Aunque se tomen todas las precauciones,
los libros se manchan. Si los forras con plástico transparente, quedan a salvo
del polvo y el agua, pero siguen vulnerables a las lepismas, esos bichos con
antenas tan largas como su cuerpo que se cuelan por la rendija que forman la tapa
y la primera página, y se quedan a vivir allí hasta que la luz del día los
espanta. Las lepismas, si no han muerto, huyen, pero no se van las manchas que
son su herencia. Los libros también se manchan por causas poco previsibles. Un
mal día entró una paloma a mi cuarto de estudio desde la terraza, y aunque la
puerta permaneció abierta, no hallaba la salida. Luego de golpearse una y otra
vez contra el vidrio de la ventana, se posó en una de las estanterías. Al verme
se llenó de miedo y empezó a derramar heces por doquier. Yo también me llené de
miedo y quedé paralizado, hasta que un familiar vino en mi auxilio y la sacó («solo
tenías que abrir la ventana»). Al limpiar los estragos encontré que el excremento
había caído sobre todo en mi ejemplar del Ulises
de Joyce, y aunque lo limpié con sumo cuidado, quedó manchado para siempre. Me
consolé ojeando las sentencias que había subrayado en esa novela, sentencias trágicas
como «No sabemos nada excepto que vivió y sufrió.» o inquietantes como «Tres
agujeros todas las mujeres.». Las manchas no estropean los mejores libros.
Lo más leído la última semana
26/10/18
13/10/18
Buda versus Nietzsche
Por Bertrand Russell
La cuestión es: Si Buda y Nietzsche
fueran enfrentados, ¿podría alguno de ellos esgrimir algún argumento que
debiese apelar al oyente imparcial? No me refiero a argumentos políticos.
Podemos imaginárnoslos apareciendo ante el Todopoderoso como en el primer
capítulo del libro de Job, y ofreciendo consejo respecto a la clase de mundo
que Él debía crear. ¿Qué podrían decir?
Buda iniciaría su
exposición hablando de leprosos, proscritos y miserables; del pobre, luchando
con los miembros enfermos y apenas malviviendo con la alimentación escasa; de
los heridos en las batallas, muriendo con una agonía lenta; de los huérfanos
maltratados por los crueles tutores, e incluso de los más afortunados,
obsesionados con el pensamiento de la decadencia y de la muerte. Para todo este
cargamento de penas, diría, tiene que encontrarse un camino de salvación, y
esta salvación sólo puede venir por el amor.
Nietzsche, a quien sólo
el Omnipotente podría impedir que interrumpiera, prorrumpiría cuando le llegara
el turno: «Por Dios, hombre, debías aprender a tener más fibra. ¿Qué es eso de
lloriquear porque la gente vulgar sufra? ¿O, para el caso es lo mismo, porque
los grandes hombres sufran? La gente vulgar sufre vulgarmente, los grandes
hombres sufren con grandeza, y los grandes sufrimientos no deben ser
lamentados, porque son nobles. Tu ideal es puramente negativo: la ausencia de
dolor, cosa que puede asegurarse con la inexistencia. Yo, por el contrario,
tengo ideales positivos: admiro a Alcibíades, a Federico el Grande, a Napoleón.
En beneficio de esos hombres cualquier dolor vale la pena. Apelo a Vos, Señor,
como al más grande de los artistas creadores, para que no permitáis que
Vuestros impulsos artísticos se dobleguen ante los refunfuños dominados por el
temor de este desgraciado psicópata»
Buda, que en las cortes
celestiales aprendió toda la historia posterior a su muerte y que ha dominado
la ciencia, deleitándose en el conocimiento y apenándose ante el uso a que lo
han destinado los hombres, replica con tranquila cortesía: «Estáis equivocado,
profesor Nietzsche, al pensar que mi ideal es puramente negativo. Ciertamente
incluye un elemento negativo, la ausencia de sufrimiento. Pero además de eso
contiene tanto como de positivo pueda hallarse en vuestra doctrina. Aunque no
siento ninguna especial admiración por Alcibíades y Napoléon, también tengo mis
héroes: mi sucesor Jesús, porque dijo a los hombres que amaran a sus enemigos;
los hombres que han descubierto la forma de dominar las fuerzas de la
naturaleza y conseguir la comida con menos trabajo; los médicos que han
encontrado la forma de disminuir las enfermedades; los poetas, los artistas y
los músicos que han captado vislumbres de la Beatitud Divina. El amor, el
conocimiento y la complacencia en la belleza no son negaciones; son suficientes
para llenar las vidas de los hombres más grandes que hayan existido nunca».
«Es lo mismo –replica
Nietzsche–, vuestro mundo sería insípido. Deberías estudiar a Heráclito, cuyas
obras se conservan íntegras en la biblioteca celestial. Vuestro amor es
compasión, que brota del dolor; vuestra verdad, si sois honrado, es
desagradable, y sólo puede conocerse a través del sufrimiento, y en cuanto a la
belleza, ¿qué hay de más bello que un tigre, que debe su esplendor a su
fiereza? No, si el Señor se decidiera por vuestro mundo, temo que moriríamos
todos de aburrimiento».
«Vos podrías –replica Buda– porque amáis el dolor y vuestro amor a
la vida es una impostura. Pero los que aman realmente la vida tendrían una
felicidad que nadie puede gozar en el mundo tal como es».
Me disgusta Nietzsche
porque le gusta la contemplación del dolor, porque erige el desprecio en deber,
porque los hombres que más admira son conquistadores, cuya gloria estriba en la
habilidad para hacer que los hombres mueran. Pero creo que el argumento
decisivo contra su filosofía, como contra cualquier ética desagradable aunque
internamente coherente, radica no en una apelación a los hechos, sino en una
apelación a las emociones. Nietzsche desprecia el amor universal; yo veo en él
la fuerza motriz para todo lo que deseo respecto al mundo.
Fuente: Russell, B. (1946), Historia de la filosofía occidental,
Espasa, Madrid.
6/10/18
El del aborto es un asunto sencillo
En todo el mundo las mujeres abortan.
Independientemente de lo que digan las leyes al respecto, las mujeres abortan.
Existen básicamente tres tipos de legislación: las que lo penalizan en todas
las circunstancias, las que lo permiten en circunstancias muy puntuales y las
que lo permiten en casi todos los casos. En los países donde el aborto se
penaliza parcial o totalmente, las mujeres no dejan de abortar, pero se ven
obligadas a hacerlo a escondidas. La situación es especialmente dramática para
las mujeres pobres, que no pueden pagarse un aborto seguro, y se ven obligadas
a recurrir a sitios clandestinos poco salubres. En la práctica, prohibir el
aborto equivale a castigar a las mujeres pobres que no desean continuar con su embarazo.
Afortunadamente el
aborto es más o menos libre en buena parte del mundo, en Rusia y en China, en
Sudáfrica y en Estados Unidos, en casi toda Europa. Pero en Latinoamérica la
situación es a menudo trágica. Es libre en Cuba, Uruguay y Ciudad de México,
pero está penalizado totalmente en El Salvador, Nicaragua y República
Dominicana, y parcialmente en el resto de países. Seguramente la raíz de esta
postura poco liberal se encuentra en la influencia todavía abrumadora del
cristianismo en sociedades nominalmente laicas. Según Pablo de Tarso, el
fundador del cristianismo, la vida no le pertenece a uno sino a Dios. Pablo no
habló del aborto, pero sigue en boga la idea de que la mujer no puede decidir
sobre la vida que se gesta en su vientre. (Curiosamente, durante la mayor parte
de la historia cristiana, como no se comprendía la biología de la concepción,
las autoridades pensaban que la vida comenzaba con el movimiento del feto en la
matriz, y el aborto antes de ese momento no se consideraba ilegal o inmoral.)
Hasta hace poco Chile
era uno de los pocos países del mundo que penalizaba el aborto en todos los
casos. En septiembre de 2017 se aprobó el aborto en tres circunstancias: cuando
el embarazo suponía un riesgo para la vida de la embarazada, cuando el feto no es
viable y cuando el embarazo es resultado de una violación. Michelle Bachelet, en
la campaña previa a su segunda presidencia, había prometido mejorar la
legislación sobre aborto. Cumplió, un hecho insólito en una región acostumbrada
a que las promesas de campaña no se cumplan.
En octubre de 2012,
durante el gobierno de José Mujica, se aprobó en Uruguay el aborto, que desde
entonces es legal durante las primeras 12 semanas de embarazo. Aunque esta
reforma se podría leer como un avance llevado adelante por un gobernante
progresista, el experto Gerardo Caetano recuerda que durante su mandato, Mujica
apoyó propuestas que al inicio no compartía, entre las que incluye notables
avances como la despenalización del consumo de marihuana y del aborto y la
aprobación del matrimonio igualitario.
El pasado agosto el
senado argentino rechazó un proyecto para despenalizar el aborto hasta la
semana 14. En Argentina el aborto solo se permite cuando el embarazo pone en
peligro la vida o la salud de la mujer y en caso de violación. El debate
público fue intenso y resonó en varios países de la región. El tema no podrá
ser tratado hasta el siguiente año parlamentario. Esperemos que Argentina
finalmente lo despenalice, y que el resto de Latinoamérica no tarde décadas en
alcanzar lo que ya se ha conseguido en medio mundo.
29/9/18
Las causas de la infelicidad
Por Bertrand Russell
Una comunidad de hombres con vitalidad,
valor, sensibilidad e inteligencia en el más alto grado que la educación puede
producir, sería muy distinta de todo lo que ha existido. Pocos serían
desgraciados. Las principales causas de la infelicidad actual son: mala salud,
pobreza y vida sexual desagradable. Todas ellas se reducirían mucho. La buena
salud podría ser casi universal y la vejez podría retardarse. La pobreza, desde
la revolución industrial, es debida solamente a la estupidez colectiva. La
sensibilidad despertaría el deseo de abolirla, la inteligencia les enseñaría el
procedimiento, y el valor su realización. (Un tímido preferiría seguir siendo infeliz
a hacer algo desusado.) La vida sexual de la mayoría no es hoy satisfactoria.
Ello es debido en parte a la mala educación y, en parte, a la persecución de
las autoridades y de Mrs. Grundy [Escritora que se ha distinguido en su campaña
contra el control de la natalidad]. Una generación de mujeres educadas sin los
absurdos temores sexuales acabaría con esto. Se ha creído que el miedo era el
único procedimiento para conservar la virtud
de las mujeres, y se les ha enseñado a ser cobardes física y mentalmente. Las
mujeres con ideas tradicionales acerca del amor fomentan la brutalidad y la
hipocresía de sus maridos y desvían los instintos de sus hijos. Una generación
de mujeres sin miedo transformaría el mundo, trayendo a él una generación de
niños valerosos, no conformados de un modo antinatural, sino rectos y
sencillos, generosos, amables y libres. Su ardor acabaría con la crueldad y el
dolor que nos agobian porque somos duros de corazón, perezosos, estúpidos y
cobardes. La educación que nos da tan malas cualidades nos daría las virtudes
opuestas. La educación es la llave del mundo nuevo.
Fuente: Russell, B. (1926), Sobre educación, Espasa, Barcelona.
22/9/18
Cerdos
Por Roberto Bolaño
–Los galeses son unos cerdos –dijo el
cojo a una pregunta de su hijo. Unos cerdos absolutos. Los ingleses también son
unos cerdos, pero un poco menos que los galeses. Aunque la verdad es que son
igual de cerdos, pero intentan parecer un poco menos cerdos, y como saben
fingir bien al final lo parecen. Los escoceses son más cerdos que los ingleses
y sólo un poco menos cerdos que los galeses. Los franceses son tan cerdos como
los escoceses. Los italianos son lechones. Lechones dispuestos a comerse a su
propia madre cerda. De los austriacos se puede decir lo mismo: cerdos y cerdos
y cerdos. Nunca te fíes de un húngaro. Nunca te fíes de un bohemio. Te lamen la
mano mientras te devoran el dedo meñique. Nunca te fíes de un judío: ése te
come el pulgar y encima te deja la mano cubierta de babas. Los bávaros también
son unos cerdos. Cuando hables con un bávaro, hijo mío, procura tener el
cinturón bien abrochado. Con los renanos más vale ni siquiera hablar: en menos
de lo que canta un gallo te querrán cortar una pierna. Los polacos parecen
gallinas, pero si les arrancas cuatro plumas verás que tienen piel de cerdo. Lo
mismo pasa con los rusos. Parecen perros famélicos pero en realidad son cerdos
famélicos, cerdos dispuestos a comerse a quien sea, sin preguntárselo dos
veces, sin el más mínimo remordimiento. Los serbios son igual que los rusos,
pero en pequeño. Son como cerdos disfrazados de perros chihuahuas. Los perros
chihuahuas son unos perros enanos, del tamaño de un gorrión, que viven en el
norte de México y que aparecen en algunas películas americanas. Los americanos
son unos cerdos, por supuesto. Y los canadienses, grandes cerdos
inmisericordes, aunque los peores cerdos del Canadá son los cerdos
francocanadienses, así como los peores cerdos de América son los cerdos
irlandeses. Los turcos tampoco se salvan. Son cerdos sodomíticos, como los de
Sajonia y los de Westfalia. Acerca de los griegos sólo puedo decir que son
igual que los turcos: cerdos peludos y sodomíticos. Sólo los prusianos se
salvan. Pero Prusia ya no existe. ¿Dónde está Prusia? ¿Tú la ves? Yo no la veo.
A veces tengo la impresión de que murieron todos en la guerra. A veces, por el
contrario, tengo la impresión de que mientras yo estaba en el hospital, ese
inmundo hospital de cerdos, los prusianos emigraron en masa, lejos de aquí. A
veces voy a los roqueríos y miro el Báltico y trato de adivinar hacia dónde se
fueron las naves de los prusianos. ¿A Suecia? ¿A Noruega? ¿A Finlandia?
Imposible: ésas son tierras de cerdos. ¿Adónde, entonces? ¿A Islandia, a
Groenlandia? Trato de adivinarlo y no puedo. ¿Dónde están entonces los
prusianos? Me acerco a los roqueríos y los busco en el horizonte gris. Un gris
revuelto como la pus. Y no una vez al año. ¡Una vez al mes! ¡Una vez cada
quince días! Pero nunca los veo, nunca adivino hacia qué punto del horizonte se
lanzaron. Sólo te veo a ti, tu cabeza entre las olas que aparece y desaparece,
y entonces me siento en una roca y me quedo quieto mucho rato, mirándote,
convertido yo también en otras roca, y aunque a veces mis ojos te pierden de
vista o aparece tu cabeza a mucha distancia de donde te habías sumergido, no
temo por ti, pues sé que volverás a salir, que las aguas nada pueden hacerte. A
veces, incluso, me quedo dormido, sentado sobre una roca, y cuando me despierto
tengo tanto frío que ni siquiera le echo una mirada al mar para comprobar si
aún estás allí. ¿Qué hago entonces? Pues me levanto y vuelvo al pueblo dando
diente con diente. Y al entrar en las primeras calles me pongo a cantar para
que los vecinos se hagan la idea equivocada de que me he ido a emborrachar a la
taberna de Krebs.
Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama. Barcelona.
24/7/18
No hay nada malo en el sexo
Por Bertrand Russell
El sentido del pecado que domina a muchos
niños y jóvenes y a menudo dura hasta la vida adulta, es una desdicha y una
fuente de confusión que no tiene ningún propósito útil. Se produce casi
enteramente por la enseñanza moral convencional acerca del sexo. El sentimiento
de que el sexo es malo hace imposible el amor feliz, hace que los hombres
desprecien a las mujeres con las que tienen relaciones y, a menudo, que tengan
impulsos crueles hacia ellas. Además, la confusión en la que desemboca el
impulso sexual cuando se inhibe, tomando la forma de amistad sentimental o
ardor religioso o lo que sea, causa una falta de sinceridad intelectual que es
muy hostil a la inteligencia y al sentido de realidad. La crueldad, la
estupidez, la incapacidad para las relaciones personales armoniosas, y muchos
otros defectos, tienen su origen en la mayoría de casos en la enseñanza moral impartida
durante la infancia. Digámoslo con la mayor simplicidad y franqueza: no hay
nada malo en el sexo, y la actitud convencional en este asunto es morbosa. Creo
que ningún otro mal en nuestra sociedad es una fuente tan poderosa de miseria
humana, ya que no solo causa una larga cadena de males, sino que inhibe la
bondad y el afecto humano que podrían llevar a los hombres a remediar los otros
males evitables –económicos, políticos y raciales– que torturan a la humanidad.
Fuente: Russell, B. (1957), Why I am not a Christian, Routledge,
London. (La traducción es mía)
17/7/18
Lanarquismo
Por Ernesto Sabato
Vino un cliente y
compró cigarrillos. Al cabo de un largo tiempo, Carlucho comentó sibilinamente:
–¡La
gran puta! Si habría lanarquismo...
Nacho
lo consideró con extrañeza.
–¿Lanarquismo?
–Sí,
Nacho. Lanarquismo.
–¿Y
qué es eso?
Carlucho se sentó en
sillita enana y sonrió con ojos meditativos y nostálgicos. Era evidente que
pensaba en algo muy lejano pero lindo.
–Aquí
tendría destar Luvi –dijo.
–¿Luvi?
–Sí,
Luvi.
–¿Y
quién es Luvi?
En los grandes
momentos, cuando Carlucho se disponía a iniciar alguna de aquellas ideas que
sentía profundamente, cambiaba la yerba del matecito, se tomaba su tiempo y
preparaba lo que iba a decir con largos silencios, así como las estatuas se
colocan en las plazas, rodeadas de espacios que las destaquen en toda su
belleza.
–Quién
era Luvi –comentó con los ojos siempre nostálgicos.
Después de sentarse de
nuevo en la sillita enana, la misma que había pertenecido a su padre, explicó:
–Ya te dije que al año
18, justo cuando terminó la guerra, yo pionaba a la estancia Don Jacinto. Junto
con Custodio Medina pionaba. Entonce llegó Luvi. ¿Sentiste hablá de lo linyera,
vo?
–¿Linyera?
–Sabían vení de muy
lejo, con latadito a la espalda. Caminando por la vía el ferrocarril, y despué
por lo camino. Venían a la estancia y siempre había comida y un catre pa lo
linyera, esa é la verdá.
–¿Pero
entonces eran peones, como vos o Medina?
Carlucho
hizo un gesto negativo con el dedo.
–No señó, no eran
pione. Lo linyera eran linyera, no pione. Lo pione éramo conchabado pa trabajá.
–¿Conchabado?
–Pero
sí, sonso. Trabajábamo pa ganá dinero, comprendé.
–¿Y
los linyeras no trabajaban?
–Sí
que trabajaban, pero no pa ganá dinero. Nadie lo obligaba.
Nacho no entendía.
Carlucho lo miró, frunció la frente en un gran esfuerzo y trató de ser más
claro.
–Lo linyera eran libre
como lo pájaro, ¿entendé? Venían a la estancia, hacían alguno trabajito si
querían y despué se iban como habían venido. Lo estoy viendo como hoy, cuando
Luvi había guardado toda su cosita y había hecho latado pa irse. Don Busto, el
mayordomo, le dijo si se quiere quedá aquí, amigo Luvi, tiene trabajo si
quiere. Pero Luvi no don Busto, se lo agradezco pero tengo que seguí viaje.
–¿Tenía
que seguir viaje? ¿Adónde?
–¿Cómo adónde? ¿No te
acabo de decí que lo linyera eran como lo pájaro? ¿Adónde van lo pájaro? ¿Lo
sabé vo?
–No.
–Ai
tené lo que te digo, sonso.
Se
quedó pensativo, añorando.
–Me parece que lostoy
viendo –dijo. Alto y flaco, con su barba casi colorada y lojo azule clarito.
Con latado al hombro. No quedamo todo viendo cómo siba entre la casuarina, y
despué al camino. Quién sabe adónde.
Carlucho miraba hacia
el parque, como si lo estuviera viendo alejarse entre los árboles, hacia el
infinito.
–¿Y
no lo viste nunca más?
–Nunca
má. Vaya a sabé si ha muerto.
–Qué
nombre raro, Luvi, ¿no?
–Sí, nombre
destranjero. Era alemán o italiano, pero no sé, porque no era italiano como mi
padre. Decía que era de una parte rara, que ahora no sé. Luvi. Eso é. Vino,
hizo alguno trabajito de mecánico, arregló uno motore, algo en una trilladora.
Sabía de todo. Y de noche, al galpón de lo pione esplicaba lanarquismo.
–¿Lanarquismo?
–Sí,
leía un librito que tenía y esplicaba.
–¿Y
qué es lanarquismo, Carlucho?
–Yo
soy un bruto, ya te dije. ¿Qué queré? ¿Qué tesplique como Luvi?
–Bueno,
pero decime algo. Era un cuento como ese que me constaste de Carlomano.
–Pero
no, sonso. Otra cosa.
Tomó
mate y se concentró profundamente.
–Te
voy a hacé una pregunta, Nacho. Atendé bien.
–Sí.
–¿Quién
hizo la tierra, lo árbole, lo río, la nube, el sol?
–Dios.
–Bueno, está bien.
Entonces son pa todo, todo tienen derecho a tené lo árbole y a tomá el sol.
Decime, ¿lo pájaro tiene que pedile permiso a alguien pa volá?
–No.
–Puede
andá y vení en el aire, y hacé el nido y tené la cría, ¿no é así?
–Claro.
–Y cuando tiene hambre
o tiene que alimentá lo pichone va y busca alguna cosita, alguna semilla y se
lo lleva. ¿No é así?
–Claro.
–Y bueno, el hombre,
esplicaba Luvi, é como el pájaro. Libre de í y vení. Y si tiene gana de volá,
vuela. Y si quiere hacé un nido, lo hace. Porque la semillita y la paja pa hacé
el nido, y el agua pa bañarse o pa tomá son de Dio y Dio la hizo para todo el
mundo. ¿Entendé todo esto? Porque si no entendé no podemo seguí adelante.
–Sí,
lo entendí.
–Muy bien. Entonce,
¿por qué uno poco tienen que apoderarse de la tierra y lotro tenemo que trabajá
de pione? ¿De dónde sacaron ese campo? ¿Lo fabricaron ello?
Después
de pensarlo un poco, Nacho dijo que no.
–Muy
bien, Nacho. Quiere decí entonce que lo robaron.
Nacho se sorprendió
muchísimo. ¿Cómo, los ladrones no iban a la cárcel? Carlucho sonrió con
amargura.
–Esperá,
sonso, esperá –comentó–. Testoy diciendo que esa tierra la robaron.
–Pero
¿a quién la robaron, Carlucho?
–Y qué se yo. A lo
indio, a la gente antigua. No sé. Ya te dije que soy un bruto, pero Luvi sabía
todo eso. Ademá, pensá un momentito. Suponé (é un suponé) que mañana
desaparecería todo lo pione de campo. ¿Me queré decí vo qué pasaría?
–Y,
no habría gente para trabajar el campo.
–Esato. Y si nadie
trabajaría el campo no habería trigo y sin trigo no habería pan y sin pan todo
el mundo no podería come. Ni lo patrone. ¿De dónde iban a sacá el pan, si me
podé decí? Ahora atendé bien porque vamo a dar otro paso. Suponete también que
desaparecería lo zapatero. ¿Qué pasaría?
–No
habría más zapatos.
–Esato.
Y ahora suponete que desaparecería lo albañile.
–No
habría más casas.
–Muy bien, Nacho. Ahora
yo te pregunto qué pasaría si mañana desaparecería lo patrone. Lo patrone no
siembran el mai ni el trigo, ni hacen lo zapato ni la casa, ni levantan la
cosecha. ¿Me podé decí un poco qué é lo que pasaría, si se puede sabé?
Nacho
lo miró con asombro. Carlucho lo consideraba con una sonrisa de triunfo.
–Andá,
decime lo que pasaría si mañana desaparecería lo patrone.
–Nada
–respondió sorprendido Nacho de la enormidad–. No pasaría nada.
–Ni má ni meno. Ahora
fijate a una cosa que esplicaba Luvi: lo zapatero pa hacé lo zapato necesitan
el cuero, lo albañile necesitan lo ladrillo, lo pione necesitan la tierra y la
semilla y lo arao. ¿Cierto?
–Sí.
–Pero
¿quién tiene lo cuero, lo ladrillo, la tierra, lo arao?
–Los
patrones.
–Esato. Todo está a
mano de la patronal. Por eso lo pobre estamo esclavizao. Porque ello tienen
todo y nosotro no tenemo nada, má que lo brazo pa trabajá. Ahora vamos a da
otro paso, así que atendeme bien.
–Sí,
Carlucho.
–Si nosotro lo pobre no
apoderamo de la tierra y de la máquina y del cuero y de lorno de ladrillo,
podemo fabricá zapato y levantá construcione, y sembrá y cosechá, porque pa eso
tenemo lo brazo. Y no habería pobreza ni esclavitú. Ni enfermedá. Y todo
podríamo ir a la escuela.
Nacho
lo miraba con asombro.
Carlucho arregló las
revistas y los cigarrillos, pero su mente estaba vuelta a su interior. Hacía un
gran esfuerzo mental, pero su voz estaba desprovista de rencor: era serena y
cariñosa.
–Mirá, Nacho
–prosiguió–. Todo é muy simple. Luvi lo esplicaba todo con el librito y
poniendo cosita en el suelo. Así y así: que esta piedrita é la fabrica, que este
mate é la máquina, que esto porotito somo lo pione. Y te digo que esplicaba
cómo no habería má enfermedá, ni tísico, ni miseria, ni esplotación. Todo el
mundo tendría de trabajá. Y el que no trabaja no tiene derecho a víví. Bah,
testoy hablando de lombre y mujere sano. No te hablo de lo nene ni de lonfermo,
ni de lo viejo. Al contrario, decía Luvi, todo lo que trabajan tienen el debé
de mantené a linválido, a lo niño y lo viejo. Así que uno hace zapato, el otro
hace larina, el otro te hace el pan, el otro va a la cosecha. Y todo lo que
hacen se guarda en un galpón. En ese galpón hay de todo: que comida, que ropa,
que libro escolare. Todo lo que te podé imaginá. Hasta juguete y golosina pa lo
nene, queso é tan necesario como pa nosotro un caballo o un sombrero. Al frente
el galpón hay otro que trabaja deso, de cuidadó del galpón. Y entonces yo voy y
le digo me da un par de zapato número tal o cual, y el otro pide un kilo e
carne y el otro una onza e chocolate, y el otro un saco porque se le rompieron
lo codo. A cada uno lo que precisa. Pero nada má que lo que precisa.
–¿Y
si un rico quiere más cosas y las compra?
Carlucho
lo miró con severa sorpresa.
–¿Un
rico, dijiste?
–Sí.
–¿Ma
de qué rico mestá hablando, pavote? ¿No tespliqué que no hay má rico?
–¿Pero
por qué, Carlucho?
–Porque
no hay má dinero.
–¿Pero
si lo tenía de antes?
Carlucho
se sonrió y le hizo un gesto negativo.
–Si lo tenía se
embromó, porque ahora no sirve má. Pa qué queré el dinero, si todo lo que
necesitá lo sacá del galpón. El dinero é un pedazo e papel. Y sucio, lleno de
microbio. ¿Sabé lo que son lo microbio?
Nacho
asintió.
–Y bueno. Sacabó el
dinero. Que el que sea sonso, lo guarde, si quiere. Nadie se lo va prohibí.
Total, no le servirá pa maldita la cosa.
–¿Y
el que quiere sacar del galpón más zapatos?
–¿Cómo, má zapato? No
tentiendo. Si necesito un pa de zapato voy al galpón y listo.
–No,
te digo si uno quiere tres o cuatro pares.
Carlucho
dejó de sorber el mate, admirado.
–¿Tres
o cuatro pare, decí?
–Sí,
tres o cuatro pares de zapatos.
Carlucho
se echó a reír con ganas.
–¿Pero
pa qué necesita tre o cuatro pare si no tenemos má que do pie?
Es
cierto, a Nacho no se le había ocurrido.
–¿Y
si alguien va al galpón y roba?
–¿Roba?
¿Y pa qué? Si necesita algo se lo pide y se lo van a dá. ¿Está loco?
–Entonces
no habrá más policía.
Gravemente,
Carlucho hizo un gesto negativo con la cabeza.
–No
habrá más policía. La policía é lo pior de todo. Te lo digo por esperiencia.
–¿Por
experiencia? ¿Qué experiencia?
Carlucho se replegó
sobre sí mismo y repitió en voz baja, como si no quisiese referirse a eso, como
si lo de antes se le hubiera escapado.
–Esperiencia
y yastá –comentó ambiguamente.
–¿Y
si alguno no quiere trabajar?
–Que
no trabaje si no quiere. Ya veremo cuando tiene hambre.
–¿Y
si el gobierno no quiere?
–¿Gobierno? ¿Pa qué
necesitamo gobierno? Cuando yo era chico y quedamo en la calle, muerto de
hambre, mi viejo salió adelante porque don Pancho Sierra le puso una
carnicería. Cuando me fui a pionar, tampoco necesitábamo el gobierno. Cuando me
fui al circo, tampoco. Y cuando entré al frigorífico de Berisso, pa lúnico que
sirvió el gobierno fue pa mandarno la policía en la huelga y torturarno.
–¿Torturarlos?
¿Y qué es eso, Carlucho?
Carlucho
se quedó mirándolo con tristeza.
–Nada, pibe. Te dije
eso sin queré. No son cosa e niño. Y ademá yo soy lo que se llama un inorante.
Carlucho se calló y
Nacho se dio cuenta de que ya no hablaría más de lanarquismo. Luego vino un
cliente, compró cigarrillos y fósforos. Carlucho luego se sentó en la sillita y
tomó mate en silencio. Nacho miraba las nubes y pensaba.
Fuente: Sabato, E. (1974), Abaddón el
exterminador, Seix Barral, Barcelona.
30/6/18
Kemal Atatürk
Por Jesús Mosterín
Mustafá Kemal nació en 1881 en Salónica
(actualmente Thesaloniki, una
ciudad griega entonces parte del Imperio otomano) en el seno de una familia
musulmana de clase media y de origen albano. Él era de piel clara y ojos
azules. Estudió en la Escuela militar y se graduó como oficial, coincidiendo
los inicios de su carrera militar con el derrumbe del Imperio
otomano.
Imagen tomada de https://bit.ly/2XoeZ9V
Durante la Primera Guerra
Mundial, Turquía había tomado partido por Austria y Alemania. Tras su derrota,
fue ocupada por los aliados (ingleses, franceses e italianos), que se
acantonaron en Constantinopla, Izmir y parte de Anatolia. Por el tratado de
Sèvres (1920) con el terminal Estado otomano, los aliados acordaron repartirse
los restos del imperio colonial turco, asignar partes de Anatolia a los
armenios y kurdos y de Jonia a los griegos y establecer controles sobre el paso
de buques por los Dardanelos. Estaba previsto que los armenios recibieran la
Anatolia nororiental, incluyendo la ciudad de Erzurum y el puerto de Trabzon,
en el mar Negro. Los griegos recuperarían, por ejemplo, la ciudad jónica de
Esmirna (Izmir, en turco). […]
Mustafá Kemal se negó a
aceptar los resultados de la derrota turca en la Primera Guerra Mundial y
rechazó el tratado de Sèvres. Estableció la nueva capital de Turquía en la
pequeña ciudad anatolia de Ankara y dirigió la guerra de independencia contra
la ocupación extranjera de lo que ahora es Turquía. En 1922, la conferencia de
Lausanne anuló la mayor parte del tratado de Sèvres y reconoció la soberanía de
Turquía y del gobierno de Ankara sobre la totalidad de su territorio actual. En
1923 se proclamó la República de Turquía. Ese mismo año, Mustafá Kemal fue
proclamado primer presidente de la República, cargo que ejerció hasta su muerte
en 1938.
Kemal era un hombre culto
e inteligente, al tanto de las ideas novedosas de su tiempo y escéptico y
despectivo respecto a la apolillada cultura islámica tradicional, a la que
culpaba del atraso de Turquía. Aunque de ideas democráticas, era también
marcadamente nacionalista y autoritario. De hecho, Kemal estableció algo así
como un sistema de partido único, el suyo, el Partido Republicano del Pueblo.
Fue sobre todo un ilustrado, decidido a transformar Turquía en un país moderno,
secular y occidentalizado, pero fuerte e independiente, que eso a lo que se
llama el «kemalismo». En efecto, llevó a cabo todo tipo de reformas políticas,
sociales y legales. Abolió la poligamia y, en general, separó completamente la
ley civil de la religiosa, lo que fue una novedad en el mundo islámico. Reformó
la legislación penal, inspirándose en el código penal italiano, y la civil,
tomando como modelo el código civil suizo.
En 1924, Mustafá Kemal
invitó al famoso filósofo y pedagogo americano John Dewey a ir a Ankara a
asesorarlo en la ambiciosa reforma educativa que estaba a punto de emprender.
Los métodos pedagógicos propugnados por Dewey desempeñaron un importante papel
en esa reforma. Las madrasas o escuelas islámicas (donde se aprendía de memoria
el Corán en árabe, una lengua que los alumnos no entendían) fueron abolidas y
sustituidas por un sistema unificado de educación, que, además, incluía también
a las mujeres. De hecho, Kemal promovió incansablemente la igualdad y bienestar
de las mujeres, algo inaudito en el mundo islámico. Igualó a mujeres y hombres
en asuntos de herencia y divorcio. En 1934 se concedió el derecho de voto a las
mujeres en Turquía, antes que en Francia, por ejemplo.
Ya a principios del siglo
XIX, el sultán reformista Mahmud II había establecido el fez como tocado
moderno en sustitución del turbante. A su vez, un siglo más tarde, Mustafá
Kemal animó a los turcos a vestirse como occidentales, promoviendo el abandono
del fez a favor del sombrero. Prohibió el uso del velo islámico de las mujeres
en los lugares públicos. También abolió las órdenes sufíes y las escuelas de
derviches. Todo el programa secularizador de Kemal, sobre todo en lo referente
a la educación, fue mal recibido en los círculos tradicionalistas, como era
previsible.
En 1928, Kemal decidió
cambiar el sistema de escritura de la lengua turca. En vez del engorroso
alfabeto árabe, que apenas representaba sus tres únicas vocales y que no estaba
adaptado a la fonología del turco, que cuenta con ocho vocales y cuyas
consonantes son muy diferentes, se introdujo un alfabeto latino bien adaptado
al turco y mucho más fácil de aprender. En pocos años, el porcentaje de turcos
capaces de leer y escribir pasó del 10 al 70%. En las mezquitas, el Corán se
leía en voz alta en árabe, sin que la gente lo entendiese. Kemal propugnó y
encargó la traducción del Corán al turco.
En 1934, el Parlamento
confirió a Mustafá Kemal el apellido honorífico de «Atatürk» (padre de los
turcos), con el que se lo conoce desde entonces. Atatürk murió en 1938, a los
57 años de edad, de cirrosis, como consecuencia de su afición al alcohol.
Quince años más tarde, sus restos fueron trasladados a un enorme mausoleo
construido al efecto en Ankara.
Fuente: Mosterín, J. (2012), El islam, Alianza Editorial, Madrid.
18/5/18
La fe política y el ritmo de la historia
A los veinte años dejé de creer en Dios y
de seguir las tradiciones católicas heredadas. A la misma edad empecé a creer
que otro mundo es posible, uno mucho mejor que el que nos ha tocado, aunque
nunca me involucré en el activismo político porque soy muy tímido y temeroso
para eso. Ahora, a los treinta, me doy cuenta que no fue coincidencia dejar la
religión y abrazar la política al mismo tiempo: fue reemplazar una fe por otra.
Es cierto que el paraíso cristiano (o musulmán) parece una superchería al lado
de la utopía social, pero la utopía queda tan lejos en el tiempo y en el
espacio que vivir añorándola no es muy distinto que desear otra vida después de
la muerte. El mundo cambia, pero no necesariamente mejora. A veces empeora,
como ahora mismo en Libia y Venezuela. Quizá la mayor parte del tiempo ni
mejora ni empeora. Y cuando mejora lo hace con desesperante lentitud en
relación a la vida humana tan breve. Un ejemplo estremecedor de la
incompatibilidad entre los ritmos de la historia y de la vida humana es el de
los guerrilleros latinoamericanos de la segunda mitad del siglo veinte, que
creyeron que el mundo mejor estaba a la vuelta de la esquina –sin ese optimismo
difícilmente se hubiesen alzado en armas– y terminaron a menudo asesinados o en
el exilio. (Y cuando triunfaron, como en Cuba y Nicaragua, lo que consiguieron
desde el gobierno quedó muy lejos de lo que soñaron en el llano. Aunque no
debemos olvidar que su fracaso se debe en buena medida a la espada
estadounidense que los puso contra la pared.) Así como no es razonable creer en
dioses, tampoco es razonable esperar que el mundo, a corto o mediano plazo,
vaya a ser mucho mejor de lo que es.
Y sin embargo la
esperanza siempre se cuela. Todavía creo que la reconstrucción social radical
es necesaria, posible y deseable, pero también creo que en una sociedad
industrial moderna –y el Tercer Mundo, a pesar de todo, se desarrolla en esa
dirección– las tentativas de cambio radical solo tienen éxito cuando un
segmento importante de la población se organiza para realizarlas. No es porque
sean quimeras que los cambios radicales no se pueden llevar adelante, sino
porque son pocos los ciudadanos que los anhelan. Tampoco debemos culpar a la
gente por su tibieza. Es natural su postura si tenemos en cuenta que el efecto
de la exposición de los individuos a los medios de comunicación dominantes y a
la educación tradicional es alejarlos del escenario en donde se toman las
decisiones. Nos vemos así abocados a abordar problemas inmediatos y a postergar
el cambio institucional para cuando las condiciones nos sean más favorables.
Eso es lo que hizo Bertrand Russell y eso es lo que hace todavía Noam Chomsky.
13/5/18
El hombre más amable versus Satanás
Por Bertrand Russell
San Francisco de Asís (1181 o 1182-1226)
fue uno de los hombres más amables de la Historia. Procedía de una familia
hacendada y en su juventud le gustaron las diversiones corrientes. Pero un día,
cuando pasó cabalgando al lado de un leproso, un repentino impulso de compasión
le hizo bajar y besar al hombre. Poco después decidió desprenderse de todos los
bienes del mundo y dedicar su vida a la predicación y a las buenas obras. Su
padre, un respetable comerciante, se enfureció, pero no pudo detenerle. Pronto
tuvo grupos de partidarios, los cuales se entregaron a la pobreza completa. Al
principio la Iglesia miró el movimiento con cierta suspicacia; se parecía
demasiado a «los Hombres Pobres de Lyón». Los primeros misioneros que San
Francisco envió a remotos lugares fueron considerados como herejes, porque
practicaron la pobreza en vez de (como los frailes) sólo hacer los votos, que
nadie tomaba en serio. Pero Inocencio III era lo suficientemente astuto para
reconocer el valor del movimiento si se le podía detener en los límites de la
ortodoxia y en 1209 o 1210 dio su aprobación a la nueva orden. Gregorio IX,
amigo personal de San Francisco, continuó favoreciéndole, imponiéndole ciertas
reglas fastidiosas para el impulso entusiasta y anárquico del Santo. Francisco
deseaba interpretar el voto de la pobreza del modo más riguroso. Se opuso a que
sus seguidores tuvieran casas e iglesias. Tenían que mendigar su pan, y no
tenían más alojamiento que la hospitalidad que las circunstancias les
deparaban. En el año 1219 viajó al Oriente y predicó ante el sultán, que le
recibió cortésmente, pero siguió siendo mahometano. A su vuelta observó que los
franciscanos se habían construido una casa; quedó profundamente apenado, pero
el Papa le indujo o le obligó a ceder. Después de su muerte, Gregorio le
canonizó, pero suavizó su regla respeto al artículo de la pobreza.
Imagen tomada de https://bit.ly/2GR70x0
En cuanto a santidad,
Francisco ha tenido iguales; lo que le destaca como único entre los Santos es
su felicidad espontánea, su amor universal y sus dones como poeta. Su bondad se
revela siempre sin esfuerzo, como si no tuviera que vencer nada. Amaba todas
las cosas vivientes, no sólo como cristiano u hombre benévolo, sino como poeta.
Su himno al Sol, escrito poco antes de su muerte, casi podía haber sido escrito
por Akhnaton, el adorador del Sol, aunque no del todo; pues el cristianismo en
él influye aunque no muy claramente. Se sintió obligado hacia los leprosos, por
ellos, no por él. Distinto de los demás Santos cristianos, se interesó más por
la dicha de los demás que por su propia salvación. Jamás mostró ningún
sentimiento de superioridad, ni siquiera a los más humildes o peores. Tomás de
Celano dijo de él que era más que un Santo entre los Santos; lo era entre los
pecadores.
Si existe Satanás, el
porvenir de la orden fundada por San Francisco le habrá proporcionado la más
exquisita satisfacción. El sucesor inmediato del Santo como cabeza de la orden,
el hermano Elías, vivió en pleno lujo, y permitió abandonar completamente la
pobreza. La obra principal de los franciscanos en los años inmediatamente
posteriores a la muerte de su fundador fue reclutar soldados en las violentas y
sangrientas guerras entre los güelfos y gibelinos. La Inquisición, fundada
siete años después de su muerte, tenía en varios países a los franciscanos a la
cabeza. Una pequeña minoría, llamada los Espirituales, permaneció fiel a su enseñanza; muchos de ellos
fueron quemados por la Inquisición por herejía. Estos hombres sostenían que
Cristo y los Apóstoles no poseían bienes, y ni siquiera la ropa que llevaban
era la suya: esta opinión fue condenada como herética en 1323 por Juan XXII. El
resultado final de la vida de San Francisco fue crear una orden aún más rica y
corrompida, reforzar la jerarquía y facilitar la persecución de todos los que
se destacaban por seriedad moral o libertad de pensamiento. Teniendo en cuenta
sus propios fines y carácter, es imposible imaginar un resultado de ironía más
hiriente.
Fuente: Russell, B. (2010), Historia de la filosofía occidental,
Espasa, Madrid.
2/5/18
El desarrollo humano de Cuba (y el de Guinea Ecuatorial)
Guinea Ecuatorial es un pequeño país
ubicado al oeste del continente africano, entre Camerún y Gabón. Fue colonia de
Portugal hasta 1777, y de España hasta 1968, cuando consiguió la independencia.
El primer gobierno, encabezado por Francisco Macías, fue un desastre: en 1979,
cuando lo derrocó su sobrino y ministro Teodoro Obiang, unas 100 mil personas estaban
en el exilio y unas 20 mil habían sido asesinadas, en un país de apenas 300 mil
habitantes.
El gobierno de Obiang,
todavía en funciones, no ha sido mucho mejor. Se ha caracterizado por la
corrupción, por reprimir a los opositores políticos y, sobre todo, por su
incapacidad para lograr avances sociales a pesar de contar con los recursos
materiales necesarios, algo inusual en África. Hasta que comenzó la producción
petrolera, en 1991, Guinea Ecuatorial era un país pobre. Con el petróleo se
enriqueció súbitamente, pero la mayor parte de la población continúa en la
pobreza. El Estado no brinda los servicios que caracterizan a otros países con
el mismo nivel de riqueza. Un reciente informe de Human Rights Watch (“¿Maná del cielo?”) señala que:
Guinea
Ecuatorial es, por lejos, el país del mundo con la brecha más grande entre
riqueza per cápita y la posición conseguida en el Índice de Desarrollo Humano
del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que mide el
desarrollo social y económico. Las importantes reservas de petróleo con que
cuenta Guinea Ecuatorial colocan al país entre aquellos con recursos
suficientes para invertir en servicios sociales, incluidos salud y educación, y
para efectivizar, de manera gradual, derechos económicos y sociales en
consonancia con sus obligaciones regionales e internacionales en materia de
derechos humanos.
Los datos del Informe sobre Desarrollo Humano 2016 del
PNUD, que señalan que Guinea Ecuatorial es el país que con más ha hecho menos,
también nos permiten asegurar que Cuba es uno de los países que con menos ha
hecho más.
El Índice de Desarrollo
Humano (IDH) es ciertamente un poderoso indicador para evaluar lo que una
nación es capaz de hacer en materia de desarrollo según su nivel de riqueza. El
IDH se compone de indicadores relacionados con la salud, la educación y el
bienestar económico. Gracias a que los valores de esos indicadores están
validados, es posible hacer comparaciones entre países. Por ejemplo, para
evaluar lo que los países pueden hacer en materia de salud de acuerdo a su
riqueza, podemos fijarnos en dos componentes del IDH: la esperanza de vida al
nacer –un indicador muy usado para estimar el nivel de salud de una sociedad–,
y el ingreso nacional bruto per cápita –un indicador muy usado para estimar la
riqueza de una sociedad. Observemos la Tabla 1 para el caso de Guinea
Ecuatorial:
Tabla
1
|
||
Esperanza
de vida al nacer
(años)
|
Ingreso
nacional bruto per cápita
(PPA
en $ de 2011)
|
|
Chile
|
82,0
|
21.665
|
Sudáfrica
|
57,7
|
12.087
|
Guinea
Ecuatorial
|
57,9
|
21.517
|
Fuente:
PNUD, Informe sobre Desarrollo
Humano 2016.
|
||
Sudáfrica y Guinea
Ecuatorial tienen aproximadamente la misma esperanza de vida, pero el ingreso
per cápita de Guinea Ecuatorial casi duplica el de Sudáfrica. Eso quiere decir
que Sudáfrica es capaz de hacer lo mismo que Guinea Ecuatorial en materia de salud
con la mitad de los recursos. En la Tabla 1 también vemos que Chile, que
tiene el mismo ingreso per cápita de Guinea Ecuatorial, tiene una
esperanza de vida de 82,0 años. Es decir, Chile es capaz de hacer mucho más que
Guinea Ecuatorial en materia de salud contando con los mismos recursos.
Para el caso de Cuba
veamos la Tabla 2:
Tabla 2
|
||
Esperanza de vida al
nacer
(años)
|
Ingreso nacional bruto
per cápita
(PPA en $ de 2011)
|
|
Costa Rica
|
79,6
|
14.006
|
Cuba
|
79,6
|
7.455
|
Belice
|
70,1
|
7.375
|
Fuente: PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2016.
|
||
Costa Rica y Cuba tienen
la misma esperanza de vida: 79,6 años. Pero Costa Rica tiene un ingreso per
cápita que duplica el de Cuba. Eso quiere decir que Cuba es capaz de hacer lo
mismo que Costa Rica en materia de salud con la mitad de los recursos. En la Tabla
2 también vemos que Belice tiene el mismo ingreso per cápita de Cuba, y una
esperanza de vida de 70,1 años. Es decir, Cuba es capaz de hacer mucho más que
Belice en materia de salud con los mismos recursos.
El gran rendimiento que
muestra Cuba es muy importante al menos por dos razones. (1) Se trata de un
país pobre torturado durante décadas por Estados Unidos. Su caso demuestra que
aun en penosas circunstancias es posible elevar el desarrollo humano. (2) En un
mundo con recursos limitados, en el que no es posible universalizar el estilo
de vida de la clase media porque la presión que se ejercería sobre la
naturaleza sería insoportable, es fundamental aprender a mejorar el desarrollo
humano con la menor cantidad posible de recursos materiales.
Para evitar malentendidos
–que son comunes cuando se escribe sobre Cuba–, me apresuro a aclarar que no
estoy sugiriendo que los países pobres deberían imitar el modelo político y
económico de Cuba. (Tampoco sugiero que debamos cerrar los ojos ante las
falencias de Cuba en otras áreas. En Cuba hay graves violaciones de la libertad
de expresión, asociación y reunión que es preciso denunciar.) Lo que pretendo,
simplemente, es señalar un hecho objetivo y extraer una lección. El hecho
objetivo es que los índices de salud y educación de Cuba son altos a pesar de
ser un país pobre. Y la lección: los muchos países del mundo con recursos
escasos y con servicios de salud y educación deficientes podrían aprender de la
experiencia cubana.
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