2/3/08

Prefirió la caja de balas

Por Eduardo Galeano

1957
El Hombrito

El Che

En el valle del Hombrito, los rebeldes mandan. Aquí han instalado un horno de pan, una imprenta, que consiste es un viejo mimeógrafo, y un consultorio médico que funciona en un bohío de una sola pieza. El médico es Ernesto Guevara, llamado el Che, que de argentino tiene, además del sobrenombre, ciertas costumbres como el mate y la ironía. Peregrino de América, se incorporó a la fuerzas de Fidel en México. Allí había ido a parar después de la caída de Guatemala y se ganaba la vida como fotógrafo, a peso la foto, y vendiendo estampitas de la Virgen de Guadalupe.

En el consultorio del Hombrito, el Che atiende a una caravana de niños barrigudos, casi enanos, y muchachas viejas, gastadas en pocos años de mucho parir y poco comer, y hombres que son como pellejos secos y vacíos, porque la miseria va convirtiendo a cada cual en su propia momia.

El año pasado, cuando la metralla arrasó a los guerrilleros a poco de llegar, el Che tuvo que elegir entre una caja de balas y una caja de remedios. No podía cargar con las dos, y prefirió la caja de balas. Ahora acaricia su viejo fusil Thompson, que es el único instrumento de cirugía en el que de veras cree.



Chana la Vieja, campesina de la Sierra Maestra, lo recordará así:

Pobrecito el Che. Yo siempre lo veía con aquella carga de su asma y decía: “Ay, Virgen”. Para el asma él se quedaba tranquilito, respirando bajito. Hay persona que con el asma se pone histérica, tose y abre los ojos y abre la boca. Pero el Che trataba de amansar el asma. Se tiraba en un rincón para que el asma descanse.

A él no le gustaba la lástima. Si una le decía: “Pobrecito”, él le echaba a una una miradita rápida que no quería decir nada y quería decir mucho.

Yo le preparaba algo calientito, que le pasara por el pecho y lo aliviara. Él, muy zalamero, me decía: “Ah, la novia mía”. Pero de canalla que era
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Fuente: Galeano, Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, Siglo Veintiuno, Madrid, 1986.

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