No sé nadar ni sé bailar ni sé cantar ni sé decir
malas palabras ni sé tomar el alcohol que no sea el de los brindis. Pronuncio
la ere como si fuese doble ere cuando está en medio de palabras como hojarasca
o rural, y no puedo leer en voz alta con claridad porque no sé respirar
correctamente. Casi no puedo soportar la presencia de personas que no sean mis
familiares más cercanos. Esta timidez debe ser en parte heredada porque mis
hermanos también la padecen, pero la mía se retroalimenta con mi fealdad. Soy flaco
y no engordo aunque me coma un elefante y haga mucho ejercicio. Mi piel está
reseca o grasosa, nunca tersa. Suelo andar encorvado y ningún peinado me va
bien. Por suerte mi mente no es tan débil como mi cuerpo. Intento ser razonable
y puedo vivir sin el auxilio de la fe religiosa. Soy compasivo y suelo
justificar el mal que causan los débiles. Creo en la democracia radical. Me
interesa mucho saber qué es lo que la gente realmente cree/siente/piensa y
acepto el dictamen de la mayoría aunque me parezca equivocado, salvo cuando
desborda el sentido común. Una mayoría no puede optar por torturar o asesinar,
pero sí puede optar por la independencia de una región o por no reducir la
jornada laboral. Me ha costado aprender a soportar el cuerpo y la mente que me
tocaron, pero pasados los treinta años estoy al fin dejando atrás la
adolescencia y empiezo a aceptar mi destino.
Lo más leído la última semana
29/8/19
22/8/19
¿Qué haces?
Por Philip Roth
Imagen tomada de https://bit.ly/2G5oF2y
No importa cuánto sepas, no importa cuánto
pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del
sexo. Es un juego muy arriesgado. Uno no tendría dos tercios de los problemas
que tiene si no corriera el albur de la jodienda. El sexo es lo que desordena
nuestras vidas normalmente ordenadas. Lo sé tan bien como cualquiera. Hasta el
último resto de vanidad volverá para burlarse de ti. Lee el Don Juan de Byron. No obstante, ¿qué
haces si tienes sesenta y dos años y crees que nunca podrás aspirar de nuevo a
algo tan perfecto? ¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y el impulso de
apropiarte de lo que aún puede ser tuyo es irresistible? ¿Qué haces si tienes
sesenta y dos años y te das cuenta de que todos esos órganos invisibles hasta
ahora (riñones, pulmones, venas, arterias, cerebro, intestinos, próstata,
corazón) están a punto de empezar a hacerse penosamente evidentes, mientras que
el órgano más sobresaliente durante toda tu vida está condenado a reducirse hasta
la insignificancia?
Fuente: Roth, P. (2001), El animal moribundo, Random House
Mondadori, Barcelona.
15/8/19
Maimónides
Por Jesús Mosterín
Imagen tomada de https://bit.ly/2NTzLxx
Maimónides estructuró y pulió la doctrina
judaica, tratando de hacerla coherente y compatible con la razón humana. Fue él
quien eliminó el antropomorfismo y animismo de la concepción tradicional de
Dios, sustituyéndola por la noción filosófica de una entidad incorpórea e
inmutable. Reemplazó al Dios de los patriarcas por el Dios de los filósofos,
aunque atribuyendo al segundo lo que se había escrito del primero, a base de una
reinterpretación drástica de los textos. Fue Maimónides quien depuró la moral
bíblica, dotándola de una base ética de la que carecía. Y fue él quien
armonizó, aunque fuera de modo inestable, razón y fe, a base de mantener la
letra de todas las afirmaciones de la Torá
e incluso del Talmud, al tiempo que
cambiaba su significado, mediante una reinterpretación filosófica radical. Y
todo esto lo hizo con una rara mezcla de prudencia y audacia, ganándose a la
vez el respeto de los «racionalistas» y de los ortodoxos.
Fuente: Mosterín, J. (2006), Los judíos, Alianza Editorial, Madrid.
8/8/19
Cuba, Costa Rica y el camino seguro
La mayoría de gobiernos pasan por la
historia sin abollarla significativamente, pero los pocos que llevan a cabo
reformas importantes y enrumban a los países por sendas distintas, suelen tener
una influencia histórica abrumadora, para bien o para mal. Los gobiernos de José
Figueres en Costa Rica y de Fidel Castro en Cuba pertenecen a la categoría de
gobiernos históricos. Ambos gobiernos tenían un plan para que su nación salga
del subdesarrollo. Ambos dependían de la reacción de Estados Unidos, que suele
oponerse al desarrollo independiente de otras naciones. Y sin embargo ambos
representan, hasta cierto punto, un desafío exitoso a la ambición imperial. Cuba
sobrevivió al terrorismo patrocinado por Estados Unidos, a su bloqueo económico
y a la caída de la Unión Soviética, cuyo apoyo había disuadido a Estados Unidos
de una invasión militar directa a la isla. En medio de esas adversidades, fue capaz
de alcanzar logros en educación y salud, pero la economía no mejoró en igual
medida y la pobreza sigue azotando a muchos cubanos, que padecen además una
asfixiante falta de libertad.
A Costa Rica le fue
mejor. En 1948 José Figueres dio un golpe de estado que elevó al poder a la
clase media rural. Su gobierno adoptó medidas socialdemócratas de bienestar, eliminó
las fuerzas armadas y reprimió severamente al movimiento obrero. En este caso
particular, Estados Unidos, acostumbrado a dar la espalda a los reformistas,
tuvo que apoyar a Figueres para no apoyar a los comunistas. Aunque posteriormente
Costa Rica sucumbió a la ortodoxia neoliberal dominante, todavía saborea los
progresos comenzados en los años de Figures, todavía es el país centroamericano
con menos pobreza.
En estos primeros años
del siglo veintiuno varios países latinoamericanos, sobre todo sudamericanos, han
tenido gobiernos con afán reformista, logrando desmarcarse hasta cierto punto de
la ortodoxia neoliberal. Llegaron al poder por los votos y no luego de un periodo
de violencia armada como en los casos de Cuba y Costa Rica, pero sucumbieron a
la corrupción y a la mala idea de apostar por la exportación de materia prima
como fuente primordial de riqueza. Las mismas personas que los votaron ahora
apoyan a los partidos rivales, abiertamente neoliberales: los que reducen aun más
la capacidad del Estado para aumentar el bienestar ciudadano.
La pobreza de gran parte
de latinoamericanos y el malestar de su clase media claman por más reformas de
corte socialdemócrata, las que funcionaron en Costa Rica y en las zonas más
desarrolladas del mundo. Ese es el camino seguro. Solo falta que los ciudadanos
asimilen esa lección histórica y elijan mejor a la hora de votar.
1/8/19
El brillo de su estrella
Por Bertrand Russell
Imagen tomada de https://bit.ly/2Ihbpds
Un acontecimiento de importancia para mí
en 1913 fue el comienzo de mi amistad con Joseph Conrad, que debí a nuestra
común amistad con Ottoline. Durante muchos años había sido un admirador de mis
libros, pero no me habría aventurado a buscar un conocimiento personal con él
sin que mediase una presentación. Fui a su casa, cerca de Ashford, en Kent, en
un estado de cierta expectación ansiosa. Mi primera impresión fue de sorpresa.
Hablaba el inglés con un fuerte acento extranjero, y nada en su porte sugería
en modo alguno el mar. Era un aristocrático caballero polaco de pies a cabeza.
Sus sentimientos hacia el mar y hacia Inglaterra eran los de un amor romántico,
amor desde cierta distancia, suficiente para no empañar el romanticismo. Su
amor por el mar se despertó en edad muy temprana. Cuando dijo a sus padres que
deseaba seguir la carrera de marino, ellos le premiaron para que ingresase en
la Marina austríaca, pero él ansiaba aventuras y mares tropicales y extraños
ríos rodeados de oscuras selvas, y la Marina austríaca no le ofrecía campo para
satisfacer sus deseos. Su familia se horrorizó al saber que pretendía hacer
carrera en la Marina mercante inglesa, pero su determinación era inflexible.
Como puede ver cualquiera
a través de sus libros, era un rígido moralista, y en modo alguno simpatizaba
políticamente con los revolucionarios. En la mayoría de las cuestiones,
nuestras opiniones no concordaban en absoluto, pero en algo muy fundamental
estábamos plenamente de acuerdo.
Mis relaciones con Joseph
Conrad no se parecieron en nada a ninguna de las relaciones que he tenido
jamás. Le vi raras veces, y no durante un largo período de años. En las
fortificaciones exteriores de nuestras respectivas existencias éramos casi
extraños, pero compartíamos cierta concepción de la vida y del destino humanos
que, desde el primer instante, anudó entre nosotros un lazo extremadamente
fuerte. Quizá se me perdone el que cite una frase suya extraída de una carta
que me escribió a raíz de habernos conocido. Consideraría que la modestia
prohíbe su reproducción si no fuese por el hecho de que expresa con tanta
exactitud lo que yo mismo sentía por él. Lo que él expresó y yo sentía
igualmente fue, utilizando sus propias palabras, «un profundo afecto lleno de
admiración, que, si nunca más volviese usted a verme y se olvidase de mi
existencia mañana mismo, seguiría siendo inalterablemente suyo usque ad finem».
De todo cuanto había
escrito, lo que yo más admiraba era la terrible historia titulada The Heart of Darkness, en la que un
idealista un tanto débil es empujado hasta la locura por el horror de la selva
tropical y la soledad entre salvajes. Creo que esa narración es la que expresa
de manera más completa su filosofía de la vida. Pienso, aunque no sé si él
hubiera admitido semejante imagen, que consideraba la vida humana civilizada y
moralmente tolerable como un peligroso paseo sobre una tenue corteza de lava
apenas enfriada, que en cualquier instante podía romperse y hacer que el
incauto se hundiese en un abismo de fuego. Tenía perfecta conciencia de las
diversas formas de apasionada demencia a que se sienten inclinados los hombres,
y era esto lo que le daba una creencia tan profunda en la importancia de la
disciplina. Quizá pudiera decirse que su punto de vista era la antítesis del de
Rousseau: «El hombre nace aherrojado, pero puede llegar a liberarse». Y se
libera, así creo que lo hubiera dicho Conrad, no dando libre curso a sus
impulsos, no mostrándose casual e incontrolado, sino sometiendo el impulso
descarriado a un propósito dominante.
No estaba muy interesado
en los sistemas políticos, aunque abrigaba algunos sentimientos políticos muy
arraigados. El más arraigado de ellos era su amor a Inglaterra y su odio a
Rusia, ambos de los cuales están expresados en The Secret Agent; mientras que su odio a Rusia, tanto la zarista
como la revolucionaria, se manifiesta con gran fuerza en Under Western Eyes. Su antipatía contra Rusia era la tradicional en
Polonia. Iba tan lejos, que no concedía mérito ni a Tolstoi ni a Dostoievsky.
Una vez me dijo que Turgueniev era el único novelista ruso a quien admiraba.
Salvo por su amor a
Inglaterra y su odio a Rusia, la política no le interesaba mucho. Lo que le
interesaba era el alma humana individual enfrentada con la indiferencia de la
naturaleza y, a menudo, con la hostilidad del hombre y sujeta a luchas
internas, con pasiones buenas y malas que conducían a la destrucción. Las
tragedias de la soledad ocupaban gran parte de su pensamiento y sus
sentimientos. Una de sus narraciones más típicas es Typhoon. En este relato, el capitán, que es un alma sencilla, salva
su barco merced a un valor indecible y una férrea resolución. Una vez pasada la
tempestad, escribe una larga carta a su esposa, contándole lo sucedido. En su
relato, su propia participación es perfectamente simple. Se ha limitado a
cumplir su deber de capitán, como, naturalmente, era de esperar. Pero el
lector, a través de su narración, adquiere conciencia de todo cuanto ha hecho y
osado y soportado. La carta, antes que el capitán la envíe, es leída
subrepticiamente por su camarero, pero nunca la lee nadie más, ya que su mujer
la encuentra aburrida y la arroja sin leerla.
Las dos cosas que parecen
ocupar fundamentalmente la imaginación de Conrad son la soledad y el temor a
todo lo extraño. An Outcast of the
Islands, como The Heart of Darkness,
se ocupa del temor por lo que es extraño. Ambos sentimientos se unen en la
extraordinariamente conmovedora historia titulada Amy Foster. En esta narración, un campesino eslavo meridional,
camino de América, resulta el único superviviente del naufragio del barco en
que iba, yendo a parar a una aldea de Kent. Todo el pueblo le teme y le
maltrata, excepto Amy Foster, una muchacha fea y obtusa, que le lleva pan
cuando está hambriento y termina por
casarse con él, pero también ella, cuando su marido, presa de la fiebre, vuelve
a su lenguaje nativo, se siente sobrecogida de temor, arrebata a su hijo y
abandona a su marido. Éste muere solo y desesperado. Me he preguntado a veces cuánto
de la soledad de este hombre sentiría Conrad entre los ingleses y reprimiría
mediante un severo esfuerzo de voluntad.
El punto de vista de
Conrad estaba lejos de ser moderno. En el mundo moderno, hay dos filosofías: la
que nace de Rousseau y aparta la disciplina por innecesaria, y la que halla su
expresión más plena en el totalitarismo, que piensa en la disciplina como esencialmente
impuesta desde fuera. Conrad se adhería a la tradición más antigua, según la
cual la disciplina debe proceder de dentro. Despreciaba la indisciplina y
detestaba la disciplina meramente externa. Vi que coincidía plenamente con él
en todo esto. En nuestra primera entrevista charlamos con una intimidad
continuamente creciente. Parecía como si ambos atravesásemos una capa tras otra
de lo que era superficial, hasta que los dos llegamos gradualmente al fuego central.
Fue una experiencia como ninguna de las que jamás he conocido. Nos mirábamos a
los ojos, medio espantados y medio embriagados al hallarnos juntos en semejante
región. La emoción era tan intensa como la de un amor apasionado, y, al mismo
tiempo, lo abarcaba todo. Salí de allí aturdido y apenas pude orientarme en los
asuntos ordinarios.
No vi a Conrad durante la
guerra ni después de ella, hasta mi regreso de China en 1921. Cuando nació mi
primer hijo en ese año, quise que Conrad fuese su padrino en la medida en que
podía serlo sin una ceremonia formal. Escribí a Conrad, diciendo: «Con su permiso,
desearía llamar a mi hijo John y mi bisabuelo se llamó John, y Conrad es un
nombre en el que veo méritos». Aceptó la situación y ofreció a mi hijo la copa
que es usual en tales ocasiones.
No le vi mucho, pues la
mayor parte del año yo vivía en Cornwall, y él no gozaba de óptima salud. Pero
recibí varias cartas deliciosas suyas, en especial una acerca de mi libro sobre
China. Decía: «Siempre me han agradado los chinos, incluso aquellos que
trataron de matarme (y a otras personas también) en el patio de una casa
particular en Chantabun, incluso (aunque no tanto) el sujeto que me robó todo
el dinero una noche en Bangkok, pero que cepilló y dobló cuidadosamente mis
ropas para que me vistiese por la mañana, antes de desvanecerse en las
profundidades de Siam. También recibí numerosas atenciones por parte de
diversos chinos. Esto, con el aditamento de una conversación vespertina con el
secretario de Su Excelencia Tseng en la veranda de un hotel y el estudio
superficial de un poema titulado "The Heathen Chinee", es todo cuanto
sé de los chinos. Pero después de leer su interesantísimo punto de vista sobre
el problema chino, la visión que se me ofrece del futuro de aquel país es muy
sombría». Decía luego que mis concepciones sobre el futuro de China «meten un
escalofrío en el alma», tanto más, decía, cuanto que yo cifraba mis esperanzas
en el socialismo internacional. «Precisamente –comentaba– aquello a lo que no
puedo adscribir ninguna clase de significado concreto. Jamás he hallado en un
libro de un hombre ni en la conversación de un hombre nada suficientemente
convincente para alzarse por un instante contra mi arraigado sentido de la fatalidad
que gobierna a este mundo habitado por el hombre.» Seguía diciendo que, aunque
el hombre ha conseguido volar, «no lo hace como un águila, sino como un
escarabajo; y seguramente ha observado usted cuán feo, ridículo y fatuo es el
vuelo de un escarabajo». Tuve la impresión de que, en aquellas pesimistas
observaciones suyas, mostraba una sabiduría más profunda que la que manifestara
yo en mis esperanzas un tanto artificiales de un feliz desenlace en China. Debo
decir que, hasta ahora, los acontecimientos le han dado la razón.
Esta carta fue mi último
contacto con él. Nunca más hablé con él. En cierta ocasión, le vi al otro lado
de la calle, enfrascado en una seria conversación con un hombre a quien yo
conocía, en pie junto a la puerta de la que fuera casa de mi abuela y que,
después de su muerte, se había convertido en el Arts Club. No me seducía la
idea de interrumpir lo que parecía una grave conversación, y me marché. Cuando,
poco después, murió, lamenté no haber sido más audaz. La casa ha desaparecido,
demolida por Hitler. Supongo que Conrad está en vías de ser olvidado, pero su
intensa y apasionada nobleza brilla en mi memoria como una estrella vista desde
el fondo de un pozo. ¡Ojalá pudiera hacer que su luz brillase para otros como
brilló para mí!
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.
25/7/19
El primero
Por Carl Sagan
Imagen tomada de https://bit.ly/2Phttot
El microscopio y el telescopio,
desarrollados ambos en Holanda, a principios del siglo diecisiete, representan
una ampliación de las perspectivas humanas hacia los reinos de lo muy pequeño y
de lo muy grande. Nuestras observaciones de los átomos y de las galaxias
comenzaron en esa época y en ese lugar. Christiaan Huygens disfrutaba
desbastando y puliendo las lentes de telescopios astronómicos, y construyó uno
de cinco metros de longitud. Sus descubrimientos con el telescopio bastarían
para asegurarle un lugar en la historia de los logros humanos. Fue la primera
persona que, siguiendo las huellas de Eratóstenes, midió el tamaño de otro
planeta. Fue también el primero en conjeturar que Venus está cubierto totalmente
de nubes; el primero en dibujar un accidente de la superficie de Marte (una
gran ladera oscura azotada por el viento llamada Syrtis Major); y fue el
primero que, al observar la aparición y desaparición de tales rasgos mientras
el planeta giraba, determinó que el día marciano tenía, como el nuestro, una
duración de unas veinticuatro horas. Fue el primero en reconocer que Saturno
está rodeado por un sistema de anillos que no tocan en ningún punto al planeta.
Y fue el descubridor de Titán, la mayor luna de Saturno y, como sabemos ahora,
la luna mayor del sistema solar; un mundo de extraordinario interés y porvenir.
Realizó la mayoría de estos descubrimientos antes de los treinta años. También
pensaba que la astrología era una tontería.
Fuente: Sagan, C. (1980), Cosmos, Planeta, Barcelona.
18/7/19
La libertad y las corridas de toros
Por Jesús Mosterín
La libertad que han propugnado los
pensadores liberales es la de las transacciones voluntarias entre seres humanos
adultos (consenting adults): dos
adultos pueden interaccionar entre ellos como quieran, mientras la interacción
sea voluntaria por ambas partes y no agreda a terceros. Ni la Iglesia ni el
Estado ni la familia ni ninguna otra instancia pueden interferirse en dichas
transacciones voluntarias. Esto se aplica tanto a la libertad política como a
la comercial, la religiosa, la lingüística, la sexual y a cualquier otra.
Ningún liberal ha defendido que la libertad sea una patente de corso para
maltratar y torturar a criaturas indefensas. La libertad sexual no incluye la
violación ni la pederastia; la libertad política tampoco incluye el sacar los
ojos a pájaros o a prisioneros, ni el torturar sin necesidad a pacíficos
rumiantes.
De hecho, los países que
más han contribuido a desarrollar la idea de libertad, como Inglaterra, han
sido los primeros que han abolido los encierros y las corridas de toros. En
ningún país con tradición liberal se hecho de la crueldad y la tortura pública
un espectáculo festivo. Ya los antiguos atenienses, fundadores de la
democracia, se mantuvieron al margen de los espectáculos sangrientos de la plebe
romana. Curiosamente, y es un síntoma de nuestro atraso, la misma discusión que
estamos teniendo ahora en España, Colombia, México y Perú, ya se tuvo en Gran
Bretaña hace doscientos años. Y ya entonces, los padres del liberalismo tomaron
partido inequívoco contra la crueldad. La libertad no solo es compatible, sino
que exige y siempre va acompañada de la prohibición de violencias y crueldades
de todo tipo.
Imagen tomada de https://bit.ly/2XAiIB0
Soy partidario de la
máxima libertad en todas las interacciones voluntarias entre ciudadanos. Soy
contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos. Pero es que
las corridas de toros son un caso extremo. Los amigos de la libertad tenemos
que acabar con la cultura de la sangre, la violencia y la crueldad, y postular
una cultura de la inteligencia, la serenidad y la compasión, más favorable al
florecimiento de la libertad. Ya se ha logrado la abolición de la tauromaquia
en Canarias y en Cataluña, en la mayoría de los países latinoamericanos y en
casi todos los países del mundo. El debate se traslada ahora al resto de España
y al par de países donde todavía perduran similares bolsas de crueldad. No
sabemos cuándo acabará esta discusión, pero sí cómo acabará. A la larga, la
crueldad es indefendible. Todos los buenos argumentos y todos los buenos
sentimientos apuntan al triunfo de la compasión.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza
Editorial, Madrid.
11/7/19
El ser humano no está hecho para comprar melones
Por Philip Roth
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–No sabe ni comprar un melón –me dijo por
teléfono una mañana, muy disgustado; y como se daba la circunstancia de que ya
estaba harto de oírle hablar de las cosas que Lil era incapaz de hacer, le
contesté:
–Mira, los melones son dificilísimos de
comprar. Quizá lo más difícil de comprar que hay, si te paras a pensarlo. No
pasa como con las manzanas, no hay modo de saber lo que tienen por dentro. A mí
me cuesta menos trabajo comprar un coche que un melón. Una casa, que un melón.
Si una de cada diez veces salgo de la tienda con un buen melón en las manos, me
doy con un canto en los dientes. Lo huelo de cerca y de menos cerca, lo aprieto
por las dos puntas con el dedo gordo, agarro otro, lo huelo, lo aprieto por las
puntas... Así hasta ocho o diez melones, antes de decidirme por uno de ellos, y
luego me lo llevo a casa y lo abro para la cena y resulta que no sabe a nada y
que está duro como una piedra. Qué quieres que te diga: todos nos equivocamos
con los melones. El ser humano no está hecho para comprar melones... Hazme un
favor, Herm, deja de darle la lata a la pobre mujer, porque no es ella la única
que compra melones asquerosos: es un fallo humano. La estás acosando por algo
que ni siquiera una de cada cien personas hace bien, y eso por casualidad, la
mitad de las veces, para colmo.
–Bueno –dijo, desconcertado ante la
seriedad de mi tono–, el melón es lo de menos...
Fuente: Roth, P. (1991), Patrimonio, Random House, Barcelona.
4/7/19
La historia del checoslovaco
Por Albert Camus
Imagen tomada de https://bit.ly/2wE7IXd
Puedo decir que, en los últimos meses,
dormía de dieciséis a dieciocho horas diarias. Me quedaban así seis horas que
matar con las comidas, las necesidades naturales, mis recuerdos y la historia
del checoslovaco.
Entre mi colchoneta y la
tabla de la cama, había encontrado, en efecto, un viejo pedazo de periódico
casi pegado a la tela, amarillento y transparente. Relataba un suceso cuyo
comienzo faltaba, pero que debía de haber acontecido en Checoslovaquia. Un
hombre había salido de una aldea checa para hacer fortuna. Al cabo de
veinticinco años, había regresado, rico, con una mujer y un niño. Su madre
regentaba un hotel con su hermana en la aldea natal. Para darles una sorpresa,
dejó a su mujer y a su hijo en otro alojamiento y fue al hotel de su madre, que
no lo reconoció cuando entró. Por broma, tomó una habitación. Había dejado ver
su dinero. Durante la noche, su madre y su hermana lo asesinaron a martillazos
para robarle y arrojaron su cuerpo al río. Por la mañana vino la mujer y reveló
sin darse cuenta la identidad del viajero. La madre se ahorcó. La hermana se
arrojó a un pozo. Debí de leer esta historia miles de veces. Por una parte, era
inverosímil. Por otra, era natural. Me parecía, de todos modos, que el viajero
lo había merecido un poco y que nunca se debe jugar.
Fuente: Camus, A. (1942), El extranjero, Alianza Editorial, Madrid.
27/6/19
Los ocho conductos
Por Roberto Bolaño
Imagen tomada de https://bit.ly/2MynjTd
Según el forense, Mónica había sido
violada anal y vaginalmente, aunque también le encontraron restos de semen en
la garganta, lo que contribuyó a que se hablara en los círculos policiales de
una violación «por los tres conductos». Hubo un policía, sin embargo, que dijo
que una violación completa era la que se hacía por los cinco conductos.
Preguntado sobre cuáles eran los otros dos, contestó que las orejas. Otro
policía dijo que él había oído hablar de un tipo de Sinaloa que violaba por los
siete conductos. Es decir, por los cinco conocidos, más los ojos. Y otro
policía dijo que él había oído hablar de un tipo del DF que violaba por los
ocho conductos, que eran los siete ya mencionados, digamos los siete clásicos,
más el ombligo, al que el tipo del DF practicaba una incisión no muy grande con
su cuchillo y luego metía allí su verga, aunque, claro, para hacer eso había
que estar muy taras bulba. Lo cierto es que la violación «por los tres
conductos» se extendió, se popularizó en la policía de Santa Teresa, adquirió
un prestigio semioficial que en ocasiones se vio reflejado en los informes
redactados por los policías, en los interrogatorios, en las charlas off the
record con la prensa.
Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama, Barcelona.
20/6/19
No hay otros ojos
Por Jesús Mosterín
Todos los animales navegamos por el
espacio de la nave Tierra, compañeros todos de viaje, de fatigas y emociones;
linaje bendecido y abrumado por nuestra capacidad compartida de sentir, gozar y
sufrir. No hay otros compañeros. No hay otros seres a los que mirar a los ojos.
No hay otros ojos. Animales entre animales, gozosamente aceptamos nuestra vida
y nuestra animalidad. Solo los animales padecemos; por eso solo los animales
podemos ser compadecidos. La emoción moral de la compasión es el foco de la
ética de la compasión. Compadecemos a las víctimas de las guerras; por eso buscamos
la paz. Compadecemos a las criaturas que sufren innecesariamente; por eso
estamos en contra de la crueldad y tratamos de abolir los peores abusos y
maltratos contra hombres, mujeres y niños y contra animales domésticos y
salvajes. No nos autoengañemos. No nos forjemos consuelos ilusorios. No
renunciemos a descubrir ni a entender. Que nuestra curiosidad y nuestra
simpatía se extiendan por doquier. No reprimamos nuestro afecto por las
criaturas. No pongamos límites a nuestra ansia de conocer, ni diques a nuestra
ansia de amar. No convirtamos en un infierno la vida de los animales bajo
nuestra custodia. No masacremos a los animales salvajes. Fomentemos el conocimiento,
la sensibilidad y la compasión. Compadezcámonos de todos los que sufren, sin
prejuicios, grupismos ni fronteras. Trabajemos por el triunfo de la compasión.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial,
Madrid.
13/6/19
Bueno o malo
Se dice que la mayoría de ecuatorianos
somos buenos o somos honestos, pero a mí me parece que la verdad es la contraria,
la mayoría es mala, la mayoría es falsa. Supongo que tamaña divergencia de
opiniones se debe a que la mayoría se juzga en relación al individuo promedio,
mientras que yo juzgo en relación a un individuo modelo, a Buda por ejemplo. Al
lado de Buda todos somos malos. No es difícil mostrar que la mayoría es mala. En
mi entorno familiar es evidente la maldad, y no creo que se trate de una
familia anómala. Mi papá es malo porque no piensa en los pobres, y aun cuando
acepta que la situación del pobre es dura, no cree que debamos hacer nada para
ayudarlo. A mi mamá sí le dan lástima los pobres y hasta los ayuda
caritativamente, pero también es mala porque destroza con insultos al pobre que
la engaña. (Los vecinos no tienen opinión de papá, pero de mamá suelen decir
que es una gran persona. Eso pasa porque sólo conocen su lado amable. No saben
de su hipocresía, de sus puñaladas traperas.) Casi todos están de acuerdo en
que mi hermana es buena, pero yo sé que es mala porque un día se burló de mi
debilidad. Mi cuñado también es malo, pues a los feos les dice feos y a los
tontos les dice tontos. Mi tío es sin ninguna duda el peor de la familia, el
más mentiroso, el peor padre, el peor esposo. (¡Y más de una mujer lo adora!) Yo
soy el menos malo de la familia. Yo sí pienso en los pobres y no me importa que
me engañen porque sé que no tuvieron las oportunidades que yo tuve, y no me
burlo de los débiles, y no les digo feos a los feos ni tontos a los tontos, y
miento poco. Pero así como mis familiares no se dan cuenta de sus fallos,
tampoco notan mis virtudes. Son malos pero no saben que son malos, y como no
reconocen su maldad, tampoco entienden mi bondad.
6/6/19
He vivido en pos de una ilusión
Por Bertrand Russell*
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía , Edhasa, Barcelona .
Desde mi infancia, he dedicado el lado
serio de mi vida a dos intereses diferentes que durante mucho tiempo
permanecieron separados y que sólo en los últimos años se han unido en un todo.
Por una parte, quería saber si es posible el conocimiento; por otra, quería
hacer todo lo que estuviera a mi alcance para crear un mundo más feliz. Hasta
la edad de treinta y ocho años, dediqué casi todas mis energías a la primera de
estas tareas. El escepticismo me inquietaba y me vi forzado, contra mi
voluntad, a sacar la conclusión de que casi todo lo que se considera
conocimiento está expuesto a la duda razonable. Necesitaba la certeza del mismo
modo que la gente necesita la fe religiosa. Pensaba que era más probable
encontrar la certeza en la matemática que en cualquier otra cosa, pero descubrí
que muchas demostraciones matemáticas, que mis maestros pretendían que
aceptara, estaban plenas de falacias, y que si efectivamente era posible
encontrar la certeza en la matemática, se trataría un nuevo tipo de matemática
basada en fundamentos más sólidos que los que se consideraban inamovibles hasta
ese momento. Pero a medida que avanzaba en mi trabajo, recordaba constantemente
la fábula del elefante y la tortuga. Una vez construido un elefante sobre el
cual se podía apoyar el mundo matemático, me di cuenta de que el elefante
tambaleaba y tuve que construirle una tortuga para que no cayera. Pero la
tortuga no resultó más segura que el elefante, y después de veinte años de muy
arduos esfuerzos, llegué a la conclusión de que yo no podía hacer nada más para conseguir que el conocimiento
matemático fuera indudable. Entonces llegó la primera guerra mundial y mis
pensamientos se concentraron en la locura y la miseria humanas.
Creo que ninguna de las
dos es parte intrínseco e inevitable del ser humano, y estoy convencido de que
la inteligencia, la paciencia y la elocuencia pueden, tarde o temprano, alejar
al género humano de las torturas que se ha impuesto, siempre que en el ínterin
no se extermine a sí mismo.
Basándome en esta
convicción, he mantenido siempre un grado de optimismo, aunque con la edad éste
se ha vuelto más sobrio y me hace ver más lejana la conclusión feliz. Pero sigo
siendo totalmente incapaz de estar de acuerdo con aquellos que aceptan con
fatalismo la creencia de que el hombre ha nacido para sufrir. No es difícil
determinar las causas de infelicidad del pasado ni del presente. Debido a que
el hombre no dominaba la naturaleza, ha existido la pobreza, la pestilencia y
el hambre. Debido a la hostilidad de unos hombres contra otros hombres, ha
habido guerras, opresiones y torturas. Y oscuras creencias han alimentado
morbosos sufrimientos y han conducido al hombre a profundos conflictos internos
que han vuelto vana toda la prosperidad exterior. Todo esto no era necesario, y
para todos estos padecimientos se conocen medios con que poder superarlos. En
el mundo moderno, los pueblos son infelices porque con frecuencia ignoran
muchas cosas y mantienen costumbres, creencias y pasiones a las que valoran más
que la felicidad e incluso la vida. He visto a muchas personas, en esta época
nuestra tan peligrosa, que parecen enamoradas del sufrimiento y de la muerte, y
que se enfadan cuando se les sugiere la esperanza. Piensan que la esperanza es
irracional y que, instaladas en su cómoda desesperanza, simplemente confrontan
la realidad. Yo no estoy de acuerdo con ellas. Conservar la esperanza en este
mundo requiere nuestra inteligencia y nuestra energía. Quienes desesperan, con
frecuencia es porque carecen de energías.
He vivido la segunda
mitad de mi vida en una de esas dolorosas épocas de la historia humana durante
las cuales el mundo empeora; las victorias que parecía definitivas terminaron
siendo transitorias. Cuando era joven, el optimismo victoriano se daba por
sentado. Me enseñaron que la libertad y la prosperidad se extenderían
paulatinamente por el mundo de acuerdo con un proceso ordenado, y se esperaba
que la crueldad, la tiranía y la injusticia irían disminuyendo sin cesar. Casi
nadie vivía atemorizado por las grandes guerras. Casi nadie pensaba que el
siglo diecinueve era un breve intervalo entre el pasado y la barbarie del
futuro. A quienes han crecido en aquel clima les ha sido difícil adaptarse al
mundo presente, no sólo en el aspecto emocional sino también en el intelectual. Las ideas que se consideraban
apropiadas han resultado no serlo. Ha sido muy difícil conservar valiosas
libertades en algunos asuntos, mientras que en otros, concretamente en las
relaciones entre países, las libertades antes valoradas han demostrado ser
abundantes fuentes de desastres. Si el mundo ha de emerger de su actual
situación de peligro, necesitamos nuevas ideas, nuevas esperanzas, nuevas
libertades y nuevas restricciones a la libertad.
No pretendo decir que lo
que yo he hecho en relación con los problemas políticos y sociales ha tenido
mucha importancia. Comparativamente, con un evangelio preciso y dogmático como
el comunismo es mucho más fácil obtener un gran efecto. Por lo que a mí
respecta, no puedo creer que la humanidad necesite ningún sistema preciso ni
dogmático, como tampoco puedo creer con sinceridad en ninguna doctrina parcial
que sólo se ocupa de una parte o aspecto de la vida humana. Hay quienes
sostienen que todo depende de las instituciones, y que las buenas instituciones
nos traerán inevitablemente una época de paz y prosperidad. Por otra parte,
están quienes creen que se necesita un cambio en los corazones, y que, en
comparación, poco cuentan las instituciones. No estoy de acuerdo. Las
instituciones moldean el carácter, y el carácter transforma a las
instituciones. Las reformas de ambos deben marchas cogidas de la mano, y si los
individuos han de conservar esa medida de iniciativa y flexibilidad que
deberían tener, no se los debe encerrar a todos en un único y rígido molde; o,
para cambar la metáfora, no de los debe adiestrar a todos en un mismo ejército.
La diversidad es esencial, a pesar de que excluye de antemano la aceptación
universal de un único evangelio. Pero predicar semejante doctrina no es fácil,
en particular en tiempos difíciles, y quizás no produzca ningún efecto hasta
que la trágica experiencia no nos enseñe algunas lecciones amargas.
Mi obra se aproxima a su
fin, y ha llegado la hora de examinarla en su totalidad. ¿En qué medida he
tenido éxito y en qué medida he fracasado? Desde edades tempranas me consideré
dedicado a grandes y arduas tareas. Hace casi tres cuartos de siglo, caminando
a solas en el Tiergarten berlinés, sobre la nieve que se derretía y bajo el
frío y radiante sol de marzo, decidí que escribiría dos clases de libros: unos
abstractos, que con el tiempo se volverían más concretos, y otros concretos,
que poco a poco tenderían a lo abstracto. Los coronaría con una síntesis que
combinara teoría pura con filosofía social práctica. Salvo la síntesis final,
que todavía me es esquiva, he cumplido mi propósito y he escrito estos libros,
que han recibido elogios y aprobación y han influido en la forma de pensar de
muchos hombres y mujeres. En ese aspecto, he logrado mi propósito.
Pero, en contraposición,
debo mencionar dos tipos de fracaso, uno exterior y otro interior.
Primero, el fracaso
exterior: el Tiergarten berlinés es ahora un desierto; la Puerta de
Branderburgo, que atravesé para entrar al parque aquella mañana de marzo, se ha
convertido en frontera de dos imperios enemigos que se observan desafiantes por
encima de una barrera y preparan lúgubremente la ruina de la humanidad.
Comunistas, fascistas y nazis, sucesivamente, han desafiado todo lo que
considero bueno, y para derrotarlos se ha perdido gran parte de lo que sus
oponentes intentaban preservar. A la libertad se la considera debilidad, y a la
tolerancia se la obligar a vestir el manto de la traición. Los viejos ideales
se juzgan irrelevantes y ninguna doctrina carente de agresividad impone respeto.
El fracaso interior,
aunque ninguna importancia tiene para el mundo, ha hecho de mi vida mental una
batalla perpetua. Comencé creyendo con fe más o menos religiosa en un mundo
platónico, eterno, en el que las matemáticas lucían una belleza semejante a los
últimos Cantos del Paraíso, y al
final llegué a la conclusión de que el mundo eterno es trivial y que las
matemáticas son sólo el arte de decir la misma cosa con palabras diferentes.
Empecé creyendo que el amor, libre y valiente, podía conquistar el mundo sin
violencia, y terminé apoyando una guerra amarga y espantosa. En ese aspecto, he
fracasado.
Pero bajo esta carga de
fracaso sigo siendo consciente de algo que siento como una victoria. Puede que
haya concebido equivocadamente la verdad teórica, pero no me equivoqué en
pensar que existe tal verdad y que merece nuestra lealtad. Puede que haya
creído que el camino hacia un mundo de hombres libres y felices era más corto
de lo que se está revelando, pero no me equivoqué al pensar que ese mundo es
posible, y que merece la pena vivir con miras a volverlo realidad. He vivido en
pos de una ilusión, personal y social. Personal, por valorar lo que es noble,
lo que es hermoso, lo que es bueno; por permitir que los instantes de lucidez
impregnaran de sabiduría los momentos más mundanos. Social, por imaginar la
sociedad que se ha de crear, en la que los individuos crezcan libremente y
donde el odio, la codicia y la envidia desaparezcan porque nada hay para
alimentarlos. Creo en todas estas cosas, y el mundo, con todos sus horrores, no
me ha hecho cambiar de parecer.
*Hice ligeros cambios en el texto para
mejorar la traducción.
30/5/19
Ida y vuelta
Lo primero que veo cuando salgo de casa es
un contenedor de basura que huele muy mal. En las noches, pero a veces también
a plena tarde, los minadores se introducen en él para sacar todo lo que se
pueda reciclar, objetos metálicos, plásticos, papel. Ahora mismo hay uno dentro
y lo miro de reojo mientras comienzo a dibujar eles con las cuadras para llegar
al bus que me llevará al edificio. La estación de bus queda frente a un burdel,
en una cuadra que dentro de ocho horas estará ennegrecida de noche y salpicada
del amarillo que proyecta el alumbrado público y del blanco que irradian los
focos de los locales comerciales, pero que a esta hora de la mañana parece una
cuadra más. Me siento en la penúltima fila, junto a la ventana, e intento
concentrarme en la novela de turno. Los protagonistas son Amaro y Amalia.
Amalia es bella y niña. Amaro es un cura sin vocación. Desde el comienzo se presiente
la futura unión de los cuerpos, pero estoy en la página trescientos y no han
pasado de un par de besos. El bus me deja a dos eles de la meta, un edificio de
doce pisos con ascensores que solo te permiten ir a un piso u otro. El
recepcionista me da la tarjeta correspondiente al piso once. En el ascensor me enfrento
con una chica glamurosa que me come con los ojos. La señora que me recibe la
factura en el piso once tampoco me deja de mirar y se nota que la pongo
nerviosa. No sé qué pensar, siempre me he sentido feo. Salgo del edificio a
toda prisa y agarro el bus de regreso que va atiborrado de gente. Logro sentarme
pero no me apetece leer a Eça de Queirós ni a nadie. Al salir de la estación veo
a una bella ingresando al burdel. En la última ele, frente al contenedor de
basura, saludo con la pareja del restaurante. Son jóvenes prematuramente
envejecidos. Me cuentan que apenas venden treinta almuerzos diarios y que el
dinero solo les alcanza para pagar el arriendo y a la cocinera. Son casi tan
pobres como los minadores del contenedor.
22/5/19
El cuento del gallo capón
Por Gabriel García Márquez
Imagen tomada de https://bit.ly/2Tyd5k1
Se reunían a conversar sin tregua, a
repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los
límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego infinito
en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no les había pedido
que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido
que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido
que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del
gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que no les había
pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras.
Fuente: García Márquez, G. (1967), Cien años de soledad, Random House
Mondadori, Buenos Aires.
15/5/19
Los ojos tapados
Por José Saramago
Imagen tomada de https://bit.ly/2TXn8Ek
Levantó la cabeza hacia las esbeltas
columnas, hacia las altas bóvedas, para comprobar la seguridad y la estabilidad
de la circulación sanguínea, luego dijo, Ya estoy bien, pero en aquel mismo
instante pensó que se había vuelto loca, o que, desaparecido el vértigo, sufría
ahora alucinaciones, no podía ser verdad aquello que los ojos le mostraban,
aquel hombre clavado en la cruz con una venda blanca cubriéndole los ojos, y, al
lado una mujer con el corazón traspasado por siete espadas y con los ojos
también tapados por una venda blanca, y no eran sólo este hombre y esta mujer
los que así estaban, todas las imágenes de la iglesia tenían los ojos vendados,
las esculturas con un paño blanco atado alrededor de la cabeza, y los cuadros
con una gruesa pincelada de pintura blanca, y más allá estaba una mujer
enseñando a su hija a leer, y las dos tenían los ojos tapados, y un hombre con
un libro abierto donde se sentaba un niño pequeño, y los dos tenían los ojos
tapados, y un viejo de larga barba, con tres llaves en la mano, y tenía los
ojos tapados, y otro hombre con el cuerpo acribillado de flechas, y tenía los
ojos tapados, y una mujer con una lámpara encendida, y tenía los ojos tapados,
y un hombre con heridas en las manos y en los pies y en el pecho, y tenía los
ojos tapados, y otro hombre con un león, y los dos tenían los ojos tapados, y
otro hombre con un cordero, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre
con un águila, y los dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con una lanza
dominando a un hombre caído, con cornamenta el caído y con pies de cabra, y los
dos tenían los ojos tapados, y otro hombre con una balanza, y tenía los ojos
tapados, y un viejo calvo sosteniendo un lirio blanco, y tenía los ojos
tapados, y otro viejo apoyado en una espada desenvainada, y tenía los ojos
tapados, y un hombre con dos cuervos, y los tres tenían los ojos tapados, sólo
había una mujer que no tenía los ojos tapados porque los llevaba arrancados en
una bandeja de plata.
Fuente: Saramago, J. (1995), Ensayo sobre la ceguera, Alfaguara,
Buenos Aires.
8/5/19
No estamos terminados
Por Eduardo Galeano
La verdad está en el viaje, no en el
puerto. No hay más verdad que la búsqueda de la verdad. ¿Estamos condenados al
crimen? Bien sabemos que los bichos humanos andamos muy dedicados a devorar al
prójimo y a devastar el planeta, pero también sabemos que nosotros no
estaríamos aquí si nuestros remotos abuelos del paleolítico no hubieran sabido
adaptarse a la naturaleza de la que formaban parte, y si no hubieran sido
capaces de compartir lo que recolectaban y cazaban. Viva donde viva, viva como
viva, viva cuando viva, cada persona contiene a muchas personas posibles, y es
el sistema de poder, que nada tiene de eterno, quien cada día invita a salir a
escena a nuestros habitantes más jodidos, mientras impide que los otros crezcan
y les prohíbe aparecer. Aunque estamos mal hechos, no estamos terminados; y es
la aventura de cambiar y de cambiarnos la que hace que valga la pena este
parpadeo en la historia del universo, este fugaz calorcito entre dos hielos,
que nosotros somos.
Fuente: Galeano, E. (1998), Patas arriba, Siglo Veintiuno, Buenos
Aires.
1/5/19
La cultura más pacífica y suave de la Antigüedad
Por Jesús Mosterín
Hacia el año -3000 el mundo egeo salió del
estancamiento en que había permanecido durante los tres milenios precedentes.
Por entonces se domesticó y empezó a cultivarse la viña y el olivo, sobre todo
en las laderas pedregosas del sur de Grecia, en las islas Cicladas y en Creta. También
por entonces se introdujo la metalurgia del cobre y, poco después, del bronce.
La actividad económica se extendió considerablemente y el intercambio entre las
diversas islas y poblados se incrementó.
Durante el milenio -III
fueron las pequeñas islas Cicladas el foco del progreso en la zona, quizá
debido a su estratégica situación, equidistantes de Anatolia, Creta y la Grecia
continental. Sus alfareros y artesanos producían y exportaban gran cantidad de
vasijas cerámicas y de copas y estatuillas de mármol. Sus comerciantes hacían
de intermediarios entre Anatolia y Grecia, y llegaban hasta Italia y Sicilia.
Al final del milenio -III, sin embargo, su cultura declinó y acabó siendo absorbida
por la pujante cultura protourbana de Creta.
Todas las potencialidades
del periodo anterior culminaron en el paso a la civilización protourbana en la
gran isla de Creta hacia -2000. Entre -2000 y -1450, aproximadamente, se
desarrolló en Creta la llamada cultura minoica. Fueron 550 años de paz y
prosperidad, durante los cuales se construyeron enormes palacios en Knosos,
Festós, Malia y otros lugares.
Los palacios minoicos
eran a la vez residencias señoriales, templos religiosos, centros sociales,
sedes de la burocracia centralizada y de la contaduría pública, y depósitos de
los excedentes agrícolas y de la producción artesanal. En sus enormes sótanos
se almacenaba el aceite, el vino y el trigo, y en ellos trabajaban los artesanos
y se realizaba el intercambio comercial. El palacio de Knosos, que era el
principal, tenía en sus sótanos depósitos de aceite con una capacidad de
240.000 litros. En el palacio y sus aledaños vivían unas 40.000 personas,
organizadas en un sistema de avanzada división del trabajo, constituyendo una
genuina cuidad.
Los palacios cretenses
constituían eficaces sistemas de redistribución de la producción en una
sociedad que todavía carecía de dinero. Además, eran los centros de un activo
comercio marítimo que abarcaba todo el Egeo y llegaba hasta Egipto.
Precisamente para registrar sus transacciones comerciales, deudas, envíos y
trueques, así como para satisfacer las necesidades de la burocracia
redistributiva, los cretenses inventaron y usaron dos sistemas de escritura: la
llamada escritura jeroglífica cretense y la escritura lineal A. Ninguna de ella
ha podido ser descifrada hasta ahora.
La cultura cretense
minoica era una cultura en cierto modo feminista y próxima al matriarcado, en
contraste con el patriarcado y el machismo posterior de los griegos clásicos.
En general, los pueblos pastores, guerreros y nómadas suelen exaltar al macho y
al patriarca, mientras que los agricultores antiguos tendían a preciar la
fecundidad por encima de todo. Sea esto como fuere, las mujeres parecen haber
gozado de una libertad y posición social muy superiores a lo que era habitual
en la época e incluso en la Grecia clásica posterior.
En la religión cretense
los dioses más importantes son diosas, sobre todo la gran Diosa Madre, diosa de
la tierra y de la fecundidad. Las sacerdotisas eran más importantes que los
sacerdotes, los cuales se vestían a veces de mujeres cuando oficiaban.
Siguiendo la tradición anatolia, la Diosa Madre paría cada año al dios de la
vegetación, que luego se convertía en su amante para volver a morir de nuevo.
Los cretenses estaban muy preocupados por los terremotos, que más de una vez
habían destruido sus palacios. Para evitarlos, se aplacaba a la gran diosa, en
su calidad de diosa de la tierra, mediante el juego con los toros, complejo
ritual religioso que incluía un espectáculo circense-deportivo, en el que
jóvenes atletas saltaban y hacían piruetas encima del toro sin herirlo de
ninguna manera (y que no tenía nada que ver con la sangrienta y cutre corrida
de toros actual).
Imagen tomada de https://bit.ly/2OtMh3l
Los cretenses vivían bien
y en paz. Dominando el mar, habiendo acabado con la piratería, alejados de los
grandes imperios hetita, babilonio y egipcio de la época, pensando quizá que el mar
que rodea a Creta constituía suficiente defensa, no temían los ataques
exteriores. Y llevándose bien unos palacios con otros y unas clases con otras,
tampoco parecían temer los ataques interiores. En cualquier caso, sus palacios
carecían por completo de fortificaciones y defensas. Los frescos pintados en
sus paredes representan mujeres elegantes (amplias faldas, chalecos ceñidos,
pechos al aire, complejo peinado) en animada conversación, hombres ágiles de
cintura estrecha, ceremonias religiosas, fiestas, juegos y jardines. Nunca se
representan armas, ni guerreros, ni muertes, ni batallas. No hubo cultura tan
pacífica y suave en toda la Antigüedad.
Hacia el -1450 una
tremenda explosión volcánica destruyó por completo la cercana isla de Thera. Al
parecer, los efectos de esta explosión fueron fatales para Creta. Probablemente
su flota quedó destruida. En cualquier caso, poco después la isla de Creta fue
conquistada y sus palacios saqueados por los invasores micénicos.
Fuente: Mosterín, J. (2006), El pensamiento arcaico, Alianza Editorial,
Madrid.
24/4/19
La fiesta
Desde fuera yo veía cómo movían las
cabezas de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, casi al unísono, y veía
que al mismo tiempo que las cabezas movían las piernas, dando pequeños pasos en
el propio terreno, y a la vez que las cabezas y las piernas movían los traseros
y los brazos con una gracia que no sé describir, y a casi todos semejante
movimiento les dejaba sin energía para
nada más, pero dos o tres alcanzaban todavía a decir te perderás dentro de mis recuerdos por haberme hecho llorar, y había
uno que cantaba tan bien que podría haber acompañado a la mismísima Natalia
Lafourcade o al resto de intérpretes de esta fiesta que había comenzado con «Made
in Japan» de Alphaville, y que había atravesado por los pregones de Héctor
Lavoe y por un rocanrol de los Kinks que dice me gustaría volar pero ni siquiera puedo nadar, y aunque la música
variaba el baile era siempre lo mismo, mover las cabezas y las piernas y los
traseros y los brazos, y si desde fuera todo lucía más bien ridículo, por dentro
cundía una magia blanca, la seria diversión del rito muy esperado, una de las
tantas caras del goce de vivir.
17/4/19
Ampliar el suelo de la jaula
Por Noam Chomsky
El anarquismo es célebre por oponerse al
Estado, al mismo tiempo que aboga por «una administración planificada en
interés de la comunidad», en palabras de Rocker; y, aparte de eso, por amplias
federaciones de comunidades y lugares de trabajos dotados de autogobierno. En
el mundo real actual, los anarquistas centrados en esos objetivos apoyan a
menudo al poder del Estado para proteger a las personas, a la sociedad y a la
tierra de los estragos de la concentración del capital en manos privadas.
Pensemos, por ejemplo, en un respetado periódico anarquista como Freedom, creado como un periódico del
socialismo anarquista por los seguidores de Kropotkin en 1886. Al abrir sus
páginas, vemos que muchas de ellas están dedicadas a defender esos derechos, a
menudo invocando al poder del Estado, como la regulación de la seguridad y la
protección sanitaria y medioambiental.
Aquí no hay ninguna
contradicción. Las personas viven, sufren y resisten en el mundo real de la
sociedad existente, y cualquier persona digna debería ser partidaria de emplear
todos los medios a su alcance para salvaguardarlos y beneficiarse de ellos, aun
cuando el objetivo a largo plazo sea dejar de lado estos recursos y crear
alternativas preferibles. Al tratar estos temas, a veces he tomado prestada una
imagen utilizada por el movimiento de trabajadores rurales brasileños. Hablan
de ampliar el suelo de la jaula, la jaula de las instituciones coercitivas
existentes que pueden ampliarse mediante la lucha popular, como ha sucedido
efectivamente a lo largo de muchos años. Y podemos ampliar la imagen y pensar
en la jaula de las instituciones del Estado coercitivo como una protección
frente a las bestias salvajes que merodean por el exterior, las instituciones
capitalistas depredadoras apoyadas por el Estado y entregadas, en principio, a
la vil máxima de los amos, el beneficio privado, el poder y la dominación, con
el interés de la comunidad y sus miembros como algo secundario en el mejor de
los casos, tal vez apreciado de manera retórica, pero descartado en la práctica
por principio e incluso por ley.
Fuente: Chomsky, N. (2016), ¿Qué clase de criaturas somos?, Planeta,
Barcelona.
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