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24/9/08

La mente más poderosa

Por José Manuel Sánchez Ron
Pretender saber algo de ciencia e ignorar quién fue Isaac Newton, es tanto como tener sed y no beber agua. Newton fue el grande entre los grandes, la mente más poderosa –científica, sin duda, pero acaso también desde cualquier punto de vista– que ha conocido la historia. Físico, matemático, químico/alquimista, teólogo, historiador; apasionado y genial perseguidor de los arcanos del conocimiento.
Imagen tomada de https://bit.ly/2A9i589
Tendemos a contemplar a Newton como el paradigma del científico en el sentido moderno, como el estudioso de los fenómenos naturales, y aunque esta caracterización de aquel inglés irascible y poco dado a compartir sus conocimientos no deja de ser cierta, también se encuentra fundamentalmente desenfocada. En uno de los ensayos más vibrantes y apasionados que he leído a lo largo de mi vida, el economista John Maynard Keynes (1883-1946) le caracterizó –y algo de razón tenía– como el «último de los magos, el último de los babilonios y de los sumerios, la última de las grandes mentes que contempló el mundo visible e intelectual con los mismo ojos que de aquellos que empezaron a construir nuestra heredad intelectual, hace casi diez mil años».
Es evidente, sin embargo, que semejante caracterización contiene elementos inaceptables. Newton introdujo en el análisis de los fenómenos naturales –de los físicos especialmente– un método radicalmente nuevo; un método que si ya lo distinguía de sus predecesores más cercanos (como Galileo, Descartes [1596-1650] o Kepler [1571-1630]), más le separaba aún de todos aquellos que habían empezado, milenios antes, a «construir nuestra heredad intelectual». El delicado equilibrio e interrelación entre observación experimental y representación teórico-matemática, la prodigiosa habilidad para reducir los problemas físicos a cuestiones matemáticas, para tratarlos como tales y aplicar luego los resultados así obtenidos a la investigación empírica, todo esto –la esencia del método científico moderno y contemporáneo–, es algo que nadie de sus contemporáneos o precursores logró.
En este sentido, ciertamente no contempló el mundo físico de la misma manera que los antiguos. Y, no obstante, a pesar de tales diferencias las frases de Keynes –que llegó a reunir una de las colecciones más importantes de manuscritos «no científicos» newtonianos– contienen algo de verdad, tocando la esencia del pensamiento del catedrático lucasiano de la Universidad de Cambridge. Este elemento de verdad se aprecia con mayor claridad cuando, más adelante en su ensayo, Keynes explica los calificativos que había aplicado a Newton:

¿Por qué lo llamo mago? Porque contemplaba el universo y todo lo que en él se contiene como un enigma, como un secreto que podía leerse aplicando el pensamiento puro a cierta evidencia, a ciertos indicios místicos que Dios había diseminado por el mundo para permitir una especie de búsqueda del tesoro filosófico a la hermandad esotérica. Creía que una parte de dichos indicios debía encontrarse en la evidencia de los cielos y en la constitución de los elementos (y esto es lo que erróneamente sugiere que fuera un filósofo experimental natural); y la otra, en cierto escritos y tradiciones transmitidos por los miembros de una hermandad, en una cadena ininterrumpida desde la original revelación críptica, en Babilonia. Consideraba al Universo como un criptograma trazado por el Todopoderoso.

Basta, en efecto, pasar revista a los manuscritos que dejó para comprender dónde residían, efectivamente, sus intereses. Hasta el punto que no sería totalmente descabellado formularse la pregunta de por qué uno de los mayores teólogos antitrinitarios del siglo XVII utilizó parte de su tiempo para escribir trabajos sobre ciencia natural, como Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (1687).
La ambición intelectual de Newton fue tal que no podía conformarse –aunque aparentemente lo hiciera (de ahí su engañosa frase «Hipotheses non fingo» [«No hago hipótesis»])– con otra cosa que no fuese la causa última, la explicación definitiva de todo lo que vemos ocurre en la Naturaleza. Y él situaba a Dios en ese lugar. De ahí su profundo y sostenido interés por los temas teológicos e histórico-religiosos, que aflora sólo muy ocasionalmente en alguno de sus tratados científicos … como en el «Escolio General» que añadió a la segunda edición de los Principia, o los últimos párrafos de la «Cuestión 31» de la Óptica (1704), el libro en el que desveló numerosas propiedades de la luz –que él creía formada por pequeños corpúsculos– hasta entonces ignoradas (como el que la luz blanca está compuesta en realidad por colores «simples» o «elementales»).
Aunque sin duda es sorprendente que el maestro de la racionalidad matemático-experimental buscase los secretos de la naturaleza fuera de ésta, lo cierto es que Newton creía que el mensaje divino que había estado alguna vez en las Sagradas Escrituras (eso sí, en las versiones no corrompidas) contenía también la explicación del funcionamiento de la naturaleza. Por ello, buscó las creencias religiosas de los antiguos, y escribió miles de páginas en las que pugnaba por reconstruir la verdadera religión, páginas que incluyen también libros, como Observations upon the Prophecies of Holy Writ particularly the Prophecies of Daniel and the Apocalypse of St. John, que sólo vería la luz pública en 1733, seis años después de que hubiese muerto.
Pero en un diccionario como éste, no es del Newton teólogo e historiador del que hay que hablar, por mucho, insisto, que sólo existiera un Newton, al que prejuicios falsamente científicos, han dividido en parcelas aparentemente inconexas, convirtiendo sus intereses teológico-históricos en algo así como las inevitables –y si es posible inconfesables– extravagancias de un genio. Hay que referirse a aquel del que Voltaire (1694-1778) –un ferviente newtoniano– escribió (en su Diccionario filosófico): «Inventó el cálculo que se llama del infinito; descubrió y demostró el principio nuevo que hace mover toda la naturaleza. No se conoció la luz antes de que él la estudiara, sólo se tenía de ella ideas confusas y falsas. Inventó los telescopios de reflexión.»
Entre las joyas científicas newtonianas, hay una que sobresale entre todas: el ya citado Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural), el libro científico más importante jamás escrito. Los Principia contienen la esencia de la dinámica (la rama de la física que se ocupa del movimiento de los cuerpos), tal y como sería aceptada hasta 1905, cuando Albert Einstein desarrolló una teoría –la relatividad especial– que hacía de la formulación newtoniana un caso particular (para velocidades pequeñas comparadas con la de la luz). Para la mayoría de los fenómenos físicos que observamos seguimos utilizando todavía las tres leyes clásicas de la mecánica newtoniana, aquellas que nos dicen que: 1) en ausencia de fuerzas, todos los cuerpos continúan en su estado de reposo o de movimiento uniforme en línea recta; 2) masa por aceleración (variación de la velocidad con respecto al tiempo) es igual a fuerza; y 3) que a toda acción se le opone una reacción de igual magnitud. El Libro Tercero de los Principia, titulado nada menos que «El sistema del mundo», aplicaba estas leyes al movimiento de los cuerpos celestes. Hasta entonces, la humanidad había considerado como fenómenos diferentes la caída de objetos en nuestro entorno y los movimientos de los planetas y demás cuerpos celestes. Newton eliminó tal diferencia: la Tierra atraía a una manzana, igual que atraía a la Luna, a Marte o al Sol, y éstos, a su vez, la atraían a ella. Y todo con el mismo tipo de fuerza: directamente proporcional al producto de las masas de los dos cuerpos en cuestión e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. El movimiento cósmico era el producto, la situación de equilibrio dinámico, de todas esas fuerzas.
Con este instrumental conceptual y analítico, auxiliado por nuevas técnicas matemáticas (el cálculo de fluxiones, una versión geométrica y menos poderosa que la formulación desarrollada más o menos simultánea e independientemente por Leibniz) que él mismo inventó, Newton fue capaz de explicar y predecir con precisión las trayectorias de los planetas, incluso –él, que parece que nuca vio el mar– intentó dar cuenta de las mareas, tan importantes para su país, que en su teoría surgirían como meras consecuencias de la atracción que la Luna ejerce sobre la Tierra. Ansioso de disponer del mayor número posible de datos relativos al movimiento lunar, Newton utilizó todos los recursos, en modo alguno escasos, de que disponía (su puesto de presidente de la Royal Society, por ejemplo) para acceder a los datos penosa y lentamente acumulados por el astrónomo real, John Flamsteed (1646-1719). Hay quienes asocian a la genialidad un desarrollo anormalmente grande del individualismo, del, sería más adecuado expresarlo así, egoísmo. Isaac Newton proporciona, desde luego, argumentos a los que piensan de esta manera.
Una de las características más llamativas de la física newtoniana es que las fuerzas a las que recurre son del tipo de «acción a distancia» … La fuerza de esta clase –repito lo que ya señalé– que relaciona a dos cuerpos no necesita de ningún sustrato que la transporte: ejerce su capacidad de influencia de una manera aparentemente milagrosa, inexplicable mecánicamente. Además, en el caso newtoniano, instantáneamente. La mayoría de los contemporáneos de Newton encontraron repugnante este tipo de interacción. Era mucho más satisfactoria conceptualmente la imagen que Descartes defendía, en la cual el universo estaba lleno de unos vórtices de materia sutil, que arrastraban a lo largo de sus torbellinos a los cuerpos celestes.
El propio Newton no creía en las acciones a distancia, pero fue los suficientemente buen físico como para elevarse por encima de sus expectativas. En una carta que escribió a Richard Bentley (1662-1742) (el 25 de febrero de 1963) se pronunció sobre estos puntos: «Es inconcebible que la materia bruta inanimada opere y afecte (sin la mediación de otra cosa que no sea material) sobre otra materia sin contacto mutuo, como debería ser si la gravitación en el sentido de Epicuro es esencial e inherente a ella. Y ésta es la razón por la que deseo que no me asocie con la gravedad innata. Que la gravedad sea innata, inherente y esencial a la materia de forma que un cuerpo pueda actuar a distancia a través de un vacío sin la mediación de otra cosa con la cual su acción o fuerza puede ser transmitida de [un lugar] a otro, es para mí algo tan absurdo que no creo que pueda caer en ella ninguna persona con facultades competentes de pensamiento en asuntos filosóficos. La gravedad debe ser producida por un agente que actúe constantemente según ciertas leyes, pero si este agente es material o inmaterial es una cuestión que he dejado a la consideración de mis lectores.»
No creía, filosóficamente, en la acción a distancia, pero como científico la utilizaba y, en este sentido, aceptaba. En este punto –como en otros– sí que fue el primero de los modernos y no el último de los antiguos.
En la historia del pensamiento no faltan los casos de grandes creadores que vivieron y murieron sin alcanzar ningún tipo de reconocimiento público o profesional. Isaac Newton no perteneció a esta categoría. Inglaterra y el mundo civilizado le honraron con generosidad y prontitud. En Inglaterra llegó a alcanzar una posición oficial tan notable (y rentable) como la dirección de la Casa de la Moneda. La influencia de los Principia, que marcó el punto culminante de la Revolución Científica, no se vio confinada a la física matemática y mecánica celeste, sino que se extendió, como modelo a imitar, a todas las ciencias. La filosofía de la naturaleza newtoniana afectó profundamente al pensamiento político y social, a ideas relativas a la religión, e incluso al arte. Montesquieu (1698-1755) escribió sobre la gravedad universal newtoniana o «poder de gravitación» en la exposición del «Principio de Monarquía» de su Esprit des Lois, y John Adams (1735-1826) invocó la tercera ley del movimiento de Newton al defender la nueva Constitución de Estados Unidos. John T. Desaguliers (1683-1744) escribió un tratado político titulado El sistema newtoniano del mundo, el mejor modelo de gobierno.
A pesar de que otras construcciones físicas han superado, en la mecánica, la gravitación y, sobre todo, la luz, sus conceptos y teorías, la manera newtoniana de aproximarnos a la realidad no nos ha abandonado completamente. Pasarán aún generaciones antes de que logremos mirar a la naturaleza en términos más acordes con los conceptos relativistas o cuánticos, que, por el momento al menos, consideramos más «verdaderos», y que sólo incluyen a los newtonianos como límites en situaciones muy concretas.
Aquellos que se acerquen a su tumba, en la abadía de Westminster, en Londres, podrán leer en la lápida que cubre sus restos, unas palabras que hacen justicia a tanta inteligencia, energía y pasión como desplegó Newton a lo largo de su vida: «Sibi gratulentur Mortales, tale tantumgue extitisse Humani generis decus» («Alégrense los mortales de que haya existido tal y tan gran ornamento de la raza humana»).
Fuente: Sánchez Ron, J. M. (2006), Diccionario de la ciencia, Crítica, Barcelona.

15/9/08

Stephen Hawking

Por José Manuel Sánchez Ron
Seguramente son muchas las personas a lo largo y ancho del mundo que con dificultad pueden mencionar un nombre de un científico vivo (y acaso también muerto) que no sea el del físico inglés Stephen W. Hawking (Oxford, 1942). Es por esta razón que he decidido incluirlo en este diccionario. En mi opinión, ni es ni ha sido uno de los físicos más importantes del siglo XX o comienzos del XXI. No es, desde luego, como a veces se ha dicho y escrito (especialmente en los textos publicitarios de las contraportadas de sus libros de divulgación), «el sucesor de Einstein». Es cierto que se ha dedicado a uno de los campos de investigación que éste creó, el de la relatividad general, y también que ha realizado contribuciones notables a él, pero de eso a considerarle de la talla de Einstein va un mundo.
Imagen tomada de https://bit.ly/2tS4vSF
Efectivamente Hawking ha sido –ya lo es menos– un magnífico físico. Sus trabajos de mediados de la década de 1960 (algunos en colaboración con Roger Penrose) sobre singularidades –como pueden ser el big bang o los agujeros negros– en el espacio-tiempo de la relatividad general fueron no sólo importantes en sí mismas, sino también para dar impulso, incluso para «crear», a un campo de investigación que no ha hecho sino crecer desde entonces.
Otros trabajos de Hawking que es obligado recordar son los que dedicó a lo que se conoce como «evaporación de agujeros negros». Durante un simposio dedicado a la «Gravedad cuántica» que se celebró en Oxford en 1974, Hawking sorprendió al mundo de los relativistas presentando la demostración de que los agujeros negros, que previamente se habían contemplado como incapaces de emitir nada, sólo de absorber, podían radiar debido a un mecanismo mecánico-cuántico, en el que se producían parejas de partícula-antipartícula, y que permitía hablar de la «temperatura» del agujero negro. Y temperatura está asociada a «calor», y éste a «emisión térmica». Semejante emisión térmica conduce a una lenta disminución de la masa de un agujero negro. Si la disminución es continua, es evidente que el agujero negro puede terminar desapareciendo. Sin embargo, para agujeros negros «normales», cuya masa es varias veces la masa del Sol, esto no ocurre. En el caso, por ejemplo, de un agujero negro de una masa solar, su temperatura es menor que 3 grados kelvin, la temperatura, aproximada, del fondo de microondas, la radiación «fósil» o, mejor, «residual» del big bang. Esto quiere decir que agujeros negros de ese tamaño absorberán radiación más rápidamente de la que emitirán, lo que significa que continuarán aumentando de masa. Sin embargo, Hawking argumentó que además de los agujeros negros formados en un colapso gravitacional de grandes cantidades de materia, cabe suponer que se formarían otros, mucho más pequeños, en los primeros instantes del universo, debido a las fluctuaciones de densidad de materia-energía que se produjeron entonces. Estos mini-agujeros negros tendrían una temperatura mucho mayor y radiarían más energía de la que absorberían. Perderían masa, lo que les haría todavía más calientes, y acabarían estallando en una gran explosión de energía. Su vida sería tal, que podríamos observar esas explosiones ahora. No obstante, aún no han sido detectadas.
Fue el gran momento de Hawking como científico, aunque no, en modo alguno, su final. Sin embargo, por entonces apenas era conocido fuera del mundo científico. Todo cambió con la publicación de su libro de carácter popular, o de divulgación: A Brief History of Time (1988), traducido al español no como Una breve historia del tiempo, sino como Historia del tiempo. De él se han vendido más de diez millones de ejemplares (se mantuvo durante cuatro años en la lista de superventas del London Sunday Times), y probablemente ha sido traducido a todas las lenguas del mundo con un mínimo de hablantes. Es un buen libro, imaginativo y muy especulativo, y está escrito con un gran sentido del humor, y también de la oportunidad. Del humor me quedo con unas frases que aparecen en los «Agradecimientos»: «Alguien me dijo que cada ecuación que incluyera en el libro reduciría las ventas en la mitad. Al final, sin embargo, sí que incluí una ecuación, la famosa ecuación de Einstein, E = mc^2. Espero que esto no asuste a la mitad de mis potenciales lectores». Me encuentro a menudo con personas que me dicen que no lo han entendido, algo que, por otra parte, no parece disminuir su entusiasmo y admiración por libro y autor. Dejando aparte el sentido del humor que he mencionado, y también el que el universo tiene para nosotros un atractivo especial, acaso atávico, y que la Historia del tiempo trata de eso, Hawking atrae la atención del público por la situación física en que se encuentra desde hace mucho.
En 1963, poco después de graduarse en Oxford y trasladarse a Cambridge, con el propósito de hacer una tesis doctoral en cosmología, desarrolló una gravísima enfermedad: la esclerosis lateral amiotrófica, también conocida como enfermedad de Lou Gehrig, un mal que destruye lentamente los nervios que controlan los músculos del cuerpo y que deja que éstos se consuman uno tras otro hasta quedar paralizados. Normalmente, este tipo de enfermedad conduce con cierta rapidez a la muerte, y Hawking pensó que eso le ocurriría a él, por lo que perdió durante algún tiempo interés por la ciencia. No obstante, hacia el invierno de 1964-1965 se hizo patente que la suya era una variante más lenta, y recuperó las ilusiones (de hecho se casó en 1965 y tuvo dos hijos y una hija; bastantes años más tarde, ya célebre y mucho más incapacitado, se divorció y volvió a casarse). Cuando yo vivía en Oxford, entre 1975 y 1978, recuerdo haberlo escuchado –y entendido lo que decía– en algún seminario suyo en el Instituto de Matemáticas. Hoy no sólo no puede hablar, sino que lo único que le conecta al mundo es un dedo, un mero dedo, con el que maneja un ordenador que produce una fría voz sintética, metálica.
No creo que sea irreverente o exagerado decir que la presencia física de Hawking, sentado, desmañado, incapaz de sujetarse, en una silla de ruedas, con cada vez más dificultades para hacerse entender, ha sido muy, muy importante en la atracción que el público ha sentido y siente por él y, subsiguientemente, por sus libros (después de Historia del tiempo llegaron otros, como el magnífico El universo en una cáscara de nuez publicado en 2001). Con justicia, la sociedad, el mundo, ha apreciado, admirado y se ha conmovido con el esfuerzo de un científico severamente incapacitado, que puede realizar complicados cálculos en su mente, sin un papel que le ayude, y que a pesar de todo no ha perdido el sentido del humor, que en él es casi legendario, ni la ilusión de vivir (viaja, por ejemplo, muy a menudo). Es, por todo ello, un ejemplo. El ejemplo de un ser humano que quiere vivir, que ama la ciencia, y el agrandarla y transmitirla a otros. Por eso es justa su fama, aunque no sea «el sucesor de Einstein», y también que ocupe en Cambridge la cátedra («Lucasiana») universitaria que una vez fue de Isaac Newton.
Fuente: Sánchez Ron, J. M. (2006), Diccionario de la ciencia, Crítica, Barcelona.