3/8/08

Miguel Mármol, viejo maestro en el oficio del nacer incesante

Por Eduardo Galeano

1905
Ilopango

Miguel a la semana

La señorita Santos Mármol, preñada a la mala, se niega a dar el nombre del autor de su deshonra. La madre, Doña Tomasa, la corre a garrotazos. Doña Tomasa, viuda de hombre pobre pero blanco, sospecha lo peor.

Cuando el niño nace, la repudiada señorita Santos lo trae en brazos:

-Éste es tu nieto, mamá.

Doña Tomasa pega un chillido de espanto al ver al recién nacido, araña azul, indio trompudo, tan feíto que da más cólera que lástima, y le cierra, plam, la puerta en las narices.

Ante el portazo, la señorita Santos cae redonda al suelo. Bajo su desmayada madre, el recién nacido parece muerto. Pero cuando los vecinos se la sacan de encima, el aplastadito pega un tremendo berrido.

Y así ocurre el segundo nacimiento de Miguel Mármol, casi al principio de su edad.



1918
Ilopango

Miguel a los trece

Llegó al cuartel de Ilopango empujado por el hambre, que le había escondido los ojos allá en el fondo de su cara.

En el cuartel, a cambio de comida, Miguel empezó haciendo mandados y lustrando botas de tenientes. Rápidamente aprendió a partir cocos de un solo machetazo, como si fueran pescuezos, y a disparar la carabina sin desperdiciar cartuchos. Así se hizo soldado.

Al cabo de un año de vida cuartelera, el pobre muchachito no da más. Después de tanto aguantar oficiales borrachos que lo garrotean porque sí, Miguel se escapa. Y esta noche, la noche de su fuga, estalla el terremoto en Ilopango. Miguel lo escucha de lejos.

Un día sí y otro también tiembla la tierra en El Salvador, paisito de gente caliente, y entre temblor y temblor algún terremoto de verdad, un señor terremoto como éste, irrumpe y rompe. Esta noche el terremoto desploma el cuartel, ya sin Miguel, hasta la última piedra; y todos los oficiales y todos los soldados mueren machacados por el derrumbe.

Y así ocurre el tercer nacimiento de Miguel Mármol, a los trece años de su edad.



1930
Ilopango

Miguel a los veinticinco

La crisis también revuelca por los suelos el precio del café. Los granos se pudren en las ramas; un olor dulzón, de café podrido, pesa en el aire. En toda América Central, los finqueros arrojan a los peones al camino. Los pocos peones que tienen trabajo reciben la misma ración que los cerdos.

En plena crisis nace el Partido Comunista de El Salvador. Miguel es uno de los fundadores. Maestro artesano en el oficio de zapatería, Miguel trabaja salteado. La policía le anda pisando los talones. Él agita el ambiente, recluta gente, se esconde y huye.

Una mañana Miguel se acerca, disfrazado, a su casa. La ve sin vigilancia. Escucha llorar a su hijo y entra. El niño está solo, chillando a pleno pulmón. Miguel se pone a cambiarle los pañales cuando en eso alza la mirada y por la ventana descubre que los agentes están rodeando la casa.

-Perdoná –le dice al cagadito, y lo deja a medio mudar. Pega un salto de gato y consigue deslizarse por un agujero entra las tejas rotosas, mientras suenan los primeros tiros.

Y así ocurre el cuarto nacimiento de Miguel Mármol, a los veinticinco años de su edad.



1932
Soyapango

Miguel a los veintiséis

Los llevan en camión, amarrados. Miguel reconoce los lugares de su infancia:

-Qué suerte -piensa-. Voy a morir cerca de donde tengo enterrado el ombligo.

Los bajan a culatazos. Van fusilando de a dos. Los faros del camión y la luna hacen luz de sobra.

Después de unas cuantas descargas, llega el turno de Miguel y de un vendedor de estampitas, condenado por ruso. El ruso y Miguel se estrechan las manos, atadas a la espalda, y enfrentan al pelotón. A Miguel le pica todo el cuerpo, necesita rascarse desesperadamente, y en eso está pensando mientras escucha gritar: ¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!

Cuando Miguel despierta, hay un montón de cuerpo goteando sangre encima de él. Siente su cabeza latiendo y manando sangre y en el cuerpo y en el alma y en la ropa le duelen los balazos. Escucha el cerrojo de un fusil. Un tiro de gracia. Otro. Otro. Con los ojos nublados de sangre, Miguel espera su bala final, pero en vez de bala final le llegan machetazos.

A patadas los soldados arrojan los cuerpos a la fosa y echan tierra. Cuando el camión se va, Miguel, todo baleado y tajeado, empieza a moverse. Le lleva siglos desprenderse de tanto muerto y tanta tierra. Por fin consigue caminar, a paso ferozmente lento, más cayéndose que parándose, y muy de a poco se va alejando. Se lleva el sombrero de un camarada que se llamaba Serafín.

Y así ocurre el quinto nacimiento de Miguel Mármol, a los veintiséis años de su edad.



1932
San Salvador

Miguel a los veintisiete

De quienes salvaron a Miguel, no ha quedado ni uno vivo. Los soldados han acribillado a los camaradas que lo recogieron en una zanja, y a quienes lo pasaron por el río en silla de manos, y a quienes lo escondieron en una cueva, y a quienes consiguieron traerlo hasta esta casa, la casa de su hermana, en San Salvador. A la hermana hubo que abanicarla cuando vio el espectro de Miguel cosido a tiros y machetazos. Ella estaba rezando novenas por su descanso eterno.

El oficio fúnebre continúa. Miguel se repone como puede, escondido tras el altar armado en su memoria, sin más remedio que el agua de cogollo de chichipince que la hermana aplica, con santa paciencia, sobre las heridas purulentas. Yace Miguel al otro lado de la cortina, ardiente de fiebre; y así pasa el día de su cumpleaños escuchando las alabanzas que le dedican los desconsolados parientes y vecinos que por él lloran a mares y rezan sin parar.

Una noche de éstas, una patrulla militar se detiene a la puerta:

-¿Por quién rezan?

-Por el alma de mi difunto hermano.

Los soldados entran, se asoman al altar, fruncen narices.

La hermana de Miguel estruja el rosario. Tiemblan las velas ante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo. A Miguel le vienen súbitas ganas de toser. Pero los soldados se persignan:

-Que en paz descanse .dicen, y siguen de largo.

Y así ocurre el sexto nacimiento de Miguel Mármol, a los veintisiete años de su edad.



1934
San Salvador

Miguel a los veintinueve

Siempre corrido por la policía salvadoreña, Miguel encuentra refugio en casa de la amante del cónsul de España.

Una noche se desata una tempestad. Desde la ventana, Miguel ve que el rió crece y que allá lejos, en el recodo, la correntada está a punto de embestir el rancho de barro y cañas donde viven su mujer y sus hijos. Desafiando al ventarrón y a las patrullas nocturnas, Miguel abandona su sólido escondite y sale disparado en busca de los suyos.

Pasan la noche todos abrazados, apoyados contra las frágiles paredes, escuchando rugir al viento y al río. Al alba, cuando por fin callan el aire y el agua, el ranchito está un poco chueco y mojado, pero no volteado. Miguel se despide de su familia y regresa a su refugio.

Pero no lo encuentra. De aquella casa de bien plantados pilares, no queda ni un ladrillo de recuerdo. La furia del río ha socavado la barranca, ha arrancado los cimientos y se ha llevado al diablo a la casa, a la amente del cónsul y a la mucama, que han muerto ahogadas.

Y así ocurre el séptimo nacimiento de Miguel Mármol, a los veintinueve años de su edad.



1936
San Salvador

Miguel a los treinta y uno

Después del derrumbamiento de su escondite en la barranca, Miguel había caído preso. Casi dos años estuvo esposado en la celda solitaria.

Recién salido de la cárcel, deambula por los caminos, paria rotoso, sin nada. No tiene partido, porque sus camaradas del Partido Comunista sospechan que el dictador Martínez lo ha dejado libre a cambio de traición. No tiene trabajo, porque el dictador Martínez impide que le den. No tiene mujer, que lo abandonó llevándose a los hijos, ni tiene casa, ni comida, ni zapatos, y ni nombre tiene siquiera: está probado que Miguel Mármol no existe desde que fue ejecutado en 1932.

Decide acabar de una vez. Ya basta de tristear la pena negra. De un machetazo se abrirá las venas. Y está alzando el machete, cuando por el camino aparece un niño a lomo de burro. El niño lo saluda, revoleando un enorme sombrero de paja, y le pide el machete para partir un coco. Después le ofrece la mitad del coco abierto, agua de beber, pulpa de comer, y Miguel bebe y come como si este niño desconocido lo hubiera invitado a una espléndida fiesta, y se levanta y caminando se va de la muerte.

Y así ocurre el octavo nacimiento de Miguel Mármol, a los treinta y un años de su edad.



1945
Frontera entre Guatemala y El Salvador

Miguel a los cuarenta

Duerme en cavernas y cementerios. Condenado por el hambre a hipo continuo, anda disputando miguitas con las urracas y las palomas mustungonas. La hermana, que lo encuentra de vez en cuando, le dice:

-Dios te ha dado muchas habilidades, pero te ha puesto el castigo de ser comunista.

Desde que Miguel recuperó la confianza plena de su partido, no ha dejado de correr y padecer. Y ahora el partido ha resuelto que el más sacrificado de sus militantes se marche desde El Salvador hacia el exilio en Guatemala.

Miguel consigue pasar la frontera, al cabo de mil trajines y peligros. Ya es noche cerrada. Se echa a dormir, exhausto, bajo un árbol. Al alba, lo despierta una enorme vaca amarilla, que le está lamiendo los pies. Miguel le dice:

-Buen día.

Y la vaca se asusta y huye a todo lo que da y mugiendo se mete en el monte. Del monte emergen, en seguida, cinco toros vengadores. Miguel no puede escapar hacia atrás ni hacia arriba. A sus espaldas hay un abismo y el árbol es de tronco liso. En tromba se le vienen encima los toros, pero antes de la embestida final se paran en seco y mirándolo fijo resoplan, echan fuego y humo, tiran cornadas al aire y rastrillan el suelo arrancando maleza y polvareda.

Miguel suda frío y tiembla. Tartamudo de pánico, balbucea explicaciones. Los toros lo miran, hombrecito mitad hambre mitad susto, y se miran entre sí. Él se encomienda a Marx y a san Francisco de Asís. Y por fin los toros le dan la espalda y se alejan, cabizbajos, a paso lento,

Y así ocurre el noveno nacimiento de Miguel Mármol, a los cuarenta años de su edad.



1954
Mazatenango

Miguel a los cuarenta y nueve

Al canto de las aves, antes de la primera luz, afilan los machetes. Y al galope llegan a Mazatenango, en busca de Miguel. Los verdugos van haciendo cruces en la larga lista de los marcados para morir, mientras el ejército de Castillo Armas se apodera de Guatemala. Miguel figura en quinto lugar entre los más peligrosos, condenado por rojo y por extranjero metelíos. Desde que llegó corrido desde El Salvador, no ha parado un instante en su tarea de agitar obreros.

Le echan los perros. Quieren llevárselo colgado de un caballo y exhibirlo por los caminos con la garganta abierta de un machetazo. Pero Miguel es bicho muy vivido y sabido y se pierde en los yuyales.

Y así ocurre el décimo nacimiento de Miguel Mármol, a los cuarenta y nueve años de su edad.



1963
San Salvador

Miguel a los cincuenta y ocho

Anda Miguel como de costumbre, a salto de mata, cometiendo sindicatos campesinos y otras diabluras, cuando los policías lo atrapan en algún pueblito y lo traen, atado de pies y manos, a la ciudad de San Salvador.

Aquí recibe larga paliza. Ocho días lo golpean colgado, ocho noches le pegan en el suelo. Mucho le crujen los huesos y le grita la carne, pero él no dice ni mú mientras le exigen que revele secretos. En cambio, cuando el capitán torturador le putea a su gente querida, el viejo respondón se levanta desde sus restos sangrantes, el desplumado gallito alza la cresta y cacarea, Miguel ordena al capitán que cierre esa cochina boca. Y entonces el capitán le hunde en el cuello el caño de la pistola y Miguel lo desafía a que aviente bala nomás. Y quedan cara a cara los dos, fieros, jadeantes, como soplando brasas: el soldado con el dedo en el gatillo, la pistola clavada en el pescuezo de Miguel y los ojos calvados en sus ojos, y Miguel sin parpadear, comprobando el paso de los segundos y los siglos y escuchando el retumbe del corazón que se le ha subido a la cabeza. Y ya se da Miguel por muerto de muerte total, cuando de pronto una sombra asoma en el fulgor de furia de los ojos del capitán, un cansancio o no sé qué lo invade y le toma los ojos por asalto, y al rato el capitán parpadea, sorprendido de estar donde está, y lentamente deja caer el arma y la mirada.

Y así ocurre el undécimo nacimiento de Miguel Mármol, a los cincuenta y ocho años de su edad.



1975
San Salvador

Miguel a los setenta

Cada día de la vida es el irrepetible acorde una música que se ríe de la muerte. El peligroso Miguel se ha pasado de vivo y los dueños de El Salvador deciden comprar un asesino para que la vida se vaya con la música a otra parte.

El asesino trae un puñal escondido bajo la camisa. Miguel está sentado, hablando a los estudiantes en la Universidad. Les está diciendo que los jóvenes tienen que ocupar el lugar de los taitas, y que es preciso que actúen, que se jueguen, que hagan cosas, sin cacarear como las gallinas cada vez que ponen un huevo. El asesino se abre paso lentamente entre el público y se va corriendo hasta ubicarse a espaldas de Miguel. Pero en el instante en que alza el filo, una mujer pega un tremendo alarido y Miguel se tira al suelo y evita la puñalada.

Y así ocurre el duodécimo nacimiento de Miguel Mármol, a los setenta años de su edad.



1984
La Habana

Miguel a los setenta y nueve

A lo largo del siglo, este hombre ha pasado la pena negra y muchas veces ha muerto por bala o patatús. Ahora, desde el exilio, sigue acompañando con brío la guerra de su gente.

La luz del amanecer lo encuentra siempre levantado, afeitado y conspirando. Él bien podría quedarse dando vueltas y más vueltas en las puertas giratorias de la memoria; pero no sabe hacerse el sordo cuando lo llaman las voces de los tiempos y caminos que todavía no anduvo.

Y así, a los setenta y nueve años de su edad, ocurre cada día un nuevo nacimiento de Miguel Mármol, viejo maestro en el oficio del nacer incesante.

Fuente: Galeano, E. (1986), Memoria del fuego 3 El siglo del viento, Siglo veintiuno de España editores, Madrid.

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