Por Eduardo Galeano
La
tasa de alfabetismo no era muy alta, que digamos, entre los brazos armados de
la Cristiandad. Quizá por eso no pudieron leer correctamente los mandamientos
en las tablas de Moisés.
Leyeron que Dios mandaba invocar su nombre
en vano, y en nombre de Dios hicieron lo que hicieron.
Leyeron que Dios mandaba mentir, y
traicionaron casi todos los acuerdos que firmaron en su guerra santa contra los
infieles.
Leyeron que Dios mandaba robar, y
saquearon cuanta cosa encontraron en su camino hacia oriente, amparados por el
estandarte de la cruz y por la bendición del Papa, que les había garantizado el
perdón de sus deudas y la salvación eterna.
Leyeron que Dios mandaba cometer proezas
carnales, y las huestes del Señor no sólo cumplían ese deber con las numerosas
profesionales contratadas por el Ejército de Cristo, sino también con las
prisioneras impías que formaban parte del botín.
Y leyeron que Dios mandaba matar, y
poblaciones enteras fueron pasadas a cuchillo, sin perdonar a los niños: por
deber cristiano, para purificar esas tierras sucias de herejías, o por pura
necesidad, como era el caso del rey Ricardo Corazón de León, que no tenía más
remedio que degollar a sus prisioneros porque le estorbaban la marcha.
–Caminan chapoteando sangre –contó
un testigo.
Fuente:
Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.