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19/8/21

El derecho a abortar es más importante que el derecho a votar

Por Jesús Mosterín

Los dramones y folletines del pasado están llenos de historias lacrimosas de mujeres cuyas vidas quedaban destrozadas por un embarazo inoportuno. Por desgracia, los casos de la vida real no eran menos trágicos que los ficticios. Situaciones de este tipo se han acabado en casi todos los países civilizados.

Toda precaución puede fallar. El cómputo de Ogino puede fallar, los anticonceptivos pueden fallar, uno puede equivocarse de fecha o tener un lapsus de memoria. A veces el embarazo imprevisto será una sorpresa agradable e incluso maravillosa, o al menos soportable. Pero habrá circunstancias en que representará partir por la mitad la vida de una mujer, o arruinar su carrera profesional, o lo que sea. Solo a la mujer interesada le es dado juzgar esas circunstancias, y no a la caterva arrogante de políticos, prelados, jueces, médicos y burócratas empeñados en decidir por ella. El aborto es un trauma. Ninguna mujer lo practicaría por gusto o a la ligera. Pero la procreación y la maternidad son algo demasiado importante como para dejarlo al albur de un error o un descuido o una violación. El aborto, como el divorcio o los bomberos, se inventó para cuando las cosas fallan.

La única razón para prohibir el aborto es el tabú impuesto por el fundamentalismo religioso. Ninguna otra razón moral, filosófica ni política avala tal precepto. Donde la Iglesia católica (o el fundamentalismo islámico, o el evangélico) no es prepotente y dominante, el aborto está permitido.

El sofisma básico consiste en decir que abortar es matar a un humán, cometer un homicidio, y, puesto que todas las personas civilizadas estamos contra el asesinato, tenemos que estar también contra el derecho al aborto, que sería un derecho al homicidio. El aborto está permitido y liberalizado en Estados Unidos y en Rusia, en Francia y en Holanda, en Gran Bretaña y en Italia, en China y en la India, en Austria y en Japón, en Suecia y Singapur, y en tantos otros países, en todos los cuales el homicidio está terminantemente prohibido y gravemente penado. ¿Será verdad que todos ellos caen en la flagrante contradicción de prohibir y permitir al mismo tiempo el homicidio, como pretenden los agitadores religiosos, o será más bien que el aborto no tiene nada que ver con el homicidio, como es obvio?

Una bellota no es un roble. Los cerdos de Jabugo se alimentan de bellotas, no de robles. Y un cajón de bellotas no constituye un robledo. Un roble es un árbol, mientras que una bellota no es un árbol, sino solo una semilla. Por eso la prohibición de talar los robles de un determinado bosque no implica la prohibición de recoger sus bellotas. Sin embargo, es obvio que hay una íntima relación entre el roble y la bellota. El roble actual se originó a partir de una cierta bellota, del mismo modo que esa bellota se formó a partir de un cierto zigoto (óvulo fecundado por un grano de polen en el interior de una flor de otro roble). Entre el zigoto, la bellota y el roble hay una continuidad genealógica celular: la bellota y el roble se han formado mediante sucesivas divisiones celulares (por mitosis) a partir del mismo zigoto. Ese linaje celular es un organismo. Ese zigoto, esa bellota y ese roble constituyen distintas etapas de un mismo organismo. Una bellota no es un roble, pero es una etapa inicial de un organismo que (en circunstancias favorables) podría alcanzar otra etapa distinta en la que sí sería un roble. Es lo que Aristóteles expresaba diciendo que la bellota no es un roble de verdad, un roble en acto, pero que encierra en sí la potencialidad de llegar a convertirse en un roble y es, por lo tanto, un roble en potencia.

Una oruga no es una mariposa. Una oruga se arrastra por el suelo, come hojas, carece de alas, no se parece nada a una mariposa ni tiene las propiedades típicas de estas. Incluso hay a quien le encantan las mariposas, pero le dan asco las orugas. Sin embargo, una oruga es una mariposa en potencia. Huevo, oruga, pupa y mariposa son estadios distintos del mismo organismo, etapas sucesivas y diferentes de un mismo linaje celular.

Cuando el espermatozoide de un hombre penetra en el óvulo maduro de una mujer y los núcleos haploides de ambos gametos se funden para formar un nuevo núcleo diploide, se forma un zigoto que (en circunstancias favorables) puede convertirse en el inicio de un linaje celular humano, de un organismo que en sus diversas etapas puede ser mórula, blástula, embrión, feto y, finalmente, un humán en acto, hombre o mujer. Aunque estadios de un mismo organismo, un zigoto no es una blástula, y un embrión no es un humán. Un embrión es un conglomerado celular del tamaño y peso de un renacuajo o una bellota, que vive en un medio líquido y es incapaz por sí mismo de ingerir alimentos, respirar o excretar (no digamos ya de sentir o pensar), por lo que solo pervive como parásito interno de su madre, a través de cuyo sistema sanguíneo come, respira y excreta. Desde luego este parásito encierra la portentosa potencialidad de desarrollarse durante meses hasta convertirse en un hombre o mujer. Es un milagro maravilloso y la mujer en cuyo seno se produzca este milagro puede sentirse realizada, orgullosa y satisfecha. Pero, en definitiva, es a ella a quien corresponde decidir si es el momento oportuno para realizar milagros en su vientre.

El niño es un anciano en potencia, pero un niño no es un anciano ni tiene derecho a la jubilación. Un hombre vivo es un cadáver en potencia, mas un hombre vivo no es un cadáver. Enterrar a un hombre vivo es algo muy distinto y de muy diversa gravedad que enterrar a un cadáver. Una oruga es una mariposa en potencia, pero no es una mariposa actual. Una bellota es un roble en potencia, pero no es un roble de verdad. A los vegetarianos, a los que les está prohibido comer carne, les está permitido comer huevos, porque los huevos no son gallinas, aunque tengan la potencialidad de llegar a serlo. Un embrión no es un hombre, y por lo tanto eliminar un embrión no es matar a un hombre. El aborto no es un asesinato. Y el uso de células madre en la investigación, tampoco.

Otro sofisma que emplean los agitadores religiosos consiste en decir que, si los padres de Beethoven hubieran abortado, no habría habido Quinta Sinfonía, por lo que, si somos aficionados a la música, tenemos que estar contra el derecho al aborto. E incluso si no lo somos, pues si nuestros padres hubieran abortado el embrión de que nosotros surgimos, ahora no existiríamos. Pero si los padres de Beethoven y los nuestros hubieran sido castos, tampoco habría Quinta Sinfonía y tampoco existiríamos nosotros. Si esto es un argumento para prohibir el aborto, también lo es para prohibir la castidad. Pero tanta prohibición supongo que resultaría excesiva incluso para la Iglesia católica. Una de sus múltiples contradicciones estriba en que impone un natalismo salvaje a los demás, mientras a sus propios sacerdotes y monjas les prohíbe cualquier atisbo de natalidad, exigiéndoles un celibato y una castidad implacables.

En el juego de la vida la jugada culminante es la reproducción. Solo quien se reproduce logra transmitir sus genes. Muchas parejas anhelan tener infantes, muchas mujeres desean quedar embarazadas y esperan con inquietud e inmensa ilusión el nacimiento de la criatura. Es difícil exagerar la importancia del momento y del evento, la alegría profunda que puede producir y su contribución absolutamente crucial a la preservación de la naturaleza humana, del género humano y de la sociedad humana. El infante querido y deseado será normalmente bien alimentado y educado, colmado de cariño y estimulación; su cerebro se formará sin más limitaciones que las impuestas por la lotería genética que le haya tocado. Por desgracia, gran parte del mundo está lleno de madres forzadas con sus vidas rotas y de niños no deseados, abandonados a la mendicidad y la delincuencia, famélicos, con los cerebros malformados por la carencia alimentaria y la falta de cariño y estímulo, carne de cañón de guerrillas crueles y sometidos a todo tipo de explotaciones prematuras. El derecho a abortar es para muchas mujeres aún más importante que el derecho a votar en las elecciones generales, y ha de serles reconocido por todos los que están a favor de la libertad y del respeto a la persona (aunque sea mujer), incluso por aquellos que personalmente jamás abortarían.

Fuente: Mosterín, J. (2006), La naturaleza humana, Espasa Calpe, Madrid.

12/8/21

El fin de la pandemia de COVID

En un texto del 31 de diciembre del 2020 decía que la mejor manera de cuantificar el impacto de la pandemia es mirar las muertes en exceso en cada país: «A partir del número de fallecidos de años previos, se estima el número de fallecidos que hubiese habido este año sin la pandemia, se contrasta esta cifra con las defunciones registradas, y las muertes adicionales se atribuyen a la pandemia. Es un método impreciso que incluye no solo las muertes por COVID, sino también las ocasionadas por otras enfermedades que no se pudieron atender porque los hospitales colapsaron». En ese momento, entre los países más afectados estaban algunos de América latina, algunos de Europa occidental y Rusia. Ahora, ocho meses después, algunos países de Europa oriental han reemplazado a los de Europa occidental (ver Tabla 1). Perú siguen siendo el país más afectado del mundo, con 583 muertes por cada 100 mil habitantes. Es decir, en Perú uno de cada 170 habitantes ha muerto debido a la pandemia de COVID.

Tabla 1. Víctimas de la pandemia, según el total de muertes en exceso y por cada 100 mil habitantes*

País

Muertes en exceso

Por cada 100 mil habitantes

Perú

191.490

583

Bulgaria

34.590

498

Macedonia del Norte

9.170

441

Serbia

28.730

415

Rusia

576.650

394

Lituania

10.590

379

México

475.000

377

Ecuador

63.210

357

Moldavia

9.060

343

República Checa

35.370

331

*https://www.economist.com/graphic-detail/coronavirus-excess-deaths-tracker

La muerte llega en oleadas. A una ola de contagios le sigue la saturación de las áreas de cuidados intensivos de los hospitales, y las muertes se multiplican. En Ecuador, hemos atravesado por tres olas de muerte que se pueden verificar mirando el promedio de muertes en exceso por día desde que comenzó la pandemia, en periodos de unos quince días (ver Tabla 2). La cima de la primera ola se encuentra en la primera quincena de abril de 2020, con un promedio de 715 muertes en exceso al día. La cima de la segunda ola se encuentra en la segunda quincena de julio de 2020, con un promedio de 162 muertes en exceso al día. La cima de la tercera ola se encuentra en la segunda quincena de abril de este año, con un promedio de 244 muertes en exceso al día.

Tabla 2. Promedio de muertes por día en Ecuador durante la pandemia

Periodo

Muertes esperadas*

Muertes registradas**

Muertes en exceso

12-31 marzo 2020

223

394

171

1-15 abril 2020

209

924

715

16-30 abril 2020

209

493

284

1-15 mayo 2020

203

359

156

16-31 mayo 2020

203

303

100

1-15 junio 2020

199

302

104

16-30 junio 2020

199

303

105

1-15 julio 2020

198

343

144

16-31 julio 2020

198

361

162

1-15 agosto 2020

204

351

147

16-31 agosto 2020

204

304

100

1-15 septiembre 2020

209

282

73

16-30 septiembre 2020

209

256

47

1-15 octubre 2020

196

249

52

16-31 octubre 2020

196

244

47

1-15 noviembre 2020

203

245

43

16-30 noviembre 2020

203

250

48

1-15 diciembre 2020

213

245

33

16-31 diciembre 2020

213

257

44

1-15 enero 2021

222

290

68

16-31 enero 2021

222

324

103

1-14 febrero 2021

214

316

102

15-28 febrero 2021

214

322

108

1-15 marzo 2021

223

333

109

16-31 marzo 2021

223

384

161

1-15 abril 2021

209

425

216

16-30 abril 2021

209

454

244

1-15 mayo 2021

203

398

195

16-31 mayo 2021

203

321

118

1-15 junio 2021

199

278

80

16-30 junio 2021

199

266

68

1-15 julio 2021

198

261

62

16-31 julio 2021

198

239

40

*https://datastudio.google.com/reporting/937828fd-93f2-4ff1-a260-e6cdb458d1d2/page/TBdZB
**https://www.registrocivil.gob.ec/wp-content/uploads/downloads/2021/08/Defunciones_Generales_act_09_AGO_2021.xlsx

El devenir de la curva de muerte en Ecuador y el mundo entero dependerá en gran medida de cuán dispuesta esté la población a vacunarse y cuán eficientes sean los gobiernos al implementar la vacunación. No se espera que el COVID deje de matar, sino que el número de muertes y contagios no se dispare a medida que la gente vuelva a vivir sin mascarillas y sin miedo al contacto con los demás.

5/8/21

Daniel Ortega

Por Noam Chomsky

Imagen tomada de https://bit.ly/367uvvY

Ortega nunca me ha inspirado confianza. Se desprestigió completamente en los años noventa cuando hizo el pacto con Arnoldo Alemán, el anterior presidente de Nicaragua, un gángster extremadamente corrupto. Los dos juntos, con el Frente Sandinista de Liberación Nacional–el partido sandinista–, controlado por Ortega, y con el partido de Alemán, el Partido Liberal Constitucional, evitaron que Alemán recibiese su castigo y que, durante su legislatura, se tomase alguna medida de importancia en beneficio del país, algo que, por otro lado, era bastante improbable. Ortega ha resultado ser otro oportunista de derechas. Siempre fue un oportunista. Aún tiene seguidores fieles entre los nicaragüenses comprometidos con los antiguos ideales sandinistas, pero es un espejismo.

Nicaragua es un lugar sórdido. Actualmente es el segundo país más pobre del continente americano. Gran parte de la población activa está en el extranjero, sobre todo en Costa Rica, pero también en Estados Unidos y en otros países. El desarrollo es nulo, pero hay mucha riqueza. Este esplendor puede contemplarse dando una vuelta en coche por Managua. Uno puede comprar lo que quiera. Pero luego están los niños que limpian los parabrisas a cambio de un córdoba para poder pasar la noche. Nicaragua ha decaído mucho desde que Estados Unidos volvió a hacerse con el control del país en 1990. Y Ortega sigue la corriente. Sus amigos y él se enriquecieron y se entenderán perfectamente con Alemán y su círculo. No creo que los inversores estadounidenses tengan por qué estar preocupados. Desde luego, no parece que lo estén. Ni tampoco la élite empresarial de Nicaragua, que es multimillonaria, como en la mayoría de los países del Tercer Mundo.

Nicaragua es el país centroamericano que ha seguido más fielmente las directrices del FMI. Es el único que privatizó la energía y, como era de esperar, sufre una grave escasez, mucho peor que la de los demás países. Guatemala está bastante mal, pero Nicaragua está peor. En cambio, Costa Rica, el único país centroamericano que funciona bien y, por cierto, el único que Estados Unidos no ha invadido, dispone de un sistema energético que está alcanzando el 100 por 100 de sostenibilidad.

Chomsky, N. (2007), Lo que decimos, se hace, Península, Barcelona.

29/7/21

Los libros

Por Carl Sagan

El noventa y nueve por ciento del tiempo de existencia de humanos en la Tierra, no había nadie que supiera leer ni escribir. Todavía no se había hecho el gran invento. Aparte de la experiencia de primera mano, casi todo lo que sabíamos se transmitía de manera oral. Como en el juego infantil del «teléfono», durante decenas y centenares de generaciones la información se iba distorsionando lentamente y acababa perdida.

Los libros lo cambiaron todo. Los libros, que se pueden comprar a bajo coste, nos permiten preguntarnos por el pasado con gran precisión, aprovechar la sabiduría de nuestra especie, entender el punto de vista de otros, y no sólo de los que están en el poder; contemplar –con los mejores maestros– los conocimientos dolorosamente extraídos de la naturaleza por las mentes más grandes que jamás existieron, en todo el planeta y a lo largo de toda nuestra historia. Permiten que gente que murió hace tiempo hable dentro de nuestras cabezas. Los libros nos pueden acompañar a todas partes. Los libros son pacientes cuando nos cuesta entenderlos, nos permiten repasar las partes difíciles tantas veces como queramos y nunca critican nuestros errores. Los libros son la clave para entender el mundo y participar en una sociedad democrática.

Fuente: Sagan, C. (1980), Cosmos, Planeta, Barcelona.

22/7/21

Cuando los pobres ganan dinero

Por Roberto Bolaño

El dinero, dijo Seaman, en el fondo era un misterio y él no era, por sus nulos estudios, la persona más adecuada para hablar de ese tema. No obstante tenía dos cosas que decir. La primera era que no estaba de acuerdo en la forma en que gastaban su dinero los pobres, sobre todo los pobres afroamericanos. Me hierve la sangre, dijo, cuando veo a un chulo de putas paseándose por el barrio a bordo de una limousine o de un Lincoln Continental. No lo puedo soportar. Cuando los pobres ganan dinero deberían comportarse con mayor dignidad, dijo. Cuando los pobres ganan dinero, deberían ayudar a sus vecinos. Cuando los pobres ganan mucho dinero, deberían mandar a sus hijos a la universidad y adoptar a uno o más huérfanos. Cuando los pobres ganan dinero, deberían admitir públicamente que han ganado sólo la mitad. Ni a sus hijos deberían contarle lo que en realidad tienen, porque los hijos luego quieren la totalidad de la herencia y no están dispuestos a compartirla con sus hermanos adoptivos. Cuando los pobres ganan dinero deberían guardar fondos secretos para ayudar no sólo a los negros que están pudriéndose en las cárceles de los Estados Unidos, sino para fundar empresas humildes como lavanderías, bares, videoclubs, que generen ganancias que luego se reviertan íntegramente en sus comunidades. Becas de estudio. Aunque los becarios acaben mal. Aunque los becarios acaben suicidándose de tanto escuchar rap o en un arrebato de ira asesinen a su profesor blanco y a cinco compañeros de clase. El camino del dinero está sembrado de tentativas y fracasos que no deben desanimar a los pobres enriquecidos o a los nuevos ricos de nuestra comunidad. Hay que aplicarse en ese punto. Hay que sacar agua no sólo de las rocas sino también del desierto. Aunque sin olvidar que el dinero siempre será un problema pendiente, dijo Seaman.

Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama, Barcelona.

15/7/21

El sentido de nuestras vidas sin sentido

Por Jesús Mosterín
¿Qué hemos de hacer los humanes actuales, si queremos comportarnos racionalmente de un modo colectivo? Hemos de cambiar nuestros modales y valores, no debemos obsesionarnos con los bienes de propiedad y de consumo, hemos de aprender a sacar más jugo a las fuentes casi inagotables de goce y de placer que apenas gastan energía y no consumen materias primas, como las relaciones personales, la amistad, el sexo, la lectura, Internet, el contacto y comunión con la naturaleza y la contemplación intelectual. Hemos de promover el progreso de la ciencia como núcleo de la cultura completamente racionalizada, orientando los desarrollos tecnológicos en la dirección más relevante para la consecución de nuestros fines. Hemos de llegar a una sociedad humana global, sin estados soberanos ni ejércitos que los guarden, pero con una policía y un sistema judicial mundiales. Hemos de llegar a una economía abierta y estable del reciclaje circular de los materiales y de la solución a largo plazo del problema energético. Hemos de estabilizar la población a un nivel óptimo. Hemos de desarrollar una nueva actitud ante la vida, a la vez racional y sensual, escéptica y comprometida, serena y completamente racional.
El universo es como es, sometido a leyes inexorables que solo nos es dado conocer y acatar. El ámbito del destino (lo que se escapa a nuestras posibilidades de decisión y control) es mucho mayor que el de la libertad. Pero esta, por limitada que sea, existe y tiene gran relevancia para la felicidad humana.
Alguien nos puede objetar que tratamos de trascender lo efímero de nuestra vida individual en una cultura igualmente efímera; que buscamos una cultura estable y duradera, pero que en cualquier caso no durará más que la perecedera humanidad. No solo pasan los individuos, sino también las especies. Algún día lejano nuestro sol, convertido en gigante rojo, calcinará sus propios planetas, incluido el nuestro. Y en definitiva, ¿qué? En definitiva, nada. Todo, provisionalmente. Y después de todo, ¿qué? Después de todo, nada.
Antes de morir, digamos: Hemos lanzado una mirada lúcida sobre el universo ingente. Nos hemos encarado con nuestros problemas y no hemos buscando consuelos ilusorios. Hemos gozado de la vida en la medida en que de nosotros dependía y solo el destino implacable ha marcado los límites de nuestra felicidad. Hemos aceptado el destino y la muerte, pero no nos hemos doblegado ante los ídolos. Hemos templado la cultura de nuestros padres en el fuego de la razón, y hemos fraguado un instrumento dúctil para la consecución de nuestros fines, fines que son más anchos que nuestra vida y se desparraman en el tiempo. Este es el sentido que hemos dado a nuestras vidas sin sentido.
Fuente: Mosterín, J. (1978), Lo mejor posible, Alianza Editorial, Madrid.

8/7/21

Mala conciencia

Por Albert Camus

Marx … puso el trabajo, su degradación injusta y su dignidad profunda, en el centro de su pensamiento. Se alzó contra la reducción del trabajo a una mercancía y del trabajador a un objeto. Recordó a los privilegiados que sus privilegios no eran divinos, ni la propiedad un derecho eterno. Dio mala conciencia a quienes no tenían derecho a mantenerla en paz y denunció, con una profundidad inigualable, a una clase cuyo crimen no residía tanto en haber tenido el poder cuanto en haberlo usado para los fines de una sociedad mediocre y sin verdadera nobleza. Le debemos la idea, que constituye la desesperación de nuestra época –pero aquí la desesperación vale más que toda esperanza–, de que cuando el trabajo es una degradación, no es la vida, aunque cubre todo el tiempo de la vida. ¿Quién, a pesar de las pretensiones de esta sociedad, puede dormir en ella en paz, sabiendo en lo sucesivo que obtiene sus goces mediocres del trabajo de millones de almas muertas? Exigiendo para el trabajador la verdadera riqueza, que no es la del dinero, sino la del tiempo libre o de la creación, reclamó, pese a las apariencias, la cualidad del hombre. Con esto, puede afirmarse rotundamente, no quiso la degradación suplementaria que en su nombre se ha impuesto al hombre. Una frase suya, por una vez clara y tajante, negó para siempre a sus discípulos triunfantes la grandeza y la humanidad que él sí poseía: «Un objetivo que requiere medios injustos no es un objetivo justo».

Fuente: Camus, A. (1951), El hombre rebelde, Alianza Editorial, Madrid.


1/7/21

Me alegro de estar vivo

Por Bertrand Russell

En invierno, el clima de Pekín es muy frío. El viento sopla casi siempre del norte, trayendo aire helado de las montañas mongoles. Cogí una bronquitis, pero no le hice caso. Cuando parecía haber mejorado, unos amigos chinos nos invitaron a unos baños termales que quedaban a dos horas de coche de Pekín. El hotel servía un excelente té y alguien sugirió que no era muy sensato tomar tanto té, pues podría estropear la cena. Yo protesté ante tanta prudencia, aduciendo que aquel podía ser el día del Juicio Final; y no me equivoqué, pues pasarían tres meses antes de que pudiera volver a disfrutar de una verdadera cena. De repente, después del té, me puse a temblar, y como una hora más tarde seguía temblando, decidimos que era mejor regresar de inmediato a Pekín. En el camino de vuelta se pinchó una rueda, y cuando estuvo reparada el motor no arrancaba. A esas alturas yo estaba casi delirando, pero los sirvientes chinos y Dora empujaron el coche hasta lo alto de la colina y en el descenso el motor empezó a funcionar de nuevo. Con el retraso encontramos cerradas las puertas de Pekín, y nos llevó una hora de llamadas telefónicas conseguir que nos las abrieran. Cuando finalmente llegamos a casa, yo estaba realmente muy enfermo. Antes de comprender lo que sucedía empecé a delirar. Me trasladaron a un hospital alemán, donde Dora me cuidaba de día y la única enfermera profesional inglesa de todo Pekín me atendía de noche. Cada tarde, durante dos semanas, los médicos pensaron que estaría muerto antes del amanecer. Salvo algunos sueños, no recuerdo nada de todo aquel tiempo. Cuando volví en mí no sabía dónde estaba y no reconocía a la enfermera. Dora me dijo que había estado muy enfermo y que casi había muerto, a lo que yo respondí: «Qué interesante», pero tan débil estaba que lo olvidé en cinco minutos y Dora tuvo que repetírmelo. Ni siguiera recordaba mi propio nombre. Pasado mi delirio, no dejaron de repetirme durante casi un mes que moriría en cualquier momento, pero yo nunca me lo creí. La enfermera que me atendió había destacado en su profesión; durante la guerra, había llegado a ser encargada de un hospital en Serbia. El hospital cayó en manos de los alemanes y las enfermeras fueron enviadas a Bulgaria. Nunca se cansaba de contarme su íntima amistad con la reina de Bulgaria. Era una mujer profundamente religiosa, y cuando yo empecé a mejorar me contó que había pensado seriamente si su deber no era dejarme morir. Por fortuna, su entrenamiento profesional pudo más que su sentido moral.

Durante todo el transcurso de mi convalecencia, y a pesar de la debilidad e incomodidad física, fui intensamente feliz. Dora se dedicaba a mí por completo, y su entrega me hacía olvidar todo lo desagradable. Al comienzo de mi convalecencia Dora descubrió que estaba embarazada, lo que fue motivo de inmensa felicidad para los dos. Desde aquella caminata con Alys en Richmond Green, había sentido dentro de mí, cada vez con mayor intensidad, el deseo de ser padre, hasta que al final se había vuelto una pasión arrolladora. Cuando supe que no sólo sobreviviría sino que además tendría un hijo me volví absolutamente indiferente a las circunstancias de mi convalecencia, a pesar de que padecí toda una serie de pequeñas enfermedades. El principal problema había sido una pulmonía doble, pero además tuve afecciones de corazón y de los riñones, disentería y flebitis. Nada de ello me impidió sentirme totalmente feliz, y a pesar de los pronósticos pesimistas, no sufrí ningún efecto secundario tras mi recuperación.

Estar tumbado en la cama y sentir que no iba a morir era una deliciosa sorpresa. Hasta ese día, siempre había creído ser fundamentalmente pesimista, y no valoraba el estar vivo. Entonces descubrí que respecto a esto me había equivocado por completo y que la vida me resultaba infinitamente dulce. En Pekín casi nunca llueve, pero durante mi convalecencia cayeron intensas lluvias que producían un delicioso aroma a tierra húmeda que llegaba a través de las ventanas; esto me hizo pensar lo horroroso que sería no volver a sentir aquel olor nunca más. Lo mismo me ocurría con la luz del sol y el sonido del viento. Junto a mi ventana había unas acacias muy bonitas que florecieron justo en el momento en que yo fui capaz de disfrutarlo. Desde entonces he sabido que en el fondo me alegro de estar vivo. Sin duda, la mayoría de la gente lo ha sabido siempre, pero yo no.

Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.