4/8/23

Jean-Claude Villeneuve

Por Roberto Bolaño

Con cualquier otra persona aquello se hubiera convertido en una velada de lo más desagradable, pero quien hablaba era Jean-Claude Villeneuve, el más grande modisto de Francia, es decir del mundo, y el tiempo se me fue volando mientras oía una historia sucinta de su infancia y adolescencia, de su juventud, de sus reservas en materia sexual, de sus experiencias con algunos hombres y con algunas mujeres, de su inveterada soledad, de su mórbido deseo de no causar daño a nadie que tal vez encubría el oculto deseo de que nadie le hiciese daño a él, de sus gustos artísticos que admiré y envidié con toda mi alma, de su inseguridad crónica, de sus disputas con algunos modistos famosos, de sus primeros trabajos para una casa de alta costura, de sus viajes iniciáticos sobre los que no quiso profundizar, de su amistad con tres de las mejores actrices del cine europeo, de su relación con el par de seudoartistas de la morgue que le conseguían de tanto en tanto cadáveres con los que pasaba sólo una noche, de su fragilidad, de su fragilidad que se asemejaba a una demolición en cámara lenta e infinita, hasta que por las cortinas de la sala principal se deslizaron las primeras luces de la mañana y Villeneuve dio por concluida su larga exposición.

Fuente: Bolaño, R. (2001), Putas asesinas, Penguin Random House, Barcelona.

28/7/23

Tres pasiones

Por Bertrand Russell

Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que –al fin– he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierte en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Ésta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad.

Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

21/7/23

Paz y prosperidad

Por Ian Kershaw

Para la mayoría de observadores, tanto en el interior como en el exterior, el régimen de Hitler parecía estable, fuerte y victorioso tras cuatro años en el poder. La posición del propio Hitler parecía intocable. La imagen de gran estadista y líder nacional de genio fabricada por la propaganda coincidía con los sentimientos y expectativas de una gran parte de la población. La reconstrucción interna del país y los triunfos nacionales en política internacional, todos ellos atribuidos a su «genio», lo convirtieron en el dirigente político más popular de cualquier nación de Europa. Lo que ansiaba la mayoría de los alemanes normales y corrientes, como la mayoría de la gente normal y corriente de todos los lugares y todas las épocas, era paz y prosperidad. Hitler parecía haber construido los cimientos para ellas. Había restituido la autoridad del gobierno y había restablecido el orden público. El hecho de que hubiera destruido las libertades civiles en el proceso sólo preocupaba a unos pocos. Había trabajo de nuevo y una gran prosperidad económica. Aquello era muy diferente al desempleo masivo y la quiebra económica de la democracia de Weimar. Naturalmente, aún quedaba mucho por hacer y seguían existiendo numerosos motivos de queja. El conflicto con las iglesias, que era la causa de un gran resentimiento, no era el menor de ellos. Pero, por lo general, la gente no responsabilizaba a Hitler. La mayoría creía que los aspectos negativos de la vida cotidiana no eran obra del Führer, que los culpables eran sus subordinados, que con frecuencia le ocultaban lo que ocurría.

Fuente: Kershaw, I. (2008), Hitler, Península, Barcelona.

14/7/23

Sankara

Por Eduardo Galeano

Imagen tomada de https://shorturl.at/hMPRW

Thomas Sankara cambió el nombre del Alto Volta. La antigua colonia francesa pasó a llamarse Burkina Faso, tierra de hombres honestos.

Tras el largo dominio colonial, los hombres honestos heredaron el desierto: campos exhaustos, ríos secos, bosques devastados. Uno de cada dos nacidos no llegaba vivo a los tres meses.

Sankara encabezó el cambio. La energía comunitaria se puso al servicio de la multiplicación de los alimentos, la alfabetización, el renacimiento de los bosques nativos y la defensa del agua, escasa y sagrada.

La voz de Sankara multiplicó sus ecos desde el África hacia el mundo:

–Proponemos que se destine a la salvación de la vida en este planeta al menos el uno por ciento de las fabulosas sumas que se gastan estudiando la vida en otros planetas.

–El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional nos niegan fondos para buscar agua a cien metros, pero nos ofrecen excavar pozos de tres mil metros para buscar petróleo.

–Queremos crear un mundo nuevo. Nos negamos a elegir entre el infierno y el purgatorio.

–Denunciamos a los hombres cuyo egoísmo causa el infortunio del prójimo. Sigue impune en el mundo la destrucción de la biosfera, con esos ataques asesinos contra la tierra y el aire.

En 1987, la llamada comunidad internacional decidió deshacerse de este nuevo Lumumba.

Se encomendó la tarea a su mejor amigo, Blaise Campaoré.

El crimen le otorgó poder perpetuo.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

7/7/23

Millonarios con pobres

Por Marvin Harris

En el gran museo mundial de formas etnográficas exóticas, al menos una sociedad ha realizad un intento ingenioso de crear un sistema de clases lo más abierto posible mediante reglas especiales de matrimonio y filiación. Los natchez del bajo Mississippi estaban organizados en dos clases: gobernantes y plebeyos. Los primeros exploradores franceses llamaron a estos últimos stinkards. Los miembros del grupo dirigente estaban obligados a casarse con plebeyos (pero como había más plebeyos que gobernantes, la mayoría de los plebeyos se casaban con plebeyos). Los hijos de los miembros femeninos de la clase dirigente heredaban la posición de sus madres, pero los hijos de los miembros masculinos de la clase dirigente bajaban un grado con cada matrimonio. Así, un varón sol tenía un hijo varón noble, quien a su vez tenía un hijo varón stinkard. En cambio, los hijos de una sol seguían siendo soles; los hijos de una noble seguían siendo nobles, etc. Este sistema se podría comparar a una costumbre que obligara a todos los millonarios varones a casarse con mujeres pobres; no pondría fin a la distinción entre millonarios y pobres, pero ciertamente reduciría la distancia social entre ellos. La exogamia de la clase dirigente natchez probablemente indica un surgimiento bastante reciente a partir de una forma de organización no estratificada. Sin embargo, bajo otras circunstancias, no hay ninguna razón estructural para esperar que una clase dirigente acepte prescripciones matrimoniales exógamas que dispersan el poder.

Fuente: Harris, M. (1983), Antropología cultural, Alianza Editorial, Madrid.

30/6/23

Ser honesto

Por Noam Chomsky

[David Barsamian:] En octubre de 1998, justo seis meses antes de su muerte en Islamabad Eqbal Ahmad dio una charla en el MIT sobre el papel de los intelectuales. Dijo: «Tenéis que estar dispuestos a asumir riesgos». Se refería a los intelectuales. La otra cosa que dijo es: «Amar a la gente es primordial».

Eqbal era íntimo amigo mío, pero no estoy completamente de acuerdo con lo que dice. En primer lugar, no corremos grandes peligros por adoptar posturas disidentes, ni siquiera por participar en actividades de resistencia. Es verdad que hay riesgos, pero son insignificantes en comparación con los que corre la mayoría de la población mundial. Te critican, te ridiculizan, te difaman. Quizá no puedas ir a las cenas y fiestas apropiadas. Pero, ¿son eso riesgos? Piensa en cómo vive la mayoría del planeta. A los intelectuales se los llama así porque son privilegiados, no porque sean muy listos ni sepan mucho. Hay mucha gente que sabe más y es más lista, pero no es intelectual porque no tiene ese privilegio. Los que reciben el nombre de intelectuales son privilegiados. Disponen de recursos y oportunidades, y se ha conseguido suficiente libertad como para que el Estado no tenga una capacidad ilimitada de coacción. Es cierto que tiene cierta capacidad de coacción, pero no demasiada, mucho menos de lo que la gente dice. A veces ocurren cosas inadmisibles–a alguno lo echan del trabajo–, pero, en general, los peligros que corren los privilegiados son mínimos. Por tanto, no creo que se trate de asumir riesgos. Se trata de ser honesto.

¿Amar a la gente? Sí, por supuesto, o, al menos, comprometerse con ella y con sus necesidades.

Fuente: Chomsky, N. (2007), Lo que decimos, se hace, Península, Barcelona.

23/6/23

El circo

Por Gabriel García Márquez

Santa Sofía de la Piedad abandonó lo que estaba haciendo en la cocina y corrió hacia la puerta.

–Es el circo –gritó.

En vez de ir al castaño, el coronel Aureliano Buendía fue también a la puerta de la calle y se mezcló con los curiosos que contemplaban el desfile. Vio una mujer vestida de oro en el cogote de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola. Vio los payasos haciendo maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó sino el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre. Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño. La familia no se enteró hasta el día siguiente, a las once de la mañana, cuando Santa Sofía de la Piedad fue a tirar la basura en el traspatio y le llamó la atención que estuvieran bajando los gallinazos.

Fuente: García Márquez, G. (1967), Cien años de soledad, Random House Mondadori, Buenos Aires.

16/6/23

Teólogos y utopistas

Por Mario Bunge

De todos los consejeros, los más ridículos son los que pretenden planear en detalle la vida de todo un pueblo. Entre ellos descuellan los teólogos integristas y los utopistas sociales. Los primeros han pretendido regular las vidas privadas sin tocar la sociedad, como si las virtudes y los pecados fueran totalmente independientes de las circunstancias sociales. No hay costumbre tan arraigada que no sea afectada por una revolución social, tal como la abolición de la esclavitud o la emergencia de la producción en masa. Ni hay santo que salga incólume de un campo de concentración ni delincuente que prospere en una aldea.

En cambio, los utopistas sociales, tales como Fourier, Owen y Saint-Simon, se propusieron cambar la sociedad de raíz arrancando las causas de la injusticia social. Imaginaron sociedades perfectamente justas, y al mismo tiempo tan perfectamente ordenadas y reglamentadas que hacían imposibles tanto la iniciativa individual como la invención de nuevas instituciones. Se explica: ninguno de esos pensadores se enteró de la única lección que puede enseñar la historia, a saber, que todo cambia. Además, ninguno de ellos tuvo la experiencia necesaria para afrontar problemas prácticos (Robert Owen fue excepcional; era empresario industrial y fundó dos comunas que funcionaron durante un tiempo: Lanark en Gran Bretaña y New Lanark en los EE UU).

Aunque muy diferentes entre sí, tanto los fanáticos religiosos como los utopistas sociales compartieron una característica: pretendieron encuadrar bajo un régimen y en detalle las vidas privadas. O sea, se propusieron eliminar la libertad individual: la libertad de conciencia y de palabra, de elegir ocupación, residencia y esposo, de concebir niños e ideas, de comer y de beber, etcétera. Todo estaba previsto minuciosamente. En otras palabras, unos y otros fueron antiliberales.

Fuente: Bunge, M. (2006), 100 ideas, Laetoli, Pamplona.

9/6/23

El presidente y el virus

Por Carl Sagan

Un virus de poliomielitis es un diminuto microorganismo. Cada día topamos con muchos de ellos. Pero por suerte es un hecho raro que nos infecten y provoquen esta temida enfermedad. Franklin D. Roosevelt, el presidente número treinta y dos de los Estados Unidos, tuvo la polio. Se trata de una enfermedad que deja lisiado y quizás esto hizo que Roosevelt sintiera una mayor compasión por los desvalidos; o quizás aumentó sus ansias de éxito. Si la personalidad de Roosevelt hubiese sido distinta, o si no hubiese tenido nunca la ambición de llegar a presidente de los Estados Unidos, es posible que la gran depresión de los años 1930, la segunda guerra mundial y el desarrollo de las armas nucleares hubiesen tenido un desenlace distinto. El futuro del mundo hubiese podido cambiar. Pero un virus es una cosa insignificante, que mide sólo una millonésima de centímetro. Apenas es nada.

Fuente: Sagan, C. (1980), Cosmos, Planeta, Barcelona.

2/6/23

Despertar en Bagdad

Por Ramiro Díez

Era el mes de abril del año 2003 en un Bagdad preparado para recibir la primavera.

A lo lejos, Abdal Ben Rashid escuchó las sirenas de alarma que aullaban sobre Bagdad pero, curiosamente, no tuvo ningún temor.

Hubo otras personas que corrieron a los refugios improvisados, pero Abdal apenas abrió los ojos, un poco extrañado y algo molesto por aquel ulular persistente, se movió un poco en la cama, se tapó la cabeza con la almohada, recogió su cuerpo hasta hacerlo un ovillo, y quiso dormir unos minutos más.

Eran las seis en punto de la mañana.

Un minuto después un brutal estruendo sacudió la casa y todo se convirtió en un infierno de llamas y polvo, de paredes y techos destrozados, de hierros retorcidos y astillados, de cristales rotos que, disparados en todas direcciones, eran como mortífera metralla.

Enseguida hubo otras explosiones, cada una más brutal que la anterior.

Abdal no entendió nada.

Por un instante su cuerpo saltó por los aires, parcialmente protegido por el colchón de la cama y sintió una quemadura y un desgarrón profundo en su pierna derecha. Pero fue solo por un instante. Todo duró apenas medio segundo, porque su pierna derecha, como consecuencia de la explosión, ahora estaba a tres metros de su propio cuerpo.

Aturdido, Abdal no alcanzó a gritar. En ese momento una viga del techo cayó casi al mismo tiempo que su cuerpo, con tanta fortuna que le aplastó lo que le quedaba de pierna y se formó un torniquete accidental que le salvó de morir desangrado.

Enseguida un violento golpe en la cabeza le hizo perder el sentido, y Abdal nunca fue testigo de su propia pesadilla.

Minutos más tarde su cuerpo fue rescatado, agónico, entre los escombros. Tenía laceraciones en todo el cuerpo. Había perdido la pierna derecha, a la altura de la pantorrilla, y algunos dedos de la mano izquierda. El ojo izquierdo estaba perforado por una esquirla metálica. Abdal Ben Rashid, a pesar de todos los esfuerzos que se hicieron por salvar su vida, murió dos horas más tarde.

Y no pudo ver la primavera que llegaba.

Abdal tenía, exactamente, ocho meses de edad.

Fuente: Díez, R. (2004), Páginas con Cierto Sentido, Impresores MYL, Quito. 

26/5/23

Anchieta

Por Eduardo Galeano

1593

Guarapari

…

Ignacio de Loyola señaló el horizonte y ordenó:

–¡Id, e incendiad el mundo!

José de Anchieta era el más joven de los apóstoles que trajeron el mensaje de Cristo, la buena nueva, a las selvas del Brasil. Cuarenta años después, los indios lo llaman caraibebé, hombre con alas, y dicen que haciendo la señal de la cruz Anchieta desvía tempestades y convierte a un pez en un jamón y a un moribundo en un atleta. Coros de ángeles bajan del cielo para anunciarle la llegada de los galeones o los ataques de los enemigos, y Dios lo eleva de la tierra cuando reza, arrodillado, las plegarias. Rayos de luz despide su cuerpo enclenque, quemado por el cinturón de cilicio, cuando él se azota compartiendo los tormentos del hijo único de Dios.

Otros milagros le agradecerá el Brasil. De la mano de este santo haraposo han nacido los primeros poemas escritos en esta tierra, la primera gramática tupí-guaraní y las primeras obras de teatro, autos sacramentales que en lengua indígena trasmiten el evangelio mezclando personajes nativos con emperadores romanos y santos cristianos. Anchieta ha sido el primer maestro de escuela y el primer médico del Brasil y ha sido el descubridor y el cronista de los animales y las plantas de esta tierra, en un libro que cuenta cómo cambia de colores el plumaje de los guarás, cómo desova el peixe-boi en los ríos orientales y cuáles son las costumbres del puercoespín.

A los sesenta años, continúa fundando ciudades y levantando iglesias y hospitales; sobre sus hombros huesudos carga, a la par de los indios, las vigas maestras. Como llamados por su limpia y pobretona luminosidad, los pájaros lo buscan y lo busca la gente. Él camina leguas sin quejarse ni aceptar que lo lleven en redes, a través de estas comarcas donde todo tiene el color del calor y todo nace y se pudre en un instante para volver a nacer, fruta que se hace miel, agua, muerte, semilla de nuevas frutas: hierve la tierra, hierve la mar a fuego lento y Anchieta escribe en la arena, con un palito, sus versos de alabanza al Creador de la vida incesante.

Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

19/5/23

Borges según Galeano

Por Eduardo Galeano

1935

Buenos Aires

…

Le horroriza todo lo que reúne a la gente, como el fútbol o la política, y todo lo que la multiplica, como el espejo o el acto del amor. No reconoce otra realidad que la que existe en el pasado, en el pasado de sus antepasados, y en los libros escritos por quienes supieron nombrarla. El resto es humo.

Con alta finura y filoso ingenio, Jorge Luis Borges cuenta la Historia universal de la infamia. De la infamia nacional, la que lo rodea, ni se entera.

Fuente: Galeano, E. (1986), Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, Siglo Veintiuno, Madrid.

12/5/23

El derecho de soñar

Por Eduardo Galeano

Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio.

La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así, por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio.

Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;

en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas; volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las talas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

Fuente: Galeano, E. (1998), Patas arriba, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

5/5/23

Rafael Vargas

Por Eduardo Galeano

1975

Cabimas

…

Por las orillas del lago de Maracaibo pasó el petróleo y se llevó los colores. En este basurero, sórdidas calles, aire sucio, aguas aceitosas, vive y pinta Rafael Vargas.

No crece la hierba en Cabimas, ciudad muerta, tierra vaciada, ni quedan peces en sus aguas, ni pájaros en su aire, ni gallos que alegren sus madrugadas, pero en los cuadros de Vargas el mundo está de fiesta, respira la tierra a pleno pulmón, estallan de frutas y flores los verdísimos árboles, y prodigiosos peces y pájaros y gallos se codean de igual a igual con la gente.

Vargas casi no sabe leer ni escribir. Bien sabe, sí, ganarse la vida, como carpintero, y como pintor ganarse la limpia luz de sus días: venganza y profecía de quien no pinta la realidad que conoce sino la realidad que necesita.

Fuente: Galeano, E. (1986), Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, Siglo Veintiuno, Madrid.

28/4/23

Fundación de las desapariciones

Por Eduardo Galeano

Miles de muertos sin sepultura deambulan por la pampa argentina. Son los desaparecidos de la última dictadura militar.

La dictadura del general Videla aplicó en escala jamás vista la desaparición como arma de guerra. La aplicó, pero no la inventó. Un siglo antes, el general Roca había utilizado contra los indios esta obra maestra de la crueldad, que obliga a cada muerto a morir varias veces y que condena a sus queridos a volverse locos persiguiendo su sombra fugitiva.

En la Argentina, como en toda América, los indios fueron los primeros desaparecidos. Desaparecieron antes de aparecer. El general Roca llamó conquista del desierto a su invasión de las tierras indígenas. La Patagonia era un espacio vacío, un reino de la nada, habitado por nadie.

Y los indios siguieron desapareciendo después. Los que se sometieron y renunciaron a la tierra y a todo, fueron llamados indios reducidos: reducidos hasta desaparecer. Y los que no se sometieron y fueron vencidos a balazos y sablazos, desaparecieron convertidos en números, muertos sin nombre, en los partes militares. Y sus hijos desaparecieron también: repartidos como botín de guerra, llamados con otros nombres, vaciados de memoria, esclavitos de los asesinos de sus padres.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

21/4/23

El náufrago y el otro

Por Eduardo Galeano

1531

Isla Serrana

…

Un viento de sal y de sol castiga a Pedro Serrano, que deambula desnudo por el acantilado. Los alcatraces revolotean persiguiéndolo. Con una mano a modo de visera, él tiene los ojos puestos en el territorio enemigo.

Baja hasta la ensenada y camina por la arena. Al llegar a la línea de la frontera, mea. No pisa la línea, pero sabe que si el otro está mirando desde algún escondite, llegará de un salto a pedir cuentas por este acto de provocación.

Mea y espera. Los pajarracos chillan y huyen. ¿Dónde se habrá metido? El cielo es un resplandor blanco, luz de cal, y la isla una piedra incandescente; blancas rocas, sombras blancas, espuma sobre la blanca arena: un mundito de sal y de cal. ¿Dónde se habrá metido este canalla?

Hace mucho tiempo que el barco de Pedro se partió en pedazos, aquella noche de tormenta, y el pelo y la barba ya le llegaban al pecho cuando apareció el otro, montado en un madero que la marea rabiosa arrojó a la costa. Pedro le escurrió el agua de los pulmones, le dio de comer y de beber y le enseñó a no morir en esta islita desierta, donde sólo crecen las rocas. Le enseñó a dar vuelta las tortugas y a degollarlas de un tajo, a cortar la carne en lonjas para secarla al sol y a recoger el agua de la lluvia en los carapachos. Le enseñó a rezar por lluvia y a capturar almejas bajo la arena, le mostró las guaridas de los cangrejos y los camarones y lo convidó con huevos de tortuga y con ostras que la mar traía pegadas a los gajos de los mangles. El otro supo, por Pedro, que era preciso recoger todo lo que la mar entregara en los arrecifes, para que noche y día ardiera la fogata, alimentada por algas secas, sargazos, ramas perdidas, estrellas de mar y huesos de pescado. Pedro lo ayudó a levantar un cobertizo de caparazones de tortuga, un pedacito de sombra contra el sol, a falta de árboles.

La primera guerra fue la guerra del agua. Pedro sospechó que el otro robaba mientras él dormía, y el otro lo acusó de beber buches de bestia. Cuando el agua se agotó, y se derramaron las últimas gotas disputadas a puñetazos, no tuvieron más remedio que beber cada cual su propia orina y la sangre que arrancaron a la única tortuga que se dejó ver. Después se tendieron a morir a la sombra, y no les quedaba saliva más que para insultarse bajito.

Finalmente la lluvia los salvó. El otro opinó que Pedro bien pudiera reducir a la mitad la techumbre de su casa, ya que tanto escaseaban los carapachos:

–Tu casa es un palacio de carey –dijo– y en la mía, paso el día torcido.

–Me cago en Dios –dijo Pedro– y en la madre que te ha parío. Si no te gusta mi isla, ¡vete! –y con un dedo señaló la vasta mar.

Resolvieron dividir el agua. Desde entonces hay un depósito de lluvia en cada punta de la isla.

La segunda fue la guerra del fuego. Se turnaban para cuidar la hoguera, por si algún navío pasaba a lo lejos. Una noche, estando el otro de guardia, la hoguera se apagó. Pedro lo despertó con maldiciones y sacudones.

–Si la isla es tuya, ocúpate tú, cabrón –dijo el otro, y mostró los dientes.

Rodaron por la arena. Cuando se hartaron de golpearse, resolvieron que cada cual encendería su propio fuego. El cuchillo de Pedro azotó la piedra hasta arrancarle chispas; y desde entonces hay una fogata en cada punta de la isla.

La tercera fue la guerra del cuchillo. El otro no tenía con qué cortar y Pedro exigía un pago en camarones frescos cada vez que prestaba el filo.

Estallaron después la guerra de la comida y la guerra de los collares de caracoles.

Cuando acabó la última, que fue a pedradas, firmaron un armisticio y un tratado de límites. No hubo documento, porque en esta desolación no se encuentra ni una hoja de cupey para dibujar un garabato, y además ninguno sabe firmar; pero trazaron una frontera y juraron respetarla por Dios y por el rey. Echaron al aire una vértebra de pescado. A Pedro le tocó la mitad de la isla que mira a Cartagena. Al otro, la que mira a Santiago de Cuba.

Y ahora, de pie ante la frontera, Pedro se muerde las uñas, alza la vista al cielo, como buscando lluvia, y piensa: «Ha de estar escondido en algún recoveco. Le siento el olor. Roñoso. En medio del mar y jamás se baña. Prefiere freírse en su aceite. Por ahí anda, sí, escurriendo el bulto.»

–¡Eh, miserable! –llama.

Le responden el trueno del oleaje y el alboroto de las aves y las voces del viento.

«¡Ingrato!», grita, «¡Hideputa!», grita, y grita hasta romperse la garganta, y corre y recorre la isla de punta a punta, al revés y al derecho, solo y desnudo en la arena sin nadie.

Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

14/4/23

El sueño de los cuartos infinitos

Por Gabriel García Márquez

Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar, en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real. A la mañana siguiente Úrsula le llevaba el desayuno cuando vio acercarse a un hombre por el corredor. Era pequeño y macizo, con un traje de paño negro y un sombrero también negro, enorme, hundido hasta los ojos taciturnos. «Dios mío», pensó Úrsula. «Hubiera jurado que era Melquíades.» Era Cataure, el hermano de Visitación, que había abandonado la casa huyendo de la peste del insomnio, y de quien nunca se volvió a tener noticia. Visitación le preguntó por qué había vuelto, y él le contestó en su lengua solemne:

–He venido al sepelio del rey.

Fuente: García Márquez, G. (1967), Cien años de soledad, Random House Mondadori, Buenos Aires.

7/4/23

Linus Pauling

Por Eduardo Galeano

Imagen tomada de shorturl.at/cfLU3

Cuando estaba bajando la escalera de caracol de un barco, se le ocurrió que quizá las moléculas de las proteínas viajaran así, en espiral y sobre suelo ondulado; y eso resultó ser un hallazgo científico.

Cuando descubrió que los automóviles tenían la culpa de lo mucho que él tosía en la ciudad de Los Ángeles, inventó el auto eléctrico, que fue un fracaso comercial.

Cuando se enfermó de los riñones, y los medicamentos no lo mejoraban, se recetó comida sana y bombardeos de vitamina C. Y se curó.

Cuando estallaron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, fue invitado a dictar una conferencia científica en Hollywood, y cuando descubrió que no había dicho lo que quería decir pasó a encabezar la campaña mundial contra las armas nucleares.

Cuando recibió el Premio Nobel por segunda vez, la revista Life denunció que eso era un insulto. Ya en dos ocasiones el gobierno de los Estados Unidos lo había dejado sin pasaporte, porque era sospechoso de simpatías comunistas, o porque había dicho que Dios era una idea no necesaria.

Se llamaba Linus Pauling. Había nacido mientras nacía el siglo veinte.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

31/3/23

Los invisibles

Por Eduardo Galeano

En 1869, el canal de Suez hizo posible la navegación entre dos mares.

Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto, que el pachá Said y sus herederos vendieron el canal a los franceses y a los ingleses a cambio de poco o nada,

que Giuseppe Verdi compuso la ópera «Aída» para que fuera cantada en la inauguración

y que noventa años después, al cabo de una larga y dolida pelea, el presidente Gamal Abdel Nasser logró que el canal fuera egipcio.

¿Quién recuerda a los ciento veinte mil presidiarios y campesinos, condenados a trabajos forzados, que construyendo el canal cayeron asesinados por el hambre, la fatiga y el cólera?

En 1914, el canal de Panamá abrió un tajo entre dos océanos.

Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto,

que la empresa constructora quebró, en uno de los más sonados escándalos de la historia de Francia,

que el presidente de los Estados Unidos, Teddy Roosevelt, se apoderó del canal y de Panamá y de todo lo que encontró en el camino

y que sesenta años después, al cabo de una larga y dolida pelea, el presidente Omar Torrijos logró que el canal fuera panameño.

¿Quién recuerda a los obreros antillanos, hindúes y chinos que cayeron construyéndolo? Por cada kilómetro murieron setecientos, asesinados por el hambre, la fatiga, la fiebre amarilla y la malaria.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

24/3/23

Lo peor de Heidegger

Por Mario Bunge

Los autores mejor conocidos como existencialistas modernos son el alemán Martin Heidegger y el francés Jean-Paul Sartre. Sartre es perdonable porque, cuando no plagiaba a Heidegger, cosa que hizo en su tesis, hacía periodismo y teatro en buen francés. En cambio, Heidegger no tiene defensa: masacró la lengua que habían embellecido Goethe, Schiller y Heine, militó en el partido nazi y, sobre todo, quiso hacer pasar el absurdo por filosofía.

He aquí una muestra mínima del enorme montón de disparates que dejó escritos Heidegger: "El mundo mundea", "la nada nadea", "la palabra es la morada del ser", "el tiempo es la maduración de la temporalidad", "la esencia de la verdad es la libertad" y "la esencia de la libertad es la verdad". Si Heidegger hubiera respetado la lógica, de las dos últimas proposiciones habría deducido estas otras dos, aún más absurdas: "La esencia de la esencia de la libertad es la libertad" y "la esencia de la esencia de la verdad es la verdad". Pero Heidegger denunció la lógica como cosa de maestro de escuela.

Lo peor de Heidegger son las dos opiniones que lo hicieron utilizable por el nazismo. La primera es su concepción sombría, egoísta y degradante del hombre como un ser angustiado y por lo tanto paralizado ante la nada (la muerte). La segunda es su afirmación de que la razón y la ciencia son despreciables: que lo único que importa es la existencia desnuda, el "estar ahí", el Dasein. (¡Qué diferencia con Sócrates, quien enseñaba que la vida no examinada no vale la pena ser vivida!). Ambas tesis ayudan a entrenar soldados dóciles, resignados a "ser para la muerte" (Sein zum Tode).

Lo que es peor, ninguna de esas tesis de Heidegger es original. La primera es de Kierkegaard; y la segunda, de Nietzsche (su autor favorito, así como el de Hitler). En resumen, la metafísica de Heidegger fue una mezcla de afirmaciones carentes de sentido (muchas de ellas intraducibles), de perogrulladas y de falsedades. Y no tuvo teoría del conocimiento ni semántica ni ética. No propuso, en suma, una filosofía propiamente dicha.

Fuente: Bunge, M. (2006), 100 ideas, Laetoli, Pamplona.