28/8/26

Ho

Por Eduardo Galeano

Nadie faltó.

Todo Vietnam en una plaza.

Un campesino esmirriado, huesudo, barba de chivo, habló a la multitud reunida en Hanoi.

Él había tenido muchos nombres. Ahora lo llamaban Ho Chi Minh.

Era hombre de palabra pausada y suave, como sus pasos. Sin apuro había andado mucho mundo y había sobrevivido a muchas desventuras. Parecía estar charlando con los vecinos de la aldea cuando dijo a la inmensa multitud:

Bajo la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad, Francia ha construido en nuestro país más prisiones que escuelas.

Él había escapado de la guillotina y había estado varias veces preso, y con grilletes en los pies. Su país seguía preso todavía, pero ya no, ya nunca: aquella mañana de setiembre de 1945, Ho Chi Minh declaró la independencia. Serenamente, sencillamente, dijo:

Somos libres.

Y anunció:

Nunca más seremos humillados. ¡Nunca!

La plaza se vino abajo.

La poderosa fragilidad de Ho Chi Minh contenía la energía de su tierra, armada, como él, de dolor y de paciencia.

Desde su cabaña de madera, Ho dirigió dos largas guerras de liberación.

La tuberculosis lo mató antes de la victoria final.

Él quería que sus cenizas fueran arrojadas libremente al viento, pero sus camaradas lo convirtieron en momia y lo encerraron en un sarcófago de cristal.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

21/8/26

Aquí fue China

Por Eduardo Galeano

Fuera de fronteras, los chinos comerciaban poco y no tenían la costumbre de la guerra.

Ellos despreciaban a los mercaderes y a los guerreros, y llamaban bárbaros a los ingleses y a los pocos europeos que conocían.

Así que estaba cantado. China debía caer vencida ante la marina de guerra más mortífera del mundo y ante esos obuses, que de un solo disparo podían perforar doce enemigos en fila.

En 1860, después de arrasar muchos puertos y cuidades, los británicos entraron en Pekín, acompañados por los franceses, se lanzaron a saquear el Palacio de Verano y ofrecieron algunos restos del botín a sus soldados coloniales reclutados en la India y en Senegal.

El Palacio, centro de poder de la dinastía manchú, era en realidad muchos palacios, más de doscientas residencias y pagodas entre lagos y jardines muy parecidos al paraíso. Los vencedores robaron todo, todito, muebles y cortinados, esculturas de jade, vestidos de seda, collares de perlas, relojes de oro, prendedores de diamantes... Lo único que se salvó fue la biblioteca, y un telescopio y un fusil que el rey inglés había obsequiado a China sesenta años antes.

Entonces, quemaron los edificios vaciados. Las llamas enrojecieron la tierra y el cielo durante muchos días y noches, y fue no más que ceniza todo eso que tanto había sido.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

14/8/26

Mengele

Por Eduardo Galeano

Por razones de higiene, a la entrada de las cámaras de gas había rejillas de hierro. Ahí los funcionarios limpiaban el barro de sus botas.

Los condenados, en cambio, entraban descalzos. Entraban por la puerta y salían por las chimeneas, después de ser despojados de los dientes de oro, la grasa, el pelo y todo lo que pudiera tener valor.

Allí, en Auschwitz, el doctor Josef Mengele hacía sus experimentos.

Como otros sabios nazis, él soñaba con criaderos capaces de generar la súper raza del futuro. Para estudiar y evitar las taras hereditarias, trabajaba con moscas de cuatro alas, ratones sin patas, enanos y judíos. Pero nada excitaba tanto su pasión como los niños gemelos.

Mengele repartía chocolatines y afectuosas palmadas entre sus cobayos infantiles, aunque en la mayoría de los casos no resultaron útiles al progreso de la Ciencia.

Intentó convertir algunos gemelos en hermanos siameses, y les abrió las espaldas para conectarles las venas: murieron despegados y aullando de dolor.

A otros trató de cambiarles el sexo: murieron mutilados.

A otros les operó las cuerdas vocales, para cambiarles la voz: murieron mudos.

Para embellecer la especie, inyectó tintura azul en gemelos de ojos oscuros: murieron ciegos.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

7/8/26

La fe en el cielo inmenso

Por Eduardo Galeano

1897

Canudos

En cada muerto hay más balas que huesos, pero los últimos defensores de Canudos cantan tras una enorme cruz de madera, esperando todavía la llegada de los arcángeles.

El comandante de la primera columna hace fotografiar el espeluznante cadáver de Antônio Conselheiro, para que se tenga certeza de su muerte. Él también la necesita. Con el rabillo del ojo, el comandante espía, desde una silla, ese puñado de harapos y huesitos.

Desventurados campesinos de todas las edades y colores habían levantado una muralla de cuerpos alrededor de este llagoso matusalén, enemigo de la república y de las ciudades pecadoras. Cinco expediciones militares han sido necesarias: cinco mil soldados cercando Canudos, veinte cañones bombardeando desde las lomas, increíble guerra del trabuco naranjero contra la ametralladora Nordenfeldt.

Las trincheras se han reducido a sepulturas de polvo y todavía no se rinde la comunidad de Canudos, la utopía sin propiedad y sin ley donde los miserables compartían la tierra avara, el poco pan, y la fe en el cielo inmenso.

Se pelea casa por casa, palmo a palmo.

Caen los cuatro últimos. Tres hombres, un niño.

Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.