4/5/08

Las características del orden mundial

Por Noam Chomsky

En pocas palabras, el nuevo orden mundial construido desde las ruinas de la segunda guerra mundial se atuvo estrictamente a las directrices churchillianas, rectificadas por las cruciales notas a pie de página. El mundo debe ser gobernado por las “naciones ricas”, que a su vez están gobernadas por los hombres ricos que viven en ellas, de acuerdo con la máxima de los padres fundadores de la democracia estadounidense: “la gente que posee el país debe gobernarlo” (John Jay). Como ya señaló Adam Smith, los padres fundadores siguieron “la infame máxima de los poderosos” y emplearon el poder del estado para asegurar que los intereses de los “principales artífices” de la política “serían debidamente atendidos” cualesquiera que fueren los efectos sobre los demás. Mientras tanto, sus validos disfrazaron la realidad social con el manto de la benevolencia y la armonía, trabajando para mantener en su lugar a “los advenedizos ignorantes y entrometidos”, que quedaron eliminados de la escena política, si bien se les garantizó que periódicamente podrían elegir a los representantes del partido de los negociantes, lo que en, cualquier caso, no implicaba un gran peligro de desviaciones dadas las constricciones que la concentración de poder privado impuso sobre la política; unas constricciones que cada vez cobraron mayor alcance internacional, mientras que el poder financiero (y su impacto de bajo crecimiento y bajos salarios) adquirió una importancia sin precedentes.

En la medida en que el proceso seguía su curso natural, tendió hacia la globalización de la economía, con las consecuencias derivadas de ello: la globalización del modelo de sociedad de los dos tercios propio del tercer mundo, alcanzando incluso el núcleo de las economías industriales, y “un gobierno mundial de facto” que representa los intereses de las transnacionales y las instituciones financieras que gestionan la economía internacional. Mientras tanto, el sistema mundial se convirtió en una forma de “mercantilismo empresarial”, con la centralización de la gestión y la planificación de las interacciones comerciales dentro del marco del internacionalismo liberal, hecho a la medida de las necesidades del poder y los beneficios, y subvencionado y apoyado por la autoridad estatal. Las “naciones pobres” y el tercer mundo interno, que los poderosos pueden desechar a voluntad, se ven obligados a seguir las doctrinas del neoliberalismo.

El final de la guerra fría, que restituyó gran parte de los dominios de la tiranía soviética a su tradicional status tercermundista, ofrece nuevas oportunidades de beneficio, así como mejores armas para la amarga guerra de clases unilateral que los poderosos libran sin descanso.

Estas siguen siendo, en esencia, las principales características del orden mundial.

Fuente: Chomsky, El nuevo orden mundial (y el viejo), Crítica, España, 1996.

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