4/1/08

PINOCHET, QUE NIÑO TIERNO

Por Ramiro Díez

Mi tío, nacido en los albores del año 1900, fue un militante de izquierda durante las primeras décadas de aquel siglo, y seguro que hubiese seguido creando sindicatos y perdiendo trabajos, y recibiendo palizas de la policía, y pagando prisión por días y meses, si no lo hubiera derrotado un matrimonio con diez hijos pobres y toda una familia alrededor que lo miraba como a un proscrito.

El tío Manuel, así se llamaba, al final se convirtió en un animal doméstico, lleno de silencios y pequeñas e inofensivas manías, pero supo conservar, a pesar de los años, cierta altivez de pensamiento y algunos recuerdos monumentales.

Algunos de esos recuerdos estaban más o menos claros porque a lo mejor eran de reciente invención aunque otros, sin duda, ya estaban mordisqueados por el tiempo. Pero entre ellos había uno respaldado por el testimonio incuestionable de una foto en blanco y negro. Ese era el mejor.

Era una foto guardada en un escaparate, nunca enseñada a nadie, salvo a algunos privilegiados, y la mantenía en secreto “para que no la dañe la luz”, decía, aunque el motivo podía ser una mezcla inconfesable de rabia y de vergüenza.

Allí tras el cristal, detenidos en el tiempo por ese golpe mágico del flash y por la rapidez del obturador, había un grupo de hombres jóvenes que, por la moda, parecían mayores. Abundaban los bigotes y barbas al estilo bolchevique, y algunos sombreros y trajes oscuros adornaban a aquellos personajes con los puños en alto.

Había dos detalles especiales en aquella foto descolorida donde casi todos ya estaban muertos: un niño de gesto díscolo, de alrededor de diez años, con lentes oscuros que le daban a su rostro una apariencia inescrutable. Y, además, un autógrafo casi ilegible en el cual se adivinaban dos palabras: “Camarada” y “Pinochet”.

Parece, o mejor, resulta increíble, pero el padre de Augusto Pinochet era un aguerrido militante de izquierda que recorrió algunos países de Sudamérica, llevando su mensaje mesiánico. También llevaba como acompañante a su pequeño hijo, al tierno Augustito, en quien depositaba sus mayores esperanzas revolucionarias.

El tío Manuel, ya muy viejo, recordaba a “Pinochet, el noble y abnegado camarada chileno, un hombre que hizo un viaje desde el sur del continente, parando en cada pueblo, durmiendo en cualquier parte, comiendo aquello que le daban, dictando conferencias, llenándonos de esperanzas y de alegría por la lucha de un mundo más digno. El camarada Pinochet era un hombre de virtudes superiores y recuerdo que nos visitó con su hijo, Augustito… es este, el de gafas oscuras”.

Oscuras eran las intenciones y oscuras también las gafas con las que aquel niño apareció muchos años después, el 11 de septiembre de 1973, bombardeando El Palacio de La Moneda para recordarles a los socialistas de Chile y del resto del mundo que los votos no eran el camino. Ese niño hizo historia, y no precisamente por servir a la causa que su padre defendiera y le inculcara con tanta esperanza y vocación.

Mi tío tenía un recuerdo de aquel niño, de Augustito, la noche de la despedida, cuando los visitantes sureños pretendían continuar rumbo al norte, a Centroamérica: “Les preparamos una cena discreta, pero con mucho calor humano. Guitarreamos y hasta hubo alguna cueca bailada. Al niño le di un pequeño cofre de madera que yo mismo había hecho, adornado con los colores de la bandera chilena, y adentro le puse algunas monedas para sus golosinas. Entonces quise darle un abrazo de despedida, y ese niño me escupió la cara”.

El tío Manuel era un santo que no hizo milagros por exceso de modestia, o quizá porque nunca se imaginó capaz de ellos. Antes de morir me confesó su único pecado en toda la vida: “Hubiera querido matar a ese tal Augustito”.

Tal vez alguno no le perdone a mi tío tanta bondad.

Fuente: Díez, Páginas con Cierto Sentido, Impresores MYL, Quito, 2004.