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13/12/24

¡Éste no soy yo!

Por Philip Roth

Penetrar en el interior del prójimo era una habilidad o capacidad que el Sueco no poseía. No tenía la combinación de esa cerradura. A quien presentaba los signos de la bondad lo tomaba por bueno; a quien presentaba los de la lealtad lo tomaba por leal; a quien presenta los de la inteligencia lo tomaba por inteligente. Y por eso no había logrado ver el interior de su hija, de su esposa, de la única amante que había tenido, y probablemente ni siquiera había empezado a ver su propio interior. ¿Qué era él, despojado de todas las señales que emitía? La gente estaba en pie por todas partes, gritando: «¡Éste soy yo! ¡Éste soy yo!». Cada vez que uno les miraba, se levantaban y le decían quién era, y a decir verdad no tenían más idea que él de qué o quiénes eran. También creían en las señales que emitían. Deberían estar en pie y gritar: «¡Éste no soy yo! ¡Éste no soy yo!». Lo harían así si fuesen honestos. «¡Éste no soy yo!» Entonces uno podría conocer la manera de avanzar a través de las centelleantes tonterías de este mundo.

Fuente: Roth, P. (1997), Pastoral americana, Random House Mondadori, México, D.F.

6/9/24

¿Qué es la vida?

Por Philip Roth

Entonces recordó algo que ella había escrito en sexto o séptimo curso, antes de que fuese al instituto de Morristown. A sus compañeros de clase en la escuela Montessori les hicieron diez preguntas sobre su «filosofía», una por semana. La primera semana la maestra les preguntó: «¿Por qué estamos aquí abajo?». En lugar de responder como los demás niños que estamos aquí para hacer el bien, para convertir el mundo en un lugar mejor, etcétera, Merry respondió con su propio interrogante: «¿Por qué hay monos aquí abajo?». Pero la maestra consideró inadecuada esta respuesta y le pidió que, en casa, reflexionara más seriamente sobre el particular. «Desarrolla el tema», le pidió. Merry se fue a casa, hizo lo que le pedían y al día siguiente entregó otra frase: «¿Por qué hay canguros aquí abajo?». Ésa fue la primera ocasión en que uno de sus maestros informó a Merry acerca de su «testarudez». La última pregunta formulada a la clase era «¿Qué es la vida?», y Merry respondió algo que hizo reír a sus padres aquella noche. Según la niña, mientras sus compañeros se esforzaban por expresar unos pensamientos falsamente profundos, ella, tras pensar una hora en su pupitre, escribió una sola frase nada trivial: «La vida no es más que un breve periodo de tiempo durante el que una está viva».

Fuente: Roth, P. (1997), Pastoral americana, Random House Mondadori, México, D.F.

23/8/24

La gran diosa Soledad

Por Philip Roth

«Mi querida y estúpida Merry, todavía más estúpida que tu estúpido padre, ni siquiera hacer volar edificios a bombazos sirve de ayuda. Uno está solo tanto si hay edificios como si no. No hay ninguna protesta que formular contra la soledad, y todos los atentados con bombas de la historia no pueden ni siquiera mellarla. El más letal de los explosivos fabricados por el hombre no puede afectarla. No sientas un temor reverencial por el comunismo, idiota hija mía, sino por la soledad ordinaria, cotidiana. El 1.° de mayo puedes desfilar con tus amigos para su mayor gloria, la superpotencia de las superpotencias, la fuerza que las aplasta a todas. Invierte tu dinero en ello, apuesta por ello, ríndele culto, inclínate sumisamente no ante Karl Marx, mi hija tartamudeante, enojada, idiota, no ante Ho Chi Minh y Mao Tse-Tung, ¡sino ante la gran diosa Soledad!»

Fuente: Roth, P. (1997), Pastoral americana, Random House Mondadori, México, D.F.

11/2/21

¡Dos y dos son cuatro!

Por Philip Roth

Filosófica:

–A quién le importa.

–¡A mí me importa! ¿Sabes cuántas son dos más dos? ¡Quiero saberlo! Mírame. Hablo en serio. Tengo que saber lo que sabes y lo que no sabes, y por dónde hay que empezar. ¿Cuántas son dos más dos? ¡Contéstame!

Estúpida:

–No sé.

–¡Sí lo sabes! Y no hables como una criatura. ¡Contéstame!

Fuera de sí:

–¡No sé! ¡Te digo que me dejes en paz!

–Mónica, ¿cuántas son once menos uno? A once le quitas uno. Si tienes once centavos y alguien te quita un centavo, ¿cuánto te queda? Tienes que saber esto.

Histérica:

–¡No lo sé!

–¡Lo sabes!

Explosión:

–¡Doce!

–¿Cómo pueden ser doce? Doce es más que once. Te pregunto qué es menos que once. Once menos uno son… ¿cuánto?

Pausa. Reflexión. Decisión:

–Uno.

–¡No! ¡Tienes onces y le quitas uno!

Iluminación:

–¡Aaah! ¡Le quito...!

–Sí. Sí.

Impávida:

–Nunca hemos hecho quitar.

–Lo has hecho. Has tenido que hacerlo.

Firme:

–Te digo la verdad. No tenemos quitar en la escuela James Madison.

–Mónica, esto es restar... lo tienen en todas partes, en todas las escuelas, y tienes que saberlo. Querida, no me importa lo del sombrero, ni siquiera me importa lo de tu padre, eso ya pasó. Me importas tú y lo que será de ti. Porque no puedes ser como una niña pequeña que no sabe nada. Sí sigues así tendrás dificultades y una vida terrible. Eres mujer, y estás creciendo, y tienes que saber cómo obtener cambio de un dólar y qué viene antes del once, que es la edad que tendrás el año que viene. Y tienes que saber cómo sentarte... por favor, por favor, no te sientes así, Mónica, por favor, no vayas en el autobús ni te sientes así en público, aunque insistas en sentarte así aquí para hacerme enfadar. Por favor, prométemelo.

Hosca, perpleja:

–No te entiendo

–Mónica, estás creciendo, aunque los domingos te vistan como una muñeca.

Justa indignación:

–Eso es para la iglesia.

–Pero la iglesia no tiene nada que ver contigo. Lo que es importante para ti es leer y escribir... Mónica, te juro que te digo todo esto solo porque te quiero, y no quiero que te pase nada malo, nunca. ¡Te quiero, debes saberlo! Lo que puedan haberte dicho de mí no es verdad. No estoy loca, no soy una demente. No tienes que tenerme miedo, ni odiarme... He estado enferma, pero ahora estoy bien, y me dan ganas de ahorcarme cada vez que pienso que te dejé en manos de él, que pensé que te daría una madre y un hogar y todo lo que yo quería que tuvieses. ¡Y ahora no tienes madre... tienes esta persona, esta mujer, esta idiota que te viste con ese disfraz ridículo y te da una Biblia para llevarla en la mano cuando ni siquiera sabes leer! Y como padre tienes a ese hombre. ¡De todos los padres del mundo, ese!

En este punto, Mónica lanzó un alarido tan penetrante que salí corriendo de la cocina, donde había estado sentado a solas con una taza de café frío, sin saber qué pensar.

En la sala, lo único que había hecho Lydia era tomar una de las manos de Mónica, y sin embargo la chica gritaba como si fueran a matarla.

–Pero ¡si solo quiero acariciarte! –decía Lydia entre sollozos.

Como si mi aparición fuese la señal para el comienzo de la verdadera violencia, Mónica empezó a echar espuma por la boca, gritando sin interrupción:

–¡No me toques! ¡No me toques! ¡Dos y dos son cuatro! ¡No me pegues! ¡Son cuatro!

Fuente: Roth, P. (1974), Mi vida como hombre, Random House Mondadori, Barcelona.


22/8/19

¿Qué haces?

Por Philip Roth
Imagen tomada de https://bit.ly/2G5oF2y
No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo. Es un juego muy arriesgado. Uno no tendría dos tercios de los problemas que tiene si no corriera el albur de la jodienda. El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas. Lo sé tan bien como cualquiera. Hasta el último resto de vanidad volverá para burlarse de ti. Lee el Don Juan de Byron. No obstante, ¿qué haces si tienes sesenta y dos años y crees que nunca podrás aspirar de nuevo a algo tan perfecto? ¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y el impulso de apropiarte de lo que aún puede ser tuyo es irresistible? ¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y te das cuenta de que todos esos órganos invisibles hasta ahora (riñones, pulmones, venas, arterias, cerebro, intestinos, próstata, corazón) están a punto de empezar a hacerse penosamente evidentes, mientras que el órgano más sobresaliente durante toda tu vida está condenado a reducirse hasta la insignificancia?
Fuente: Roth, P. (2001), El animal moribundo, Random House Mondadori, Barcelona.

11/7/19

El ser humano no está hecho para comprar melones

Por Philip Roth
Imagen tomada de https://bit.ly/2M7qqkW
–No sabe ni comprar un melón –me dijo por teléfono una mañana, muy disgustado; y como se daba la circunstancia de que ya estaba harto de oírle hablar de las cosas que Lil era incapaz de hacer, le contesté:
–Mira, los melones son dificilísimos de comprar. Quizá lo más difícil de comprar que hay, si te paras a pensarlo. No pasa como con las manzanas, no hay modo de saber lo que tienen por dentro. A mí me cuesta menos trabajo comprar un coche que un melón. Una casa, que un melón. Si una de cada diez veces salgo de la tienda con un buen melón en las manos, me doy con un canto en los dientes. Lo huelo de cerca y de menos cerca, lo aprieto por las dos puntas con el dedo gordo, agarro otro, lo huelo, lo aprieto por las puntas... Así hasta ocho o diez melones, antes de decidirme por uno de ellos, y luego me lo llevo a casa y lo abro para la cena y resulta que no sabe a nada y que está duro como una piedra. Qué quieres que te diga: todos nos equivocamos con los melones. El ser humano no está hecho para comprar melones... Hazme un favor, Herm, deja de darle la lata a la pobre mujer, porque no es ella la única que compra melones asquerosos: es un fallo humano. La estás acosando por algo que ni siquiera una de cada cien personas hace bien, y eso por casualidad, la mitad de las veces, para colmo.
–Bueno –dijo, desconcertado ante la seriedad de mi tono–, el melón es lo de menos...
Fuente: Roth, P. (1991), Patrimonio, Random House, Barcelona.

6/3/19

¿Qué hizo con tu leche calentita?

Por Philip Roth
¿Y yo por qué voy a preocuparme, pues? ¿Por qué soy yo el único que se pasa horas probando condones en el sótano de casa? ¿Por qué soy yo el único que vive en permanente terror de la sífilis? ¿Por qué me voy corriendo a casa, con mi pequeño ojo enrojecido, imaginando que voy a quedarme ciego para siempre, cuando al cabo de media hora Bubbles va a estar de rodilla comiendo pollas? ¡A casa! ¡Con mi mamá! ¡En busca de mi vaso de leche con bizcocho, de mi camita limpia! ¡Oy, la civilización y las contrariedades que nos procura! Babalú, háblame, háblame, cuéntame cómo te lo hizo, cómo fue. Tengo que saberlo, y con todo detalle, con los detalles exactos. ¿Qué me dices de las tetas? ¿Y los pezones? ¿Y los muslos? ¿Qué hace con los muslos, Babalú, te agarra el culo con ellos, como en los libros eróticos, o te aprieta la polla hasta que te entran ganas de aullar, como en mis sueños? ¿Y el pelo de ahí abajo? Dime todo lo que pueda decirse del pelo púbico y de cómo huele, no me importa haberlo oído antes. Y ¿es de veras que se puso de rodillas, no estás puteándome? ¿De veras que se hincó de rodillas en el suelo? ¿Y los dientes, dónde mete los dientes? Y ¿qué hace, lame, aspira, ambas cosas a la vez? Dios del cielo, Babalú, ¿te corriste en su boca? ¡Dios del cielo! Y ¿se lo tragó en seguida, o lo escupió, o se puso como una fiera? ¡Dímelo! ¿Qué hizo con tu leche calentita? ¿La avisaste de que ibas a correrte o le soltaste el cargamento por las buenas, y allá se las apañara? Y ¿quién la metió? ¿Se la metió ella, la metiste tú, o entra sola, absorbida? Y ¿dónde habíais puesto la ropa? ¿En el sofá? ¿En el suelo? ¿Dónde, exactamente? ¡Quiero detalles! ¡Detalles! ¡Auténticos detalles! ¿Y las bragas y el sujetador? ¿Se los quitaste tú, se los quitó ella? Cuando estaba ahí abajo, mamándotela, ¿llevaba ropa? ¿Y la almohada debajo del culo, le pusiste una almohada debajo del culo, como hay que hacer, según el manual para parejas casadas de mis padres? ¿Qué pasó cuando te corriste en ella? ¿Se corrió ella también? Mandel, aclárame una cosa, tengo que saberlo: ¿se corren ellas también? ¿Echan algo? ¿O no hacen más que soltar gemidos? ¿O qué? ¿Cómo se corre ella? Voy a volverme loco, tengo que saber cómo es.
Fuente: Roth, P. (1969), El mal de Portnoy, Random House Mondadori, Barcelona.