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25/9/26

El Descubrimiento

Por Eduardo Galeano

Octubre

12

…

En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,

descubrieron que vivían en América,

descubrieron que estaban desnudos,

descubrieron que existía el pecado,

descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo,

y que ese dios había inventado la culpa y el vestido

y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

18/9/26

Manos callosas

Por Eduardo Galeano

Los príncipes, al servicio de la corona británica, vivían angustiados por la escasez de tigres en la selva y las crisis de celos que perturbaban el harén.

En pleno siglo veinte, se consolaban como podían:

el marajá de Bharatpur compró todos los Rolls-Royce disponibles en Londres y los destinó a la recolección de la basura en sus dominios;

el de Junagadh tenía muchos perros con habitación propia, teléfono y sirviente;

el de Alwar incendió el hipódromo cuando su pony perdió una carrera;

el de Kapurthala construyó una copia exacta del palacio de Versalles;

el de Mysore construyó una copia exacta del palacio de Windsor;

el de Gwalior compró un trencito de oro y plata que recorría el comedor del palacio llevando sal y especias a sus invitados;

los cañones del marajá de Baroda eran de oro macizo

y el de Hyderabad usaba de pisapapeles un diamante de ciento ochenta y cuatro quilates.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

11/9/26

Fundación de la guerra bacteriológica

Por Eduardo Galeano

Mortífero fue, para América, el abrazo de Europa. Murieron nueve de cada diez nativos.

Los guerreros más chiquitos fueron los más feroces. Los virus y las bacterias venían, como los conquistadores, desde otras tierras, otras aguas, otros aires; y los indios no tenían defensas contra ese ejército que avanzaba, invisible, tras las tropas.

Los numerosos pobladores de las islas del Caribe desaparecieron de este mundo, sin dejar ni la memoria de sus nombres, y las pestes mataron a muchos más que los muchos muertos por esclavitud o suicidio.

La viruela mató al rey azteca Cuitláhuac y al rey inca Huayna Cápac, y en la ciudad de México fueron tantas sus víctimas que, para cubrirlas, hubo que voltearles las casas encima.

El primer gobernador de Massachusetts, John Winthrop, decía que la viruela había sido enviada por Dios para limpiar el terreno a sus elegidos. Los indios se habían equivocado de domicilio. Los colonos del norte ayudaron al Altísimo regalando a los indios, en más de una ocasión, mantas infectadas de viruela:

–Para extirpar esa raza execrable –explicó, en 1763, el comandante sir Jeffrey Amherst.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

4/9/26

La divinidad sonriente

Por Eduardo Galeano

Sus imágenes lo muestran sonriendo, serenamente irónico, como burlándose de las paradojas que signaron su vida y su después.

El Buda no creyó en dioses, ni se creyó Dios, pero sus devotos lo han divinizado.

El Buda no creyó en milagros, ni los practicó, pero sus devotos le atribuyen poderes milagreros.

El Buda no creyó en ninguna religión, ni fundó ninguna, pero el paso del tiempo convirtió al budismo en una de las religiones más numerosas del mundo.

El Buda nació a orillas del río Ganges, pero los budistas no suman ni el uno por ciento de la población de la India.

El Buda predicó el ascetismo, el renunciamiento a la pasión y la negación del deseo, pero murió de un atracón de carne de cerdo.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.