24/10/19

El síndrome de Rhilpoth

Hace nueve semanas que el profesor Lema está viviendo en el campus de Rhilpoth, y en las últimas dos todas las noches han sido malas noches, noches llenas de una ansiedad que no le deja dormir, o noches de sueño fragmentado, sueño interrumpido por pesadillas. En medio del insomnio, se distrae mirando las nubes cambiantes en el pedazo de cielo que la cortina de la ventana no cubre.
Todos los años la universidad de Rhilpoth beca a profesores de todas las latitudes para que hagan realidad un proyecto libresco. Las condiciones son inmejorables: los profesores están libres de cargas administrativas o docentes, tienen a su disposición una biblioteca muy nutrida y cuentan con la ayuda de un asistente personal competente. La zona del campus destinada a los becarios incluye amplios jardines, comedores elegantes y habitaciones cómodas que funcionan también como despachos. El profesor Lema suele comer a solas o con John, un profesor de Newark. La primera vez que almorzaron juntos John le preguntó sobre su país, quiere saber cómo es Ecuador. Tiene una vaga idea de selva y frutas exóticas. El profesor Lema le explicó que Ecuador tiene playa y montaña además de selva, sobre todo montaña, y le cuenta que cuatro de los diecisiete millones de habitantes son muy pobres. John escuchó con ojos muy abiertos.
El profesor Lema había llevado un par de zapatos, ocho camisetas, cuatro pantalones, ropa interior, accesorios, el computador y una docena de libros cuya lectura le alegraría tanto como la música festiva o el fútbol de la televisión. En las primeras semanas se atuvo con éxito al esquema que había trazado de la novela, avanzando a un ritmo de una página diaria. La protagonizaban jóvenes idealistas que, luego de comprender que las sociedades avanzan a ritmos inhumanos, fundan una secta para llevar a cabo pequeñas misiones violentas que aceleren los cambios. Cada pequeño capítulo retrataría facetas distintas de la secta. Avanzó en una docena de ellos, pero en las últimas semanas se estancó y ya no pudo retomar la novela. A los problemas de sueño se sumaron el dolor en pies y espalda, el hormigueo del brazo derecho y el vértigo al sentarse y acostarse.
Tocaron la puerta de la habitación. Era Kim, su asistente asignada. Al inicio de su estadía el profesor Lema le había dicho que no la necesitaba porque estaba acostumbrado a escribir sin ayuda, pero ahora la llamó con la excusa de que necesitaba verificar una cita que sabía de memoria. Kim era una rubia alta y esbelta de Dakota del Sur, con una sonrisa de dientes grandes y bien alineados. Irrumpió en la habitación con el libro en cuestión, que él examinó sentado en el escritorio mientras ella aguardaba a su lado, de pie. De golpe se puso también de pie y agarró a Kim del antebrazo, la atrajo con toda la fuerza y le agarró la boca con su boca. La besó con furia hasta que ella logró zafarse y huir.
Un inspector entró sin avisar en la habitación diciéndole que debía presentarse enseguida en la oficina de arreglo de disputas de la universidad. Kim lo había denunciado. John acompañó al profesor Lema a rendir su versión. El profesor Lema aseguró que la versión de Kim era cierta y preguntó cuál era la sanción. La expulsión de Rhilpoth, le contestaron.

17/10/19

La expulsión

Por Eduardo Galeano
En el mes de marzo del año 2000, sesenta haitianos se lanzaron a las aguas del mar Caribe, en un barquito de morondanga.
Los sesenta murieron ahogados.
Como era una noticia de rutina, nadie se enteró.
Los tragados por las aguas habían sido, todos, cultivadores de arroz.
Desesperados, huían.
En Haití, los campesinos arroceros se han convertido en balseros o en mendigos, desde que el Fondo Monetario Internacional prohibió la protección que el estado brindaba a la producción nacional.
Ahora Haití compra el arroz en los Estados Unidos, donde el Fondo Monetario Internacional, que es bastante distraído, se ha olvidado de prohibir la protección que el estado brinda a la producción nacional.
Fuente: Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI, México, D.F.

10/10/19

Ellos

Por Jesús Mosterín
Los primeros pensadores griegos –Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Hecateo– eran todos ellos burgueses acomodados de Mileto, hombres prácticos, metidos en política y en negocios, viajeros y navegantes, comerciantes y turistas. Ellos introdujeron en la Hélade la geometría egipcia, la aritmética babilónica e instrumentos tales como el gnomon (vara vertical sobre una plataforma horizontal, usada para marcar las posiciones del Sol). Ellos iniciaron la geografía y la historia, la filosofía y la cosmología. Ellos dibujaron los primeros mapas del mundo. Ellos y los de su clase tenían una enorme confianza en sí mismos, nutrida por sus éxitos en la vida, evidentemente debidos a su propio esfuerzo y espabilamiento, y no a ninguna presunta intervención divina. No polemizaron con la religión ni con los mitos (excepto Xenofanes), pero dejaron de tomárselos en serio e iniciaron la especulación intelectual libre.
Fuente: Mosterín, J. (2006), La Hélade, Alianza Editorial, Madrid.

3/10/19

Villaviciosa

Por Roberto Bolaño
Cuando ya me disponía a irme, él abrió los ojos y se puso a hablar de Villaviciosa.
A su manera, fue pródigo en detalles. Dijo que el pueblo no tenía más de sesenta casas, dos cantinas, una tienda de comestibles. Dijo que las casas eran de adobe y que algunos patios estaban encementados. Dijo que de los patios escapaba un mal olor que a veces resultaba insoportable. Dijo que resultaba insoportable para el alma, incluso para la carencia de alma, incluso para la carencia de sentidos. Dijo que por eso algunos patios estaban encementados. Dijo que el pueblo tenía entre dos mil y tres mil años y que sus naturales trabajaban de asesinos y de vigilantes. Dijo que un asesino no perseguía a un asesino, que cómo iba a perseguirlo, que eso era como si una serpiente se mordiera la cola. Dijo que existían serpientes que se mordían la cola. Dijo que incluso había serpientes que se tragaban enteras y que si uno veía a una serpiente en el acto de autotragarse más valía salir corriendo pues al final siempre ocurría algo malo, como una explosión de la realidad. Dijo que cerca del pueblo pasaba un río llamado Río Negro por el color de sus aguas y que éstas al bordear el cementerio formaban un delta que la tierra seca acababa por chuparse. Dijo que la gente a veces se quedaba largo rato contemplando el horizonte, el sol que desaparecía detrás del cerro El Lagarto, y que el horizonte era de color carne, como la espalda de un moribundo. ¿Y qué esperan que aparezca por allí?, le pregunté. Mi propia voz me espantó. No lo sé, dijo. Luego dijo: una verga. Y luego: el viento y el polvo, tal vez. Después pareció tranquilizarse y al cabo de un rato creí que estaba dormido. Volveré mañana, murmuré, tómate las medicinas y no te levantes.
Fuente: Bolaño, R. (1997), Llamadas telefónicas, Anagrama, Barcelona.

26/9/19

Heráclito de Éfesos

Por Jesús  Mosterín
 Imagen tomada de https://bit.ly/2HPnVk8
El último de los grandes pensadores jonios del siglo -VI fue Heráclito de Éfesos (en griego, Heráklitos Efésios). Nació en la ciudad de Éfesos, importante puerto de la costa oriental del Egeo, en el seno de una familia aristocrática que decía descender del fundador de la ciudad, por lo que conservaba el privilegio hereditario de nombrar entre sus miembros al rey de la ciudad, cargo por lo demás meramente honorífico. Heráclito renunció a ese privilegio, cediéndoselo a su hermano.
No sabemos casi nada de la vida de Heráclito, pero debió sufrir graves desengaños y reveses, pues en los fragmentos que se conservan de su escrito se nos aparece como un hombre amargado y lleno de desprecio tanto por la masa de sus contemporáneos como por los sabios que lo precedieron. La mayoría de los humanes son malos e imbéciles. En particular, sus paisanos de Éfesos debieron ahorcarse todos, al menos los adultos, dejando la ciudad a los niños. Expulsaron a Hermódoros, porque era el mejor de entre ellos, pues querían ser todos iguales. Pero un hombre excelente vale por diez mil vulgares. ¡Qué triste espectáculo el de los hombres, atontados y sonámbulos, ciegos para lo que tienen delante, incapaces de hablar, de escuchar y de entender lo que oyen! Y no pensemos que los helenos famosos por su sabiduría eran mejores. Homero era un falsario y mentiroso que merecía ser azotado. Hesíodo ni siquiera sabía lo que eran el día y la noche. Los más recientes, como Pitágoras, Xenofanes y Hecateo, tampoco habían logrado entender nada, pues el aprender muchas cosas sueltas no proporciona entendimiento alguno. En realidad, la presunta sabiduría de Pitágoras se reduce a vana erudición e impostura.
Fuente: Mosterín, J. (2006), La Hélade, Alianza Editorial, Madrid.

12/9/19

Se busca

Por Eduardo Galeano

Setiembre

11

Día contra el terrorismo

Se busca a los secuestradores de países.

Se busca a los estranguladores de salarios y a los exterminadores de empleos.

Se busca a los violadores de la tierra, a los envenenadores del agua y a los ladrones del aire.

Se busca a los traficantes del miedo.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

5/9/19

Edmund Dene Morel

Por Bertrand Russell
Imagen tomada de https://bit.ly/2CmF8wW
La guerra de 1914-1918 cambió todo para mí. Dejé mi lado académico y empecé a escribir un nuevo tipo de libros. Cambié totalmente mi concepción de la naturaleza humana. Por primera vez me convencí profundamente de que el puritanismo no hace la felicidad humana. A través del espectáculo de la muerte adquirí un nuevo amor por lo vivo. Me convencí profundamente de que la mayoría de los seres humanos están poseídos por una honda infelicidad que se desahoga en odios destructivos, y que sólo mediante la difusión de la alegría instintiva se puede llegar a construir un mundo bueno. Comprendí que en el mundo actual, reformistas y reaccionarios por igual han sido distorsionados por la crueldad. Me volví suspicaz respecto a todos los propósitos que requieren una disciplina estricta. Al oponerme al objetivo general de la comunidad y descubrir que se aprovechaban las virtudes comunes para masacrar alemanes, me fue muy difícil no caer en la antinomia absoluta. Me salvé de esto gracias a la profunda compasión que me producían los sufrimientos de este mundo. Perdí viejos amigos e hice otros nuevos, y llegué a conocer unas pocas personas a quienes admirar profundamente. En primer lugar debo colocar a E.D. Morel. Lo conocí en los primeros días de guerra y lo vi con frecuencia hasta que ambos fuimos a la cárcel. Tenía una devoción exclusiva por la presentación verdadera de los hechos. Como en sus comienzos había denunciado las iniquidades de los belgas en el Congo, tenía dificultades en aceptar el mito de la «pequeña y galante Bélgica». Como había estudiado minuciosamente la diplomacia de los franceses y de sir Edward Grey en relación con Marruecos, no podía considerar a los alemanes los únicos pecadores. Con una energía infatigable y una inmensa habilidad frente a los numerosos obstáculos de la propaganda y la censura, hizo todo lo que pudo para informar a la nación británica sobre los verdaderos propósitos del gobierno al llevar a los jóvenes a la catástrofe. Fue atacado por políticos y prensa más que ningún otro opositor a la guerra, y entre los que habían oído su nombre, el noventa y nueve por ciento creía que él estaba a sueldo del káiser. Finalmente fue enviado a prisión por el delito, puramente técnico, de haber empleado a la señorita Sidgwick, en lugar del correo normal, para enviar una carta y algunos documentos a Romain Rolland. A diferencia de mí, él no estaba en primera categoría, por lo que su salud sufrió graves daños de los que nunca se recuperó. Pese a todo esto, su coraje nunca flaqueó. Muchas veces se quedaba de noche hasta muy tarde para consolar a Ramsay MacDonald, quien con frecuencia se acobardaba, pero cuando a éste le tocó el turno de formar gobierno, ni se le ocurrió llamar a alguien tan manchado de progermanismo como Morel. Esta ingratitud lo tocó a Morel en lo más profundo, y poco tiempo después murió de una afección al corazón contraída a causa de las duras condiciones de la vida en prisión.
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

29/8/19

Autorretrato

No sé nadar ni sé bailar ni sé cantar ni sé decir malas palabras ni sé tomar el alcohol que no sea el de los brindis. Pronuncio la ere como si fuese doble ere cuando está en medio de palabras como hojarasca o rural, y no puedo leer en voz alta con claridad porque no sé respirar correctamente. Casi no puedo soportar la presencia de personas que no sean mis familiares más cercanos. Esta timidez debe ser en parte heredada porque mis hermanos también la padecen, pero la mía se retroalimenta con mi fealdad. Soy flaco y no engordo aunque me coma un elefante y haga mucho ejercicio. Mi piel está reseca o grasosa, nunca tersa. Suelo andar encorvado y ningún peinado me va bien. Por suerte mi mente no es tan débil como mi cuerpo. Intento ser razonable y puedo vivir sin el auxilio de la fe religiosa. Soy compasivo y suelo justificar el mal que causan los débiles. Creo en la democracia radical. Me interesa mucho saber qué es lo que la gente realmente cree/siente/piensa y acepto el dictamen de la mayoría aunque me parezca equivocado, salvo cuando desborda el sentido común. Una mayoría no puede optar por torturar o asesinar, pero sí puede optar por la independencia de una región o por no reducir la jornada laboral. Me ha costado aprender a soportar el cuerpo y la mente que me tocaron, pero pasados los treinta años estoy al fin dejando atrás la adolescencia y empiezo a aceptar mi destino.

22/8/19

¿Qué haces?

Por Philip Roth
Imagen tomada de https://bit.ly/2G5oF2y
No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo. Es un juego muy arriesgado. Uno no tendría dos tercios de los problemas que tiene si no corriera el albur de la jodienda. El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas. Lo sé tan bien como cualquiera. Hasta el último resto de vanidad volverá para burlarse de ti. Lee el Don Juan de Byron. No obstante, ¿qué haces si tienes sesenta y dos años y crees que nunca podrás aspirar de nuevo a algo tan perfecto? ¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y el impulso de apropiarte de lo que aún puede ser tuyo es irresistible? ¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y te das cuenta de que todos esos órganos invisibles hasta ahora (riñones, pulmones, venas, arterias, cerebro, intestinos, próstata, corazón) están a punto de empezar a hacerse penosamente evidentes, mientras que el órgano más sobresaliente durante toda tu vida está condenado a reducirse hasta la insignificancia?
Fuente: Roth, P. (2001), El animal moribundo, Random House Mondadori, Barcelona.

15/8/19

Maimónides

Por Jesús Mosterín
Imagen tomada de https://bit.ly/2NTzLxx
Maimónides estructuró y pulió la doctrina judaica, tratando de hacerla coherente y compatible con la razón humana. Fue él quien eliminó el antropomorfismo y animismo de la concepción tradicional de Dios, sustituyéndola por la noción filosófica de una entidad incorpórea e inmutable. Reemplazó al Dios de los patriarcas por el Dios de los filósofos, aunque atribuyendo al segundo lo que se había escrito del primero, a base de una reinterpretación drástica de los textos. Fue Maimónides quien depuró la moral bíblica, dotándola de una base ética de la que carecía. Y fue él quien armonizó, aunque fuera de modo inestable, razón y fe, a base de mantener la letra de todas las afirmaciones de la Torá e incluso del Talmud, al tiempo que cambiaba su significado, mediante una reinterpretación filosófica radical. Y todo esto lo hizo con una rara mezcla de prudencia y audacia, ganándose a la vez el respeto de los «racionalistas» y de los ortodoxos.
Fuente: Mosterín, J. (2006), Los judíos, Alianza Editorial, Madrid.

8/8/19

Cuba, Costa Rica y el camino seguro

La mayoría de gobiernos pasan por la historia sin abollarla significativamente, pero los pocos que llevan a cabo reformas importantes y enrumban a los países por sendas distintas, suelen tener una influencia histórica abrumadora, para bien o para mal. Los gobiernos de José Figueres en Costa Rica y de Fidel Castro en Cuba pertenecen a la categoría de gobiernos históricos. Ambos gobiernos tenían un plan para que su nación salga del subdesarrollo. Ambos dependían de la reacción de Estados Unidos, que suele oponerse al desarrollo independiente de otras naciones. Y sin embargo ambos representan, hasta cierto punto, un desafío exitoso a la ambición imperial. Cuba sobrevivió al terrorismo patrocinado por Estados Unidos, a su bloqueo económico y a la caída de la Unión Soviética, cuyo apoyo había disuadido a Estados Unidos de una invasión militar directa a la isla. En medio de esas adversidades, fue capaz de alcanzar logros en educación y salud, pero la economía no mejoró en igual medida y la pobreza sigue azotando a muchos cubanos, que padecen además una asfixiante falta de libertad.
A Costa Rica le fue mejor. En 1948 José Figueres dio un golpe de estado que elevó al poder a la clase media rural. Su gobierno adoptó medidas socialdemócratas de bienestar, eliminó las fuerzas armadas y reprimió severamente al movimiento obrero. En este caso particular, Estados Unidos, acostumbrado a dar la espalda a los reformistas, tuvo que apoyar a Figueres para no apoyar a los comunistas. Aunque posteriormente Costa Rica sucumbió a la ortodoxia neoliberal dominante, todavía saborea los progresos comenzados en los años de Figures, todavía es el país centroamericano con menos pobreza.
En estos primeros años del siglo veintiuno varios países latinoamericanos, sobre todo sudamericanos, han tenido gobiernos con afán reformista, logrando desmarcarse hasta cierto punto de la ortodoxia neoliberal. Llegaron al poder por los votos y no luego de un periodo de violencia armada como en los casos de Cuba y Costa Rica, pero sucumbieron a la corrupción y a la mala idea de apostar por la exportación de materia prima como fuente primordial de riqueza. Las mismas personas que los votaron ahora apoyan a los partidos rivales, abiertamente neoliberales: los que reducen aun más la capacidad del Estado para aumentar el bienestar ciudadano.
La pobreza de gran parte de latinoamericanos y el malestar de su clase media claman por más reformas de corte socialdemócrata, las que funcionaron en Costa Rica y en las zonas más desarrolladas del mundo. Ese es el camino seguro. Solo falta que los ciudadanos asimilen esa lección histórica y elijan mejor a la hora de votar.

1/8/19

El brillo de su estrella

Por Bertrand Russell
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Un acontecimiento de importancia para mí en 1913 fue el comienzo de mi amistad con Joseph Conrad, que debí a nuestra común amistad con Ottoline. Durante muchos años había sido un admirador de mis libros, pero no me habría aventurado a buscar un conocimiento personal con él sin que mediase una presentación. Fui a su casa, cerca de Ashford, en Kent, en un estado de cierta expectación ansiosa. Mi primera impresión fue de sorpresa. Hablaba el inglés con un fuerte acento extranjero, y nada en su porte sugería en modo alguno el mar. Era un aristocrático caballero polaco de pies a cabeza. Sus sentimientos hacia el mar y hacia Inglaterra eran los de un amor romántico, amor desde cierta distancia, suficiente para no empañar el romanticismo. Su amor por el mar se despertó en edad muy temprana. Cuando dijo a sus padres que deseaba seguir la carrera de marino, ellos le premiaron para que ingresase en la Marina austríaca, pero él ansiaba aventuras y mares tropicales y extraños ríos rodeados de oscuras selvas, y la Marina austríaca no le ofrecía campo para satisfacer sus deseos. Su familia se horrorizó al saber que pretendía hacer carrera en la Marina mercante inglesa, pero su determinación era inflexible.
Como puede ver cualquiera a través de sus libros, era un rígido moralista, y en modo alguno simpatizaba políticamente con los revolucionarios. En la mayoría de las cuestiones, nuestras opiniones no concordaban en absoluto, pero en algo muy fundamental estábamos plenamente de acuerdo.
Mis relaciones con Joseph Conrad no se parecieron en nada a ninguna de las relaciones que he tenido jamás. Le vi raras veces, y no durante un largo período de años. En las fortificaciones exteriores de nuestras respectivas existencias éramos casi extraños, pero compartíamos cierta concepción de la vida y del destino humanos que, desde el primer instante, anudó entre nosotros un lazo extremadamente fuerte. Quizá se me perdone el que cite una frase suya extraída de una carta que me escribió a raíz de habernos conocido. Consideraría que la modestia prohíbe su reproducción si no fuese por el hecho de que expresa con tanta exactitud lo que yo mismo sentía por él. Lo que él expresó y yo sentía igualmente fue, utilizando sus propias palabras, «un profundo afecto lleno de admiración, que, si nunca más volviese usted a verme y se olvidase de mi existencia mañana mismo, seguiría siendo inalterablemente suyo usque ad finem».
De todo cuanto había escrito, lo que yo más admiraba era la terrible historia titulada The Heart of Darkness, en la que un idealista un tanto débil es empujado hasta la locura por el horror de la selva tropical y la soledad entre salvajes. Creo que esa narración es la que expresa de manera más completa su filosofía de la vida. Pienso, aunque no sé si él hubiera admitido semejante imagen, que consideraba la vida humana civilizada y moralmente tolerable como un peligroso paseo sobre una tenue corteza de lava apenas enfriada, que en cualquier instante podía romperse y hacer que el incauto se hundiese en un abismo de fuego. Tenía perfecta conciencia de las diversas formas de apasionada demencia a que se sienten inclinados los hombres, y era esto lo que le daba una creencia tan profunda en la importancia de la disciplina. Quizá pudiera decirse que su punto de vista era la antítesis del de Rousseau: «El hombre nace aherrojado, pero puede llegar a liberarse». Y se libera, así creo que lo hubiera dicho Conrad, no dando libre curso a sus impulsos, no mostrándose casual e incontrolado, sino sometiendo el impulso descarriado a un propósito dominante.
No estaba muy interesado en los sistemas políticos, aunque abrigaba algunos sentimientos políticos muy arraigados. El más arraigado de ellos era su amor a Inglaterra y su odio a Rusia, ambos de los cuales están expresados en The Secret Agent; mientras que su odio a Rusia, tanto la zarista como la revolucionaria, se manifiesta con gran fuerza en Under Western Eyes. Su antipatía contra Rusia era la tradicional en Polonia. Iba tan lejos, que no concedía mérito ni a Tolstoi ni a Dostoievsky. Una vez me dijo que Turgueniev era el único novelista ruso a quien admiraba.
Salvo por su amor a Inglaterra y su odio a Rusia, la política no le interesaba mucho. Lo que le interesaba era el alma humana individual enfrentada con la indiferencia de la naturaleza y, a menudo, con la hostilidad del hombre y sujeta a luchas internas, con pasiones buenas y malas que conducían a la destrucción. Las tragedias de la soledad ocupaban gran parte de su pensamiento y sus sentimientos. Una de sus narraciones más típicas es Typhoon. En este relato, el capitán, que es un alma sencilla, salva su barco merced a un valor indecible y una férrea resolución. Una vez pasada la tempestad, escribe una larga carta a su esposa, contándole lo sucedido. En su relato, su propia participación es perfectamente simple. Se ha limitado a cumplir su deber de capitán, como, naturalmente, era de esperar. Pero el lector, a través de su narración, adquiere conciencia de todo cuanto ha hecho y osado y soportado. La carta, antes que el capitán la envíe, es leída subrepticiamente por su camarero, pero nunca la lee nadie más, ya que su mujer la encuentra aburrida y la arroja sin leerla.
Las dos cosas que parecen ocupar fundamentalmente la imaginación de Conrad son la soledad y el temor a todo lo extraño. An Outcast of the Islands, como The Heart of Darkness, se ocupa del temor por lo que es extraño. Ambos sentimientos se unen en la extraordinariamente conmovedora historia titulada Amy Foster. En esta narración, un campesino eslavo meridional, camino de América, resulta el único superviviente del naufragio del barco en que iba, yendo a parar a una aldea de Kent. Todo el pueblo le teme y le maltrata, excepto Amy Foster, una muchacha fea y obtusa, que le lleva pan cuando está hambriento y termina  por casarse con él, pero también ella, cuando su marido, presa de la fiebre, vuelve a su lenguaje nativo, se siente sobrecogida de temor, arrebata a su hijo y abandona a su marido. Éste muere solo y desesperado. Me he preguntado a veces cuánto de la soledad de este hombre sentiría Conrad entre los ingleses y reprimiría mediante un severo esfuerzo de voluntad.
El punto de vista de Conrad estaba lejos de ser moderno. En el mundo moderno, hay dos filosofías: la que nace de Rousseau y aparta la disciplina por innecesaria, y la que halla su expresión más plena en el totalitarismo, que piensa en la disciplina como esencialmente impuesta desde fuera. Conrad se adhería a la tradición más antigua, según la cual la disciplina debe proceder de dentro. Despreciaba la indisciplina y detestaba la disciplina meramente externa. Vi que coincidía plenamente con él en todo esto. En nuestra primera entrevista charlamos con una intimidad continuamente creciente. Parecía como si ambos atravesásemos una capa tras otra de lo que era superficial, hasta que los dos llegamos gradualmente al fuego central. Fue una experiencia como ninguna de las que jamás he conocido. Nos mirábamos a los ojos, medio espantados y medio embriagados al hallarnos juntos en semejante región. La emoción era tan intensa como la de un amor apasionado, y, al mismo tiempo, lo abarcaba todo. Salí de allí aturdido y apenas pude orientarme en los asuntos ordinarios.
No vi a Conrad durante la guerra ni después de ella, hasta mi regreso de China en 1921. Cuando nació mi primer hijo en ese año, quise que Conrad fuese su padrino en la medida en que podía serlo sin una ceremonia formal. Escribí a Conrad, diciendo: «Con su permiso, desearía llamar a mi hijo John y mi bisabuelo se llamó John, y Conrad es un nombre en el que veo méritos». Aceptó la situación y ofreció a mi hijo la copa que es usual en tales ocasiones.
No le vi mucho, pues la mayor parte del año yo vivía en Cornwall, y él no gozaba de óptima salud. Pero recibí varias cartas deliciosas suyas, en especial una acerca de mi libro sobre China. Decía: «Siempre me han agradado los chinos, incluso aquellos que trataron de matarme (y a otras personas también) en el patio de una casa particular en Chantabun, incluso (aunque no tanto) el sujeto que me robó todo el dinero una noche en Bangkok, pero que cepilló y dobló cuidadosamente mis ropas para que me vistiese por la mañana, antes de desvanecerse en las profundidades de Siam. También recibí numerosas atenciones por parte de diversos chinos. Esto, con el aditamento de una conversación vespertina con el secretario de Su Excelencia Tseng en la veranda de un hotel y el estudio superficial de un poema titulado "The Heathen Chinee", es todo cuanto sé de los chinos. Pero después de leer su interesantísimo punto de vista sobre el problema chino, la visión que se me ofrece del futuro de aquel país es muy sombría». Decía luego que mis concepciones sobre el futuro de China «meten un escalofrío en el alma», tanto más, decía, cuanto que yo cifraba mis esperanzas en el socialismo internacional. «Precisamente –comentaba– aquello a lo que no puedo adscribir ninguna clase de significado concreto. Jamás he hallado en un libro de un hombre ni en la conversación de un hombre nada suficientemente convincente para alzarse por un instante contra mi arraigado sentido de la fatalidad que gobierna a este mundo habitado por el hombre.» Seguía diciendo que, aunque el hombre ha conseguido volar, «no lo hace como un águila, sino como un escarabajo; y seguramente ha observado usted cuán feo, ridículo y fatuo es el vuelo de un escarabajo». Tuve la impresión de que, en aquellas pesimistas observaciones suyas, mostraba una sabiduría más profunda que la que manifestara yo en mis esperanzas un tanto artificiales de un feliz desenlace en China. Debo decir que, hasta ahora, los acontecimientos le han dado la razón.
Esta carta fue mi último contacto con él. Nunca más hablé con él. En cierta ocasión, le vi al otro lado de la calle, enfrascado en una seria conversación con un hombre a quien yo conocía, en pie junto a la puerta de la que fuera casa de mi abuela y que, después de su muerte, se había convertido en el Arts Club. No me seducía la idea de interrumpir lo que parecía una grave conversación, y me marché. Cuando, poco después, murió, lamenté no haber sido más audaz. La casa ha desaparecido, demolida por Hitler. Supongo que Conrad está en vías de ser olvidado, pero su intensa y apasionada nobleza brilla en mi memoria como una estrella vista desde el fondo de un pozo. ¡Ojalá pudiera hacer que su luz brillase para otros como brilló para mí!
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

25/7/19

El primero

Por Carl Sagan
Imagen tomada de https://bit.ly/2Phttot
El microscopio y el telescopio, desarrollados ambos en Holanda, a principios del siglo diecisiete, representan una ampliación de las perspectivas humanas hacia los reinos de lo muy pequeño y de lo muy grande. Nuestras observaciones de los átomos y de las galaxias comenzaron en esa época y en ese lugar. Christiaan Huygens disfrutaba desbastando y puliendo las lentes de telescopios astronómicos, y construyó uno de cinco metros de longitud. Sus descubrimientos con el telescopio bastarían para asegurarle un lugar en la historia de los logros humanos. Fue la primera persona que, siguiendo las huellas de Eratóstenes, midió el tamaño de otro planeta. Fue también el primero en conjeturar que Venus está cubierto totalmente de nubes; el primero en dibujar un accidente de la superficie de Marte (una gran ladera oscura azotada por el viento llamada Syrtis Major); y fue el primero que, al observar la aparición y desaparición de tales rasgos mientras el planeta giraba, determinó que el día marciano tenía, como el nuestro, una duración de unas veinticuatro horas. Fue el primero en reconocer que Saturno está rodeado por un sistema de anillos que no tocan en ningún punto al planeta. Y fue el descubridor de Titán, la mayor luna de Saturno y, como sabemos ahora, la luna mayor del sistema solar; un mundo de extraordinario interés y porvenir. Realizó la mayoría de estos descubrimientos antes de los treinta años. También pensaba que la astrología era una tontería.
Fuente: Sagan, C. (1980), Cosmos, Planeta, Barcelona.

18/7/19

La libertad y las corridas de toros

Por Jesús Mosterín
La libertad que han propugnado los pensadores liberales es la de las transacciones voluntarias entre seres humanos adultos (consenting adults): dos adultos pueden interaccionar entre ellos como quieran, mientras la interacción sea voluntaria por ambas partes y no agreda a terceros. Ni la Iglesia ni el Estado ni la familia ni ninguna otra instancia pueden interferirse en dichas transacciones voluntarias. Esto se aplica tanto a la libertad política como a la comercial, la religiosa, la lingüística, la sexual y a cualquier otra. Ningún liberal ha defendido que la libertad sea una patente de corso para maltratar y torturar a criaturas indefensas. La libertad sexual no incluye la violación ni la pederastia; la libertad política tampoco incluye el sacar los ojos a pájaros o a prisioneros, ni el torturar sin necesidad a pacíficos rumiantes.
De hecho, los países que más han contribuido a desarrollar la idea de libertad, como Inglaterra, han sido los primeros que han abolido los encierros y las corridas de toros. En ningún país con tradición liberal se hecho de la crueldad y la tortura pública un espectáculo festivo. Ya los antiguos atenienses, fundadores de la democracia, se mantuvieron al margen de los espectáculos sangrientos de la plebe romana. Curiosamente, y es un síntoma de nuestro atraso, la misma discusión que estamos teniendo ahora en España, Colombia, México y Perú, ya se tuvo en Gran Bretaña hace doscientos años. Y ya entonces, los padres del liberalismo tomaron partido inequívoco contra la crueldad. La libertad no solo es compatible, sino que exige y siempre va acompañada de la prohibición de violencias y crueldades de todo tipo.
Imagen tomada de https://bit.ly/2XAiIB0
Soy partidario de la máxima libertad en todas las interacciones voluntarias entre ciudadanos. Soy contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos. Pero es que las corridas de toros son un caso extremo. Los amigos de la libertad tenemos que acabar con la cultura de la sangre, la violencia y la crueldad, y postular una cultura de la inteligencia, la serenidad y la compasión, más favorable al florecimiento de la libertad. Ya se ha logrado la abolición de la tauromaquia en Canarias y en Cataluña, en la mayoría de los países latinoamericanos y en casi todos los países del mundo. El debate se traslada ahora al resto de España y al par de países donde todavía perduran similares bolsas de crueldad. No sabemos cuándo acabará esta discusión, pero sí cómo acabará. A la larga, la crueldad es indefendible. Todos los buenos argumentos y todos los buenos sentimientos apuntan al triunfo de la compasión.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

11/7/19

El ser humano no está hecho para comprar melones

Por Philip Roth
Imagen tomada de https://bit.ly/2M7qqkW
–No sabe ni comprar un melón –me dijo por teléfono una mañana, muy disgustado; y como se daba la circunstancia de que ya estaba harto de oírle hablar de las cosas que Lil era incapaz de hacer, le contesté:
–Mira, los melones son dificilísimos de comprar. Quizá lo más difícil de comprar que hay, si te paras a pensarlo. No pasa como con las manzanas, no hay modo de saber lo que tienen por dentro. A mí me cuesta menos trabajo comprar un coche que un melón. Una casa, que un melón. Si una de cada diez veces salgo de la tienda con un buen melón en las manos, me doy con un canto en los dientes. Lo huelo de cerca y de menos cerca, lo aprieto por las dos puntas con el dedo gordo, agarro otro, lo huelo, lo aprieto por las puntas... Así hasta ocho o diez melones, antes de decidirme por uno de ellos, y luego me lo llevo a casa y lo abro para la cena y resulta que no sabe a nada y que está duro como una piedra. Qué quieres que te diga: todos nos equivocamos con los melones. El ser humano no está hecho para comprar melones... Hazme un favor, Herm, deja de darle la lata a la pobre mujer, porque no es ella la única que compra melones asquerosos: es un fallo humano. La estás acosando por algo que ni siquiera una de cada cien personas hace bien, y eso por casualidad, la mitad de las veces, para colmo.
–Bueno –dijo, desconcertado ante la seriedad de mi tono–, el melón es lo de menos...
Fuente: Roth, P. (1991), Patrimonio, Random House, Barcelona.

4/7/19

La historia del checoslovaco

Por Albert Camus
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Puedo decir que, en los últimos meses, dormía de dieciséis a dieciocho horas diarias. Me quedaban así seis horas que matar con las comidas, las necesidades naturales, mis recuerdos y la historia del checoslovaco.
Entre mi colchoneta y la tabla de la cama, había encontrado, en efecto, un viejo pedazo de periódico casi pegado a la tela, amarillento y transparente. Relataba un suceso cuyo comienzo faltaba, pero que debía de haber acontecido en Checoslovaquia. Un hombre había salido de una aldea checa para hacer fortuna. Al cabo de veinticinco años, había regresado, rico, con una mujer y un niño. Su madre regentaba un hotel con su hermana en la aldea natal. Para darles una sorpresa, dejó a su mujer y a su hijo en otro alojamiento y fue al hotel de su madre, que no lo reconoció cuando entró. Por broma, tomó una habitación. Había dejado ver su dinero. Durante la noche, su madre y su hermana lo asesinaron a martillazos para robarle y arrojaron su cuerpo al río. Por la mañana vino la mujer y reveló sin darse cuenta la identidad del viajero. La madre se ahorcó. La hermana se arrojó a un pozo. Debí de leer esta historia miles de veces. Por una parte, era inverosímil. Por otra, era natural. Me parecía, de todos modos, que el viajero lo había merecido un poco y que nunca se debe jugar.
Fuente: Camus, A. (1942), El extranjero, Alianza Editorial, Madrid.

27/6/19

Los ocho conductos

Por Roberto Bolaño
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Según el forense, Mónica había sido violada anal y vaginalmente, aunque también le encontraron restos de semen en la garganta, lo que contribuyó a que se hablara en los círculos policiales de una violación «por los tres conductos». Hubo un policía, sin embargo, que dijo que una violación completa era la que se hacía por los cinco conductos. Preguntado sobre cuáles eran los otros dos, contestó que las orejas. Otro policía dijo que él había oído hablar de un tipo de Sinaloa que violaba por los siete conductos. Es decir, por los cinco conocidos, más los ojos. Y otro policía dijo que él había oído hablar de un tipo del DF que violaba por los ocho conductos, que eran los siete ya mencionados, digamos los siete clásicos, más el ombligo, al que el tipo del DF practicaba una incisión no muy grande con su cuchillo y luego metía allí su verga, aunque, claro, para hacer eso había que estar muy taras bulba. Lo cierto es que la violación «por los tres conductos» se extendió, se popularizó en la policía de Santa Teresa, adquirió un prestigio semioficial que en ocasiones se vio reflejado en los informes redactados por los policías, en los interrogatorios, en las charlas off the record con la prensa.
Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama, Barcelona.

20/6/19

No hay otros ojos

Por Jesús Mosterín
Todos los animales navegamos por el espacio de la nave Tierra, compañeros todos de viaje, de fatigas y emociones; linaje bendecido y abrumado por nuestra capacidad compartida de sentir, gozar y sufrir. No hay otros compañeros. No hay otros seres a los que mirar a los ojos. No hay otros ojos. Animales entre animales, gozosamente aceptamos nuestra vida y nuestra animalidad. Solo los animales padecemos; por eso solo los animales podemos ser compadecidos. La emoción moral de la compasión es el foco de la ética de la compasión. Compadecemos a las víctimas de las guerras; por eso buscamos la paz. Compadecemos a las criaturas que sufren innecesariamente; por eso estamos en contra de la crueldad y tratamos de abolir los peores abusos y maltratos contra hombres, mujeres y niños y contra animales domésticos y salvajes. No nos autoengañemos. No nos forjemos consuelos ilusorios. No renunciemos a descubrir ni a entender. Que nuestra curiosidad y nuestra simpatía se extiendan por doquier. No reprimamos nuestro afecto por las criaturas. No pongamos límites a nuestra ansia de conocer, ni diques a nuestra ansia de amar. No convirtamos en un infierno la vida de los animales bajo nuestra custodia. No masacremos a los animales salvajes. Fomentemos el conocimiento, la sensibilidad y la compasión. Compadezcámonos de todos los que sufren, sin prejuicios, grupismos ni fronteras. Trabajemos por el triunfo de la compasión.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

13/6/19

Bueno o malo

Se dice que la mayoría de ecuatorianos somos buenos o somos honestos, pero a mí me parece que la verdad es la contraria, la mayoría es mala, la mayoría es falsa. Supongo que tamaña divergencia de opiniones se debe a que la mayoría se juzga en relación al individuo promedio, mientras que yo juzgo en relación a un individuo modelo, a Buda por ejemplo. Al lado de Buda todos somos malos. No es difícil mostrar que la mayoría es mala. En mi entorno familiar es evidente la maldad, y no creo que se trate de una familia anómala. Mi papá es malo porque no piensa en los pobres, y aun cuando acepta que la situación del pobre es dura, no cree que debamos hacer nada para ayudarlo. A mi mamá sí le dan lástima los pobres y hasta los ayuda caritativamente, pero también es mala porque destroza con insultos al pobre que la engaña. (Los vecinos no tienen opinión de papá, pero de mamá suelen decir que es una gran persona. Eso pasa porque sólo conocen su lado amable. No saben de su hipocresía, de sus puñaladas traperas.) Casi todos están de acuerdo en que mi hermana es buena, pero yo sé que es mala porque un día se burló de mi debilidad. Mi cuñado también es malo, pues a los feos les dice feos y a los tontos les dice tontos. Mi tío es sin ninguna duda el peor de la familia, el más mentiroso, el peor padre, el peor esposo. (¡Y más de una mujer lo adora!) Yo soy el menos malo de la familia. Yo sí pienso en los pobres y no me importa que me engañen porque sé que no tuvieron las oportunidades que yo tuve, y no me burlo de los débiles, y no les digo feos a los feos ni tontos a los tontos, y miento poco. Pero así como mis familiares no se dan cuenta de sus fallos, tampoco notan mis virtudes. Son malos pero no saben que son malos, y como no reconocen su maldad, tampoco entienden mi bondad.

6/6/19

He vivido en pos de una ilusión

Por Bertrand Russell*
Desde mi infancia, he dedicado el lado serio de mi vida a dos intereses diferentes que durante mucho tiempo permanecieron separados y que sólo en los últimos años se han unido en un todo. Por una parte, quería saber si es posible el conocimiento; por otra, quería hacer todo lo que estuviera a mi alcance para crear un mundo más feliz. Hasta la edad de treinta y ocho años, dediqué casi todas mis energías a la primera de estas tareas. El escepticismo me inquietaba y me vi forzado, contra mi voluntad, a sacar la conclusión de que casi todo lo que se considera conocimiento está expuesto a la duda razonable. Necesitaba la certeza del mismo modo que la gente necesita la fe religiosa. Pensaba que era más probable encontrar la certeza en la matemática que en cualquier otra cosa, pero descubrí que muchas demostraciones matemáticas, que mis maestros pretendían que aceptara, estaban plenas de falacias, y que si efectivamente era posible encontrar la certeza en la matemática, se trataría un nuevo tipo de matemática basada en fundamentos más sólidos que los que se consideraban inamovibles hasta ese momento. Pero a medida que avanzaba en mi trabajo, recordaba constantemente la fábula del elefante y la tortuga. Una vez construido un elefante sobre el cual se podía apoyar el mundo matemático, me di cuenta de que el elefante tambaleaba y tuve que construirle una tortuga para que no cayera. Pero la tortuga no resultó más segura que el elefante, y después de veinte años de muy arduos esfuerzos, llegué a la conclusión de que yo no podía hacer nada más para conseguir que el conocimiento matemático fuera indudable. Entonces llegó la primera guerra mundial y mis pensamientos se concentraron en la locura y la miseria humanas.
Creo que ninguna de las dos es parte intrínseco e inevitable del ser humano, y estoy convencido de que la inteligencia, la paciencia y la elocuencia pueden, tarde o temprano, alejar al género humano de las torturas que se ha impuesto, siempre que en el ínterin no se extermine a sí mismo.
Basándome en esta convicción, he mantenido siempre un grado de optimismo, aunque con la edad éste se ha vuelto más sobrio y me hace ver más lejana la conclusión feliz. Pero sigo siendo totalmente incapaz de estar de acuerdo con aquellos que aceptan con fatalismo la creencia de que el hombre ha nacido para sufrir. No es difícil determinar las causas de infelicidad del pasado ni del presente. Debido a que el hombre no dominaba la naturaleza, ha existido la pobreza, la pestilencia y el hambre. Debido a la hostilidad de unos hombres contra otros hombres, ha habido guerras, opresiones y torturas. Y oscuras creencias han alimentado morbosos sufrimientos y han conducido al hombre a profundos conflictos internos que han vuelto vana toda la prosperidad exterior. Todo esto no era necesario, y para todos estos padecimientos se conocen medios con que poder superarlos. En el mundo moderno, los pueblos son infelices porque con frecuencia ignoran muchas cosas y mantienen costumbres, creencias y pasiones a las que valoran más que la felicidad e incluso la vida. He visto a muchas personas, en esta época nuestra tan peligrosa, que parecen enamoradas del sufrimiento y de la muerte, y que se enfadan cuando se les sugiere la esperanza. Piensan que la esperanza es irracional y que, instaladas en su cómoda desesperanza, simplemente confrontan la realidad. Yo no estoy de acuerdo con ellas. Conservar la esperanza en este mundo requiere nuestra inteligencia y nuestra energía. Quienes desesperan, con frecuencia es porque carecen de energías.
He vivido la segunda mitad de mi vida en una de esas dolorosas épocas de la historia humana durante las cuales el mundo empeora; las victorias que parecía definitivas terminaron siendo transitorias. Cuando era joven, el optimismo victoriano se daba por sentado. Me enseñaron que la libertad y la prosperidad se extenderían paulatinamente por el mundo de acuerdo con un proceso ordenado, y se esperaba que la crueldad, la tiranía y la injusticia irían disminuyendo sin cesar. Casi nadie vivía atemorizado por las grandes guerras. Casi nadie pensaba que el siglo diecinueve era un breve intervalo entre el pasado y la barbarie del futuro. A quienes han crecido en aquel clima les ha sido difícil adaptarse al mundo presente, no sólo en el aspecto emocional sino también en el intelectual. Las ideas que se consideraban apropiadas han resultado no serlo. Ha sido muy difícil conservar valiosas libertades en algunos asuntos, mientras que en otros, concretamente en las relaciones entre países, las libertades antes valoradas han demostrado ser abundantes fuentes de desastres. Si el mundo ha de emerger de su actual situación de peligro, necesitamos nuevas ideas, nuevas esperanzas, nuevas libertades y nuevas restricciones a la libertad.
No pretendo decir que lo que yo he hecho en relación con los problemas políticos y sociales ha tenido mucha importancia. Comparativamente, con un evangelio preciso y dogmático como el comunismo es mucho más fácil obtener un gran efecto. Por lo que a mí respecta, no puedo creer que la humanidad necesite ningún sistema preciso ni dogmático, como tampoco puedo creer con sinceridad en ninguna doctrina parcial que sólo se ocupa de una parte o aspecto de la vida humana. Hay quienes sostienen que todo depende de las instituciones, y que las buenas instituciones nos traerán inevitablemente una época de paz y prosperidad. Por otra parte, están quienes creen que se necesita un cambio en los corazones, y que, en comparación, poco cuentan las instituciones. No estoy de acuerdo. Las instituciones moldean el carácter, y el carácter transforma a las instituciones. Las reformas de ambos deben marchas cogidas de la mano, y si los individuos han de conservar esa medida de iniciativa y flexibilidad que deberían tener, no se los debe encerrar a todos en un único y rígido molde; o, para cambar la metáfora, no de los debe adiestrar a todos en un mismo ejército. La diversidad es esencial, a pesar de que excluye de antemano la aceptación universal de un único evangelio. Pero predicar semejante doctrina no es fácil, en particular en tiempos difíciles, y quizás no produzca ningún efecto hasta que la trágica experiencia no nos enseñe algunas lecciones amargas.
Mi obra se aproxima a su fin, y ha llegado la hora de examinarla en su totalidad. ¿En qué medida he tenido éxito y en qué medida he fracasado? Desde edades tempranas me consideré dedicado a grandes y arduas tareas. Hace casi tres cuartos de siglo, caminando a solas en el Tiergarten berlinés, sobre la nieve que se derretía y bajo el frío y radiante sol de marzo, decidí que escribiría dos clases de libros: unos abstractos, que con el tiempo se volverían más concretos, y otros concretos, que poco a poco tenderían a lo abstracto. Los coronaría con una síntesis que combinara teoría pura con filosofía social práctica. Salvo la síntesis final, que todavía me es esquiva, he cumplido mi propósito y he escrito estos libros, que han recibido elogios y aprobación y han influido en la forma de pensar de muchos hombres y mujeres. En ese aspecto, he logrado mi propósito.
Pero, en contraposición, debo mencionar dos tipos de fracaso, uno exterior y otro interior.
Primero, el fracaso exterior: el Tiergarten berlinés es ahora un desierto; la Puerta de Branderburgo, que atravesé para entrar al parque aquella mañana de marzo, se ha convertido en frontera de dos imperios enemigos que se observan desafiantes por encima de una barrera y preparan lúgubremente la ruina de la humanidad. Comunistas, fascistas y nazis, sucesivamente, han desafiado todo lo que considero bueno, y para derrotarlos se ha perdido gran parte de lo que sus oponentes intentaban preservar. A la libertad se la considera debilidad, y a la tolerancia se la obligar a vestir el manto de la traición. Los viejos ideales se juzgan irrelevantes y ninguna doctrina carente de agresividad impone respeto.
El fracaso interior, aunque ninguna importancia tiene para el mundo, ha hecho de mi vida mental una batalla perpetua. Comencé creyendo con fe más o menos religiosa en un mundo platónico, eterno, en el que las matemáticas lucían una belleza semejante a los últimos Cantos del Paraíso, y al final llegué a la conclusión de que el mundo eterno es trivial y que las matemáticas son sólo el arte de decir la misma cosa con palabras diferentes. Empecé creyendo que el amor, libre y valiente, podía conquistar el mundo sin violencia, y terminé apoyando una guerra amarga y espantosa. En ese aspecto, he fracasado.
Pero bajo esta carga de fracaso sigo siendo consciente de algo que siento como una victoria. Puede que haya concebido equivocadamente la verdad teórica, pero no me equivoqué en pensar que existe tal verdad y que merece nuestra lealtad. Puede que haya creído que el camino hacia un mundo de hombres libres y felices era más corto de lo que se está revelando, pero no me equivoqué al pensar que ese mundo es posible, y que merece la pena vivir con miras a volverlo realidad. He vivido en pos de una ilusión, personal y social. Personal, por valorar lo que es noble, lo que es hermoso, lo que es bueno; por permitir que los instantes de lucidez impregnaran de sabiduría los momentos más mundanos. Social, por imaginar la sociedad que se ha de crear, en la que los individuos crezcan libremente y donde el odio, la codicia y la envidia desaparezcan porque nada hay para alimentarlos. Creo en todas estas cosas, y el mundo, con todos sus horrores, no me ha hecho cambiar de parecer.
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.
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