Lo más leído el último mes

29/5/26

La comedia del siglo

Por Eduardo Galeano

En 1889, París festejó, con una gran exposición internacional, los cien años de la revolución francesa.

Argentina envió una variada muestra de frutos del país. Entre otros, mandó una familia de indios de la Tierra del Fuego. Eran once indios onas, ejemplares raros, una especie en extinción: los últimos onas estaban siendo aniquilados, en esos años, a tiros de winchester.

De los once onas enviados, dos murieron en el viaje. Los sobrevivientes fueron exhibidos en una jaula de hierro. Antropófagos sudamericanos, advertía un cartel. Durante los primeros días, no les dieron nada de comer. Los indios aullaban de hambre. Entonces, empezaron a arrojarles algunos pedacitos de carne cruda. Era carne de vaca; pero nadie quería perderse aquel espectáculo horripilante. El público, que había pagado entrada, se agolpaba en torno a la jaula donde los salvajes caníbales disputaban a zarpazos la comida.

Así fueron celebrados los primeros cien años de la Declaración de los Derechos del Hombre.

Fuente: Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI, México, D.F.

22/5/26

La masacre de los Ovaherero y Nama

Por Amnistía Internacional

El 28 de mayo [de 2025], Namibia celebró su primer Día de Conmemoración del Genocidio, que recordó la masacre de los pueblos Ovaherero y Nama cometida por las fuerzas coloniales alemanas entre 1904 y 1908. Pese a las conversaciones en curso entre los gobiernos de Namibia y Alemania, este último país siguió negando su obligación legal de indemnizar a los descendientes de los pueblos Nama y Ovaherero por los crímenes cometidos durante el periodo colonial. Se estimaba que se había dado muerte al 80% de la población ovaherero y el 50% de la población nama, y las mujeres y las niñas eran sometidas sistemáticamente a violencia sexual, incluida la violación. Los cráneos de las personas que morían en los campos penitenciarios coloniales alemanes se enviaban a universidades y museos de Alemania para llevar a cabo investigaciones pseudocientíficas racistas. Las comunidades descendientes seguían siendo una minoría en Namibia, por lo que carecían de representación política y tenían pocas oportunidades de ejercer influencia en esa esfera. No contaban con una participación significativa y efectiva en las negociaciones sobre reparaciones, ni se les habían otorgado reparaciones ni devuelto la mayoría de los restos ancestrales y objetos culturales sustraídos por Alemania durante el genocidio.

Fuente: Amnistía Internacional (2026), La situación de los derechos humanos en el mundo, EDAI, Madrid. 

15/5/26

La octava maravilla del mundo

Por Eduardo Galeano

1600

Potosí

Incesantes caravanas de llamas y mulas llevan al puerto de Arica la plata que, por todas sus bocas, sangra el cerro de Potosí. Al cabo de larga navegación, los lingotes se vuelcan en Europa para financiar, allá, la guerra, la paz y el progreso.

A cambio llegan a Potosí, desde Sevilla o por contrabando, vinos de España y sombreros y sedas de Francia, encajes, espejos y tapices de Flandes, espadas alemanas y papelería genovesa, medias de Nápoles, cristales de Venecia, ceras de Chipre, diamantes de Ceilán, marfiles de la India y perfumes de Arabia, Malaca y Goa, alfombras de Persia y porcelanas de China, esclavos negros de Cabo Verde y Angola y caballos chilenos de mucho brío.

Todo es carísimo en esta ciudad, la más cara del mundo. Sólo resultan baratas la chicha y las hojas de coca. Los indios, arrancados a la fuerza de las comunidades de todo el Perú, pasan el domingo en los corrales, danzando en torno a los tambores y bebiendo chicha hasta rodar por los suelos. Al amanecer del lunes los arrean cerro adentro y mascando coca persiguen, a golpes de barreta, las vetas de plata, serpientes blanquiverdes que asoman y huyen por las tripas de ese vientre inmenso, ninguna luz, aire ninguno. Allí trabajan los indios toda la semana, prisioneros, respirando polvo que mata los pulmones y mascando coca que engaña al hambre y disfraza la extenuación, sin saber cuándo anochece ni cuándo amanece, hasta que al fin del sábado suena el toque de oración y salida. Avanzan entonces, abriéndose paso con velas encendidas, y emergen el domingo al alba, que así de hondos son los socavones y los infinitos túneles y galerías.

Un cura, recién llegado a Potosí, los ve aparecer en los suburbios de la ciudad, larga procesión de fantasmas escuálidos, las espaldas marcadas por el látigo, y comenta:

–No quiero ver este retrato del infierno.

–Pues cierre usted los ojos –le aconsejan.

–No puedo –dice el cura–. Con los ojos cerrados, veo más.

Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

8/5/26

La patria imposible

Por Eduardo Galeano

En 1791, otro amo de tierras y esclavos envió una carta desde Haití:

Los negros son muy obedientes, y siempre lo serán –decía.

La carta estaba navegando hacia París cuando ocurrió lo imposible: en la noche del 22 al 23 de agosto, noche de tormenta, la mayor insurrección de esclavos de toda la historia de la humanidad estalló desde las profundidades de la selva haitiana. Y esos negros muy obedientes humillaron al ejército de Napoleón Bonaparte, que había invadido Europa desde Madrid hasta Moscú.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

1/5/26

Una impenetrable oscuridad

Por Ian Kershaw

«Estudia el pasado». Este consejo de Confucio adorna uno de los pórticos del edificio de los Archivos Nacionales en Washington. «El pasado es prólogo», reza la cita de La tempestad de Shakespeare inscrita en el otro pórtico. El estudio del pasado permite al historiador seguir la trayectoria de Europa, a menudo turbulenta, hasta llegar al presente. Pero ¿de qué es prólogo el pasado? En un sentido estricto, no existe el presente, solo el pasado y el futuro. El pasado es un camino razonablemente bien iluminado (aunque con numerosos recodos sombríos y desviaciones a oscuros matorrales) que luego bloquea una gran puerta intimidatoria en la que se lee «Futuro». A través de algunas pequeñas aberturas en la puerta es posible vislumbrar varios senderos poco iluminados que parten de allí y desaparecen en el crepúsculo. Tal vez uno de esos caminos parece un poco más ancho, una senda hacia delante más probable que las otras, pero no es seguro. Es imposible saberlo. En cualquier caso, ese camino, transcurrida una corta distancia, también conduce a una impenetrable oscuridad.

El destino a partir de ahí no es claro. Los patrones estructurales de la evolución del pasado (las tendencias demográficas o socioeconómicas, por ejemplo) solo pueden ofrecer indicadores imprecisos de cómo podrían ser en términos generales las próximas décadas; aun así, el futuro siempre está abierto. La historia solo ofrece la guía más imprecisa de aquello que no se pude prever. No solo los procesos estructurales a largo plazo, sino también acontecimientos impredecibles pueden provocar cambios trascendentales. Es fácil subestimar el papel de la contingencia en los cambios históricos. Sin embargo, la historia está repleta de cuestiones que tienen un impacto dramático pero dependen de la contingencia: por ejemplo, el resultado de una batalla, una revuelta política inesperada o la personalidad de un gobernante. La respuesta atribuida (tal vez apócrifamente) al ex primer ministro británico Harold Macmillan a la pregunta de un periodista sobre las mayores dificultades a las que se enfrentaba un gobierno, «los acontecimientos, querido muchacho, los acontecimientos», resumía con precisión la imprevisibilidad del futuro y la dificultad para los historiadores (como para todos los demás) de pasar de interpretar el pasado a adivinar el futuro.

Fuente: Kershaw, I. (2018), Ascenso y crisis, Crítica, Barcelona.