13/5/08

La guerra

Por Eduardo Galeano

Héroes

Desde lejos, los presidentes y los generales mandan matar.

Ellos no pelearán más que en las reyertas conyugales.

No derramarán más sangre que la de algún tajito al afeitarse.

No respirarán más gases venenosos que los que escupe el automóvil.

No se hundirán en el barro, por mucho que llueva en el jardín.

No vomitarán por el olor de los cadáveres pudriéndose al sol, sino por alguna intoxicación de hamburguesas.

No los aturdirán las explosiones que despedazarán gentes y ciudades, sino los cohetes que celebrarán la victoria.

No les acosarán el sueño los ojos de sus víctimas.

El guerrero

En 1991, los Estados Unidos, que venían de invadir Panamá, invadieron Irak porque Irak había invadido Kuwait.

Timothy McVeigh fue diseñado para matar, y programado para esa guerra. En los cuarteles lo instruyeron. Los manuales mandaban gritar:

-¡La sangre hacer crecer la hierba!

Con ese propósito ecologista, el mapa de Irak fue regado de sangre. Los aviones arrojaron bombas como en cinco hiroshimas, y luego los tanques enterraron vivos a los heridos. El sargento McVeigh machacó a unos cuantos en aquellas arenas. Enemigos con uniforme, enemigos sin:

-Son daños colaterales –le dijeron que dijera.

Y lo condecoraron con la Estrella de Bronce.

Al regreso, no fue desenchufado. En Oklahoma, liquidó a 168. Entre sus víctimas, había mujeres y niños:

-Son daños colaterales –dijo.

Pero no le pusieron otra medalla en el pecho. Le pusieron una inyección en el brazo. Y fue desactivado.

Tierra que arde

En la madrugada del 13 de febrero de 1991, dos bombas inteligentes reventaron una base militar subterránea en un barrio de Bagdad.

Pero la base militar no era una base militar. Era un refugio, lleno de gente que dormía. En pocos segundos, se convirtió en una gran hoguera. Cuatrocientos ocho civiles murieron carbonizados. Entre ellos, cincuenta y dos niños y doce bebés.

Todo el cuerpo de Khaled Mohamed era una llaga ardiente. Creyó que estaba muerto, pero no. Abriéndose paso, a tientas, consiguió salir. Él no veía. El fuego le había pegado los párpados.

Tampoco el mundo veía. La televisión estaba ocupada exhibiendo los nuevos modelos de las máquinas de matar que esta guerra estaba lanzando al mercado.

Cielo que truena

Después de Irak, fue Yugoslavia.

Desde lejos, desde México, Aleksander escuchaba por teléfono la furia de la guerra sobre Belgrado. Cuando los teléfonos funcionaban, a veces sí, a veces no, él recibía la voz de Slava Lalicki, su madre, que apenas se hacía oír entre el estrépito de las bombas y el alarido de las sirenas.

Llovían los misiles sobre Belgrado, y cada estallido se repetía muchas veces en la cabeza de Slava.
Noche tras noche, durante setenta y ocho noches de la primavera de 1999, ella no pudo dormir.

Cuando la guerra terminó, tampoco pudo:

-Es el silencio –decía-. Este silencio insoportable.

Los otros guerreros

Mientras los misiles eran sufridos por Yugoslavia, celebrados por la televisión y vendidos por las jugueterías del mundo, dos muchachos realizaron el sueño de la guerra propia.

A falta de enemigo, eligieron lo que tenían más a mano. Eric Harris y Dylan Klebold mataron a trece y dejaron un tendal de heridos, en la cafetería del colegio Columbine, donde estudiaban. Fue en Littleton, una ciudad que vive de la fábrica de misiles de la empresa Lockheed. Eric y Dylan no usaron misiles. Usaron pistolas, rifles y municiones que compraron en el supermercado. Y después de matar, se mataron.

La prensa informó que había colocado, además, dos bombas de propano, para volar el colegio con todos sus ocupantes, pero las bombas no estallaron.

La prensa casi no mencionó otro plan que tenían, por lo absurdo que era: estos jóvenes enamorados de la muerte pensaban secuestrar un avión y estrellarlo contra las torres gemelas de Nueva York.

Bienvenidos al nuevo milenio

Dos años y medio después de esa balacera en el colegio, las torres gemelas de Nueva York se derrumbaron como castillos de arena seca.

Este ataque terrorista mató a tres mil trabajadores.

El presidente George W. Bush recibió, así, permiso para matar. Proclamó la guerra infinita, guerra mundial contra el terrorismo, y al ratito invadió Afganistán.

Este otro ataque terrorista mató a tres mil campesinos.

Fogonazos, explosiones, alaridos, maldiciones: estallaban las pantallas de la televisión. Cada día repetían la tragedia de las torres, que se confundía con los estallidos de las bombas que caían sobre Afganistán.

En un pueblo perdido, lejos del manicomio universal, Naúl Ojeda estaba sentado en el suelo, junto a su nieto de tres años. El niño dijo:

-El mundo no sabe dónde está su casa.

Estaban mirando unos mapas.

Podían haber estado mirando un noticiero.

Noticiero

La industria del entretenimiento vive del mercado de la soledad.

La industria del consuelo vive del mercado de la angustia.

La industria de la seguridad vive del mercado del miedo.

La industria de la mentira vive del mercado de la estupidez.

¿Dónde miden sus éxitos? En la Bolsa.

También la industria de las armas. La cotización de sus acciones es el mejor noticiero de cada guerra.

La información global

Unos meses después de la caída de las torres, Israel bombardeó Yenín.

Este campo de refugiados palestinos quedó recudido a un inmenso agujero, lleno de muertos bajo las ruinas.

El agujero de Yenín tenía el mismo tamaño que el de las torres de Nueva York.

Pero, ¿cuántos lo vieron, además de los sobrevivientes que revolvían los escombros buscando a los suyos?

La guerra infinita

Como era su costumbre, el presidente del planeta razonó.

Razono así:

Para acabar con los incendios forestales, hay que talar los bosques;

para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente;

para liberar a los iraquíes, vamos a bombardearlos hasta hacerlos puré.

Y así, después de Afganistán, fue el turno de Irak.

Otra vez Irak.

La palabra petróleo no fue mencionada.

La información objetiva

Irak era un peligro para la humanidad. Por culpa de Saddam Hussein habían caído las torres, y en cualquier momento este tirano terrorista iba a arrojar una bomba atómica en la esquina de tu casa.

Eso dijeron. Después, se supo. Las únicas armas de destrucción masiva resultaron ser los discursos que inventaron su existencia.

Mintieron esos discursos, mintieron la televisión, los diarios y las radios.

No mintieron, en cambio, las bombas inteligentes, que tan burras parecen. Destripando civiles desarmados, que volaron en pedazos en los campos y en las calles del país invadido, las bombas inteligentes dijeron la verdad de esta guerra.

Órdenes

Ocurrió el once de setiembre del año 2001, cuando el avión secuestrado por los terroristas embistió la segunda torre de Nueva York.

No bien la torre empezó a crujir, la gente huyó volando escaleras abajo.

En plena fuga, resonaron de pronto los altavoces.

Los altavoces mandaban que los empleados volvieran a sus puestos de trabajo.

Se salvaron los que no obedecieron.

Fuente: Galeano, Eduardo, Bocas del tiempo, Siglo veintiuno, México, 2004.

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