13/1/08

ERECCIÓN MORTAL

Por Ramiro Díez

No es del todo cierto que el Presidente John Fitzegerald Kennedy hubiese muerto un 22 de noviembre de 1963. Ese día el mundo conoció la noticia de los balazos disparados supuestamente por Lee Harvey Oswald, pero su muerte real estuvo escrita desde una semana atrás cuando, jugado con cuernos y no precisamente en un rodeo texano, tuvo una aparatosa caída.

Kennedy, con su pinta de niño bueno, estudiante aplicado y pulcro, era un fornicador promiscuo, implacable, vocacional y ansioso, que manejaba una amplia base de datos con sus otros hermanos –y con su mismo padre-, para compartir las más provocativas mujeres.

Y todos a su alrededor, empezando por Jackie, su esposa, sabían que al hombre no le era difícil, en absoluto, disfrutar de todas las escaramuzas de cama que se quisiera imaginar. Tenía el poder, que es el más irresistible afrodisíaco, y era joven, apuesto, famoso, saludable, y usuario del más lujoso y seguro motel del mundo: La Casa Blanca.

Sus amigos, y con mayor razón los que no lo eran, se retorcían de la más rabiosa y silenciada envidia, porque era conocido que a su lecho las mujeres caían en racimo como bombas arrojadas desde un B-52.

Ocho días antes de aquella tarde en Dallas, jugando al lado de la piscina con una rubia escultural y sin bikini, que pataleaba entre sus brazos, el presidente cayó sobre el piso mojado. La rubia, con todas sus deliciosas curvas, le cayó sobre su vientre y, por primera vez con una mujer encima, el presidente dio un grito, no de placer, sino de dolor.

Resultado: fin de la fiesta, vértebra dislocada, disculpa inventada a su mujer, y corsé para mantener recta la espalda. Ocho días más tarde, en Dallas y desde no se sabe dónde, un primer balazo le pegó en el cuello.

Sin el chaleco ortopédico, Kennedy se hubiese derrumbado y no hubiera recibido más heridas. Hubiese sobrevivido, porque ese primer balazo era grave pero no mortal. Pero el chaleco lo mantuvo erecto. Entonces un balazo más. Y el hombre siguió sin caerse. Otro balazo. Y la muerte. Lo mató la erección de su espalda.

Fuente: Díez, Páginas con Cierto Sentido, Impresores MYL, Quito, 2004.

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