8/8/19

Cuba, Costa Rica y el camino seguro

La mayoría de gobiernos pasan por la historia sin abollarla significativamente, pero los pocos que llevan a cabo reformas importantes y enrumban a los países por sendas distintas, suelen tener una influencia histórica abrumadora, para bien o para mal. Los gobiernos de José Figueres en Costa Rica y de Fidel Castro en Cuba pertenecen a la categoría de gobiernos históricos. Ambos gobiernos tenían un plan para que su nación salga del subdesarrollo. Ambos dependían de la reacción de Estados Unidos, que suele oponerse al desarrollo independiente de otras naciones. Y sin embargo ambos representan, hasta cierto punto, un desafío exitoso a la ambición imperial. Cuba sobrevivió al terrorismo patrocinado por Estados Unidos, a su bloqueo económico y a la caída de la Unión Soviética, cuyo apoyo había disuadido a Estados Unidos de una invasión militar directa a la isla. En medio de esas adversidades, fue capaz de alcanzar logros en educación y salud, pero la economía no mejoró en igual medida y la pobreza sigue azotando a muchos cubanos, que padecen además una asfixiante falta de libertad.
A Costa Rica le fue mejor. En 1948 José Figueres dio un golpe de estado que elevó al poder a la clase media rural. Su gobierno adoptó medidas socialdemócratas de bienestar, eliminó las fuerzas armadas y reprimió severamente al movimiento obrero. En este caso particular, Estados Unidos, acostumbrado a dar la espalda a los reformistas, tuvo que apoyar a Figueres para no apoyar a los comunistas. Aunque posteriormente Costa Rica sucumbió a la ortodoxia neoliberal dominante, todavía saborea los progresos comenzados en los años de Figures, todavía es el país centroamericano con menos pobreza.
En estos primeros años del siglo veintiuno varios países latinoamericanos, sobre todo sudamericanos, han tenido gobiernos con afán reformista, logrando desmarcarse hasta cierto punto de la ortodoxia neoliberal. Llegaron al poder por los votos y no luego de un periodo de violencia armada como en los casos de Cuba y Costa Rica, pero sucumbieron a la corrupción y a la mala idea de apostar por la exportación de materia prima como fuente primordial de riqueza. Las mismas personas que los votaron ahora apoyan a los partidos rivales, abiertamente neoliberales: los que reducen aun más la capacidad del Estado para aumentar el bienestar ciudadano.
La pobreza de gran parte de latinoamericanos y el malestar de su clase media claman por más reformas de corte socialdemócrata, las que funcionaron en Costa Rica y en las zonas más desarrolladas del mundo. Ese es el camino seguro. Solo falta que los ciudadanos asimilen esa lección histórica y elijan mejor a la hora de votar.

1/8/19

El brillo de su estrella

Por Bertrand Russell
Imagen tomada de https://bit.ly/2Ihbpds
Un acontecimiento de importancia para mí en 1913 fue el comienzo de mi amistad con Joseph Conrad, que debí a nuestra común amistad con Ottoline. Durante muchos años había sido un admirador de mis libros, pero no me habría aventurado a buscar un conocimiento personal con él sin que mediase una presentación. Fui a su casa, cerca de Ashford, en Kent, en un estado de cierta expectación ansiosa. Mi primera impresión fue de sorpresa. Hablaba el inglés con un fuerte acento extranjero, y nada en su porte sugería en modo alguno el mar. Era un aristocrático caballero polaco de pies a cabeza. Sus sentimientos hacia el mar y hacia Inglaterra eran los de un amor romántico, amor desde cierta distancia, suficiente para no empañar el romanticismo. Su amor por el mar se despertó en edad muy temprana. Cuando dijo a sus padres que deseaba seguir la carrera de marino, ellos le premiaron para que ingresase en la Marina austríaca, pero él ansiaba aventuras y mares tropicales y extraños ríos rodeados de oscuras selvas, y la Marina austríaca no le ofrecía campo para satisfacer sus deseos. Su familia se horrorizó al saber que pretendía hacer carrera en la Marina mercante inglesa, pero su determinación era inflexible.
Como puede ver cualquiera a través de sus libros, era un rígido moralista, y en modo alguno simpatizaba políticamente con los revolucionarios. En la mayoría de las cuestiones, nuestras opiniones no concordaban en absoluto, pero en algo muy fundamental estábamos plenamente de acuerdo.
Mis relaciones con Joseph Conrad no se parecieron en nada a ninguna de las relaciones que he tenido jamás. Le vi raras veces, y no durante un largo período de años. En las fortificaciones exteriores de nuestras respectivas existencias éramos casi extraños, pero compartíamos cierta concepción de la vida y del destino humanos que, desde el primer instante, anudó entre nosotros un lazo extremadamente fuerte. Quizá se me perdone el que cite una frase suya extraída de una carta que me escribió a raíz de habernos conocido. Consideraría que la modestia prohíbe su reproducción si no fuese por el hecho de que expresa con tanta exactitud lo que yo mismo sentía por él. Lo que él expresó y yo sentía igualmente fue, utilizando sus propias palabras, «un profundo afecto lleno de admiración, que, si nunca más volviese usted a verme y se olvidase de mi existencia mañana mismo, seguiría siendo inalterablemente suyo usque ad finem».
De todo cuanto había escrito, lo que yo más admiraba era la terrible historia titulada The Heart of Darkness, en la que un idealista un tanto débil es empujado hasta la locura por el horror de la selva tropical y la soledad entre salvajes. Creo que esa narración es la que expresa de manera más completa su filosofía de la vida. Pienso, aunque no sé si él hubiera admitido semejante imagen, que consideraba la vida humana civilizada y moralmente tolerable como un peligroso paseo sobre una tenue corteza de lava apenas enfriada, que en cualquier instante podía romperse y hacer que el incauto se hundiese en un abismo de fuego. Tenía perfecta conciencia de las diversas formas de apasionada demencia a que se sienten inclinados los hombres, y era esto lo que le daba una creencia tan profunda en la importancia de la disciplina. Quizá pudiera decirse que su punto de vista era la antítesis del de Rousseau: «El hombre nace aherrojado, pero puede llegar a liberarse». Y se libera, así creo que lo hubiera dicho Conrad, no dando libre curso a sus impulsos, no mostrándose casual e incontrolado, sino sometiendo el impulso descarriado a un propósito dominante.
No estaba muy interesado en los sistemas políticos, aunque abrigaba algunos sentimientos políticos muy arraigados. El más arraigado de ellos era su amor a Inglaterra y su odio a Rusia, ambos de los cuales están expresados en The Secret Agent; mientras que su odio a Rusia, tanto la zarista como la revolucionaria, se manifiesta con gran fuerza en Under Western Eyes. Su antipatía contra Rusia era la tradicional en Polonia. Iba tan lejos, que no concedía mérito ni a Tolstoi ni a Dostoievsky. Una vez me dijo que Turgueniev era el único novelista ruso a quien admiraba.
Salvo por su amor a Inglaterra y su odio a Rusia, la política no le interesaba mucho. Lo que le interesaba era el alma humana individual enfrentada con la indiferencia de la naturaleza y, a menudo, con la hostilidad del hombre y sujeta a luchas internas, con pasiones buenas y malas que conducían a la destrucción. Las tragedias de la soledad ocupaban gran parte de su pensamiento y sus sentimientos. Una de sus narraciones más típicas es Typhoon. En este relato, el capitán, que es un alma sencilla, salva su barco merced a un valor indecible y una férrea resolución. Una vez pasada la tempestad, escribe una larga carta a su esposa, contándole lo sucedido. En su relato, su propia participación es perfectamente simple. Se ha limitado a cumplir su deber de capitán, como, naturalmente, era de esperar. Pero el lector, a través de su narración, adquiere conciencia de todo cuanto ha hecho y osado y soportado. La carta, antes que el capitán la envíe, es leída subrepticiamente por su camarero, pero nunca la lee nadie más, ya que su mujer la encuentra aburrida y la arroja sin leerla.
Las dos cosas que parecen ocupar fundamentalmente la imaginación de Conrad son la soledad y el temor a todo lo extraño. An Outcast of the Islands, como The Heart of Darkness, se ocupa del temor por lo que es extraño. Ambos sentimientos se unen en la extraordinariamente conmovedora historia titulada Amy Foster. En esta narración, un campesino eslavo meridional, camino de América, resulta el único superviviente del naufragio del barco en que iba, yendo a parar a una aldea de Kent. Todo el pueblo le teme y le maltrata, excepto Amy Foster, una muchacha fea y obtusa, que le lleva pan cuando está hambriento y termina  por casarse con él, pero también ella, cuando su marido, presa de la fiebre, vuelve a su lenguaje nativo, se siente sobrecogida de temor, arrebata a su hijo y abandona a su marido. Éste muere solo y desesperado. Me he preguntado a veces cuánto de la soledad de este hombre sentiría Conrad entre los ingleses y reprimiría mediante un severo esfuerzo de voluntad.
El punto de vista de Conrad estaba lejos de ser moderno. En el mundo moderno, hay dos filosofías: la que nace de Rousseau y aparta la disciplina por innecesaria, y la que halla su expresión más plena en el totalitarismo, que piensa en la disciplina como esencialmente impuesta desde fuera. Conrad se adhería a la tradición más antigua, según la cual la disciplina debe proceder de dentro. Despreciaba la indisciplina y detestaba la disciplina meramente externa. Vi que coincidía plenamente con él en todo esto. En nuestra primera entrevista charlamos con una intimidad continuamente creciente. Parecía como si ambos atravesásemos una capa tras otra de lo que era superficial, hasta que los dos llegamos gradualmente al fuego central. Fue una experiencia como ninguna de las que jamás he conocido. Nos mirábamos a los ojos, medio espantados y medio embriagados al hallarnos juntos en semejante región. La emoción era tan intensa como la de un amor apasionado, y, al mismo tiempo, lo abarcaba todo. Salí de allí aturdido y apenas pude orientarme en los asuntos ordinarios.
No vi a Conrad durante la guerra ni después de ella, hasta mi regreso de China en 1921. Cuando nació mi primer hijo en ese año, quise que Conrad fuese su padrino en la medida en que podía serlo sin una ceremonia formal. Escribí a Conrad, diciendo: «Con su permiso, desearía llamar a mi hijo John y mi bisabuelo se llamó John, y Conrad es un nombre en el que veo méritos». Aceptó la situación y ofreció a mi hijo la copa que es usual en tales ocasiones.
No le vi mucho, pues la mayor parte del año yo vivía en Cornwall, y él no gozaba de óptima salud. Pero recibí varias cartas deliciosas suyas, en especial una acerca de mi libro sobre China. Decía: «Siempre me han agradado los chinos, incluso aquellos que trataron de matarme (y a otras personas también) en el patio de una casa particular en Chantabun, incluso (aunque no tanto) el sujeto que me robó todo el dinero una noche en Bangkok, pero que cepilló y dobló cuidadosamente mis ropas para que me vistiese por la mañana, antes de desvanecerse en las profundidades de Siam. También recibí numerosas atenciones por parte de diversos chinos. Esto, con el aditamento de una conversación vespertina con el secretario de Su Excelencia Tseng en la veranda de un hotel y el estudio superficial de un poema titulado "The Heathen Chinee", es todo cuanto sé de los chinos. Pero después de leer su interesantísimo punto de vista sobre el problema chino, la visión que se me ofrece del futuro de aquel país es muy sombría». Decía luego que mis concepciones sobre el futuro de China «meten un escalofrío en el alma», tanto más, decía, cuanto que yo cifraba mis esperanzas en el socialismo internacional. «Precisamente –comentaba– aquello a lo que no puedo adscribir ninguna clase de significado concreto. Jamás he hallado en un libro de un hombre ni en la conversación de un hombre nada suficientemente convincente para alzarse por un instante contra mi arraigado sentido de la fatalidad que gobierna a este mundo habitado por el hombre.» Seguía diciendo que, aunque el hombre ha conseguido volar, «no lo hace como un águila, sino como un escarabajo; y seguramente ha observado usted cuán feo, ridículo y fatuo es el vuelo de un escarabajo». Tuve la impresión de que, en aquellas pesimistas observaciones suyas, mostraba una sabiduría más profunda que la que manifestara yo en mis esperanzas un tanto artificiales de un feliz desenlace en China. Debo decir que, hasta ahora, los acontecimientos le han dado la razón.
Esta carta fue mi último contacto con él. Nunca más hablé con él. En cierta ocasión, le vi al otro lado de la calle, enfrascado en una seria conversación con un hombre a quien yo conocía, en pie junto a la puerta de la que fuera casa de mi abuela y que, después de su muerte, se había convertido en el Arts Club. No me seducía la idea de interrumpir lo que parecía una grave conversación, y me marché. Cuando, poco después, murió, lamenté no haber sido más audaz. La casa ha desaparecido, demolida por Hitler. Supongo que Conrad está en vías de ser olvidado, pero su intensa y apasionada nobleza brilla en mi memoria como una estrella vista desde el fondo de un pozo. ¡Ojalá pudiera hacer que su luz brillase para otros como brilló para mí!
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

25/7/19

El primero

Por Carl Sagan
Imagen tomada de https://bit.ly/2Phttot
El microscopio y el telescopio, desarrollados ambos en Holanda, a principios del siglo diecisiete, representan una ampliación de las perspectivas humanas hacia los reinos de lo muy pequeño y de lo muy grande. Nuestras observaciones de los átomos y de las galaxias comenzaron en esa época y en ese lugar. Christiaan Huygens disfrutaba desbastando y puliendo las lentes de telescopios astronómicos, y construyó uno de cinco metros de longitud. Sus descubrimientos con el telescopio bastarían para asegurarle un lugar en la historia de los logros humanos. Fue la primera persona que, siguiendo las huellas de Eratóstenes, midió el tamaño de otro planeta. Fue también el primero en conjeturar que Venus está cubierto totalmente de nubes; el primero en dibujar un accidente de la superficie de Marte (una gran ladera oscura azotada por el viento llamada Syrtis Major); y fue el primero que, al observar la aparición y desaparición de tales rasgos mientras el planeta giraba, determinó que el día marciano tenía, como el nuestro, una duración de unas veinticuatro horas. Fue el primero en reconocer que Saturno está rodeado por un sistema de anillos que no tocan en ningún punto al planeta. Y fue el descubridor de Titán, la mayor luna de Saturno y, como sabemos ahora, la luna mayor del sistema solar; un mundo de extraordinario interés y porvenir. Realizó la mayoría de estos descubrimientos antes de los treinta años. También pensaba que la astrología era una tontería.
Fuente: Sagan, C. (1980), Cosmos, Planeta, Barcelona.

18/7/19

La libertad y las corridas de toros

Por Jesús Mosterín
La libertad que han propugnado los pensadores liberales es la de las transacciones voluntarias entre seres humanos adultos (consenting adults): dos adultos pueden interaccionar entre ellos como quieran, mientras la interacción sea voluntaria por ambas partes y no agreda a terceros. Ni la Iglesia ni el Estado ni la familia ni ninguna otra instancia pueden interferirse en dichas transacciones voluntarias. Esto se aplica tanto a la libertad política como a la comercial, la religiosa, la lingüística, la sexual y a cualquier otra. Ningún liberal ha defendido que la libertad sea una patente de corso para maltratar y torturar a criaturas indefensas. La libertad sexual no incluye la violación ni la pederastia; la libertad política tampoco incluye el sacar los ojos a pájaros o a prisioneros, ni el torturar sin necesidad a pacíficos rumiantes.
De hecho, los países que más han contribuido a desarrollar la idea de libertad, como Inglaterra, han sido los primeros que han abolido los encierros y las corridas de toros. En ningún país con tradición liberal se hecho de la crueldad y la tortura pública un espectáculo festivo. Ya los antiguos atenienses, fundadores de la democracia, se mantuvieron al margen de los espectáculos sangrientos de la plebe romana. Curiosamente, y es un síntoma de nuestro atraso, la misma discusión que estamos teniendo ahora en España, Colombia, México y Perú, ya se tuvo en Gran Bretaña hace doscientos años. Y ya entonces, los padres del liberalismo tomaron partido inequívoco contra la crueldad. La libertad no solo es compatible, sino que exige y siempre va acompañada de la prohibición de violencias y crueldades de todo tipo.
Imagen tomada de https://bit.ly/2XAiIB0
Soy partidario de la máxima libertad en todas las interacciones voluntarias entre ciudadanos. Soy contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos. Pero es que las corridas de toros son un caso extremo. Los amigos de la libertad tenemos que acabar con la cultura de la sangre, la violencia y la crueldad, y postular una cultura de la inteligencia, la serenidad y la compasión, más favorable al florecimiento de la libertad. Ya se ha logrado la abolición de la tauromaquia en Canarias y en Cataluña, en la mayoría de los países latinoamericanos y en casi todos los países del mundo. El debate se traslada ahora al resto de España y al par de países donde todavía perduran similares bolsas de crueldad. No sabemos cuándo acabará esta discusión, pero sí cómo acabará. A la larga, la crueldad es indefendible. Todos los buenos argumentos y todos los buenos sentimientos apuntan al triunfo de la compasión.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

11/7/19

El ser humano no está hecho para comprar melones

Por Philip Roth
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–No sabe ni comprar un melón –me dijo por teléfono una mañana, muy disgustado; y como se daba la circunstancia de que ya estaba harto de oírle hablar de las cosas que Lil era incapaz de hacer, le contesté:
–Mira, los melones son dificilísimos de comprar. Quizá lo más difícil de comprar que hay, si te paras a pensarlo. No pasa como con las manzanas, no hay modo de saber lo que tienen por dentro. A mí me cuesta menos trabajo comprar un coche que un melón. Una casa, que un melón. Si una de cada diez veces salgo de la tienda con un buen melón en las manos, me doy con un canto en los dientes. Lo huelo de cerca y de menos cerca, lo aprieto por las dos puntas con el dedo gordo, agarro otro, lo huelo, lo aprieto por las puntas... Así hasta ocho o diez melones, antes de decidirme por uno de ellos, y luego me lo llevo a casa y lo abro para la cena y resulta que no sabe a nada y que está duro como una piedra. Qué quieres que te diga: todos nos equivocamos con los melones. El ser humano no está hecho para comprar melones... Hazme un favor, Herm, deja de darle la lata a la pobre mujer, porque no es ella la única que compra melones asquerosos: es un fallo humano. La estás acosando por algo que ni siquiera una de cada cien personas hace bien, y eso por casualidad, la mitad de las veces, para colmo.
–Bueno –dijo, desconcertado ante la seriedad de mi tono–, el melón es lo de menos...
Fuente: Roth, P. (1991), Patrimonio, Random House, Barcelona.

4/7/19

La historia del checoslovaco

Por Albert Camus
Imagen tomada de https://bit.ly/2wE7IXd
Puedo decir que, en los últimos meses, dormía de dieciséis a dieciocho horas diarias. Me quedaban así seis horas que matar con las comidas, las necesidades naturales, mis recuerdos y la historia del checoslovaco.
Entre mi colchoneta y la tabla de la cama, había encontrado, en efecto, un viejo pedazo de periódico casi pegado a la tela, amarillento y transparente. Relataba un suceso cuyo comienzo faltaba, pero que debía de haber acontecido en Checoslovaquia. Un hombre había salido de una aldea checa para hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años, había regresado, rico, con una mujer y un niño. Su madre regentaba un hotel con su hermana en la aldea natal. Para darles una sorpresa, dejó a su mujer y a su hijo en otro alojamiento y fue al hotel de su madre, que no lo reconoció cuando entró. Por broma, tomó una habitación. Había dejado ver su dinero. Durante la noche, su madre y su hermana lo asesinaron a martillazos para robarle y arrojaron su cuerpo al río. Por la mañana vino la mujer y reveló sin darse cuenta la identidad del viajero. La madre se ahorcó. La hermana se arrojó a un pozo. Debí de leer esta historia miles de veces. Por una parte, era inverosímil. Por otra, era natural. Me parecía, de todos modos, que el viajero lo había merecido un poco y que nunca se debe jugar.
Fuente: Camus, A. (1942), El extranjero, Alianza Editorial, Madrid.

27/6/19

Los ocho conductos

Por Roberto Bolaño
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Según el forense, Mónica había sido violada anal y vaginalmente, aunque también le encontraron restos de semen en la garganta, lo que contribuyó a que se hablara en los círculos policiales de una violación «por los tres conductos». Hubo un policía, sin embargo, que dijo que una violación completa era la que se hacía por los cinco conductos. Preguntado sobre cuáles eran los otros dos, contestó que las orejas. Otro policía dijo que él había oído hablar de un tipo de Sinaloa que violaba por los siete conductos. Es decir, por los cinco conocidos, más los ojos. Y otro policía dijo que él había oído hablar de un tipo del DF que violaba por los ocho conductos, que eran los siete ya mencionados, digamos los siete clásicos, más el ombligo, al que el tipo del DF practicaba una incisión no muy grande con su cuchillo y luego metía allí su verga, aunque, claro, para hacer eso había que estar muy taras bulba. Lo cierto es que la violación «por los tres conductos» se extendió, se popularizó en la policía de Santa Teresa, adquirió un prestigio semioficial que en ocasiones se vio reflejado en los informes redactados por los policías, en los interrogatorios, en las charlas off the record con la prensa.
Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama, Barcelona.

20/6/19

No hay otros ojos

Por Jesús Mosterín
Todos los animales navegamos por el espacio de la nave Tierra, compañeros todos de viaje, de fatigas y emociones; linaje bendecido y abrumado por nuestra capacidad compartida de sentir, gozar y sufrir. No hay otros compañeros. No hay otros seres a los que mirar a los ojos. No hay otros ojos. Animales entre animales, gozosamente aceptamos nuestra vida y nuestra animalidad. Solo los animales padecemos; por eso solo los animales podemos ser compadecidos. La emoción moral de la compasión es el foco de la ética de la compasión. Compadecemos a las víctimas de las guerras; por eso buscamos la paz. Compadecemos a las criaturas que sufren innecesariamente; por eso estamos en contra de la crueldad y tratamos de abolir los peores abusos y maltratos contra hombres, mujeres y niños y contra animales domésticos y salvajes. No nos autoengañemos. No nos forjemos consuelos ilusorios. No renunciemos a descubrir ni a entender. Que nuestra curiosidad y nuestra simpatía se extiendan por doquier. No reprimamos nuestro afecto por las criaturas. No pongamos límites a nuestra ansia de conocer, ni diques a nuestra ansia de amar. No convirtamos en un infierno la vida de los animales bajo nuestra custodia. No masacremos a los animales salvajes. Fomentemos el conocimiento, la sensibilidad y la compasión. Compadezcámonos de todos los que sufren, sin prejuicios, grupismos ni fronteras. Trabajemos por el triunfo de la compasión.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

13/6/19

Bueno o malo

Se dice que la mayoría de ecuatorianos somos buenos o somos honestos, pero a mí me parece que la verdad es la contraria, la mayoría es mala, la mayoría es falsa. Supongo que tamaña divergencia de opiniones se debe a que la mayoría se juzga en relación al individuo promedio, mientras que yo juzgo en relación a un individuo modelo, a Buda por ejemplo. Al lado de Buda todos somos malos. No es difícil mostrar que la mayoría es mala. En mi entorno familiar es evidente la maldad, y no creo que se trate de una familia anómala. Mi papá es malo porque no piensa en los pobres, y aun cuando acepta que la situación del pobre es dura, no cree que debamos hacer nada para ayudarlo. A mi mamá sí le dan lástima los pobres y hasta los ayuda caritativamente, pero también es mala porque destroza con insultos al pobre que la engaña. (Los vecinos no tienen opinión de papá, pero de mamá suelen decir que es una gran persona. Eso pasa porque sólo conocen su lado amable. No saben de su hipocresía, de sus puñaladas traperas.) Casi todos están de acuerdo en que mi hermana es buena, pero yo sé que es mala porque un día se burló de mi debilidad. Mi cuñado también es malo, pues a los feos les dice feos y a los tontos les dice tontos. Mi tío es sin ninguna duda el peor de la familia, el más mentiroso, el peor padre, el peor esposo. (¡Y más de una mujer lo adora!) Yo soy el menos malo de la familia. Yo sí pienso en los pobres y no me importa que me engañen porque sé que no tuvieron las oportunidades que yo tuve, y no me burlo de los débiles, y no les digo feos a los feos ni tontos a los tontos, y miento poco. Pero así como mis familiares no se dan cuenta de sus fallos, tampoco notan mis virtudes. Son malos pero no saben que son malos, y como no reconocen su maldad, tampoco entienden mi bondad.

6/6/19

He vivido en pos de una ilusión

Por Bertrand Russell*
Desde mi infancia, he dedicado el lado serio de mi vida a dos intereses diferentes que durante mucho tiempo permanecieron separados y que sólo en los últimos años se han unido en un todo. Por una parte, quería saber si es posible el conocimiento; por otra, quería hacer todo lo que estuviera a mi alcance para crear un mundo más feliz. Hasta la edad de treinta y ocho años, dediqué casi todas mis energías a la primera de estas tareas. El escepticismo me inquietaba y me vi forzado, contra mi voluntad, a sacar la conclusión de que casi todo lo que se considera conocimiento está expuesto a la duda razonable. Necesitaba la certeza del mismo modo que la gente necesita la fe religiosa. Pensaba que era más probable encontrar la certeza en la matemática que en cualquier otra cosa, pero descubrí que muchas demostraciones matemáticas, que mis maestros pretendían que aceptara, estaban plenas de falacias, y que si efectivamente era posible encontrar la certeza en la matemática, se trataría un nuevo tipo de matemática basada en fundamentos más sólidos que los que se consideraban inamovibles hasta ese momento. Pero a medida que avanzaba en mi trabajo, recordaba constantemente la fábula del elefante y la tortuga. Una vez construido un elefante sobre el cual se podía apoyar el mundo matemático, me di cuenta de que el elefante tambaleaba y tuve que construirle una tortuga para que no cayera. Pero la tortuga no resultó más segura que el elefante, y después de veinte años de muy arduos esfuerzos, llegué a la conclusión de que yo no podía hacer nada más para conseguir que el conocimiento matemático fuera indudable. Entonces llegó la primera guerra mundial y mis pensamientos se concentraron en la locura y la miseria humanas.
Creo que ninguna de las dos es parte intrínseco e inevitable del ser humano, y estoy convencido de que la inteligencia, la paciencia y la elocuencia pueden, tarde o temprano, alejar al género humano de las torturas que se ha impuesto, siempre que en el ínterin no se extermine a sí mismo.
Basándome en esta convicción, he mantenido siempre un grado de optimismo, aunque con la edad éste se ha vuelto más sobrio y me hace ver más lejana la conclusión feliz. Pero sigo siendo totalmente incapaz de estar de acuerdo con aquellos que aceptan con fatalismo la creencia de que el hombre ha nacido para sufrir. No es difícil determinar las causas de infelicidad del pasado ni del presente. Debido a que el hombre no dominaba la naturaleza, ha existido la pobreza, la pestilencia y el hambre. Debido a la hostilidad de unos hombres contra otros hombres, ha habido guerras, opresiones y torturas. Y oscuras creencias han alimentado morbosos sufrimientos y han conducido al hombre a profundos conflictos internos que han vuelto vana toda la prosperidad exterior. Todo esto no era necesario, y para todos estos padecimientos se conocen medios con que poder superarlos. En el mundo moderno, los pueblos son infelices porque con frecuencia ignoran muchas cosas y mantienen costumbres, creencias y pasiones a las que valoran más que la felicidad e incluso la vida. He visto a muchas personas, en esta época nuestra tan peligrosa, que parecen enamoradas del sufrimiento y de la muerte, y que se enfadan cuando se les sugiere la esperanza. Piensan que la esperanza es irracional y que, instaladas en su cómoda desesperanza, simplemente confrontan la realidad. Yo no estoy de acuerdo con ellas. Conservar la esperanza en este mundo requiere nuestra inteligencia y nuestra energía. Quienes desesperan, con frecuencia es porque carecen de energías.
He vivido la segunda mitad de mi vida en una de esas dolorosas épocas de la historia humana durante las cuales el mundo empeora; las victorias que parecía definitivas terminaron siendo transitorias. Cuando era joven, el optimismo victoriano se daba por sentado. Me enseñaron que la libertad y la prosperidad se extenderían paulatinamente por el mundo de acuerdo con un proceso ordenado, y se esperaba que la crueldad, la tiranía y la injusticia irían disminuyendo sin cesar. Casi nadie vivía atemorizado por las grandes guerras. Casi nadie pensaba que el siglo diecinueve era un breve intervalo entre el pasado y la barbarie del futuro. A quienes han crecido en aquel clima les ha sido difícil adaptarse al mundo presente, no sólo en el aspecto emocional sino también en el intelectual. Las ideas que se consideraban apropiadas han resultado no serlo. Ha sido muy difícil conservar valiosas libertades en algunos asuntos, mientras que en otros, concretamente en las relaciones entre países, las libertades antes valoradas han demostrado ser abundantes fuentes de desastres. Si el mundo ha de emerger de su actual situación de peligro, necesitamos nuevas ideas, nuevas esperanzas, nuevas libertades y nuevas restricciones a la libertad.
No pretendo decir que lo que yo he hecho en relación con los problemas políticos y sociales ha tenido mucha importancia. Comparativamente, con un evangelio preciso y dogmático como el comunismo es mucho más fácil obtener un gran efecto. Por lo que a mí respecta, no puedo creer que la humanidad necesite ningún sistema preciso ni dogmático, como tampoco puedo creer con sinceridad en ninguna doctrina parcial que sólo se ocupa de una parte o aspecto de la vida humana. Hay quienes sostienen que todo depende de las instituciones, y que las buenas instituciones nos traerán inevitablemente una época de paz y prosperidad. Por otra parte, están quienes creen que se necesita un cambio en los corazones, y que, en comparación, poco cuentan las instituciones. No estoy de acuerdo. Las instituciones moldean el carácter, y el carácter transforma a las instituciones. Las reformas de ambos deben marchas cogidas de la mano, y si los individuos han de conservar esa medida de iniciativa y flexibilidad que deberían tener, no se los debe encerrar a todos en un único y rígido molde; o, para cambar la metáfora, no de los debe adiestrar a todos en un mismo ejército. La diversidad es esencial, a pesar de que excluye de antemano la aceptación universal de un único evangelio. Pero predicar semejante doctrina no es fácil, en particular en tiempos difíciles, y quizás no produzca ningún efecto hasta que la trágica experiencia no nos enseñe algunas lecciones amargas.
Mi obra se aproxima a su fin, y ha llegado la hora de examinarla en su totalidad. ¿En qué medida he tenido éxito y en qué medida he fracasado? Desde edades tempranas me consideré dedicado a grandes y arduas tareas. Hace casi tres cuartos de siglo, caminando a solas en el Tiergarten berlinés, sobre la nieve que se derretía y bajo el frío y radiante sol de marzo, decidí que escribiría dos clases de libros: unos abstractos, que con el tiempo se volverían más concretos, y otros concretos, que poco a poco tenderían a lo abstracto. Los coronaría con una síntesis que combinara teoría pura con filosofía social práctica. Salvo la síntesis final, que todavía me es esquiva, he cumplido mi propósito y he escrito estos libros, que han recibido elogios y aprobación y han influido en la forma de pensar de muchos hombres y mujeres. En ese aspecto, he logrado mi propósito.
Pero, en contraposición, debo mencionar dos tipos de fracaso, uno exterior y otro interior.
Primero, el fracaso exterior: el Tiergarten berlinés es ahora un desierto; la Puerta de Branderburgo, que atravesé para entrar al parque aquella mañana de marzo, se ha convertido en frontera de dos imperios enemigos que se observan desafiantes por encima de una barrera y preparan lúgubremente la ruina de la humanidad. Comunistas, fascistas y nazis, sucesivamente, han desafiado todo lo que considero bueno, y para derrotarlos se ha perdido gran parte de lo que sus oponentes intentaban preservar. A la libertad se la considera debilidad, y a la tolerancia se la obligar a vestir el manto de la traición. Los viejos ideales se juzgan irrelevantes y ninguna doctrina carente de agresividad impone respeto.
El fracaso interior, aunque ninguna importancia tiene para el mundo, ha hecho de mi vida mental una batalla perpetua. Comencé creyendo con fe más o menos religiosa en un mundo platónico, eterno, en el que las matemáticas lucían una belleza semejante a los últimos Cantos del Paraíso, y al final llegué a la conclusión de que el mundo eterno es trivial y que las matemáticas son sólo el arte de decir la misma cosa con palabras diferentes. Empecé creyendo que el amor, libre y valiente, podía conquistar el mundo sin violencia, y terminé apoyando una guerra amarga y espantosa. En ese aspecto, he fracasado.
Pero bajo esta carga de fracaso sigo siendo consciente de algo que siento como una victoria. Puede que haya concebido equivocadamente la verdad teórica, pero no me equivoqué en pensar que existe tal verdad y que merece nuestra lealtad. Puede que haya creído que el camino hacia un mundo de hombres libres y felices era más corto de lo que se está revelando, pero no me equivoqué al pensar que ese mundo es posible, y que merece la pena vivir con miras a volverlo realidad. He vivido en pos de una ilusión, personal y social. Personal, por valorar lo que es noble, lo que es hermoso, lo que es bueno; por permitir que los instantes de lucidez impregnaran de sabiduría los momentos más mundanos. Social, por imaginar la sociedad que se ha de crear, en la que los individuos crezcan libremente y donde el odio, la codicia y la envidia desaparezcan porque nada hay para alimentarlos. Creo en todas estas cosas, y el mundo, con todos sus horrores, no me ha hecho cambiar de parecer.
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.
*Hice ligeros cambios en el texto para mejorar la traducción.

30/5/19

Ida y vuelta

Lo primero que veo cuando salgo de casa es un contenedor de basura que huele muy mal. En las noches, pero a veces también a plena tarde, los minadores se introducen en él para sacar todo lo que se pueda reciclar, objetos metálicos, plásticos, papel. Ahora mismo hay uno dentro y lo miro de reojo mientras comienzo a dibujar eles con las cuadras para llegar al bus que me llevará al edificio. La estación de bus queda frente a un burdel, en una cuadra que dentro de ocho horas estará ennegrecida de noche y salpicada del amarillo que proyecta el alumbrado público y del blanco que irradian los focos de los locales comerciales, pero que a esta hora de la mañana parece una cuadra más. Me siento en la penúltima fila, junto a la ventana, e intento concentrarme en la novela de turno. Los protagonistas son Amaro y Amalia. Amalia es bella y niña. Amaro es un cura sin vocación. Desde el comienzo se presiente la futura unión de los cuerpos, pero estoy en la página trescientos y no han pasado de un par de besos. El bus me deja a dos eles de la meta, un edificio de doce pisos con ascensores que solo te permiten ir a un piso u otro. El recepcionista me da la tarjeta correspondiente al piso once. En el ascensor me enfrento con una chica glamurosa que me come con los ojos. La señora que me recibe la factura en el piso once tampoco me deja de mirar y se nota que la pongo nerviosa. No sé qué pensar, siempre me he sentido feo. Salgo del edificio a toda prisa y agarro el bus de regreso que va atiborrado de gente. Logro sentarme pero no me apetece leer a Eça de Queirós ni a nadie. Al salir de la estación veo a una bella ingresando al burdel. En la última ele, frente al contenedor de basura, saludo con la pareja del restaurante. Son jóvenes prematuramente envejecidos. Me cuentan que apenas venden treinta almuerzos diarios y que el dinero solo les alcanza para pagar el arriendo y a la cocinera. Son casi tan pobres como los minadores del contenedor.

22/5/19

El cuento del gallo capón

Por Gabriel García Márquez
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Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego infinito en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras.
Fuente: García Márquez, G. (1967), Cien años de soledad, Random House Mondadori, Buenos Aires.

15/5/19

Los ojos tapados

Por José Saramago
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Levantó la cabeza hacia las esbeltas columnas, hacia las altas bóvedas, para comprobar la seguridad y la estabilidad de la circulación sanguínea, luego dijo, Ya estoy bien, pero en aquel mismo instante pensó que se había vuelto loca, o que, desaparecido el vértigo, sufría ahora alucinaciones, no podía ser verdad aquello que los ojos le mostraban, aquel hombre clavado en la cruz con una venda blanca cubriéndole los ojos, y, al lado una mujer con el corazón traspasado por siete espadas y con los ojos también tapados por una venda blanca, y no eran sólo este hombre y esta mujer los que así estaban, todas las imágenes de la iglesia tenían los ojos vendados, las esculturas con un paño blanco atado alrededor de la cabeza, y los cuadros con una gruesa pincelada de pintura blanca, y más allá estaba una mujer enseñando a su hija a leer, y las dos tenían los ojos tapados, y un hombre con un libro abierto donde se sentaba un niño pequeño, y los dos tenían los ojos tapados, y un viejo de larga barba, con tres llaves en la mano, y tenía los ojos tapados, y otro hombre con el cuerpo acribillado de flechas, y tenía los ojos tapados, y una mujer con una lámpara encendida, y tenía los ojos tapados, y un hombre con heridas en las manos y en los pies y en el pecho, y tenía los ojos tapados, y otro hombre con un león, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con un cordero, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con un águila, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con una lanza dominando a un hombre caído, con cornamenta el caído y con pies de cabra, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con una balanza, y tenía los ojos tapados, y un viejo calvo sosteniendo un lirio blanco, y tenía los ojos tapados, y otro viejo apoyado en una espada desenvainada, y tenía los ojos tapados, y un hombre con dos cuervos, y los tres tenían los ojos tapados, sólo había una mujer que no tenía los ojos tapados porque los llevaba arrancados en una bandeja de plata.
Fuente: Saramago, J. (1995), Ensayo sobre la ceguera, Alfaguara, Buenos Aires.

8/5/19

No estamos terminados

Por Eduardo Galeano
La verdad está en el viaje, no en el puerto. No hay más verdad que la búsqueda de la verdad. ¿Estamos condenados al crimen? Bien sabemos que los bichos humanos andamos muy dedicados a devorar al prójimo y a devastar el planeta, pero también sabemos que nosotros no estaríamos aquí si nuestros remotos abuelos del paleolítico no hubieran sabido adaptarse a la naturaleza de la que formaban parte, y si no hubieran sido capaces de compartir lo que recolectaban y cazaban. Viva donde viva, viva como viva, viva cuando viva, cada persona contiene a muchas personas posibles, y es el sistema de poder, que nada tiene de eterno, quien cada día invita a salir a escena a nuestros habitantes más jodidos, mientras impide que los otros crezcan y les prohíbe aparecer. Aunque estamos mal hechos, no estamos terminados; y es la aventura de cambiar y de cambiarnos la que hace que valga la pena este parpadeo en la historia del universo, este fugaz calorcito entre dos hielos, que nosotros somos.
Fuente: Galeano, E. (1998), Patas arriba, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

1/5/19

La cultura más pacífica y suave de la Antigüedad

Por Jesús Mosterín
Hacia el año -3000 el mundo egeo salió del estancamiento en que había permanecido durante los tres milenios precedentes. Por entonces se domesticó y empezó a cultivarse la viña y el olivo, sobre todo en las laderas pedregosas del sur de Grecia, en las islas Cicladas y en Creta. También por entonces se introdujo la metalurgia del cobre y, poco después, del bronce. La actividad económica se extendió considerablemente y el intercambio entre las diversas islas y poblados se incrementó.
Durante el milenio -III fueron las pequeñas islas Cicladas el foco del progreso en la zona, quizá debido a su estratégica situación, equidistantes de Anatolia, Creta y la Grecia continental. Sus alfareros y artesanos producían y exportaban gran cantidad de vasijas cerámicas y de copas y estatuillas de mármol. Sus comerciantes hacían de intermediarios entre Anatolia y Grecia, y llegaban hasta Italia y Sicilia. Al final del milenio -III, sin embargo, su cultura declinó y acabó siendo absorbida por la pujante cultura protourbana de Creta.
Todas las potencialidades del periodo anterior culminaron en el paso a la civilización protourbana en la gran isla de Creta hacia -2000. Entre -2000 y -1450, aproximadamente, se desarrolló en Creta la llamada cultura minoica. Fueron 550 años de paz y prosperidad, durante los cuales se construyeron enormes palacios en Knosos, Festós, Malia y otros lugares.
Los palacios minoicos eran a la vez residencias señoriales, templos religiosos, centros sociales, sedes de la burocracia centralizada y de la contaduría pública, y depósitos de los excedentes agrícolas y de la producción artesanal. En sus enormes sótanos se almacenaba el aceite, el vino y el trigo, y en ellos trabajaban los artesanos y se realizaba el intercambio comercial. El palacio de Knosos, que era el principal, tenía en sus sótanos depósitos de aceite con una capacidad de 240.000 litros. En el palacio y sus aledaños vivían unas 40.000 personas, organizadas en un sistema de avanzada división del trabajo, constituyendo una genuina cuidad.
Los palacios cretenses constituían eficaces sistemas de redistribución de la producción en una sociedad que todavía carecía de dinero. Además, eran los centros de un activo comercio marítimo que abarcaba todo el Egeo y llegaba hasta Egipto. Precisamente para registrar sus transacciones comerciales, deudas, envíos y trueques, así como para satisfacer las necesidades de la burocracia redistributiva, los cretenses inventaron y usaron dos sistemas de escritura: la llamada escritura jeroglífica cretense y la escritura lineal A. Ninguna de ella ha podido ser descifrada hasta ahora.
La cultura cretense minoica era una cultura en cierto modo feminista y próxima al matriarcado, en contraste con el patriarcado y el machismo posterior de los griegos clásicos. En general, los pueblos pastores, guerreros y nómadas suelen exaltar al macho y al patriarca, mientras que los agricultores antiguos tendían a preciar la fecundidad por encima de todo. Sea esto como fuere, las mujeres parecen haber gozado de una libertad y posición social muy superiores a lo que era habitual en la época e incluso en la Grecia clásica posterior.
En la religión cretense los dioses más importantes son diosas, sobre todo la gran Diosa Madre, diosa de la tierra y de la fecundidad. Las sacerdotisas eran más importantes que los sacerdotes, los cuales se vestían a veces de mujeres cuando oficiaban. Siguiendo la tradición anatolia, la Diosa Madre paría cada año al dios de la vegetación, que luego se convertía en su amante para volver a morir de nuevo. Los cretenses estaban muy preocupados por los terremotos, que más de una vez habían destruido sus palacios. Para evitarlos, se aplacaba a la gran diosa, en su calidad de diosa de la tierra, mediante el juego con los toros, complejo ritual religioso que incluía un espectáculo circense-deportivo, en el que jóvenes atletas saltaban y hacían piruetas encima del toro sin herirlo de ninguna manera (y que no tenía nada que ver con la sangrienta y cutre corrida de toros actual).
Imagen tomada de https://bit.ly/2OtMh3l
Los cretenses vivían bien y en paz. Dominando el mar, habiendo acabado con la piratería, alejados de los grandes imperios hetita, babilonio y egipcio de la época, pensando quizá que el mar que rodea a Creta constituía suficiente defensa, no temían los ataques exteriores. Y llevándose bien unos palacios con otros y unas clases con otras, tampoco parecían temer los ataques interiores. En cualquier caso, sus palacios carecían por completo de fortificaciones y defensas. Los frescos pintados en sus paredes representan mujeres elegantes (amplias faldas, chalecos ceñidos, pechos al aire, complejo peinado) en animada conversación, hombres ágiles de cintura estrecha, ceremonias religiosas, fiestas, juegos y jardines. Nunca se representan armas, ni guerreros, ni muertes, ni batallas. No hubo cultura tan pacífica y suave en toda la Antigüedad.
Hacia el -1450 una tremenda explosión volcánica destruyó por completo la cercana isla de Thera. Al parecer, los efectos de esta explosión fueron fatales para Creta. Probablemente su flota quedó destruida. En cualquier caso, poco después la isla de Creta fue conquistada y sus palacios saqueados por los invasores micénicos.
Fuente: Mosterín, J. (2006), El pensamiento arcaico, Alianza Editorial, Madrid.

24/4/19

La fiesta

Desde fuera yo veía cómo movían las cabezas de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, casi al unísono, y veía que al mismo tiempo que las cabezas movían las piernas, dando pequeños pasos en el propio terreno, y a la vez que las cabezas y las piernas movían los traseros y los brazos con una gracia que no sé describir, y a casi todos semejante movimiento les dejaba sin energía para nada más, pero dos o tres alcanzaban todavía a decir te perderás dentro de mis recuerdos por haberme hecho llorar, y había uno que cantaba tan bien que podría haber acompañado a la mismísima Natalia Lafourcade o al resto de intérpretes de esta fiesta que había comenzado con «Made in Japan» de Alphaville, y que había atravesado por los pregones de Héctor Lavoe y por un rocanrol de los Kinks que dice me gustaría volar pero ni siquiera puedo nadar, y aunque la música variaba el baile era siempre lo mismo, mover las cabezas y las piernas y los traseros y los brazos, y si desde fuera todo lucía más bien ridículo, por dentro cundía una magia blanca, la seria diversión del rito muy esperado, una de las tantas caras del goce de vivir.

17/4/19

Ampliar el suelo de la jaula

Por Noam Chomsky
El anarquismo es célebre por oponerse al Estado, al mismo tiempo que aboga por «una administración planificada en interés de la comunidad», en palabras de Rocker; y, aparte de eso, por amplias federaciones de comunidades y lugares de trabajos dotados de autogobierno. En el mundo real actual, los anarquistas centrados en esos objetivos apoyan a menudo al poder del Estado para proteger a las personas, a la sociedad y a la tierra de los estragos de la concentración del capital en manos privadas. Pensemos, por ejemplo, en un respetado periódico anarquista como Freedom, creado como un periódico del socialismo anarquista por los seguidores de Kropotkin en 1886. Al abrir sus páginas, vemos que muchas de ellas están dedicadas a defender esos derechos, a menudo invocando al poder del Estado, como la regulación de la seguridad y la protección sanitaria y medioambiental.
Aquí no hay ninguna contradicción. Las personas viven, sufren y resisten en el mundo real de la sociedad existente, y cualquier persona digna debería ser partidaria de emplear todos los medios a su alcance para salvaguardarlos y beneficiarse de ellos, aun cuando el objetivo a largo plazo sea dejar de lado estos recursos y crear alternativas preferibles. Al tratar estos temas, a veces he tomado prestada una imagen utilizada por el movimiento de trabajadores rurales brasileños. Hablan de ampliar el suelo de la jaula, la jaula de las instituciones coercitivas existentes que pueden ampliarse mediante la lucha popular, como ha sucedido efectivamente a lo largo de muchos años. Y podemos ampliar la imagen y pensar en la jaula de las instituciones del Estado coercitivo como una protección frente a las bestias salvajes que merodean por el exterior, las instituciones capitalistas depredadoras apoyadas por el Estado y entregadas, en principio, a la vil máxima de los amos, el beneficio privado, el poder y la dominación, con el interés de la comunidad y sus miembros como algo secundario en el mejor de los casos, tal vez apreciado de manera retórica, pero descartado en la práctica por principio e incluso por ley.
Fuente: Chomsky, N. (2016), ¿Qué clase de criaturas somos?, Planeta, Barcelona.

10/4/19

Bob Marley

Por Eduardo Galeano
Imagen tomada de https://bit.ly/2IIn2ek
Bob Marley nació en el pobrerío, y grabó sus primeras músicas durmiendo en el suelo del estudio.
Y en pocos años se hizo rico y famoso y durmió en lecho de plumas, abrazado a Miss Mundo, y fue adorado por las multitudes.
Pero nunca olvidó que él no era solamente él.
Por su voz cantaba el sonoro silencio de los tiempos pasados, la fiesta y la furia de los esclavos guerreros que durante dos siglos habían vuelto locos a sus amos en las montañas de Jamaica.
Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

3/4/19

La regeneración moral de los individuos

Por Bertrand Russell
En la vida diaria de la mayoría de hombres y mujeres, el miedo desempeña un papel más importante que la esperanza. La idea de que otros puedan arrebatarles sus posesiones está más presente que la del goce que ellos mismos podrían causar en su existencia o la de aquellos con quienes la comparten.
No es así como debería sentirse la vida.
A aquellos cuyas vidas resultan beneficiosas para sí mismos, para sus amigos o para el mundo les inspira la esperanza y les sustenta la alegría. Imaginan las cosas como podrían ser y llevarse a cabo. En sus relaciones personales, no les provoca ansiedad el temor a perder el afecto o el respeto que reciben, sino que se preocupan de darlo sin buscar nada a cambio y en esto consiste su recompensa. En su trabajo, no les causa envidia la competencia sino que se interesan por sus propios asuntos. Y, en la política, no pierden tiempo ni energía defendiendo los injustos privilegios de la clase o nación a que pertenecen, sino que aspiran en general a un mundo más feliz, menos cruel, con menos conflictos derivados de la codicia y con más seres humanos libres de cualquier opresión que impida su crecimiento.
Una vida regida por este espíritu –que busca crear más que poseer– disfruta de una felicidad elemental que la adversidad no puede sustraer por entero. Ésta es la vida que recomiendan los Evangelios y todos los grandes maestros. Quienes la han hallado, se han liberado de la tiranía del miedo puesto que lo que más valoran en sus vidas no está a merced de ningún poder externo. Si todos los hombres tuvieran el coraje de concebir así la existencia pese a los obstáculos y el desaliento, no habría necesidad, para empezar, de que ninguna reforma política y económica regenerase el mundo. Todos los cambios surgirían automáticamente, sin oponer resistencia, de la regeneración moral de los individuos. No obstante, aunque la doctrina de Cristo ha sido asimilada formalmente por el mundo desde hace muchos siglos, aquellos que la siguen todavía continúan siendo perseguidos como lo fueron en la época de Constantino. La experiencia ha demostrado que muy pocas personas logran ver, más allá de los males aparentes de una vida de paria, la felicidad interior que proviene de la fe y la esperanza creadora. Para superar la tiranía del miedo, no basta con predicar el valor y la indiferencia hacia la adversidad, como cree la mayoría de los hombres, sino que hay que acabar con las causas del miedo, hacer posible una buena vida en todos los sentidos y disminuir el posible daño infligido a quienes no puedan defenderse.
Fuente: Russell, B. (1918), Caminos de libertad, Tecnos, Madrid.

27/3/19

Marco Aurelio

Por Jesús Mosterín
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Marco Aurelio predicaba el amor universal, incluso a los que yerran y a los que nos odian. Nosotros no debemos odiar a nadie, ni siquiera a quien trata de matarnos. En definitiva quien hace el mal a otro solo se perjudica a sí mismo, pues es él mismo quien se hace malo. Marco Aurelio, como emperador, procuró proteger a los esclavos, a los huérfanos, a los débiles todos. Fue un juez justo, pero indulgente, un buen administrador y un defensor esforzado de las fronteras del Imperio. Él cumplía con lo que consideraba su deber, sin ilusiones, pero sin desfallecimientos. Y en las noches frías de la desorientación y el desánimo, en la tienda de campaña militar, a la luz de un candil, pergeñaba reflexiones estoicas para sí mismo, para ayudarse a vivir. Él fue el último emperador realmente grande de Roma y el último gran filósofo estoico.
Mosterín, J. (2007), Roma, Alianza Editorial, Madrid.