Por Eduardo Galeano
1897
Canudos
En
cada muerto hay más balas que huesos, pero los últimos defensores de Canudos
cantan tras una enorme cruz de madera, esperando todavía la llegada de los
arcángeles.
El comandante de la primera columna hace
fotografiar el espeluznante cadáver de Antônio Conselheiro, para que
se tenga certeza de su muerte. Él también la necesita. Con el rabillo del
ojo, el comandante espía, desde una silla, ese puñado de harapos y huesitos.
Desventurados campesinos de todas las
edades y colores habían levantado una muralla de cuerpos alrededor de este
llagoso matusalén, enemigo de la república y de las ciudades pecadoras. Cinco
expediciones militares han sido necesarias: cinco mil soldados cercando
Canudos, veinte cañones bombardeando desde las lomas, increíble guerra del
trabuco naranjero contra la ametralladora Nordenfeldt.
Las trincheras se han reducido a
sepulturas de polvo y todavía no se rinde la comunidad de Canudos, la utopía sin
propiedad y sin ley donde los miserables compartían la tierra avara, el poco
pan, y la fe en el cielo inmenso.
Se pelea casa por casa, palmo a palmo.
Caen los cuatro últimos. Tres hombres, un
niño.
Fuente:
Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.