2/5/08

Dios y los yankis arrasaron Vietnam

Por Gabriel García Márquez

Se ha calculado que los Estados Unidos arrojaron sobre Vietnam una cantidad de bombas varios miles de veces mayor que la totalidad de las bombas arrojadas en la segunda guerra mundial: catorce millones de toneladas. Fue le castigo de fuego más feroz padecido jamás por país alguno en la historia de la humanidad. La imaginación se resiste a concebir las cifras de semejante cataclismo. Para impedir que los guerrilleros vietnamitas se escondieran en la selva, la aviación yanqui arrojó defoliadores químicos y sustancias incendiarias que dejaron estériles, tal vez para siempre, cinco millones de hectáreas. Es decir: una superficie igual a diez millones de campos de fútbol. En los pocos años de aquel frenesí de tierra arrasada, borraron del mapa nueve mil pueblos, desbarataron la red nacional de ferrocarriles, aniquilaron las obras de irrigación y drenaje, mataron novecientos mil búfalos y devastaron cien mil kilómetros cuadrados de tierras de cultivo, o sea una superficie igual a más de ciento veinte veces la ciudad de Nueva York. Ni las escuelas ni los hospitales se salvaron de esa exterminación atroz: los dos mil quinientos leprosos de la colonia de Qhynhlap fueron fulminados en una sola incursión área con una ducha mortal de fósforo vivo.

Para colmo de infortunios, apenas terminada la guerra sufrió Vietnam dos calamidades enormes. Una sequía en 1977, que le causó la pérdida de un millón de toneladas de arroz, y luego una serie de crecientes y algunos de los ciclones más bravos de este siglo, que destruyeron otros tres millones de toneladas. En esa forma, Dios completó el holocausto sin precedentes que los yanquis dejaron sin terminar, y cuyas consecuencias no podían ser otras: un país arrasado y cincuenta millones de seres humanos reducidos a la miseria.

Fuente: García Márquez, Por la libre, Norma, Colombia, 1979.

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