Imagen tomada de https://bit.ly/2Tyd5k1
Se reunían a conversar sin tregua, a
repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los
límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego infinito
en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no les había pedido
que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido
que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido
que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del
gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que no les había
pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras.
Fuente: García Márquez, G. (1967), Cien años de soledad, Random House
Mondadori, Buenos Aires.
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