Por Eduardo Galeano
Imagen tomada de https://shorturl.at/SDNhA
Para
que el amor sea natural y limpio, como el agua que bebemos, ha de ser libre y
compartido; pero el macho exige obediencia y niega placer. Sin una nueva moral,
sin un cambio radical en la vida cotidiana, no habrá emancipación plena. Si la
revolución social no miente, debe abolir, en la ley y en las costumbres, el
derecho de propiedad del hombre sobre la mujer y las rígidas normas enemigas de
la diversidad de la vida.
Palabra más, palabra menos, esto exigía
Alexandra Kollontai, la única mujer con rango de ministro en el gobierno de
Lenin.
Gracias a ella, la homosexualidad y el
aborto dejaron de ser crímenes, el matrimonio ya no fue una condena a pena
perpetua, las mujeres tuvieron derecho al voto y a la igualdad de salarios, y
hubo guarderías infantiles gratuitas, comedores comunales y lavanderías
colectivas.
Años después, cuando Stalin decapitó la
revolución, Alexandra consiguió conservar la cabeza. Pero dejó de ser
Alexandra.
Fuente:
Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

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