11/1/08

Los Esdrújulos

Por Jorge Enrique Adoum

El galope se oía en la esquina de Miseria Velásquez y en seguida el grito “Ahí vienen los Esdrújulos” que llenaba de pavor al barrio. Los vecinos se desgañitaban dando la alarma y de zaguán en zaguán se cerraban las puertas, reforzándolas por dentro con trancas, porque las bisagras y las aldabas pobres estaban hechas para la vida de todos los día. Las viejas decían “Santodiosantofuertesantoinmortal” y se persignaban, los hombres decían “Unagranputa” y apretaban los puños, los chicos lloraban temblando, los más grandes que los habían visto por las rendijas decían que eran igualitos a Buck Jones y a Tom Mix pero era mentira. Yo los vi una vez entrar a caballo al bar del IMPERIAL. Alguien corría, se oía el ruido de las suelas contra el empedrado, luego el ruido del galope y después los disparos, todo como en las manifestaciones. En el IMPERIAL sonaban vidrios rotos, carcajadas y golpes, y en seguida se callaba la pianola.

Eran cinco: Arístides, Germánico, Cleóbulo, Polícrates y Temístocles, “de los Golmés de España, carajo”. Como eran nombres difíciles y desconocidos en nuestro Macondo, la gente los identificaba como El Nerón, El Largo, El Bolo, El Pecas y El Jetas, y ellos mismos aceptaron la nomenclatura local renunciando la sonoridad romana de sus nombres. En la ciudad sólo los diferenciaban los policías, porque los Esdrújulos andaban siempre juntos y, como decía el abuelo de Gálvez, porque nadie tuvo tiempo de mimarles mucho tiempo la cara. Pero el tuerto empleado de la librería contaba: “Al señor Polícrates sí le conozco bien y no me he de olvidar. Una noche pasaba por donde estaban farreando y cuando me vio me llamó: Ve, longo, andá a comprarme cigarrillos, dijo. Fui corriendo a la esquina y cuando le entregué los Fullblanco me turbé y le dije Aquí tiene, señor Calígula. Ahí fue cuando de adrede me hundió el ojo con el dedo diciéndome: Polícrates, para otra vez pendejo.”

Eran hijos de un general que fue jefe de montonera liberal. La revolución en el Poder les dejó una hacienda, La Liria, atravesada en cruz por la línea del tren y el río. Había en ella cerca de cuatro mil indios y dos estaciones del ferrocarril. Nadie supo nunca cuál era su extensión exacta y la llamaban simplemente La Provincia. Cuando alguien les preguntaba dónde quedan los linderos, los Golmés decían “donde nos dé la gana”. A la muerte del general estaban en distintos cursos del colegio. Sólo Arístides llegó a bachiller y todos se fueron a vivir en la hacienda. Debe ser aburrido porque se distraían haciendo prácticas de tiro apuntando al sombrero o al borrego de algún peón que pasaba y también se dedicaban a lo que llamaban cacería de indias: las tumbaban en los chaquiñanes o sobre las siembras tirándolas de las trenzas al mismo tiempo que les ponían la zancadilla. “Se asustan al comienzo, dicen que decía Cleóbulo, pero después se quedan quietas rascando el suelo, porque son frígidas estas cojudas.” Pero, para decir la verdad, también cazaban venados y tórtolas. Pasaban el día a caballo, echaban un rápido vistazo a las siembras o a las cosechas, bebían el aguardiente que se destilaba en la misma hacienda, del viernes al lunes y los días de fiesta iban a beber al pueblo. Nerón, el mayor de los cinco, decía en esa época: “El que está demás es El Jetas: si no fuera por él seríamos cuatro para repartirnos en partes iguales La Liria tal como la dividió la naturaleza con el tren y el río. El Jetas, por haber nacido último y porque es medio pendejo.”

Para los indios de la hacienda, Patrón Golmés era uno solo, como Dios, que estaba en todas partes. Tenían que saludar, recibir órdenes y responder con la cabeza baja, y sólo les conocían las fundas de los revólveres, los foetes, los estribos y las botas, y eran todos iguales. Acababan de venir informando cuántos litros dio el ordeño y se encontraban de nuevo en el camino con los mismos estribos, saludaban santiguándose y haciéndose a un lado, se alejaban corriendo y no era díficil que al llegar al huasipungo vieran las misma botas, el mismo látigo (¿por qué le llamarán “acial”?), esperándolos.

“Quién sabe cuánta gente ha muerto ahí, decía el abuelo. En una fiesta de toros de pueblo un indio borracho que corría huyendo de un toro entre otros borrachos, tropezó contra Germánico, tartamudeó pidiendo perdón y siguió corriendo. El Largo lo volteó de un tiro, delante de todos. Una vez, en una cantina, un amigo le preguntó: ¿Y no te persigue por la noche el alma del indio? El Largo dizque se quedó pensando un rato y después preguntó: ¿A cuál de ellos te refieres?”

En su juventud, cuando estaba con tragos y encendía un cigarrillo, Nerón acercaba la llama del fósforo a un tapete, un periódico o una cortina gritando “Arde Roma”, y él mismo ayudaba a apagar el fuego, en medio de sus carcajadas y del atolondramiento general. Después parece que se cansó pero le quedó gustando la expresión, porque cuando comenzó a ser Senador la intercalaba en sus discursos: “Señor Presidente, si no se pone coto a las actividades subversivas de los bolcheviques, aquí va a arder Roma”, o bien, “Honorables senadores, la sagrada tarea que tenemos los Padres de la Patria es impedir que aquí arda Roma”. En el Club afirmaba: “Mientras haya congreso y haya indios, yo he de ser Senador: esos cojudos se reproducen como cuyes.” Y los enviaba a votar, bajo el control de mayordomos y capataces, en camiones, a pie o a mula, a la parroquia que quedaba junto a una de las estaciones del tren. Cada indio llevaba en un bolsillo o apretada entre los dedos la papeleta “Señor Don Arístides Golmés para Senador de la República”, doblada como billete ajeno o estampa del Señor de los Milagros. La papeleta cambió una vez: “Señor Don Temístocles Golmés para Alcalde de la Ciudad.” Cuando ya se hacía el recuento de votos en la ciudad, al día siguiente de las elecciones municipales, Arístides envió un telegrama: AVISEN CUANTOS VOTOS FALTAN PARA MANDARLES. “Yo le hice Alcalde al maricón del Jetas, dijo esa vez, y así le pagué su parte de La Liria para que no nos siga jodiendo con sus divisiones para cinco, que es más difícil.”

Western de pacotilla, sin Hoppalong Cassidy, sin riesgo ni heroísmo, era a la medida del país y, por eso, con muchos muertos. “No son muertos sino cholos” aclaraba El Pecas y hasta se lo dijo al Comisario de Policía, uno dado de justo, recién nombrado el pobre, que no conocía el folklore local y que lo había hecho comparecer por haber empujado con su caballo a un arriero que cayó sobre los rieles del ferrocarril. Pero como Nerón era Senador y El Jetas era Alcalde, el Comisario fue destituido al día siguiente. Los policías harapientos los respetaban como a sus superiores: hacían detener el tránsito ralo hasta que pasaran los Esdrújulos, abandonaban su puesto en el cruce de dos calles para ir a comprarles trago puro o sánduches cuando farreaban en alguna casa cercana. “Traerás hembras también, cholo.” “Pero, ¿cómo? mi señor Cleobulito.” “Aplicando el peso de la autoridad pues, cerdoso.”

En las fiestas de inocentes se disfrazaban de Escapados del Manicomio: se ponían los zapatos cambiados, calzoncillos largos en lugar de pantalón, bacenillas como sombreros, pintadas las caras o con carteas de cartón o alambre, pero eran inconfundibles. Borrachos escogían al azar casas de amigos o de desconocidos, arrancaban el papel de las paredes, derribaban los armarios, revolvían los cajones, quebraban los espejos, hurgaban a las cholas debajo del anaco, orinaban en las ollas de la cocina, derramaban cerveza en las camas, soltaban en la sala gallinas enloquecidas a las que habían metido velas encendidas en el ano, pedían trago y luego se iban cantando a otra casa. Eran diez días de zozobra de Inocentes. La gente respiraba tranquila el 7 de enero, cuando regresaban a la hacienda “a curarse el chuchaque hasta la próxima”.

El Bolo, por ganar una apuesta de dos botellas de aguardiente, subió un Viernes Santo a la torre de la iglesia del pueblo y tocó las campanas muertas. Cuando se reunió en la plaza la poblada, primero temiendo que fuera el fin del mundo y luego escandalizada al saber que sólo era un sacrilegio, Cleóbulo escapó por la sacristía, dio vuelta a la manzana y a pareció por una esquina de la plaza gritando “Por ahí va, por ahí va, síganlen”. “Todavía han de estar buscando” agregaba para concluir su relato. El Pecas se metió una vez en un confesionario y oyó la confesión de su novia “para saber si era virgo”, después de lo cual fijó la fecha de la boda.

Pese a sus desplantes de comecuras todos se casaron por la Iglesia. El primero en hacerlo fue El Jetas. “Yo siempre dije que era pendejo” había comentado Arístides, quien no tardó en seguir su ejemplo. El matrimonio, que se parece a la edad, los fue frenando: por algo decían siempre “la carlanca de mi mujer”. Nerón se quedó con la hacienda y sus hermanos se gastaron en jaranas la fortuna. Polícrates, cuando amanecía sin un centavo en alguna cantina, se hacía llevar a su casa en el camión de la basura. Cleóbulo tuvo un depósito de harinas que atendía su mujer. Germánico, un almacén de cueros que quebró pronto. Temístocles hasta fue pesquisa. Ya no andaban en montonera, pero los cinco mantenían un espíritu tribal y eran respetados, influyentes, católicos. Se establecieron en la ciudad. Arístides repetía: “Lo que es yo, yo vivo con mis votos”, pero como siempre era Senador o Ministro o Gobernador o Jefe Supremo del Partido Liberal, le quedaba poco tiempo para ir a la hacienda. El dueño de la librería decía: “Para él, cada indio es un cero: no vale nada pero le aumenta la cuenta en el Banco y los votos en las elecciones.” Claro que no le hacían mucho casom, porque no era más que un comunista envidioso.

En esa época ya sólo los chicos les teníamos miedo a los Golmés y los mirábamos de lejos no más, recordando lo que habíamos oído. A quienes conocimos bien fue a sus hijos, que estaban en la escuela con nosotros: reposados y tontos, parecían hechos por un semen envejecido o fatigado. Algunos han llegado inclusive a trabajar. Fabián, el Cretino, era hijo de Arístides. Arístides sigue siendo Senador o Gobernador de cuando en cuando.

Fuente: Adoum, ENTRE MARX Y UNA MUJER DESNUDA, Siglo Veintiuno, México, 1976.

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