26/5/08

Así era él

Por Ramiro Díez
El tipo era un negro grande, de un metro noventa, calvo, musculoso, que acompañó al Che Guevara en la Revolución Cubana.
Era de los pocos, o quizás el único capaz de echarse al hombro una metralleta punto treinta y correr y trepar por el monte como un gato salvaje. Le decían El Capitán Descalzo porque nunca pudo aguantar botas o zapatos, o nada que se le pareciera.
“Así, con la pata pelada me crié en el monte y con la pata pelada viví la revolución”, nos contaba.
Una noche cerrada, sin nada de luna, y con las tropas de Batista pisándoles los talones porque apenas eran un grupo pequeño que se movía en las estribaciones de la Sierra Maestra, al Capitán Descalzo le tocó montar guardia.
No era una tarea fácil porque, para no dormirse después de un día de combates y caminatas, el vigilante debía tomar una granada, quitarle el pasador de seguridad, como si la fuera a lanzar en ese momento, pero lo que en verdad hacía era sostenerla apretada entre el pulgar y el índice para obligarse a estar despierto. Cuando se cansaba, con toda la cautela cambiaba la granada de mano, y así se mantenía con los ojos tan abiertos como un búho con insomnio.
Esa noche de octubre, cuando la mayoría ya dormía, el Capitán Descalzo, granada en mano, miraba al monte y atisbaba el palmichal aguzando los ojos y los oídos. Entonces vio sombras sospechosas. No hacían ruido, pero ahí venían, se movían. Algunas se arrastraban. Se estaban acercando. Era la tropa de Batista. Con el dedo índice de la mano izquierda en el gatillo de la metralleta punto treinta, se las arregló para lanzar contra las tropas enemigas la granada que tenía en la mano derecha. Y sin esperar a que la granada explotara, soltó la primera ráfaga, barriendo, sin misericordia, y siguió disparando sin cesar.
La noche se llenó de gritos y explosiones. Los guerrilleros todos se levantaron y en medio de la oscuridad dispararon hacia la misma dirección, para luego replegarse sin ninguna baja. Al día siguiente enviaron una patrulla de avanzada, realizaron un movimiento envolvente, reconocieron el terreno y descubrieron que había sido una falsa alarma.
“Si las tropas de Batista hubieran estado cerca, esto nos hubiera costado caro. Así que cinco días sin comer”, fue el castigo que un iracundo Ché Guevara le impuso al Capitán Descalzo.
Cuando le preguntamos a Lorenzo –así se llamaba el Capitán Descalzo-, cómo habría sobrevivido al castigo, nos contó el resto de la historia. “El cocinero me daba de comer a escondidas del Ché. Así me alimentaba. Y cuando a los cinco días nos llamó a todos, y nos habló de la disciplina y la moral revolucionaria, me preguntó si yo había comido alguna cosa durante los cinco días.
No me gusta engañar, pero en ese momento yo no podía hacer quedar mal al cocinero, así que le mentí al Ché y le dije que no, que todo esto tiempo lo había pasado chupando caña y comiendo alguna hierba que encontraba en el monte.
Entonces el Ché estalló en gritos contra el cocinero, y se puso en evidencia: “¡Te dije, grandísimo boludo, que le dieras comida a escondidas mías!”.
El cocinero volvió a mentir, para no hacerme quedar mal, y le dijo al Ché: “Le ofrecí comida, pero El Capitán Descalzo no quiso comer porque estaba castigado por usted, Comandante”.
Y concluyó la historia: “El Ché volvió a hablar de la moral revolucionaria pero no pudo terminar la frase porque se le empezó a quebrar la voz, le empezó a faltar el aire por el asma, se puso a llorar como un niño, y me pidió perdón”.
Y cuando me contó esto, el viejo combatiente, el Capitán Descalzo, se puso a llorar.
Y yo también.
Fuente: Díez, R. (2004), Páginas con Cierto Sentido, Impresores MYL, Quito.