Desde fuera yo veía cómo movían las
cabezas de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, casi al unísono, y veía
que al mismo tiempo que las cabezas movían las piernas, dando pequeños pasos en
el propio terreno, y a la vez que las cabezas y las piernas movían los traseros
y los brazos con una gracia que no sé describir, y a casi todos semejante
movimiento les dejaba sin energía para
nada más, pero dos o tres alcanzaban todavía a decir te perderás dentro de mis recuerdos por haberme hecho llorar, y había
uno que cantaba tan bien que podría haber acompañado a la mismísima Natalia
Lafourcade o al resto de intérpretes de esta fiesta que había comenzado con «Made
in Japan» de Alphaville, y que había atravesado por los pregones de Héctor
Lavoe y por un rocanrol de los Kinks que dice me gustaría volar pero ni siquiera puedo nadar, y aunque la música
variaba el baile era siempre lo mismo, mover las cabezas y las piernas y los
traseros y los brazos, y si desde fuera todo lucía más bien ridículo, por dentro
cundía una magia blanca, la seria diversión del rito muy esperado, una de las
tantas caras del goce de vivir.
Lo más leído la última semana
24/4/19
17/4/19
Ampliar el suelo de la jaula
Por Noam Chomsky
El anarquismo es célebre por oponerse al
Estado, al mismo tiempo que aboga por «una administración planificada en
interés de la comunidad», en palabras de Rocker; y, aparte de eso, por amplias
federaciones de comunidades y lugares de trabajos dotados de autogobierno. En
el mundo real actual, los anarquistas centrados en esos objetivos apoyan a
menudo al poder del Estado para proteger a las personas, a la sociedad y a la
tierra de los estragos de la concentración del capital en manos privadas.
Pensemos, por ejemplo, en un respetado periódico anarquista como Freedom, creado como un periódico del
socialismo anarquista por los seguidores de Kropotkin en 1886. Al abrir sus
páginas, vemos que muchas de ellas están dedicadas a defender esos derechos, a
menudo invocando al poder del Estado, como la regulación de la seguridad y la
protección sanitaria y medioambiental.
Aquí no hay ninguna
contradicción. Las personas viven, sufren y resisten en el mundo real de la
sociedad existente, y cualquier persona digna debería ser partidaria de emplear
todos los medios a su alcance para salvaguardarlos y beneficiarse de ellos, aun
cuando el objetivo a largo plazo sea dejar de lado estos recursos y crear
alternativas preferibles. Al tratar estos temas, a veces he tomado prestada una
imagen utilizada por el movimiento de trabajadores rurales brasileños. Hablan
de ampliar el suelo de la jaula, la jaula de las instituciones coercitivas
existentes que pueden ampliarse mediante la lucha popular, como ha sucedido
efectivamente a lo largo de muchos años. Y podemos ampliar la imagen y pensar
en la jaula de las instituciones del Estado coercitivo como una protección
frente a las bestias salvajes que merodean por el exterior, las instituciones
capitalistas depredadoras apoyadas por el Estado y entregadas, en principio, a
la vil máxima de los amos, el beneficio privado, el poder y la dominación, con
el interés de la comunidad y sus miembros como algo secundario en el mejor de
los casos, tal vez apreciado de manera retórica, pero descartado en la práctica
por principio e incluso por ley.
Fuente: Chomsky, N. (2016), ¿Qué clase de criaturas somos?, Planeta,
Barcelona.
10/4/19
Bob Marley
Por Eduardo Galeano
Imagen tomada de https://bit.ly/2IIn2ek
Bob Marley nació en el pobrerío, y grabó
sus primeras músicas durmiendo en el suelo del estudio.
Y en pocos años se hizo
rico y famoso y durmió en lecho de plumas, abrazado a Miss Mundo, y fue adorado
por las multitudes.
Pero nunca olvidó que él
no era solamente él.
Por su voz cantaba el
sonoro silencio de los tiempos pasados, la fiesta y la furia de los esclavos
guerreros que durante dos siglos habían vuelto locos a sus amos en las montañas
de Jamaica.
Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno,
Buenos Aires.
3/4/19
La regeneración moral de los individuos
Por Bertrand Russell
En la vida diaria de la mayoría de hombres
y mujeres, el miedo desempeña un papel más importante que la esperanza. La idea
de que otros puedan arrebatarles sus posesiones está más presente que la del
goce que ellos mismos podrían causar en su existencia o la de aquellos con
quienes la comparten.
No es así como debería
sentirse la vida.
A aquellos cuyas vidas
resultan beneficiosas para sí mismos, para sus amigos o para el mundo les
inspira la esperanza y les sustenta la alegría. Imaginan las cosas como podrían
ser y llevarse a cabo. En sus relaciones personales, no les provoca ansiedad el
temor a perder el afecto o el respeto que reciben, sino que se preocupan de
darlo sin buscar nada a cambio y en esto consiste su recompensa. En su trabajo,
no les causa envidia la competencia sino que se interesan por sus propios
asuntos. Y, en la política, no pierden tiempo ni energía defendiendo los
injustos privilegios de la clase o nación a que pertenecen, sino que aspiran en
general a un mundo más feliz, menos cruel, con menos conflictos derivados de la
codicia y con más seres humanos libres de cualquier opresión que impida su
crecimiento.
Una vida regida por este
espíritu –que busca crear más que poseer– disfruta de una felicidad elemental
que la adversidad no puede sustraer por entero. Ésta es la vida que recomiendan
los Evangelios y todos los grandes maestros. Quienes la han hallado, se han
liberado de la tiranía del miedo puesto que lo que más valoran en sus vidas no
está a merced de ningún poder externo. Si todos los hombres tuvieran el coraje
de concebir así la existencia pese a los obstáculos y el desaliento, no habría
necesidad, para empezar, de que ninguna reforma política y económica regenerase
el mundo. Todos los cambios surgirían automáticamente, sin oponer resistencia,
de la regeneración moral de los individuos. No obstante, aunque la doctrina de
Cristo ha sido asimilada formalmente por el mundo desde hace muchos siglos,
aquellos que la siguen todavía continúan siendo perseguidos como lo fueron en
la época de Constantino. La experiencia ha demostrado que muy pocas personas
logran ver, más allá de los males aparentes de una vida de paria, la felicidad
interior que proviene de la fe y la esperanza creadora. Para superar la tiranía
del miedo, no basta con predicar el valor y la indiferencia hacia la
adversidad, como cree la mayoría de los hombres, sino que hay que acabar con
las causas del miedo, hacer posible una buena vida en todos los sentidos y
disminuir el posible daño infligido a quienes no puedan defenderse.
Fuente: Russell, B. (1918), Caminos de libertad, Tecnos, Madrid.
27/3/19
Marco Aurelio
Por Jesús Mosterín
Imagen tomada de https://bit.ly/2H4qFcY
Marco Aurelio predicaba el amor universal,
incluso a los que yerran y a los que nos odian. Nosotros no debemos odiar a
nadie, ni siquiera a quien trata de matarnos. En definitiva quien hace el mal a
otro solo se perjudica a sí mismo, pues es él mismo quien se hace malo. Marco
Aurelio, como emperador, procuró proteger a los esclavos, a los huérfanos, a
los débiles todos. Fue un juez justo, pero indulgente, un buen administrador y
un defensor esforzado de las fronteras del Imperio. Él cumplía con lo que
consideraba su deber, sin ilusiones, pero sin desfallecimientos. Y en las
noches frías de la desorientación y el desánimo, en la tienda de campaña
militar, a la luz de un candil, pergeñaba reflexiones estoicas para sí mismo,
para ayudarse a vivir. Él fue el último emperador realmente grande de Roma y el
último gran filósofo estoico.
Mosterín, J. (2007), Roma, Alianza Editorial, Madrid.
20/3/19
El más largo viaje jamás realizado
Por Eduardo Galeano
1522
Sevilla
…
Nadie los creía vivos, pero llegaron
anoche. Arrojaron el ancla y dispararon toda su artillería. No desembarcaron en
seguida ni se dejaron ver. Al amanecer aparecieron sobre las piedras del
muelle. Temblando y en andrajos, entraron en Sevilla con hachones encendidos en
las manos. La multitud abrió paso, atónita, a esta procesión de esperpentos
encabezada por Juan Sebastián de Elcano. Avanzaban tambaleándose, apoyándose
los unos en los otros, de iglesia en iglesia, pagando promesas, siempre
perseguidos por el gentío. Iban cantando.
Habían partido hace tres
años, río abajo, en cinco naves airosas que tomaron rumbo al oeste. Eran un
montón de hombres a la ventura, venidos de todas partes, que se habían dado
cita para buscar, juntos, el paso entre los océanos y la fortuna y la gloria. Eran
todos fugitivos; se hicieron a la mar huyendo de la pobreza, del amor, de la
cárcel o de la horca.
Los sobrevivientes
hablan, ahora, de tempestades, crímenes y maravillas. Han visto mares y tierras
que no tenían mapa ni nombre; han atravesado seis veces la zona donde el mundo
hierve, sin quemarse nunca. Al sur han encontrado nieve azul y en el cielo, cuatro
estrellas en cruz. Han visto al sol y a la luna andar al revés y a los peces
volar. Han escuchado hablar de mujeres que preña el viento y han conocido unos
pájaros negros, parecidos a los cuervos, que se precipitan en las fauces
abiertas de las ballenas y les devoran el corazón. En una isla muy remota,
cuentan, habitan personitas de medio metro de alto, que tienen orejas que les
llegan a los pies. Tan largas son las orejas que cuando se acuestan, una les sirve
de colchón y la otra de manta. Y cuentan que cuando los indios de las Molucas
vieron llegar a la playa las chalupas desprendidas de las naves, creyeron que
las chalupas eran hijitas de las naves, que las naves las parían y les daban de
mamar.
Los sobrevivientes
cuentan que en el sur del sur, donde se abren las tierras y se abrazan los
océanos, los indios encienden altas hogueras, día y noche, para no morirse de
frío. Esos son indios tan gigantes que nuestras cabezas, cuentan, apenas si les
llegaban a la cintura. Magallanes, el jefe de la expedición, atrapó a dos
poniéndoles unos grilletes de hierro como adorno de los tobillos y las muñecas;
pero después uno murió de escorbuto y el otro de calor.
Cuentan que no han tenido
más remedio que beber agua podrida, tapándose las narices, y que han comido aserrín,
cueros y carne de las ratas que venían a disputarles las últimas galletas
agusanadas. A los que se morían de hambre los arrojaban por la borda, y como no
había piedras para atarles, quedaban los cadáveres flotando sobre las aguas:
los europeos, cara al cielo, y los indios boca abajo. Cuando llegaron a las
Molucas, un marinero cambió a los indios seis aves por un naipe, el rey de
oros, pero no pudo probar bocado de tan hinchadas que tenía las encías.
Ellos han visto llorar a
Magallanes. Han visto lágrimas en los ojos del duro navegante portugués
Fernando de Magallanes, cuando las naves entraron en el océano jamás atravesado
por ningún europeo. Y han sabido de las furias terribles de Magallanes, cuando
hizo decapitar y descuartizar a dos capitanes sublevados y abandonó en el
desierto a otros alzados. Magallanes es ahora un trofeo de carroña en manos de
los indígenas de las Filipinas que le clavaron en la pierna una flecha
envenenada.
Imagen tomada de https://bit.ly/2VfJo8E
De los doscientos treinta
y siete marineros y soldados que salieron de Sevilla hace tres años, han
regresado dieciocho. Llegaron en una sola nave quejumbrosa, que tiene la quilla
carcomida y hace agua por los cuatro costados.
Los sobrevivientes. Estos
muertos de hambre que acaban de dar la vuelta al mundo por primera vez.
Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos,
Siglo XXI, México, D.F.
13/3/19
Tenebrosos e insanos pensamientos agazapados en el fondo
Por Bertrand Russell
De Ann Arbor fui a Chicago, donde me alojé
con un eminente ginecólogo y su familia. Este ginecólogo había escrito un libro
sobre enfermedades de la mujer, que contenía un frontispicio del útero, a todo
color. Me regaló ese libro, pero yo lo encontraba un poco embarazoso y terminé
por regalárselo a un médico amigo. En teología, era librepensador, pero en
cuanto a la moral era un frígido puritano. Era obviamente hombre de muy
intensas pasiones sexuales, y su semblante mostraba los estragos del esfuerzo
para dominarse. Su esposa era una vieja encantadora, bastante astuta dentro de
sus limitaciones, pero que sometía a prueba a la generación más joven. Tenían
cuatro hijas y un hijo, pero a éste, que murió poco después de la guerra, no
llegué a conocerle. Una de las hijas fue a Oxford para estudiar griego bajo la
dirección de Gilbert Murray, mientras yo vivía en Bagley Wood, y trajo una
carta de presentación para Alys y para mí de su profesor de literatura inglesa
en Bryan Mawr. Solamente vi a la muchacha unas cuantas veces en Oxford, pero la
encontré muy interesante y deseé conocerla mejor. Cuando preparaba mi marcha a
Chicago, me escribió para invitarme a alojarme en casa de sus padres. Salió a
recibirme a la estación, y en seguida me encontré más a gusto con ella que con
ninguna de las personas que había conocido en América. Descubrí
que escribía una poesía bastante buena y que su sensibilidad literaria era
notable e insólita. Pasé dos noches bajo el techo de sus padres, y la segunda
la pasé con ella. Sus tres hermanas montaron la guardia para avisarnos si
alguno de sus padres se acercaba. Era una mujer deliciosa, no bella en un
sentido convencional, pero apasionada, poética y extraña. Había tenido una
pubertad solitaria y desdichada, y parecía que yo podía darle lo que
necesitaba. Convinimos en que iría a Inglaterra tan pronto como fuese posible y
viviríamos juntos abiertamente. Y quizás nos casaríamos más adelante, si se
podía obtener el divorcio. Inmediatamente después de esto, regresé a
Inglaterra. En el barco escribía a Ottoline, contándole lo sucedido. Mi carta
se cruzó con otra suya, en la que me decía que deseaba que nuestras relaciones,
en lo sucesivo, fuesen puramente platónicas. Mis noticias y el hecho de que en
América me había curado la piorrea, hicieron que cambiase de opinión. Cuando se
lo proponía, Ottoline podía ser aún una amante tan deliciosa que renunciar a
ella parecía imposible, pero desde hacía mucho tiempo rara vez se había
mostrado en su mejor momento conmigo. Volvía a Inglaterra en junio, y hallé a
Ottoline en Londres. Adquirimos la costumbre de ir a pasar el día a Burnham
Beeches todos los martes. La última de estas excursiones la efectuamos el mismo
día en que Austria declaró la guerra a Serbia. Ottoline estuvo soberanamente
encantadora. Entretanto, la muchacha de Chicago había inducido a su padre,
ignorante de lo ocurrido, a que la trajese a Europa. Embarcaron el 3 de agosto.
Cuando llegaron, yo no podía pensar en nada que no fuese la guerra, y, como
había resuelto manifestarme públicamente contra ella, no quería complicar mi
situación con un escándalo privado, que habría inutilizado cuanto pudiera
decir. Por consiguiente, juzgué imposible llevar a efecto lo que habíamos
proyectado. Ella se quedó en Inglaterra y tuvimos relaciones íntimas de vez en
cuando, pero el choque de la guerra mató mi pasión por ella y le destrocé el
corazón. Finalmente, cayó víctima de una extraña enfermedad, que primero la
paralizó y luego la privó de la razón. En su demencia, contó a
su padre cuanto había sucedido. La última vez que la vi fue en 1924. A la
sazón, la parálisis le impedía andar, pero estaba disfrutando de un intervalo
lúcido. Cuando hablé con ella, sin embargo, pude percibir tenebrosos e insanos
pensamientos agazapados en el fondo. Tengo entendido que, desde entonces, no
tuvo ningún momento de lucidez. Antes que la asaltase la locura, poseía una
mente singular y una disposición tan gentil como inusitada. Si no se hubiera
interpuesto la guerra, el proyecto que elaboramos en Chicago podría habernos
procurado una gran felicidad a ambos. Todavía siento la pesadumbre de aquella
tragedia.
Fuente: Russell, B. (1975), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.
6/3/19
¿Qué hizo con tu leche calentita?
Por Philip Roth
¿Y yo por qué voy a preocuparme, pues? ¿Por
qué soy yo el único que se pasa horas probando condones en el sótano de casa?
¿Por qué soy yo el único que vive en permanente terror de la sífilis? ¿Por qué
me voy corriendo a casa, con mi pequeño ojo enrojecido, imaginando que voy a
quedarme ciego para siempre, cuando al cabo de media hora Bubbles va a estar de
rodilla comiendo pollas? ¡A casa! ¡Con mi mamá! ¡En busca de mi vaso de leche
con bizcocho, de mi camita limpia! ¡Oy,
la civilización y las contrariedades que nos procura! Babalú, háblame, háblame,
cuéntame cómo te lo hizo, cómo fue. Tengo que saberlo, y con todo detalle, con
los detalles exactos. ¿Qué me dices de las tetas? ¿Y los pezones? ¿Y los
muslos? ¿Qué hace con los muslos, Babalú, te agarra el culo con ellos, como en
los libros eróticos, o te aprieta la polla hasta que te entran ganas de aullar,
como en mis sueños? ¿Y el pelo de ahí abajo? Dime todo lo que pueda decirse del
pelo púbico y de cómo huele, no me importa haberlo oído antes. Y ¿es de veras
que se puso de rodillas, no estás
puteándome? ¿De veras que se hincó de rodillas en el suelo? ¿Y los dientes,
dónde mete los dientes? Y ¿qué hace, lame, aspira, ambas cosas a la vez? Dios del cielo, Babalú, ¿te corriste en su
boca? ¡Dios del cielo! Y ¿se lo tragó en seguida, o lo escupió, o se puso como
una fiera? ¡Dímelo! ¿Qué hizo con tu leche calentita? ¿La avisaste de que ibas
a correrte o le soltaste el cargamento por las buenas, y allá se las apañara? Y
¿quién la metió? ¿Se la metió ella, la metiste tú, o entra sola, absorbida? Y ¿dónde habíais puesto la
ropa? ¿En el sofá? ¿En el suelo? ¿Dónde,
exactamente? ¡Quiero detalles! ¡Detalles! ¡Auténticos detalles! ¿Y las bragas y
el sujetador? ¿Se los quitaste tú, se
los quitó ella? Cuando estaba ahí
abajo, mamándotela, ¿llevaba ropa? ¿Y la almohada debajo del culo, le pusiste
una almohada debajo del culo, como hay que hacer, según el manual para parejas
casadas de mis padres? ¿Qué pasó cuando te corriste en ella? ¿Se corrió ella
también? Mandel, aclárame una cosa, tengo que saberlo: ¿se corren ellas también? ¿Echan algo? ¿O no hacen más que soltar
gemidos? ¿O qué? ¿Cómo se corre ella? Voy a volverme loco, tengo que saber cómo
es.
Fuente: Roth, P. (1969), El mal de Portnoy, Random House
Mondadori, Barcelona.
27/2/19
El día de mi independencia
El día no comienza a media noche sino cuando
abro los ojos y siento la erección. (El sueño no cuenta porque estar dormido es
estar un poco muerto.) A la sensación del pene rozando la sábana solo hay que
agregarle una escena de fantasía, una mujer de anuncio por ejemplo, para que el
deseo me inunde y me vea obligado a agitar mi sexo hasta desinflarlo. Sobreviene
entonces un cansancio bueno que invita al adormilamiento, pero lo cierto es que
el día ha comenzado y hay que levantarse a trabajar. El monstruo tampoco descansa
y a eso de las dos de la tarde tiene energía suficiente para volver a elevarse
y pedirme que lo agite hasta vaciarlo. No es extraño que por la noche deba
repetir el procedimiento. Me pregunto hasta cuándo estaré sometido a esta
rutina. Me pregunto si la energía de mi monstruo es la del hombre promedio, o
mayor, o menor. Si es menor, me pregunto cómo pueden esos hombres mirar a las
mujeres a los ojos. Si es mayor, ¿tiene alguna relación con el hecho de tener
un gran pene, más largo y más ancho que el de la mayoría? Cuántos años debo
esperar para pasar una jornada entera –o una semana o un mes– sin manosearme. Cuánto
falta para el día de mi independencia, para que seque mi semilla (a estas
alturas sé que no la voy a utilizar). Que seque de una vez y acabe mi ansiedad
por los cuerpos curvos y la ropa ceñida, esta avidez que me tiene buceando por sórdidas
páginas donde hombres rudos cuentan sus experiencias con mujeres de alquiler.
20/2/19
Un fantasma caído por accidente desde otro planeta
Por Bertrand Russell
Salí de la cárcel en septiembre de 1918,
cuando ya era evidente que la guerra finalizaba. Durante las últimas semanas,
al igual que la mayoría de la gente, deposité mis esperanzas en Woodrow Wilson.
El final de la guerra fue tan rápido y dramático que nadie tuvo tiempo de
adaptar sus sentimientos a la nueva situación. La mañana del 11 de noviembre me
enteré, pocas horas antes de que fuese del dominio público, que el Armisticio
era inminente. Salí a la calle y se lo dije a un soldado belga, que me contestó:
«Tiens, c'est chic!» Fui al estanco y
se lo dije a la mujer que me servía. «Me alegra oírlo –dijo–, así ahora
podremos librarnos de los alemanes internados.» A las once, cuando se anunció
el Armisticio, yo me encontraba en Tottenham Court Road. En dos minutos todo el
mundo que estaba en las tiendas y oficinas salió a la calle. Requisaron los
autobuses y los obligaron a ir donde querían. Vi cómo un hombre y una mujer que
se cruzaban en medio de la calle, totalmente extraños, se besaban al pasar.
Ya entrada la noche me
quedé solo en las calles observando el humor de la muchedumbre, tal como había
hecho un agosto cuatro años atrás. La multitud seguía siendo frívola, no había
aprendido nada de este período de horror excepto aferrar un poco de placer con
mayor desenfreno que antes. Me sentí extrañamente solitario en medio del
regocijo general, como un fantasma caído por accidente desde otro planeta. Es
verdad que yo también me alegraba, pero no sentía nada en común entre mi
alegría y la de la muchedumbre. Toda mi vida he deseado sentir esa unión con
una gran masa de seres humanos que experimentan los integrantes de multitudes
entusiastas. A menudo, este deseo ha sido tan fuerte que me ha llevado a la
decepción personal. Me he imaginado sucesivamente como liberal, socialista y
pacifista, pero, en el sentido más profundo, jamás he sido nada de esto:
siempre el intelecto escéptico, cuando más deseaba su silencio, me ha susurrado
la duda, me ha arrancado del fácil entusiasmo de los otros y me ha transportado
a una soledad desoladora. Durante la guerra, mientras trabajaba con cuáqueros,
no-resistentes, socialistas, mientras estaba dispuesto a aceptar la
impopularidad y la incomodidad propias de compartir opiniones impopulares, les
decía a los cuáqueros que en mi opinión muchas guerras a lo largo de la
historia se justificaban, y a los socialistas que le tenía terror a la tiranía
del Estado. Me miraban con recelo, y aunque continuaban aceptando mi ayuda
sentían que yo no era uno de ellos. Detrás de todas las actividades o placeres
que he sentido desde mi primera juventud, siempre ha estado al acecho el dolor
de la soledad. He escapado de él casi por completo en los momentos del amor,
pero incluso entonces, pensándolo bien, me doy cuenta de que esta huida ha sido
en parte una ilusión. No he conocido mujer alguna para quien la llamada del
intelecto haya sido tan absoluta como lo es para mí, y cuando intervenía el
intelecto, descubría que faltaba la comprensión y el cariño que busco en el
amor. Aquello que Spinoza llama «el amor intelectual a Dios» ha sido para mí el
mejor motivo para vivir, aunque no he tenido siquiera el dios vagamente
abstracto –que Spinoza se permitía– a quien dedicar mi amor intelectual. He
amado a un fantasma, y al hacerlo mi ser más profundo se ha vuelto espectral.
Por lo tanto lo he ido enterrando más y más hondo, bajo capas de jovialidad,
afecto y alegría de vivir. Pero mis sentimientos más profundos han permanecido
siempre solitarios y no han encontrado compañía en las cosas humanas. El mar,
las estrellas, el viento nocturno en parajes desolados, significan más para mí
que los seres humanos que más quiero, y soy consciente de que para mí, en el
fondo, el afecto humano es un intento de escapar de la vana búsqueda de Dios.
Fuente: Russell, B. (1975), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.
13/2/19
Simón Rodríguez
Por Eduardo Galeano
1851
Latacunga
…
–En
lugar de pensar en medos, en persas, en egipcios, pensemos en los indios. Más
cuenta nos tiene entender a un indio que a Ovidio. Emprenda su escuela con
indios, señor rector.
Simón Rodríguez ofrece
sus consejos al colegio del pueblo de Latacunga, en Ecuador: que una cátedra de
lengua quechua sustituya a la de latín y que se enseñe física en lugar de
teología. Que el colegio levante una fábrica de loza y otra de vidrio. Que se implanten
maestranzas de albañilería, carpintería y herrería.
Imagen tomada de
https://bit.ly/2DwJkKq
Por las costas del
Pacífico y las montañas de los Andes, de pueblo en pueblo, peregrina don Simón.
Él nunca quiso ser árbol, sino viento. Lleva un cuarto de siglo levantando
polvo por los caminos de América. Desde que Sucre lo echó de Chuquisaca, ha
fundado muchas escuelas y fábricas de velas y ha publicado un par de libros que
nadie leyó. Con sus propias manos compuso los libros, letra a letra, porque no
hay tipógrafo que pueda con tantas llaves y cuadros sinópticos. Este viejo
vagabundo, calvo y feo y barrigón, curtido por los soles, lleva a cuestas un
baúl lleno de manuscritos condenados por la absoluta falta de dinero y de
lectores. Ropa no carga. No tiene más que la puesta.
Bolívar le decía mi maestro, mi Sócrates. Le
decía: Usted ha moldeado mi corazón
para lo grande y lo hermoso. La gente aprieta los dientes, por no reírse,
cuando el loco Rodríguez lanza sus peroratas sobre el trágico destino de estas
tierras hispanoamericanas:
–¡Estamos
ciegos! ¡Ciegos!
Casi nadie lo escucha,
nadie le cree. Lo tienen por judío, porque va regando hijos por donde pasa y no
los bautiza con nombres de santos, sino que los llama Choclo, Zapallo,
Zanahoria y otras herejías. Ha cambiado tres veces de apellido y dice que nació
en Caracas, pero también dice que nació en Filadelfia y en Sanlúcar de
Barrameda. Se rumorea que una de sus escuelas, la de Concepción, en Chile, fue
arrasada por un terremoto que Dios envió cuando supo que don Simón enseñaba
anatomía paseándose en cueros ante los alumnos.
Cada día está más solo
don Simón. El más audaz, el más querible de los pensadores de América, cada día
más solo.
A los ochenta años,
escribe:
–Yo
quise hacer de la tierra un paraíso para todos. La hice un infierno para mí.
Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las
máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.
6/2/19
De la Maga para Rocamadour
Por Julio Cortázar
Bebé Rocamadour, bebé bebé.
Rocamadour:
Rocamadour, ya sé que es
como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un
espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabés leer. Si
supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré
que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que
alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en
cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿Por qué,
Rocamadour? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el
borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el
señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho
porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París;
entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas;
en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás,
Rocamadour.
Rocamadour, es idiota
llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de
remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la
crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré
limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tan tonto, las
cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y
ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos
juntos te lo cantaré, verás. Puisque la
terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas... Horacio
la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos
te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico,
pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro
día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas,
un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes
respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour.
Rocamadour, madame Irène
no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón.
Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras
habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos
animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio,
se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya
ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no
lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha
pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar
otra nourrice aunque Horacio se ponga
furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si
dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si
cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no
puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu
nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que
te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo
mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que
sos tan bueno y tan bonito.
Hay una cosa que se llama
tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar
porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿Le
dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa? No, yo tampoco
querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto
entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil
entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio
y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no
te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo,
darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en
realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te
puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con
Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que
él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también
buscarás como un gran tonto.
Es así, Rocamadour: En
París somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas
oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y
después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla
como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y
Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber
todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de
rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de
todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera,
llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se
herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que
Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco,
un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo
el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche
y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va
a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y
Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos
reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos,
Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos,
pero dónde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí,
aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las
paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que
soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho
tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir
combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele,
Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los
corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa.
Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo
porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir
a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar
una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga
el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas
para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la
cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el
juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer.
No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste.
Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo
agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo
fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, y te escribo esta carta porque
no sé, porque a lo mejor me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy
enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea
me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies,
voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour,
bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito,
caballito de juguete...
Fuente: Cortázar, J. (1963), Rayuela, Punto de Lectura, México, D.F.
24/1/19
José Manuel Balmaceda
Por Eduardo Galeano
Imagen tomada de https://bit.ly/2Gyu8jU
1891
Santiago de Chile
…
José Manuel Balmaceda quiso impulsar la
industria nacional, vivir y vestirnos por nosotros mismos, presintiendo
que la era del salitre pasaría sin dejar a Chile más que el remordimiento.
Quiso aplicar estímulos y protecciones semejantes a las que habían practicado,
en su infancia industrial, Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania. Alzó
los salarios de los trabajadores y sembró de escuelas públicas el país. Dio al
largo cuerpo de Chile una columna vertebral de vías y caminos. En sus años de
presidencia, el sagrado capital británico corrió grave riesgo de profanación:
Balmaceda quiso nacionalizar los ferrocarriles y quiso acabar con la usura de
los bancos y la voracidad de las empresas salitreras.
Mucho quiso Balmaceda, y
bastante pudo; pero más pudo el enorme presupuesto que John Thomas North
destina a comprar conciencias y torcer justicias. La prensa desató sus truenos
contra el César ebrio de poder, déspota enemigo de la libertad y hostil a
las empresas extranjeras, y no menos fuerte resonó el clamor de los obispos y
los parlamentarios. La sublevación militar estalló como un eco y entonces corrió
sangre de pueblo.
The South American
Journal anuncia el triunfo del golpe de Estado: Chile volverá a los
buenos tiempos de antes. El banquero Eduardo Matte también lo celebra: Los
dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo. Lo demás es
masa influenciable y vendible.
Balmaceda se mata de un
balazo.
Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las
máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.
17/1/19
El más grande y poderoso emperador indio de todos los tiempos
Por Jesús Mosterín
Ashoka reinó durante cuarenta años, entre
-272 y -232. Tras acceder al trono, su primera preocupación fue la
consolidación y ampliación del gran imperio que heredaba de su padre y abuelo.
El principal obstáculo que se oponía a la extensión del imperio a todo el
subcontinente indio era el reino de Kalinga, en la costa oriental
(aproximadamente al actual estado de Orissa), que bloqueaba el comercio hacia
el sur tanto por mar como por tierra. En -260 Ashoka lanzó todo su ejército a
una durísima guerra de conquista de Kalinga. Al final de una larga campaña
logró anexionar Kalinga, pero detrás quedaban cientos de miles de muertos,
heridos y deportados, así como destrucciones y miserias sin cuento. Ashoka,
asqueado de los horrores de la guerra y la violencia, sufrió una crisis
espiritual que le llevó a acabar convirtiéndose al budismo y a predicar la paz,
la tolerancia y la no-violencia, en resumen, el Dharma.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/A%C5%9Boka#/media/File:Brahmi_pillar_inscription_in_Sarnath.jpg
Ashoka promulgó numerosos edictos a favor del amor y el respeto a todas las criaturas. Hizo inscribir
esos edictos en rocas y pilares de piedra por todo el subcontinente indio.
Prohibió la carnicería y la caza. A lo largo de los caminos, construyó fuentes
donde pudieran beber los caminantes y abrevar los animales y mandó plantar
árboles frondosos para que dieran sombra a las criaturas. Fundó por doquier
hospitales para atender a todo tipo de animales, humanos y no humanos. Un
edicto sobre roca registra (en cuatro lenguas distintas) una impresionante
confesión del más grande y poderoso emperador indio de todos los tiempos. El
texto de la inscripción comienza así:
Ocho
años después de su consagración como rey, el rey amigo de los dioses, Priyadarsi [otro nombre de Ashoka), ha
conquistado Kalinga. 150 000 personas han sido deportadas, 100 000 personas han
sido asesinadas y un número mayor han muerto. Después de haber conquistado
Kalinga, el amigo de los dioses ha empezado a seguir el Dharma, a amar el Dharma,
a enseñar el Dharma. El amigo de los dioses siente remordimientos desde que
conquistó Kalinga. Cuando se conquista un país independiente, se produce la
matanza y la cautividad de mucha gente. El amigo de los dioses está
entristecido y pesaroso por ello.
Después de insistir en
los horrores de la guerra y la violencia, Ashoka continúa:
Hoy
en día el amigo de los dioses estaría apesadumbrado incluso si el número de
asesinados, muertos y cautivos de la campaña de Kalinga hubiera sido cien o mil
veces menor de lo que fue. Incluso si alguien no se porta bien con él, él está
dispuesto a perdonar, al menos en la medida en que se trate de algo que pueda
ser perdonado... El amigo de los dioses desea a todos los seres la seguridad,
el autodominio, la ecuanimidad y la felicidad. El amigo de los dioses considera
que la principal de todas las victorias es la victoria del Dharma, y esta
victoria ya la ha conseguido, tanto aquí como en todas las fronteras, e incluso
más allá, como a 500 leguas dentro del reino del griego Antiokhos [...] Esta
alegría procede de la victoria del Dharma. Pero esa alegría no es todo. Aún más
grande es el beneficio representado por lo que se gana para el otro mundo.
Este texto del Dharma ha sido grabado en
piedra para que mis hijos y nietos no piensen en nuevas victorias, y para que
en su propia victoria prefieran la paciencia y la aplicación suave de la
fuerza, y para que no consideren como victoria sino la victoria del Dharma, que
vale para este mundo y para el otro. Que toda su alegría sea la alegría del
Dharma, que vale tanto para este mundo como para el otro.
La grandeza moral de esta
confesión por parte de un emperador victorioso es indudable, y única en la
historia. Ashoka se convirtió al budismo y cambió de vida. Sustituyó las
antiguas cacerías por peregrinaciones a los lugares sagrados del budismo, como
confirman diversas inscripciones. Intervino activamente en los asuntos de la
sangha (comunidad) budista, a la que dedicó varios edictos, en los que
expresaba su deseo de hacer mantener la disciplina monástica. Y terció en las
discusiones que tenían lugar dentro de la secta, señalando los sermones de Buda
que debían ser estudiados con prioridad. Era una época de disputas entre los
seguidores de la tradición antigua, la theravada
(theravāda, en pali, o sthaviravāda, en sánscrito), por un
lado, y los renovadores y heterodoxos, que iban provocando cismas, por otro.
Ashoka tomó partido a favor de la theravada e hizo convocar el Concilio de
Pataliputra, en el que el canon pali (el conjunto de los textos budistas
admitidos como auténticos) fue fijado. Además impulsó la difusión del budismo
fuera de su propio imperio, enviando a uno de sus hijos, Mahendra, como
embajador y misionero budista a Sri Lanka, que desde entonces se convirtió en
un bastión del budismo.
A pesar de su gran
afinidad personal con el budismo, Ashoka nunca trató de imponerlo a sus
súbditos. Por el contrario, practicó constantemente la tolerancia respecto a
todas las sectas y escuelas. Le irritaba el fanatismo y dogmatismo de que hacían
gala muchos sectarios, que no veían el bien más que en su propia secta. En el
edicto sobre roca número 7, Ashoka proclama en varias lenguas: «El rey amigo de
los dioses Priyadarsi quiere que todas las sectas puedan establecerse en todos
los lugares, pues todas buscan el autodominio y la pureza del alma...». En el
edicto sobre roca número 12:
El
rey amigo de los dioses Priyadarsi honra a todas las sectas, tanto a los monjes
como a los laicos, con liberalidades y honores variados. Pero el amigo de los dioses
no concede tanta importancia a las donaciones o a los honores como al progreso
en lo esencial de todas las sectas. El progreso en lo esencial, en el fondo,
consiste en la moderación del lenguaje, de modo que todos se abstengan de
alabar a su propia secta o de denigrar a las otras sectas con exageración, y
que, si lo hacen, lo hagan moderadamente. Incluso conviene rendir homenaje a
las otras sectas en cada ocasión... .
Ashoka estaba convencido de que en el
fondo todas las sectas predicaban lo mismo, el orden cósmico y moral o Dharma.
El Dharma de que habla Ashoka constantemente en sus edictos no es el Dharma
budista, sino precisamente ese fondo común, aceptable tanto para budistas como
para brahmanes, para jainas como para ajivikas. Precisamente a estos últimos
hizo donación de grutas artificiales, para que se establecieron en ellas.
El embajador griego en
Pataliputra, Megasthenes, calificaba en sus escritos como filósofos a los
ascetas y seguidores de todas las sectas y señalaba que estaban exentos de impuestos.
Ashoka pensaba que en el fondo todas las sectas perseguían lo mismo, el Dharma,
y que sus discusiones y reyertas se debían a estrechos dogmatismos y a un
exagerado aprecio de tradiciones y ceremonias propias. Ashoka era contrario a
todo tipo de ceremonias litúrgicas, que él consideraba supersticiosas e
inútiles, cuando no crueles e inmorales, como las que comportaban sacrificios
de animales, y así lo proclamaba en sus edictos. También pensaba que al
verdadero Dharma no se llega por los dogmas o las reglas, sino por la
meditación:
El
progreso del Dharma entre los humanes se obtiene solamente de dos maneras, por
las reglas del Dharma y por la meditación. Pero en realidad las reglas cuentan
poco, lo que más cuenta es la meditación. Yo he establecido las reglas del
Dharma que prohíben matar ciertas clases de animales y muchas otras reglas.
Pero es por la meditación como se ha obtenido el mayor progreso del Dharma con
vistas a la conservación de los seres y a la abstención de matar a los animales
[...] Veintisiete años después de mi consagración como rey he ordenado hacer
grabar esta inscripción sobre pilares de piedra o superficie de roca, de manera
que permanezca inscrita durante mucho tiempo.
El concepto de Dharma
desarrollado y predicado por Ashoka reunía aquellas mínimas nociones morales
comunes que estaban en la base de todas las escuelas y sectas de la India de su
tiempo, y que constituían el orden cósmico y moral: los hijos deben obedecer y
respetar a los padres y superiores, y estos deben ser suaves con sus
inferiores. Todos deben decir siempre la verdad y buscar el autodominio y la
liberación de su alma. Por lo demás, hay que practicar la tolerancia con las
otras sectas y escuelas, así como la meditación, y dejarse de inútiles
ceremonias. Sobre todo hay que practicar el respeto y amor a la vida en todas
sus manifestaciones, la ahimsa
(no-violencia) hacia los demás humanes y animales. En sus edictos, Ashoka se
jactaba de amar a todos sus súbditos como a sus hijos, de plantar árboles
frutales y plantas medicinales y de excavar pozos a la vera de los caminos,
para que caminantes y animales encontrasen sombra, alimento, remedios y agua.
Una parte importante del Dharma es la ahimsa
o no-violencia respecto a las demás criaturas vivas del universo. En esto aparece
Ashoka (al igual que antes de él Buda y Mahavira) como un gran precursor del
actual movimiento ecologista y de conservación de la naturaleza. Como él mismo
proclamaba: «A los bípedos y a los cuadrúpedos, a las aves y a los peces he
hecho mucho favores y buenas obras e incluso les he salvado la vida».
El edicto 5.° sobre
pilares contiene una larga lista de especies protegidas de animales a los que
se prohíbe cazar, matar, castrar, maltratar, etc. Incluso la cocina de palacio
fue reduciendo su dieta carnívora progresivamente, contribuyendo así
decisivamente a la difusión del vegetarianismo en la India. Como se lee en un
edicto sobre roca:
Antes
en la cocina del rey amigo de los dioses Priyadarsi cada día se mataban cientos
de miles de animales para las comidas; pero ahora, en el momento en que se
graba en la roca el presente texto del Dharma, ya no se mata para cada comida
más que a tres animales: dos pavos reales y una gacela, y la gacela no siempre.
E incluso estos tres animales dejarán de matarse en lo sucesivo.
Ashoka hizo cambiar la
vida de la corte, sometiéndola al Dharma. En vez de guerras de conquista, paz.
En vez de cacerías, peregrinaciones. En vez de grandes ceremonias, ayuda al
pueblo, a los enfermos, a los caminantes, a todos los animales. En vez de la
carnicería, el vegetarianismo. En vez de la dureza, la dulzura. En vez del
dogmatismo, la tolerancia. Incluso creó un cuerpo especial de inspectores del
Dharma (Dharma-mahāmātra) encargados
de recorrer el país con plenos poderes del emperador, predicando las virtudes
del Dharma y corrigiendo posible abusos.
De todos modos, no hay
que pensar que Ashoka se transformara en un puro pacifista. No desmanteló el
gran ejército imperial, sino que lo mantuvo preparado y entrenado, por si
acaso, y aunque ya no lo utilizó para más guerras de conquista, no por eso
renunció a la anexión de Kalinga. No abolió la pena de muerte para ciertos
crímenes, aunque concedió tres días de gracia a los condenados y ordenó que se
tratase bien a los presos. Fue al mismo tiempo un idealista y un realista. Con
su noción del Dharma trató de unir armónicamente una sociedad sacudida por
múltiples tensiones y conflictos ideológicos. Él lo logró, pero a su muerte el
imperio comenzó a disgregarse. A pesar de todo, Ashoka es el único gran emperador
que ha merecido pasar a las páginas de una historia del pensamiento, y es la
figura a la que mira la India actual cuando quiere rememorar el momento de su
pasado de máximo esplendor, a la vez político y espiritual.
Fuente: Mosterín, J. (2007), India, Alianza Editorial, Madrid.
10/1/19
René Higuita
Por Eduardo Galeano
Londres, estadio de Wembley, otoño de
1995.
La selección colombiana
de fútbol desafía al venerable fútbol inglés en su templo mayor, y René Higuita
se manda una atajada jamás vista.
Un delantero inglés
dispara un tiro fulminante. Con el cuerpo horizontal en el aire, el arquero
deja pasar la pelota y la devuelve con los tacos, doblando las piernas como el
escorpión tuerce la cola.
Vale la pena detenerse a
mirar las fotos de este documento de identidad colombiana. Su fuerza de
revelación no está en la proeza deportiva, sino en la sonrisa que cruza la cara
de Higuita, de oreja a oreja, mientras comete su sacrilegio imperdonable.
Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.
3/1/19
El ombligo
No por feo dejo de admirar de reojo a las
más guapas, y en mi caso guapa equivale a cuerpo curvado. El rostro es un
misterio que varía según la cantidad de maquillaje o de luz, pero los cuerpos
cambian más lentamente y –a corto plazo– podemos decir que son constantes. Ana
es bella porque tiene curvas y porque no le hace falta polvo en el rostro, pero
no deja de sentirse rara o incluso fea. Ayer me confesó que su ombligo no está
en el medio.
–Mi ombligo no está en el
medio –dijo.
–Hmmmm… ¿Tienes alguna duda
de que tu columna vertebral va por el medio? – le pregunté.
–No, ninguna duda
–contestó Ana, con ojos expectantes.
–Está bien. Midamos la
distancia de la columna al ombligo rodeando tu cintura, por ambos lados. Si la
distancia por la derecha es igual que por la izquierda, tu ombligo está en el
medio.
–Está bien.
Me fui del dormitorio en
busca de una cinta métrica que hallé en el cajón del escritorio del cuarto de
estudio. Al volver Ana me esperaba sosteniéndose la blusa por encima del
ombligo. Con cierto temblor en los dedos deslicé la cinta por su cintura de
piel brillante, desde el huesito de la columna hasta el ombligo, por su lado
izquierdo… y midió veintiocho centímetros. Enseguida repetí el procedimiento
por el otro lado… y midió veintisiete centímetros. No supe qué decir. Ana me
arrancó la cinta de las manos y se midió por su cuenta, solo para llegar al
mismo resultado: veintiocho centímetros por un lado y veintisiete por el otro.
Salió del dormitorio arrojando la cinta, que dibujó en el piso de cerámica un
espiral alargado.
27/12/18
Iluminación mística
Por Bertrand Russell
Imagen tomada de https://en.wikipedia.org/wiki/Bertrand_Russell#/media/File:Bust_Of_Bertrand_Russell-Red_Lion_Square-London.jpg
Durante la Cuaresma de 1901 [Alys y yo] nos unimos a
los Whitehead para alquilar la casa del profesor Maitland en Downing College.
El profesor Maitland había tenido que trasladarse a Madeira por motivos de
salud. Su ama de llaves nos informó que se había «secado a fuerza de comer
tostadas», pero me figuro que no sería éste el diagnóstico médico. La esposa de
Whitehead se estaba convirtiendo en una inválida y solía padecer intensos
dolores a causa de una dolencia cardíaca. Tanto Whitehead como Alys y yo
vivíamos llenos de ansiedad respecto de ella. Whitehead no sólo amaba
entrañablemente a su esposa, sino que dependía de ella en gran medida, y
parecía dudoso que volviera a realizar una buena labor nunca más si ella moría.
Un día llegó Gilbert Murray a Newnham para leer parte de su traducción del Hipólito, entonces inédita. Alys y yo
fuimos a escucharle, y me conmovió profundamente la belleza de la poesía. A
nuestro regreso hallamos a la esposa de Whitehead presa de un ataque
insólitamente severo. Parecía aislada de todo y de todos por muros de dolorosa
agonía; el sentido de la soledad de cada alma humana me abrumó repentinamente.
Desde mi matrimonio, mi vida emocional había sido sosegada y superficial. Había
olvidado todos los problemas más profundos y me había contentado con una
inteligencia ligera y superficial. De pronto, la tierra parecía hundirse bajo
mis pies, y me hallé en una esfera completamente distinta. En el curso de cinco
minutos cruzaron por mi cerebro reflexiones como las siguientes: la soledad del
alma humana es insoportable; nada puede penetrarla, excepto esa excelsa
intensidad de la suerte de amor que han predicado los maestros religiosos; todo
lo que no brote de este motivo es pernicioso o, por lo menos, inútil; se
concluye de ello que la guerra es un error, que la educación de un internado es
abominable, que el uso de la fuerza debe ser desaprobado y que en las
relaciones humanas debe penetrarse hasta el meollo de la soledad de cada
persona y dirigirse a él. El hijo menor de los Whitehead, de tres años de edad,
estaba en la habitación. No me había fijado antes en él, ni él en mí. Había que
impedir que turbase a su madre en medio de sus paroxismos de dolor. Le tomé de
la mano para llevármelo. Se vino conmigo de buena gana, se sentía a gusto
conmigo. Desde aquel día hasta su muerte, ocurrida durante la guerra en 1918,
fuimos íntimos amigos.
Al término de aquellos
cinco minutos me había convertido en una persona completamente diferente.
Durante algún tiempo me poseyó una especie de iluminación mística. Tenía la
impresión de conocer los pensamientos más íntimos de todo aquel con quien me
encontraba en la calle, y, aunque sin duda se trataba de una ilusión, me sentía
realmente en más estrecho contacto que antes con todos mis amigos y muchos de
mis conocidos. Habiendo sido imperialista, en aquellos cinco minutos me
convertí en probóer y pacifista. Habiéndome preocupado durante años
exclusivamente la exactitud y el análisis, me sentí rebosante de sentimientos
semimísticos respecto de la belleza, profundamente interesado por los niños y
con un deseo casi tan hondo como el de Buda de hallar alguna filosofía que
hiciese soportable la vida humana. Me poseía una extraña agitación, que
contenía un agudo dolor, pero también cierto elemento de triunfo, en virtud del
hecho de que podía dominar el dolor y hacer de ello, según pensaba, una puerta
de acceso a la sabiduría. La penetración mística que me imaginaba poseer se ha
desvaído grandemente, y el hábito de análisis se ha reafirmado. Pero algo de lo
que creí ver en aquel momento ha permanecido siempre conmigo, determinando mi
actitud durante la primera guerra mundial, mi interés por los niños, mi
indiferencia por las desdichas de menos monta y cierto tono emocional en todas
mis relaciones humanas.
Fuente: Russell, B. (1975), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.
20/12/18
Fidel
Por Eduardo Galeano
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Fidel_Castro#/media/File:Fidel_Castro_-_MATS_Terminal_Washington_1959.jpg
Sus enemigos dicen que fue rey sin corona
y que confundía la unidad con la unanimidad.
Y en eso sus enemigos
tienen razón.
Sus enemigos dicen que si
Napoleón hubiera tenido un diario como el «Granma», ningún francés se habría
enterado del desastre de Waterloo.
Y en eso sus enemigos
tienen razón.
Sus enemigos dicen que
ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más
acostumbrado a los ecos que a las voces.
Y en eso sus enemigos
tienen razón.
Pero sus enemigos no
dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas
cuando vino la invasión,
que enfrentó a los
huracanes de igual a igual, de huracán a huracán,
que sobrevivió a
seiscientos treinta y siete atentados,
que su contagiosa energía
fue decisiva para convertir una colonia en patria
y que no fue por hechizo
de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes
de los Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con
cuchillo y tenedor.
Y sus enemigos no dicen
que Cuba es un raro país que no compite en la Copa Mundial del Felpudo.
Y no dicen que esta
revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni
dicen que en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose
más alto y más ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de
una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó
a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que
necesita para justificarse y perpetuarse.
Y no dicen que a pesar de
todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades
de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad
latinoamericana menos injusta.
Y sus enemigos no dicen
que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de
la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que
siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los
campos de Castilla.
Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.
13/12/18
Los judíos son la sal de la Tierra
Por Jesús Mosterín
El nacionalismo y la dispersión
cosmopolita constituyen los dos modelos paradigmáticos y extremos de posible
organización de los grupos étnicos a escala planetaria. Ambos han sido
inventados y ensayados por los judíos. Considerado como una teoría del orden
político mundial, el nacionalismo postula el establecimiento de una
correspondencia biunívoca entre etnias y territorios. Cada etnia o nación debe
tener un territorio bien delimitado sobre el que edificar su propio Estado
nacional. Y cada territorio del planeta debe estar asignado a una etnia
determinada, como solar de su cultura y escenario de su destino.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Jes%C3%BAs_Moster%C3%ADn#/media/File:Jes%C3%BAs_Moster%C3%ADn_(October_2008).jpg
Los judíos fueron los
inventores del nacionalismo avant la
lettre. ... Superaron el trauma del exilio en
Babilonia, interpretándolo como castigo de Yahvé (elevado de su rango previo de
dios local al de dios universal), y concibiéndose a sí mismos como pueblo
elegido por Yahvé: «Seréis entre todos los pueblos mi propiedad particular;
porque mía es toda la tierra, mas vosotros constituiréis para mí un reino de
sacerdotes y una nación santa».
El pueblo de Israel había
concluido un pacto con Yahvé: ellos le obedecerían incondicionalmente, se
cortarían el prepucio y no aceptarían ningún otro dios. Yahvé, a cambio, no
prometió a los judíos el cielo ni la inmortalidad, sino sólo la tierra, la
tierra prometida, el país de Canaán (una tierra pedregosa, sin agua y sin
petróleo; de haberlos querido bien, les habría prometido Francia o Iraq, o al
menos Uganda, pero no la polvorienta Palestina). Con ello quedaba claro qué
había que hacer y dónde había que hacerlo. Acabado el exilio, el líder judío
Ezrá estableció en Jerusalén una teocracia nacionalista y siguió una política
de homogenización cultural forzosa. Prohibió (dos milenios y medios antes de
Hitler) los matrimonios mixtos entre judíos y no judíos, y trató por todos los
medios de aislar a los judíos de los demás pueblos. El nacionalismo trata de
convertir cada país en un gueto. El primer gueto judío lo crearon Ezrá y
Nehemías en Palestina. El último gueto judío lo ha creado el Estado de Israel,
con muralla incluida.
En la época helenística
las querellas entre judíos nacionalistas y cosmopolitas acabaron provocando la
intervención de la monarquía seléucida y la rebelión de Matatías y su hijo
Judas Macabeo. Al frente de una guerrilla integrista, los macabeos derrotaron a
los judíos helenizantes y a las tropas seléucidas, lo que finalmente condujo a
la independencia de Israel bajo el reino de los Hasmoneos, que impusieron los
valores y las prácticas de la ortodoxia judaica no sólo a los propios judíos,
sino también a los idumeos y galileos, obligados a adoptar su religión.
El Imperio Romano,
respetuoso de las creencias y costumbres de todas las etnias, había establecido
la paz, la comunicación y el orden en todo el Mediterráneo, pero, … los zelotes
o fanáticos judíos, que se negaban a permitir otros cultos que el de Yahvé en
la tierra de Canaán y atizaban la violencia intercomunal, se rebelaron contra
Roma en un sangriento y absurdo levantamiento, que acabó en el 70, cuando Tito
entró en Jerusalén y arrasó el segundo templo, que ya nunca más sería
reconstruido. El fanatismo nacionalista no decayó, avivado por las visiones
apocalípticas de los espíritus calenturientos, que anunciaban la inminente
llegada del mesías. En 130 el emperador Adriano prohibió la castración, la
mutilación y la circuncisión, como prácticas bárbaras, lo cual provocó poco
después la nueva y suicida rebelión del presunto mesías Bar Kojbá, aplastada decisivamente
por Roma, que incluso borró del mapa el nombre de Judea, llamada ahora Syria
Palestina, y convirtió a Jerusalén en una colonia romana vedada a los judíos.
A través de la historia
se observa una indudable ambigüedad de los judíos respecto a la tierra
prometida. Ningún otro pueblo ha mantenido un apego tan profundo, emocional y
continuo durante tanto tiempo hacia un territorio determinado como los judíos
hacia el país de Canaán. Pero ningún otro pueblo ha manifestado una tendencia
tan persistente a emigrar y establecer comunidades lejos de su patria. Ya en la
época helenística y romana sólo una minoría de judíos vivía en Israel. Las
comunidades judías se extendían por todo el Mediterráneo y el Oriente Medio,
siendo la más populosa, rica y culta la de Alejandría. Durante la Edad Media
los judíos vivían dispersos por todo el mundo cristiano e islámico, alcanzando
en España su máximo esplendor. En los períodos de paz y tolerancia, las
comunidades judías florecían. Pero repetidas olas de antisemitismo, atizadas
por el fanatismo cristiano, la envidia y el odio irracional, provocaron
incontables matanzas, extorsiones y expulsiones.
A principios de la Edad
Moderna los judíos fueron expulsados de España y encerrados en guetos en
Italia, además de seguir sometidos a todo tipo de discriminaciones y
humillaciones. La Ilustración cuestionó este estado de cosas, y a partir de
Napoleón se inició en todas partes la emancipación de los judíos. De ser una
diáspora oprimida y encerrada en guetos, los judíos pasaron a constituir una
diáspora floreciente, el fermento intelectual y la levadura económica de los
países más avanzados. Además, su dispersión cosmopolita y las relaciones de
confianza y parentesco que mantenían con los judíos de otros países les
conferían una indudable ventaja a la hora de desarrollar el comercio
internacional. Estaban mejor preparados que nadie para aprovechar la
globalización económica y cultural que acabaría llegando con el progreso de las
comunicaciones.
La pugna secular entre
judaísmo universalista y ortodoxia nacionalista parecía decantarse a favor del
primero en el siglo XIX y principios del XX. En condiciones de libertad y
tolerancia, la diáspora era la situación ideal, y nadie echaba en falta la
árida y pedregosa tierra prometida. La diáspora cosmopolita es la situación
natural de cualquier grupo étnico en un mundo libre y bien comunicado. Los
chinos de la diáspora viven mucho mejor que los que se han quedado en China. Y
su caso, como el de los judíos, muestra que la diáspora es compatible con la
preservación de una cultura nacional sobre bases no territoriales. La vitalidad
de los Estados Unidos tiene mucho que ver con su condición de país de diásporas
diversas.
Sólo el aislamiento
impuesto por una pared adiabática impide que el calor se difunda. Sólo los
compartimentos estancos impiden que los diversos líquidos se entremezclen. Y
sólo el aislamiento, la distancia, las murallas materiales, las barreras
convencionales, las fronteras cerradas, las aduanas y las policías impiden que
todas las etnias se desparramen por todos los países, como el aceite una vez
salido de la botella. Algo parecido al segundo principio de la termodinámica
apunta hacia una mayor mezcla y pluralismo por todo el planeta, siempre que
aumente la facilidad de comunicación y transporte. A la larga, en la aldea
global las fronteras no pueden por menos de desaparecer. Los humanes son
animales, no plantas; tienen patas, no raíces. Si no se les ata, se dispersan,
siguiendo los caminos de la oportunidad, el interés y la curiosidad. El futuro
es de las diásporas. Y de ese futuro los judíos han sido los adelantados. De
ese ensayo general todos podemos aprender.
La diáspora acabó
trágicamente en varios lugares. Los pogromos de Rusia y Europa Oriental, junto
con la ola romántica nacionalista, hicieron surgir el sionismo. La Shoá, el holocausto de los judíos
centroeuropeos a manos de los nazis, les dio el impulso definitivo. Por
desgracia para todos, las circunstancias históricas impidieron a los judíos
tomar el atajo histórico de pasar de ser una diáspora perseguida a ser una
diáspora libre y próspera, vanguardia, levadura y anuncio de un mundo por
venir. Tuvieron que pasar por el aro de ser un pueblo vulgar, como los demás,
con su Estado nacional y todo. Y por ello tuvieron que pagar un precio.
Para los judíos que
vivían en peligro o postración en los países de la diáspora oprimida, el Estado
de Israel ha sido una tabla de salvación, como mostró, por ejemplo, el caso de
los felachas de Etiopía. Pero para los que vivían en la diáspora próspera y
liberal (en América, Francia, Inglaterra, etc.) la emigración a Israel ha
representado un sacrificio personal y una gran renuncia. Los israelitas tienen
una vida dura. Trabajan mucho, ganan relativamente poco, pagan enormes
impuestos (el 50% de impuesto sobre la renta, de promedio), han de hacer un
servicio militar obligatorio muy largo (tres años los hombres; dos las
mujeres), viven peligrosamente e incluso tienen mala conciencia respecto a los
palestinos. En los kibbutzim (la
única implementación exitosa del comunismo que ha habido en el mundo) labran un
suelo ingrato con una austeridad y entrega más admirables que envidiables. En
general, es muchísimo más cómodo ser judío en Boston que en Tel Aviv.
Con la creación del
Estado de Israel se han cumplido las promesas de Yahvé, y se han realizado
milagros como el cultivo del desierto o la resurrección de la lengua hebrea.
Nadie puede negar a los judíos el derecho a tener su propio Estado nacional,
como los demás. Pero, aun dejando de lado el problema palestino, no es obvio
que esa vulgaridad sea lo mejor que los judíos puedan ofrecer al mundo, o a sí
mismos. Son la sal de la Tierra, pero concentrar toda la sal en el mismo sitio
estropea cualquier plato.
Fuente: Mosterín, J. (2006), Los judíos, Alianza editorial, Madrid.
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