1/3/08

Nadie sabe lo que habría llegado a realizar

Por Fidel Castro

FIDEL CASTRO. Es difícil sintetizar, pero puedo decirte en dos palabras que el Che era un hombre de una gran integridad personal y política, de una gran integridad moral.

FREI BETTO. Cuando lo conoció, ¿cuántos años tenía usted?

Yo conocí al Che cuando salí de la prisión y marché a México; eso fue en el año 1955. Ya él había trabado contacto con algunos compañeros que estaban allá. Venía de Guatemala donde había vivido el drama de la intervención de la CIA y de Estados Unidos, el derrocamiento de Árbenz, los crímenes que se cometieron allí; no sé si fue a través de una embajada, pero de alguna forma pudo salir. Él era recién graduado de médico y había salido de Argentina una vez o dos veces; recorrió Bolivia, distintos países. Incluso vive en Cuba un compañero argentino que salió con él, se llama Granado, es investigador científico, trabaja aquí con nosotros. Fue quien le hizo compañía en uno de los viajes. Llegaron hasta el Amazonas, estuvieron en un leprosorio, algo así como un par de misioneros, ya graduados de Medicina.

FREI BETTO. ¿Y era más joven que usted?

FIDEL CASTRO. Yo creo que el Che era más joven que yo, tal vez dos años. Creo que nació en 1928.

Se había graduado en Medicina. Era estudiosos del marxismo-leninismo, autodidacta, muy estudioso, era un convencido. Y la vida lo fue enseñando, la experiencia de lo que veía por todas partes, así que cuando nosotros nos encontramos con el Che, ya era un revolucionario formado; además, un gran talento, una gran inteligencia, una gran capacidad teórica. Es verdaderamente triste que haya muerto joven y sin que hubiese podido concretar en obras y en libros su pensamiento revolucionario. Él escribía muy bien, redactaba muy bien, de una forma realista y expresiva, digamos un Hemingway escribiendo, con pocas palabras, la palabra precisa, exacta. A todo eso se unían también condiciones humanas excepcionales, de compañerismo, desinterés, altruismo, valentía personal. Claro, eso no lo sabíamos cuando lo conocimos. Nos caía bien aquella persona, el argentino –por eso le decían el Che-, que hablaba de las cosas de Guatemala. Como él mismo cuenta, hablamos poco tiempo y nos pusimos rápidamente de acuerdo para que formara parte de nuestra expedición.

FREI BETTO. ¿Ustedes le pusieron a él Che, o él se llamaba así?

FIDEL CASTRO. Los cubanos que estaban allí le llamaban Che, si hubiera sido otro argentino le hubieran llamado Che también, como suelen decirles a los argentinos. Lo que pasa es que el Che adquirió tal renombre y tal prestigio, que se hizo propietario de ese seudónimo. Así se le llamó por los compañeros, y así lo conocí yo.

Él era médico, y vino como médico en nuestra expedición; no venía como soldado. Claro, recibió el entrenamiento, algunas instrucciones para la lucha de guerrillas. Era disciplinado, buen tirador; eso le agradaba a él, como le agradaba el deporte. Casi todas las semanas trataba de subir el Popocatépetl; nunca lo alcanzaba pero lo volvía a intentar siempre. Él padecía de asma, tiene mucho mérito en los esfuerzos y proezas físicas que realizó, porque sufría del asma.

FREI BETTO. ¿Era también buen cocinero como usted?

FIDEL CASTRO. Bueno, creo que yo soy mejor cocinero que lo que él lo era. No voy a decir que soy mejor revolucionario, pero mejor cocinero que el Che, sí.

FREI BETTO. En México él preparaba buenas carnes.

FIDEL CASTRO. Él sabía algo de asados tipo argentino; eso solo se puede hacer en pleno campo. En las prisiones de México, donde estuvimos juntos por nuestras actividades revolucionarias, los arroces, los frijoles, los espaguetis preparados de distintas formas eran asunto mío. Yo realmente era el especialista en cuestiones de cocina, aunque él sabía algunas de esas cosas. Tengo que defender mi orgullo profesional como lo defendieras tú y lo defendería tu madre, que sí es una verdadera científica de la cocina.

Pero, bueno, el Che por todas aquellas características empieza a descollar: características humanas, intelectuales, pero más tarde en la guerra también militares, su capacidad de jefe, su valentía. A veces era temerario, de forma que yo mismo tenía que ejercer cierto control sobre él. Algunas operaciones que quería hacer se las controlaba, o las prohibía incluso, porque cuando empezaban los combates se enardecía mucho; era además tenaz, persistente en las acciones. Comprendiendo su valor y su capacidad, hice lo que con otros cuadros también: a medida que ellos adquirían experiencia, buscaba cuadros nuevos para misiones tácticas y reservaba los más aguerridos para operaciones estratégicas; es decir, había un momento en que el tipo de operaciones sencillas, aunque peligrosas, las asignaba a nuevos combatientes destacados para que adquirieran experiencia al mando de pequeñas unidades, y reservaba para misiones estratégicas a los más experimentados.

Che poseía, además, una gran integridad moral. Se demostró que era un hombre de ideas profundas, trabajador infatigable, cumplidor riguroso y metódico de sus deberes y, sobre todo, predicaba con el ejemplo, muy importante. Él era el primero en todo, se ajustaba estrictamente a las normas que predicaba, y tenía un gran prestigio, una gran influencia sobre los compañeros. Es una de las grandes figuras que ha dado esta generación de América Latina, y nadie sabe lo que habría llegado a realizar de haber sobrevivido.

Desde que estábamos en México y se incorporó a neutro movimiento, me hizo prometerle que después de la victoria de la revolución en Cuba, se le autorizaría a volver a luchar en su patria o por América Latina. Así estuvo varios años trabajando aquí en importantes responsabilidades, pero siempre pendiente de eso. Al final, lo que nosotros hicimos fue cumplir el compromiso contraído con él, no retenerlo, no obstaculizar su regreso. Incluso ayudarlo; lo ayudamos a hacer lo que él consideraba que era su deber. En ese momento no nos detuvimos a considerar si podía perjudicarnos. Cumplimos fielmente la promesa que le hicimos, y cuando él dijo: “bueno, yo quiero ya partir a cumplir una misión revolucionaria”, “correcto, cumpliremos la promesa”, le respondí.

En estrecha armonía con nosotros se hizo todo. Las cosas que se dijeron sobre supuestas discrepancias con la Revolución Cubana fueron infames calumnias. Él tenía su personalidad, sus criterios, discutíamos fraternalmente sobre diversos temas, pero siempre hubo una armonía, una comunicación, una unidad completa en todo, y excelentes relaciones, porque, además, era un hombre de gran espíritu de disciplina.

Cuando salió, durante mucho tiempo circulaban los rumores de que había problemas con el Che y que el Che estaba desaparecido. Realmente el Che estaba en África, estaba cumpliendo una misión internacionalista en África, luchando allí en compañía de un grupo de internacionalistas cubanos, junto a los seguidores de Lumumba después de la muerte de este prestigioso dirigente africano, en antiguo Congo Belga, más tarde conocido como Zaire. Allí estuvo el Che varios meses. Trataba de ayudar en lo posible, porque él sentía una gran simpatía y solidaridad por los países africanos, donde adquiría, además, experiencia adicional para sus luchas futuras. Después de aquella misión internacionalista, en espera de que se crearan el mínimo de condiciones en Suramérica, estuvo una parte del tiempo en Tanzania y después en Cuba.

Cuando se marchó, me escribió la conocida carta de despedida, y yo no quise publicarla durante meses por la sencilla razón de que el Che tenía que salir de África. Y, efectivamente, salió de África, regresó a Cuba, estuvo un tiempo, solicitó un grupo voluntario de combatientes de la Sierra Maestra, que nosotros autorizamos, se entrenó duramente junto a sus compañeros, y después partió a Suramérica. Tenía ideas de luchar no solo en Bolivia, sino también en otros países y en su propio país. Esa es la explicación por la cual escogió aquel punto. Desde luego, se hizo mucha campaña de insidias contra Cuba en todo aquel periodo, pero nosotros soportamos la campaña y no publicamos la carta; solo lo hicimos cuando ya el Che tenía asegurada la llegada a la zona escogida por él en Bolivia. Fue entonces cuando la publicamos. Se hizo mucha campaña calumniosa con relación a todo eso.

Si quieres que resuma, diría que si el Che fuera católico, si el Che perteneciera a la Iglesia, tenía todas las virtudes para que hubieran hecho de él un santo.

Fuente: Frei Betto, Fidel y la religión, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, Cuba, 1985.

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