30/6/18

Kemal Atatürk


Por Jesús Mosterín
Mustafá Kemal nació en 1881 en Salónica (actualmente Thesaloniki, una ciudad griega entonces parte del Imperio otomano) en el seno de una familia musulmana de clase media y de origen albano. Él era de piel clara y ojos azules. Estudió en la Escuela militar y se graduó como oficial, coincidiendo los inicios de su carrera militar con el derrumbe del Imperio otomano.    
Imagen tomada de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/a/a8/Ataturk1930s.jpg
Durante la Primera Guerra Mundial, Turquía había tomado partido por Austria y Alemania. Tras su derrota, fue ocupada por los aliados (ingleses, franceses e italianos), que se acantonaron en Constantinopla, Izmir y parte de Anatolia. Por el tratado de Sèvres (1920) con el terminal Estado otomano, los aliados acordaron repartirse los restos del imperio colonial turco, asignar partes de Anatolia a los armenios y kurdos y de Jonia a los griegos y establecer controles sobre el paso de buques por los Dardanelos. Estaba previsto que los armenios recibieran la Anatolia nororiental, incluyendo la ciudad de Erzurum y el puerto de Trabzon, en el mar Negro. Los griegos recuperarían, por ejemplo, la ciudad jónica de Esmirna (Izmir, en turco). […]
Mustafá Kemal se negó a aceptar los resultados de la derrota turca en la Primera Guerra Mundial y rechazó el tratado de Sèvres. Estableció la nueva capital de Turquía en la pequeña ciudad anatolia de Ankara y dirigió la guerra de independencia contra la ocupación extranjera de lo que ahora es Turquía. En 1922, la conferencia de Lausanne anuló la mayor parte del tratado de Sèvres y reconoció la soberanía de Turquía y del gobierno de Ankara sobre la totalidad de su territorio actual. En 1923 se proclamó la República de Turquía. Ese mismo año, Mustafá Kemal fue proclamado primer presidente de la República, cargo que ejerció hasta su muerte en 1938.
Kemal era un hombre culto e inteligente, al tanto de las ideas novedosas de su tiempo y escéptico y despectivo respecto a la apolillada cultura islámica tradicional, a la que culpaba del atraso de Turquía. Aunque de ideas democráticas, era también marcadamente nacionalista y autoritario. De hecho, Kemal estableció algo así como un sistema de partido único, el suyo, el Partido Republicano del Pueblo. Fue sobre todo un ilustrado, decidido a transformar Turquía en un país moderno, secular y occidentalizado, pero fuerte e independiente, que eso a lo que se llama el «kemalismo». En efecto, llevó a cabo todo tipo de reformas políticas, sociales y legales. Abolió la poligamia y, en general, separó completamente la ley civil de la religiosa, lo que fue una novedad en el mundo islámico. Reformó la legislación penal, inspirándose en el código penal italiano, y la civil, tomando como modelo el código civil suizo.
En 1924, Mustafá Kemal invitó al famoso filósofo y pedagogo americano John Dewey a ir a Ankara a asesorarlo en la ambiciosa reforma educativa que estaba a punto de emprender. Los métodos pedagógicos propugnados por Dewey desempeñaron un importante papel en esa reforma. Las madrasas o escuelas islámicas (donde se aprendía de memoria el Corán en árabe, una lengua que los alumnos no entendían) fueron abolidas y sustituidas por un sistema unificado de educación, que, además, incluía también a las mujeres. De hecho, Kemal promovió incansablemente la igualdad y bienestar de las mujeres, algo inaudito en el mundo islámico. Igualó a mujeres y hombres en asuntos de herencia y divorcio. En 1934 se concedió el derecho de voto a las mujeres en Turquía, antes que en Francia, por ejemplo.
Ya a principios del siglo XIX, el sultán reformista Mahmud II había establecido el fez como tocado moderno en sustitución del turbante. A su vez, un siglo más tarde, Mustafá Kemal animó a los turcos a vestirse como occidentales, promoviendo el abandono del fez a favor del sombrero. Prohibió el uso del velo islámico de las mujeres en los lugares públicos. También abolió las órdenes sufíes y las escuelas de derviches. Todo el programa secularizador de Kemal, sobre todo en lo referente a la educación, fue mal recibido en los círculos tradicionalistas, como era previsible.
En 1928, Kemal decidió cambiar el sistema de escritura de la lengua turca. En vez del engorroso alfabeto árabe, que apenas representaba sus tres únicas vocales y que no estaba adaptado a la fonología del turco, que cuenta con ocho vocales y cuyas consonantes son muy diferentes, se introdujo un alfabeto latino bien adaptado al turco y mucho más fácil de aprender. En pocos años, el porcentaje de turcos capaces de leer y escribir pasó del 10 al 70%. En las mezquitas, el Corán se leía en voz alta en árabe, sin que la gente lo entendiese. Kemal propugnó y encargó la traducción del Corán al turco.
En 1934, el Parlamento confirió a Mustafá Kemal el apellido honorífico de «Atatürk» (padre de los turcos), con el que se lo conoce desde entonces. Atatürk murió en 1938, a los 57 años de edad, de cirrosis, como consecuencia de su afición al alcohol. Quince años más tarde, sus restos fueron trasladados a un enorme mausoleo construido al efecto en Ankara.
Fuente: Mosterín, J. (2012),  El islam, Alianza Editorial, Madrid.

18/5/18

La fe política y el ritmo de la historia


A los veinte años dejé de creer en Dios y de seguir las tradiciones católicas heredadas. A la misma edad empecé a creer que otro mundo es posible, uno mucho mejor que el que nos ha tocado, aunque nunca me involucré en el activismo político porque soy muy tímido y temeroso para eso. Ahora, a los treinta, me doy cuenta que no fue coincidencia dejar la religión y abrazar la política al mismo tiempo: fue reemplazar una fe por otra. Es cierto que el paraíso cristiano (o musulmán) parece una superchería al lado de la utopía social, pero la utopía queda tan lejos en el tiempo y en el espacio que vivir añorándola no es muy distinto que desear otra vida después de la muerte. El mundo cambia, pero no necesariamente mejora. A veces empeora, como ahora mismo en Libia y Venezuela. Quizá la mayor parte del tiempo ni mejora ni empeora. Y cuando mejora lo hace con desesperante lentitud en relación a la vida humana tan breve. Un ejemplo estremecedor de la incompatibilidad entre los ritmos de la historia y de la vida humana es el de los guerrilleros latinoamericanos de la segunda mitad del siglo veinte, que creyeron que el mundo mejor estaba a la vuelta de la esquina –sin ese optimismo difícilmente se hubiesen alzado en armas– y terminaron a menudo asesinados o en el exilio. (Y cuando triunfaron, como en Cuba y Nicaragua, lo que consiguieron desde el gobierno quedó muy lejos de lo que soñaron en el llano. Aunque no debemos olvidar que su fracaso se debe en buena medida a la espada estadounidense que los puso contra la pared.) Así como no es razonable creer en dioses, tampoco es razonable esperar que el mundo, a corto o mediano plazo, vaya a ser mucho mejor de lo que es.
Y sin embargo la esperanza siempre se cuela. Todavía creo que la reconstrucción social radical es necesaria, posible y deseable, pero también creo que en una sociedad industrial moderna –y el Tercer Mundo, a pesar de todo, se desarrolla en esa dirección– las tentativas de cambio radical solo tienen éxito cuando un segmento importante de la población se organiza para realizarlas. No es porque sean quimeras que los cambios radicales no se pueden llevar adelante, sino porque son pocos los ciudadanos que los anhelan. Tampoco debemos culpar a la gente por su tibieza. Es natural su postura si tenemos en cuenta que el efecto de la exposición de los individuos a los medios de comunicación dominantes y a la educación tradicional es alejarlos del escenario en donde se toman las decisiones. Nos vemos así abocados a abordar problemas inmediatos y a postergar el cambio institucional para cuando las condiciones nos sean más favorables. Eso es lo que hizo Bertrand Russell y eso es lo que hace todavía Noam Chomsky.

13/5/18

El hombre más amable versus Satanás


Por Bertrand Russell
San Francisco de Asís (1181 o 1182-1226) fue uno de los hombres más amables de la Historia. Procedía de una familia hacendada y en su juventud le gustaron las diversiones corrientes. Pero un día, cuando pasó cabalgando al lado de un leproso, un repentino impulso de compasión le hizo bajar y besar al hombre. Poco después decidió desprenderse de todos los bienes del mundo y dedicar su vida a la predicación y a las buenas obras. Su padre, un respetable comerciante, se enfureció, pero no pudo detenerle. Pronto tuvo grupos de partidarios, los cuales se entregaron a la pobreza completa. Al principio la Iglesia miró el movimiento con cierta suspicacia; se parecía demasiado a «los Hombres Pobres de Lyón». Los primeros misioneros que San Francisco envió a remotos lugares fueron considerados como herejes, porque practicaron la pobreza en vez de (como los frailes) sólo hacer los votos, que nadie tomaba en serio. Pero Inocencio III era lo suficientemente astuto para reconocer el valor del movimiento si se le podía detener en los límites de la ortodoxia y en 1209 o 1210 dio su aprobación a la nueva orden. Gregorio IX, amigo personal de San Francisco, continuó favoreciéndole, imponiéndole ciertas reglas fastidiosas para el impulso entusiasta y anárquico del Santo. Francisco deseaba interpretar el voto de la pobreza del modo más riguroso. Se opuso a que sus seguidores tuvieran casas e iglesias. Tenían que mendigar su pan, y no tenían más alojamiento que la hospitalidad que las circunstancias les deparaban. En el año 1219 viajó al Oriente y predicó ante el sultán, que le recibió cortésmente, pero siguió siendo mahometano. A su vuelta observó que los franciscanos se habían construido una casa; quedó profundamente apenado, pero el Papa le indujo o le obligó a ceder. Después de su muerte, Gregorio le canonizó, pero suavizó su regla respeto al artículo de la pobreza.
Imagen tomada de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f8/San_Francesco.jpg
En cuanto a santidad, Francisco ha tenido iguales; lo que le destaca como único entre los Santos es su felicidad espontánea, su amor universal y sus dones como poeta. Su bondad se revela siempre sin esfuerzo, como si no tuviera que vencer nada. Amaba todas las cosas vivientes, no sólo como cristiano u hombre benévolo, sino como poeta. Su himno al Sol, escrito poco antes de su muerte, casi podía haber sido escrito por Akhnaton, el adorador del Sol, aunque no del todo; pues el cristianismo en él influye aunque no muy claramente. Se sintió obligado hacia los leprosos, por ellos, no por él. Distinto de los demás Santos cristianos, se interesó más por la dicha de los demás que por su propia salvación. Jamás mostró ningún sentimiento de superioridad, ni siquiera a los más humildes o peores. Tomás de Celano dijo de él que era más que un Santo entre los Santos; lo era entre los pecadores.
Si existe Satanás, el porvenir de la orden fundada por San Francisco le habrá proporcionado la más exquisita satisfacción. El sucesor inmediato del Santo como cabeza de la orden, el hermano Elías, vivió en pleno lujo, y permitió abandonar completamente la pobreza. La obra principal de los franciscanos en los años inmediatamente posteriores a la muerte de su fundador fue reclutar soldados en las violentas y sangrientas guerras entre los güelfos y gibelinos. La Inquisición, fundada siete años después de su muerte, tenía en varios países a los franciscanos a la cabeza. Una pequeña minoría, llamada los Espirituales, permaneció fiel a su enseñanza; muchos de ellos fueron quemados por la Inquisición por herejía. Estos hombres sostenían que Cristo y los Apóstoles no poseían bienes, y ni siquiera la ropa que llevaban era la suya: esta opinión fue condenada como herética en 1323 por Juan XXII. El resultado final de la vida de San Francisco fue crear una orden aún más rica y corrompida, reforzar la jerarquía y facilitar la persecución de todos los que se destacaban por seriedad moral o libertad de pensamiento. Teniendo en cuenta sus propios fines y carácter, es imposible imaginar un resultado de ironía más hiriente.
Fuente: Russell, B. (2010), Historia de la filosofía occidental, Espasa, Madrid.

2/5/18

El desarrollo humano de Cuba (y el de Guinea Ecuatorial)


Guinea Ecuatorial es un pequeño país ubicado al oeste del continente africano, entre Camerún y Gabón. Fue colonia de Portugal hasta 1777, y de España hasta 1968, cuando consiguió la independencia. El primer gobierno, encabezado por Francisco Macías, fue un desastre: en 1979, cuando lo derrocó su sobrino y ministro Teodoro Obiang, unas 100 mil personas estaban en el exilio y unas 20 mil habían sido asesinadas, en un país de apenas 300 mil habitantes.
El gobierno de Obiang, todavía en funciones, no ha sido mucho mejor. Se ha caracterizado por la corrupción, por reprimir a los opositores políticos y, sobre todo, por su incapacidad para lograr avances sociales a pesar de contar con los recursos materiales necesarios, algo inusual en África. Hasta que comenzó la producción petrolera, en 1991, Guinea Ecuatorial era un país pobre. Con el petróleo se enriqueció súbitamente, pero la mayor parte de la población continúa en la pobreza. El Estado no brinda los servicios que caracterizan a otros países con el mismo nivel de riqueza. Un reciente informe de Human Rights Watch (“¿Maná del cielo?”) señala que:
Guinea Ecuatorial es, por lejos, el país del mundo con la brecha más grande entre riqueza per cápita y la posición conseguida en el Índice de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que mide el desarrollo social y económico. Las importantes reservas de petróleo con que cuenta Guinea Ecuatorial colocan al país entre aquellos con recursos suficientes para invertir en servicios sociales, incluidos salud y educación, y para efectivizar, de manera gradual, derechos económicos y sociales en consonancia con sus obligaciones regionales e internacionales en materia de derechos humanos.
Los datos del Informe sobre Desarrollo Humano 2016 del PNUD, que señalan que Guinea Ecuatorial es el país que con más ha hecho menos, también nos permiten asegurar que Cuba es uno de los países que con menos ha hecho más.
El Índice de Desarrollo Humano (IDH) es ciertamente un poderoso indicador para evaluar lo que una nación es capaz de hacer en materia de desarrollo según su nivel de riqueza. El IDH se compone de indicadores relacionados con la salud, la educación y el bienestar económico. Gracias a que los valores de esos indicadores están validados, es posible hacer comparaciones entre países. Por ejemplo, para evaluar lo que los países pueden hacer en materia de salud de acuerdo a su riqueza, podemos fijarnos en dos componentes del IDH: la esperanza de vida al nacer –un indicador muy usado para estimar el nivel de salud de una sociedad–, y el ingreso nacional bruto per cápita –un indicador muy usado para estimar la riqueza de una sociedad. Observemos la Tabla 1 para el caso de Guinea Ecuatorial:
Tabla 1

Esperanza de vida al nacer
(años)
Ingreso nacional bruto per cápita
(PPA en $ de 2011)
Chile
82,0
21.665
Sudáfrica
57,7
12.087
Guinea Ecuatorial
57,9
21.517
Fuente: PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2016.
Sudáfrica y Guinea Ecuatorial tienen aproximadamente la misma esperanza de vida, pero el ingreso per cápita de Guinea Ecuatorial casi duplica el de Sudáfrica. Eso quiere decir que Sudáfrica es capaz de hacer lo mismo que Guinea Ecuatorial en materia de salud con la mitad de los recursos. En la Tabla 1 también vemos que Chile, que tiene  el mismo ingreso per cápita de Guinea Ecuatorial, tiene una esperanza de vida de 82,0 años. Es decir, Chile es capaz de hacer mucho más que Guinea Ecuatorial en materia de salud contando con los mismos recursos.
Para el caso de Cuba veamos la Tabla 2:
Tabla 2

Esperanza de vida al nacer
(años)
Ingreso nacional bruto per cápita
(PPA en $ de 2011)
Costa Rica
79,6
14.006
Cuba
79,6
7.455
Belice
70,1
7.375
Fuente: PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2016.
Costa Rica y Cuba tienen la misma esperanza de vida: 79,6 años. Pero Costa Rica tiene un ingreso per cápita que duplica el de Cuba. Eso quiere decir que Cuba es capaz de hacer lo mismo que Costa Rica en materia de salud con la mitad de los recursos. En la Tabla 2 también vemos que Belice tiene el mismo ingreso per cápita de Cuba, y una esperanza de vida de 70,1 años. Es decir, Cuba es capaz de hacer mucho más que Belice en materia de salud con los mismos recursos.
El gran rendimiento que muestra Cuba es muy importante al menos por dos razones. (1) Se trata de un país pobre torturado durante décadas por Estados Unidos. Su caso demuestra que aun en penosas circunstancias es posible elevar el desarrollo humano. (2) En un mundo con recursos limitados, en el que no es posible universalizar el estilo de vida de la clase media porque la presión que se ejercería sobre la naturaleza sería insoportable, es fundamental aprender a mejorar el desarrollo humano con la menor cantidad posible de recursos materiales.
Para evitar malentendidos –que son comunes cuando se escribe sobre Cuba–, me apresuro a aclarar que no estoy sugiriendo que los países pobres deberían imitar el modelo político y económico de Cuba. (Tampoco sugiero que debamos cerrar los ojos ante las falencias de Cuba en otras áreas. En Cuba hay graves violaciones de la libertad de expresión, asociación y reunión que es preciso denunciar.) Lo que pretendo, simplemente, es señalar un hecho objetivo y extraer una lección. El hecho objetivo es que los índices de salud y educación de Cuba son altos a pesar de ser un país pobre. Y la lección: los muchos países del mundo con recursos escasos y con servicios de salud y educación deficientes podrían aprender de la experiencia cubana.

19/4/18

Elecciones en Colombia: Chávez, la paz y Petro


Chávez
En las elecciones presidenciales latinoamericanas de los últimos años, es frecuente que se acuse de ser un seguidor de Hugo Chávez al candidato que muestra algún interés por los más pobres. Así las élites intentan desprestigiarlo ante la opinión pública. Si ese candidato gana, dicen, el país será como Venezuela. Esa estrategia, que parecía eficaz cuando la economía venezolana no marchaba mal, debe ser muy potente ahora que la situación es trágica. En las elecciones presidenciales de Colombia en curso, Gustavo Petro es el presunto fan de Chávez.
La paz
En Colombia ha sido usual la ausencia de una propuesta electoral favorable a los más pobres. Al respecto, es revelador lo que ocurrió con el partido Unión Patriótica, que abanderaba esa propuesta. Fundado por las FARC y el Partido Comunista de Colombia en el marco de un fallido proceso de paz durante el gobierno de Belisario Betancur, fue deshecho violentamente: unos tres mil militantes de ese partido fueron asesinados durante las décadas de 1980 y 1990. Ante semejante reacción, no es extraño que las FARC continuaran con la lucha armada. Pero las guerrillas no pudieron derrotar al Estado colombiano (ni el Estado colombiano pudo derrotar a las guerrillas), y en su enfrentamiento con militares y paramilitares los más débiles han sido a menudo las víctimas: indígenas, afrodescendientes, campesinos.
El gobierno del presidente Juan Manuel Santos, que en 2016 pidió perdón de manera oficial por la implicación del Estado en los homicidios de los miembros de Unión Patriótica, ha tenido éxito en su proceso de paz con las FARC. A pesar de las cuentas pendientes, como evitar la impunidad de los mayores responsables, este proceso de paz debe ser visto como un gran avance si reparamos en el conmovedor saldo del conflicto armado. Las cifras cambian según la fuente, pero son invariablemente atroces. Como ejemplo podemos tomar el recuento de crímenes de las últimas tres décadas citado en el Informe 2016/17 de Amnistía Internacional:
Hasta el 1 de diciembre de 2016, la Unidad de Víctimas, establecida por el gobierno, había registrado las siguientes cifras: casi 8 millones de víctimas del conflicto desde 1985, entre las que había unas 268.000 víctimas de homicidio, la mayoría civiles; más de 7 millones de víctimas de desplazamiento forzado; alrededor de 46.000 víctimas de desaparición forzada; al menos 30.000 casos de toma de rehenes; más de 10.000 víctimas de tortura; y aproximadamente 10.800 víctimas de minas terrestres antipersonales y de artefactos explosivos no detonados. Las fuerzas de seguridad, los paramilitares y los grupos guerrilleros eran responsables de esos crímenes.
Petro
Se aproxima la paz y se aproxima también la posibilidad de que las elecciones den cabida a una propuesta reformista. Petro, que militó en el guerrilla M-19 en su juventud y va segundo en los sondeos de intención de voto, habla de la necesidad de construir un estado del bienestar que mejore definitivamente la suerte de los más pobres. Dice que la economía debe dejar de depender de la exportación de petróleo e industrializarse, y que hay que potenciar la agricultura. Es decir, habla de la transformación económica que Colombia y toda Latinoamérica requiere, la que el gobierno del PSUV no logró en Venezuela. En ese sentido, la propuesta de Petro es opuesta a la de Chávez, que dependió del petróleo y de la importación de manufacturas.
El candidato que va primero en los sondeos, Iván Duque, representa los intereses de las élites tradicionales. En una eventual segunda vuelta entre Duque y Petro, no debería ser difícil la decisión para los ciudadanos que anhelan cambios, los cambios que Colombia necesita y que los colombianos merecen.

1/4/18

La apuesta política de Cortázar


Mario Vargas Llosa cuenta –en el prólogo de una edición de los cuentos completos del argentino– que la metamorfosis más notable de la que ha sido testigo es la de Julio Cortázar, que ya próximo a los los cincuenta años pasó de ser un hombre solitario dedicado casi a tiempo completo a la literatura y al arte, y que miraba la realidad desde una perspectiva supersticiosa, a ser además un activista político. Cuenta que este Cortázar ya transformado lo visitó en Londres y «me hizo llevarlo a comprar revistar eróticas y hablaba de marihuana, de mujeres, de revolución, como antes de jazz y de fantasmas».
El propio Cortázar señala –en Clases de literatura– que ese cambio tuvo lugar luego de su visita a Cuba en 1961. Cuando volvió a Paris se sintió distinto:
En ese momento, por una especie de brusca revelación –y la palabra no es exagerada–, sentí que no sólo era argentino: era latinoamericano, y ese fenómeno de tentativa de liberación y de conquista de una soberanía a la que acababa de asistir era el catalizador, lo que me había revelado y demostrado que no solamente yo era un latinoamericano que estaba viviendo eso de cerca sino que además me mostraba una obligación, un deber. Me di cuenta de que ser un escritor latinoamericano significaba fundamentalmente que había que ser un latinoamericano escritor: había que invertir los términos y la condición de latinoamericano, con todo lo que comportaba de responsabilidad y deber, había que ponerla también en el trabajo literario.
Pero su viuda y albacea, Aurora Bernárdez, creía que la transformación de Cortázar no ocurrió de golpe sino que fue paulatina, una lenta evolución, y señala como uno de sus hitos el viaje que ambos hicieron a la India, en el que fueron testigos de escenas de miseria atroces.
Como quiera que haya sido la conversión de Cortázar en activista político, lenta o acelerada, lo cierto es que aprovechó su fama como autor de ficción para hacer escuchar su voz de apoyo a los gobiernos latinoamericanos que en esos años intentaron llevar a cabo importantes reformas sociales, como el Chile de Allende o el sandinismo de los ochenta. Su activismo incluyó además nobles gestos como el de destinar los recursos obtenidos con Libro de Manuel a los familiares de las víctimas de desaparición forzada durante la última dictadura militar que padeció Argentina.
Imagen tomada de http://cronicasyversiones.com/?p=5183
Lo peor que se puede decir de la arriesgada apuesta política de Cortázar es que prefirió no hablar de los defectos de los gobiernos que apoyó. Pero otros autores han hablado hasta el cansancio al respecto, autores que suelen olvidar que los intentos reformistas de esos gobiernos fueron, sin excepción, ahogados por el enorme poder de Estados Unidos.

23/3/18

El drama venezolano


La propaganda del gobierno de ese país es inocua ante un joven que en otro país se sube a un autobús a vender cualquier cosa mientras cuenta que la crisis le obligó a migrar y a suspender la carrera universitaria, ni puede hacer nada ante la mujer que ha abandonado su país para prostituirse en otro. Ese país es Venezuela y el otro –el mío– es Ecuador. Pocos síntomas más elocuentes acerca de la gravedad de una crisis social que un éxodo, una emigración de grandes proporciones, como la que los venezolanos están protagonizando en los últimos años, huyendo hacia países como Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, España, Estados Unidos, Perú, Trinidad y Tobago.
Los ecuatorianos también protagonizaron un éxodo a comienzos de este siglo: una severa crisis económica empujó a más de un millón de ecuatorianos a salir del país, sobre todo hacia España, Estados Unidos e Italia. Esa crisis se produjo luego de que una serie de gobiernos aplicaran medidas económicas de corte neoliberal, que promueven la disminución de la capacidad del estado para garantizar derechos económicos y sociales como la recaudación de impuestos o los servicios de salud y educación, pero lo mantienen como garante de las prerrogativas de las élites. En realidad toda Latinoamérica estuvo sometida a las directrices neoliberales promovidas por Estados Unidos.
Imagen tomada de https://www.eluniverso.com/noticias/2017/07/26/nota/6298762/ecuador-o-colombia-aumenta-exodo-venezolanos-que-huyen
Lo trágico del éxodo venezolano que ahora mismo padecemos es que lo ha provocado un gobierno que comenzó con la intención de superar esa etapa neoliberal, el primero de varios gobiernos sudamericanos con la misma consigna. Chávez utilizó la riqueza petrolera para beneficiar a la población, y esos esfuerzos se reflejaron claramente en indicadores sociales importantes. Por ejemplo, según el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), la pobreza en Venezuela disminuyó de 52 por cien en 2000 a 29 por cien en 2012. Con Maduro, el delfín de Chávez, esa tendencia no solo que no continuó sino que se revirtió dramáticamente. Los datos oficiales ya no parecen fiables, pero un estudio llevada a cabo por universidades venezolanas indica que «el 73% de los hogares del país sufrían pobreza de ingresos en 2015», y el latinobarómetro más reciente indica que en 2017 el 58 por cien de los venezolanos no tenía suficiente comida para alimentarse.
Autores como Noam Chomsky encuentran en el mal manejo económico del gobierno la causa de este desastre. El modelo económico de Venezuela es insostenible porque dependió del alto precio del petróleo –un fenómeno temporal–, y promovió la importación de manufacturas, en lugar de apostar por la exportación de bienes elaborados y de potenciar la agricultura. A eso se suma un aterrador nivel de corrupción.
El futuro inmediato es deprimente. El gobierno venezolano no pudo construir un estado del bienestar. Ni siquiera pudo evitar el retroceso brutal de los indicadores sociales. Del otro lado, la mayor parte de partidos de oposición –que ya no tienen la garantía para participar en elecciones justas como en los primeros años de Chávez–, se muestran muy preocupados por acabar con Maduro, pero no parecen comprometidos con el bienestar ciudadano. ¿Cuántos años tendrán que pasar hasta que los venezolanos puedan tener el gobierno que se merecen?

21/3/18

He vuelto


Diez años después de la que supuse la última entrada del blog, he vuelto. He decidido continuar con el blog, haciendo antes una revisión de lo publicado hasta aquí. He eliminado las entradas con contenido que se puede encontrar fácilmente en otros sitios de internet, y he conservado sobre todo las que contienen fragmentos de libros.
En estos diez años mis ideas políticas han cambiado un tanto. Sigo creyendo –con Chomsky, con Galeano– que situarse del lado del débil es lo moralmente adecuado, pero ya no creo que los llamados partidos de izquierda estén inspirados en esa consigna, o que sean muy útiles a la hora de llevarla a la práctica. Esto me lo podría haber dicho cualquier crítico, pero la fe política, como la religiosa, nubla la vista.
De aquí en adelante continuaré subiendo, de vez en cuando, fragmentos especialmente conmovedores de los libros que leo, y textos míos que nacen de la urgencia de decir lo que pienso sobre diversos temas. Gracias por leerme.

17/11/08

Despedida

Por Pichón

El 17 de noviembre de 2007 publiqué la primera entrada de Pichón y Maestros. Hoy publico la entrada número 235; la despedida.

(Digamos –quizá esto debí hacerlo hace un año– que maestro es aquel cuya palabra, como diría Onetti, supera al silencio. Por supuesto, en este sitio no están todos los que son. (Y no estoy seguro de si son todos los que están.) Pichón, en cambio, ni atrincherado en el anonimato puede superarlo.)

Las entradas acaban; el sitio seguirá estando.

Continúan también mis ganas de escribir. Escribiendo desvanezco certezas, sopeso saberes y quereres, evalúo lecturas.

Gracias a quienes vinieron, leyeron y no volvieron; gracias a quienes vinieron, vinieron, vinieron… hasta malacostumbrarse; gracias a quienes dejaron un comentario o enviaron un correo; gracias a quienes vendrán.

Antes del adiós quiero referirme a mi afirmación de hace casi siete meses: que McCain sería presidente. Estaba absolutamente seguro y creo que aquella entrada todavía tiene palabras válidas.

Me voy con otro pronóstico: llegará el día en que pueda decir, en que todos podamos decir, “somos dignos”. Estoy absolutamente seguro.

7/11/08

Pájaros prohibidos

Por Eduardo Galeano

[En 1976, en una cárcel llamada Libertad]

Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.

Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.

Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:

-¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?

La niña lo hace callar:

-Ssshhhh.

Y en secreto le explica:

-Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

Fuente: Galeano, Eduardo, Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, España, siglo veintiuno, 1986.

4/11/08

Diez mil actos de bondad

Por Stephen Jay Gould

La evolución ha construido el árbol de la vida. Sin embargo, casi en cualquier momento y para cualquier especie el cambio no está ocurriendo, sino que predomina la estasis. Por lo tanto, si nos preguntamos cuál es la naturaleza normal de las especies, la única respuesta posible es: la estabilidad. Pero el cambio, deliciosamente raro, ha erigido el árbol de la vida y configurado la historia a gran escala. Y ahora llegamos al quid de la cuestión: la propiedad que define a una especie, su estado normal, su naturaleza, su apariencia en casi todo momento es contraria al proceso que da origen a la historia (y a las nuevas especies). Si intentáramos explicar la naturaleza de las especies a partir del proceso que construye la historia de la vida, nuestros resultados apuntarían exactamente hacia lo opuesto de la realidad, dado que son los acontecimientos extremadamente insólitos (pero con consecuencias de gran alcance) los que determinan el curso de la historia.

El mismo patrón podría aplicarse a la naturaleza humana y a los acontecimientos que configuran nuestra historia. Al presuponer que los rasgos de conducta que intervengan en los acontecimientos forjadores de la historia tienen que definir también las propiedades ordinarias de la naturaleza humana, hemos cometido un grave error. Así pues, ¿no debemos relacionar las causas de nuestra historia, como reza el falso argumento, con la naturaleza de nuestro ser?

Pero si mi analogía es válida, la verdad podría hallarse justamente en la afirmación inversa. Si las conductas infrecuentes son las que construyen la historia, nuestra naturaleza habitual debe definirse a través de nuestras acciones generales en el mundo cotidiano, acciones en las que estamos sumergidos casi todo el tiempo pero que no determinan la suerte de las naciones. Las causas de la historia pueden ser opuestas a las fuerzas ordinarias que dominan en casi todos los momentos, exactamente del mismo modo que los procesos que construyen el árbol de la vida son invisibles e inactivos en el seno de las especies estables durante casi todo el tiempo.

La historia está hecha de guerra, de codicia, de ansias de poder, de odio y de xenofobia (y de algunos otros móviles, algo más dignos de admiración, diseminados aquí y allá). En consecuencia, a menudo asumimos que tales rasgos, obviamente humanos, definen nuestra naturaleza esencial. ¿Cuántas veces hemos oído que el “hombre” es, por naturaleza, agresivo, egoísta y codicioso?

Pero tales afirmaciones no tienen sentido para mí; no de un modo estrictamente empírico, aunque tal vez lo tengan como declaraciones sobre deseos o preferencias morales. ¿Qué es lo que vemos un día cualquiera en las calles o en los hogares de cualquier ciudad norteamericana o incluso en el metro de Nueva York? Vemos millares de pequeños e insignificantes actos de amabilidad y consideración. Nos apartamos para ceder el paso a alguien, sonreímos a un niño, mantenemos charlas intrascendentes con un conocido o incluso con un extraño. En casi todos los momentos, en la mayor parte de los días, en la mayor parte de los sitios, ¿qué es lo que puede verse de nuestro lado oscuro? ¿Tal vez un padre dando un cachete a su hijo, o un adolescente sobre un monopatín cerrando el paso a una ancianita? Veamos, no soy Pollyanna en su torre de marfil, … y crecí en las calle de Nueva York. Comprendo lo ingrata y peligrosa que puede ser la vida en las grandes ciudades. Únicamente intento sentar una cuestión estadística.

Nara resulta más ajeno y antipático a la mente humana que pensar correctamente acerca de las probabilidades. Muchos de nosotros tenemos la impresión de que la vida cotidiana está constituida por una serie interminable de molestias, de que el 50 por 100 o más de los encuentros humanos resultan tensos o agresivos. Pero pensemos en ello con seriedad por un momento. Semejante nivel de agresividad no podría soportarse. Si la mitad de las veces en que nos abrimos a otro ser humano, éste nos recibiera con un puñetazo en la nariz, la sociedad caería de inmediato en la anarquía.

No, casi todos los encuentros con otra persona son como mínimo neutros, y en general lo suficientemente placenteros. Homo sapiens es una especie de notoria afabilidad. Los etólogos consideran que otros animales son relativamente pacíficos cuando presencian uno o dos encuentros agresivos tras observar a un organismo durante, digamos, decenas de horas. Pero pensemos en los millones de horas que podríamos contabilizar para la mayoría de la gente en la mayor parte de sus días sin advertir mayor signo de hostilidad que un dedo anular levantado de vez en cuando, quizá una vez a la semana.

¿Por qué, pues, la mayoría de nosotros tiene la sensación de que la gente es agresiva, y de que lo es por esencia? La respuesta, creo, radica en la asimetría de los efectos (el aspecto verdaderamente trágico de la existencia humana). Por desgracia, un incidente violento puede anular el efecto de diez mil actos de generosidad, y la confusión de los efectos con la frecuencia nos hace olvidar fácilmente el predominio de la bondad sobre la violencia. Una paliza motivada por cuestiones raciales puede dar al traste con años de paciente educación en el respeto y la tolerancia en una escuela o una comunidad. Un asesinato puede convertir una ciudad amistosa y confiada en un nido de temor, con la gente encerrada bajo llave, recelosa de cualquiera y con miedo a salir de noche. La generosidad es extremadamente delicada, extremadamente fácil de eliminar; y la violencia es tan poderosa…

Esta abrumadora y trágica asimetría entre la bondad y la violencia se magnifica de modo extraordinario cuando consideramos las causas de la historia en su gran escala. Un incendio en la biblioteca de Alejandría puede devastar toda la sabiduría acumulada de la Antigüedad. Un pretendido insulto o un acto demente de asesinato pueden desbaratar décadas de paciente diplomacia, de intercambios culturales, de misiones humanitarias, de correspondencia amistosa (pequeños actos de bondad que implican a millones de ciudadanos), y llevar a dos naciones a una guerra que nadie desea, pero que mata a millones de personas y altera de forma irrevocable el curso de la historia. …

Sí, admito plenamente que el lado oscuro de las posibilidades humanas configura la mayor parte de nuestra historia. Pero esta aciaga realidad no implica necesariamente que los rasgos de conducta del lado tenebroso definan la esencia de la naturaleza humana. Al contrario: por analogía con el enfrentamiento entre lo ordinario y lo creador de la historia, yo aduciría que la realidad de las interacciones humanas en casi cualquier momento de nuestras vidas diarias discurre en dirección contraria, y debe hacerlo en toda sociedad estable, a los acontecimientos raros y disruptivos que construyen la historia. Si uno quiere entender la naturaleza humana, definida como nuestras tendencias habituales en situaciones ordinarias, sólo hay que descubrir los rasgos que determinan la historia, y después identificar la naturaleza humana con los rasgos opuestos, que son fuente de estabilidad: las conductas predecibles de no agresión que rigen durante el 99,9 por 100 de nuestras vidas. La verdadera tragedia de la existencia humana no es que seamos malos por naturaleza, sino que una cruel asimetría estructural otorga a los infrecuentes acontecimientos dictados por la maldad el poder de configurar nuestra historia.

Un argumento inmediato contra mi tesis es el que sostiene que he confundido una potencialidad social de comunidades esencialmente democráticas con una tendencia humana más general. Esta visión alternativa podría corroborar mis afirmaciones sobre el hecho de que la estabilidad impera en casi todo momento, y de que son los acontecimientos muy infrecuentes los que conforman la historia. Pero quizá tal estabilidad sea reflejo de conductas bondadosas tan sólo en sociedades relativamente libres y democráticas. Quizá en la mayoría de culturas se haya alcanzado la estabilidad por medio de las mismas fuerzas “oscuras” que forjan la historia en el momento en que se desequilibran: miedo, agresión, terror y dominio del rico sobre el pobre, del hombre sombre la mujer, del adulto sobre el niño, y del armado sobre el indefenso. Admito que las fuerzas oscuras a menudo han mantenido los equilibrios, pero sigo afirmando con convicción que no tenemos en cuenta los diez mil actos no agresivos de cada día que eclipsan toda manifestación abierta de fuerza, incluso en sociedades estructuradas bajo relaciones de dominio, e incluso cuando la no agresividad impera únicamente porque la gente sabe cuál es su sitio y no acostumbra a desafiar el orden establecido. Basar la estabilidad cotidiana en algo distinto de nuestra propia bondad natural requeriría una estructura social pervertida, dedicada explícitamente a quebrar el alma humana (el modelo de Auschwitz, si se quiere). No afirmo, dicho sea de paso, que los seres humanos sean ni buenos ni agresivos por necesidad biológica innata. Es evidente que tanto la generosidad como la violencia laten en el interior de nuestra naturaleza porque, sin ninguna duda, las perpetuamos a ambas. Sólo formulo una declaración estructural: que la estabilidad social domina casi en todo momento, y debe estar basada en una frecuencia netamente superior (aunque trágicamente ignorada) de actos bondadosos; y que la bondad, por lo tanto, es nuestra respuesta habitual y predilecta en la inmensa mayoría de las ocasiones.

Por favor, no interprete el lector este ensayo como una iniciativa pretensiosa inscrita en la estúpida tradición, ¿me atreveré a decirlo?, de apología académica liberal de la crueldad humana, y tampoco como una tentativa insulsa y traída por los pelos de hacer parecer buenos a los seres humanos en este mundo colmado de aflicción. Éste no es un ensayo sobre el optimismo; en un ensayo sobre la tragedia. Si pensara que los seres humanos son malos por naturaleza, simplemente lo diría, qué diablos. Tenemos lo que nos merecemos, o lo que la evolución nos ha legado. Pero el núcleo de la naturaleza humana arraiga en diez mil actos cotidianos de bondad que definen nuestro día a día. ¿Puede haber algo más trágico que la paradoja estructural de que este Everest de bondad esté colocado boca abajo sobre su cumbre puntiaguda, y de que pueda ser derribado con tanta facilidad por esporádicos acontecimientos contrarios a nuestra naturaleza cotidiana, y de que sean estos acontecimientos los que forjen nuestra historia? En un sentido profundo, no tenemos lo que nos merecemos.

La solución a nuestra desgracias no estriba en superar nuestra “naturaleza”, sino en romper la “gran asimetría” y permitir que nuestras tendencias ordinarias asuman el control de nuestra vidas. Ahora bien, ¿cómo podemos tomar lo cotidiano y sentarlo en el asiento del conductor de la historia?

Fuente: Gould, Stephen Jay, Ocho cerditos, Barcelona, Crítica, 2006.

2/11/08

Masones secuestradores

Por Ramiro Díez

Irina Draskova tienen más de setenta años y su pelo blanco recuerda a las nieves siberianas, aunque su acento es suramericano. En la puerta de la librería, por la Calle Corrientes, la ancianita me tomó del brazo y me habló al oído con su deliciosa cadencia.

Con su pinta de aristócrata, y su vestido tan decoros, era claro que no quería una moneda, asunto nada extraño en los malos tiempos que corrían. Entonces me contó esta historia:

“Un grupo de ateos y masones secuestraron al Presidente de nuestra República y a todos sus ministros”, me dijo Irina, en tono bajo y misterioso.

Sonreí, incrédulo y divertido, porque no había ninguna noticia al respecto, pero Irina me documentó su historia:

“Mirá…”, y me llevó de la mano hasta una banca cercana. Allí, sentados, escudriñó todos los rincones, hasta cerciorarse de que nadie nos seguía o nos escuchaba. “Mirá” –repitió–, y después de buscar en su bolso, me enseñó un viejo recorte de periódico:

“Acá están las promesas del Presidente. Y acá está lo que dijeron los ministros el día que se posesionaron, y una o dos semanas después. ¿Ves? ¡Son buena gente, tipos como vos y yo, honestos, gente de laburo!”.

¿Y eso que tiene que ver con el secuestro?, le pregunté.

Irina sacó de su bolso –ahora de algo que parecía un bolsillo secreto– otro recorte de periódico, más nuevo.

“Ves que no han cumplido las promesas? –me dijo–. Mirá lo que han hecho: todo lo contrario. ¿Ves este recorte? Leélo para que te des cuenta de cómo insultaba a estos fulanos del otro partido. Y acá está, al poco tiempo, abrazado con los mismos fulanos a los que antes atacaba. Y esto no sé si lo podrás captar, porque sólo lo podemos ver las mujeres, que somos más observadoras… mirá la nariz y la sonrisa del Presidente… aquí está de frente, y en esta foto está de perfil: Se parece, ¿verdad?, pero no es el mismo. Está un poco más gordo, tiene como algo de medio idiota, pero bien disimulado porque se parece mucho al original. En resumen, el verdadero Presidente está secuestrado y este que ahora gobierna es un impostor. Con razón es tan hijueputa…”.

Irina me estaba convenciendo. Aunque era una historia difícil de creer, eso podía explicar muchas noticias de todos los días.

“Ahora dame un dólar, para juntar plata y pagar el rescate”, me dijo Irina.

Me quedé mirándola, agradecido, y le di un beso y un billete de diez. Aunque la historia valía más.

Fuente: Díez, Páginas con Cierto Sentido, Quito, Impresores MYL, 2004.

27/10/08

La regla áurea

Por Stephen Jay Gould

En la base de toda ética ambiental suelen yacer dos argumentos relacionados:

1. Vivimos en un mundo frágil, sometido en la actualidad a la ruina y desorganización permanentes a causa de la intervención humana.
2. Los seres humanos deben aprender a actuar como responsables administradores de su planeta amenazado.

Estos puntos de vista, aunque cargados de buenas intenciones, están basados en el viejo pecado de la soberbia y la autoestima exagerada. Somos una especie entre millones, administradores de nada. ¿Bajo qué justificación podríamos nosotros, aparecidos hace apenas un microsegundo geológico, responsabilizarnos de los asuntos de un mundo de 4.500 millones de años de edad, de un mundo rebosante de vida que ha estado evolucionando y diversificándose durante al menos tres cuartas partes de este inmenso período de tiempo? La naturaleza no está ahí para nosotros, no tenía ni idea de que íbamos a llegar, y no le importamos un comino. Omar Khayyam tenía razón en todo, salvo en su estrecha visión de la Tierra como destartalada, cuando compuso su brillante comparación de nuestro mundo con un hotel oriental:

Por el destartalado caravasar que es este mundo,
cuyas únicas puertas son la noche y el día,
¡qué de altivos sultanes fastuosos y opulentos
pasaran un instante y luego ser marcharan! …


Esta concluyente declaración de impotencia daría lugar a réplica si nosotros, pese a nuestra tardía aparición, poseyéramos algún poder sobre el futuro del planeta. Sin embargo, y pese a la falsa percepción popular sobre nuestro poderío, no es así. A la escala de tiempo geológica que rige nuestro planeta, carecemos virtualmente de cualquier influencia sobre la Tierra. Todos los megatones almacenados en nuestros arsenales nucleares no alcanzan ni una diezmilésima parte de la potencia liberada por el asteroide de 10 km de diámetro que, supuestamente, desencadenó la extinción en masa del Cretácico. Y sin embargo, la Tierra sobrevivió a esta colosal conmoción, que, con la aniquilación de los dinosaurios, allanó el camino para la evolución de los grandes mamíferos, entre ellos los seres humanos. Nos asusta el caldeamiento global y, sin embargo, incluso el modelo teórico más extremado prevé un planeta bastante más frío que muchas épocas felices y prósperas del pasado prehumano. Podemos, con toda seguridad, destruirnos a nosotros mismos, y llevarnos por delante a muchas otras especies; pero a duras penas haríamos mella en la diversidad bacteriana, y sin duda tampoco eliminaríamos a los muchos millones de especies de insectos y ácaros. A escalas de tiempo geológicas, nuestro planeta sabrá cuidar de sí mismo, y dejará que los milenios borren el rastro de cualquier exceso que hayamos cometido.

La gente que no comprende el principio fundamental de las escalas adecuadas mal interpreta a menudo el razonamiento anterior, y lo considera un llamamiento a despreocuparnos del deterioro ambiental, del mismo modo que Copeland ha sostenido, equivocadamente, que no hay necesidad de inquietarse por las extinciones. Pero yo esgrimo la misma idea en sentido contrario. No suponemos ninguna amenaza a escala geológica, pero tal vastedad de tiempo tampoco nos afecta. Nuestros intereses legítimamente provincianos se centran en nuestra propia vida, en la felicidad y prosperidad de nuestros hijos, en el sufrimiento de nuestros semejantes. El planeta va a recuperarse de un holocausto nuclear, pero miles de millones de nosotros morirán o quedarán tullidos, y nuestras culturas perecerán. La Tierra prosperará si los casquetes polares se funden bajo un invernadero global, pero la mayoría de nuestras mayores ciudades, construidas al nivel del mar como puertos y embarcaderos, quedarán inundadas, y la alteración de las pautas agrícolas desembocará en el desarraigo de poblaciones enteras.

Tenemos la obligación de afrontar un desagradable hecho histórico. El movimiento conservacionista nació en gran medida como un intento de las élites más ricas e influyentes por preservar la vida salvaje como coto de asueto y contemplación para los patricios (contra la imagen, por así decirlo, de hordas de inmigrantes domingueros vagando por el bosque con sus cestas de pícnic). Nunca nos hemos librado por entero de este legado, en el que el ecologismo es considerado algo opuesto a las necesidades humanas más inmediatas, especialmente respecto a los pobres y desheredados. Pero el Tercer Mundo se desarrolla, y en él se encuentra la mayor parte de los prístinos hábitats cuya preservación anhelamos. Los movimientos ecologistas no podrían triunfar hasta que convenzan a la gente que la limpieza del aíre y del agua, la energía solar, el reciclaje y la reforestación son las soluciones óptimas (realmente lo son) de las necesidades humanas a escalas humanas (no las de algún futuro planetario de inalcanzable lejanía).

Tengo una modesta sugerencia que hacer en relación con una ética ambiental apropiada, fundamentada, como la totalidad de este ensayo, en el tema de una pertinente escala humana frente a la majestad, aunque irrelevante majestad, del tiempo geológico (jamás me he sentido atraído por el imperativo categórico kantiano relativo a la búsqueda de una ética, ni por las leyes morales absolutas e incondicionales, ajenas a toda motivación o finalidad ulterior). El mundo es demasiado complejo y caótico para este tipo de actitudes asépticas (y Dios nos ayude si adoptamos el principio equivocado y luchamos, matamos y devastamos provistos de nuestra inconmovible certidumbre). Prefiero los más imprecisos “imperativos hipotéticos”, que invocan el deseo, la negociación y la reciprocidad. De entre todos estos preceptos “menores”, aunque en su conjunto más amplios y profundos, hay uno que destaca por su presencia repetida e independiente en todas las culturas, una tras otra, formulado con distintas palabras pero con la misma idea básica expresada en él. Supongo que nuestras diversas sociedades se encaminan inconscientemente hacia este principio por la sencilla razón de que la estabilidad estructural (y la elemental decencia necesaria para cualquier vida llevadera) exigen una máxima de este tipo. Los cristianos llaman a este precepto la “regla áurea”; Platón, Hillel y Confucio conocieron idéntica máxima bajo otros nombres. No puedo pensar en ningún principio mejor que se base en el egoísmo ilustrado: si todos nosotros tratáramos a los demás como deseamos ser tratados, la decencia y la estabilidad tendrían que prevalecer.

Sugiero que establezcamos un pacto de este tenor con nuestro planeta. La Tierra tiene todas las cartas, y detenta un inmenso poder sobre nosotros, de forma que tal convenio, que necesitamos desesperadamente, sería una bendición para nosotros y un alivio para ella, pese a que, en su propia escala de tiempo, no le hace ninguna falta. Haríamos mejor en firmar los documentos mientras todavía esté dispuesta a llegar a un acuerdo. Si la tratamos bien, nos soportará durante un tiempo más. Si le arañamos la piel, sangrará, nos echará a patadas, se pondrá un vendaje y seguirá ocupándose de sus propios asuntos a su propia escala. El pobre Richard … nos dijo que “la necesidad nunca fue buena consejera para hacer tratos ventajosos”, pero la Tierra es más generosa que los agentes humanos en el “arte de pactar”. Ella se mantendrá fiel a sí misma; ahora, nosotros debemos hacer otro tanto.

Fuente: Gould, Stephen Jay, Ocho cerditos, Barcelona, Crítica, 2006.

25/10/08

Don Tomás

Por Ramiro Díez

Don Tomás era un tipo distinguido, de mucho dinero, de raza blanca, inteligente, sensible, impulsor de nobles sueños, y por lo tanto comprometido con la libertad de los negros en los EEUU.

“Es nuestra obligación moral e histórica conceder la libertad a los que hasta ahora han sido degradados. Que sean tratados como iguales porque nuestros iguales son.”

Así, en ese tono y con tal claridad escribía don Tomás, en una apasionada defensa de la libertad de los negros en su país.

Pero los tiempos cambian, y con el tiempo también los humanos: de repente, frente al tema de los negros, don Tomás empezó a guardar silencio.

Ya no era tan entusiasta y se dedicó a ahorrar verbos y adjetivos. Cualquier pregunta al respecto, la respondía con monosílabos vacilantes, agregando: “Quizás sí o puede que no, claro, depende, es decir, es necesario pensar y sopesar…” Eso: no decía nada.

Poco tiempo después, sobre el mismo tema, ya había cambiado tanto de opinión, que no aparecía la misma persona, y se le oyó decir:

“Los negros son una raza maldita y sucia que arrastra ese color en la piel por el pecado de Caín”. Y agregaba que “Nuestro Congreso (de los EEUU) no debe permitir la libertad de los negros porque una mezcla racial será el fin de nuestra naciente nación señalada por el Señor para muy altos destinos...”

Un poeta dijo que “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles”, y es cierto.

Pero tan móviles, tanto, tanto, era demasiado sobre todo pensando en semejante tema y teniendo en cuenta que aquel hombre de pensamiento veleidoso era respetado por su valía intelectual.

Tal vez esos cambios radicales de opinión se aclaren cuando recordemos esto:

El apellido de don Tomás era Jefferson. Sí, el mismo: Tomás Jefferson, y por supuesto que llegó a ser Presidente de los EEUU.

Lo más curioso es que aquel cambio de opinión ocurrió cuando le regalaron, como esclava, a una mulatica de trece años que pronto quedó en embarazo.

¿De quién? Adivina, adivinador.

Más tarde, cuando Jefferson fue nombrado Embajador Plenipotenciario en Francia, la niña esclava lo acompaño a París, y quedó en embarazo cuatro veces más.

¿De quién?

Yes, yes… you are right.

Otro dato: aquella esclava era regalo de su suegro. Y además, -¡qué familia!- era hija de su suegro, nacida por fuera del matrimonio.

Parece una telenovela, pero era la realidad: en resumen, aquella niña mulata era hija y esclava de su suegro. Y había pasado a convertirse en esclava y cuñada de Jefferson, porque era hermana media de su esposa.

Hace poco tiempo, médicos norteamericanos analizaron el ADN de los descendientes tanto del presidente Jefferson, como de los de aquella jovencita.

Y ¡qué coincidencia!: coinciden…

Aquel fue un drama en la vida del Señor Jefferson porque aunque pronunciaba uno que otro discurso racista, quizá para crear una cortina de humo alrededor de aquella relación, amaba de corazón a su cuñada-amante. Y amó sinceramente a los hijos nacidos de aquella unión.

Pero ahí no se detiene la historia: entre aquellos hermanos hubo complicaciones al tratar de conciliar el amor de familia, con los prejuicios racistas de la época.

Por aquellas jugarretas de la genética, unos hijos nacieron negros y otros nacieron blancos. Y los blancos, para poder vivir con sus hermanos negros en la misma casa, como una familia amorosa, tenían que mentir ante todo el mundo y decir que aquellos negros eran sus esclavos.

Don Tomás Jefferson, preclaro presidente norteamericano, murió a los setenta y tantos años. Y dicen que sus últimas palabras, -¿será verdad?- convulsivas, en su lecho de muerte fueron…

No. No es prudente reproducir lo que no tiene sustento histórico, y en especial cuando se trata de tan dramático momento. Don Tomás también tiene derecho al descanso.

Fuente: Díez, Ramiro, Páginas con Cierto Sentido, Quito, Impresores MYL, 2004.

21/10/08

El efecto conjunción

Por Massimo Piattelli Palmarini

Nos proporcionan la siguiente breve “ficha” de carácter y actitud, redactada en un estilo casi cablegráfico:

Luis tiene 34 años. Es inteligente, pero tiene poca imaginación, es rutinario, metódico y escasamente activo. En la escuela destacaba en matemáticas, pero era flojo en asignaturas humanísticas y en ciencias sociales.

Sobre la base de este perfil tan sucinto, nos invitan a adivinar (digamos que de manera intuitiva) cuál es la probabilidad de que Luis desempeñe determinado oficio, o determinada profesión, en vez de otros. Concretamente, nos piden que ordenemos (rank), por orden de probabilidades decrecientes, una lista de profesiones y aficiones entre las que aparecen las siguientes:

–Luis es médico y le gusta jugar al póker
–Luis es arquitecto
–Luis es contable (caso C)
–Luis es aficionado a tocar música de jazz (caso J)
–Luis es aficionado al surf
–Luis es periodista
–Luis es contable, y es aficionado a tocar música de jazz (caso C & J)
–Luis es aficionado al alpinismo

Se invita al lector a que aventure su opinión reordenando una tras otra, por orden de probabilidad decreciente, las opciones que acabamos de describir. Forma parte de las reglas de este “juego” que nuestras estimaciones sean vagas, aproximativas, hechas precisamente de manera intuitiva (no se exigen valores exactos para las distintas probabilidades, sino solamente un ranking o jerarquía intuitiva entre las probabilidades respectivas de estas opciones).

Pasemos ahora a otro caso, análogo al anterior:

Linda tiene 31 años. Es soltera, extravertida y muy brillante. Es licenciada en filosofía. Cuando era estudiante se interesaba mucho por los problemas de discriminación racial y de injusticia social, y participaba activamente en manifestaciones antinucleares.

Como en el caso de Luis, nos invitan a adivinar cuál es la probabilidad de que Linda desempeñe un determinado oficio o profesión, ordenando, por probabilidad decreciente, una lista de profesiones y aficiones entre las que aparecen las opciones siguientes:

–Linda es profesora en una escuela de educación básica
–Linda trabaja en una librería y va a clases de yoga
–Linda participa activamente en el movimiento feminista (caso F)
–Linda es asistente social
–Linda es miembro de la Organización Electoral Femenina
–Linda trabaja en un banco (caso B)
–Linda es agente de seguros
–Linda trabaja en un banco y participa activamente en el movimiento feminista (caso B&F)


De nuevo se invita al lector a que aventure su opinión aproximada, de manera intuitiva, reordenando una tras otra, por orden de probabilidad decreciente, las opciones que acabamos de describir.

Que tire la primera piedra quien no haya considerado, en el caso de Luis, más probable la opción C&J, respecto a la opción J. Y en el caso de Linda, la opción B&F, respecto a la opción B.

Es lo que hacemos todos (o casi todos), y sin embargo se trata de una pura ilusión cognitiva. En realidad, la probabilidad de que se produzcan al mismo tiempo dos acontecimientos (la probabilidad de una “conjunción”, como se la denomina en jerga) es siempre y forzosamente inferior a la probabilidad de cada uno de estos acontecimientos por separado. Si reflexionamos un momento, no podemos dejar de convenir en que tiene que ser más probable que Luis toque música de jazz, haciendo cualquier otro trabajo, o incluso ningún trabajo (el caso J, en realidad, sólo especifica que toca música de jazz –fijaos bien– por afición), que no que Luis toque música de jazz y sea contable. Lo mismo ocurre en el caso de Linda. Debemos convenir en que tiene que ser más probable que Linda trabaje en un banco, participando en movimientos de cualquier tipo, o incluso sin participar en ningún movimiento (el caso B no especifica nada más), que no que Linda trabaje en un banco y colabore activamente en el movimiento feminista. Y sin embargo, la gran mayoría de los individuos sometidos por [Amos] Tversky y [Daniel] Kahneman a un montón de tests de este tipo considera más probable una conjunción que cada uno de los elementos de la conjunción.

De hecho, la jerarquía intuitiva media obtenida en los dos tests que acabamos de exponer es:

Luis:

La opción C es más probable que la opción C&J, que a su vez es más probable que la opción J.

Linda:

La opción F es más probable que la opción B&F, que a su vez es más probable que la opción B.

Lo que nos deja estupefactos es que no existe gran diferencia entre las respuestas obtenidas, por término medio, de individuos “ingenuos”, es decir, totalmente profanos en materia de cálculo de probabilidades, y las obtenidas de sujetos expertos en ciencias estadísticas. O mejor dicho, existe una ligera diferencia: los individuos que tienen alguna noción de estadística se equivocan más a menudo que los individuos absolutamente profanos, y también más a menudo que los expertos. En cualquier caso, incluso los expertos se equivocan casi con la misma frecuencia que los profanos. Las diferencias son generalmente pequeñas. Lo sorprendente es que, por término medio, el 85 por 100 de todos los individuos, sean profanos, semiprofanos, o expertos, se equivocan. Son, por tanto, víctimas del efecto conjunción.

Fuente: Piattelli Palmarini, Massimo, Los túneles de la mente, Barcelona, Crítica, 1995.