17/3/23

De país humillado a potencia humillante

Por Eduardo Galeano

A mediados del siglo diecinueve, amenazado por los buques de guerra que apuntaban contra sus costas, el Japón aceptó tratados inaceptables.

Contra esas humillaciones, impuestas por las potencias occidentales, nació el Japón moderno.

Un nuevo emperador inauguró la era Meiji, y el estado japonés, encarnado en su sagrada figura,

creó y protegió fábricas, de propiedad pública, que desarrollaron sesenta sectores de la actividad industrial,

contrató técnicos europeos que adiestraron a los técnicos japoneses y los pusieron al día,

fundó una red pública de trenes y telégrafos,

nacionalizó la tierra de los señores feudales,

organizó un ejército nuevo, que derrotó a los samurais y los obligó a mudar de oficio,

impuso la enseñanza pública gratuita y obligatoria

y multiplicó los astilleros y los bancos.

Fukuzama Yukichi, que fundó la universidad más importante de la era Meiji, resumió así ese programa de gobierno:

–Ningún país debería tener miedo de defender su libertad contra toda interferencia, aunque el mundo entero sea hostil.

Y así Japón pudo anular los tratados maltratantes que le habían sido impuestos, y el país humillado se convirtió en potencia humillante. Bien lo supieron, más temprano que tarde, China, Corea y otros vecinos.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

10/3/23

Como en América

Por Eduardo Galeano

Casi tres siglos después del desembarco de Colón en América, el capitán James Cook navegó los misteriosos mares del sur del oriente, clavó la bandera británica en Australia y Nueva Zelanda, y abrió paso a la conquista de las infinitas islas de la Oceanía.

Por su color blanco, los nativos creyeron que esos navegantes eran muertos regresados al mundo de los vivos. Y por sus actos, supieron que volvían para vengarse.

Y se repitió la historia.

Como en América, los recién llegados se apoderaron de los campos fértiles y de las fuentes de agua y echaron al desierto a quienes allí vivían.

Y los sometieron al trabajo forzado, como en América, y les prohibieron la memoria y las costumbres.

Como en América, los misioneros cristianos pulverizaron o quemaron las efigies de piedra o madera. Unas pocas se salvaron y fueron enviadas a Europa, previa amputación de los penes, para dar testimonio de la guerra contra la idolatría. El dios Rao, que ahora se exhibe en el Louvre, llegó a Paris con una etiqueta que lo definía así: Ídolo de la impureza, del vicio y de la pasión desvergonzada.

Como en América, pocos nativos sobrevivieron. Los que no cayeron por extenuación o bala, fueron aniquilados por pestes desconocidas, contra las cuales no tenían defensas.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

3/3/23

Tales

Por Eduardo Galeano

Hace dos mil seiscientos años, en la ciudad de Mileto, un sabio distraído llamado Tales paseaba en las noches, y espiando estrellas solía caerse en algún pozo.

Tales, hombre curioso, pudo averiguar que nada muere, que todo se transforma y que nada hay en el mundo que no esté vivo, y que en el origen y en el fin de toda vida está el agua. No los dioses: el agua. Los terremotos ocurren porque la mar se mueve y alborota la tierra, y no por las rabietas de Poseidón. No es por gracia divina que el ojo ve, sino porque el ojo refleja la realidad, como el río refleja los arbustos de las orillas. Y los eclipses ocurren porque la luna tapa el sol, y no porque el sol se esconda de las iras del Olimpo.

Tales, que en Egipto había aprendido a pensar, predijo los eclipses sin error, sin error midió la distancia de los barcos que venían de altamar, y supo calcular exactamente la altura de la pirámide de Keops por la sombra que proyectaba. Se le atribuye el teorema más famoso, y cuatro más, y hasta dicen que descubrió la electricidad.

Pero quizá su gran hazaña fue otra: vivir como vivió, desnudo del abrigo de la religión, sin consuelos.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

24/2/23

Del mundo me quexo

Por Fernando de Rojas

Del mundo me quexo porque en sí me crió; porque no me dando vida, no engendrara en él a Melibea; no nascida, no amara; no amando, cesara mi quexosa y desconsolada postrimería. ¡Oh, mi compañera buena! ¡Oh, mi hija despedazada! ¿Por qué no quesiste que estorbase tu muerte? ¿Por qué no hobiste lástima de tu querida y amada madre? ¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre? ¿Por qué me dexaste cuando yo te había de dexar? ¿Por qué me dexaste penando? ¿Por qué me dexaste triste y solo in hac lachrymarum valle?

Fuente: Rojas, F. (1499), La celestina, Libresa, Quito.

17/2/23

La llamada «guerra del fútbol»

Por Eduardo Galeano

1969

San Salvador y Tegucigalpa

Dos turbulentos partidos de fútbol disputan Honduras y El Salvador. Las ambulancias se llevan muertos y heridos de las tribunas, mientras los hinchas continúan en la calle las grescas del estadio.

En seguida rompen relaciones los dos países. En Tegucigalpa, los parabrisas de los autos lucen calcomanías que aconsejan: Hondureño: toma un leño, mata un salvadoreño. En San Salvador, los diarios exhortan al ejército a invadir Honduras para propinar una lección a esos bárbaros. Honduras expulsa a los campesinos salvadoreños, aunque muchos de ellos ni siquiera saben que son extranjeros y jamás han visto un documento de identidad. El gobierno de Honduras llama Reforma Agraria al desalojo de los salvadoreños, obligados a emigrar con lo puesto, y al incendio de sus ranchos. El gobierno de El Salvador considera espías a todos los hondureños que viven allí.

La guerra no demora en estallar. El ejército de El Salvador penetra en Honduras y avanza ametrallando las aldeas fronterizas.

…

La llamada «guerra del fútbol» tiene por enemigos a dos pedazos de América Central, jirones de la que fue, hace un siglo y medio, patria única.

Honduras, pequeño país agrario, está dominado por los latifundistas.

El Salvador, pequeño país agrario, está dominado por los latifundistas.

El pueblo campesino de Honduras no tiene tierra ni trabajo.

El pueblo campesino de El Salvador no tiene tierra ni trabajo.

En Honduras hay una dictadura militar nacida de un golpe de Estado.

En El Salvador hay una dictadura militar nacida de un golpe de Estado.

El general que gobierna Honduras ha sido formado en la Escuela de las Américas, en Panamá.

El general que gobierna El Salvador ha sido formado en la Escuela de las Américas, en Panamá.

De los Estados Unidos provienen las armas y los asesores del dictador de Honduras.

De los Estados Unidos provienen las armas y los asesores del dictador de El Salvador.

El dictador de Honduras acusa al dictador de El Salvador de ser un comunista a sueldo de Fidel Castro.

El dictador de El Salvador acusa al dictador de Honduras de ser un comunista a sueldo de Fidel Castro.

La guerra dura una semana. Mientras dura la guerra, el pueblo de Honduras cree que su enemigo es el pueblo de El Salvador y el pueblo de El Salvador cree que su enemigo es el pueblo de Honduras. Ambos pueblos dejan cuatro mil muertos en los campos de batalla.

Fuente: Galeano, E. (1986), Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, Siglo Veintiuno, Madrid.

10/2/23

Sigüenza y Góngora

Por Eduardo Galeano

1681

Ciudad de México

…

Desde fines del año pasado, un cometa incendia el cielo de México. ¿Qué males anuncia el colérico profeta? ¿Qué penas traerá? ¿Se derrumbará el sol sobre la tierra? ¿El sol como gran puño de Dios? ¿Se secará la mar y no quedará ni gota de los ríos?

–Por ninguna razón han de ser infaustos los cometas –responde el sabio a los despavoridos.

Carlos de Sigüenza y Góngora publica su Manifiesto philosofico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos, formidable alegato contra la superstición y el miedo. Se desata la polémica entre la astronomía y la astrología, entre la curiosidad humana y la revelación divina. El jesuita alemán Eusebio Francisco Kino, que anda por estas tierras, se apoya en seis fundamentos bíblicos para afirmar que casi todos los cometas son precursores de siniestros, tristes y calamitosos sucesos. Desdeñoso, Kino pretende enmendar la plana de Sigüenza y Góngora, que es hijo de Copérnico y Galileo y otros herejes; y le responde el sabio criollo:

–Podrá usted reconocer, al menos, que hay también matemáticos fuera de Alemania, aunque metidos entre los carrizales y espadañas de la mexicana laguna.

Cosmógrafo mayor de la Academia, Sigüenza y Góngora ha intuido la ley de gravedad y cree que otras estrellas han de tener, como el sol, planetas volando alrededor. Valiéndose del cálculo de los eclipses y los cometas, ha conseguido situar las fechas de la historia indígena de México; por ser la tierra su oficio tanto como el cielo, también ha fijado exactamente la longitud de esta ciudad (283° 23' al oeste de Santa Cruz de Tenerife), ha dibujado el primer mapa completo de esta región y ha contado sus sucesos, en verso y prosa, en obras de títulos extravagantes, al uso del siglo.

Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

3/2/23

Zumbí

Por Eduardo Galeano

Imagen tomada de shorturl.at/etU19

1695

Serra Dois Irmãos

…

Honduras del paisaje, hondones del alma. Fuma en pipa Zumbí, perdida la mirada en las altas piedras rojas y en las grutas abiertas como heridas, y no ve que nace el día con luz enemiga ni ve que huyen los pájaros, asustados, en bandadas.

No ve que llega el traidor. Ve que llega el compañero, Antonio Soares, y se levanta y lo abraza. Antonio Soares le hunde varias veces el puñal en la espalda.

Los soldados clavan la cabeza en la punta de una lanza y la llevan a Recife, para que se pudra en la plaza y aprendan los esclavos que Zumbí no era inmortal.

Ya no respira Palmares. Había durado un siglo y había resistido más de cuarenta invasiones este amplio espacio de libertad abierto en la América colonial. El viento se ha llevado las cenizas de los baluartes negros de Macacos y Subupira, Dambrabanga y Obenga, Tabocas y Arotirene. Para los vencedores, el siglo de Palmares se reduce al instante de las puñaladas que acabaron con Zumbí. Caerá la noche y nada quedará bajo las frías estrellas. Pero, ¿qué sabe la vigilia comparado con lo que sabe el sueño?

Sueñan los vencidos con Zumbí; y el sueño sabe que mientras en estas tierras un hombre sea dueño de otro hombre, su fantasma andará. Cojeando andará, porque Zumbí era rengo por culpa de una bala; andará tiempo arriba y tiempo abajo y cojeando peleará en estas selvas de palmeras y en todas las tierras del Brasil. Se llamarán Zumbí los jefes de las incesantes rebeliones negras.

Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

27/1/23

Blancos

Por Eduardo Galeano

En las Américas, y también en Europa, la policía caza estereotipos, culpables del delito de portación de cara. Cada sospechoso que no es blanco confirma la regla escrita, con tinta invisible, en las profundidades de la conciencia colectiva: el crimen es negro, o marrón, o por lo menos amarillo.

Esta demonización ignora la experiencia histórica del mundo. Por no hablar más que de estos últimos cinco siglos, habría que reconocer que no han sido para nada escasos los crímenes de color blanco. Los blancos sumaban no más que la quinta parte de la población mundial, en tiempos del Renacimiento, pero ya se decían portadores de la voluntad divina. En nombre de Dios, exterminaron a qué sé yo cuántos millones de indios en las Américas y arrancaron a quién sabe cuántos millones de negros del África. Blancos fueron los reyes, los vampiros de indios y los traficantes negreros que fundaron la esclavitud hereditaria en América y en África, para que los hijos de los esclavos nacieran esclavos en las minas y en las plantaciones. Blancos fueron los autores de los incontables actos de barbarie que la Civilización cometió, en los siglos siguientes, para imponer, a sangre y fuego, su blanco poder imperial sobre los cuatro puntos cardinales del globo. Blancos fueron los jefes de estado y los jefes guerreros que organizaron y ejecutaron, con ayuda de los japoneses, las dos guerras mundiales que en el siglo veinte mataron a sesenta y cuatro millones de personas, en su mayoría civiles; y blancos fueron los que planificaron el holocausto de los judíos, que también incluyó a rojos, gitanos y homosexuales, en los campos nazis de exterminio.

Fuente: Galeano, E. (1998), Patas arriba, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

20/1/23

Y sin embargo

Por Julio Cortázar

No era que me gustaran particularmente las chicas del bajo en ese entonces, me movía en el cómodo pequeño mundo de una relación estable con alguien a quien llamaré Susana y calificaré de kinesióloga, solamente que a veces ese mundo me resultaba demasiado pequeño y demasiado confortable, entonces había como una urgencia de sumersión, una vuelta a tiempos adolescentes con caminatas solitarias por los barrios del sur, copas y elecciones caprichosas, breves interludios quizá más estéticos que eróticos, un poco como la escritura de este párrafo que releo y que debería tachar pero que guardaré porque así ocurrían las cosas, eso que he llamado sumersión, ese encanallamiento objetivamente innecesario puesto que Susana, puesto que T. S. Eliot, puesto que Wilhelm Backhaus, y sin embargo, sin embargo.

Fuente: Cortázar, J. (1982), Cuentos completos/3, Santillana, México, D.F.

13/1/23

Desterrados en una playa inhóspita

Por Bertrand Russell

En mi opinión, deberíamos predicar, en la medida de lo posible, nuestra actitud sobre temas religiosos, que no es la misma que la de cualquiera de los conocidos oponentes del cristianismo. Está la tradición volteriana, que se burla de todo ello desde el punto de vista del sentido común, semihistórico, semiliterario. Esto, desde luego, es irremediablemente inadecuado, porque sólo se apodera de los accidentes y excrecencias de los sistemas históricos. Luego, está la actitud científica, la actitud Darwin-Huxley, que me parece perfectamente verdadera, y totalmente fatal, si se lleva adelante en forma adecuada, para todos los argumentos usuales de la religión. Pero es demasiado externa, demasiado fríamente crítica, demasiado remota de toda emoción; además, no puede llegar a la raíz de la cuestión sin ayuda de la filosofía. Están después los filósofos, como Bradley, que conservan una sombra de religión, demasiado escasa para ser reconfortante, pero suficiente para arruinar intelectualmente sus sistemas. Pero lo que tenemos que hacer, y lo que privadamente hacemos, es tratar el instinto religioso con profundo respeto, pero insistiendo en que no hay un jirón o partícula de verdad en ninguna de las metafísicas que ha sugerido, paliando esto mediante el intento de hacer resaltar la belleza del mundo y de la vida, en tanto que existan, y, sobre todo, insistiendo en preservar la seriedad de la actitud religiosa y su hábito de formular preguntas definitivas. Y, si una vida buena es lo mejor que conocemos, la pérdida de la religión da nuevo vuelo al valor y a la fortaleza, y así puede hacer de una vida buena algo mejor que cualquier otra actitud, pues la religión sólo procuraba una droga en la desgracia.

Y, con frecuencia, pienso que la religión, como el sol, ha extinguido las estrellas de menos brillo, pero no de menos belleza, que lucen sobre nosotros en las tinieblas de un universo sin Dios. Estoy convencido de que el esplendor de la vida humana es mayor para aquellos que no estén deslumbrados por la radiación divina. Y la camaradería humana parece hacerse más íntima y más tierna mediante la impresión de que todos somos desterrados en una playa inhóspita.

Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

6/1/23

Revolución en el fútbol

Por Eduardo Galeano

Impulsados por un extraordinario jugador llamado Sócrates, que era el más respetado y el más querido, hace ya unos cuantos años, todavía en tiempos de la dictadura militar, los jugadores brasileños conquistaron la dirección del club Corinthians, uno de los clubes más poderosos del país.

Insólito, jamás visto: los jugadores decidían todo, entre todos, por mayoría. Democráticamente, discutían y votaban los métodos de trabajo, los sistemas de juego que mejor se adaptaban a cada partido, la distribución del dinero recaudado y todo lo demás. En sus camisetas, se leía: Democracia Corinthiana.

Al cabo de dos años, los dirigentes desplazados recuperaron la manija y mandaron a parar. Pero mientras duró la democracia, el Corinthians, gobernado por sus jugadores, ofreció el fútbol más audaz y vistoso de todo el país, atrajo las mayores multitudes a los estadios y ganó dos veces seguidas el campeonato de San Pablo.

Fuente: Galeano, E. (2016), El cazador de historias, Siglo XXI, Ciudad de México.

30/12/22

Jainismo y budismo

Por Agustín Pániker

Tanto budismo como jainismo reaccionaron frente al ritualismo brahmánico, rechazaron el carácter revelado del Veda, se opusieron a la ideología de clases socioespirituales, negaron una primera causa inteligente y no persiguieron la prosperidad o la felicidad mundanal, sino lo incondicionado. Los dos colectivos poseen una orden de monjes renunciantes y célibes, adoran a sus santos y maestros y centran su ética en la no-violencia. Ambos sistemas se basan en la perfección alcanzada por sus maestros, nacidos humanos comunes que, tras renunciar a sus reinos y obtener la iluminación, alcanzaron la perfección del nirvāṇa. Por eso a ambos se les llamó indistintamente jina, buddha o śramaṇa. Jainismo y budismo encabezaron, en definitiva, sendas heterodoxias, una palabra que en la India es preferible a la de herejía.

No obstante, aun cuando comparten una posición semejante y sus enseñanzas tienen muchos puntos en común, sus doctrinas también difieren notablemente. Si la vía enseñada por el Buddha fue el Camino Medio, Mahāvīra propugnó un camino mucho más duro y estricto. De hecho, el rechazo del tapas por parte del Buddha acabó por erigirse como la principal diferencia entre los śramaṇas bauddhas y los śramaṇas nirgranthas. La personalidad del Buddha, tal y como aparece en los textos, es la de un hombre afable, casi cándido. El Buddha permitía incluso que se le invitase a comer. Eso era algo impensable para un tapasvin como Mahāvīra; una concesión a la vida-en-el-mundo altamente perniciosa. Indudablemente, el Jina fue un hombre menos proclive que el Buddha a sermonear e interactuar con la gente-del-mundo. Los textos budistas suelen ironizar bastante sobre la insistencia de los nirgranthas en el ascetismo. Por su parte, las referencias jainistas no cesaron de criticar el enfoque excesivamente mentalista y hasta ilusionista de los budistas. Un verso famoso satiriza la vida monástica budista en estos términos:

«Una cama blanda, comida y bebida, apuestas, y al final de todo, la liberación.»

Desde el punto de vista jainista la vía budista es casi la del hedonismo; es decir, la del denostado materialismo (Lokāyata), sinónimo de la ignorancia. Los jainas consideran que el Buddha flaqueó en su empeño y propuso una vía mucho más dulce y fácil, que, con el tiempo, llevaría a una laxitud y relajación de las normas fatal para su orden de monjes.

Además, hablando con propiedad, el budismo se inició con la predicación del Buddha. De ahí que sus discursos estén marcados por un claro rechazo a otras doctrinas. En cambio, Mahāvīra no fue el primero en exponer la doctrina jainista. Él aceptó el dharma que había adquirido por tradición familiar o por simpatía. Si el Buddha tuvo que formar una comunidad, Mahāvīra tuvo que reorganizarla. A nivel filosófico hallamos oposiciones notables. Si los budistas sostenían la irrealidad del espíritu –doctrina del anātman–, los jainistas mantenían su realidad. Como advirtió el profesor Radhakrishnan, las teorías del espíritu y el conocimiento, tan peculiares del jainismo y tan distintas de las de los budistas, no pudieron surgir la una de la otra.

Fuente: Pániker, A. (2000), El jainismo, Kairós, Barcelona.

23/12/22

El temperamento

Por Stephen Jay Gould

Se han reconocido claramente dos prerrequisitos de la fama intelectual: el don de una inteligencia extraordinaria y la suerte de circunstancias insólitas (tiempo, clase social, etc.). Creo que no se ha concedido la debida importancia a un tercer factor: el temperamento. Al menos en mi observación limitada de nuestro mundo actualmente agotado, el factor temperamental parece el menos variable de todos. Entre las personas a las que he conocido, las pocas a las que llamaría «grandes» comparten todas una especie de dedicación impetuosa e incuestionable; una absoluta falta de duda acerca del valor de sus actividades (o al menos un impulso interno que atraviesa cualquier angst que pudiera existir); y, por encima de todo, una capacidad de trabajo (o al menos de hallarse mentalmente alerta para intuiciones inesperadas) en cualquier momento disponible de todos y cada uno de los días de su vida. He conocido a otras personas de talento intelectual igual o mayor que sucumbían a la enfermedad mental, a la desconfianza en sí mismos o a la simple y anticuada pereza.

Esta tenacidad maniática, este fuego en las entrañas, esta actitud que establece el significado literal de entusiasmo («la absorción de Dios»), define a un pequeño grupo de personas que merecen genuinamente la frase manida de «mayor que la vida», pues parecen vivir en un plano distinto al que habitamos nosotros, hombres insignificantes, que miramos a hurtadillas bajo sus enormes piernas. Esta obsesión no tiene ninguna relación particular con la manifestación externa conocida como carisma. Algunas personas de esta categoría, al exudar su placer inducen a otros; otras pueden ser tristemente silenciosas o mostrarse activamente dispépticas hacia el resto del mundo. Este temperamento establece un contrato interno entre una persona y su musa.

Fuente: Gould, S. J. (2000), Las piedras falaces de Marrakech, Crítica, Barcelona.

16/12/22

Ése no puede ser mi hijo

Por Juan Rulfo

–Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: «¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!». Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: «Ése no puede ser mi hijo».

Rulfo, J. (1953), El Llano en llamas, Cátedra, Madrid.

9/12/22

África mía

Por Eduardo Galeano

Febrero

26

…

A fines del siglo diecinueve, las potencias coloniales europeas se reunieron, en Berlín, para repartirse el África.

Fue larga y dura la pelea por el botín colonial, las selvas, los ríos, las montañas, los suelos, los subsuelos, hasta que las nuevas fronteras fueron dibujadas y en el día de hoy de 1885 se firmó, en nombre de Dios Todopoderoso, el Acta General.

Los amos europeos tuvieron el buen gusto de no mencionar el oro, los diamantes, el marfil, el petróleo, el caucho, el estaño, el cacao, el café ni el aceite de palma;

prohibieron que la esclavitud fuera llamada por su nombre;

llamaron sociedades filantrópicas a las empresas que proporcionaban carne humana al mercado mundial;

advirtieron que actuaban movidos por el deseo de favorecer el desarrollo del comercio y de la Civilización

y, por si hubiera alguna duda, aclararon que actuaban preocupados por aumentar el bienestar moral y material de las poblaciones indígenas.

Así Europa inventó el nuevo mapa del África.

Ningún africano estuvo, ni de adorno, en esa reunión cumbre.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

2/12/22

El fenomenismo

Por Mario Bunge

Lo más interesante suele existir u ocurrir tras algo: tras montañas o rejas; tras los ojos o las orejas; tras las pantallas de televisores, ordenadores o cinematógrafos; etcétera.

Por ejemplo, lo que importa de un texto no son sus caracteres sino su mensaje: lo que dice y lo que sugiere entre líneas. Y lo que más importa de una imagen visual no es la apariencia que exhibe, sino lo que produce dicha apariencia.

Los caracteres de un texto interesan más al impresor que al lector. Las imágenes en una pantalla interesan más al técnico electrónico que al usuario. Lo que realmente nos interesa a los demás son los personajes y los hechos que descubren o encubren dichas apariencias.

Sin embargo, según una opinión muy difundida, las apariencias son valiosas en sí mismas. Esta opinión, llamada fenomenismo, es común a muchas escuelas filosóficas, en particular las de Berkeley, Hume, Kant, Comte, Mill, Mach y los neopositivistas del Círculo de Viena.

En rigor, hay dos clases de fenomenismo: radical y moderado. El primero sostiene que sólo hay apariencias; el segundo, que sólo las apariencias pueden conocerse. El filósofo George Berkeley era un fenomenista radical; para él, ser es percibir o ser percibido por alguien (o Alguien).

Su sucesor, David Hume, no dudaba de la existencia independiente del mundo, pero creía que sólo conocemos lo que captan nuestros órganos sensoriales, y en la forma en que lo captan.

Kant osciló entre ambas opiniones. En unas páginas afirmó que el mundo no es sino una pila de apariencias. Pero en otras admitió que toda apariencia lo es de algo que existe de por sí. No hay como ser ambiguo para generar escuelas de estudiosos capaces de ganarse la vida comentando los aciertos, desaciertos y vacilaciones del Maestro.

Obviamente, ninguno de esos filósofos se ajustó al ABC de la ciencia a moderna que fundaron Galileo, Descartes, Huygens, Harvey, Boyle, Newton, Lavoisier y otros. En efecto, todos estos sostuvieron que los objetos físicos existen de por sí y poseen solamente propiedades primarias, tales como forma, tamaño, energía y composición química. Por esto investigaron estas propiedades y las relaciones entre ellas. No confundieron la física con la psicología cognitiva.

El mundo físico no huele ni sabe a nada y ni siquiera tiene color. Todas estas son propiedades secundarias, es decir, propiedades del sujeto que explora en relación con el objeto que se propone conocer.

Las propiedades secundarias no existieron siempre, sino que emergieron con los primeros organismos dotados de sistema nervioso central, hace menos de 1000 millones de años. Antes de ellos sólo hubo propiedades primarias.

La moraleja es tan obvia como vieja: desconfía de las pantallas, procura averiguar qué hay tras ellas.

Fuente: Bunge, M. (2006), 100 ideas, Laetoli, Pamplona.

25/11/22

Pelé

Por Eduardo Galeano

Imagen tomada de shorturl.at/agHV6

Cien canciones lo nombran. A los diecisiete años fue campeón del mundo y rey del fútbol. No había cumplido veinte cuando el gobierno de Brasil lo declaró tesoro nacional y prohibió su exportación. Ganó tres campeonatos mundiales con la selección brasileña y dos con el club Santos. Después de su gol número mil, siguió sumando. Jugó más de mil trescientos partidos, en ochenta países, un partido tras otro a ritmo de paliza, y convirtió casi mil trescientos goles. Una vez, detuvo una guerra: Nigeria y Biafra hicieron una tregua para verlo jugar.

Verlo jugar, bien valía una tregua y mucho más. Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de los rivales, como un cuchillo. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si el aire fuera una escalera. Cuando ejecutaba un tiro libre, los rivales que formaban la barrera querían ponerse al revés, de cara a la meta, por no perderse el golazo.

Había nacido en casa pobre, en un pueblito remoto, y llegó a las cumbres del poder y la fortuna, donde los negros tienen prohibida la entrada. Fuera de las canchas, nunca regaló un minuto de su tiempo y jamás una moneda se le cayó del bolsillo. Pero quienes tuvimos la suerte de verlo jugar, hemos recibido ofrendas de rara belleza: momentos de esos tan dignos de inmortalidad que nos permiten creer que la inmortalidad existe.

Fuente: Galeano, E. (1995), El fútbol a sol y sombra, Siglo Veintiuno, México, D.F.

18/11/22

El fin de la pesadilla terrestre

Por Eduardo Galeano

Mil colores luce la muerte en el cementerio de Chichicastenango. Quizá los colores celebran, en las tumbas florecidas, el fin de la pesadilla terrestre: este mal sueño de mandones y mandados que la muerte acaba cuando de un manotazo nos desnuda y nos iguala.

Pero en el cementerio no hay lápidas de 1982, ni de 1983, cuando fue el tiempo de la gran matazón en las comunidades indígenas de Guatemala. El ejército arrojó esos cuerpos a la mar, o a las bocas de los volcanes, o los quemó en quién sabe qué fosas.

Los alegres colores de las tumbas de Chichicastenango saludan a la muerte, la Igualadora, que con igual cortesía trata al mendigo y al rey. Pero en el cementerio no están los que murieron por querer que así también fuera la vida.

Fuente: Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI, México, D.F.

11/11/22

El miedo venció

Por Eduardo Galeano

Corría el año 1964, y el dragón del comunismo internacional abría sus siete fauces para comerse a Chile.

La publicidad bombardeaba a la opinión pública con imágenes de iglesias quemadas, campos de concentración, tanques rusos, un muro de Berlín en pleno centro de Santiago y guerrilleros barbudos llevándose a los niños.

Hubo elecciones.

El miedo venció. Salvador Allende fue derrotado. En esos días de dolor, yo le pregunté qué era lo que le había dolido más. Y Allende me contó lo que había ocurrido ahí nomás, en una casa vecina, en el barrio de Providencia. La mujer que allí se deslomaba trabajando de cocinera, limpiadora y niñera a cambio de un sueldito, había metido en una bolsa de plástico toda la ropa que tenía y la había enterrado en el jardín de sus patrones, para que no la despojaran los enemigos de la propiedad privada.

Fuente: Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI, México, D.F.

4/11/22

La palabra

Por Roberto Bolaño

La primera conversación telefónica, la que hizo Pelletier, empezó de manera difícil, aunque Espinoza esperaba esa llamada, como si a ambos les costara decirse lo que tarde o temprano iban a tener que decirse. Los veinte minutos iniciales tuvieron un tono trágico en donde la palabra destino se empleó diez veces y la palabra amistad veinticuatro. El nombre de Liz Norton se pronunció cincuenta veces, nueve de ellas en vano. La palabra París se dijo en siete ocasiones. Madrid, en ocho. La palabra amor se pronunció dos veces, una cada uno. La palabra horror se pronunció en seis ocasiones y la palabra felicidad en una (la empleó Espinoza). La palabra resolución se dijo en doce ocasiones. La palabra solipsismo en siete. La palabra eufemismo en diez. La palabra categoría, en singular y en plural, en nueve. La palabra estructuralismo en una (Pelletier). El término literatura norteamericana en tres. Las palabras cena y cenamos y desayuno y sándwich en diecinueve. La palabra ojos y manos y cabellera en catorce. Después la conversación se hizo más fluida. Pelletier le contó un chiste en alemán a Espinoza y éste se rió. Espinoza le contó un chiste en alemán a Pelletier y éste también se rió. De hecho, ambos se reían envueltos en las ondas o lo que fuera que unía sus voces y sus oídos a través de los campos oscuros y del viento y de la nieves pirenaicas y ríos y carreteras solitarias y los respectivos e interminables suburbios que rodeaban París y Madrid.

Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama, Barcelona.