18/7/19

La libertad y las corridas de toros

Por Jesús Mosterín
La libertad que han propugnado los pensadores liberales es la de las transacciones voluntarias entre seres humanos adultos (consenting adults): dos adultos pueden interaccionar entre ellos como quieran, mientras la interacción sea voluntaria por ambas partes y no agreda a terceros. Ni la Iglesia ni el Estado ni la familia ni ninguna otra instancia pueden interferirse en dichas transacciones voluntarias. Esto se aplica tanto a la libertad política como a la comercial, la religiosa, la lingüística, la sexual y a cualquier otra. Ningún liberal ha defendido que la libertad sea una patente de corso para maltratar y torturar a criaturas indefensas. La libertad sexual no incluye la violación ni la pederastia; la libertad política tampoco incluye el sacar los ojos a pájaros o a prisioneros, ni el torturar sin necesidad a pacíficos rumiantes.
De hecho, los países que más han contribuido a desarrollar la idea de libertad, como Inglaterra, han sido los primeros que han abolido los encierros y las corridas de toros. En ningún país con tradición liberal se hecho de la crueldad y la tortura pública un espectáculo festivo. Ya los antiguos atenienses, fundadores de la democracia, se mantuvieron al margen de los espectáculos sangrientos de la plebe romana. Curiosamente, y es un síntoma de nuestro atraso, la misma discusión que estamos teniendo ahora en España, Colombia, México y Perú, ya se tuvo en Gran Bretaña hace doscientos años. Y ya entonces, los padres del liberalismo tomaron partido inequívoco contra la crueldad. La libertad no solo es compatible, sino que exige y siempre va acompañada de la prohibición de violencias y crueldades de todo tipo.
Imagen tomada de https://bit.ly/2XAiIB0
Soy partidario de la máxima libertad en todas las interacciones voluntarias entre ciudadanos. Soy contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos. Pero es que las corridas de toros son un caso extremo. Los amigos de la libertad tenemos que acabar con la cultura de la sangre, la violencia y la crueldad, y postular una cultura de la inteligencia, la serenidad y la compasión, más favorable al florecimiento de la libertad. Ya se ha logrado la abolición de la tauromaquia en Canarias y en Cataluña, en la mayoría de los países latinoamericanos y en casi todos los países del mundo. El debate se traslada ahora al resto de España y al par de países donde todavía perduran similares bolsas de crueldad. No sabemos cuándo acabará esta discusión, pero sí cómo acabará. A la larga, la crueldad es indefendible. Todos los buenos argumentos y todos los buenos sentimientos apuntan al triunfo de la compasión.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

11/7/19

El ser humano no está hecho para comprar melones

Por Philip Roth
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–No sabe ni comprar un melón –me dijo por teléfono una mañana, muy disgustado; y como se daba la circunstancia de que ya estaba harto de oírle hablar de las cosas que Lil era incapaz de hacer, le contesté:
–Mira, los melones son dificilísimos de comprar. Quizá lo más difícil de comprar que hay, si te paras a pensarlo. No pasa como con las manzanas, no hay modo de saber lo que tienen por dentro. A mí me cuesta menos trabajo comprar un coche que un melón. Una casa, que un melón. Si una de cada diez veces salgo de la tienda con un buen melón en las manos, me doy con un canto en los dientes. Lo huelo de cerca y de menos cerca, lo aprieto por las dos puntas con el dedo gordo, agarro otro, lo huelo, lo aprieto por las puntas... Así hasta ocho o diez melones, antes de decidirme por uno de ellos, y luego me lo llevo a casa y lo abro para la cena y resulta que no sabe a nada y que está duro como una piedra. Qué quieres que te diga: todos nos equivocamos con los melones. El ser humano no está hecho para comprar melones... Hazme un favor, Herm, deja de darle la lata a la pobre mujer, porque no es ella la única que compra melones asquerosos: es un fallo humano. La estás acosando por algo que ni siquiera una de cada cien personas hace bien, y eso por casualidad, la mitad de las veces, para colmo.
–Bueno –dijo, desconcertado ante la seriedad de mi tono–, el melón es lo de menos...
Fuente: Roth, P. (1991), Patrimonio, Random House, Barcelona.

4/7/19

La historia del checoslovaco

Por Albert Camus
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Puedo decir que, en los últimos meses, dormía de dieciséis a dieciocho horas diarias. Me quedaban así seis horas que matar con las comidas, las necesidades naturales, mis recuerdos y la historia del checoslovaco.
Entre mi colchoneta y la tabla de la cama, había encontrado, en efecto, un viejo pedazo de periódico casi pegado a la tela, amarillento y transparente. Relataba un suceso cuyo comienzo faltaba, pero que debía de haber acontecido en Checoslovaquia. Un hombre había salido de una aldea checa para hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años, había regresado, rico, con una mujer y un niño. Su madre regentaba un hotel con su hermana en la aldea natal. Para darles una sorpresa, dejó a su mujer y a su hijo en otro alojamiento y fue al hotel de su madre, que no lo reconoció cuando entró. Por broma, tomó una habitación. Había dejado ver su dinero. Durante la noche, su madre y su hermana lo asesinaron a martillazos para robarle y arrojaron su cuerpo al río. Por la mañana vino la mujer y reveló sin darse cuenta la identidad del viajero. La madre se ahorcó. La hermana se arrojó a un pozo. Debí de leer esta historia miles de veces. Por una parte, era inverosímil. Por otra, era natural. Me parecía, de todos modos, que el viajero lo había merecido un poco y que nunca se debe jugar.
Fuente: Camus, A. (1942), El extranjero, Alianza Editorial, Madrid.

27/6/19

Los ocho conductos

Por Roberto Bolaño
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Según el forense, Mónica había sido violada anal y vaginalmente, aunque también le encontraron restos de semen en la garganta, lo que contribuyó a que se hablara en los círculos policiales de una violación «por los tres conductos». Hubo un policía, sin embargo, que dijo que una violación completa era la que se hacía por los cinco conductos. Preguntado sobre cuáles eran los otros dos, contestó que las orejas. Otro policía dijo que él había oído hablar de un tipo de Sinaloa que violaba por los siete conductos. Es decir, por los cinco conocidos, más los ojos. Y otro policía dijo que él había oído hablar de un tipo del DF que violaba por los ocho conductos, que eran los siete ya mencionados, digamos los siete clásicos, más el ombligo, al que el tipo del DF practicaba una incisión no muy grande con su cuchillo y luego metía allí su verga, aunque, claro, para hacer eso había que estar muy taras bulba. Lo cierto es que la violación «por los tres conductos» se extendió, se popularizó en la policía de Santa Teresa, adquirió un prestigio semioficial que en ocasiones se vio reflejado en los informes redactados por los policías, en los interrogatorios, en las charlas off the record con la prensa.
Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama, Barcelona.

20/6/19

No hay otros ojos

Por Jesús Mosterín
Todos los animales navegamos por el espacio de la nave Tierra, compañeros todos de viaje, de fatigas y emociones; linaje bendecido y abrumado por nuestra capacidad compartida de sentir, gozar y sufrir. No hay otros compañeros. No hay otros seres a los que mirar a los ojos. No hay otros ojos. Animales entre animales, gozosamente aceptamos nuestra vida y nuestra animalidad. Solo los animales padecemos; por eso solo los animales podemos ser compadecidos. La emoción moral de la compasión es el foco de la ética de la compasión. Compadecemos a las víctimas de las guerras; por eso buscamos la paz. Compadecemos a las criaturas que sufren innecesariamente; por eso estamos en contra de la crueldad y tratamos de abolir los peores abusos y maltratos contra hombres, mujeres y niños y contra animales domésticos y salvajes. No nos autoengañemos. No nos forjemos consuelos ilusorios. No renunciemos a descubrir ni a entender. Que nuestra curiosidad y nuestra simpatía se extiendan por doquier. No reprimamos nuestro afecto por las criaturas. No pongamos límites a nuestra ansia de conocer, ni diques a nuestra ansia de amar. No convirtamos en un infierno la vida de los animales bajo nuestra custodia. No masacremos a los animales salvajes. Fomentemos el conocimiento, la sensibilidad y la compasión. Compadezcámonos de todos los que sufren, sin prejuicios, grupismos ni fronteras. Trabajemos por el triunfo de la compasión.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

13/6/19

Bueno o malo

Se dice que la mayoría de ecuatorianos somos buenos o somos honestos, pero a mí me parece que la verdad es la contraria, la mayoría es mala, la mayoría es falsa. Supongo que tamaña divergencia de opiniones se debe a que la mayoría se juzga en relación al individuo promedio, mientras que yo juzgo en relación a un individuo modelo, a Buda por ejemplo. Al lado de Buda todos somos malos. No es difícil mostrar que la mayoría es mala. En mi entorno familiar es evidente la maldad, y no creo que se trate de una familia anómala. Mi papá es malo porque no piensa en los pobres, y aun cuando acepta que la situación del pobre es dura, no cree que debamos hacer nada para ayudarlo. A mi mamá sí le dan lástima los pobres y hasta los ayuda caritativamente, pero también es mala porque destroza con insultos al pobre que la engaña. (Los vecinos no tienen opinión de papá, pero de mamá suelen decir que es una gran persona. Eso pasa porque sólo conocen su lado amable. No saben de su hipocresía, de sus puñaladas traperas.) Casi todos están de acuerdo en que mi hermana es buena, pero yo sé que es mala porque un día se burló de mi debilidad. Mi cuñado también es malo, pues a los feos les dice feos y a los tontos les dice tontos. Mi tío es sin ninguna duda el peor de la familia, el más mentiroso, el peor padre, el peor esposo. (¡Y más de una mujer lo adora!) Yo soy el menos malo de la familia. Yo sí pienso en los pobres y no me importa que me engañen porque sé que no tuvieron las oportunidades que yo tuve, y no me burlo de los débiles, y no les digo feos a los feos ni tontos a los tontos, y miento poco. Pero así como mis familiares no se dan cuenta de sus fallos, tampoco notan mis virtudes. Son malos pero no saben que son malos, y como no reconocen su maldad, tampoco entienden mi bondad.

6/6/19

He vivido en pos de una ilusión

Por Bertrand Russell*
Desde mi infancia, he dedicado el lado serio de mi vida a dos intereses diferentes que durante mucho tiempo permanecieron separados y que sólo en los últimos años se han unido en un todo. Por una parte, quería saber si es posible el conocimiento; por otra, quería hacer todo lo que estuviera a mi alcance para crear un mundo más feliz. Hasta la edad de treinta y ocho años, dediqué casi todas mis energías a la primera de estas tareas. El escepticismo me inquietaba y me vi forzado, contra mi voluntad, a sacar la conclusión de que casi todo lo que se considera conocimiento está expuesto a la duda razonable. Necesitaba la certeza del mismo modo que la gente necesita la fe religiosa. Pensaba que era más probable encontrar la certeza en la matemática que en cualquier otra cosa, pero descubrí que muchas demostraciones matemáticas, que mis maestros pretendían que aceptara, estaban plenas de falacias, y que si efectivamente era posible encontrar la certeza en la matemática, se trataría un nuevo tipo de matemática basada en fundamentos más sólidos que los que se consideraban inamovibles hasta ese momento. Pero a medida que avanzaba en mi trabajo, recordaba constantemente la fábula del elefante y la tortuga. Una vez construido un elefante sobre el cual se podía apoyar el mundo matemático, me di cuenta de que el elefante tambaleaba y tuve que construirle una tortuga para que no cayera. Pero la tortuga no resultó más segura que el elefante, y después de veinte años de muy arduos esfuerzos, llegué a la conclusión de que yo no podía hacer nada más para conseguir que el conocimiento matemático fuera indudable. Entonces llegó la primera guerra mundial y mis pensamientos se concentraron en la locura y la miseria humanas.
Creo que ninguna de las dos es parte intrínseco e inevitable del ser humano, y estoy convencido de que la inteligencia, la paciencia y la elocuencia pueden, tarde o temprano, alejar al género humano de las torturas que se ha impuesto, siempre que en el ínterin no se extermine a sí mismo.
Basándome en esta convicción, he mantenido siempre un grado de optimismo, aunque con la edad éste se ha vuelto más sobrio y me hace ver más lejana la conclusión feliz. Pero sigo siendo totalmente incapaz de estar de acuerdo con aquellos que aceptan con fatalismo la creencia de que el hombre ha nacido para sufrir. No es difícil determinar las causas de infelicidad del pasado ni del presente. Debido a que el hombre no dominaba la naturaleza, ha existido la pobreza, la pestilencia y el hambre. Debido a la hostilidad de unos hombres contra otros hombres, ha habido guerras, opresiones y torturas. Y oscuras creencias han alimentado morbosos sufrimientos y han conducido al hombre a profundos conflictos internos que han vuelto vana toda la prosperidad exterior. Todo esto no era necesario, y para todos estos padecimientos se conocen medios con que poder superarlos. En el mundo moderno, los pueblos son infelices porque con frecuencia ignoran muchas cosas y mantienen costumbres, creencias y pasiones a las que valoran más que la felicidad e incluso la vida. He visto a muchas personas, en esta época nuestra tan peligrosa, que parecen enamoradas del sufrimiento y de la muerte, y que se enfadan cuando se les sugiere la esperanza. Piensan que la esperanza es irracional y que, instaladas en su cómoda desesperanza, simplemente confrontan la realidad. Yo no estoy de acuerdo con ellas. Conservar la esperanza en este mundo requiere nuestra inteligencia y nuestra energía. Quienes desesperan, con frecuencia es porque carecen de energías.
He vivido la segunda mitad de mi vida en una de esas dolorosas épocas de la historia humana durante las cuales el mundo empeora; las victorias que parecía definitivas terminaron siendo transitorias. Cuando era joven, el optimismo victoriano se daba por sentado. Me enseñaron que la libertad y la prosperidad se extenderían paulatinamente por el mundo de acuerdo con un proceso ordenado, y se esperaba que la crueldad, la tiranía y la injusticia irían disminuyendo sin cesar. Casi nadie vivía atemorizado por las grandes guerras. Casi nadie pensaba que el siglo diecinueve era un breve intervalo entre el pasado y la barbarie del futuro. A quienes han crecido en aquel clima les ha sido difícil adaptarse al mundo presente, no sólo en el aspecto emocional sino también en el intelectual. Las ideas que se consideraban apropiadas han resultado no serlo. Ha sido muy difícil conservar valiosas libertades en algunos asuntos, mientras que en otros, concretamente en las relaciones entre países, las libertades antes valoradas han demostrado ser abundantes fuentes de desastres. Si el mundo ha de emerger de su actual situación de peligro, necesitamos nuevas ideas, nuevas esperanzas, nuevas libertades y nuevas restricciones a la libertad.
No pretendo decir que lo que yo he hecho en relación con los problemas políticos y sociales ha tenido mucha importancia. Comparativamente, con un evangelio preciso y dogmático como el comunismo es mucho más fácil obtener un gran efecto. Por lo que a mí respecta, no puedo creer que la humanidad necesite ningún sistema preciso ni dogmático, como tampoco puedo creer con sinceridad en ninguna doctrina parcial que sólo se ocupa de una parte o aspecto de la vida humana. Hay quienes sostienen que todo depende de las instituciones, y que las buenas instituciones nos traerán inevitablemente una época de paz y prosperidad. Por otra parte, están quienes creen que se necesita un cambio en los corazones, y que, en comparación, poco cuentan las instituciones. No estoy de acuerdo. Las instituciones moldean el carácter, y el carácter transforma a las instituciones. Las reformas de ambos deben marchas cogidas de la mano, y si los individuos han de conservar esa medida de iniciativa y flexibilidad que deberían tener, no se los debe encerrar a todos en un único y rígido molde; o, para cambar la metáfora, no de los debe adiestrar a todos en un mismo ejército. La diversidad es esencial, a pesar de que excluye de antemano la aceptación universal de un único evangelio. Pero predicar semejante doctrina no es fácil, en particular en tiempos difíciles, y quizás no produzca ningún efecto hasta que la trágica experiencia no nos enseñe algunas lecciones amargas.
Mi obra se aproxima a su fin, y ha llegado la hora de examinarla en su totalidad. ¿En qué medida he tenido éxito y en qué medida he fracasado? Desde edades tempranas me consideré dedicado a grandes y arduas tareas. Hace casi tres cuartos de siglo, caminando a solas en el Tiergarten berlinés, sobre la nieve que se derretía y bajo el frío y radiante sol de marzo, decidí que escribiría dos clases de libros: unos abstractos, que con el tiempo se volverían más concretos, y otros concretos, que poco a poco tenderían a lo abstracto. Los coronaría con una síntesis que combinara teoría pura con filosofía social práctica. Salvo la síntesis final, que todavía me es esquiva, he cumplido mi propósito y he escrito estos libros, que han recibido elogios y aprobación y han influido en la forma de pensar de muchos hombres y mujeres. En ese aspecto, he logrado mi propósito.
Pero, en contraposición, debo mencionar dos tipos de fracaso, uno exterior y otro interior.
Primero, el fracaso exterior: el Tiergarten berlinés es ahora un desierto; la Puerta de Branderburgo, que atravesé para entrar al parque aquella mañana de marzo, se ha convertido en frontera de dos imperios enemigos que se observan desafiantes por encima de una barrera y preparan lúgubremente la ruina de la humanidad. Comunistas, fascistas y nazis, sucesivamente, han desafiado todo lo que considero bueno, y para derrotarlos se ha perdido gran parte de lo que sus oponentes intentaban preservar. A la libertad se la considera debilidad, y a la tolerancia se la obligar a vestir el manto de la traición. Los viejos ideales se juzgan irrelevantes y ninguna doctrina carente de agresividad impone respeto.
El fracaso interior, aunque ninguna importancia tiene para el mundo, ha hecho de mi vida mental una batalla perpetua. Comencé creyendo con fe más o menos religiosa en un mundo platónico, eterno, en el que las matemáticas lucían una belleza semejante a los últimos Cantos del Paraíso, y al final llegué a la conclusión de que el mundo eterno es trivial y que las matemáticas son sólo el arte de decir la misma cosa con palabras diferentes. Empecé creyendo que el amor, libre y valiente, podía conquistar el mundo sin violencia, y terminé apoyando una guerra amarga y espantosa. En ese aspecto, he fracasado.
Pero bajo esta carga de fracaso sigo siendo consciente de algo que siento como una victoria. Puede que haya concebido equivocadamente la verdad teórica, pero no me equivoqué en pensar que existe tal verdad y que merece nuestra lealtad. Puede que haya creído que el camino hacia un mundo de hombres libres y felices era más corto de lo que se está revelando, pero no me equivoqué al pensar que ese mundo es posible, y que merece la pena vivir con miras a volverlo realidad. He vivido en pos de una ilusión, personal y social. Personal, por valorar lo que es noble, lo que es hermoso, lo que es bueno; por permitir que los instantes de lucidez impregnaran de sabiduría los momentos más mundanos. Social, por imaginar la sociedad que se ha de crear, en la que los individuos crezcan libremente y donde el odio, la codicia y la envidia desaparezcan porque nada hay para alimentarlos. Creo en todas estas cosas, y el mundo, con todos sus horrores, no me ha hecho cambiar de parecer.
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.
*Hice ligeros cambios en el texto para mejorar la traducción.

30/5/19

Ida y vuelta

Lo primero que veo cuando salgo de casa es un contenedor de basura que huele muy mal. En las noches, pero a veces también a plena tarde, los minadores se introducen en él para sacar todo lo que se pueda reciclar, objetos metálicos, plásticos, papel. Ahora mismo hay uno dentro y lo miro de reojo mientras comienzo a dibujar eles con las cuadras para llegar al bus que me llevará al edificio. La estación de bus queda frente a un burdel, en una cuadra que dentro de ocho horas estará ennegrecida de noche y salpicada del amarillo que proyecta el alumbrado público y del blanco que irradian los focos de los locales comerciales, pero que a esta hora de la mañana parece una cuadra más. Me siento en la penúltima fila, junto a la ventana, e intento concentrarme en la novela de turno. Los protagonistas son Amaro y Amalia. Amalia es bella y niña. Amaro es un cura sin vocación. Desde el comienzo se presiente la futura unión de los cuerpos, pero estoy en la página trescientos y no han pasado de un par de besos. El bus me deja a dos eles de la meta, un edificio de doce pisos con ascensores que solo te permiten ir a un piso u otro. El recepcionista me da la tarjeta correspondiente al piso once. En el ascensor me enfrento con una chica glamurosa que me come con los ojos. La señora que me recibe la factura en el piso once tampoco me deja de mirar y se nota que la pongo nerviosa. No sé qué pensar, siempre me he sentido feo. Salgo del edificio a toda prisa y agarro el bus de regreso que va atiborrado de gente. Logro sentarme pero no me apetece leer a Eça de Queirós ni a nadie. Al salir de la estación veo a una bella ingresando al burdel. En la última ele, frente al contenedor de basura, saludo con la pareja del restaurante. Son jóvenes prematuramente envejecidos. Me cuentan que apenas venden treinta almuerzos diarios y que el dinero solo les alcanza para pagar el arriendo y a la cocinera. Son casi tan pobres como los minadores del contenedor.

22/5/19

El cuento del gallo capón

Por Gabriel García Márquez
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Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego infinito en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras.
Fuente: García Márquez, G. (1967), Cien años de soledad, Random House Mondadori, Buenos Aires.

15/5/19

Los ojos tapados

Por José Saramago
Imagen tomada de https://bit.ly/2TXn8Ek
Levantó la cabeza hacia las esbeltas columnas, hacia las altas bóvedas, para comprobar la seguridad y la estabilidad de la circulación sanguínea, luego dijo, Ya estoy bien, pero en aquel mismo instante pensó que se había vuelto loca, o que, desaparecido el vértigo, sufría ahora alucinaciones, no podía ser verdad aquello que los ojos le mostraban, aquel hombre clavado en la cruz con una venda blanca cubriéndole los ojos, y, al lado una mujer con el corazón traspasado por siete espadas y con los ojos también tapados por una venda blanca, y no eran sólo este hombre y esta mujer los que así estaban, todas las imágenes de la iglesia tenían los ojos vendados, las esculturas con un paño blanco atado alrededor de la cabeza, y los cuadros con una gruesa pincelada de pintura blanca, y más allá estaba una mujer enseñando a su hija a leer, y las dos tenían los ojos tapados, y un hombre con un libro abierto donde se sentaba un niño pequeño, y los dos tenían los ojos tapados, y un viejo de larga barba, con tres llaves en la mano, y tenía los ojos tapados, y otro hombre con el cuerpo acribillado de flechas, y tenía los ojos tapados, y una mujer con una lámpara encendida, y tenía los ojos tapados, y un hombre con heridas en las manos y en los pies y en el pecho, y tenía los ojos tapados, y otro hombre con un león, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con un cordero, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con un águila, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con una lanza dominando a un hombre caído, con cornamenta el caído y con pies de cabra, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con una balanza, y tenía los ojos tapados, y un viejo calvo sosteniendo un lirio blanco, y tenía los ojos tapados, y otro viejo apoyado en una espada desenvainada, y tenía los ojos tapados, y un hombre con dos cuervos, y los tres tenían los ojos tapados, sólo había una mujer que no tenía los ojos tapados porque los llevaba arrancados en una bandeja de plata.
Fuente: Saramago, J. (1995), Ensayo sobre la ceguera, Alfaguara, Buenos Aires.

8/5/19

No estamos terminados

Por Eduardo Galeano
La verdad está en el viaje, no en el puerto. No hay más verdad que la búsqueda de la verdad. ¿Estamos condenados al crimen? Bien sabemos que los bichos humanos andamos muy dedicados a devorar al prójimo y a devastar el planeta, pero también sabemos que nosotros no estaríamos aquí si nuestros remotos abuelos del paleolítico no hubieran sabido adaptarse a la naturaleza de la que formaban parte, y si no hubieran sido capaces de compartir lo que recolectaban y cazaban. Viva donde viva, viva como viva, viva cuando viva, cada persona contiene a muchas personas posibles, y es el sistema de poder, que nada tiene de eterno, quien cada día invita a salir a escena a nuestros habitantes más jodidos, mientras impide que los otros crezcan y les prohíbe aparecer. Aunque estamos mal hechos, no estamos terminados; y es la aventura de cambiar y de cambiarnos la que hace que valga la pena este parpadeo en la historia del universo, este fugaz calorcito entre dos hielos, que nosotros somos.
Fuente: Galeano, E. (1998), Patas arriba, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

1/5/19

La cultura más pacífica y suave de la Antigüedad

Por Jesús Mosterín
Hacia el año -3000 el mundo egeo salió del estancamiento en que había permanecido durante los tres milenios precedentes. Por entonces se domesticó y empezó a cultivarse la viña y el olivo, sobre todo en las laderas pedregosas del sur de Grecia, en las islas Cicladas y en Creta. También por entonces se introdujo la metalurgia del cobre y, poco después, del bronce. La actividad económica se extendió considerablemente y el intercambio entre las diversas islas y poblados se incrementó.
Durante el milenio -III fueron las pequeñas islas Cicladas el foco del progreso en la zona, quizá debido a su estratégica situación, equidistantes de Anatolia, Creta y la Grecia continental. Sus alfareros y artesanos producían y exportaban gran cantidad de vasijas cerámicas y de copas y estatuillas de mármol. Sus comerciantes hacían de intermediarios entre Anatolia y Grecia, y llegaban hasta Italia y Sicilia. Al final del milenio -III, sin embargo, su cultura declinó y acabó siendo absorbida por la pujante cultura protourbana de Creta.
Todas las potencialidades del periodo anterior culminaron en el paso a la civilización protourbana en la gran isla de Creta hacia -2000. Entre -2000 y -1450, aproximadamente, se desarrolló en Creta la llamada cultura minoica. Fueron 550 años de paz y prosperidad, durante los cuales se construyeron enormes palacios en Knosos, Festós, Malia y otros lugares.
Los palacios minoicos eran a la vez residencias señoriales, templos religiosos, centros sociales, sedes de la burocracia centralizada y de la contaduría pública, y depósitos de los excedentes agrícolas y de la producción artesanal. En sus enormes sótanos se almacenaba el aceite, el vino y el trigo, y en ellos trabajaban los artesanos y se realizaba el intercambio comercial. El palacio de Knosos, que era el principal, tenía en sus sótanos depósitos de aceite con una capacidad de 240.000 litros. En el palacio y sus aledaños vivían unas 40.000 personas, organizadas en un sistema de avanzada división del trabajo, constituyendo una genuina cuidad.
Los palacios cretenses constituían eficaces sistemas de redistribución de la producción en una sociedad que todavía carecía de dinero. Además, eran los centros de un activo comercio marítimo que abarcaba todo el Egeo y llegaba hasta Egipto. Precisamente para registrar sus transacciones comerciales, deudas, envíos y trueques, así como para satisfacer las necesidades de la burocracia redistributiva, los cretenses inventaron y usaron dos sistemas de escritura: la llamada escritura jeroglífica cretense y la escritura lineal A. Ninguna de ella ha podido ser descifrada hasta ahora.
La cultura cretense minoica era una cultura en cierto modo feminista y próxima al matriarcado, en contraste con el patriarcado y el machismo posterior de los griegos clásicos. En general, los pueblos pastores, guerreros y nómadas suelen exaltar al macho y al patriarca, mientras que los agricultores antiguos tendían a preciar la fecundidad por encima de todo. Sea esto como fuere, las mujeres parecen haber gozado de una libertad y posición social muy superiores a lo que era habitual en la época e incluso en la Grecia clásica posterior.
En la religión cretense los dioses más importantes son diosas, sobre todo la gran Diosa Madre, diosa de la tierra y de la fecundidad. Las sacerdotisas eran más importantes que los sacerdotes, los cuales se vestían a veces de mujeres cuando oficiaban. Siguiendo la tradición anatolia, la Diosa Madre paría cada año al dios de la vegetación, que luego se convertía en su amante para volver a morir de nuevo. Los cretenses estaban muy preocupados por los terremotos, que más de una vez habían destruido sus palacios. Para evitarlos, se aplacaba a la gran diosa, en su calidad de diosa de la tierra, mediante el juego con los toros, complejo ritual religioso que incluía un espectáculo circense-deportivo, en el que jóvenes atletas saltaban y hacían piruetas encima del toro sin herirlo de ninguna manera (y que no tenía nada que ver con la sangrienta y cutre corrida de toros actual).
Imagen tomada de https://bit.ly/2OtMh3l
Los cretenses vivían bien y en paz. Dominando el mar, habiendo acabado con la piratería, alejados de los grandes imperios hetita, babilonio y egipcio de la época, pensando quizá que el mar que rodea a Creta constituía suficiente defensa, no temían los ataques exteriores. Y llevándose bien unos palacios con otros y unas clases con otras, tampoco parecían temer los ataques interiores. En cualquier caso, sus palacios carecían por completo de fortificaciones y defensas. Los frescos pintados en sus paredes representan mujeres elegantes (amplias faldas, chalecos ceñidos, pechos al aire, complejo peinado) en animada conversación, hombres ágiles de cintura estrecha, ceremonias religiosas, fiestas, juegos y jardines. Nunca se representan armas, ni guerreros, ni muertes, ni batallas. No hubo cultura tan pacífica y suave en toda la Antigüedad.
Hacia el -1450 una tremenda explosión volcánica destruyó por completo la cercana isla de Thera. Al parecer, los efectos de esta explosión fueron fatales para Creta. Probablemente su flota quedó destruida. En cualquier caso, poco después la isla de Creta fue conquistada y sus palacios saqueados por los invasores micénicos.
Fuente: Mosterín, J. (2006), El pensamiento arcaico, Alianza Editorial, Madrid.

24/4/19

La fiesta

Desde fuera yo veía cómo movían las cabezas de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, casi al unísono, y veía que al mismo tiempo que las cabezas movían las piernas, dando pequeños pasos en el propio terreno, y a la vez que las cabezas y las piernas movían los traseros y los brazos con una gracia que no sé describir, y a casi todos semejante movimiento les dejaba sin energía para nada más, pero dos o tres alcanzaban todavía a decir te perderás dentro de mis recuerdos por haberme hecho llorar, y había uno que cantaba tan bien que podría haber acompañado a la mismísima Natalia Lafourcade o al resto de intérpretes de esta fiesta que había comenzado con «Made in Japan» de Alphaville, y que había atravesado por los pregones de Héctor Lavoe y por un rocanrol de los Kinks que dice me gustaría volar pero ni siquiera puedo nadar, y aunque la música variaba el baile era siempre lo mismo, mover las cabezas y las piernas y los traseros y los brazos, y si desde fuera todo lucía más bien ridículo, por dentro cundía una magia blanca, la seria diversión del rito muy esperado, una de las tantas caras del goce de vivir.

17/4/19

Ampliar el suelo de la jaula

Por Noam Chomsky
El anarquismo es célebre por oponerse al Estado, al mismo tiempo que aboga por «una administración planificada en interés de la comunidad», en palabras de Rocker; y, aparte de eso, por amplias federaciones de comunidades y lugares de trabajos dotados de autogobierno. En el mundo real actual, los anarquistas centrados en esos objetivos apoyan a menudo al poder del Estado para proteger a las personas, a la sociedad y a la tierra de los estragos de la concentración del capital en manos privadas. Pensemos, por ejemplo, en un respetado periódico anarquista como Freedom, creado como un periódico del socialismo anarquista por los seguidores de Kropotkin en 1886. Al abrir sus páginas, vemos que muchas de ellas están dedicadas a defender esos derechos, a menudo invocando al poder del Estado, como la regulación de la seguridad y la protección sanitaria y medioambiental.
Aquí no hay ninguna contradicción. Las personas viven, sufren y resisten en el mundo real de la sociedad existente, y cualquier persona digna debería ser partidaria de emplear todos los medios a su alcance para salvaguardarlos y beneficiarse de ellos, aun cuando el objetivo a largo plazo sea dejar de lado estos recursos y crear alternativas preferibles. Al tratar estos temas, a veces he tomado prestada una imagen utilizada por el movimiento de trabajadores rurales brasileños. Hablan de ampliar el suelo de la jaula, la jaula de las instituciones coercitivas existentes que pueden ampliarse mediante la lucha popular, como ha sucedido efectivamente a lo largo de muchos años. Y podemos ampliar la imagen y pensar en la jaula de las instituciones del Estado coercitivo como una protección frente a las bestias salvajes que merodean por el exterior, las instituciones capitalistas depredadoras apoyadas por el Estado y entregadas, en principio, a la vil máxima de los amos, el beneficio privado, el poder y la dominación, con el interés de la comunidad y sus miembros como algo secundario en el mejor de los casos, tal vez apreciado de manera retórica, pero descartado en la práctica por principio e incluso por ley.
Fuente: Chomsky, N. (2016), ¿Qué clase de criaturas somos?, Planeta, Barcelona.

10/4/19

Bob Marley

Por Eduardo Galeano
Imagen tomada de https://bit.ly/2IIn2ek
Bob Marley nació en el pobrerío, y grabó sus primeras músicas durmiendo en el suelo del estudio.
Y en pocos años se hizo rico y famoso y durmió en lecho de plumas, abrazado a Miss Mundo, y fue adorado por las multitudes.
Pero nunca olvidó que él no era solamente él.
Por su voz cantaba el sonoro silencio de los tiempos pasados, la fiesta y la furia de los esclavos guerreros que durante dos siglos habían vuelto locos a sus amos en las montañas de Jamaica.
Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

3/4/19

La regeneración moral de los individuos

Por Bertrand Russell
En la vida diaria de la mayoría de hombres y mujeres, el miedo desempeña un papel más importante que la esperanza. La idea de que otros puedan arrebatarles sus posesiones está más presente que la del goce que ellos mismos podrían causar en su existencia o la de aquellos con quienes la comparten.
No es así como debería sentirse la vida.
A aquellos cuyas vidas resultan beneficiosas para sí mismos, para sus amigos o para el mundo les inspira la esperanza y les sustenta la alegría. Imaginan las cosas como podrían ser y llevarse a cabo. En sus relaciones personales, no les provoca ansiedad el temor a perder el afecto o el respeto que reciben, sino que se preocupan de darlo sin buscar nada a cambio y en esto consiste su recompensa. En su trabajo, no les causa envidia la competencia sino que se interesan por sus propios asuntos. Y, en la política, no pierden tiempo ni energía defendiendo los injustos privilegios de la clase o nación a que pertenecen, sino que aspiran en general a un mundo más feliz, menos cruel, con menos conflictos derivados de la codicia y con más seres humanos libres de cualquier opresión que impida su crecimiento.
Una vida regida por este espíritu –que busca crear más que poseer– disfruta de una felicidad elemental que la adversidad no puede sustraer por entero. Ésta es la vida que recomiendan los Evangelios y todos los grandes maestros. Quienes la han hallado, se han liberado de la tiranía del miedo puesto que lo que más valoran en sus vidas no está a merced de ningún poder externo. Si todos los hombres tuvieran el coraje de concebir así la existencia pese a los obstáculos y el desaliento, no habría necesidad, para empezar, de que ninguna reforma política y económica regenerase el mundo. Todos los cambios surgirían automáticamente, sin oponer resistencia, de la regeneración moral de los individuos. No obstante, aunque la doctrina de Cristo ha sido asimilada formalmente por el mundo desde hace muchos siglos, aquellos que la siguen todavía continúan siendo perseguidos como lo fueron en la época de Constantino. La experiencia ha demostrado que muy pocas personas logran ver, más allá de los males aparentes de una vida de paria, la felicidad interior que proviene de la fe y la esperanza creadora. Para superar la tiranía del miedo, no basta con predicar el valor y la indiferencia hacia la adversidad, como cree la mayoría de los hombres, sino que hay que acabar con las causas del miedo, hacer posible una buena vida en todos los sentidos y disminuir el posible daño infligido a quienes no puedan defenderse.
Fuente: Russell, B. (1918), Caminos de libertad, Tecnos, Madrid.

27/3/19

Marco Aurelio

Por Jesús Mosterín
Imagen tomada de https://bit.ly/2H4qFcY
Marco Aurelio predicaba el amor universal, incluso a los que yerran y a los que nos odian. Nosotros no debemos odiar a nadie, ni siquiera a quien trata de matarnos. En definitiva quien hace el mal a otro solo se perjudica a sí mismo, pues es él mismo quien se hace malo. Marco Aurelio, como emperador, procuró proteger a los esclavos, a los huérfanos, a los débiles todos. Fue un juez justo, pero indulgente, un buen administrador y un defensor esforzado de las fronteras del Imperio. Él cumplía con lo que consideraba su deber, sin ilusiones, pero sin desfallecimientos. Y en las noches frías de la desorientación y el desánimo, en la tienda de campaña militar, a la luz de un candil, pergeñaba reflexiones estoicas para sí mismo, para ayudarse a vivir. Él fue el último emperador realmente grande de Roma y el último gran filósofo estoico.
Mosterín, J. (2007), Roma, Alianza Editorial, Madrid.

20/3/19

El más largo viaje jamás realizado

Por Eduardo Galeano
1522
Sevilla
Nadie los creía vivos, pero llegaron anoche. Arrojaron el ancla y dispararon toda su artillería. No desembarcaron en seguida ni se dejaron ver. Al amanecer aparecieron sobre las piedras del muelle. Temblando y en andrajos, entraron en Sevilla con hachones encendidos en las manos. La multitud abrió paso, atónita, a esta procesión de esperpentos encabezada por Juan Sebastián de Elcano. Avanzaban tambaleándose, apoyándose los unos en los otros, de iglesia en iglesia, pagando promesas, siempre perseguidos por el gentío. Iban cantando.
Habían partido hace tres años, río abajo, en cinco naves airosas que tomaron rumbo al oeste. Eran un montón de hombres a la ventura, venidos de todas partes, que se habían dado cita para buscar, juntos, el paso entre los océanos y la fortuna y la gloria. Eran todos fugitivos; se hicieron a la mar huyendo de la pobreza, del amor, de la cárcel o de la horca.
Los sobrevivientes hablan, ahora, de tempestades, crímenes y maravillas. Han visto mares y tierras que no tenían mapa ni nombre; han atravesado seis veces la zona donde el mundo hierve, sin quemarse nunca. Al sur han encontrado nieve azul y en el cielo, cuatro estrellas en cruz. Han visto al sol y a la luna andar al revés y a los peces volar. Han escuchado hablar de mujeres que preña el viento y han conocido unos pájaros negros, parecidos a los cuervos, que se precipitan en las fauces abiertas de las ballenas y les devoran el corazón. En una isla muy remota, cuentan, habitan personitas de medio metro de alto, que tienen orejas que les llegan a los pies. Tan largas son las orejas que cuando se acuestan, una les sirve de colchón y la otra de manta. Y cuentan que cuando los indios de las Molucas vieron llegar a la playa las chalupas desprendidas de las naves, creyeron que las chalupas eran hijitas de las naves, que las naves las parían y les daban de mamar.
Los sobrevivientes cuentan que en el sur del sur, donde se abren las tierras y se abrazan los océanos, los indios encienden altas hogueras, día y noche, para no morirse de frío. Esos son indios tan gigantes que nuestras cabezas, cuentan, apenas si les llegaban a la cintura. Magallanes, el jefe de la expedición, atrapó a dos poniéndoles unos grilletes de hierro como adorno de los tobillos y las muñecas; pero después uno murió de escorbuto y el otro de calor.
Cuentan que no han tenido más remedio que beber agua podrida, tapándose las narices, y que han comido aserrín, cueros y carne de las ratas que venían a disputarles las últimas galletas agusanadas. A los que se morían de hambre los arrojaban por la borda, y como no había piedras para atarles, quedaban los cadáveres flotando sobre las aguas: los europeos, cara al cielo, y los indios boca abajo. Cuando llegaron a las Molucas, un marinero cambió a los indios seis aves por un naipe, el rey de oros, pero no pudo probar bocado de tan hinchadas que tenía las encías.
Ellos han visto llorar a Magallanes. Han visto lágrimas en los ojos del duro navegante portugués Fernando de Magallanes, cuando las naves entraron en el océano jamás atravesado por ningún europeo. Y han sabido de las furias terribles de Magallanes, cuando hizo decapitar y descuartizar a dos capitanes sublevados y abandonó en el desierto a otros alzados. Magallanes es ahora un trofeo de carroña en manos de los indígenas de las Filipinas que le clavaron en la pierna una flecha envenenada.
Imagen tomada de https://bit.ly/2VfJo8E
De los doscientos treinta y siete marineros y soldados que salieron de Sevilla hace tres años, han regresado dieciocho. Llegaron en una sola nave quejumbrosa, que tiene la quilla carcomida y hace agua por los cuatro costados.
Los sobrevivientes. Estos muertos de hambre que acaban de dar la vuelta al mundo por primera vez.
Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

13/3/19

Tenebrosos e insanos pensamientos agazapados en el fondo

Por Bertrand Russell
De Ann Arbor fui a Chicago, donde me alojé con un eminente ginecólogo y su familia. Este ginecólogo había escrito un libro sobre enfermedades de la mujer, que contenía un frontispicio del útero, a todo color. Me regaló ese libro, pero yo lo encontraba un poco embarazoso y terminé por regalárselo a un médico amigo. En teología, era librepensador, pero en cuanto a la moral era un frígido puritano. Era obviamente hombre de muy intensas pasiones sexuales, y su semblante mostraba los estragos del esfuerzo para dominarse. Su esposa era una vieja encantadora, bastante astuta dentro de sus limitaciones, pero que sometía a prueba a la generación más joven. Tenían cuatro hijas y un hijo, pero a éste, que murió poco después de la guerra, no llegué a conocerle. Una de las hijas fue a Oxford para estudiar griego bajo la dirección de Gilbert Murray, mientras yo vivía en Bagley Wood, y trajo una carta de presentación para Alys y para mí de su profesor de literatura inglesa en Bryan Mawr. Solamente vi a la muchacha unas cuantas veces en Oxford, pero la encontré muy interesante y deseé conocerla mejor. Cuando preparaba mi marcha a Chicago, me escribió para invitarme a alojarme en casa de sus padres. Salió a recibirme a la estación, y en seguida me encontré más a gusto con ella que con ninguna de las personas que había conocido en América. Descubrí que escribía una poesía bastante buena y que su sensibilidad literaria era notable e insólita. Pasé dos noches bajo el techo de sus padres, y la segunda la pasé con ella. Sus tres hermanas montaron la guardia para avisarnos si alguno de sus padres se acercaba. Era una mujer deliciosa, no bella en un sentido convencional, pero apasionada, poética y extraña. Había tenido una pubertad solitaria y desdichada, y parecía que yo podía darle lo que necesitaba. Convinimos en que iría a Inglaterra tan pronto como fuese posible y viviríamos juntos abiertamente. Y quizás nos casaríamos más adelante, si se podía obtener el divorcio. Inmediatamente después de esto, regresé a Inglaterra. En el barco escribía a Ottoline, contándole lo sucedido. Mi carta se cruzó con otra suya, en la que me decía que deseaba que nuestras relaciones, en lo sucesivo, fuesen puramente platónicas. Mis noticias y el hecho de que en América me había curado la piorrea, hicieron que cambiase de opinión. Cuando se lo proponía, Ottoline podía ser aún una amante tan deliciosa que renunciar a ella parecía imposible, pero desde hacía mucho tiempo rara vez se había mostrado en su mejor momento conmigo. Volvía a Inglaterra en junio, y hallé a Ottoline en Londres. Adquirimos la costumbre de ir a pasar el día a Burnham Beeches todos los martes. La última de estas excursiones la efectuamos el mismo día en que Austria declaró la guerra a Serbia. Ottoline estuvo soberanamente encantadora. Entretanto, la muchacha de Chicago había inducido a su padre, ignorante de lo ocurrido, a que la trajese a Europa. Embarcaron el 3 de agosto. Cuando llegaron, yo no podía pensar en nada que no fuese la guerra, y, como había resuelto manifestarme públicamente contra ella, no quería complicar mi situación con un escándalo privado, que habría inutilizado cuanto pudiera decir. Por consiguiente, juzgué imposible llevar a efecto lo que habíamos proyectado. Ella se quedó en Inglaterra y tuvimos relaciones íntimas de vez en cuando, pero el choque de la guerra mató mi pasión por ella y le destrocé el corazón. Finalmente, cayó víctima de una extraña enfermedad, que primero la paralizó y luego la privó de la razón. En su demencia, contó a su padre cuanto había sucedido. La última vez que la vi fue en 1924. A la sazón, la parálisis le impedía andar, pero estaba disfrutando de un intervalo lúcido. Cuando hablé con ella, sin embargo, pude percibir tenebrosos e insanos pensamientos agazapados en el fondo. Tengo entendido que, desde entonces, no tuvo ningún momento de lucidez. Antes que la asaltase la locura, poseía una mente singular y una disposición tan gentil como inusitada. Si no se hubiera interpuesto la guerra, el proyecto que elaboramos en Chicago podría habernos procurado una gran felicidad a ambos. Todavía siento la pesadumbre de aquella tragedia.
Fuente: Russell, B. (1975), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

6/3/19

¿Qué hizo con tu leche calentita?

Por Philip Roth
¿Y yo por qué voy a preocuparme, pues? ¿Por qué soy yo el único que se pasa horas probando condones en el sótano de casa? ¿Por qué soy yo el único que vive en permanente terror de la sífilis? ¿Por qué me voy corriendo a casa, con mi pequeño ojo enrojecido, imaginando que voy a quedarme ciego para siempre, cuando al cabo de media hora Bubbles va a estar de rodilla comiendo pollas? ¡A casa! ¡Con mi mamá! ¡En busca de mi vaso de leche con bizcocho, de mi camita limpia! ¡Oy, la civilización y las contrariedades que nos procura! Babalú, háblame, háblame, cuéntame cómo te lo hizo, cómo fue. Tengo que saberlo, y con todo detalle, con los detalles exactos. ¿Qué me dices de las tetas? ¿Y los pezones? ¿Y los muslos? ¿Qué hace con los muslos, Babalú, te agarra el culo con ellos, como en los libros eróticos, o te aprieta la polla hasta que te entran ganas de aullar, como en mis sueños? ¿Y el pelo de ahí abajo? Dime todo lo que pueda decirse del pelo púbico y de cómo huele, no me importa haberlo oído antes. Y ¿es de veras que se puso de rodillas, no estás puteándome? ¿De veras que se hincó de rodillas en el suelo? ¿Y los dientes, dónde mete los dientes? Y ¿qué hace, lame, aspira, ambas cosas a la vez? Dios del cielo, Babalú, ¿te corriste en su boca? ¡Dios del cielo! Y ¿se lo tragó en seguida, o lo escupió, o se puso como una fiera? ¡Dímelo! ¿Qué hizo con tu leche calentita? ¿La avisaste de que ibas a correrte o le soltaste el cargamento por las buenas, y allá se las apañara? Y ¿quién la metió? ¿Se la metió ella, la metiste tú, o entra sola, absorbida? Y ¿dónde habíais puesto la ropa? ¿En el sofá? ¿En el suelo? ¿Dónde, exactamente? ¡Quiero detalles! ¡Detalles! ¡Auténticos detalles! ¿Y las bragas y el sujetador? ¿Se los quitaste , se los quitó ella? Cuando estaba ahí abajo, mamándotela, ¿llevaba ropa? ¿Y la almohada debajo del culo, le pusiste una almohada debajo del culo, como hay que hacer, según el manual para parejas casadas de mis padres? ¿Qué pasó cuando te corriste en ella? ¿Se corrió ella también? Mandel, aclárame una cosa, tengo que saberlo: ¿se corren ellas también? ¿Echan algo? ¿O no hacen más que soltar gemidos? ¿O qué? ¿Cómo se corre ella? Voy a volverme loco, tengo que saber cómo es.
Fuente: Roth, P. (1969), El mal de Portnoy, Random House Mondadori, Barcelona.