto Sabato
Vino un cliente y compró cigarrillos. Al cabo de un largo tiempo, Carlucho comentó sibilinamente:
–¡La gran puta! Si habría lanarquismo...
Nacho lo consideró con extrañeza.
–¿Lanarquismo?
–Sí, Nacho. Lanarquismo.
–¿Y qué es eso?
Carlucho se sentó en sillita enana y sonrió con ojos meditativos y nostálgicos. Era evidente que pensaba en algo muy lejano pero lindo.
–Aquí tendría destar Luvi –dijo.
–¿Luvi?
–Sí, Luvi.
–¿Y quién es Luvi?
En los grandes momentos, cuando Carlucho se disponía a iniciar alguna de aquellas ideas que sentía profundamente, cambiaba la yerba del matecito, se tomaba su tiempo y preparaba lo que iba a decir con largos silencios, así como las estatuas se colocan en las plazas, rodeadas de espacios que las destaquen en toda su belleza.
–Quién era Luvi –comentó con los ojos siempre nostálgicos.
Después de sentarse de nuevo en la sillita enana, la misma que había pertenecido a su padre, explicó:
–Ya te dije que al año 18, justo cuando terminó la guerra, yo pionaba a la estancia Don Jacinto. Junto con Custodio Medina pionaba. Entonce llegó Luvi. ¿Sentiste hablá de lo linyera, vo?
–¿Linyera?
–Sabían vení de muy lejo, con latadito a la espalda. Caminando por la vía el ferrocarril, y despué por lo camino. Venían a la estancia y siempre había comida y un catre pa lo linyera, esa é la verdá.
–¿Pero entonces eran peones, como vos o Medina?
Carlucho hizo un gesto negativo con el dedo.
–No señó, no eran pione. Lo linyera eran linyera, no pione. Lo pione éramo conchabado pa trabajá.
–¿Conchabado?
–Pero sí, sonso. Trabajábamo pa ganá dinero, comprendé.
–¿Y los linyeras no trabajaban?
–Sí que trabajaban, pero no pa ganá dinero. Nadie lo obligaba.
Nacho no entendía. Carlucho lo miró, frunció la frente en un gran esfuerzo y trató de ser más claro.
–Lo linyera eran libre como lo pájaro, ¿entendé? Venían a la estancia, hacían alguno trabajito si querían y despué se iban como habían venido. Lo estoy viendo como hoy, cuando Luvi había guardado toda su cosita y había hecho latado pa irse. Don Busto, el mayordomo, le dijo si se quiere quedá aquí, amigo Luvi, tiene trabajo si quiere. Pero Luvi no don Busto, se lo agradezco pero tengo que seguí viaje.
–¿Tenía que seguir viaje? ¿Adónde?
–¿Cómo adónde? ¿No te acabo de decí que lo linyera eran como lo pájaro? ¿Adónde van lo pájaro? ¿Lo sabé vo?
–No.
–Ai tené lo que te digo, sonso.
Se quedó pensativo, añorando.
–Me parece que lostoy viendo –dijo. Alto y flaco, con su barba casi colorada y lojo azule clarito. Con latado al hombro. No quedamo todo viendo cómo siba entre la casuarina, y despué al camino. Quién sabe adónde.
Carlucho miraba hacia el parque, como si lo estuviera viendo alejarse entre los árboles, hacia el infinito.
–¿Y no lo viste nunca más?
–Nunca má. Vaya a sabé si ha muerto.
–Qué nombre raro, Luvi, ¿no?
–Sí, nombre destranjero. Era alemán o italiano, pero no sé, porque no era italiano como mi padre. Decía que era de una parte rara, que ahora no sé. Luvi. Eso é. Vino, hizo alguno trabajito de mecánico, arregló uno motore, algo en una trilladora. Sabía de todo. Y de noche, al galpón de lo pione esplicaba lanarquismo.
–¿Lanarquismo?
–Sí, leía un librito que tenía y esplicaba.
–¿Y qué es lanarquismo, Carlucho?
–Yo soy un bruto, ya te dije. ¿Qué queré? ¿Qué tesplique como Luvi?
–Bueno, pero decime algo. Era un cuento como ese que me constaste de Carlomano.
–Pero no, sonso. Otra cosa.
Tomó mate y se concentró profundamente.
–Te voy a hacé una pregunta, Nacho. Atendé bien.
–Sí.
–¿Quién hizo la tierra, lo árbole, lo río, la nube, el sol?
–Dios.
–Bueno, está bien. Entonces son pa todo, todo tienen derecho a tené lo árbole y a tomá el sol. Decime, ¿lo pájaro tiene que pedile permiso a alguien pa volá?
–No.
–Puede andá y vení en el aire, y hacé el nido y tené la cría, ¿no é así?
–Claro.
–Y cuando tiene hambre o tiene que alimentá lo pichone va y busca alguna cosita, alguna semilla y se lo lleva. ¿No é así?
–Claro.
–Y bueno, el hombre, esplicaba Luvi, é como el pájaro. Libre de í y vení. Y si tiene gana de volá, vuela. Y si quiere hacé un nido, lo hace. Porque la semillita y la paja pa hacé el nido, y el agua pa bañarse o pa tomá son de Dio y Dio la hizo para todo el mundo. ¿Entendé todo esto? Porque si no entendé no podemo seguí adelante.
–Sí, lo entendí.
–Muy bien. Entonce, ¿por qué uno poco tienen que apoderarse de la tierra y lotro tenemo que trabajá de pione? ¿De dónde sacaron ese campo? ¿Lo fabricaron ello?
Después de pensarlo un poco, Nacho dijo que no.
–Muy bien, Nacho. Quiere decí entonce que lo robaron.
Nacho se sorprendió muchísimo. ¿Cómo, los ladrones no iban a la cárcel? Carlucho sonrió con amargura.
–Esperá, sonso, esperá –comentó–. Testoy diciendo que esa tierra la robaron.
–Pero ¿a quién la robaron, Carlucho?
–Y qué se yo. A lo indio, a la gente antigua. No sé. Ya te dije que soy un bruto, pero Luvi sabía todo eso. Ademá, pensá un momentito. Suponé (é un suponé) que mañana desaparecería todo lo pione de campo. ¿Me queré decí vo qué pasaría?
–Y, no habría gente para trabajar el campo.
–Esato. Y si nadie trabajaría el campo no habería trigo y sin trigo no habería pan y sin pan todo el mundo no podería come. Ni lo patrone. ¿De dónde iban a sacá el pan, si me podé decí? Ahora atendé bien porque vamo a dar otro paso. Suponete también que desaparecería lo zapatero. ¿Qué pasaría?
–No habría más zapatos.
–Esato. Y ahora suponete que desaparecería lo albañile.
–No habría más casas.
–Muy bien, Nacho. Ahora yo te pregunto qué pasaría si mañana desaparecería lo patrone. Lo patrone no siembran el mai ni el trigo, ni hacen lo zapato ni la casa, ni levantan la cosecha. ¿Me podé decí un poco qué é lo que pasaría, si se puede sabé?
Nacho lo miró con asombro. Carlucho lo consideraba con una sonrisa de triunfo.
–Andá, decime lo que pasaría si mañana desaparecería lo patrone.
–Nada –respondió sorprendido Nacho de la enormidad–. No pasaría nada.
–Ni má ni meno. Ahora fijate a una cosa que esplicaba Luvi: lo zapatero pa hacé lo zapato necesitan el cuero, lo albañile necesitan lo ladrillo, lo pione necesitan la tierra y la semilla y lo arao. ¿Cierto?
–Sí.
–Pero ¿quién tiene lo cuero, lo ladrillo, la tierra, lo arao?
–Los patrones.
–Esato. Todo está a mano de la patronal. Por eso lo pobre estamo esclavizao. Porque ello tienen todo y nosotro no tenemo nada, má que lo brazo pa trabajá. Ahora vamos a da otro paso, así que atendeme bien.
–Sí, Carlucho.
–Si nosotro lo pobre no apoderamo de la tierra y de la máquina y del cuero y de lorno de ladrillo, podemo fabricá zapato y levantá construcione, y sembrá y cosechá, porque pa eso tenemo lo brazo. Y no habería pobreza ni esclavitú. Ni enfermedá. Y todo podríamo ir a la escuela.
Nacho lo miraba con asombro.
Carlucho arregló las revistas y los cigarrillos, pero su mente estaba vuelta a su interior. Hacía un gran esfuerzo mental, pero su voz estaba desprovista de rencor: era serena y cariñosa.
–Mirá, Nacho –prosiguió–. Todo é muy simple. Luvi lo esplicaba todo con el librito y poniendo cosita en el suelo. Así y así: que esta piedrita é la fabrica, que este mate é la máquina, que esto porotito somo lo pione. Y te digo que esplicaba cómo no habería má enfermedá, ni tísico, ni miseria, ni esplotación. Todo el mundo tendría de trabajá. Y el que no trabaja no tiene derecho a víví. Bah, testoy hablando de lombre y mujere sano. No te hablo de lo nene ni de lonfermo, ni de lo viejo. Al contrario, decía Luvi, todo lo que trabajan tienen el debé de mantené a linválido, a lo niño y lo viejo. Así que uno hace zapato, el otro hace larina, el otro te hace el pan, el otro va a la cosecha. Y todo lo que hacen se guarda en un galpón. En ese galpón hay de todo: que comida, que ropa, que libro escolare. Todo lo que te podé imaginá. Hasta juguete y golosina pa lo nene, queso é tan necesario como pa nosotro un caballo o un sombrero. Al frente el galpón hay otro que trabaja deso, de cuidadó del galpón. Y entonces yo voy y le digo me da un par de zapato número tal o cual, y el otro pide un kilo e carne y el otro una onza e chocolate, y el otro un saco porque se le rompieron lo codo. A cada uno lo que precisa. Pero nada má que lo que precisa.
–¿Y si un rico quiere más cosas y las compra?
Carlucho lo miró con severa sorpresa.
–¿Un rico, dijiste?
–Sí.
–¿Ma de qué rico mestá hablando, pavote? ¿No tespliqué que no hay má rico?
–¿Pero por qué, Carlucho?
–Porque no hay má dinero.
–¿Pero si lo tenía de antes?
Carlucho se sonrió y le hizo un gesto negativo.
–Si lo tenía se embromó, porque ahora no sirve má. Pa qué queré el dinero, si todo lo que necesitá lo sacá del galpón. El dinero é un pedazo e papel. Y sucio, lleno de microbio. ¿Sabé lo que son lo microbio?
Nacho asintió.
–Y bueno. Sacabó el dinero. Que el que sea sonso, lo guarde, si quiere. Nadie se lo va prohibí. Total, no le servirá pa maldita la cosa.
–¿Y el que quiere sacar del galpón más zapatos?
–¿Cómo, má zapato? No tentiendo. Si necesito un pa de zapato voy al galpón y listo.
–No, te digo si uno quiere tres o cuatro pares.
Carlucho dejó de sorber el mate, admirado.
–¿Tres o cuatro pare, decí?
–Sí, tres o cuatro pares de zapatos.
Carlucho se echó a reír con ganas.
–¿Pero pa qué necesita tre o cuatro pare si no tenemos má que do pie?
Es cierto, a Nacho no se le había ocurrido.
–¿Y si alguien va al galpón y roba?
–¿Roba? ¿Y pa qué? Si necesita algo se lo pide y se lo van a dá. ¿Está loco?
–Entonces no habrá más policía.
Gravemente, Carlucho hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No habrá más policía. La policía é lo pior de todo. Te lo digo por esperiencia.
–¿Por experiencia? ¿Qué experiencia?
Carlucho se replegó sobre sí mismo y repitió en voz baja, como si no quisiese referirse a eso, como si lo de antes se le hubiera escapado.
–Esperiencia y yastá –comentó ambiguamente.
–¿Y si alguno no quiere trabajar?
–Que no trabaje si no quiere. Ya veremo cuando tiene hambre.
–¿Y si el gobierno no quiere?
–¿Gobierno? ¿Pa qué necesitamo gobierno? Cuando yo era chico y quedamo en la calle, muerto de hambre, mi viejo salió adelante porque don Pancho Sierra le puso una carnicería. Cuando me fui a pionar, tampoco necesitábamo el gobierno. Cuando me fui al circo, tampoco. Y cuando entré al frigorífico de Berisso, pa lúnico que sirvió el gobierno fue pa mandarno la policía en la huelga y torturarno.
–¿Torturarlos? ¿Y qué es eso, Carlucho?
Carlucho se quedó mirándolo con tristeza.
–Nada, pibe. Te dije eso sin queré. No son cosa e niño. Y ademá yo soy lo que se llama un inorante.
Carlucho se calló y Nacho se dio cuenta de que ya no hablaría más de lanarquismo. Luego vino un cliente, compró cigarrillos y fósforos. Carlucho luego se sentó en la sillita y tomó mate en silencio. Nacho miraba las nubes y pensaba.

Fuente: Sabato, E. (1974), Abaddón el exterminador, Seix Barral, Barcelona.

30/6/18

Kemal Atatürk


Por Jesús Mosterín
Mustafá Kemal nació en 1881 en Salónica (actualmente Thesaloniki, una ciudad griega entonces parte del Imperio otomano) en el seno de una familia musulmana de clase media y de origen albano. Él era de piel clara y ojos azules. Estudió en la Escuela militar y se graduó como oficial, coincidiendo los inicios de su carrera militar con el derrumbe del Imperio otomano.    
Imagen tomada de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a8/Ataturk1930s.jpg
Durante la Primera Guerra Mundial, Turquía había tomado partido por Austria y Alemania. Tras su derrota, fue ocupada por los aliados (ingleses, franceses e italianos), que se acantonaron en Constantinopla, Izmir y parte de Anatolia. Por el tratado de Sèvres (1920) con el terminal Estado otomano, los aliados acordaron repartirse los restos del imperio colonial turco, asignar partes de Anatolia a los armenios y kurdos y de Jonia a los griegos y establecer controles sobre el paso de buques por los Dardanelos. Estaba previsto que los armenios recibieran la Anatolia nororiental, incluyendo la ciudad de Erzurum y el puerto de Trabzon, en el mar Negro. Los griegos recuperarían, por ejemplo, la ciudad jónica de Esmirna (Izmir, en turco). […]
Mustafá Kemal se negó a aceptar los resultados de la derrota turca en la Primera Guerra Mundial y rechazó el tratado de Sèvres. Estableció la nueva capital de Turquía en la pequeña ciudad anatolia de Ankara y dirigió la guerra de independencia contra la ocupación extranjera de lo que ahora es Turquía. En 1922, la conferencia de Lausanne anuló la mayor parte del tratado de Sèvres y reconoció la soberanía de Turquía y del gobierno de Ankara sobre la totalidad de su territorio actual. En 1923 se proclamó la República de Turquía. Ese mismo año, Mustafá Kemal fue proclamado primer presidente de la República, cargo que ejerció hasta su muerte en 1938.
Kemal era un hombre culto e inteligente, al tanto de las ideas novedosas de su tiempo y escéptico y despectivo respecto a la apolillada cultura islámica tradicional, a la que culpaba del atraso de Turquía. Aunque de ideas democráticas, era también marcadamente nacionalista y autoritario. De hecho, Kemal estableció algo así como un sistema de partido único, el suyo, el Partido Republicano del Pueblo. Fue sobre todo un ilustrado, decidido a transformar Turquía en un país moderno, secular y occidentalizado, pero fuerte e independiente, que eso a lo que se llama el «kemalismo». En efecto, llevó a cabo todo tipo de reformas políticas, sociales y legales. Abolió la poligamia y, en general, separó completamente la ley civil de la religiosa, lo que fue una novedad en el mundo islámico. Reformó la legislación penal, inspirándose en el código penal italiano, y la civil, tomando como modelo el código civil suizo.
En 1924, Mustafá Kemal invitó al famoso filósofo y pedagogo americano John Dewey a ir a Ankara a asesorarlo en la ambiciosa reforma educativa que estaba a punto de emprender. Los métodos pedagógicos propugnados por Dewey desempeñaron un importante papel en esa reforma. Las madrasas o escuelas islámicas (donde se aprendía de memoria el Corán en árabe, una lengua que los alumnos no entendían) fueron abolidas y sustituidas por un sistema unificado de educación, que, además, incluía también a las mujeres. De hecho, Kemal promovió incansablemente la igualdad y bienestar de las mujeres, algo inaudito en el mundo islámico. Igualó a mujeres y hombres en asuntos de herencia y divorcio. En 1934 se concedió el derecho de voto a las mujeres en Turquía, antes que en Francia, por ejemplo.
Ya a principios del siglo XIX, el sultán reformista Mahmud II había establecido el fez como tocado moderno en sustitución del turbante. A su vez, un siglo más tarde, Mustafá Kemal animó a los turcos a vestirse como occidentales, promoviendo el abandono del fez a favor del sombrero. Prohibió el uso del velo islámico de las mujeres en los lugares públicos. También abolió las órdenes sufíes y las escuelas de derviches. Todo el programa secularizador de Kemal, sobre todo en lo referente a la educación, fue mal recibido en los círculos tradicionalistas, como era previsible.
En 1928, Kemal decidió cambiar el sistema de escritura de la lengua turca. En vez del engorroso alfabeto árabe, que apenas representaba sus tres únicas vocales y que no estaba adaptado a la fonología del turco, que cuenta con ocho vocales y cuyas consonantes son muy diferentes, se introdujo un alfabeto latino bien adaptado al turco y mucho más fácil de aprender. En pocos años, el porcentaje de turcos capaces de leer y escribir pasó del 10 al 70%. En las mezquitas, el Corán se leía en voz alta en árabe, sin que la gente lo entendiese. Kemal propugnó y encargó la traducción del Corán al turco.
En 1934, el Parlamento confirió a Mustafá Kemal el apellido honorífico de «Atatürk» (padre de los turcos), con el que se lo conoce desde entonces. Atatürk murió en 1938, a los 57 años de edad, de cirrosis, como consecuencia de su afición al alcohol. Quince años más tarde, sus restos fueron trasladados a un enorme mausoleo construido al efecto en Ankara.
Fuente: Mosterín, J. (2012),  El islam, Alianza Editorial, Madrid.

18/5/18

La fe política y el ritmo de la historia


A los veinte años dejé de creer en Dios y de seguir las tradiciones católicas heredadas. A la misma edad empecé a creer que otro mundo es posible, uno mucho mejor que el que nos ha tocado, aunque nunca me involucré en el activismo político porque soy muy tímido y temeroso para eso. Ahora, a los treinta, me doy cuenta que no fue coincidencia dejar la religión y abrazar la política al mismo tiempo: fue reemplazar una fe por otra. Es cierto que el paraíso cristiano (o musulmán) parece una superchería al lado de la utopía social, pero la utopía queda tan lejos en el tiempo y en el espacio que vivir añorándola no es muy distinto que desear otra vida después de la muerte. El mundo cambia, pero no necesariamente mejora. A veces empeora, como ahora mismo en Libia y Venezuela. Quizá la mayor parte del tiempo ni mejora ni empeora. Y cuando mejora lo hace con desesperante lentitud en relación a la vida humana tan breve. Un ejemplo estremecedor de la incompatibilidad entre los ritmos de la historia y de la vida humana es el de los guerrilleros latinoamericanos de la segunda mitad del siglo veinte, que creyeron que el mundo mejor estaba a la vuelta de la esquina –sin ese optimismo difícilmente se hubiesen alzado en armas– y terminaron a menudo asesinados o en el exilio. (Y cuando triunfaron, como en Cuba y Nicaragua, lo que consiguieron desde el gobierno quedó muy lejos de lo que soñaron en el llano. Aunque no debemos olvidar que su fracaso se debe en buena medida a la espada estadounidense que los puso contra la pared.) Así como no es razonable creer en dioses, tampoco es razonable esperar que el mundo, a corto o mediano plazo, vaya a ser mucho mejor de lo que es.
Y sin embargo la esperanza siempre se cuela. Todavía creo que la reconstrucción social radical es necesaria, posible y deseable, pero también creo que en una sociedad industrial moderna –y el Tercer Mundo, a pesar de todo, se desarrolla en esa dirección– las tentativas de cambio radical solo tienen éxito cuando un segmento importante de la población se organiza para realizarlas. No es porque sean quimeras que los cambios radicales no se pueden llevar adelante, sino porque son pocos los ciudadanos que los anhelan. Tampoco debemos culpar a la gente por su tibieza. Es natural su postura si tenemos en cuenta que el efecto de la exposición de los individuos a los medios de comunicación dominantes y a la educación tradicional es alejarlos del escenario en donde se toman las decisiones. Nos vemos así abocados a abordar problemas inmediatos y a postergar el cambio institucional para cuando las condiciones nos sean más favorables. Eso es lo que hizo Bertrand Russell y eso es lo que hace todavía Noam Chomsky.