20/3/19

El más largo viaje jamás realizado

Por Eduardo Galeano
1522
Sevilla
…
Nadie los creía vivos, pero llegaron anoche. Arrojaron el ancla y dispararon toda su artillería. No desembarcaron en seguida ni se dejaron ver. Al amanecer aparecieron sobre las piedras del muelle. Temblando y en andrajos, entraron en Sevilla con hachones encendidos en las manos. La multitud abrió paso, atónita, a esta procesión de esperpentos encabezada por Juan Sebastián de Elcano. Avanzaban tambaleándose, apoyándose los unos en los otros, de iglesia en iglesia, pagando promesas, siempre perseguidos por el gentío. Iban cantando.
Habían partido hace tres años, río abajo, en cinco naves airosas que tomaron rumbo al oeste. Eran un montón de hombres a la ventura, venidos de todas partes, que se habían dado cita para buscar, juntos, el paso entre los océanos y la fortuna y la gloria. Eran todos fugitivos; se hicieron a la mar huyendo de la pobreza, del amor, de la cárcel o de la horca.
Los sobrevivientes hablan, ahora, de tempestades, crímenes y maravillas. Han visto mares y tierras que no tenían mapa ni nombre; han atravesado seis veces la zona donde el mundo hierve, sin quemarse nunca. Al sur han encontrado nieve azul y en el cielo, cuatro estrellas en cruz. Han visto al sol y a la luna andar al revés y a los peces volar. Han escuchado hablar de mujeres que preña el viento y han conocido unos pájaros negros, parecidos a los cuervos, que se precipitan en las fauces abiertas de las ballenas y les devoran el corazón. En una isla muy remota, cuentan, habitan personitas de medio metro de alto, que tienen orejas que les llegan a los pies. Tan largas son las orejas que cuando se acuestan, una les sirve de colchón y la otra de manta. Y cuentan que cuando los indios de las Molucas vieron llegar a la playa las chalupas desprendidas de las naves, creyeron que las chalupas eran hijitas de las naves, que las naves las parían y les daban de mamar.
Los sobrevivientes cuentan que en el sur del sur, donde se abren las tierras y se abrazan los océanos, los indios encienden altas hogueras, día y noche, para no morirse de frío. Esos son indios tan gigantes que nuestras cabezas, cuentan, apenas si les llegaban a la cintura. Magallanes, el jefe de la expedición, atrapó a dos poniéndoles unos grilletes de hierro como adorno de los tobillos y las muñecas; pero después uno murió de escorbuto y el otro de calor.
Cuentan que no han tenido más remedio que beber agua podrida, tapándose las narices, y que han comido aserrín, cueros y carne de las ratas que venían a disputarles las últimas galletas agusanadas. A los que se morían de hambre los arrojaban por la borda, y como no había piedras para atarles, quedaban los cadáveres flotando sobre las aguas: los europeos, cara al cielo, y los indios boca abajo. Cuando llegaron a las Molucas, un marinero cambió a los indios seis aves por un naipe, el rey de oros, pero no pudo probar bocado de tan hinchadas que tenía las encías.
Ellos han visto llorar a Magallanes. Han visto lágrimas en los ojos del duro navegante portugués Fernando de Magallanes, cuando las naves entraron en el océano jamás atravesado por ningún europeo. Y han sabido de las furias terribles de Magallanes, cuando hizo decapitar y descuartizar a dos capitanes sublevados y abandonó en el desierto a otros alzados. Magallanes es ahora un trofeo de carroña en manos de los indígenas de las Filipinas que le clavaron en la pierna una flecha envenenada.
Imagen tomada de https://bit.ly/2VfJo8E
De los doscientos treinta y siete marineros y soldados que salieron de Sevilla hace tres años, han regresado dieciocho. Llegaron en una sola nave quejumbrosa, que tiene la quilla carcomida y hace agua por los cuatro costados.
Los sobrevivientes. Estos muertos de hambre que acaban de dar la vuelta al mundo por primera vez.
Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

13/3/19

Tenebrosos e insanos pensamientos agazapados en el fondo

Por Bertrand Russell
De Ann Arbor fui a Chicago, donde me alojé con un eminente ginecólogo y su familia. Este ginecólogo había escrito un libro sobre enfermedades de la mujer, que contenía un frontispicio del útero, a todo color. Me regaló ese libro, pero yo lo encontraba un poco embarazoso y terminé por regalárselo a un médico amigo. En teología, era librepensador, pero en cuanto a la moral era un frígido puritano. Era obviamente hombre de muy intensas pasiones sexuales, y su semblante mostraba los estragos del esfuerzo para dominarse. Su esposa era una vieja encantadora, bastante astuta dentro de sus limitaciones, pero que sometía a prueba a la generación más joven. Tenían cuatro hijas y un hijo, pero a éste, que murió poco después de la guerra, no llegué a conocerle. Una de las hijas fue a Oxford para estudiar griego bajo la dirección de Gilbert Murray, mientras yo vivía en Bagley Wood, y trajo una carta de presentación para Alys y para mí de su profesor de literatura inglesa en Bryan Mawr. Solamente vi a la muchacha unas cuantas veces en Oxford, pero la encontré muy interesante y deseé conocerla mejor. Cuando preparaba mi marcha a Chicago, me escribió para invitarme a alojarme en casa de sus padres. Salió a recibirme a la estación, y en seguida me encontré más a gusto con ella que con ninguna de las personas que había conocido en América. Descubrí que escribía una poesía bastante buena y que su sensibilidad literaria era notable e insólita. Pasé dos noches bajo el techo de sus padres, y la segunda la pasé con ella. Sus tres hermanas montaron la guardia para avisarnos si alguno de sus padres se acercaba. Era una mujer deliciosa, no bella en un sentido convencional, pero apasionada, poética y extraña. Había tenido una pubertad solitaria y desdichada, y parecía que yo podía darle lo que necesitaba. Convinimos en que iría a Inglaterra tan pronto como fuese posible y viviríamos juntos abiertamente. Y quizás nos casaríamos más adelante, si se podía obtener el divorcio. Inmediatamente después de esto, regresé a Inglaterra. En el barco escribía a Ottoline, contándole lo sucedido. Mi carta se cruzó con otra suya, en la que me decía que deseaba que nuestras relaciones, en lo sucesivo, fuesen puramente platónicas. Mis noticias y el hecho de que en América me había curado la piorrea, hicieron que cambiase de opinión. Cuando se lo proponía, Ottoline podía ser aún una amante tan deliciosa que renunciar a ella parecía imposible, pero desde hacía mucho tiempo rara vez se había mostrado en su mejor momento conmigo. Volvía a Inglaterra en junio, y hallé a Ottoline en Londres. Adquirimos la costumbre de ir a pasar el día a Burnham Beeches todos los martes. La última de estas excursiones la efectuamos el mismo día en que Austria declaró la guerra a Serbia. Ottoline estuvo soberanamente encantadora. Entretanto, la muchacha de Chicago había inducido a su padre, ignorante de lo ocurrido, a que la trajese a Europa. Embarcaron el 3 de agosto. Cuando llegaron, yo no podía pensar en nada que no fuese la guerra, y, como había resuelto manifestarme públicamente contra ella, no quería complicar mi situación con un escándalo privado, que habría inutilizado cuanto pudiera decir. Por consiguiente, juzgué imposible llevar a efecto lo que habíamos proyectado. Ella se quedó en Inglaterra y tuvimos relaciones íntimas de vez en cuando, pero el choque de la guerra mató mi pasión por ella y le destrocé el corazón. Finalmente, cayó víctima de una extraña enfermedad, que primero la paralizó y luego la privó de la razón. En su demencia, contó a su padre cuanto había sucedido. La última vez que la vi fue en 1924. A la sazón, la parálisis le impedía andar, pero estaba disfrutando de un intervalo lúcido. Cuando hablé con ella, sin embargo, pude percibir tenebrosos e insanos pensamientos agazapados en el fondo. Tengo entendido que, desde entonces, no tuvo ningún momento de lucidez. Antes que la asaltase la locura, poseía una mente singular y una disposición tan gentil como inusitada. Si no se hubiera interpuesto la guerra, el proyecto que elaboramos en Chicago podría habernos procurado una gran felicidad a ambos. Todavía siento la pesadumbre de aquella tragedia.
Fuente: Russell, B. (1975), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

6/3/19

¿Qué hizo con tu leche calentita?

Por Philip Roth
¿Y yo por qué voy a preocuparme, pues? ¿Por qué soy yo el único que se pasa horas probando condones en el sótano de casa? ¿Por qué soy yo el único que vive en permanente terror de la sífilis? ¿Por qué me voy corriendo a casa, con mi pequeño ojo enrojecido, imaginando que voy a quedarme ciego para siempre, cuando al cabo de media hora Bubbles va a estar de rodilla comiendo pollas? ¡A casa! ¡Con mi mamá! ¡En busca de mi vaso de leche con bizcocho, de mi camita limpia! ¡Oy, la civilización y las contrariedades que nos procura! Babalú, háblame, háblame, cuéntame cómo te lo hizo, cómo fue. Tengo que saberlo, y con todo detalle, con los detalles exactos. ¿Qué me dices de las tetas? ¿Y los pezones? ¿Y los muslos? ¿Qué hace con los muslos, Babalú, te agarra el culo con ellos, como en los libros eróticos, o te aprieta la polla hasta que te entran ganas de aullar, como en mis sueños? ¿Y el pelo de ahí abajo? Dime todo lo que pueda decirse del pelo púbico y de cómo huele, no me importa haberlo oído antes. Y ¿es de veras que se puso de rodillas, no estás puteándome? ¿De veras que se hincó de rodillas en el suelo? ¿Y los dientes, dónde mete los dientes? Y ¿qué hace, lame, aspira, ambas cosas a la vez? Dios del cielo, Babalú, ¿te corriste en su boca? ¡Dios del cielo! Y ¿se lo tragó en seguida, o lo escupió, o se puso como una fiera? ¡Dímelo! ¿Qué hizo con tu leche calentita? ¿La avisaste de que ibas a correrte o le soltaste el cargamento por las buenas, y allá se las apañara? Y ¿quién la metió? ¿Se la metió ella, la metiste tú, o entra sola, absorbida? Y ¿dónde habíais puesto la ropa? ¿En el sofá? ¿En el suelo? ¿Dónde, exactamente? ¡Quiero detalles! ¡Detalles! ¡Auténticos detalles! ¿Y las bragas y el sujetador? ¿Se los quitaste tú, se los quitó ella? Cuando estaba ahí abajo, mamándotela, ¿llevaba ropa? ¿Y la almohada debajo del culo, le pusiste una almohada debajo del culo, como hay que hacer, según el manual para parejas casadas de mis padres? ¿Qué pasó cuando te corriste en ella? ¿Se corrió ella también? Mandel, aclárame una cosa, tengo que saberlo: ¿se corren ellas también? ¿Echan algo? ¿O no hacen más que soltar gemidos? ¿O qué? ¿Cómo se corre ella? Voy a volverme loco, tengo que saber cómo es.
Fuente: Roth, P. (1969), El mal de Portnoy, Random House Mondadori, Barcelona.

27/2/19

El día de mi independencia

El día no comienza a media noche sino cuando abro los ojos y siento la erección. (El sueño no cuenta porque estar dormido es estar un poco muerto.) A la sensación del pene rozando la sábana solo hay que agregarle una escena de fantasía, una mujer de anuncio por ejemplo, para que el deseo me inunde y me vea obligado a agitar mi sexo hasta desinflarlo. Sobreviene entonces un cansancio bueno que invita al adormilamiento, pero lo cierto es que el día ha comenzado y hay que levantarse a trabajar. El monstruo tampoco descansa y a eso de las dos de la tarde tiene energía suficiente para volver a elevarse y pedirme que lo agite hasta vaciarlo. No es extraño que por la noche deba repetir el procedimiento. Me pregunto hasta cuándo estaré sometido a esta rutina. Me pregunto si la energía de mi monstruo es la del hombre promedio, o mayor, o menor. Si es menor, me pregunto cómo pueden esos hombres mirar a las mujeres a los ojos. Si es mayor, ¿tiene alguna relación con el hecho de tener un gran pene, más largo y más ancho que el de la mayoría? Cuántos años debo esperar para pasar una jornada entera –o una semana o un mes– sin manosearme. Cuánto falta para el día de mi independencia, para que seque mi semilla (a estas alturas sé que no la voy a utilizar). Que seque de una vez y acabe mi ansiedad por los cuerpos curvos y la ropa ceñida, esta avidez que me tiene buceando por sórdidas páginas donde hombres rudos cuentan sus experiencias con mujeres de alquiler.

20/2/19

Un fantasma caído por accidente desde otro planeta

Por Bertrand Russell
Salí de la cárcel en septiembre de 1918, cuando ya era evidente que la guerra finalizaba. Durante las últimas semanas, al igual que la mayoría de la gente, deposité mis esperanzas en Woodrow Wilson. El final de la guerra fue tan rápido y dramático que nadie tuvo tiempo de adaptar sus sentimientos a la nueva situación. La mañana del 11 de noviembre me enteré, pocas horas antes de que fuese del dominio público, que el Armisticio era inminente. Salí a la calle y se lo dije a un soldado belga, que me contestó: «Tiens, c'est chic!» Fui al estanco y se lo dije a la mujer que me servía. «Me alegra oírlo –dijo–, así ahora podremos librarnos de los alemanes internados.» A las once, cuando se anunció el Armisticio, yo me encontraba en Tottenham Court Road. En dos minutos todo el mundo que estaba en las tiendas y oficinas salió a la calle. Requisaron los autobuses y los obligaron a ir donde querían. Vi cómo un hombre y una mujer que se cruzaban en medio de la calle, totalmente extraños, se besaban al pasar.
Ya entrada la noche me quedé solo en las calles observando el humor de la muchedumbre, tal como había hecho un agosto cuatro años atrás. La multitud seguía siendo frívola, no había aprendido nada de este período de horror excepto aferrar un poco de placer con mayor desenfreno que antes. Me sentí extrañamente solitario en medio del regocijo general, como un fantasma caído por accidente desde otro planeta. Es verdad que yo también me alegraba, pero no sentía nada en común entre mi alegría y la de la muchedumbre. Toda mi vida he deseado sentir esa unión con una gran masa de seres humanos que experimentan los integrantes de multitudes entusiastas. A menudo, este deseo ha sido tan fuerte que me ha llevado a la decepción personal. Me he imaginado sucesivamente como liberal, socialista y pacifista, pero, en el sentido más profundo, jamás he sido nada de esto: siempre el intelecto escéptico, cuando más deseaba su silencio, me ha susurrado la duda, me ha arrancado del fácil entusiasmo de los otros y me ha transportado a una soledad desoladora. Durante la guerra, mientras trabajaba con cuáqueros, no-resistentes, socialistas, mientras estaba dispuesto a aceptar la impopularidad y la incomodidad propias de compartir opiniones impopulares, les decía a los cuáqueros que en mi opinión muchas guerras a lo largo de la historia se justificaban, y a los socialistas que le tenía terror a la tiranía del Estado. Me miraban con recelo, y aunque continuaban aceptando mi ayuda sentían que yo no era uno de ellos. Detrás de todas las actividades o placeres que he sentido desde mi primera juventud, siempre ha estado al acecho el dolor de la soledad. He escapado de él casi por completo en los momentos del amor, pero incluso entonces, pensándolo bien, me doy cuenta de que esta huida ha sido en parte una ilusión. No he conocido mujer alguna para quien la llamada del intelecto haya sido tan absoluta como lo es para mí, y cuando intervenía el intelecto, descubría que faltaba la comprensión y el cariño que busco en el amor. Aquello que Spinoza llama «el amor intelectual a Dios» ha sido para mí el mejor motivo para vivir, aunque no he tenido siquiera el dios vagamente abstracto –que Spinoza se permitía– a quien dedicar mi amor intelectual. He amado a un fantasma, y al hacerlo mi ser más profundo se ha vuelto espectral. Por lo tanto lo he ido enterrando más y más hondo, bajo capas de jovialidad, afecto y alegría de vivir. Pero mis sentimientos más profundos han permanecido siempre solitarios y no han encontrado compañía en las cosas humanas. El mar, las estrellas, el viento nocturno en parajes desolados, significan más para mí que los seres humanos que más quiero, y soy consciente de que para mí, en el fondo, el afecto humano es un intento de escapar de la vana búsqueda de Dios.
Fuente: Russell, B. (1975), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

13/2/19

Simón Rodríguez

Por Eduardo Galeano
1851
Latacunga
…
–En lugar de pensar en medos, en persas, en egipcios, pensemos en los indios. Más cuenta nos tiene entender a un indio que a Ovidio. Emprenda su escuela con indios, señor rector.
Simón Rodríguez ofrece sus consejos al colegio del pueblo de Latacunga, en Ecuador: que una cátedra de lengua quechua sustituya a la de latín y que se enseñe física en lugar de teología. Que el colegio levante una fábrica de loza y otra de vidrio. Que se implanten maestranzas de albañilería, carpintería y herrería.
Imagen tomada de https://bit.ly/2DwJkKq
Por las costas del Pacífico y las montañas de los Andes, de pueblo en pueblo, peregrina don Simón. Él nunca quiso ser árbol, sino viento. Lleva un cuarto de siglo levantando polvo por los caminos de América. Desde que Sucre lo echó de Chuquisaca, ha fundado muchas escuelas y fábricas de velas y ha publicado un par de libros que nadie leyó. Con sus propias manos compuso los libros, letra a letra, porque no hay tipógrafo que pueda con tantas llaves y cuadros sinópticos. Este viejo vagabundo, calvo y feo y barrigón, curtido por los soles, lleva a cuestas un baúl lleno de manuscritos condenados por la absoluta falta de dinero y de lectores. Ropa no carga. No tiene más que la puesta.
Bolívar le decía mi maestro, mi Sócrates. Le decía: Usted ha moldeado mi corazón para lo grande y lo hermoso. La gente aprieta los dientes, por no reírse, cuando el loco Rodríguez lanza sus peroratas sobre el trágico destino de estas tierras hispanoamericanas:
–¡Estamos ciegos! ¡Ciegos!
Casi nadie lo escucha, nadie le cree. Lo tienen por judío, porque va regando hijos por donde pasa y no los bautiza con nombres de santos, sino que los llama Choclo, Zapallo, Zanahoria y otras herejías. Ha cambiado tres veces de apellido y dice que nació en Caracas, pero también dice que nació en Filadelfia y en Sanlúcar de Barrameda. Se rumorea que una de sus escuelas, la de Concepción, en Chile, fue arrasada por un terremoto que Dios envió cuando supo que don Simón enseñaba anatomía paseándose en cueros ante los alumnos.
Cada día está más solo don Simón. El más audaz, el más querible de los pensadores de América, cada día más solo.
A los ochenta años, escribe:
–Yo quise hacer de la tierra un paraíso para todos. La hice un infierno para mí.
Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

6/2/19

De la Maga para Rocamadour

Por Julio Cortázar
Bebé Rocamadour, bebé bebé. Rocamadour:
Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabés leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿Por qué, Rocamadour? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour.
Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tan tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos juntos te lo cantaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas... Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour.
Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito.
Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto.
Es así, Rocamadour: En París somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero dónde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, y te escribo esta carta porque no sé, porque a lo mejor me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...
Fuente: Cortázar, J. (1963), Rayuela, Punto de Lectura, México, D.F.

24/1/19

José Manuel Balmaceda

Por Eduardo Galeano
1891
Santiago de Chile
…
José Manuel Balmaceda quiso impulsar la industria nacional, vivir y vestirnos por nosotros mismos, presintiendo que la era del salitre pasaría sin dejar a Chile más que el remordimiento. Quiso aplicar estímulos y protecciones semejantes a las que habían practicado, en su infancia industrial, Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania. Alzó los salarios de los trabajadores y sembró de escuelas públicas el país. Dio al largo cuerpo de Chile una columna vertebral de vías y caminos. En sus años de presidencia, el sagrado capital británico corrió grave riesgo de profanación: Balmaceda quiso nacionalizar los ferrocarriles y quiso acabar con la usura de los bancos y la voracidad de las empresas salitreras.
 Imagen tomada de https://bit.ly/2Gyu8jU
Mucho quiso Balmaceda, y bastante pudo; pero más pudo el enorme presupuesto que John Thomas North destina a comprar conciencias y torcer justicias. La prensa desató sus truenos contra el César ebrio de poder, déspota enemigo de la libertad y hostil a las empresas extranjeras, y no menos fuerte resonó el clamor de los obispos y los parlamentarios. La sublevación militar estalló como un eco y entonces corrió sangre de pueblo.
The South American Journal anuncia el triunfo del golpe de Estado: Chile volverá a los buenos tiempos de antes. El banquero Eduardo Matte también lo celebra: Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo. Lo demás es masa influenciable y vendible.
Balmaceda se mata de un balazo.
Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

17/1/19

El más grande y poderoso emperador indio de todos los tiempos

Por Jesús Mosterín
Ashoka reinó durante cuarenta años, entre -272 y -232. Tras acceder al trono, su primera preocupación fue la consolidación y ampliación del gran imperio que heredaba de su padre y abuelo. El principal obstáculo que se oponía a la extensión del imperio a todo el subcontinente indio era el reino de Kalinga, en la costa oriental (aproximadamente al actual estado de Orissa), que bloqueaba el comercio hacia el sur tanto por mar como por tierra. En -260 Ashoka lanzó todo su ejército a una durísima guerra de conquista de Kalinga. Al final de una larga campaña logró anexionar Kalinga, pero detrás quedaban cientos de miles de muertos, heridos y deportados, así como destrucciones y miserias sin cuento. Ashoka, asqueado de los horrores de la guerra y la violencia, sufrió una crisis espiritual que le llevó a acabar convirtiéndose al budismo y a predicar la paz, la tolerancia y la no-violencia, en resumen, el Dharma.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/A%C5%9Boka#/media/File:Brahmi_pillar_inscription_in_Sarnath.jpg
Ashoka promulgó numerosos edictos a favor del amor y el respeto a todas las criaturas. Hizo inscribir esos edictos en rocas y pilares de piedra por todo el subcontinente indio. Prohibió la carnicería y la caza. A lo largo de los caminos, construyó fuentes donde pudieran beber los caminantes y abrevar los animales y mandó plantar árboles frondosos para que dieran sombra a las criaturas. Fundó por doquier hospitales para atender a todo tipo de animales, humanos y no humanos. Un edicto sobre roca registra (en cuatro lenguas distintas) una impresionante confesión del más grande y poderoso emperador indio de todos los tiempos. El texto de la inscripción comienza así:

Ocho años después de su consagración como rey, el rey amigo de los dioses, Priyadarsi [otro nombre de Ashoka), ha conquistado Kalinga. 150 000 personas han sido deportadas, 100 000 personas han sido asesinadas y un número mayor han muerto. Después de haber conquistado Kalinga, el amigo de los dioses ha empezado a seguir el Dharma, a amar el Dharma, a enseñar el Dharma. El amigo de los dioses siente remordimientos desde que conquistó Kalinga. Cuando se conquista un país independiente, se produce la matanza y la cautividad de mucha gente. El amigo de los dioses está entristecido y pesaroso por ello.

Después de insistir en los horrores de la guerra y la violencia, Ashoka continúa:

Hoy en día el amigo de los dioses estaría apesadumbrado incluso si el número de asesinados, muertos y cautivos de la campaña de Kalinga hubiera sido cien o mil veces menor de lo que fue. Incluso si alguien no se porta bien con él, él está dispuesto a perdonar, al menos en la medida en que se trate de algo que pueda ser perdonado... El amigo de los dioses desea a todos los seres la seguridad, el autodominio, la ecuanimidad y la felicidad. El amigo de los dioses considera que la principal de todas las victorias es la victoria del Dharma, y esta victoria ya la ha conseguido, tanto aquí como en todas las fronteras, e incluso más allá, como a 500 leguas dentro del reino del griego Antiokhos [...] Esta alegría procede de la victoria del Dharma. Pero esa alegría no es todo. Aún más grande es el beneficio representado por lo que se gana para el otro mundo.
Este texto del Dharma ha sido grabado en piedra para que mis hijos y nietos no piensen en nuevas victorias, y para que en su propia victoria prefieran la paciencia y la aplicación suave de la fuerza, y para que no consideren como victoria sino la victoria del Dharma, que vale para este mundo y para el otro. Que toda su alegría sea la alegría del Dharma, que vale tanto para este mundo como para el otro.

La grandeza moral de esta confesión por parte de un emperador victorioso es indudable, y única en la historia. Ashoka se convirtió al budismo y cambió de vida. Sustituyó las antiguas cacerías por peregrinaciones a los lugares sagrados del budismo, como confirman diversas inscripciones. Intervino activamente en los asuntos de la sangha (comunidad) budista, a la que dedicó varios edictos, en los que expresaba su deseo de hacer mantener la disciplina monástica. Y terció en las discusiones que tenían lugar dentro de la secta, señalando los sermones de Buda que debían ser estudiados con prioridad. Era una época de disputas entre los seguidores de la tradición antigua, la theravada (theravāda, en pali, o sthaviravāda, en sánscrito), por un lado, y los renovadores y heterodoxos, que iban provocando cismas, por otro. Ashoka tomó partido a favor de la theravada e hizo convocar el Concilio de Pataliputra, en el que el canon pali (el conjunto de los textos budistas admitidos como auténticos) fue fijado. Además impulsó la difusión del budismo fuera de su propio imperio, enviando a uno de sus hijos, Mahendra, como embajador y misionero budista a Sri Lanka, que desde entonces se convirtió en un bastión del budismo.
A pesar de su gran afinidad personal con el budismo, Ashoka nunca trató de imponerlo a sus súbditos. Por el contrario, practicó constantemente la tolerancia respecto a todas las sectas y escuelas. Le irritaba el fanatismo y dogmatismo de que hacían gala muchos sectarios, que no veían el bien más que en su propia secta. En el edicto sobre roca número 7, Ashoka proclama en varias lenguas: «El rey amigo de los dioses Priyadarsi quiere que todas las sectas puedan establecerse en todos los lugares, pues todas buscan el autodominio y la pureza del alma...». En el edicto sobre roca número 12:

El rey amigo de los dioses Priyadarsi honra a todas las sectas, tanto a los monjes como a los laicos, con liberalidades y honores variados. Pero el amigo de los dioses no concede tanta importancia a las donaciones o a los honores como al progreso en lo esencial de todas las sectas. El progreso en lo esencial, en el fondo, consiste en la moderación del lenguaje, de modo que todos se abstengan de alabar a su propia secta o de denigrar a las otras sectas con exageración, y que, si lo hacen, lo hagan moderadamente. Incluso conviene rendir homenaje a las otras sectas en cada ocasión... .

Ashoka estaba convencido de que en el fondo todas las sectas predicaban lo mismo, el orden cósmico y moral o Dharma. El Dharma de que habla Ashoka constantemente en sus edictos no es el Dharma budista, sino precisamente ese fondo común, aceptable tanto para budistas como para brahmanes, para jainas como para ajivikas. Precisamente a estos últimos hizo donación de grutas artificiales, para que se establecieron en ellas.
El embajador griego en Pataliputra, Megasthenes, calificaba en sus escritos como filósofos a los ascetas y seguidores de todas las sectas y señalaba que estaban exentos de impuestos. Ashoka pensaba que en el fondo todas las sectas perseguían lo mismo, el Dharma, y que sus discusiones y reyertas se debían a estrechos dogmatismos y a un exagerado aprecio de tradiciones y ceremonias propias. Ashoka era contrario a todo tipo de ceremonias litúrgicas, que él consideraba supersticiosas e inútiles, cuando no crueles e inmorales, como las que comportaban sacrificios de animales, y así lo proclamaba en sus edictos. También pensaba que al verdadero Dharma no se llega por los dogmas o las reglas, sino por la meditación:

El progreso del Dharma entre los humanes se obtiene solamente de dos maneras, por las reglas del Dharma y por la meditación. Pero en realidad las reglas cuentan poco, lo que más cuenta es la meditación. Yo he establecido las reglas del Dharma que prohíben matar ciertas clases de animales y muchas otras reglas. Pero es por la meditación como se ha obtenido el mayor progreso del Dharma con vistas a la conservación de los seres y a la abstención de matar a los animales [...] Veintisiete años después de mi consagración como rey he ordenado hacer grabar esta inscripción sobre pilares de piedra o superficie de roca, de manera que permanezca inscrita durante mucho tiempo.

El concepto de Dharma desarrollado y predicado por Ashoka reunía aquellas mínimas nociones morales comunes que estaban en la base de todas las escuelas y sectas de la India de su tiempo, y que constituían el orden cósmico y moral: los hijos deben obedecer y respetar a los padres y superiores, y estos deben ser suaves con sus inferiores. Todos deben decir siempre la verdad y buscar el autodominio y la liberación de su alma. Por lo demás, hay que practicar la tolerancia con las otras sectas y escuelas, así como la meditación, y dejarse de inútiles ceremonias. Sobre todo hay que practicar el respeto y amor a la vida en todas sus manifestaciones, la ahimsa (no-violencia) hacia los demás humanes y animales. En sus edictos, Ashoka se jactaba de amar a todos sus súbditos como a sus hijos, de plantar árboles frutales y plantas medicinales y de excavar pozos a la vera de los caminos, para que caminantes y animales encontrasen sombra, alimento, remedios y agua. Una parte importante del Dharma es la ahimsa o no-violencia respecto a las demás criaturas vivas del universo. En esto aparece Ashoka (al igual que antes de él Buda y Mahavira) como un gran precursor del actual movimiento ecologista y de conservación de la naturaleza. Como él mismo proclamaba: «A los bípedos y a los cuadrúpedos, a las aves y a los peces he hecho mucho favores y buenas obras e incluso les he salvado la vida».
El edicto 5.° sobre pilares contiene una larga lista de especies protegidas de animales a los que se prohíbe cazar, matar, castrar, maltratar, etc. Incluso la cocina de palacio fue reduciendo su dieta carnívora progresivamente, contribuyendo así decisivamente a la difusión del vegetarianismo en la India. Como se lee en un edicto sobre roca:

Antes en la cocina del rey amigo de los dioses Priyadarsi cada día se mataban cientos de miles de animales para las comidas; pero ahora, en el momento en que se graba en la roca el presente texto del Dharma, ya no se mata para cada comida más que a tres animales: dos pavos reales y una gacela, y la gacela no siempre. E incluso estos tres animales dejarán de matarse en lo sucesivo.

Ashoka hizo cambiar la vida de la corte, sometiéndola al Dharma. En vez de guerras de conquista, paz. En vez de cacerías, peregrinaciones. En vez de grandes ceremonias, ayuda al pueblo, a los enfermos, a los caminantes, a todos los animales. En vez de la carnicería, el vegetarianismo. En vez de la dureza, la dulzura. En vez del dogmatismo, la tolerancia. Incluso creó un cuerpo especial de inspectores del Dharma (Dharma-mahāmātra) encargados de recorrer el país con plenos poderes del emperador, predicando las virtudes del Dharma y corrigiendo posible abusos.
De todos modos, no hay que pensar que Ashoka se transformara en un puro pacifista. No desmanteló el gran ejército imperial, sino que lo mantuvo preparado y entrenado, por si acaso, y aunque ya no lo utilizó para más guerras de conquista, no por eso renunció a la anexión de Kalinga. No abolió la pena de muerte para ciertos crímenes, aunque concedió tres días de gracia a los condenados y ordenó que se tratase bien a los presos. Fue al mismo tiempo un idealista y un realista. Con su noción del Dharma trató de unir armónicamente una sociedad sacudida por múltiples tensiones y conflictos ideológicos. Él lo logró, pero a su muerte el imperio comenzó a disgregarse. A pesar de todo, Ashoka es el único gran emperador que ha merecido pasar a las páginas de una historia del pensamiento, y es la figura a la que mira la India actual cuando quiere rememorar el momento de su pasado de máximo esplendor, a la vez político y espiritual.
Fuente: Mosterín, J. (2007), India, Alianza Editorial, Madrid.

10/1/19

René Higuita

Por Eduardo Galeano
 Imagen tomada de https://bit.ly/2Fw54YM
Londres, estadio de Wembley, otoño de 1995.
La selección colombiana de fútbol desafía al venerable fútbol inglés en su templo mayor, y René Higuita se manda una atajada jamás vista.
Un delantero inglés dispara un tiro fulminante. Con el cuerpo horizontal en el aire, el arquero deja pasar la pelota y la devuelve con los tacos, doblando las piernas como el escorpión tuerce la cola.
Vale la pena detenerse a mirar las fotos de este documento de identidad colombiana. Su fuerza de revelación no está en la proeza deportiva, sino en la sonrisa que cruza la cara de Higuita, de oreja a oreja, mientras comete su sacrilegio imperdonable.
Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

3/1/19

El ombligo

No por feo dejo de admirar de reojo a las más guapas, y en mi caso guapa equivale a cuerpo curvado. El rostro es un misterio que varía según la cantidad de maquillaje o de luz, pero los cuerpos cambian más lentamente y –a corto plazo– podemos decir que son constantes. Ana es bella porque tiene curvas y porque no le hace falta polvo en el rostro, pero no deja de sentirse rara o incluso fea. Ayer me confesó que su ombligo no está en el medio.
–Mi ombligo no está en el medio –dijo.
–Hmmmm… ¿Tienes alguna duda de que tu columna vertebral va por el medio? – le pregunté.
–No, ninguna duda –contestó Ana, con ojos expectantes.
–Está bien. Midamos la distancia de la columna al ombligo rodeando tu cintura, por ambos lados. Si la distancia por la derecha es igual que por la izquierda, tu ombligo está en el medio.
–Está bien.
Me fui del dormitorio en busca de una cinta métrica que hallé en el cajón del escritorio del cuarto de estudio. Al volver Ana me esperaba sosteniéndose la blusa por encima del ombligo. Con cierto temblor en los dedos deslicé la cinta por su cintura de piel brillante, desde el huesito de la columna hasta el ombligo, por su lado izquierdo… y midió veintiocho centímetros. Enseguida repetí el procedimiento por el otro lado… y midió veintisiete centímetros. No supe qué decir. Ana me arrancó la cinta de las manos y se midió por su cuenta, solo para llegar al mismo resultado: veintiocho centímetros por un lado y veintisiete por el otro. Salió del dormitorio arrojando la cinta, que dibujó en el piso de cerámica un espiral alargado.

27/12/18

Iluminación mística

Por Bertrand Russell
Durante la Cuaresma de 1901 [Alys y yo] nos unimos a los Whitehead para alquilar la casa del profesor Maitland en Downing College. El profesor Maitland había tenido que trasladarse a Madeira por motivos de salud. Su ama de llaves nos informó que se había «secado a fuerza de comer tostadas», pero me figuro que no sería éste el diagnóstico médico. La esposa de Whitehead se estaba convirtiendo en una inválida y solía padecer intensos dolores a causa de una dolencia cardíaca. Tanto Whitehead como Alys y yo vivíamos llenos de ansiedad respecto de ella. Whitehead no sólo amaba entrañablemente a su esposa, sino que dependía de ella en gran medida, y parecía dudoso que volviera a realizar una buena labor nunca más si ella moría. Un día llegó Gilbert Murray a Newnham para leer parte de su traducción del Hipólito, entonces inédita. Alys y yo fuimos a escucharle, y me conmovió profundamente la belleza de la poesía. A nuestro regreso hallamos a la esposa de Whitehead presa de un ataque insólitamente severo. Parecía aislada de todo y de todos por muros de dolorosa agonía; el sentido de la soledad de cada alma humana me abrumó repentinamente. Desde mi matrimonio, mi vida emocional había sido sosegada y superficial. Había olvidado todos los problemas más profundos y me había contentado con una inteligencia ligera y superficial. De pronto, la tierra parecía hundirse bajo mis pies, y me hallé en una esfera completamente distinta. En el curso de cinco minutos cruzaron por mi cerebro reflexiones como las siguientes: la soledad del alma humana es insoportable; nada puede penetrarla, excepto esa excelsa intensidad de la suerte de amor que han predicado los maestros religiosos; todo lo que no brote de este motivo es pernicioso o, por lo menos, inútil; se concluye de ello que la guerra es un error, que la educación de un internado es abominable, que el uso de la fuerza debe ser desaprobado y que en las relaciones humanas debe penetrarse hasta el meollo de la soledad de cada persona y dirigirse a él. El hijo menor de los Whitehead, de tres años de edad, estaba en la habitación. No me había fijado antes en él, ni él en mí. Había que impedir que turbase a su madre en medio de sus paroxismos de dolor. Le tomé de la mano para llevármelo. Se vino conmigo de buena gana, se sentía a gusto conmigo. Desde aquel día hasta su muerte, ocurrida durante la guerra en 1918, fuimos íntimos amigos.
 Imagen tomada de https://en.wikipedia.org/wiki/Bertrand_Russell#/media/File:Bust_Of_Bertrand_Russell-Red_Lion_Square-London.jpg
Al término de aquellos cinco minutos me había convertido en una persona completamente diferente. Durante algún tiempo me poseyó una especie de iluminación mística. Tenía la impresión de conocer los pensamientos más íntimos de todo aquel con quien me encontraba en la calle, y, aunque sin duda se trataba de una ilusión, me sentía realmente en más estrecho contacto que antes con todos mis amigos y muchos de mis conocidos. Habiendo sido imperialista, en aquellos cinco minutos me convertí en probóer y pacifista. Habiéndome preocupado durante años exclusivamente la exactitud y el análisis, me sentí rebosante de sentimientos semimísticos respecto de la belleza, profundamente interesado por los niños y con un deseo casi tan hondo como el de Buda de hallar alguna filosofía que hiciese soportable la vida humana. Me poseía una extraña agitación, que contenía un agudo dolor, pero también cierto elemento de triunfo, en virtud del hecho de que podía dominar el dolor y hacer de ello, según pensaba, una puerta de acceso a la sabiduría. La penetración mística que me imaginaba poseer se ha desvaído grandemente, y el hábito de análisis se ha reafirmado. Pero algo de lo que creí ver en aquel momento ha permanecido siempre conmigo, determinando mi actitud durante la primera guerra mundial, mi interés por los niños, mi indiferencia por las desdichas de menos monta y cierto tono emocional en todas mis relaciones humanas.
Fuente: Russell, B. (1975), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

20/12/18

Fidel

Por Eduardo Galeano
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Fidel_Castro#/media/File:Fidel_Castro_-_MATS_Terminal_Washington_1959.jpg
Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que si Napoleón hubiera tenido un diario como el «Granma», ningún francés se habría enterado del desastre de Waterloo.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más acostumbrado a los ecos que a las voces.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Pero sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión,
que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán,
que sobrevivió a seiscientos treinta y siete atentados,
que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria
y que no fue por hechizo de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes de los Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor.
Y sus enemigos no dicen que Cuba es un raro país que no compite en la Copa Mundial del Felpudo.
Y no dicen que esta revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni dicen que en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose más alto y más ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que necesita para justificarse y perpetuarse.
Y no dicen que a pesar de todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta.
Y sus enemigos no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla.
Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

13/12/18

Los judíos son la sal de la Tierra

Por Jesús Mosterín
El nacionalismo y la dispersión cosmopolita constituyen los dos modelos paradigmáticos y extremos de posible organización de los grupos étnicos a escala planetaria. Ambos han sido inventados y ensayados por los judíos. Considerado como una teoría del orden político mundial, el nacionalismo postula el establecimiento de una correspondencia biunívoca entre etnias y territorios. Cada etnia o nación debe tener un territorio bien delimitado sobre el que edificar su propio Estado nacional. Y cada territorio del planeta debe estar asignado a una etnia determinada, como solar de su cultura y escenario de su destino.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Jes%C3%BAs_Moster%C3%ADn#/media/File:Jes%C3%BAs_Moster%C3%ADn_(October_2008).jpg
Los judíos fueron los inventores del nacionalismo avant la lettre. ... Superaron el trauma del exilio en Babilonia, interpretándolo como castigo de Yahvé (elevado de su rango previo de dios local al de dios universal), y concibiéndose a sí mismos como pueblo elegido por Yahvé: «Seréis entre todos los pueblos mi propiedad particular; porque mía es toda la tierra, mas vosotros constituiréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa».
El pueblo de Israel había concluido un pacto con Yahvé: ellos le obedecerían incondicionalmente, se cortarían el prepucio y no aceptarían ningún otro dios. Yahvé, a cambio, no prometió a los judíos el cielo ni la inmortalidad, sino sólo la tierra, la tierra prometida, el país de Canaán (una tierra pedregosa, sin agua y sin petróleo; de haberlos querido bien, les habría prometido Francia o Iraq, o al menos Uganda, pero no la polvorienta Palestina). Con ello quedaba claro qué había que hacer y dónde había que hacerlo. Acabado el exilio, el líder judío Ezrá estableció en Jerusalén una teocracia nacionalista y siguió una política de homogenización cultural forzosa. Prohibió (dos milenios y medios antes de Hitler) los matrimonios mixtos entre judíos y no judíos, y trató por todos los medios de aislar a los judíos de los demás pueblos. El nacionalismo trata de convertir cada país en un gueto. El primer gueto judío lo crearon Ezrá y Nehemías en Palestina. El último gueto judío lo ha creado el Estado de Israel, con muralla incluida.
En la época helenística las querellas entre judíos nacionalistas y cosmopolitas acabaron provocando la intervención de la monarquía seléucida y la rebelión de Matatías y su hijo Judas Macabeo. Al frente de una guerrilla integrista, los macabeos derrotaron a los judíos helenizantes y a las tropas seléucidas, lo que finalmente condujo a la independencia de Israel bajo el reino de los Hasmoneos, que impusieron los valores y las prácticas de la ortodoxia judaica no sólo a los propios judíos, sino también a los idumeos y galileos, obligados a adoptar su religión.
El Imperio Romano, respetuoso de las creencias y costumbres de todas las etnias, había establecido la paz, la comunicación y el orden en todo el Mediterráneo, pero, … los zelotes o fanáticos judíos, que se negaban a permitir otros cultos que el de Yahvé en la tierra de Canaán y atizaban la violencia intercomunal, se rebelaron contra Roma en un sangriento y absurdo levantamiento, que acabó en el 70, cuando Tito entró en Jerusalén y arrasó el segundo templo, que ya nunca más sería reconstruido. El fanatismo nacionalista no decayó, avivado por las visiones apocalípticas de los espíritus calenturientos, que anunciaban la inminente llegada del mesías. En 130 el emperador Adriano prohibió la castración, la mutilación y la circuncisión, como prácticas bárbaras, lo cual provocó poco después la nueva y suicida rebelión del presunto mesías Bar Kojbá, aplastada decisivamente por Roma, que incluso borró del mapa el nombre de Judea, llamada ahora Syria Palestina, y convirtió a Jerusalén en una colonia romana vedada a los judíos.
A través de la historia se observa una indudable ambigüedad de los judíos respecto a la tierra prometida. Ningún otro pueblo ha mantenido un apego tan profundo, emocional y continuo durante tanto tiempo hacia un territorio determinado como los judíos hacia el país de Canaán. Pero ningún otro pueblo ha manifestado una tendencia tan persistente a emigrar y establecer comunidades lejos de su patria. Ya en la época helenística y romana sólo una minoría de judíos vivía en Israel. Las comunidades judías se extendían por todo el Mediterráneo y el Oriente Medio, siendo la más populosa, rica y culta la de Alejandría. Durante la Edad Media los judíos vivían dispersos por todo el mundo cristiano e islámico, alcanzando en España su máximo esplendor. En los períodos de paz y tolerancia, las comunidades judías florecían. Pero repetidas olas de antisemitismo, atizadas por el fanatismo cristiano, la envidia y el odio irracional, provocaron incontables matanzas, extorsiones y expulsiones.
A principios de la Edad Moderna los judíos fueron expulsados de España y encerrados en guetos en Italia, además de seguir sometidos a todo tipo de discriminaciones y humillaciones. La Ilustración cuestionó este estado de cosas, y a partir de Napoleón se inició en todas partes la emancipación de los judíos. De ser una diáspora oprimida y encerrada en guetos, los judíos pasaron a constituir una diáspora floreciente, el fermento intelectual y la levadura económica de los países más avanzados. Además, su dispersión cosmopolita y las relaciones de confianza y parentesco que mantenían con los judíos de otros países les conferían una indudable ventaja a la hora de desarrollar el comercio internacional. Estaban mejor preparados que nadie para aprovechar la globalización económica y cultural que acabaría llegando con el progreso de las comunicaciones.
La pugna secular entre judaísmo universalista y ortodoxia nacionalista parecía decantarse a favor del primero en el siglo XIX y principios del XX. En condiciones de libertad y tolerancia, la diáspora era la situación ideal, y nadie echaba en falta la árida y pedregosa tierra prometida. La diáspora cosmopolita es la situación natural de cualquier grupo étnico en un mundo libre y bien comunicado. Los chinos de la diáspora viven mucho mejor que los que se han quedado en China. Y su caso, como el de los judíos, muestra que la diáspora es compatible con la preservación de una cultura nacional sobre bases no territoriales. La vitalidad de los Estados Unidos tiene mucho que ver con su condición de país de diásporas diversas.
Sólo el aislamiento impuesto por una pared adiabática impide que el calor se difunda. Sólo los compartimentos estancos impiden que los diversos líquidos se entremezclen. Y sólo el aislamiento, la distancia, las murallas materiales, las barreras convencionales, las fronteras cerradas, las aduanas y las policías impiden que todas las etnias se desparramen por todos los países, como el aceite una vez salido de la botella. Algo parecido al segundo principio de la termodinámica apunta hacia una mayor mezcla y pluralismo por todo el planeta, siempre que aumente la facilidad de comunicación y transporte. A la larga, en la aldea global las fronteras no pueden por menos de desaparecer. Los humanes son animales, no plantas; tienen patas, no raíces. Si no se les ata, se dispersan, siguiendo los caminos de la oportunidad, el interés y la curiosidad. El futuro es de las diásporas. Y de ese futuro los judíos han sido los adelantados. De ese ensayo general todos podemos aprender.
La diáspora acabó trágicamente en varios lugares. Los pogromos de Rusia y Europa Oriental, junto con la ola romántica nacionalista, hicieron surgir el sionismo. La Shoá, el holocausto de los judíos centroeuropeos a manos de los nazis, les dio el impulso definitivo. Por desgracia para todos, las circunstancias históricas impidieron a los judíos tomar el atajo histórico de pasar de ser una diáspora perseguida a ser una diáspora libre y próspera, vanguardia, levadura y anuncio de un mundo por venir. Tuvieron que pasar por el aro de ser un pueblo vulgar, como los demás, con su Estado nacional y todo. Y por ello tuvieron que pagar un precio.
Para los judíos que vivían en peligro o postración en los países de la diáspora oprimida, el Estado de Israel ha sido una tabla de salvación, como mostró, por ejemplo, el caso de los felachas de Etiopía. Pero para los que vivían en la diáspora próspera y liberal (en América, Francia, Inglaterra, etc.) la emigración a Israel ha representado un sacrificio personal y una gran renuncia. Los israelitas tienen una vida dura. Trabajan mucho, ganan relativamente poco, pagan enormes impuestos (el 50% de impuesto sobre la renta, de promedio), han de hacer un servicio militar obligatorio muy largo (tres años los hombres; dos las mujeres), viven peligrosamente e incluso tienen mala conciencia respecto a los palestinos. En los kibbutzim (la única implementación exitosa del comunismo que ha habido en el mundo) labran un suelo ingrato con una austeridad y entrega más admirables que envidiables. En general, es muchísimo más cómodo ser judío en Boston que en Tel Aviv.
Con la creación del Estado de Israel se han cumplido las promesas de Yahvé, y se han realizado milagros como el cultivo del desierto o la resurrección de la lengua hebrea. Nadie puede negar a los judíos el derecho a tener su propio Estado nacional, como los demás. Pero, aun dejando de lado el problema palestino, no es obvio que esa vulgaridad sea lo mejor que los judíos puedan ofrecer al mundo, o a sí mismos. Son la sal de la Tierra, pero concentrar toda la sal en el mismo sitio estropea cualquier plato.
Fuente: Mosterín, J. (2006), Los judíos, Alianza editorial, Madrid.

3/12/18

Lo que aprendí leyendo a Chomsky

Leyendo a Noam Chomsky aprendí que a Estados Unidos le da pavor la posibilidad de que se desarrollen los países dominados, y que ese miedo explica su campaña de terror contra países como Cuba o Vietnam. Que la Guerra Fría no fue tanto un enfrentamiento entre dos imperios, sino un mecanismo a través del cual los imperios controlaban a sus satélites. Que la Unión Soviética no fue socialista, porque socialismo significa que sean los trabajadores quienes tomen las decisiones importantes con respecto a su trabajo. Que «liberalismo» y «capitalismo» no son sinónimos, porque el liberalismo clásico, en esencia, se opone al individualismo posesivo. Que el anarquismo y el Estado del bienestar no se excluyen entre sí, porque el desarrollo industrial del Estado puede ser el paso previo para una futura reconstrucción social radical. Leyendo a Chomsky aprendí también que los intelectuales no son ángeles, sino individuos que a menudo trabajan justificando los crímenes de los poderosos, y que suele ser la clase más culta la que consume sus ficciones. Que lo que llamamos democracia en realidad debería llamarse plutocracia, porque el 70 por 100 más pobre de la población no tiene influencia política. Y que, a pesar de todo, los ciudadanos podemos juntarnos y organizarnos en busca de alternativas, porque «nadie sabe lo bastante para predecir lo que la voluntad humana puede lograr».

2/12/18

El niño gordo del patio

Por Noam Chomsky
D.B. [David Barsamian]: Tuvo usted experiencias muy aleccionadoras con su hermano David de las que todavía habla hoy en día. En concreto una, cuando usted se cortó la mano y le echó las culpas a él.

Eso no fue más que una pelea entre críos.

D.B.: ¿Y la historia del niño gordo del patio?

Sí; me influyó hasta cierto punto. Recuerdo cuando tenía seis años; estaba en primero. Había, como siempre, un niño gordo del que se reía todo el mundo. Recuerdo que en ese patio, él estaba a la entrada de clase y un grupo de niños se estaban burlando de él. Uno de ellos llamó a su hermano mayor de tercero, un niño corpulento, y todos pensamos que le iba a dar una paliza. Me acuerdo que me puse a su lado pensando que alguien debería echarle una mano; y me pasé allí un rato hasta que me entró miedo y salí corriendo. Es una sensación que me ha marcado: hay que estar del lado del débil. El sentimiento de vergüenza no se me pasó. Debería haberme quedado con él. Creo que todo el mundo debe tener experiencias de este tipo, que te marcan y condicionan el color de las opciones que tomarás en el futuro.
Fuente: Chomsky, N. (1993), Crónicas de la discrepancia, Visor, Madrid.