Por Eduardo Galeano
Fuera
de fronteras, los chinos comerciaban poco y no tenían la costumbre de la
guerra.
Ellos despreciaban a los mercaderes y a
los guerreros, y llamaban bárbaros a los ingleses y a los pocos europeos
que conocían.
Así que estaba cantado. China debía caer
vencida ante la marina de guerra más mortífera del mundo y ante esos obuses,
que de un solo disparo podían perforar doce enemigos en fila.
En 1860, después de arrasar muchos puertos
y cuidades, los británicos entraron en Pekín, acompañados por los franceses, se
lanzaron a saquear el Palacio de Verano y ofrecieron algunos restos del botín a
sus soldados coloniales reclutados en la India y en Senegal.
El Palacio, centro de poder de la dinastía
manchú, era en realidad muchos palacios, más de doscientas residencias y
pagodas entre lagos y jardines muy parecidos al paraíso. Los vencedores robaron
todo, todito, muebles y cortinados, esculturas de jade, vestidos de seda,
collares de perlas, relojes de oro, prendedores de diamantes... Lo único que se
salvó fue la biblioteca, y un telescopio y un fusil que el rey inglés había
obsequiado a China sesenta años antes.
Entonces, quemaron los edificios vaciados.
Las llamas enrojecieron la tierra y el cielo durante muchos días y noches, y
fue no más que ceniza todo eso que tanto había sido.
Fuente:
Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.
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