3/6/21

Hiparco

Por Jesús Mosterín

Imagen tomada de https://bit.ly/3lrAliM

Hiparco es considerado como el más grande observador astronómico de la Antigüedad ... Fue él quien introdujo en la astronomía helenística la idea de la observación sistemática y de la predicción exacta, que debe concordar con las observaciones posteriores. Introdujo la trigonometría en forma de tabla de cuerdas. Desarrolló la geometría de los epiciclos y deferentes, usados más tarde por Ptolemeo. Fue el primer astrónomo que construyó modelos cuantitativos precisos de los movimientos del Sol y de la Luna, haciendo uso de la riqueza de datos acumulados por los astrónomos babilónicos durante muchos siglos. Es probable que fuera el primero en poder predecir los eclipses solares, basado en su teoría de los movimientos solares y lunares y en su trigonometría.

Fuente: Mosterín, J. (2007), Helenismo, Alianza Editorial, Madrid.

27/5/21

Óscar Arnulfo Romero

Por Eduardo Galeano
Imagen tomada de https://bit.ly/3dfsvEj
En la primavera de 1979, el arzobispo de El Salvador, Óscar Arnulfo Romero, viajó al Vaticano. Pidió, rogó, mendigó una audiencia con el papa Juan Pablo II:
–Espere su turno.
–No se sabe.
–Vuelva mañana.
Por fin, poniéndose en la fila de los fieles que esperaban la bendición, uno más entre todos, Romero sorprendió a Su Santidad y pudo robarle unos minutos.
Intentó entregarle un voluminoso informe, fotos, testimonios, pero el Papa se lo devolvió:
–¡Yo no tengo tiempo para leer tanta cosa!
Y Romero balbuceó que miles de salvadoreños habían sido torturados y asesinados por el poder militar, entre ellos muchos católicos y cinco sacerdotes, y que ayer nomás, en vísperas de esta audiencia, el ejército había acribillado a veinticinco ante las puertas de la catedral.
El jefe de la Iglesia lo paró en seco:
–¡No exagere, señor arzobispo!
Poco más duró el encuentro.
El heredero de san Pedro exigió, mandó, ordenó:
–¡Ustedes deben entenderse con el gobierno! ¡Un buen cristiano no crea problemas a la autoridad! ¡La Iglesia quiere paz y armonía!
Diez meses después, el arzobispo Romero cayó fulminado en una parroquia de San Salvador. La bala lo volteó en plena misa, cuando estaba alzando la hostia.
Desde Roma, el Sumo Pontífice condenó el crimen.
Se olvidó de condenar a los criminales.
Años después, en el parque Cuscatlán, un muro infinitamente largo recuerda a las víctimas civiles de la guerra. Son miles y miles de nombres grabados, en blanco, sobre mármol negro. El nombre del arzobispo Romero es el único que está gastadito.
Gastadito por los dedos de la gente.
Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

20/5/21

¿Pueden sufrir?

Por Jeremy Bentham
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¿Hay alguna razón para que se permita que atormentemos a los animales? Yo no veo ninguna. […] Ha habido épocas en que la mayor parte de la especie humana, bajo la denominación de esclavos, ha sido tratada del mismo modo [...] como ahora se trata todavía a las razas inferiores de animales. Quizás llegue el día en que el resto de los animales adquieran los derechos de los que nunca pudieron ser privados excepto por la mano de la tiranía. Los franceses ya han descubierto que la negrura de la piel no es razón para abandonar a un ser humano al capricho de su torturador. Quizás llegue el día en que se reconozca que el número de patas, la pilosidad de la piel o la terminación del hueso sacro son razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensitivo al mismo destino [...] Un caballo adulto o un perro puede razonar y comunicarse mejor que un infante de un día o de una semana o incluso de un mes. Pero la cuestión no es ¿pueden razonar? o ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?
Fuente: La cita procede de Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

13/5/21

Los sectarios


Todos los sectarios teníamos que estar solteros y ser más o menos castos, porque se suponía que los castos son disciplinados e inusualmente enérgicos. Pero los jefes no podían apelar a remedios que la historia prueba útiles, como encerrarnos y alejarnos de las tentaciones cual monjas y monjes, u ofrecernos la gracia divina a cambio de la abstinencia. Porque el trabajo estaba allí afuera, en las calles, con la gente, y porque no éramos religiosos. En lugar de castigar el deseo, intentaban maniatarlo con la fuerza de la propaganda y los sanos consejos. Si el deseo nos inundaba, nos recomendaban buscar alivio en la masturbación, que además previene el contacto íntimo con otro cuerpo. Trataban de inculcarnos un sentido de culpa libre de dogmas, pero sustentado en el mito de que el sexo es sucio. Que pensemos, nos pedían, en lo mal que huelen los pies, los sexos, las axilas, el aliento, el mal aliento que persiste a pesar de un minucioso cepillado. Que imaginemos los millones de bacterias que intercambian los amantes, algunas vinculadas a enfermedades graves o a enfermedades silenciosas que se manifiestan años después. Los jefes, por supuesto, eran conscientes de que a pesar de todo más de un sectario se las arreglaba para acostarse con mujeres, sectarios que conseguían novias pasajeras o sectarios que aprovechaban los viajes para frecuentar a mujeres de alquiler. Los jefes no podían prescindir de estos sectarios libidinosos porque a menudo eran los que hacían el trabajo más valioso. Pero la mayoría no parecían echar en falta el contacto sexual, sectarios que hablaban con pasmosa naturalidad de su firme castidad. Yo también cumplía los requisitos, pero el deseo me inundaba casi a diario y a menudo una ansiedad devoradora me estropeaba las noches. No acudía al sexo pagado porque de joven había tenido un par de malas experiencia con mujeres que parecían marionetas gruñonas. Tampoco me animaba a cortejar a ninguna mujer porque siempre me había considerado feo y torpe. Solo fui capaz de asumir una actitud más sana y natural cuando conocí a Ana y dejé de ser casto y soltero. Pero los desencuentros con los jefes comenzaron antes de vulnerar las reglas de la secta, al darme cuenta que los sabios que allí habíamos estudiado seguramente habrían criticado el énfasis de la secta en la castidad. En un libro de uno de los autores más leídos encontré una sentencia que rezaba así: «La naturaleza también es un poco sucia, como la vida y como el amor, y así hemos de aceptarla». En esas contradicciones se gestaron los cismas que en los próximos años habrían de dividir a los sectarios y dispersar las nuevas sectas por medio mundo.

6/5/21

El unitarismo

Por Jesús Mosterín
El unitarismo es la corriente cristiana que niega el dogma de la Trinidad Divina. Hay un solo Dios y Dios es una única persona. Jesús fue un hombre admirable y un ejemplo moral; incluso puede que fuera en algún sentido divino o hijo de Dios o encarnación del Logos, pero nunca fue Dios. En este sentido teológico, el unitarismo se opone al trinitarismo. Como la doctrina trinitaria es una de las partes más inconsistentes del cristianismo tradicional no es de extrañar que su rechazo haya ido siempre asociado a actitudes intelectuales más tolerantes, racionales y abiertas a la ciencia y al pensamiento lógico. Los unitaristas típicos piensan que la razón y la fe, la ciencia, la filosofía y el pensamiento lógico pueden y deben coexistir. Rechazan las doctrinas del pecado original, de la salvación por la fe y de la predestinación. Piensan que el humán es capaz de hacer el bien y el mal y de actuar de un modo moral y responsable, que hay que fomentar. Están a favor de la tolerancia religiosa (incluso frente al ateísmo), de la libertad de expresión y de la separación de la Iglesia y el Estado.
Los unitaristas, en base a los evangelios, pretenden que Jesús fue el primer unitarista, pues siempre fue consciente de ser un hombre, distinto de Dios, a quien él llamaba «padre», pero con el que nunca se identificó. En la Antigüedad hubo otros unitaristas, el más famoso de los cuales fue Arrio. De todos modos, el unitarismo moderno surgió en el siglo XVI en el contexto de la Reforma. Los unitaristas actuales consideran a Miguel Servet su principal precursor y su primer mártir. Lutero se opuso al unitarismo, al que acusaba de herético y de favorecer la expansión del islam. Desde luego, Calvino lo rechazó tajantemente, enviando a la hoguera a los unitarios que cayeron en sus manos, empezando por el mismo Miguel Servet. Servet también fue un científico, y otros intelectuales y científicos han adoptado alguna versión del unitarismo, desde el gran físico Isaac Newton hasta el químico Linus Pauling, pasando por el arquitecto Frank Lloyd Wright.
Fuente: Mosterín, J. (2010), Los cristianos, Alianza Editorial, Madrid.

29/4/21

Franklin Delano Roosevelt

Por Noam Chomsky
Imagen tomada de https://bit.ly/2WEg66S
Franklin Delano Roosevelt se mostraba favorable a la instauración de una legislación progresiva que beneficiase a la población general, pero tenía que conseguir que se aprobara, por lo que se dirigió a los líderes sindicales y otros líderes populares y les dijo: «Obligadme. Si me obligáis, estaré encantado de proponer y aprobar esas leyes». Con eso les indicaba que saliesen a la calle, se manifestaran, se organizasen, protestaran, desarrollaran un movimiento sindicalista, fuesen a la huelga... Con la suficiente presión popular, Roosevelt podía conseguir que se aprobasen las leyes que deseaba la población. Por tanto, se dio una combinación entre un Gobierno favorable e interesado en superar el espantoso desastre de la Gran Depresión (causada, una vez más, por una crisis financiera) y el desarrollo de una legislación que beneficiaba al interés público.
Durante el período del New Deal, los años treinta, el mundo empresarial estaba dividido. Las empresas de tecnología punta orientadas al mercado internacional estaban a favor del New Deal, no rechazaban los derechos laborales ni los salarios decentes y les gustaba la orientación internacional del nuevo Gobierno. En cambio, la Asociación Nacional de Fabricantes, que representaba a la industria de trabajo más intensivo y orientada al mercado nacional, se oponía ferozmente al New Deal. De manera que los amos estaban divididos. El director de General Electric, por ejemplo, era uno de los principales partidarios de Roosevelt. Y eso ayudó, junto con el gran alzamiento popular, a permitir que Roosevelt llevara a término la exitosa legislación del New Deal, que levantaría los cimientos del crecimiento económico de la posguerra, además de paliar algunos de los peores efectos de la Depresión. No el desempleo, sin embargo, que seguiría siendo un problema hasta la Segunda Guerra Mundial.
Fuente: Chomsky, N. (2017), Réquiem por el sueño americano, Sexto Piso, Madrid.

22/4/21

El círculo de la compasión

Por Jesús Mosterín
Charles Darwin consideraba la compasión la más noble de nuestras virtudes. Opuesto a la esclavitud y horrorizado por la crueldad de los fueguinos de la Patagonia con los extraños, introdujo su idea del «círculo en expansión» de la compasión para explicar el progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos solo se compadecían de sus amigos y parientes; luego este sentimiento se iría extendiendo a otros grupos, naciones, razas y especies. Darwin pensaba que el círculo de la compasión seguirá extendiéndose hasta que llegue a su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir. Los animales no humanos quedan a veces fuera del paraguas de la protección jurídica, pero son objeto de compasión, pues es obvio que pueden sufrir. Como señaló Francis Crick (1916-2004), el descubridor de la doble hélice del DNA, los únicos autores que dudan del dolor de los perros son los que no tienen perro.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

15/4/21

Diez minutos de nuestro tiempo

Por Noam Chomsky
Soy de la opinión de que el espectáculo electoral que tiene lugar cada cuatro años debería llevarnos literalmente diez minutos de nuestro tiempo. Un minuto debería invertirse en aprender un poco de aritmética. Se trata de algo muy sencillo: si resulta que está empadronado en un estado bisagra, es decir, un estado de los llamados indecisos, y no votas por, digamos, Clinton, eso equivale a votar por Trump. Es una cuestión de pura y simple aritmética.
Pues bien, después de dedicar un minuto a aclarar esta cuestión aritmética, dedicaremos unos dos minutos a evaluar los méritos de ambos partidos. No sólo de los candidatos, sino también de los partidos. Opino que, en las actuales circunstancias, no debería llevarnos más de dos minutos. Y luego dedicaremos lo que queda de los diez minutos iniciales a ir a las urnas y votar.
Pasados esos diez minutos deberemos concentrarnos en lo que realmente importa, que no son las elecciones, sino el esfuerzo continuado por desarrollar y organizar movimientos populares activos para seguir luchando. Y eso no se limita a manifestarse o presionar a los candidatos, sino que también incluye instaurar un sistema electoral que tenga sentido. No se construye una auténtica democracia, ni tampoco un partido, votando una vez cada cuatro años.
Si deseamos un tercer partido, un partido independiente, no basta con votar por ese partido cada cuatro años. Hay que salir constantemente a la calle y desarrollar un sistema que incluya los consejos escolares, los ayuntamientos y las asambleas legislativas hasta llegar al mismo Congreso. Hay gente que lo sabe muy bien: la extrema derecha. Así es cómo se ha organizado el Tea Party, con mucho capital y mucha estrategia... con el resultado de lograr un papel influyente. Aquellos interesados en un partido progresista independiente no han actuado así; se han quedado atrapados en la propaganda que dice que lo único que importa es el espectáculo electoral. Y si bien es algo que no podemos pasar por alto, debería ocupar, como he dicho, diez minutos de nuestro tiempo. En cambio, lo otro, lo que en realidad importa, es algo en lo que hay que trabajar continuamente.
Fuente: Chomsky, N. (2017), Réquiem por el sueño americano, Sexto Piso, Madrid.

8/4/21

Esclavos por máquinas

Por Jesús Mosterín

En la Antigüedad la esclavitud era una institución universal. Aristóteles parece haber tenido una vida doméstica muy satisfactoria. Fue feliz con sus dos mujeres y cordial con sus esclavos. En su testamento concede la libertad a algunos de estos últimos y determina que los hijos de sus esclavos no sean en ningún caso vendidos, sino que sirvan a sus herederos hasta que lleguen a adultos, en cuyo momento se les dará la libertad. Aristóteles dice también que «el amo y el esclavo que por naturaleza merecen serlo tienen intereses comunes y amistad recíproca», y que «se equivocan los que no dan razones a los esclavos y declaran que solo debemos darles órdenes». Sería no solo anacrónico, sino también un poco farisaico, enjuiciar demasiado severamente a Aristóteles por su defensa de la esclavitud. De hecho los esclavos eran los servidores domésticos y hasta hace poco lo normal en nuestra sociedad era que todas las familias de clase media tuvieran sus criadas, que no se diferenciaban tanto de los antiguos esclavos. La vida de los esclavos que trabajaban en las minas sí que era muy dura, pero también lo era la de los mineros y obreros del siglo pasado. Si hoy hemos podido eliminar esas lacras sociales, ello se ha debido más al progreso técnico que al moral. En gran parte hemos sustituido los esclavos por las máquinas. Ya el mismo Aristóteles había pensado en tal posibilidad.

 

Si todos los instrumentos [inanimados] pudieran cumplir su cometido obedeciendo las órdenes de otro o anticipándose a ellas […], si las lanzaderas tejieran solas […], los amos no necesitarían esclavos.

Fuente: Mosterín, J. (2006), Aristóteles, Alianza Editorial, Madrid.

1/4/21

El solipsismo de Tolstói

Por Harold Bloom
Es dudoso que Tolstói quisiera a nadie, incluyendo a sus hijos. Ni Wordsworth ni Milton, ni tan sólo Dante, pueden igualar el solipsismo de Tolstói. Los textos religiosos y morales de Tolstói no son sino confesiones de su solipsismo; y, sin embargo, ¿qué lector de Guerra y paz o de Hadji Murad desearía que Tolstói hubiera estado menos obsesionado consigo mismo? Todo tiene su precio, y ciertos grandes escritores (ya sean mujeres u hombres) no pueden alcanzar su esplendor estético sin el solipsismo. Shakespeare, que nosotros sepamos, puede que fuera el menos solipsista de los poetas, y al parecer Chaucer rivalizaba con Shakespeare en este aspecto; algunas veces me siento tentado a practicar un juego consistente en dividir a los grandes escritores según su grado de solipsismo. ¿Tiene eso alguna importancia? Por lo que se refiere a la relativa eminencia de sus obras, en absoluto, aunque parece que tiene que ver con cierta diferencia cualitativa. Joyce era un monumental solipsista, mientras que al parecer Beckett era un hombre sin el menor egoísmo. El contraste entre Finnegans Wake y la trilogía de Beckett de Molloy, Malone muere y El innombrable guarda cierta relación con el hecho de que Beckett eludiera a su precursor, pero más con la manera asombrosamente distinta con que veían a sus semejantes.
Fuente: Bloom, H. (1994), El canon occidental, Anagrama, Barcelona.

25/3/21

Los turcos versus los armenios

Por Jesús Mosterín
El más grave, extenso y conocido de los genocidios efectuados por los turcos fue el de los armenios. Ya en 1908, una parte de los oficiales ultranacionalistas autodenominados «jóvenes turcos» y de los estudiantes de teología (o talibanes) fanáticos del sultán y la sharía llevaron a cabo la masacre de 30.000 armenios, odiados como cristianos y sospechosos de deslealtad hacia la patria turca. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, los armenios fueron acusados de ayudar a los enemigos rusos y conspirar con ellos, lo que provocó el genocidio de entre un millón y un millón y medio de armenios durante la guerra, hacia 1915, e inmediatamente después. Todos los intelectuales armenios fueron ejecutados. La población de muchos pueblos enteros fue acorralada y quemada viva; otros fueron arrojados al mar. Sobre todo, cientos de miles de armenios fueron obligados por el ejército y sus ayudantes kurdos a emprender agotadoras e inacabables marchas hacia el desierto sirio, sin recibir nada de comer ni de beber, hasta que morían de inanición y deshidratación. Al final, la numerosa población armenia de Turquía, a la que los aliados vencedores de la Guerra Mundial habían planeado entregar una gran parte de la Anatolia que habitaban, quedó aniquilada. Ya no tenía sentido pensar en un Estado anatolio para los armenios, pues ya no quedaban armenios. Solo sobrevivieron los que lograron huir al extranjero.
Fuente: Mosterín, J. (2012), El islam, Alianza Editorial, Madrid.

18/3/21

Samuel Ruiz

Por Eduardo Galeano

En 1959, llegó el nuevo obispo a Chiapas.

Samuel Ruiz era un joven horrorizado por el peligro comunista, que amenazaba la libertad.

Fernando Benítez lo entrevistó. Cuando Fernando le comentó que no merecía llamarse libertad el derecho de humillar al prójimo, el obispo lo echó.

Don Samuel dedicó sus primeros tiempos de obispado a predicar resignación cristiana a los indios condenados a la obediencia esclava. Pero pasaron los años, y la realidad habló y enseñó, y don Samuel supo escuchar.

Y al cabo de medio siglo de obispado, se convirtió en el brazo religioso de la insurrección zapatista.

Los nativos lo llamaban el Obispo de los Pobres, el heredero de fray Bartolomé de Las Casas.

Cuando la Iglesia lo trasladó, don Samuel dijo adiós a Chiapas, y llevó consigo el abrazo de los mayas:

–Gracias –le dijeron–. Ya no caminamos encorvados.

Fuente: Galeano, E. (2016), El cazador de historias, Siglo XXI, Ciudad de México.

11/3/21

De perseguidos a perseguidores

Por Jesús Mosterín

La historia da muchas vueltas, y cuando una vuelta es completa, la llamamos una revolución. La secta judía subversiva que había sido el jesusismo inicial ya había pasado por una primera revolución (la paulinista) cuando abandonó la sinagoga y se transformó en el cristianismo helenista, mistérico y sumiso frente al Imperio. A principios del siglo IV tuvo lugar otra revolución aún más imprevisible y de mayor trascendencia histórica: los cristianos conquistaron (o, más bien, recibieron de Constantino) el poder en el Imperio Romano. El cambio resultó portentoso: de ser casi una guerrilla antirromana, y luego una secta de mala reputación, sospechosa y apenas tolerada por las autoridades, el cristianismo se vio de pronto instalado en el centro mismo del poder, en la corte imperial, y enseguida empezó a gozar de todo tipo de privilegios y prebendas, y a usar de las armas del Estado para aplastar y acallar a todos sus competidores ideológicos –judíos, herejes, paganos, filósofos y cualesquiera otros que no comulgasen con sus ruedas de molino–. En definitiva, los cristianos se convirtieron de perseguidos en perseguidores.

Fuente: Mosterín, J. (2010), Los cristianos, Alianza Editorial, Madrid.

4/3/21

Gozar

Por Julio Cortázar
Para Felipe la palabra gozar está llena de todo lo que los ensayos solitarios, las lecturas y las confidencias de los amigos del colegio pueden evocar y proponer. Apagando la luz, se vuelve poco a poco hasta quedar de lado, y estira los brazos en la sombra para envolver el cuerpo de la Negrita, de la pelirroja, un compuesto en el que entra también la hermana menor de un amigo y su prima Lolita, un calidoscopio que acaricia suavemente hasta que sus manos rozan la almohada, la ciñen, la arrancan de debajo de su cabeza, la tienden contra su cuerpo que se pega, convulso, mientras la boca muerde en la tela insípida y tibia. Gozar, gozar, sin saber cómo se ha arrancado el piyama y está desnudo contra la almohada, se endereza y cae boca abajo, empujando con los riñones, haciéndose daño, sin llegar al goce, recorrido solamente por una crispación que lo desespera y lo encona. Muerde la almohada, la aprieta contra las piernas, acercándola y rechazándola, y por fin cede a la costumbre, al camino más fácil, se deja caer de espaldas y su mano inicia la carrera rítmica, la vaina cuya presión gradúa, retarda o acelera sabiamente, otra vez es la Negrita, encima de él como le ha mostrado Ordóñez en unas fotos francesas, la Negrita que suspira sofocadamente, ahogando sus gemidos para que no se despierte el señor Trejo.
Fuente: Cortázar, J. (1960), Los premios, Santillana, Madrid.

25/2/21

Edward I versus los judíos

Por Jesús Mosterín
Imagen tomada de shorturl.at/oAPTX
Edward I (1239-1307) accedió al trono de Inglaterra en 1272, a la muerte de su padre, Henry III. Trató de unificar todas las islas Británicas bajo el dominio de la monarquía inglesa. Aplastó a los galeses y condujo repetidas guerras contra los escoceses. Para financiar sus continuas guerras, Edward I incrementó constantemente la presión fiscal sobre los judíos, hasta arruinarlos completamente. Al no poder extraer más dinero de ellos, optó por castigarlos. Los obligó a portar como distintivo una estrella amarilla, como haría Hitler en el siglo XX. En 1275 retiró a los judíos el derecho a prestar dinero, que era casi la única actividad que les estaba permitida. Sólo podrían trabajar como comerciantes sin gremio o como peones agrícolas. En esas condiciones, los judíos ya no estaban en posición de seguir contribuyendo a la hacienda real. En 1278 Edward I hizo ejecutar a trescientas cabezas de familia judíos por una vaporosa acusación de falsificación de moneda, confiscando a continuación todas las propiedades de los ejecutados. En 1290 ya no había manera alguna de sacar un céntimo más de los judíos. El rey decretó su expulsión definitiva, convirtiendo así a Inglaterra en el primer país europeo en expulsarlos. Varios miles de judíos tuvieron que abandonar Gran Bretaña, que quedó casi completamente vacía de hebreos durante los siguientes 350 años. Muchos de los expulsados se establecieron en Francia o Alemania. Los judíos sólo volverían a Inglaterra a partir de la época de Cromwell, a mediados del siglo XVII.
Fuente: Mosterín, J. (2006), Los judíos, Alianza Editorial, Madrid.

18/2/21

Sobre el suicidio

 

Casi todas las personas toman partido por la vida, a pesar de lo dura que puede ser, pero en la secta nos parecía importante auxiliar a la la minoría que opta por el suicidio. Hay buenos y malos motivos para quitarse la vida. Un adolescente desesperado que piensa en el suicidio luego de una ruptura amorosa, tiene un mal motivo, pues seguramente el tiempo curaría esa herida. En la secta creíamos que treinta son los años que hacen falta para conocer la vida. Quien opte por el suicidio debería entonces haber vivido al menos treinta años, con la excepción de quienes padezcan una grave enfermedad desde temprana edad. Un sufrimiento tan intenso que un adulto lo considere insoportable, constituye un buen motivo para quitarse la vida. Pero el cuerpo es resistente y no se deja apagar tan fácilmente, como muestran los penosos casos de personas que logran quitarse la vida después de varios intentos y recurriendo a métodos cada vez más violentos. Hay que ayudar a los suicidas a conseguir su objetivo. El procedimiento consiste en proporcionarle una pastilla que lo duerma para que a continuación un médico compasivo le inyecte una droga letal. En la secta pensábamos que lo ideal sería que existieran centros para asistir a los suicidas en todas las ciudades del mundo con al menos un millón de habitantes.

11/2/21

¡Dos y dos son cuatro!

Por Philip Roth

Filosófica:

–A quién le importa.

–¡A mí me importa! ¿Sabes cuántas son dos más dos? ¡Quiero saberlo! Mírame. Hablo en serio. Tengo que saber lo que sabes y lo que no sabes, y por dónde hay que empezar. ¿Cuántas son dos más dos? ¡Contéstame!

Estúpida:

–No sé.

–¡Sí lo sabes! Y no hables como una criatura. ¡Contéstame!

Fuera de sí:

–¡No sé! ¡Te digo que me dejes en paz!

–Mónica, ¿cuántas son once menos uno? A once le quitas uno. Si tienes once centavos y alguien te quita un centavo, ¿cuánto te queda? Tienes que saber esto.

Histérica:

–¡No lo sé!

–¡Lo sabes!

Explosión:

–¡Doce!

–¿Cómo pueden ser doce? Doce es más que once. Te pregunto qué es menos que once. Once menos uno son… ¿cuánto?

Pausa. Reflexión. Decisión:

–Uno.

–¡No! ¡Tienes onces y le quitas uno!

Iluminación:

–¡Aaah! ¡Le quito...!

–Sí. Sí.

Impávida:

–Nunca hemos hecho quitar.

–Lo has hecho. Has tenido que hacerlo.

Firme:

–Te digo la verdad. No tenemos quitar en la escuela James Madison.

–Mónica, esto es restar... lo tienen en todas partes, en todas las escuelas, y tienes que saberlo. Querida, no me importa lo del sombrero, ni siquiera me importa lo de tu padre, eso ya pasó. Me importas tú y lo que será de ti. Porque no puedes ser como una niña pequeña que no sabe nada. Sí sigues así tendrás dificultades y una vida terrible. Eres mujer, y estás creciendo, y tienes que saber cómo obtener cambio de un dólar y qué viene antes del once, que es la edad que tendrás el año que viene. Y tienes que saber cómo sentarte... por favor, por favor, no te sientes así, Mónica, por favor, no vayas en el autobús ni te sientes así en público, aunque insistas en sentarte así aquí para hacerme enfadar. Por favor, prométemelo.

Hosca, perpleja:

–No te entiendo

–Mónica, estás creciendo, aunque los domingos te vistan como una muñeca.

Justa indignación:

–Eso es para la iglesia.

–Pero la iglesia no tiene nada que ver contigo. Lo que es importante para ti es leer y escribir... Mónica, te juro que te digo todo esto solo porque te quiero, y no quiero que te pase nada malo, nunca. ¡Te quiero, debes saberlo! Lo que puedan haberte dicho de mí no es verdad. No estoy loca, no soy una demente. No tienes que tenerme miedo, ni odiarme... He estado enferma, pero ahora estoy bien, y me dan ganas de ahorcarme cada vez que pienso que te dejé en manos de él, que pensé que te daría una madre y un hogar y todo lo que yo quería que tuvieses. ¡Y ahora no tienes madre... tienes esta persona, esta mujer, esta idiota que te viste con ese disfraz ridículo y te da una Biblia para llevarla en la mano cuando ni siquiera sabes leer! Y como padre tienes a ese hombre. ¡De todos los padres del mundo, ese!

En este punto, Mónica lanzó un alarido tan penetrante que salí corriendo de la cocina, donde había estado sentado a solas con una taza de café frío, sin saber qué pensar.

En la sala, lo único que había hecho Lydia era tomar una de las manos de Mónica, y sin embargo la chica gritaba como si fueran a matarla.

–Pero ¡si solo quiero acariciarte! –decía Lydia entre sollozos.

Como si mi aparición fuese la señal para el comienzo de la verdadera violencia, Mónica empezó a echar espuma por la boca, gritando sin interrupción:

–¡No me toques! ¡No me toques! ¡Dos y dos son cuatro! ¡No me pegues! ¡Son cuatro!

Fuente: Roth, P. (1974), Mi vida como hombre, Random House Mondadori, Barcelona.


4/2/21

Somos Dios

Por Jesús Mosterín
En lo más profundo de nosotros mismos, somos conciencia, atman, pero esa conciencia está atrapada en la materia del cuerpo y en los entresijos del alma, en el mundo empírico, en el mundo de los intereses y los sentimientos y las preocupaciones y los sufrimientos. El atman, alienado de sí mismo, se identifica falsamente con su cuerpo, con su alma, con su mente, con sus percepciones y con sus cosas, está encadenado al mundo de lo que no es él mimo, al no-atman. Pero esa conciencia encarnada, entrelazada y apegada a las cosas, no es el atman, sino el jīva. Es el jīva el que está encadenado, el que necesita ser liberado. Shankara recalca que la causa del encadenamiento del jīva es la ignorancia (avidyā). La única medicina capaz de vencer y eliminar la ignorancia es el conocimiento, y no un conocimiento cualquiera, por ejemplo de las cosas empíricas, sino el conocimiento liberador, el percatarse de que uno mismo en el fondo es atman y que atman es Brahman. Todo el mundo del espacio y el tiempo, de los nombres y las formas, de la dualidad y las relaciones, es el resultado de concebir y ver a la realidad absoluta, Brahman, a través del tamiz engañoso e ilusionista de maya. Todo el mundo empírico, incluido Ishvara, el dios creador, es apariencia, ilusión y engaño. Si somos capaces de apartar la cortina de maya, encontramos a Brahman en todas partes, y en especial dentro de nosotros mismos. Todo el mundo subjetivo, fenoménico y emocional, nuestro propio yo, el diferenciar el yo del tú, lo mío de lo tuyo y de lo suyo, el identificarnos con nuestra alma y con nuestro cuerpo, el pensar que somos algo separado del resto, el sentir apego por las cosas, el tener deseos y temores, todo eso es efecto de la ignorancia. Así como maya nos impide captar a Brahman, la ignorancia nos impide captarnos como lo que somos de verdad, atman, conciencia universal, Brahman. Ya no nos importa lo que es nuestro, porque el universo entero es nuestro. Ya no tenemos que pedir nada a Dios, porque somos Dios. Ya carecemos de deseos de poseer y de ser, pues somos todo y lo poseemos todos. La conciencia turbia de nuestro yo, entrelazada con el alma y con el cuerpo, apegada a las cosas y arrastrada por los deseos y las frustraciones, se purifica y se convierte en conciencia pura, en la conciencia universal, que es dicha y libertad definitivas.
Fuente: Mosterín, J. (2007), India, Alianza Editorial, Madrid.

28/1/21

¿Maricona o marica?

Por Roberto Bolaño
Desperté en casa de Catalina O'Hara. Mientras desayunaba, muy temprano (María no estaba, el resto de la casa dormía), con Catalina y su hijito Davy, a quien tenía que llevar a la guardería, recordé que la noche anterior, cuando ya sólo quedábamos unos pocos, Ernesto San Epifanio dijo que existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales, la poesía, en cambio, era absolutamente homosexual, los cuentos, deduzco, eran bisexuales, aunque esto no lo dijo.
Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas.
–En nuestra lengua, claro está –aclaró–; en el mundo ancho y ajeno el paradigma sigue siendo Verlaine el Generoso.
Una loca, según San Epifanio, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética y viceversa. Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillén, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica, respectivamente. Los poetas tipo Carlos Pellicer eran, por regla general, bujarrones, mientras que poetas como Tablada, Novo, Renato Leduc eran mariquitas. De hecho, la poesía mexicana carecía de poetas maricones, aunque algún optimista pudiera pensar que allí estaba López Velarde o Efraín Huerta. Maricas, en cambio, abundaban, desde el matón (aunque por un segundo yo escuché mafioso) Díaz Mirón hasta el conspicuo Homero Aridjis. Debíamos remontarnos a Amado Nervo (silbidos) para hallar a un poeta de verdad, es decir a un poeta maricón, y no a un fileno como el ahora famoso y reivindicado potosino Manuel José Othón, un pesado donde los haya. Y hablando de pesados; mariposa era Manuel Acuña y ninfo de los bosques de Grecia José Joaquín Pesado, perennes padrotes de cierta lírica mexicana.
–¿Y Efrén Rebolledo? –pregunté yo.
–Un marica menorcísimo. Su única virtud es la de ser si no el único, el primer poeta mexicano que publicó un libro en Tokio, Rimas japonesas, 1909. Era diplomático, por supuesto.
El panorama poético, después de todo, era básicamente la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la palabra. Los mariquitas, según San Epifanio, eran poetas maricones en su sangre que por debilidad o comodidad convivían y acataban –aunque no siempre– los parámetros estéticos y vitales de los maricas. En España, en Francia y en Italia los poetas maricas han sido legión, decía, al contrario de lo que podría pensar un lector no excesivamente atento. Lo que sucedía era que un poeta maricón como Leopardi, por ejemplo, reconstruye de alguna manera a los maricas como Ungaretti, Montale y Quasimodo, el trío de la muerte.
–De igual modo Pasolini repinta a la mariquería italiana actual, véase el caso del pobre Sanguinetti (con Pavese no me meto, era una loca triste, ejemplar único de su especie, o con Dino Campana, que come en mesa aparte, la mesa de las locas terminales). Para no hablar de Francia, gran lengua de fagocitadores, en donde cien poetas maricones, desde Villon hasta nuestra admirada Sophie Podolski cobijaron, cobijan y cobijarán con la sangre de sus tetas a diez mil poetas maricas con su corte de filenos, ninfos, bujarrones y mariposas, excelsos directores de revistas literarias, grandes traductores, pequeños funcionarios y grandísimos diplomáticos del Reino de las Letras (véase, si no, el lamentable y siniestro discurrir de los poetas de Tel Quel). Y no digamos nada de la mariconería de la Revolución Rusa en donde, si hemos de ser sinceros, sólo hubo un poeta maricón, uno solo.
–¿Quién? –le preguntaron.
–¿Maiacovski?
–No.
–¿Esenin?
–Tampoco.
–¿Pasternak, Blok, Mandelstam, Ajmátova?
–Menos.
–Dilo de una vez, Ernesto, que me estoy comiendo las uñas.
–Sólo uno –dijo San Epifanio–, y ahora te saco de la duda, pero eso sí, maricón de las estepas y de las nieves, maricón de la cabeza a los pies: Khlebnikov.
Hubo opiniones para todos los gustos.
–Y en Latinoamérica, ¿cuántos maricones verdaderos podemos encontrar? Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez? El resto, maricas tipo Huidrobo, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque éste tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León de Greiff, ninfos abujarronados tipo Pablo de Rokha (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora, y junto con Lezama todos los poetas de la Revolución Cubana (Diego, Vitier, el horrible Retamar, el penoso Guillén, la inconsolable Fina García) excepto Rogelio Nogueras, que es un encanto y una ninfa con espíritu de maricón juguetón. Pero sigamos. En Nicaragua dominan mariposas tipo Coronel Urtecho o maricas con voluntad de filenos, tipo Ernesto Cardenal. Maricas también son los Contemporáneos de México...
–¡No –gritó Belano–, Gilberto Owen no!
–De hecho –prosiguió imperturbable San Epifanio–, Muerte sin fin es, junto con la poesía de Paz, La Marsellesa de los nerviosísimos y sedentarios poetas mexicanos maricas. Más nombres: Gelman, ninfo, Benedetti, marica, Nicanor Parra, mariquita con algo de maricón, Westphalen, loca, Enrique Lihn, mariquita, Girondo, mariposa, Rubén Bonifaz Nuño, bujarrón amariposado, Sabines, bujarrón abujarronado, nuestro querido e intocable Josemilio Pe, loca. Y volvamos a España, volvamos a los orígenes –silbidos–: Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones. Ya está todo dicho. Y ahora, algunas diferencias entre maricas y maricones. Los primeros piden hasta en sueños una verga de treinta centímetros que los abra y fecunde, pero a la hora de la verdad les cuesta Dios y ayuda encamarse con sus padrotes del alma. Los maricones, en cambio, pareciera que vivan permanentemente con una estaca removiéndoles las entrañas y cuando se miran en un espejo (acto que aman y odian con toda su alma) descubren en sus propios ojos hundidos la identidad del Chulo de la Muerte. El chulo, para maricones y maricas, es la palabra que atraviesa ilesa los dominios de la nada (o del silencio de la otredad). Por lo demás, y con buena voluntad, nada impide que maricas y maricones sean buenos amigos, se plagien con finura, se critiquen o se alaben, se publiquen o se oculten mutuamente en el furibundo y moribundo país de las letras.
–¿Y Cesárea Tinajero, es una poeta maricona o marica? –preguntó alguien. No reconocí la voz.
–Ah, Cesárea Tinajero es el horror –dijo San Epifanio.
Fuente: Bolaño, R. (1998), Los detectives salvajes, Anagrama, Barcelona.

21/1/21

El neoliberalismo

Por Noam Chomsky

Tomemos el ejemplo de los Estados Unidos. Para la gran mayoría de la población, el principio es «que mande el mercado». Recortes en los derechos, recortes o destrucción de la Seguridad Social, recortes o reducción de la ya limitada sanidad pública… es decir, que el mercado lo gobierne todo. Pero no se aplica el mismo principio a los ricos. Para los ricos, el Estado es un Estado fuerte, dispuesto a reaccionar en cuanto tienen un problema y rescatarlos. Reagan, por ejemplo, fue el presidente más proteccionista del país desde la posguerra. Dobló las barreras proteccionistas para intentar resguardar a los incompetentes directivos estadounidenses de la superior producción japonesa y rescató a los bancos en lugar de dejar que pagaran las consecuencias. Pero lo cierto es que el Gobierno creció en los años de Reagan en lo relativo a la economía, lo que es paradigmático del neoliberalismo. Debería añadir que «la guerra de las galaxias» de Reagan (su programa de defensa militar) se publicitó abiertamente al mundo empresarial como un estímulo estatal, una especie de gallina de los huevos de oro. Pero eso era para los ricos; entretanto, lo que regía para los pobres era el sometimiento a los principios del mercado: es decir, no esperes ayuda del Gobierno; el Gobierno es el problema, no la solución, etcétera. Eso es neoliberalismo. Tiene este carácter dual que se repite a lo largo de la historia económica. Unas normas para los ricos y otras normas opuestas para los pobres.

Fuente: Chomsky, N. (2017), Réquiem por el sueño americano, Sexto Piso, Madrid.