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3/12/20
Experimentos
26/11/20
La estrella
Por Eduardo Galeano
Al
amanecer, doña Tota llegó a un hospital del barrio de Lanús. Ella traía un niño
en la barriga. En el umbral, encontró una estrella, en forma de prendedor,
tirada en el piso.
La estrella brillaba de un lado, y del
otro no. Esto ocurre con las estrellas, cada vez que caen en la tierra, y en la
tierra se revuelcan: de un lado son de plata, y fulguran conjurando las noches
del mundo; y del otro lado son de lata nomás.
Esa estrella de plata y de lata, apretada
en un puño, acompañó a doña Tota en el parto.
El recién nacido fue llamado Diego Armando
Maradona.
Fuente:
Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI,
México, D.F.
19/11/20
El gobierno de Torrijos
12/11/20
¿Por qué no?
La
gente suele dar por descontado que se encontrará mejor a medida que más dinero
posea, aunque también suele estar de acuerdo con la idea de que el dinero no
compra la felicidad. El dinero está en la cima de sus prioridades, a la vez que
entienden que hay cosas más importantes que el dinero. Esa confusión tal vez
pueda diluirse si conocemos que existe un monto por encima del cual el dinero
no aumenta la felicidad. En un artículo sobre la búsqueda de la felicidad de la
revista Mente y cerebro,1 se lee que «una vez conseguido
cierto nivel de prosperidad, el saldo creciente de la cuenta bancaria no hace
que uno se sienta cada vez más feliz. De ahí que los habitantes de los países
ricos no se sientan más felices en la misma proporción al enorme aumento de
prosperidad registrado en los últimos cincuenta o sesenta años. Las encuestas
del Instituto Allensbach de demoscopia indican que los alemanes alcanzaron ya
el punto crítico de suficiente prosperidad lo más tarde a principios del año
1960. Desde entonces se mantiene más o menos constante el porcentaje de sus ciudadanos
felices.» Aunque la cifra puede variar según el costo de vida y la distribución
de riqueza de cada país, creo que podemos sacar una valiosa lección utilizando
la cifra alemana para el mundo entero. En 1960 la riqueza del alemán promedio
era de unos 12.000 dólares anuales.2 En ese año dieciséis países
tenían una riqueza igual o superior, y la riqueza del habitante promedio del
mundo era de 5.000. En 2000, la riqueza del habitante promedio del mundo había
ascendido a 12.000, y cincuenta y siete países tenían una riqueza igual o
mayor. Es decir, el siglo comenzó con buena parte de la población mundial en el
nivel de prosperidad suficiente, y si la riqueza estuviese muy bien
distribuida, todo el mundo lo habría alcanzado. ¿Por qué, si estamos entre los
afortunados, no apoyamos una redistribución de la riqueza para elevar el
bienestar de nuestros compatriotas que todavía pueden extraerlo de unos
ingresos mayores? ¿O mejor aún, por qué no ayudamos a los ciudadanos más pobres
de todos los países, sin fijarnos en los límites nacionales? ¿Por qué no?
Notas
1Hartmann,
U., U. Schneider y H. M. Emrich (2003), «La búsqueda de la felicidad», Mente y cerebro, 4, pp. 78-83.
2Esta
y las siguientes cifras de riqueza se refieren al PIB per cápita real en
dólares estadounidense de 2011. Están tomadas de la base de datos del proyecto
Maddison, https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/.
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Felix Bola
La
primera semilla de lo que la secta llegaría a lograr en otro continente la
sembró Felix Bola cuando leyó el testimonio de un psicólogo alemán que había
trabajado en zonas de guerra de África y Asia. Se había enrolado en las
misiones de Médicos Sin Fronteras luego de ejercer durante años en su país, y
trabajó en zonas tan inhóspitas como violentas. En realidad no tenía mucho
trabajo porque a menudo las víctimas continuaban con su vida a pesar de las
experiencias traumáticas. El alemán halló la explicación de semejante capacidad
de adaptación en la vida rutinaria que llevaban, como si los movimientos del
cuerpo evitaran los recuerdos del horror, y en las creencias religiosas o
mágicas en las que hallaban consuelo. Cuando volvió a su país, el alemán sintió
que los problemas de sus pacientes eran triviales o artificiales.
Bola tuvo que pausar la lectura del testimonio
un par de veces al sentir de golpe la inquietud de una revelación. Por primera
vez reconocía el valor inconmensurable de la fe religiosa. Si tu vida ha sido
destruida y deseas sin embargo seguir viviendo, es casi natural que te abandones
a la fe. Criticar ese acto de superstición o ponerlo en duda es tan cruel como quitarle
la tabla flotante al niño de la piscina que no sabe nadar. Y por primera vez fue
consciente de que los que de verdad la pasan mal son otros y están muy lejos. A
lo largo de años reunió información sobre el horror en los conflictos armados,
sobre todo los del áfrica negra porque Bola era negro. Se asombró al conocer
que el conflicto armado más mortífero desde la segunda guerra mundial era el de
la república democrática del Congo de principios de siglo, con cerca de cuatro
millones de muertos. A medida que leía retrocedía en el tiempo y pronto le pareció
evidente la sombra que representaba el reciente pasado colonial en esos países.
No era coincidencia que los conflictos armados africanos de hoy sean como los latinoamericanos
del siglo XIX, y acaso era posible enderezar el destino cruel para que el siglo
XXI africano sea en conjunto menos trágico que el XX latino.
Cuando yo llegué a la secta Bola era uno de los tres jefes, junto a Ana y Juan Lema. Bola había llegado con un estudiado plan para intervenir en el África negra, y la secta lo admiraba con los ojos iluminados de los que encuentran un camino que vale la pena recorrer.
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Un buen cuento
Un buen cuento parece ser el resultado de juntar
un estilo vigoroso, una anécdota interesante e ingenio al relatar. El interés
que provoque la anécdota es el elemento más subjetivo del buen cuento, porque cada
lector tiene sus temas predilectos. A mí me gustan sobre todo los retratos del
dolor y el deseo humanos. El estilo vigoroso en realidad no parece
indispensable, como muestran los casos de Chéjov y Mansfield, pero debo decir
que los cuentistas que trabajan mucho su estilo, como Borges, Cortázar o Rulfo,
me parecen los más virtuosos. Mi favorito es Cortázar. En su «Casa tomada» el estilo es sobrio y claro. La anécdota es
fantástica: una extraña presencia en la parte posterior de una casa habitada
por una pareja de hermanos, los expulsa por la puerta delantera. El ingenio lo
encuentro en la resignación con que los hermanos aceptan su destino, y en la
minuciosa descripción de los ambientes hasta el punto que el lector podría trazar
el plano de la casa tomada. En «La señorita Cora» el estilo de Cortázar es
claro y además exigente, porque todos los personajes narran en primera persona
y la batuta paso de uno a otro sin aviso. La anécdota es la de un adolescente con
apendicitis que se enamora de su bella enfermera. Ella tiene pareja y él está
custodiado por sus padres. Ella le besa y él llora de rabia. El ingenio lo
encuentro en la abrumadora tensión sexual que se crea entre esos amantes imposibles.
Un ejemplo de un cuento
formidable sin un estilo vigoroso es «Casa de muñecas» de Mansfield. Lo
protagonizan las dos hijas de la lavandera del pueblo, que asisten a la misma
escuela que las niñas ricas porque es la única que hay. Aunque sus compañeras y
hasta su profesora las aíslan y humillan, ellas se interesan por la casa de
muñecas de la que se habla en el recreo. Es tan hermosa que todas quieren ir a
verla. Es grande y muy completa. Hasta tiene una lámpara que se enciende de
verdad. Las niñas pobres, por supuesto, no están invitadas a la casa de la niña
dueña del juguete, pero se arriesgan a ir y aprovechan una puerta descuidada para
entrar al patio que alberga la casa de muñecas y observar… hasta que un adulto las
descubre y las expulsa a escobazos. El ingenio de Mansfield lo encuentro en el
suspenso con que arrastra al lector hasta el asombroso final. La hermana más pequeña,
que siempre va a la cola de la otra y nunca habla, luego de la expulsión habla
por fin y entre lágrimas le confiesa a su hermana que vio la lámpara encendida.


