5/11/20

La salvación eterna

Por Jesús Mosterín
La base productiva de la sociedad medieval (los laboratores) estaba formada por una gran masa de campesinos, un número menor de artesanos y una clase novedosa e incomprendida de comerciantes y prestamistas. Parasitando y controlando a esta base productiva había una superestructura de poder formada por la clase de los guerreros, nobles y caballeros (los bellatores), dedicados al ejercicio de las armas, y por la clase de los clérigos o eclesiásticos (los oratores), dedicados a la oración. La guerra y la oración eran las actividades prestigiosas. La agricultura y la artesanía se aceptaban como necesarias, aunque vulgares. El comercio y el crédito, sin embargo, eran vistos con recelo y desconfianza. Al frente de los guerreros estaba el rey; al frente de los clérigos, el papa. El rey protegía a la Iglesia, mientras que la Iglesia rezaba por el rey y justificaba su autoridad. Cada individuo ocupaba un lugar determinado en la sociedad jerarquizada de la época, y cada uno debía conformarse con su condición, obedeciendo a las autoridades feudales y eclesiásticas situadas por encima. En definitiva, lo importante en esta vida era alcanzar la salvación eterna tras la muerte, y eso se podía lograr en cualquier situación social en la que uno se encontrase, obedeciendo la voluntad de Dios, interpretada por la Iglesia.
Fuente: Mosterín, J. (2010), Los cristianos, Alianza Editorial, Madrid.

29/10/20

Los profesionales

Por Bertrand Russell
[Los ingresos de los profesionales] dependen del hecho de haber disfrutado de una educación superior a la media, y desean transmitir esta ventaja a sus hijos. Para ello están dispuestos a realizar grandes sacrificios. Sin embargo, en la competitiva sociedad actual, lo que los padres corrientes desean no es una educación buena en sí misma, sino una educación mejor que la de las demás personas. Esto puede conseguirse manteniendo bajo el nivel general, y por consiguiente no cabe esperar que un profesional muestre un gran entusiasmo ante la idea de que se creen centros que faciliten el acceso a la educación superior a los hijos de los asalariados. Si todo el mundo que lo deseara pudiese recibir formación médica, por muy pobres que pudieran ser sus padres, es evidente que los médicos no podrían ganar los elevados sueldos que hoy ingresan, tanto a consecuencia del incremento de la competencia como de la mejora de la salud general de la sociedad. Y lo mismo puede decirse de la carrera jurídica, la función pública, etc. Por consiguiente, las cosas buenas que el profesional desea para sus hijos no las deseará por el contrario para el grueso de la población, a menos que tenga una conciencia excepcionalmente social.
Fuente: Russell, B. (1928), Ensayos escépticos, RBA, Barcelona.

22/10/20

La palabra

Por José Saramago
Cipriano Algor se alejó en dirección al horno, iba murmurando una cantinela sin significado, Marta, Marcial, Isaura, Encontrado, después en orden diferente, Marcial, Isaura, Encontrado, Marta, y todavía otro, Isaura, Marta, Encontrado, Marcial, y otro, Encontrado, Marcial, Marta, Isaura, finalmente les unió su propio nombre, Cipriano, Cipriano, Cipriano, lo repitió hasta perder la cuenta de las veces, hasta sentir que un vértigo lo lanzaba fuera de sí mismo, hasta dejar de comprender el sentido de lo que estaba diciendo, entonces pronunció la palabra horno, la palabra alpendre, la palabra barro, la palabra moral, la palabra era, la palabra farol, la palabra tierra, la palabra leña, la palabra puerta, la palabra cama, la palabra cementerio, la palabra asa, la palabra cántaro, la palabra furgoneta, la palabra agua, la palabra alfarería, la palabra hierba, la palabra casa, la palabra fuego, la palabra perro, la palabra mujer, la palabra hombre, la palabra, la palabra, y todas las cosas de este mundo, las nombradas y las no nombradas, las conocidas y las secretas, las visibles y las invisibles, como una bandada de aves que se cansase de volar y bajara de las nubes fueron posándose poco a poco en sus lugares, llenando las ausencias y reordenando los sentidos.
Fuente: Saramago, J. (2000), La caverna, Santillana, México, D.F.

15/10/20

Historias

Por Carl Sagan
La historia suelen escribirla los vencedores para justificar sus acciones, para alentar el fervor patriótico y para suprimir las reclamaciones legítimas de los vencidos. Cuando no hay una victoria abrumadora, cada lado escribe el relato que le favorece sobre lo que realmente ocurrió. Las historias inglesas castigaban a los franceses, y viceversa; las historias de Estados Unidos hasta hace muy poco ignoraban las políticas de facto de Lebenraum (espacio vital) y genocidio hacia los nativos americanos; las historias japonesas de los acontecimientos que llevaron a la segunda guerra mundial minimizan las atrocidades japonesas y sugieren que su principal objetivo era liberar de manera altruista al este de Asia del colonialismo europeo y americano; Polonia fue invadida en 1939 porque, según aseveraban los historiadores nazis, había atacado despiadadamente y sin mediar provocación a Alemania; los historiadores soviéticos decían que las tropas soviéticas que reprimieron las revoluciones húngara (1956) y checa (1968) habían sido invitadas por aclamación popular en las naciones invadidas y no enviadas por sus secuaces rusos; las historias belgas tienden a desvirtuar las atrocidades cometidas cuando el Congo era un feudo privado del rey de Bélgica; las historias chinas ignoran curiosamente las decenas de millones de muertes causadas por el «gran salto adelante» de Mao Zedong; que Dios condona e incluso defiende la esclavitud se afirmó miles de veces desde el púlpito y en las escuelas de las sociedades esclavistas cristianas, pero los estados cristianos que liberaron a sus esclavos guardan completo silencio sobre el tema; un historiador tan brillante, culto y sobrio como Edward Gibbon se negó a saludar a Benjamin Franklin cuando se encontraron en un hotel del campo inglés... por las recientes contrariedades de la revolución americana.
Fuente: Sagan, C. (1995), El mundo y sus demonios, Planeta, Bogotá.

8/10/20

Los bonobos

Por Jesús Mosterín
Imagen tomada de https://bit.ly/3b001hg
El aspecto de su conducta que más ha llamado la atención de los etólogos que los han observado en libertad es su vida social, especialmente armónica y pacífica. Viven en comunidades de 50 a 120 individuos, que ocupan territorios de 20 a 60 km2 y se dividen en grupos menores de membrecía variable. Los bonobos parecen haber desterrado los conflictos de su sociedad. Nunca se ha observado que un bonobo mate a otro (a diferencia de los chimpancés o de los humanes). Practican la promiscuidad, el amor libre y una sexualidad constante, que la mayor parte de las veces no está orientada a la reproducción. Los bonobos siempre están jugando con el sexo y rozando sus órganos genitales con los de otros bonobos, en todas las permutaciones posibles: machos con hembras, machos con machos, hembras con hembras, adultos con juveniles, besos en la boca, copulaciones y seudocopulaciones, sexo oral y contacto genital. Así, por ejemplo, cuando dos hembras se sienten inquietas, se abrazan y, fijando sus miradas, frotan mutuamente sus órganos genitales externos. El erotismo es el aceite que lubrica la sociedad de los bonobos, y sirve tanto para calmarse en situaciones de tensión como para iniciar y mantener relaciones de amistad, para establecer alianzas, para hacer las paces o simplemente para pasar el rato. Sus hembras (como las humanas) están casi siempre receptivas y dispuestas a hacer el amor con los machos, que, así, no se pelean por ellas. Además, las hembras forman fuertes alianzas que impiden que los machos se muestren agresivos o practiquen el infanticidio (común en otras especies de hominoides). De hecho, las hembras son el sexo dominante, o al menos son tan dominantes como los machos. En conjunto se trata de la sociedad de hominoides más cohesionada y pacífica que conocemos, donde la obsesión por la agresividad, la jerarquía y la dominancia ha sido sustituida por el más hedonista cultivo del placer y la amistad. O, al menos, esa es la impresión que sacan los científicos que los han observado en su estado natural.
Fuente: Mosterín, J. (2013), El reino de los animales, Alianza Editorial, Madrid.

1/10/20

Felix Bola

La primera semilla de lo que la secta llegaría a lograr en otro continente la sembró Felix Bola cuando leyó el testimonio de un psicólogo alemán que había trabajado en zonas de guerra de África y Asia. Se había enrolado en las misiones de Médicos Sin Fronteras luego de ejercer durante años en su país, y trabajó en zonas tan inhóspitas como violentas. En realidad no tenía mucho trabajo porque a menudo las víctimas continuaban con su vida a pesar de las experiencias traumáticas. El alemán halló la explicación de semejante capacidad de adaptación en la vida rutinaria que llevaban, como si los movimientos del cuerpo evitaran los recuerdos del horror, y en las creencias religiosas o mágicas en las que hallaban consuelo. Cuando volvió a su país, el alemán sintió que los problemas de sus pacientes eran triviales o artificiales.

Bola tuvo que pausar la lectura del testimonio un par de veces al sentir de golpe la inquietud de una revelación. Por primera vez reconocía el valor inconmensurable de la fe religiosa. Si tu vida ha sido destruida y deseas sin embargo seguir viviendo, es casi natural que te abandones a la fe. Criticar ese acto de superstición o ponerlo en duda es tan cruel como quitarle la tabla flotante al niño de la piscina que no sabe nadar. Y por primera vez fue consciente de que los que de verdad la pasan mal son otros y están muy lejos. A lo largo de años reunió información sobre el horror en los conflictos armados, sobre todo los del áfrica negra porque Bola era negro. Se asombró al conocer que el conflicto armado más mortífero desde la segunda guerra mundial era el de la república democrática del Congo de principios de siglo, con cerca de cuatro millones de muertos. A medida que leía retrocedía en el tiempo y pronto le pareció evidente la sombra que representaba el reciente pasado colonial en esos países. No era coincidencia que los conflictos armados africanos de hoy sean como los latinoamericanos del siglo XIX, y acaso era posible enderezar el destino cruel para que el siglo XXI africano sea en conjunto menos trágico que el XX latino.

Cuando yo llegué a la secta Bola era uno de los tres jefes, junto a Ana y Juan Lema. Bola había llegado con un estudiado plan para intervenir en el África negra, y la secta lo admiraba con los ojos iluminados de los que encuentran un camino que vale la pena recorrer.

24/9/20

El producto del amor universal

Por Mo Di
La tarea del hombre benevolente consiste en procurar beneficios al mundo y eliminar calamidades. ¿Cuáles son las mayores calamidades del mundo? Los ataques a los estados pequeños por parte de los grandes, la perturbación de las pequeñas familias por las grandes, la opresión de los débiles por los fuertes, el abuso de las minorías por las mayorías, el engaño de los ingenuos por los espabilados, el desprecio de los humildes por los ensalzados [...]. La causa de estas calamidades no es el amor universal, sino la discriminación. Todo el que critica algo debe proponer una alternativa. Por eso yo digo: sustituyamos la discriminación por el amor universal [...]. Cuando cada uno respete los países ajenos como el propio, ¿quién atacará los otros países? Nadie [...]. Cuando cada uno considere las otras casas como la propia, ¿quién robará las otras casas? Nadie [...]. Ahora bien, si los estados no se atacan y las ciudades no se asedian y los clanes no se perjudican y las casas no se roban, ¿es esto una calamidad o un beneficio para el mundo? Evidentemente es un beneficio [...]. Este gran beneficio es el producto del amor universal.
Fuente: La cita procede de Mosterín, J. (2007), China, Alianza Editorial, Madrid.

17/9/20

¡El oso!

Por Bertrand Russell
Mi abuela tenía un rostro muy expresivo y, a despecho de su experiencia del mundo, jamás aprendió el arte de disimular sus emociones. Observé que cualquier alusión a la demencia provocaba en ella un espasmo de angustia. Especulé mucho en cuanto a ello. Sólo muchos años después descubrí que tenía un hijo en un manicomio. Estaba en un regimiento distinguido y, al cabo de unos años de estar allí, se volvió loco. La historia que me han contado, aunque no puedo responder de su absoluta exactitud, es que sus compañeros de armas le mortificaban porque era casto. En el regimiento tenían un oso como mascota, y un día, para divertirse, le azuzaron el oso. Huyó despavorido, perdió la memoria y, después de hallarlo deambulando por el campo, lo llevaron a la enfermería de un asilo, ya que se desconocía su identidad. En medio de la noche, saltó de la cama gritando: «¡El oso!... ¡El oso!...», y estranguló a un vagabundo que estaba en la cama contigua. Jamás recuperó la memoria, pero vivió más de ochenta años.
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

10/9/20

Vos

Por Julio Cortázar
Imposible saber en qué momento todo dejó de ser difícil, juego de preguntas y respuestas, Aníbal había tendido la mano sobre el mantel y la mano de Sara no rehuyó su peso, la dejó estar mientras él agachaba la cabeza porque no podía mirarla en la cara, mientras le hablaba a borbotones del patio, de Doro, le contaba las noches en su cuarto, el termómetro, el llanto contra la almohada. Se lo decía con una voz lisa y monótona, amontonando momentos y episodios pero todo era lo mismo, me enamoré tanto de vos, me enamoré tanto y no te lo podía decir, vos venías de noche y me cuidabas, vos eras la mamá joven que yo no tenía, vos me tomabas la temperatura y me acariciabas para que me durmiera, vos nos dabas el café con leche en el patio, te acordás, vos nos retabas cuando hacíamos pavadas, yo hubiera querido que me hablaras solamente a mí de tantas cosas pero vos me mirabas desde tan arriba, me sonreías desde tan lejos, había un inmenso vidrio entre los dos y vos no podías hacer nada para romperlo, por eso de noche yo te llamaba y vos venías a cuidarme, a estar conmigo, a quererme como yo te quería, acariciándome la cabeza, haciéndome lo que le hacías a Doro, todo lo que siempre le habías hecho a Doro, pero yo no era Doro y solamente una vez, Sara, solamente una vez y fue horrible y no me olvidaré nunca porque hubiera querido morirme y no pude o no supe, claro que no quería morirme pero eso era el amor, querer morirme porque vos me habías mirado todo entero como a un chico, habías entrado en el baño y me habías mirado a mí que te quería, y me habías mirado como siempre lo habías mirado a Doro, vos ya de novia, vos que ibas a casarte y yo ahí mientras me dabas el jabón y me mandabas que me lavara hasta las orejas, me mirabas desnudo como a un chico que era y no te importaba nada de mí, ni siquiera me veías porque solamente veías a un chico y te ibas como si nunca me hubieras visto, como si yo no estuviera ahí sin saber cómo ponerme mientras me estabas mirando.
Fuente: Cortázar, J. (1982), Cuentos completos/3, Santillana, México, D.F.

3/9/20

No hay nada sagrado

Por Jesús Mosterín
La pregunta «¿está permitido o no, es bueno o malo en sí mismo?» es una pregunta moralista. La pregunta racional es: «en función de los fines perseguidos, ¿es adecuado o no?, ¿es oportuno o no?». Consideremos el ejemplo del aborto. Los fundamentalistas cristianos e islámicos consideran que el aborto es malo en absoluto, que es un crimen, que no está permitido abortar, que la madre no tiene derecho a abortar. Los exponentes del movimiento de liberación de la mujer consideran que el aborto es un derecho natural y fundamental de la mujer, que nunca se puede negar a las mujeres la posibilidad de decidir por sí mismas si quieren tener infantes o no. Frente a estas posiciones contrapuestas, ¿qué podríamos decir del aborto desde el punto de vista racional? Desde luego, en las circunstancias actuales, son las feministas las que tienen razón y lo racional consiste en apoyar el derecho de cada mujer a decidir si quiere parir o abortar. Pero no es imposible imaginar circunstancias diferentes, en las que lo racional sería otra cosa.
El tipo de propuesta que racionalmente aceptemos depende de los fines que persigamos y de las circunstancias del mundo en que vivamos. Así, en una época en que la población y la natalidad hubieran disminuido hasta extremos peligrosos para la supervivencia de la humanidad, los agentes racionales que asumiesen como uno de sus fines últimos la continuidad del género humano tratarían de fomentar por todos los medios la natalidad y podrían proponer racionalmente la prohibición del aborto, a fin de que todos los embarazos llegasen a término y, de buena o mala gana, las mujeres diesen a luz el mayor número posible de infantes. Pero en una época como la nuestra, en que la explosión demográfica alcanza extremos alarmantes y agrava todo tipo de problemas graves, desde la pobreza extrema hasta el cambio climático, muchos consideran que uno de los fines más acuciantes de la hora presente consiste en frenar el crecimiento demográfico. En esta situación, lo racional consiste en tratar de que se liberalice y permita el aborto en todo el mundo, pues de esta manera se contribuirá a que no nazcan tantos infantes no deseados y, por tanto, a que se frene el catastrófico crecimiento demográfico al que actualmente asistimos en las zonas menos desarrolladas, además de contribuir a la libertad y autonomía de las mujeres, que es también un fin muy importante en sí mismo. En la China actual, el aborto no solo está permitido, sino que es obligatorio a partir del segundo hijo. Esta medida extrema, lamentable desde el punto de vista de la libertad individual, ha contribuido eficazmente a frenar la explosión demográfica en China y ha hecho posible el espectacular crecimiento económico del país. En las calles de China ya no se ven niños famélicos, como antes; ahora los niños están mimados y bien alimentados, pues todos los recursos familiares se concentran en el cuidado del hijo único. Muchos chinos (y no chinos) consideran racional la política demográfica del gobierno, aunque tiene aspectos indeseables y en algún momento tendrá que ser revisada. En cualquier caso, la decisión racional de adherirse a cualquiera de las propuestas en torno al aborto debería tener en cuenta los diversos fines que persigamos, tanto los relativos a la demografía y el destino del planeta como los referentes a la libertad individual y la autonomía de las mujeres, así como a la salud y el bienestar de los infantes, a la organización social y a otros factores.
El punto a señalar y retener es este: desde el punto de vista racional, nada está absolutamente permitido o prohibido, ni por Dios ni por el diablo, ni por la naturaleza ni por la historia. Lo único que no se puede hacer es lo que es físicamente imposible. Esto no significa que todo dé igual –lo cual sería caer en la frivolidad práctica–, sino que todo depende de las metas que en un momento dado persigamos y de la información sobre el mundo de la que dispongamos.
Lo que hemos dicho sobre al aborto podríamos repetirlo sobre las prácticas sexuales y las relaciones de propiedad, sobre la educación y la experimentación con animales, sobre las fronteras y la democracia, sobre la pena de muerte y el pago de impuestos. No hay nada sagrado, no hay nada indiscutible. Desde un punto de vista racional todo puede, y todo debe, ser puesto en cuestión. Ningún dios ni ninguna historia nos han librado del trabajo de pensar y de elaborar por nosotros mismos las propuestas y los programas conforme a los que vivir.
Fuente: Mosterín, J. (1978), Lo mejor posible, Alianza Editorial, Madrid.

27/8/20

Pseudociencia y superstición

Por Carl Sagan
Ofrecimientos típicos de la pseudociencia y la superstición –se trata de una lista meramente representativa, no completa– son la astrología; el triángulo de las Bermudas; Big Foot y el monstruo del Lago Ness; los fantasmas; el «mal de ojo»; las «auras» como halos multicolores que según dicen rodean la cabeza de todos (con colores personalizados); la percepción extrasensorial (PES) como telepatía, predicción, telequinesis y «visión remota» de lugares distantes; la creencia de que el trece es un número «desafortunado» (razón por la que muchos edificios de oficinas serios y hoteles de América pasan directamente del piso doce al catorce... ¿por qué arriesgarse?); las estatuas que sangran; la convicción de que llevar encima una pata de conejo da buena suerte; las varitas adivinas, los zahoríes y los hechizos de agua; la «comunicación facilitada» en el autismo; la creencia de que las cuchillas de afeitar se mantienen más afiladas si se guardan dentro de pirámides de cartón y otros principios de «piramidología»; las llamadas telefónicas (ninguna de ellas a cobro revertido) de los muertos; las profecías de Nostradamus; el supuesto descubrimiento de que los platelmintos no amaestrados pueden aprender una tarea comiendo los restos triturados de otros platelmintos más adiestrados; la idea de que se cometen más crímenes cuando hay luna llena; la quiromancia, la numerología; la poligrafía; los cometas, las hojas de té y los nacimientos «monstruosos» como anuncio de futuros acontecimientos (más las adivinaciones de moda en épocas anteriores, que se conseguían mirando entrañas, humo, la forma de las llamas, sombras, excrementos, escuchando el ruido de los estómagos e incluso, durante un breve período, examinando tablas de logaritmos); la «fotografía» de hechos pasados, como la crucifixión de Jesús; un elefante ruso que habla perfectamente; «sensitivos» que leen libros con la yema de los dedos cuando se les cubre los ojos sin rigor; Edgar Cayce (que predijo que en la década de los sesenta se elevaría el continente «perdido» de la Atlántida) y otros «profetas», dormidos y despiertos; charlatanería sobre dietas; experiencias fuera del cuerpo (es decir, al borde de la muerte) interpretadas como acontecimientos reales en el mundo externo; el fraude de los curanderos, las tablas de Ouija, la vida emocional de los geranios revelada por el uso intrépido de un «detector de mentiras»; el agua que recuerda qué moléculas solían disolverse en ella; describir la personalidad a partir de características faciales o bultos en la cabeza; la confusión del «mono número cien» y otras afirmaciones de que lo que una pequeña fracción de nosotros quiere que sea cierto lo es realmente; seres humanos que arden espontáneamente y quedan chamuscados; biorritmos de tres ciclos; máquinas de movimiento perpetuo que prometen suministros ilimitados de energía (todas ellas, por una u otra razón, vedadas al examen minucioso de los escépticos); las predicciones sistemáticamente fallidas de Jeane Dixon (que «predijo» una invasión soviética de Irán en 1953, y que en 1965 la Unión Soviética se adelantaría a Estados Unidos en colocar al primer humano en la Luna) y otros «psíquicos» profesionales; la predicción de los Testigos de Jehová de que el mundo terminaría en 1917 y muchas profecías similares; la dianética y la cienciología, Carlos Castaneda y la «brujería»; las afirmaciones de haber encontrado los restos del Arca de Noé; el «horror de Amityville» y otras obsesiones; y relatos de un pequeño brontosaurio que atraviesa la jungla de la República del Congo en nuestra época.
Fuente: Sagan, C. (1995), El mundo y sus demonios, Planeta, Bogotá.

20/8/20

La chuchucracia

Por Jesús Mosterín
Hay muchos campos de actividad en los que la decisión de la mitad más uno es con frecuencia una decisión desacertada, en el sentido de que no conduce a maximizar el buen funcionamiento del sistema ni, en definitiva, la felicidad de los ciudadanos. En algunos países, el Banco Central dirige la política monetaria con independencia del Parlamento y conforme a criterios técnicos e incluso tecnocráticos, lo que redunda en la estabilidad de la moneda y el crecimiento estable de la economía, mientras que en otros el Parlamento (emanación democrática del pueblo) toma las decisiones correspondientes, sometido a todo tipo de presiones y demagogias, con lo que la moneda experimenta un deterioro constante y la consiguiente inflación repercute negativamente en el nivel de vida de la población. Por eso desde hace varias décadas la mayoría de los países han ido traspasando la administración monetaria a bancos centrales formados por técnicos no elegidos (como la Reserva Federal de Estados Unidos o el Banco Central Europeo). En algunos sitios los pescadores pescan lo que quieren, hasta acabar esquilmando los caladeros, destruyendo las especies y arruinándose a sí mismos. En otros, están obligados a seguir las directrices y limitaciones que les indican los biólogos y ecólogos marinos, y les va mejor. Yo no creo en la democracia como en la Virgen del Pilar, ni como exigencia de la razón pura. Solo soy demócrata porque, como decía Churchill, las alternativas hasta ahora ofrecidas son obviamente peores. El día que compruebe que la chuchucracia contribuye más que la democracia a la felicidad y a la obtención de los fines (interesados y desinteresados) que yo persigo, me haré chuchúcrata, al menos en la medida en que me comporte racionalmente. Por eso, democracia, tecnocracia e individualismo libertario son alternativas a sopesar y a combinar entre sí para obtener la ensalada que nos haga más creativos y felices, que es de lo que se trata.
Fuente: Mosterín, J. (1978), Lo mejor posible, Alianza Editorial, Madrid.

13/8/20

Russell versus Lawrence

Por Bertrand Russell
Los dos imaginábamos que había algo importante que decir respecto a la reforma de las relaciones humanas, aunque al principio no nos dimos cuenta de que teníamos puntos de vista radicalmente opuestos sobre el tipo de reforma necesaria. Mi amistad con Lawrence fue breve e intensa, y duró en total alrededor de un año. Nos conocimos por mediación de Ottoline, quien nos admiraba a ambos y nos hizo creer que debíamos admirarnos el uno al otro. El pacifismo había provocado en mí un estado de ánimo de amarga rebeldía, y encontré a Lawrence igualmente pleno de rebeldía. Esto nos hizo creer, al principio, que estábamos de acuerdo en muchos aspectos, y sólo con el tiempo fuimos descubriendo que nuestras diferencias eran aún mayores que las que ambos teníamos con el káiser.
Imagen tomada de https://bit.ly/2SVwONE
En aquel tiempo Lawrence tenía dos posturas frente a la guerra: por una parte, no podía sentirse patriota de corazón puesto que su mujer era alamana; por otra, odiaba de tal manera a la humanidad que se inclinaba a pensar que los dos bandos tenían razón en la medida en que se odiaran mutuamente. Cuando llegué a conocer sus posturas comprendí que no podía simpatizar con ninguna de las dos. Sin embargo, la toma de conciencia de nuestras diferencias fue un proceso gradual por ambos lados, por lo que al principio todo fue alegría y campanas a vuelo. Lo invité a Cambridge y le presenté a Keynes y a otra serie de personas. Él los odió a todos sin excepción, apasionadamente, y declaró que estaban todos «muertos, muertos, muertos». Durante un tiempo pensé que tal vez estuviese en lo cierto. Me gustaba la fogosidad de Lawrence, me gustaba la energía y la pasión de sus sentimientos, me gustaba su creencia de que se necesitaba cambiar algo muy básico para arreglar el mundo. Estaba de acuerdo con él en que la política no podía estar divorciada de la psicología individual. Pensaba que era un hombre con un cierto genio imaginativo, y, al principio, cuando me sentía en desacuerdo con él, pensaba que quizás su percepción de la naturaleza humana fuese más profunda que la mía. Sólo paulatinamente comencé a considerarlo verdadera fuerza maligna, y él llegó a tener la misma impresión de mí.
En esa época yo preparaba una serie de conferencias que más tarde su publicaron bajo el título de Principios de la reconstrucción social. Como él también quería dar conferencias, por un tiempo pareció posible que pudiésemos mantener algún tipo de colaboración mutua, sin compromisos. De las muchas cartas que intercambiamos, las mías se han perdido, pero las suyas han sido publicadas. En éstas se puede detectar cómo él va tomando conciencia, gradualmente, de nuestras diferencias fundamentales. En tanto que yo creía firmemente en la democracia, él había desarrollado toda una filosofía fascista antes de que los políticos pensaran en ello. «No creo –escribía– en el control democrático. Pienso que los trabajadores sólo están preparados para elegir jefes o supervisores de su entorno más inmediato, pero no más. Hay que transformar profundamente el electorado. Como máximo los trabajadores elegirán a sus superiores en las cuestiones que los afectan directamente. A las otras clases sociales, a medida que se asciende, corresponderá elegir a los gobernantes de mayor rango. Todo debe culminar en una verdadera cabeza, como corresponde a una entidad orgánica, no una estúpida república con estúpidos presidentes sino un rey electo, algo así como Julio César.»
En su imaginación, naturalmente, cuando la dictadura se implantara él sería Julio César. Ello formaba parte de la calidad soñadora de su pensamiento. Nunca se permitió a sí mismo chocar con la realidad. Se ponía a dar largas peroratas sobre cómo debería proclamarse «la verdad» a la multitud, sin dudar un instante de que la multitud lo escucharía. Le pregunté qué método elegiría, ¿acaso volcaría su filosofía política en un libro? No, en nuestra corrupta sociedad la palabra escrita es siempre una mentira. ¿Iría a Hyde Park a proclamar «la verdad» subido a un cajón de frutas? No, eso sería demasiado peligroso (extraños arrebatos de prudencia le sobrevenían de tanto en tanto). Bien, le decía yo, ¿cómo lo harías? En ese punto cambiaba el tema de conversación.
Poco a poco fui descubriendo que él no tenía verdaderos deseos de mejorar las cosas sino, únicamente, recrearse en un elocuente soliloquio sobre lo mal que estaba el mundo. Si alguien escuchaba sus soliloquios, mejor que mejor, pero éstos tenían el objetivo máximo de crear una pequeña banda de discípulos que pudieran arrellanarse en el desierto de Nuevo México y sentirse santos. Todo esto me era dirigido en un lenguaje de dictador fascista diciéndome lo que yo debía predicar, con diecisiete subrayados bajo la palabra «debía».
Sus cartas se volvieron cada vez más agresivas. Me escribió: «Finalmente, ¿de qué sirve vivir como tú vives? No creo que tus conferencias sean buenas. Ya casi han terminado, ¿no es cierto? ¿De qué sirve permanecer en el barco condenado, arengando a los mercaderes peregrinos en su propio lenguaje? ¿Por qué no saltas por la borda? ¿Por qué no abandonas el escenario por entero? En estos tiempo uno deber ser un proscrito, no un maestro o un predicador». A mí todo esto me parecía mera retórica. Yo me estaba poniendo fuera de la ley más de lo que él jamás había estado, y no alcanzaba a comprender por qué razón se quejaba de mí. Expresaba su queja de diferentes maneras en diferentes momentos. En otra ocasión escribió: «Deja de trabajar y de escribir, totalmente, y transfórmate en una criatura en vez de ser un instrumento mecánico. Abandona la nave de la sociedad. Por tu mismo orgullo, conviértete en una mera nada, en un topo, en una criatura que avanza palpando su camino, que no piensa. Por amor al cielo, sé un niño y nunca más un sabio. No hagas nada más, pero por amor al cielo empieza a ser. Empieza absolutamente desde el principio, como un bebé: en nombre del coraje.
»Ah, y quiero pedirte que, cuando hagas tu testamento, me dejes lo suficiente como para poder vivir. Quiero que vivas eternamente, pero quiero que de alguna forma me hagas tu heredero».
El único problema que presentaba su programa era que si me ceñía a él no tendría nada que dejarle.
Lawrence tenía unas ideas místicas sobre la «sangre» que me desagradaban. «Existe –decía– otra fuente de conciencia además del cerebro y del sistema nervioso. Hay en nosotros una "conciencia en la sangre", independiente de la conciencia mental común. Se vive, se conoce y se tiene el ser en la sangre, sin referencia alguna a los nervios y al cerebro. Es ésta una mitad de la vida que pertenece a las tinieblas. Cuando tomo a una mujer, el precepto de la sangre reina supremo. Mi conocimiento a través de la sangre es arrasador. Debemos darnos cuenta de que tenemos un ser-sangre, una conciencia-sangre, un alma-sangre completa, aparte de la conciencia mental y nerviosa.» Francamente, todo esto me parecía una tontería y lo rechazaba con vehemencia, pese a que entonces no sabía que conducía directamente a Auschwitz.
Siempre se ponía hecho una furia cuando uno sugería que alguien pudiera tener sentimientos amistosos hacia otra persona, y cuando yo me oponía a la guerra por el sufrimiento que causa, él me acusaba de hipócrita. «Es absolutamente falso que tú, en tu fuero interno, quieras la paz total. Estás satisfaciendo de modo indirecto y falso tu deseo de atacar y golpear. Deberías hacerlo de forma directa y honrosa, diciendo "os odio a todos, mentirosos y canallas, y estoy aquí para atacaros", o seguir dedicándote a las matemáticas, donde puedes ser auténtico; pero presentarte como el ángel de la paz... no, para ese papel prefiero mil veces a Tirpitz [ministro de Marina alemán en 1914].»
Ahora me resulta difícil comprender el efecto devastador que esta carta tuvo en mí. Me inclinaba a creer que Lawrence poseía cierta percepción de la que yo carecía, y cuando me dijo que mi pacifismo tenía sus raíces en el deseo-sangre, pensé que estaba en lo cierto. Durante veinticuatro horas creí que no estaba preparado para la vida y consideré el suicidio. Pero al cabo de ese tiempo comencé a experimentar una reacción más sana y decidí acabar de una vez con toda esa morbosidad. Cuando me dijo que yo debía predicar su doctrina, en vez de la mía, me rebelé y le dije que él ya no era un maestro de escuela y que yo no era su alumno. Él me había escrito «colmado por el deseo de enemistas, eres el enemigo de toda la humanidad. No es el odio a la falsedad lo que te inspira, sino el odio a las personas de carne y hueso, es la perversión mental del deseo-sangre. ¿Por qué no te haces cargo de él? Seamos otra vez extraños. Creo que es lo mejor». Yo también pensaba lo mismo, pero él encontraba placer en acusarme y continuó, durante algunos meses, escribiéndome cartas con la suficiente dosis de amistad para mantener viva la correspondencia. Al final, ésta se desvaneció sin ninguna ruptura dramática.
Lawrence, aunque la mayoría de la gente no se percatara, era el corifeo de su mujer. Él poseía la elocuencia y ella las ideas. Ella solía pasar parte de cada verano en una colonia de freudianos austríacos, en una época en que el psicoanálisis era muy poco conocido en Inglaterra. De alguna forma se imbuyó prematuramente de las ideas que más tarde desarrollaron Mussolini y Hitler, ideas que ella transmitió a Lawrence por conciencia-sangre, si se me permite. Lawrence era un hombre básicamente tímido que intentaba ocultar su timidez con su fanfarronería. Su mujer no era tímida, y sus denuncias tenían más de estruendosas que de jactanciosas. Bajo su ala protectora, él se sentía relativamente seguro. Igual que Marx, Lawrence sentía el orgullo esnob de haberse casado con una aristócrata alemana, y en El amante de lady Chatterley la engalanó maravillosamente. Bajo la máscara de un rudo realismo, su pensamiento es totalmente ilusorio. Su fuerza descriptiva es notable, pero más vale echar en olvido sus ideas.
Lo que en un principio me atrajo de Lawrence fue cierta cualidad dinámica, y su hábito de desafiar las suposiciones que uno tiende a pasar por verdaderas. Yo ya estaba acostumbrado a que me acusaran de ser esclavo de la razón, por lo que pensé que tal vez él me podría transmitir una vivificante dosis de sinrazón. Es verdad que recibí un cierto estímulo de su parte, y creo que el libro que escribí, a pesar de sus ataques y denuncias, resultó mejor por haberlo conocido.
Pero con esto no quiero decir que sus ideas tuviesen algo de valor. En retrospectiva, no creo que tuviesen mérito alguno, pues eran las ideas de un hombre sensible, aspirante a déspota, que se enfadaba con el mundo porque éste no le obedecía al instante. Cuando se daba cuenta de que existían otras personas, las odiaba, pero la mayor parte del tiempo vivía en un mundo solitario, creado con sus propias fantasías y habitado por fantasmas tan violentos como él los deseara. El excesivo énfasis que ponía en el sexo se debía al hecho de que sólo en el sexo se veía forzado a admitir que él no era el único ser humano del universo. Pero esto le resultaba tan doloroso que concebía las relaciones sexuales como una lucha perpetua en la cual cada uno intenta destruir al otro.
En el período de entreguerras, el mundo se sintió atraído por la locura, y el nazismo fue la máxima expresión de este fenómeno. Lawrence era un exponente adecuado de este culto a la insania. No estoy muy seguro de que la fría e inhumana cordura del Kremlin de Stalin fuese algo mejor.
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

6/8/20

Nikolai Vavilov

Por Jesús Mosterín
Imagen tomada de https://bit.ly/38nVP8X
La colectivización forzosa de la agricultura rusa por Stalin en los años treinta causó cientos de miles de muertos por las purgas y deportaciones y millones de muertos por las hambrunas subsiguientes. En aquel clima de histeria y fracasos, Lysenko prometió multiplicar la producción agrícola aplicando técnicas revolucionarias y proletarias como la «vernalización», incompatibles con la biología académica reaccionaria y convencional. Se declaró discípulo de Ivan Michurin (1855-1935), que ya había atraído la atención de Lenin con una propuesta lamarckista de cambiar el genotipo de las plantas modificando su entorno. Lysenko contrapuso el michurismo, que sería ruso, materialista y proletario, con lo que él llamaba el mendelismo-weismanismo-morganismo, que sería extranjero, idealista y reaccionario. En esta última categoría caerían todos los genéticos rusos, incluido Nikolai Vavilov (1887-1943), el más creativo, riguroso y original; desde luego, todos ellos consideraban que Lysenko era un ignorante y un estafador. Morgan fue atacado porque «amaba a las moscas y odiaba a los hombres», debido a sus experimentos con moscas. La no heredabilidad de los caracteres adquiridos fue rechazada por antiproletaria y aristocrática. Desde 1935, Stalin confió a Lysenko la dirección de la agricultura soviética y también de la biología. Las «nocivas» ideas mendelianas fueron prohibidas y censuradas. Se ordenó el cierre de los laboratorios, la incineración de las moscas y la quema de todos los libros de genética. Los profesores e investigadores de genética fueron encarcelados y muchos maltratados hasta la muerte. Vavilov fue encerrado en una celda subterránea húmeda, fría y sin luz; no se le permitía moverse ni salir al patio y fue dejado prácticamente sin comida ni medicinas hasta que murió en 1943. En contraste con lo ocurrido con la física o la matemática, que mantuvieron un alto nivel, la biología rusa quedó completamente destrozada y arruinada; todavía hoy, más de setenta años después, no se ha recuperado del golpe entonces recibido.
Fuente: Mosterín, J. (2013), El reino de los animales, Alianza Editorial, Madrid.

30/7/20

Un buen cuento

Un buen cuento parece ser el resultado de juntar un estilo vigoroso, una anécdota interesante e ingenio al relatar. El interés que provoque la anécdota es el elemento más subjetivo del buen cuento, porque cada lector tiene sus temas predilectos. A mí me gustan sobre todo los retratos del dolor y el deseo humanos. El estilo vigoroso en realidad no parece indispensable, como muestran los casos de Chéjov y Mansfield, pero debo decir que los cuentistas que trabajan mucho su estilo, como Borges, Cortázar o Rulfo, me parecen los más virtuosos. Mi favorito es Cortázar. En su «Casa tomada» el estilo es sobrio y claro. La anécdota es fantástica: una extraña presencia en la parte posterior de una casa habitada por una pareja de hermanos, los expulsa por la puerta delantera. El ingenio lo encuentro en la resignación con que los hermanos aceptan su destino, y en la minuciosa descripción de los ambientes hasta el punto que el lector podría trazar el plano de la casa tomada. En «La señorita Cora» el estilo de Cortázar es claro y además exigente, porque todos los personajes narran en primera persona y la batuta paso de uno a otro sin aviso. La anécdota es la de un adolescente con apendicitis que se enamora de su bella enfermera. Ella tiene pareja y él está custodiado por sus padres. Ella le besa y él llora de rabia. El ingenio lo encuentro en la abrumadora tensión sexual que se crea entre esos amantes imposibles.

Un ejemplo de un cuento formidable sin un estilo vigoroso es «Casa de muñecas» de Mansfield. Lo protagonizan las dos hijas de la lavandera del pueblo, que asisten a la misma escuela que las niñas ricas porque es la única que hay. Aunque sus compañeras y hasta su profesora las aíslan y humillan, ellas se interesan por la casa de muñecas de la que se habla en el recreo. Es tan hermosa que todas quieren ir a verla. Es grande y muy completa. Hasta tiene una lámpara que se enciende de verdad. Las niñas pobres, por supuesto, no están invitadas a la casa de la niña dueña del juguete, pero se arriesgan a ir y aprovechan una puerta descuidada para entrar al patio que alberga la casa de muñecas y observar… hasta que un adulto las descubre y las expulsa a escobazos. El ingenio de Mansfield lo encuentro en el suspenso con que arrastra al lector hasta el asombroso final. La hermana más pequeña, que siempre va a la cola de la otra y nunca habla, luego de la expulsión habla por fin y entre lágrimas le confiesa a su hermana que vio la lámpara encendida.


23/7/20

La muerte de la palabra

Por José Saramago
Atravesaron una plaza donde había grupos de ciegos que se entretenían oyendo los discursos de otros ciegos, a primera vista ni unos ni otros parecían ciegos, los que hablaban giraban la cara gesticulante hacia los que oían, los que oían dirigían la cara atenta a los que hablaban. Se proclamaban allí los principios de los grandes sistemas organizados, la propiedad privada, el librecambio, el mercado, la bolsa, las tasas fiscales, los réditos, la apropiación, la desapropiación, la producción, la distribución, el consumo, el abastecimiento y desabastecimiento, la riqueza y la pobreza, la comunicación, la represión y la delincuencia, las loterías, las instituciones carcelarias, el código penal, el código civil, el régimen de carreteras, el diccionario, el listín de teléfonos, las redes de prostitución, las fábricas de material de guerra, las fuerzas armadas, los cementerios, la policía, el contrabando, las drogas, los tráficos ilícitos permitidos, la investigación farmacéutica, el juego, el precio de los tratamientos médicos y de los servicios funerarios, la justicia, los créditos, los partidos políticos, las elecciones, los parlamentos, los gobiernos, el pensamiento convexo, el cóncavo, el plano, el vertical, el inclinado, el concentrado, el disperso, el huido, la ablación de las cuerdas vocales, la muerte de la palabra. Aquí se habla de organización, dijo la mujer del médico al marido, Ya me he dado cuenta, respondió él, y se calló.
Fuente: Saramago, J. (1995), Ensayo sobre la ceguera, Alfaguara, Buenos Aires.

16/7/20

La envidia en nuestra época

Por Bertrand Russell
La envidia, por supuesto, está muy relacionada con la competencia. No envidiamos la buena suerte que consideramos totalmente fuera de nuestro alcance. En las épocas en que la jerarquía social es fija, las clases bajas no envidian a las clases altas, ya que se cree que la división en pobres y ricos ha sido ordenada por Dios. Los mendigos no envidian a los millonarios, aunque desde luego envidiarán a otros mendigos con más suerte que ellos. La inestabilidad de la posición social en el mundo moderno y la doctrina igualitaria de la democracia y el socialismo han ampliado enormemente la esfera de la envidia. Por el momento, esto es malo, pero se trata de un mal que es preciso soportar para llegar a un sistema social más justo. En cuanto se piensa racionalmente en las desigualdades, se comprueba que son injustas a menos que se basen en algún mérito superior. Y en cuanto se ve que son injustas, la envidia resultante no tiene otro remedio que la eliminación de la injusticia. Por eso en nuestra época la envidia desempeña un papel tan importante. Los pobres envidian a los ricos, las naciones pobres envidian a las ricas, las mujeres envidian a los hombres, las mujeres virtuosas envidian a las que, sin serlo, quedan sin castigo. Aunque es cierto que la envidia es la principal fuerza motriz que conduce a la justicia entre las diferentes clases, naciones y sexos, también es cierto que la clase de justicia que se puede esperar como consecuencia de la envidia será, probablemente, del peor tipo posible, consistente más bien en reducir los placeres de los afortunados y no en aumentar los de los desfavorecidos. Las pasiones que hacen estragos en la vida privada también hacen estragos en la vida pública. No hay que suponer que algo tan malo como la envidia pueda producir buenos resultados. Así pues, los que por razones idealistas desean cambios profundos en nuestro sistema social y un gran aumento de la justicia social, deben confiar en que sean otras fuerzas distintas de la envidia las que provoquen los cambios.
Fuente: Russell, B. (1930), La conquista de la felicidad, Random House, Barcelona.

9/7/20

La gente es racional

Por Noam Chomsky
La razón de que la industria de la publicidad gaste cientos de millones de dólares anuales para crear la clase de individuo que se centra en satisfacer deseos artificiales, impuestos desde el exterior, y que es un consumidor desinformado que toma decisiones irracionales, la razón de que inviertan tanto dinero es porque creen que la gente es racional. De lo contrario, no se molestarían. Pretenden convertir a las personas en criaturas irracionales, y se esfuerzan sobremanera en conseguirlo. Creo que tienen razón, que no están desperdiciando el dinero. Si la industria de la publicidad no actuase, la gente tomaría decisiones racionales que consistirían, fundamentalmente, en desmantelar la autoridad ilegítima y las instituciones jerárquicas.
Fuente: Chomsky, N. (2017), Réquiem por el sueño americano, Sexto Piso, Madrid.

2/7/20

Sobre la religión

En mi barrio del norte de Quito nunca he visto tanta gente en las calles como el día que el papa Francisco ofició una misa en el parque que lo circunda. Cuando terminó la ceremonia, ríos de personas regresaron a sus casas caminando, y yo veía a algunas, a muchas, desde la ventana de mi casa. ¿Por qué hay tanta gente religiosa? ¿Por qué los pobres o, en general, la gente con serios problemas, suele ser más religiosa? La gente es religiosa simplemente porque crece en un ambiente religioso. Lo que se aprende en los años de formación de la cabeza no se va, y son pocas las personas que ponen en duda las tradiciones heredadas. Además, la intensidad de la fe aumenta cuando las vicisitudes de la vida aumentan. La vida es dura y la de los más pobres o marginados es especialmente dura.

Desde el punto de vista del bienestar social, la implantación de ideas religiosas en los niños tiene efectos perniciosos difíciles de remediar. Los creyentes poco religiosos no dejan de oponerse a reformas urgentes como la despenalización del aborto y la eutanasia. Y los perjuicios que causa la fe fervorosa son evidentes, desde la intención de los grupos evangélicos estadounidenses de prohibir la enseñanza de la evolución en las escuelas, hasta la violencia atroz del terrorismo islámico y de los estados teocráticos árabes.

No hace falta acabar con la fe para mejorar el mundo, pero reducir su intensidad podría mejorar el mundo abrumadoramente. ¿Cómo reducir la intensidad de la fe de los creyentes? En el caso del mundo islámico no parece haber otro remedio que anhelar una época de ilustración y desarrollo, similar a la que tuvo lugar en Turquía con las reformas emprendidas por Kemal Atatürk. En occidente la fe perdería terreno si nos empeñáramos en combatir males milenarios como la pobreza, la falta de oportunidades, la xenofobia, el racismo, el machismo… fuentes inagotables de envidia, resentimiento y dolor. Acaso no solo lograríamos atajar esos problemas, sino también generalizar la buena costumbre de tomar decisiones evaluando los hechos racionalmente y la de abandonar las convicciones que no están basadas en evidencias.


25/6/20

Benito y yo

Por Jesús Mosterín
Los guacamayos azules son los psitácidos de mayor tamaño: de 70 cm a 1 m de longitud y más de 130 cm de envergadura. Son animales magníficos, de colores llamativos, inteligentes y de fácil comunicación. Aunque legalmente protegidos en Brasil y Bolivia, están en peligro de extinción. Los indios los capturan furtivamente para vender ejemplares vivos (y con frecuencia pronto muertos) a los traficantes de animales exóticos y también para hacer con sus plumas gorros que venden a los turistas. A esto se une la reducción de su hábitat por talas e incendios provocados para roturar la selva. Benito es un guacamayo azul (Anodorhynchus hyacinthinus) grande e inteligente que desde hace tiempo reside en el Aviario Nacional de Pittsburgh (Pennsylvania), solo en una jaula y con ganas de contactos sociales. Yo estuve todo el curso 1996-1997 en Pittsburgh como fellow del Center for Philosophy of Science. Durante mi estancia visité varias veces a Benito en su aviario y entablé una relación de amistad con él. Cada vez que lo visitaba, se alegraba y trataba de llamar mi atención y de impresionarme con sus proezas acrobáticas, lo que indudablemente conseguía. No quería que me fuese. La última vez que lo vi, me daba y agarraba la mano y solo la soltaba para realizar ante mis ojos acrobacias como colgarse del techo de la jaula por el pico. Obviamente tenía una vida psíquica intensa. Me despedí de él con un nudo en la garganta.
Fuente: Mosterín, J. (2013), El reino de los animales, Alianza Editorial, Madrid.