7/8/26

La fe en el cielo inmenso

Por Eduardo Galeano

1897

Canudos

En cada muerto hay más balas que huesos, pero los últimos defensores de Canudos cantan tras una enorme cruz de madera, esperando todavía la llegada de los arcángeles.

El comandante de la primera columna hace fotografiar el espeluznante cadáver de Antônio Conselheiro, para que se tenga certeza de su muerte. Él también la necesita. Con el rabillo del ojo, el comandante espía, desde una silla, ese puñado de harapos y huesitos.

Desventurados campesinos de todas las edades y colores habían levantado una muralla de cuerpos alrededor de este llagoso matusalén, enemigo de la república y de las ciudades pecadoras. Cinco expediciones militares han sido necesarias: cinco mil soldados cercando Canudos, veinte cañones bombardeando desde las lomas, increíble guerra del trabuco naranjero contra la ametralladora Nordenfeldt.

Las trincheras se han reducido a sepulturas de polvo y todavía no se rinde la comunidad de Canudos, la utopía sin propiedad y sin ley donde los miserables compartían la tierra avara, el poco pan, y la fe en el cielo inmenso.

Se pelea casa por casa, palmo a palmo.

Caen los cuatro últimos. Tres hombres, un niño.

Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.