1/5/26

Una impenetrable oscuridad

Por Ian Kershaw

«Estudia el pasado». Este consejo de Confucio adorna uno de los pórticos del edificio de los Archivos Nacionales en Washington. «El pasado es prólogo», reza la cita de La tempestad de Shakespeare inscrita en el otro pórtico. El estudio del pasado permite al historiador seguir la trayectoria de Europa, a menudo turbulenta, hasta llegar al presente. Pero ¿de qué es prólogo el pasado? En un sentido estricto, no existe el presente, solo el pasado y el futuro. El pasado es un camino razonablemente bien iluminado (aunque con numerosos recodos sombríos y desviaciones a oscuros matorrales) que luego bloquea una gran puerta intimidatoria en la que se lee «Futuro». A través de algunas pequeñas aberturas en la puerta es posible vislumbrar varios senderos poco iluminados que parten de allí y desaparecen en el crepúsculo. Tal vez uno de esos caminos parece un poco más ancho, una senda hacia delante más probable que las otras, pero no es seguro. Es imposible saberlo. En cualquier caso, ese camino, transcurrida una corta distancia, también conduce a una impenetrable oscuridad.

El destino a partir de ahí no es claro. Los patrones estructurales de la evolución del pasado (las tendencias demográficas o socioeconómicas, por ejemplo) solo pueden ofrecer indicadores imprecisos de cómo podrían ser en términos generales las próximas décadas; aun así, el futuro siempre está abierto. La historia solo ofrece la guía más imprecisa de aquello que no se pude prever. No solo los procesos estructurales a largo plazo, sino también acontecimientos impredecibles pueden provocar cambios trascendentales. Es fácil subestimar el papel de la contingencia en los cambios históricos. Sin embargo, la historia está repleta de cuestiones que tienen un impacto dramático pero dependen de la contingencia: por ejemplo, el resultado de una batalla, una revuelta política inesperada o la personalidad de un gobernante. La respuesta atribuida (tal vez apócrifamente) al ex primer ministro británico Harold Macmillan a la pregunta de un periodista sobre las mayores dificultades a las que se enfrentaba un gobierno, «los acontecimientos, querido muchacho, los acontecimientos», resumía con precisión la imprevisibilidad del futuro y la dificultad para los historiadores (como para todos los demás) de pasar de interpretar el pasado a adivinar el futuro.

Fuente: Kershaw, I. (2018), Ascenso y crisis, Crítica, Barcelona.

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