Por Eduardo Galeano
Ocurrió
en 1950. Contra todo pronóstico, contra toda evidencia, Brasil fue derrotado
por Uruguay y perdió su campeonato mundial de fútbol.
Después del pitazo final, mientras caía el
sol, el público siguió sentado en las gradas del recién inaugurado estadio de
Maracaná. Un pueblo tallado en piedra, inmenso monumento a la derrota: la mayor
multitud jamás reunida en la historia del fútbol no podía hablar, ni podía
moverse. Allí se quedaron los dolientes, hasta bien entrada la noche.
Y allí estaba Isaías Ambrosio. Le habían
regalado una entrada, por haber sido uno de los albañiles que habían construido
aquel estadio.
Medio siglo después, Isaías seguía estando
allí.
Sentado en el mismo lugar, ante las gradas
vacías del gigante de cemento, repetía su inútil ceremonia. Cada atardecer, a
la hora fatal, Isaías trasmitía la jugada que había sellado la derrota, pegada
la boca a un micrófono invisible, para la audiencia de una radio imaginaria. La
trasmitía paso a paso, sin olvidar ningún doloroso detalle, y con voz de
locutor profesional gritaba el gol, o más bien lo lloraba, y volvía a llorarlo,
como en la tarde anterior y en la tarde siguiente y en todas las partes.
Fuente:
Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI, México, D.F.