Por Eduardo Galeano
Nadie
faltó.
Todo Vietnam en una plaza.
Un campesino esmirriado, huesudo, barba de
chivo, habló a la multitud reunida en Hanoi.
Él había tenido muchos nombres. Ahora lo
llamaban Ho Chi Minh.
Era hombre de palabra pausada y suave,
como sus pasos. Sin apuro había andado mucho mundo y había sobrevivido a muchas
desventuras. Parecía estar charlando con los vecinos de la aldea cuando dijo a
la inmensa multitud:
–Bajo la bandera de la libertad, la
igualdad y la fraternidad, Francia ha construido en nuestro país más prisiones
que escuelas.
Él había escapado de la guillotina y había
estado varias veces preso, y con grilletes en los pies. Su país seguía preso
todavía, pero ya no, ya nunca: aquella mañana de setiembre de 1945, Ho Chi Minh
declaró la independencia. Serenamente, sencillamente, dijo:
–Somos libres.
Y anunció:
–Nunca más seremos humillados. ¡Nunca!
La plaza se vino abajo.
La poderosa fragilidad de Ho Chi Minh
contenía la energía de su tierra, armada, como él, de dolor y de paciencia.
Desde su cabaña de madera, Ho dirigió dos
largas guerras de liberación.
La tuberculosis lo mató antes de la
victoria final.
Él quería que sus cenizas fueran arrojadas
libremente al viento, pero sus camaradas lo convirtieron en momia y lo
encerraron en un sarcófago de cristal.
Fuente:
Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.
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