Por Ian Kershaw
El
enfoque keynesiano de promover el crecimiento estimulando la demanda había sido
la base de casi todo el pensamiento económico de la posguerra y había
demostrado ser la forma probada de salir de los apuros económicos, el
estancamiento y el desempleo masivo. Sin embargo, este remedio no se ajustaba a
las condiciones de principios de los años setenta [en Europa]. Tras dos décadas
de elevado crecimiento, había pleno empleo; el problema era el aumento de la
inflación. La inyección de fondos en la economía solo era una garantía de que
aumentarían las presiones inflacionarias y el estímulo de la demanda solo
provocaba la reclamación de subidas salariales. Sin un aumento de la
productividad, esto solo alimentaba la inflación. Buena parte de los
trabajadores (que seguía aumentando), y en particular en el sector público en
expansión, pertenecía a sindicatos; en 1970, unas dos terceras partes de ellos
en Suecia, la mitad en Gran Bretaña y una tercera parte en Alemania Occidental,
aunque poco más de una quinta parte en Francia. Los sindicatos podían
aprovechar el pleno empleo y la escasez de mano de obra para conseguir aumentos
salariales a veces espectaculares (un 19% en la industria italiana en 1969) sin
los correspondientes aumentos de la productividad. A los gobiernos les resultaba
cada vez más difícil hacer frente a los niveles de gasto público, sobre todo en
materia de asistencia social, que a principios de los años setenta representaba
entre el 40% y el 50% del gasto de los países occidentales, desde el final de
la guerra se había multiplicado por una media de cuatro en Europa occidental y
aumentaba con especial rapidez en Italia y Francia. En estas circunstancias, la
teoría keynesiana no ofrecía soluciones.
Fuente:
Kershaw, I. (2018), Ascenso y crisis, Crítica, Barcelona.
