30/1/26

Alexandra Kollontai

Por Eduardo Galeano

 

Imagen tomada de https://shorturl.at/SDNhA

Para que el amor sea natural y limpio, como el agua que bebemos, ha de ser libre y compartido; pero el macho exige obediencia y niega placer. Sin una nueva moral, sin un cambio radical en la vida cotidiana, no habrá emancipación plena. Si la revolución social no miente, debe abolir, en la ley y en las costumbres, el derecho de propiedad del hombre sobre la mujer y las rígidas normas enemigas de la diversidad de la vida.

Palabra más, palabra menos, esto exigía Alexandra Kollontai, la única mujer con rango de ministro en el gobierno de Lenin.

Gracias a ella, la homosexualidad y el aborto dejaron de ser crímenes, el matrimonio ya no fue una condena a pena perpetua, las mujeres tuvieron derecho al voto y a la igualdad de salarios, y hubo guarderías infantiles gratuitas, comedores comunales y lavanderías colectivas.

Años después, cuando Stalin decapitó la revolución, Alexandra consiguió conservar la cabeza. Pero dejó de ser Alexandra.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

23/1/26

No me salven, por favor

Por Eduardo Galeano

Abril

25

En estos días de 1951, Mohamad Mossadegh fue elegido primer ministro de Irán, por abrumadora mayoría de votos.

Mossadegh había prometido que devolvería a Irán el petróleo que había sido regalado al imperio británico, y puso manos a la obra.

Pero la nacionalización del petróleo podía generar un caos propicio a la penetración comunista. Entonces el presidente Eisenhower dio la orden de ataque y los Estados Unidos salvaron a Irán: en 1953, un golpe de Estado envió a Mossadegh a la cárcel, mandó al cementerio a muchos de sus seguidores y otorgó a las empresas norteamericanas el cuarenta por ciento del petróleo que Mossadegh había nacionalizado.

Al año siguiente, muy lejos de Irán, el presidente Eisenhower dio otra orden de ataque y los Estados Unidos salvaron a Guatemala. Un golpe de Estado derribó el gobierno de Jacobo Arbenz, democráticamente electo, porque había expropiado las tierras no cultivadas de la United Fruit Company y estaba generando un caos propicio a la penetración comunista.

Guatemala sigue pagando ese favor.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires. 

16/1/26

Objetos perdidos

Por Eduardo Galeano

El siglo veinte, que nació anunciando paz y justicia, murió bañado en sangre y dejó un mundo mucho más injusto que el que había encontrado.

El siglo veintiuno, que también nació anunciando paz y justicia, está siguiendo los pasos del siglo anterior.

Allá en mi infancia, yo estaba convencido de que a la luna iba a parar todo lo que en la tierra se perdía.

Sin embargo, los astronautas no han encontrado sueños peligrosos, ni promesas traicionadas, ni esperanzas rotas.

Si no están en la luna, ¿dónde están?

¿Será que en la tierra no se perdieron?

¿Será que en la tierra se escondieron?

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

9/1/26

Mau-mau

Por Eduardo Galeano

En los años cincuenta el terror era negro, se llamaba Mau-mau y acechaba en las negruras de la selva de Kenia.

La opinión pública mundial creía que los Mau-mau danzaban degollando ingleses, los hacían picadillo y en satánicas ceremonias bebían su sangre.

En 1964, el jefe de estos salvajes, Jomo Kenyatta, recién salido de la cárcel, fue el primer presidente de su país libre.

Después, se supo: en los años de la guerra de la independencia, menos de doscientos británicos habían caído, sumando militares y civiles. Los nativos ahorcados, fusilados o muertos en los campos de concentración sumaban quinientas veces más.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

2/1/26

El maestro

Por Eduardo Galeano

Los alumnos del sexto grado, en una escuela de Montevideo, habían organizado un concurso de novelas.

Todos participaron.

Los jurados éramos tres. El maestro Oscar, puños raídos, sueldo de fakir, más una alumna, representante de los autores, y yo.

En la ceremonia de premiación, se prohibió la entrada de los padres y demás adultos. Los jurados dimos lectura al acta, que destacaba los méritos de cada uno de los trabajos. El concurso fue ganado por todos, y para cada premiado hubo una ovación, una lluvia de serpentinas y una medallita donada por el joyero del barrio.

Después, el maestro Oscar me dijo:

Nos sentimos tan unidos, que me dan ganas de dejarlos a todos repetidores.

Y una de las alumnas, que había venido a la capital desde un pueblo perdido en el campo, se quedó charlando conmigo. Me dijo que ella, antes, no hablaba ni una palabra, y riendo me explicó que el problema era que ahora no se podía callar. Y me dijo que ella quería al maestro, lo quería muuuuuuuucho, porque él le había enseñado a perder el miedo de equivocarse.

Fuente: Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI, México, D.F.

26/12/25

Una serie innumerable de yoes

Por José Saramago

Ricardo Reis no salió a cenar. Tomó té y pastas secas en la mesa del comedor, acompañado por siete sillas vacías, bajo una lámpara de cinco brazos con dos bombillas fundidas, de las pastas comió tres, quedó una en el plato, recapituló y vio que le faltaban dos números, el cuatro y el seis, rápidamente supo encontrar el primero, estaba en las esquinas del comedor rectangular, pero para descubrir el seis tuvo que levantarse, buscar aquí y allá, en esa busca dio con el ocho, las sillas vacías, al fin decidió que sería él el seis, podía ser cualquier número, si realmente era, como parecía demostrado, una serie innumerable de yoes.

Fuente: Saramago, J. (1984), El año de la muerte de Ricardo Reis, Penguin Random House, Barcelona.

19/12/25

Hokusai

Por Eduardo Galeano

Hokusai, el más famoso artista de toda la historia del Japón, decía que su país era tierra flotante. Con lacónica elegancia, él supo verla y ofrecerla.

Había nacido llamándose Kawamura Tokitaro y murió llamándose Fujiwara Iitsu. En el camino, cambió de nombre y apellido treinta veces, por sus treinta renacimientos en el arte o en la vida, y noventa y tres veces se mudó de casa.

Nunca salió de pobre, aunque trabajando desde el amanecer hasta la noche creó nada menos que treinta mil pinturas y grabados.

Sobre su obra, escribió:

De todo lo que dibujé antes de mis setenta años, no hay nada que valga la pena. A la edad de setenta y dos, finalmente he aprendido algo sobre la verdadera calidad de los pájaros, animales, insectos y peces, y sobre la vital naturaleza de las hierbas y los árboles. Cuando tenga cien años, seré maravilloso.

De los noventa no pasó.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

12/12/25

A plena luz

Por Eduardo Galeano

1542

Río Iguazú

Echando humo bajo su traje de hierro, atormentado por las picaduras y las llagas, Álvar Núñez Cabeza de Vaca se baja del caballo y ve a Dios por primera vez.

Las mariposas gigantes aletean alrededor. Cabeza de Vaca se arrodilla ante las cataratas del Iguazú. Los torrentes, estrepitosos, espumosos, se vuelcan desde el cielo para lavar la sangre de todos los caídos y redimir a todos los desiertos, raudales que desatan vapores y arcoiris y arrancan selvas del fondo de la tierra seca: aguas que braman, eyaculación de Dios fecundando la tierra, eterno primer día de la Creación.

Para descubrir esta lluvia de Dios ha caminado Cabeza de Vaca la mitad del mundo y ha navegado la otra mitad. Para conocerla ha sufrido naufragios y penares; para verla ha nacido con ojos en la cara. Lo que le quede de vida será de regalo.

Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

5/12/25

Li Po

Por Eduardo Galeano

Junio

25

El poeta chino Li Po murió en el año 762, en una noche como ésta.

Murió ahogado.

Se cayó de la barca cuando se le ocurrió abrazar a la luna, reflejada en las aguas del rio Yangtsé.

Li Po ya había buscado a la luna, en otras noches:

 

Bebo solo.

Ningún amigo está cerca.

Alzo mi copa,

invito a la luna

y a mi sombra.

Ahora somos tres.

Pero la luna no sabe beber

y mi sombra sólo sabe imitarme.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires. 

28/11/25

Julius Nyerere

Por Eduardo Galeano

En el crepúsculo del siglo veinte y de su propia vida, Julius Nyerere conversó con la comunidad internacional. O sea: los jefes del Banco Mundial lo recibieron en Washington.

Nyerere había sido el primer presidente de Tanzania, después de mucho pelear contra el poder colonial; y había creído en la independencia y había querido que ella fuera mucho más que un saludo a la bandera.

¿Por qué ha fracasado usted? –le preguntaron los altos expertos internacionales.

Nyerere respondió:

El Imperio Británico nos dejó un país donde casi todos eran analfabetos y habla dos ingenieros y doce médicos. Al fin de mi gobierno, casi no habla analfabetos, y teníamos miles de ingenieros y de médicos. Yo dejé el gobierno en 1985. Han pasado trece años. Ahora, tenemos muchos menos niños en las escuelas, un tercio menos, y la salud pública y los servicios sociales están en la ruina. En estos trece años, Tanzania ha hecho todo lo que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional exigieron que se hiciera para modernizar el país.

Y Julius Nyerere devolvió la pregunta:

¿Por qué han fracasado ustedes?

Fuente: Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI, México, D.F.

21/11/25

Sahagún

Por Eduardo Galeano

1583

Tlatelolco

Solaestoy, solaestoy, canta la torcaza.

Una mujer ofrece flores a una piedra hecha pedazos:

–Señor –dice la mujer a la piedra–. Señor, cómo has sufrido.

Los viejos sabios indígenas ofrecen su testimonio a fray Bernardino de Sahagún: «Que nos dejen morir», piden, «ya que han muerto nuestros dioses».

Fray Bernardino de Ribeira, natural de Sahagún: hijo de san Francisco, pies descalzos, sotana de parches, buscador de la plenitud del Paraíso, buscador de la memoria de estos pueblos vencidos: más de cuarenta años lleva Sahagún recorriendo comarcas de México, el señorío de Huexotzingo, la Tula de los toltecas, la región de Texcoco, para rescatar las imágenes y las palabras de los tiempos pasados. En los doce libros de la Historia general de las cosas de la Nueva España, Sahagún y sus jóvenes ayudantes han salvado y reunido las voces antiguas, las fiestas de los indios, sus ritos, sus dioses, su modo de contar el paso de los años y de los astros, sus mitos, sus poemas, su medicina, sus relatos de épocas remotas y de la reciente invasión europea... La historia canta en esta primera gran obra de la antropología americana. 

Hace seis años, el rey Felipe II mandó arrancar esos manuscritos de manos de Sahagún, y todos los códices indígenas por él copiados y traducidos, sin que dellos quede original ni traslado alguno. ¿Dónde habrán ido a parar esos libros sospechosos de perpetuar y divulgar idolatrías? Nadie sabe. El Consejo de Indias no ha respondido a ninguna de las súplicas del desesperado autor y recopilador. ¿Qué ha hecho el rey con estos cuarenta años de la vida de Sahagún y varios siglos de la vida de México? Dicen en Madrid que se han usado sus páginas para envolver especias.

El viejo Sahagún no se da por vencido. A los ochenta años largos, aprieta contra el pecho unos pocos papeles salvados del desastre, y dicta a sus alumnos, en Tlatelolco, las primeras líneas de una obra nueva, que se llamará Arte adivinatoria. Luego, se pondrá a trabajar en un calendario mexicano completo. Cuando acabe el calendario, comenzará el diccionario náhuatl-castellano-latín. Y no bien termine el diccionario...

Afuera aúllan los perros, temiendo lluvia.

Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

14/11/25

Lautréamont

Por Eduardo Galeano

1850

Montevideo

En el puerto de Montevideo ha nacido Isidoro Ducasse. Una doble muralla de fortificaciones separa del campo a la ciudad sitiada. Isidoro crece aturdido por los cañonazos y viendo pasar moribundos que cuelgan de los caballos.

Sus zapatos caminan hacia la mar. Plantado en la arena, cara al viento, él pregunta a la mar adónde se va la música después que sale del violín, y adónde se va el sol cuando llega la noche, y adónde los muertos. Isidoro pregunta a la mar adónde se fue la madre, aquella mujer que él no puede recordar, ni debe nombrar, ni sabe imaginar. Alguien le ha dicho que los demás muertos la echaron del cementerio. Nada contesta la mar, que tanto conversa; y el niño huye barranca arriba y llorando abraza con todas sus fuerzas un árbol enorme, para que no se caiga.

1870

París

Era de hablar atropellado y se cansaba por nada. Pasaba las noches ante el piano, haciendo acordes y palabras, y al amanecer daban lástima sus ojos de fiebre.

Isidoro Ducasse, el imaginario conde de Lautréamont, ha muerto. El niño nacido y crecido en la guerra de Montevideo, el niño aquel que hacía preguntas al río-mar, ha muerto en un hotel de París. El editor no se había atrevido a enviar sus Cantos a las librerías.

Lautréamont había escrito himnos al piojo y al pederasta. Había cantado al farol rojo de los prostíbulos y a los insectos que prefieren la sangre al vino. Había increpado al dios borracho que nos creó y había proclamado que más vale nacer del vientre de una hembra de tiburón. Se había precipitado al abismo, piltrafa humana capaz de belleza y locura, y a lo largo de su caída había descubierto imágenes feroces y palabras asombrosas. Cada página que escribió grita cuando la rasgan.

Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

7/11/25

Ventana sobre el miedo

Por Eduardo Galeano

El hambre desayuna miedo. El miedo al silencio aturde las calles. El miedo amenaza:

Si usted ama, tendrá sida.

Si fuma, tendrá cáncer.

Si respira, tendrá contaminación.

Si bebe, tendrá accidentes.

Si come, tendrá colesterol.

Si habla, tendrá desempleo.

Si camina, tendrá violencia.

Si piensa, tendrá angustia.

Si duda, tendrá locura.

Si siente, tendrá soledad.

Fuente: Galeano, E. (1993), Las palabras andantes, Siglo Veintiuno, México, D.F.

31/10/25

Motolinía

Por Eduardo Galeano

1536

Ciudad de México

Fray Toribio de Motolinía camina, descalzo, cerro arriba. Va cargando una pesada bolsa a la espalda.

Motolinía llaman, en letanía del lugar, al que es pobre o afligido, y él viste todavía el hábito remendado y haraposo que le dio nombre hace años, cuando llegó caminando, descalzo como ahora, desde el puerto de Veracruz.

Se detiene en lo alto de la ladera. A sus pies, se extiende la inmensa laguna y en ella resplandece la ciudad de México. Motolinía se pasa la mano por la frente, respira hondo y clava en tierra, una tras otra, diez cruces toscas, ramas atadas con cordel, y mientras las clava las va ofreciendo:

–Esta cruz, Dios mío, por las pestes que aquí no se conocían y con tanta saña se ceban en los naturales.

–Ésta por la guerra y ésta por el hambre, que tantos indios han matado como gotas hay en la mar y granos en la arena.

–Ésta por los recaudadores de tributos, zánganos que comen la miel de los indios; y ésta por los tributos, que para cumplir con ellos han de vender los indios sus hijos y sus tierras.

–Ésta por las minas de oro, que tanto hieden a muerto que a una legua no se puede pasar.

–Ésta por la gran ciudad de México, alzada sobre las ruinas de Tenochtitlán, y por los que a cuestas trajeron vigas y piedras para construirla, cantando y gritando noche y día, hasta morir extenuados o aplastados por los derrumbamientos.

–Ésta por los esclavos que desde todas las comarcas han sido arrastrados hacia esta ciudad, como manadas de bestias, marcados en el rostro; y ésta por los que caen en los caminos llevando las grandes cargas de mantenimientos a las minas.

–Y ésta, Señor, por los continuos conflictos y escaramuzas de nosotros los españoles, que siempre terminan en suplicio y matanza de indios.

Hincado ante las cruces, Motolinía ruega:

–Perdónalos, Dios. Te suplico que los perdones. De sobra sé que continúan adorando a sus ídolos sanguinarios, y que si antes tenían cien dioses, contigo tienen ciento uno. Ellos no saben distinguir la hostia de un grano de maíz. Pero si merecen el castigo de tu dura mano, también merecen la piedad de tu generoso corazón.

Después Motolinía se persigna, se sacude el hábito y emprende, cuesta abajo, el regreso.

Poco antes del avemaría, llega al convento. A solas en su celda, se tiende en la estera y lentamente come una tortilla.

Fuente: Galeano, E. (1982), Memoria del fuego I. Los nacimientos, Siglo XXI, México, D.F.

24/10/25

Miranda sueña con Catalina de Rusia

Por Eduardo Galeano

A veces, muy en la noche, Miranda vuelve a San Petersburgo y resucita a Catalina la Grande en sus aposentos íntimos del Palacio de Invierno. La infinita cola del manto de la emperatriz, que miles de pajes sostienen en vilo, es un túnel de seda recamada por donde corre Miranda hasta hundirse en un mar de encajes. Buscando el cuerpo que arde y espera, Miranda hace saltar broches de oro y guirnaldas de perlas y se abre paso entre las telas crujientes, pero más allá de la amplia falda abullonada le arañan los alambres del miriñaque. Consigue atravesar esta armadura y llega a la primera enagua y la desgarra de un tirón. Debajo encuentra otra, y luego otra y otra, muchas enaguas de raso nacarado, capas de cebolla que sus manos van arrancando cada vez con menos brío, y cuando a duras penas rompe la última enagua aparece el corsé, invulnerable bastión defendido por un ejército de cinchas y ganchitos y lacitos y botoncitos, mientras la augusta señora, carne jamás cansada, gime y suplica.

Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

17/10/25

La maldición blanca

Por Eduardo Galeano

Los esclavos negros de Haití propinaron tremenda paliza al ejército de Napoleón Bonaparte; y en 1804 la bandera de los libres se alzó sobre las ruinas.

Pero Haití fue, desde el pique, un país arrasado. En los altares de las plantaciones francesas de azúcar se habían inmolado tierras y brazos, y las calamidades de la guerra habían exterminado a la tercera parte de la población.

El nacimiento de la independencia y la muerte de la esclavitud, hazañas negras, fueron humillaciones imperdonables para los blancos dueños del mundo.

Dieciocho generales de Napoleón habían sido enterrados en la isla rebelde. La nueva nación, parida en sangre, nació condenada al bloqueo y a la soledad: nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía. Por haber sido infiel al amo colonial, Haití fue obligada a pagar a Francia una indemnización gigantesca. Esa expiación del pecado de la dignidad, que estuvo pagando durante cerca de un siglo y medio, fue el precio que Francia le impuso para su reconocimiento diplomático.

Nadie más la reconoció. Tampoco la Gran Colombia de Simón Bolívar, aunque él le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Después, cuando Bolívar triunfó en su guerra de independencia, se negó a invitar a Haití al congreso de las nuevas naciones americanas.

Haití siguió siendo la leprosa de las Américas.

Thomas Jefferson había advertido, desde el principio, que había que confinar la peste en esa isla, porque de allí provenía el mal ejemplo.

La peste, el mal ejemplo: desobediencia, caos, violencia. En Carolina del Sur, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la fiebre antiesclavista que amenazaba a todas las Américas. En Brasil, esa fiebre se llamaba haitianismo.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

10/10/25

La cintura del mundo

Por Eduardo Galeano

En el año 234 antes de Cristo, un sabio llamado Eratóstenes clavó una vara, al mediodía, en la ciudad de Alejandría, y le midió la sombra.

Un año después, exactamente a la misma hora del mismo día, clavó la misma vara en la ciudad de Asuán, y comprobó que no hacía ninguna sombra.

Eratóstenes dedujo que la diferencia entre una sombra y ninguna sombra confirmaba que el mundo era una esfera y no un plato. Entonces hizo medir la distancia entre las dos ciudades, a paso de hombre, y a partir de esa información intentó calcular cuánto medía la cintura del mundo.

Se equivocó en noventa kilómetros.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires. 

3/10/25

Canek

Por Eduardo Galeano

1761

Cisteil

Los indios mayas proclaman la independencia de Yucatán y anuncian la próxima independencia de América.

Puras penas nos ha traído el poder de España. No más que puras penas.

Jacinto Uc, el que acariciando hojas de árboles hace sonar trompetas, se hace rey. Canek, serpiente negra, es su nombre elegido. El rey de Yucatán se ata al cuello el manto de Nuestra Señora de la Concepción y arenga a los demás indios. Han rodado por el suelo los granos de maíz, han cantado guerra. Los profetas, los hombres de pecho caliente, los iluminados por los dioses, habían dicho que despertará quien muera peleando. Dice Canek que no es rey por amor al poder, que el poder quiere más y más poder y se derrama el agua cuando se llena la jícara. Dice que es rey contra el poder de los poderosos y anuncia el fin de la servidumbre y de los postes de flagelación y de los indios en fila besando la mano del amo. No podrán atarnos: les faltará cordel.

En el pueblo de Cisteil y en otros pueblos se propagan los ecos, palabras que se hacen alaridos; y frailes y capitanes ruedan en sangre.

1761

Mérida

Después de mucha muerte, lo han apresado. San José ha sido el patrono de la victoria colonial.

Acusan a Canek de haber azotado a Cristo y de haber llenado de pasto la boca de Cristo.

Lo condenan. Van a romperlo vivo, a golpes de hierro, en la Plaza Mayor de Mérida.

Entra Canek en la plaza, a lomo de mula, casi escondida la cara bajo una enorme corona de papel. En la corona se lee su infamia: Levantado contra Dios y contra el Rey.

Lo descuartizan poco a poco, sin regalarle el alivio de la muerte, peor que a bestia en el matadero; y van arrojando sus pedazos a la hoguera. Una larga ovación acompaña la ceremonia. Por debajo de la ovación, se murmura que los siervos echarán vidrio molido en el pan de los amos.

1761

Cisteil

Los verdugos arrojan al aire las cenizas de Canek, para que no vaya a resucitar el día del Juicio Final. Ocho de sus jefes mueren en el garrote vil y a doscientos indios les cortan una oreja. Y para culminación del castigo, doliendo en lo más sagrado, los soldados queman las sementeras de maíz de las comunidades rebeldes.

El maíz está vivo. Sufre si lo queman, se ofende si lo pisan. Quizás el maíz sueña a los indios, como los indios lo sueñan. Él organiza el espacio y el tiempo y la historia de la gente hecha de carne de maíz.

Cuando Canek nació, le cortaron el ombligo sobre una mazorca. En nombre del recién nacido, sembraron los granos manchados de su sangre. De esa milpa se alimentó, y bebió agua serenada, que contiene luz de lucero; y fue creciendo.

Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

26/9/25

En las cumbres del mundo

Por Eduardo Galeano

1802

Volcán Chimborazo

Trepan sobre nubes, entre abismos de nieve, abrazados al áspero cuerpo del Chimborazo, desgarrándose las manos contra la roca desnuda.

Han dejado las mulas a mitad de camino. Humboldt carga a la espalda una bolsa llena de piedras que hablan del origen de la cordillera de los Andes, nacida de un descomunal vómito desde el vientre incandescente de la tierra. A cinco mil metros, Bonpland ha capturado una mariposa y más arriba una mosca increíble y han seguido subiendo, a pesar de la helazón y el vértigo y los resbalones y la sangre que les brota de los ojos y las encías y los labios partidos. Los envuelve la niebla y continúan, a ciegas, volcán arriba, hasta que un hachazo de luz rompe la niebla y deja desnuda la cumbre, alta torre blanca, ante los atónitos viajeros. ¿Será, no será? Jamás hombre alguno ha subido tan cerca del cielo y se dice que en los techos del mundo aparecen caballos volando hacia las nubes y estrellas de colores en pleno mediodía. ¿Será pura alucinación esta catedral de nieve alzada entre el cielo del norte y el cielo del sur? ¿No los engañan los ojos lastimados?

Humboldt siente una plenitud de luz más intensa que cualquier delirio: estamos hechos de luz, siente Humboldt, de luz nosotros y de luz la tierra y el tiempo, y siente unas tremendas ganas de contárselo ya mismo al hermano Goethe, allá en su casa de Weimar.

Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

19/9/25

45 años

Por Amnistía Internacional

En junio [de 2024], el Programa de la ONU para el Medio Ambiente señaló que los escombros procedentes de la destrucción masiva de infraestructuras, las municiones de fósforo blanco y los residuos industriales y médicos estaban liberando niveles extremadamente altos de sustancias peligrosas en Gaza. Según sus cálculos, aunque los bombardeos [israelíes] cesaran inmediatamente, se tardarían 45 años en limpiar y reciclar escombros y residuos.

Fuente: Amnistía Internacional (2025), La situación de los derechos humanos en el mundo, EDAI, Madrid.