16/7/20

La envidia en nuestra época

Por Bertrand Russell
La envidia, por supuesto, está muy relacionada con la competencia. No envidiamos la buena suerte que consideramos totalmente fuera de nuestro alcance. En las épocas en que la jerarquía social es fija, las clases bajas no envidian a las clases altas, ya que se cree que la división en pobres y ricos ha sido ordenada por Dios. Los mendigos no envidian a los millonarios, aunque desde luego envidiarán a otros mendigos con más suerte que ellos. La inestabilidad de la posición social en el mundo moderno y la doctrina igualitaria de la democracia y el socialismo han ampliado enormemente la esfera de la envidia. Por el momento, esto es malo, pero se trata de un mal que es preciso soportar para llegar a un sistema social más justo. En cuanto se piensa racionalmente en las desigualdades, se comprueba que son injustas a menos que se basen en algún mérito superior. Y en cuanto se ve que son injustas, la envidia resultante no tiene otro remedio que la eliminación de la injusticia. Por eso en nuestra época la envidia desempeña un papel tan importante. Los pobres envidian a los ricos, las naciones pobres envidian a las ricas, las mujeres envidian a los hombres, las mujeres virtuosas envidian a las que, sin serlo, quedan sin castigo. Aunque es cierto que la envidia es la principal fuerza motriz que conduce a la justicia entre las diferentes clases, naciones y sexos, también es cierto que la clase de justicia que se puede esperar como consecuencia de la envidia será, probablemente, del peor tipo posible, consistente más bien en reducir los placeres de los afortunados y no en aumentar los de los desfavorecidos. Las pasiones que hacen estragos en la vida privada también hacen estragos en la vida pública. No hay que suponer que algo tan malo como la envidia pueda producir buenos resultados. Así pues, los que por razones idealistas desean cambios profundos en nuestro sistema social y un gran aumento de la justicia social, deben confiar en que sean otras fuerzas distintas de la envidia las que provoquen los cambios.
Fuente: Russell, B. (1930), La conquista de la felicidad, Random House, Barcelona.

9/7/20

La gente es racional

Por Noam Chomsky
La razón de que la industria de la publicidad gaste cientos de millones de dólares anuales para crear la clase de individuo que se centra en satisfacer deseos artificiales, impuestos desde el exterior, y que es un consumidor desinformado que toma decisiones irracionales, la razón de que inviertan tanto dinero es porque creen que la gente es racional. De lo contrario, no se molestarían. Pretenden convertir a las personas en criaturas irracionales, y se esfuerzan sobremanera en conseguirlo. Creo que tienen razón, que no están desperdiciando el dinero. Si la industria de la publicidad no actuase, la gente tomaría decisiones racionales que consistirían, fundamentalmente, en desmantelar la autoridad ilegítima y las instituciones jerárquicas.
Fuente: Chomsky, N. (2017), Réquiem por el sueño americano, Sexto Piso, Madrid.

2/7/20

Sobre la religión

En mi barrio del norte de Quito nunca he visto tanta gente en las calles como el día que el papa Francisco ofició una misa en el parque que lo circunda. Cuando terminó la ceremonia, ríos de personas regresaron a sus casas caminando, y yo veía a algunas, a muchas, desde la ventana de mi casa. ¿Por qué hay tanta gente religiosa? ¿Por qué los pobres o, en general, la gente con serios problemas, suele ser más religiosa? La gente es religiosa simplemente porque crece en un ambiente religioso. Lo que se aprende en los años de formación de la cabeza no se va, y son pocas las personas que ponen en duda las tradiciones heredadas. Además, la intensidad de la fe aumenta cuando las vicisitudes de la vida aumentan. La vida es dura y la de los más pobres o marginados es especialmente dura.

Desde el punto de vista del bienestar social, la implantación de ideas religiosas en los niños tiene efectos perniciosos difíciles de remediar. Los creyentes poco religiosos no dejan de oponerse a reformas urgentes como la despenalización del aborto y la eutanasia. Y los perjuicios que causa la fe fervorosa son evidentes, desde la intención de los grupos evangélicos estadounidenses de prohibir la enseñanza de la evolución en las escuelas, hasta la violencia atroz del terrorismo islámico y de los estados teocráticos árabes.

No hace falta acabar con la fe para mejorar el mundo, pero reducir su intensidad podría mejorar el mundo abrumadoramente. ¿Cómo reducir la intensidad de la fe de los creyentes? En el caso del mundo islámico no parece haber otro remedio que anhelar una época de ilustración y desarrollo, similar a la que tuvo lugar en Turquía con las reformas emprendidas por Kemal Atatürk. En occidente la fe perdería terreno si nos empeñáramos en combatir males milenarios como la pobreza, la falta de oportunidades, la xenofobia, el racismo, el machismo… fuentes inagotables de envidia, resentimiento y dolor. Acaso no solo lograríamos atajar esos problemas, sino también generalizar la buena costumbre de tomar decisiones evaluando los hechos racionalmente y la de abandonar las convicciones que no están basadas en evidencias.


25/6/20

Benito y yo

Por Jesús Mosterín
Los guacamayos azules son los psitácidos de mayor tamaño: de 70 cm a 1 m de longitud y más de 130 cm de envergadura. Son animales magníficos, de colores llamativos, inteligentes y de fácil comunicación. Aunque legalmente protegidos en Brasil y Bolivia, están en peligro de extinción. Los indios los capturan furtivamente para vender ejemplares vivos (y con frecuencia pronto muertos) a los traficantes de animales exóticos y también para hacer con sus plumas gorros que venden a los turistas. A esto se une la reducción de su hábitat por talas e incendios provocados para roturar la selva. Benito es un guacamayo azul (Anodorhynchus hyacinthinus) grande e inteligente que desde hace tiempo reside en el Aviario Nacional de Pittsburgh (Pennsylvania), solo en una jaula y con ganas de contactos sociales. Yo estuve todo el curso 1996-1997 en Pittsburgh como fellow del Center for Philosophy of Science. Durante mi estancia visité varias veces a Benito en su aviario y entablé una relación de amistad con él. Cada vez que lo visitaba, se alegraba y trataba de llamar mi atención y de impresionarme con sus proezas acrobáticas, lo que indudablemente conseguía. No quería que me fuese. La última vez que lo vi, me daba y agarraba la mano y solo la soltaba para realizar ante mis ojos acrobacias como colgarse del techo de la jaula por el pico. Obviamente tenía una vida psíquica intensa. Me despedí de él con un nudo en la garganta.
Fuente: Mosterín, J. (2013), El reino de los animales, Alianza Editorial, Madrid.

18/6/20

Lo que hay que hacer

Por Noam Chomsky
Durante el periodo de gran crecimiento económico de las décadas de 1950 y 1960 (aunque en realidad el crecimiento se inició incluso antes), los impuestos a las clases pudientes eran mucho más elevados; los impuestos a las grandes empresas eran mucho más elevados; los impuestos sobre los dividendos eran mucho más elevados. Sencillamente los impuestos a la riqueza eran mucho más elevados. Pues bien, esto se ha modificado y ahora la tendencia es reducir los impuestos de los muy ricos. El sistema tributario se ha rediseñado de manera que los impuestos a los ricos se reduzcan y, en consecuencia, aumente la carga fiscal del resto de la población. La tendencia actual es intentar gravar únicamente los salarios y el consumo, que afectan a todos, y no, por ejemplo, los dividendos, que es algo que sólo afecta a los ricos. Esto ha supuesto un colosal desplazamiento de la carga fiscal. Las cifras son impresionantes.
Pero hay un pretexto; siempre hay un pretexto. En este caso es: «Eso aumenta la inversión y los puestos de trabajo». Pero no hay nada que lo pruebe. Si se desea aumentar los puestos de trabajo, si se desea aumentar las inversiones, lo que hay que hacer es aumentar la demanda. Si hay demanda, los inversores invertirán para satisfacerla. Si se desea aumentar la inversión, hay que proporcionar dinero a los pobres y a la clase trabajadora para que se lo gaste, no en yates ni en lujo ni en vacaciones en el Caribe, sino en bienes de consumo. Tienen que mantenerse con vida, por lo que gastarán sus ingresos. Eso estimula la producción, estimula la inversión, conduce a un aumento de puestos de trabajo, etcétera.
Fuente: Chomsky, N. (2017), Réquiem por el sueño americano, Sexto Piso, Madrid.

11/6/20

El gobierno de Mao

Por Jung Chang y Jon Halliday
En aquel momento [1975], cumplidos veinticinco años de mandato de Mao, la mayoría de la población vivía en una pobreza y miseria extremas. En las áreas urbanas, que eran las más privilegiadas, el racionamiento de comida, ropa y artículos básicos seguía aplicándose con el mayor rigor. Era frecuente que tres generaciones de la misma familia vivieran apelotonadas en una pequeña habitación, dado que bajo el gobierno de Mao la población de las ciudades había aumentado en 100 millones de personas y sin embargo se habían construido muy pocas viviendas y las obras de mantenimiento sencillamente no existían. Las prioridades de Mao, y también la calidad de vida, podían estimarse a partir del dato de que la inversión total en servicios urbanos (incluyendo agua corriente, electricidad, transporte público, alcantarillado, etcétera) durante el periodo 1965-1975 representó menos del 4 por ciento de la destinada a la industria armamentística. La salud y la educación habían caído muy por debajo del ya ínfimo porcentaje de inversión que habían recibido en los inicios del mandato de Mao. En el campo, la mayoría de la población seguía viviendo al borde la inanición. En algunos lugares, había mujeres adultas que tenían que ir completamente en cueros porque no tenían ropa para cubrirse. En la ciudad de Yan'an, la antigua capital de Mao, la gente era más pobre entonces que antes de la llegada de los comunistas, cuatro décadas antes. La ciudad estaba abarrotada de mendigos hambrientos a los que se les apresaba y llevaba detenidos cuando llegaban extranjeros a admirar el antiguo cuartel general de Mao, para a continuación deportarles a sus pueblos.
Fuente: Chang, J. y J. Halliday (2005), Mao, Taurus, Madrid.

4/6/20

Bienestar y felicidad

Por Jesús Mosterín
Cada especie animal tiene su tipo de bienestar, lo que Aristóteles llamaba su bien. Este bienestar depende de condiciones objetivas (sus intereses) que determinan su supervivencia, su salud, su ausencia de dolor y el despliegue de sus capacidades y actividades características. El bienestar del humán estriba también en la satisfacción de una serie de intereses característicos: supervivencia, seguridad, salud, libertad, dinero, tranquilidad, compañía, conversación, amistad, amor, sexo, información, contemplación intelectual, contacto con la naturaleza, actividad artística, ausencia de dolor, de miedo, de ansiedad y de depresión. En definitiva, el bienestar es aquello que todos –en la medida en que no estemos alienados– deseamos, la base común de la buena vida que todos perseguimos, con independencia de los fines más originales o personales que cada uno de nosotros también tenga.
El placer es una sensación especialmente agradable y normalmente de corta duración que acompaña a determinadas vivencias y experiencias. Cuando el placer es intenso, llena completamente nuestra conciencia, y, mientras dura, nos produce una gran satisfacción. Las vivencias que producen placer varían según los individuos. Lo que al uno le produce placer al otro le repugna. Y no todos experimentan los placeres con la misma intensidad.
¿Qué relación hay entre bienestar y placer? El bienestar es más universal y objetivo, el placer es más idiosincrásico y subjetivo. En definitiva, el bienestar es una situación en la que se dan una compleja serie de condiciones objetivas físicas y sociales; el placer consiste en la excitación electroquímica de determinadas zonas del cerebro. El bienestar es un estado permanente o al menos de larga duración; el placer es una experiencia momentánea. El bienestar incluye esencialmente la posibilidad real de buscar y encontrar placer, pero no el placer mismo. Podemos vivir bien, podemos vivir en bienestar, sin experimentar placeres. A la inversa, podemos experimentar placeres muy intensos, aun viviendo en la miseria, aun viviendo mal. El placer es la sal de la vida. El bienestar es el plato de resistencia. El bienestar sin placer es bienestar soso e insípido, pero bienestar al fin y al cabo. Y el placer sin bienestar no alimenta, pero encandila.
El campo del placer es un asunto privado de los individuos. El bienestar, por el contrario, es el tema y el fin central de toda política racional. Los factores del bienestar son objetivos, en gran parte sociales e iguales o similares para todos. La finalidad de la acción política (colectiva) no es el engorde y la gloria de algún animal metafísico, como la patria, ni la realización sobre la Tierra de los ideales o profecías de alguna doctrina, ni el cumplimiento de abstractos principios morales o jurídicos. La finalidad de la acción política racional es conseguir el máximo bienestar para todos los afectados. Este es el rasero por el que el agente racional sopesa y juzga todos los programas, instituciones y sistemas políticos y económicos.
Podemos disfrutar de bienestar y placeres. Esto garantiza que no somos desgraciados; pero no garantiza en modo alguno que seamos felices. Podemos nadar en la abundancia, estar sanos, gozar de placeres hasta la saciedad y, sin embargo, sentir un vacío y una sequedad interiores, una sensación de hastío y de desgana, constatar que nuestra vida carece de sentido, que no hemos sabido encauzarla.
Nuestros fines se dividen en dos clases: los interesados y los desinteresados. El bienestar consiste en la satisfacción de nuestros fines interesados. Pero el bienestar puede ir acompañado de la ausencia de fines desinteresados o de su frustración. En ese caso vivimos bien, pero no somos felices. Un padre o una madre no son felices si sus infantes son desgraciados, aunque ellos vivan bien, pues han incluido el bienestar de sus infantes entre sus propios fines (desinteresados). Un amante de la naturaleza no es feliz si los bosques que lo rodean son talados o degradados, si los animales silvestres que él ama son cazados o exterminados, aunque mantenga un adecuado nivel de bienestar, pues ha incluido la salvación de esas parcelas de naturaleza entre sus propios fines (desinteresados). El grado en que un investigador o un artista consigan la felicidad depende a veces de que logren o no descubrir o crear lo que pretenden, aun en el caso de que ello no afecte para nada a su bienestar.
Si bien puede haber bienestar sin felicidad, no puede haber felicidad sin bienestar. Como ya señalaba Aristóteles, los que dicen que el humán bueno puede ser feliz incluso padeciendo tortura o infortunio no saben lo que dicen. El concepto (de origen religioso) de una felicidad ajena al bienestar juega un papel ideológico, en la acepción peyorativa marxiana de esa palabra, como consuelo ilusorio por la desgraciada situación real y como alienación que impide tomar conciencia de esa situación y superarla.
Si estamos enfermos, no somos felices. Si tenemos frío o hambre crónicas, no somos felices. Atemorizados o perseguidos, no somos felices. Si vivimos en continuo agobio, zozobra o depresión, no somos felices. Si permanecemos alejados de la naturaleza, del arte y del placer, no somos felices. Si vivimos mal, no somos felices. Podemos alegrarnos de que les vaya bien a los humanes que amamos, de que se acabe con el exterminio de los cachalotes, de probar un nuevo teorema. Si a pesar de ello nos va mal y nos vemos presos, pobres y enfermos, no somos felices. En resumen, sin bienestar no somos felices.
De todos modos, el bienestar no basta para que seamos felices, aunque lo sazonemos de placeres. ¿Qué más hace falta? Hace falta dar un sentido a nuestra vida, marcarle fines (en parte desinteresados) y tener éxito en su consecución. Somos felices si vivimos bien y además nuestra vida está orientada hacia fines y vemos que poco a poco los vamos consiguiendo. La felicidad es igual a bienestar + consecución de nuestros fines últimos. Como ya sabía Aristóteles, la felicidad consiste en vivir bien y actuar con sentido y éxito. Como ya hemos señalado, actualmente se tiende a distinguir dos componentes principales en la felicidad: un componente hedonista, de placer y bienestar, y un componente de satisfacción íntima por la consecución de nuestras metas más importantes. El estudiante que no logra acabar los estudios que se había propuesto cursar no es feliz, aunque viva confortablemente. Y los placeres no apagan la frustración que nos produce el fracasar en nuestro empeño más importante.
Vivir en bienestar, gozar de los placeres terrenales, dar un sentido a nuestra vida marcándole metas capaces de hacernos vibrar y de tensar nuestras energías, esforzarnos en su consecución y observar que vamos teniendo éxito en la empresa: he ahí la felicidad. En la medida en que lo hayamos logrado, habremos sido felices. La felicidad es lo mejor a que el humán puede aspirar, y todos oscuramente aspiramos a ella. Si somos racionales, tratamos de conseguirla de un modo consciente y eficaz. La racionalidad es el método para maximizar nuestra consecución de la felicidad.
La felicidad que alcancemos no depende solo de lo racionales que seamos, de nuestro mérito, nuestra inteligencia o nuestra acción. En gran parte depende también de la suerte que tengamos, del destino. Según que seamos más o menos guapos o feos, fuertes o débiles, equilibrados o depresivos, de familia o país rico o pobre, la consecución de la felicidad será más o menos fácil para nosotros. Además, el día menos pensado un accidente imprevisible siega la vida de nuestros allegados y nos sume en la soledad, o nos deja ciegos o tullidos, menguando cruelmente nuestras posibilidades de felicidad.
Es absurdo negar el destino o rasgarse las vestiduras ante sus golpes ciegos. Al destino y a la muerte solo cabe mirarlos cara a cara y aceptarlos, como aceptamos la presencia de las montañas y el carecer de plumas. Pero el destino no solo golpea. También ofrece a veces oportunidades inesperadas de bienestar, place o deleitosa contemplación. Si las dejamos pasar, nuestra felicidad saldrá disminuida. Por eso el agente racional está siempre alerta y despierto, dispuesto a echar mano con energía y decisión de las oportunidades que el destino le depare. Entre la muerte y el destino nos queda siempre un cierto margen de maniobra y libertad. Sobre ese estrecho margen construimos el frágil edificio de nuestra felicidad posible.
Entre la algarabía de los brujos, los agitadores y los mercaderes, que pretenden hacernos olvidar nuestros propios intereses y embarcarnos en batallas que no son las nuestras, y el majestuoso caos de un universo indiferente, que constantemente nos recuerda la futilidad de nuestras metas, avanzamos. Avanzamos sin mirar atrás, siguiendo el rumo que nosotros mismo nos hemos marcado, y a la espera de caer en la inevitable emboscada que la muerte nos ha tendido, escrutamos el camino y gozamos con fruición desengañada de los frutos que crecen a su vera. Y así hacemos del camino hacia la muerte una fiesta y una exploración.
Fuente: Mosterín, J. (1978), Lo mejor posible, Alianza Editorial, Madrid.

28/5/20

Edward Bernays

Por Noam Chomsky
Imagen tomada de https://bit.ly/36cmN2u
[Edward] Bernays obtuvo grandes éxitos a lo largo de su vida que merece la pena examinar. El primero fue conseguir que las mujeres fumaran. En una época en que no había fumadoras, Bernays organizó grandes campañas publicitarias –creo que para Chesterfield, alrededor de 1930– para convencer a las mujeres de que fumar, según diríamos hoy, «molaba». Es decir, que estaba bien, que era algo que haría el modelo de mujer liberada, etcétera. Es imposible calcular cuántos millones de muertes pueden atribuirse a esa hazaña. Otro éxito importante de Bernays tuvo lugar en la década de 1950, cuando trabajaba para la United Fruit Company y convenció a la población de que derrocase al Gobierno democrático de Guatemala (porque estaba amenazando el control de su compañía sobre la economía y la sociedad), lo que llevó al país a cincuenta años de horrores y atrocidades.
Fuente: Chomsky, N. (2017), Réquiem por el sueño americano, Sexto Piso, Madrid.

21/5/20

El retorno de China e India

El vertiginoso ritmo de desarrollo de China e India se puede leer como el retorno de viejas civilizaciones a un papel estelar. Desde Colón el dominio del mundo le correspondió a países europeos, y en el último siglo sobre todo a Estados Unidos, que desciende sobre todo de Europa. En ese lapso las civilizaciones milenarias de India y China fueron opacadas, pero en los últimos años están recuperando protagonismo y es probable que hacia mediados de este siglo vuelvan a ser naciones dominantes.
Para ilustrar esta idea –ver la Tabla 1– voy a tomar el periodo de tiempo que un país tarda en pasar de una riqueza de alrededor de $3000 por persona a una de $6000 por persona. Estados Unidos hizo ese traslado entre 1852 y 1899. China lo hizo entre 1994 y 2005 e India entre 2004 y 2016. Es decir, lo que a Estados Unidos le tomó casi medio siglo, a China e India solo les ha tomado algo más de una década. Se suscitan las cuestiones de si China e India continuarán creciendo a un ritmo desaforado y cuánto tardarán en alcanzar un nivel alto de riqueza por persona. Encuentro una pista en el caso de Corea del Sur, uno de los pocos países con un ritmo de desarrollo tan vertiginoso como el de China e India. En 1981 ya Corea del Sur tenía una riqueza de $5900 por persona, y continuó creciendo a un ritmo acelerado hasta alcanzar hoy los $36100 por persona. Si China e India se comportaran de un modo similar, alcanzarían un alto nivel de riqueza dentro de tres décadas.

14/5/20

El inconcebible universo

Por Jorge Luis Borges
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna, el espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos de vista, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Fuente: Borges, J. L. (1949), El Aleph, Random House, Barcelona.

7/5/20

La noche de San Bartolomé

Por Jesús Mosterín
Imagen tomada de https://bit.ly/2S5WfMh
En agosto de 1572 se celebró la boda de la hermana del rey Carlos IX con el protestante Enrique de Navarra (el futuro Enrique IV). Esta boda motivó que muchos de los más eminentes y ricos miembros de la comunidad protestante francesa acudieran a París. Allí, la madre del rey, Catalina de Medici, el duque de Guisa y otros católicos fanáticos conspiraron para matar a los hugonotes presentes y lograron la anuencia del rey. La noche de San Bartolomé, el 23 de agosto de 1572, hicieron matar y decapitar a la flor y nata de los hugonotes, incluido su máximo representante, el almirante Gaspard de Coligny. A continuación, lanzaron al populacho católico a una orgía de sangre, en la que los matones sacaban a los protestantes de sus casas y los mataban a golpes y cuchilladas, para seguir luego matando por la calle a todos los hombres, mujeres y niños sospechosos de protestantismo. Las calles rebosaban sangre. Muchos miles de personas murieron (es imposible saber exactamente cuántas). La noticia corrió por Francia y provocó masacres similares en otros lugares. Muchos hugonotes empezaron a emigrar para salvar sus vidas, sobre todo a Suiza y Holanda, pero también a Prusia, Inglaterra y otros lugares. Estas matanzas provocaron una ola de espanto en Europa y cimentaron la mala fama de los católicos entre los protestantes.
Fuente: Mosterín, J. (2010), Los cristianos, Alianza Editorial, Madrid.

30/4/20

Santiago

Yo no quería ir al dentista para encontrarme con un psicólogo, pero el dolor de diente es ineludible y hay que reconocer que fue astuta la trampa que me tendió mamá. Ese día desperté escuchando las canciones tristes que canta Carlota Jaramillo, que todo se muere, que la vida es triste, que no vendrás nunca, por más que te espere, que ya no me quieres, como me quisiste. Las canciones tristes se disfrutan cuando estás contento. Cuando estás realmente triste, resultan insoportables. Llegué puntual a la cita, pero dos de los tres asientos de la sala de espera estaban ocupados, y me tuve que sentar en el que no era mi preferido. En los otros dos unos viejos charlaban encendidamente.
–Buenos días –dije, sin alzar mucho la voz para no interrumpirlos y pasar desapercibido, pero uno de los señores, el de lentes, se quedó mirándome.
–¿Usted es familiar de los doctores? –me preguntó.
–No –dije, sonriendo a medias. El señor me contestó con otra sonrisa y continuó la charla con su amigo. Se notaba que la política nacional les interesaba mucho, pero no lograba identificar los nombres propios que citaban. Casi no veo las noticias. Cuando retrocedieron en el tiempo reconocí a un expresidente. El señor de lentes repitió de memoria un fragmento precioso de un discurso:
–…que cuando yo sea presidente la derecha ecuatoriana será la esperma derretida en la gran llama de la pasión democrática de los pobres de mi patria.
Enseguida agregó que, por supuesto, a aquel gobernante no le interesaban los pobres, pero era capaz de convencer a los pobres de que le interesaba su suerte. Estaba a punto de decirle que estaba muy de acuerdo con lo que decía, pero me interrumpió la asistente de la doctora que salió del consultorio número dos:
–Buenas tardes don Santiago.
–Buenas tardes.
–Dice la doctora que pase por favor.
Entré mientras salía una señora que resultó ser familiar o amiga de los dos viejos. La doctora los despidió, me invitó a recostarme en el gabinete y me aseguró que me parecía mucho a su hermano. No entendí a qué venía ese comentario, pero ella insistió:
–Cuando te atendió siento que como si le estuviera atendiendo a él. Está en el otro consultorio, con mi papá. Él también se llama Santiago.
Mi mamá me contó una vez que luego de una curación que le hizo la doctora se pusieron a mirar fotos de Santiago y que, en efecto, nos parecíamos mucho. Lo curioso era que el papá de la doctora, que también era odontólogo y atendió a mamá durante décadas, nunca le había contado que tenía un hijo muy parecido a mí, apenas cinco años mayor. El doctor me conocía desde niño, cuando tenía su consultorio en el hospital de los militares, al que mamá tenía acceso porque papá fue suboficial del ejército. En una ocasión incluso le dijo a mamá que me quería adoptar…
Antes de terminar la sesión, la doctora me aseguró que sería interesante que conversara con su hermano.
–Tal vez no tienen solo en común el aspecto –dijo sonriendo.
Entonces vi la luz. Mi mamá seguramente le había contado de mis problemas a la doctora. No sé a quién se le ocurrió, si a mamá o a la doctora o al doctor, que era buena idea que converse con un sujeto casi igual a mí, pero con más experiencia vital. Para mí la psicología es básicamente una colección de consejos de sentido común y no había querido asistir a terapia, pero ahora me veía abocado a conversar con mi doble. Salí del consultorio y vi que en uno de los asientos que antes ocupaban los viejos me esperaba Santiago. Me sonrojé, pero él me alivió diciendo:
–Ya veo que es cierto que nos parecemos mucho.
Conversamos durante casi una hora. Sus preguntas eran inteligentes. Santiago era más inteligente que el viejo de lentes. Casi al final quiso saber cómo me había ido en la escuela.
–Yo era el jovencito que no copiaba en los exámenes. Mejor dicho, el que casi nunca copió o copió mucho menos que el resto. Por cada trampa que hice en la escuela, mis compañeros deben haber hecho unas cien.
–¿Y por qué no copiabas como todo el mundo? ¿Tenías miedo de que te pillen?
–Quiero pensar que mis motivos eran más elevados. Estaba el factor del miedo a los profes, seguro, pero además yo me esforzaba por comportarme correctamente. Tenía y tengo un elevado sentido moral.
–El problema llega cuando pasas de sentirte mejor que el resto a intentar mejorar al resto.
–Cierto. Yo en la escuela fantaseaba con matar a todos los compañeros que hacían trampa y a los que se burlaban de los otros niños, y no me importaba que en el aula de mi imaginación quedáramos dos o tres. Durante años me avergoncé de esta fantasía asesina hasta que leí un artículo que aseguraba que no son infrecuentes.
Entonces llegaron más pacientes para la doctora y tuvimos que ceder los asientos y acabar la charla.
En el bus de regreso a casa pude pensar con más claridad. Desde niño me había sentido fuertemente condicionado por mi aspecto y ya cerca de los treinta, cuando me resigné al cuerpo y rostro que me tocaron, estructuré un plan de vida que daba por descontado el fracaso en cuanto a las relaciones sociales y sobre todo de pareja. Estaba convencido que ese era el único camino por el que yo podía transitar. Pero con la misma improbabilidad de que en las vacaciones en la playa me coma un tiburón, ahora me encontraba con un sujeto que con el mismo aspecto había recorrido un camino muy diferente. Se había casado y al poco tiempo divorciado. Al hijo que tuvo en esa primera relación lo crió casi a solas hasta que se volvió a enamorar. Ahora compartía la vida con su hijo y los hijos de su nueva pareja. Digamos que había vivido la vida normal de su generación, que también era la mía. Mi problema entonces no estaba en mi cuerpo, sino en mi mente.

23/4/20

Democracia y tecnocracia

Por Jesús Mosterín
Descartados de antemano los métodos arbitrarios o dictatoriales de solucionar los problemas colectivos, solo quedan dos maneras justas, racionales y civilizadas de enfocar y solucionar dichos problemas: la democracia y la tecnocracia. Ambas son necesarias para la solución de nuestros problemas más importantes y solo la ignorancia, la confusión conceptual o la demagogia pueden inducirnos a creer que una de ellas baste por sí sola para dar solución a todos los problemas de nuestra época.
La manera democrática de administrar un asunto o de solucionar un problema colectivo consiste en tener en cuenta sobre todo los deseos y preferencias de la gente; en último término, en hacer lo que (la mayoría de) la gente quiera. La manera tecnocrática de administrar un asunto o de solucionar un problema colectivo consiste en tener en cuenta sobre todo los intereses de la gente, estimados por los expertos o entendidos en el tema de que se trate; en último término, en hacer lo que conviene a la gente.
Hay ámbitos de la vida en que la superioridad del enfoque democrático es tan evidente, que prácticamente nadie la pone en duda. Por ejemplo, a la hora de elegir representantes parlamentarios o autoridades políticas, solo la democracia funciona de un modo satisfactorio. La ausencia de democracia conduce en este campo a abusos de poder claramente contraproducentes para los intereses de la mayoría. A la hora de fijar los precios de los productos, también parece que el método democrático (en este caso, el mercado) es muy superior al resto de los métodos conocidos. Los intentos de fijar tecnocráticamente los precios suelen conducir a graves distorsiones, despilfarros e ineficacias en la producción y distribución de los productos y, en definitiva, los intereses de la mayoría suelen salir perjudicados.
Hay otros ámbitos de la vida en que la superioridad del enfoque tecnocrático está igualmente clara. Por ejemplo, en lo que respecta a la salud. A nadie se le ocurriría someter a votación entre los propios enfermos el diagnóstico y la terapia adecuada para su enfermedad. Ellos son los primeros interesados en dejar el tema en manos de los expertos, en este caso los médicos. Los problemas sanitarios solo pueden resolverse razonablemente de un modo tecnocrático. Lo mismo ocurre con los problemas científicos. Aquí son solo los expertos –los miembros de la comunidad científica pertinente– los que tienen algo que decir. A los que no somos médicos ni geólogos nos conviene dejar en manos de los médicos y los geólogos la administración y solución de los problemas terapéuticos y de corrimientos de tierras que nos afecten. Es lo mejor que podemos hacer para defender nuestros intereses. Tratar de introducir aquí la democracia sería contraproducente y perjudicial para nuestros propios intereses.
Hay otros casos, finalmente, en que las cosas no están tan claras; por ejemplo, en el campo de la enseñanza. ¿Hasta qué punto hay que enseñar a los alumnos lo que ellos quieran, o lo que sus padres quieran, o lo que los expertos consideren más adecuado? En fin, no es este el lugar para analizar ninguno de los problemas indicados. Solo interesa retener que los intereses no siempre coinciden con los deseos y, por tanto, que el tratamiento óptimo (el democrático) de los asuntos en función de los deseos de los afectados no siempre coincide con el tratamiento óptimo (el tecnocrático) en función de los intereses de los afectados. Ambos enfoques son necesarios. Uno de los problemas de la ciencia política estriba en delimitar los campos en que uno u otro enfoque ofrecen mayores ventajas. En cualquier caso, cuanto más complejo en un problema, tanto más adecuado suele ser su tratamiento tecnocrático. Pero si afecta a todos, no requiere conocimientos especiales o se presta al abuso de poder, parece preferible inclinarse por soluciones democráticas.
Muchos de los problemas graves de nuestro tiempo requieren soluciones drásticamente tecnocráticas, en interés de los propios interesados. Algunos problemas son locales. Por ejemplo, en el estado mexicano de Chiapas la creciente población indígena lleva años incendiando el bosque tropical para plantar sobre sus cenizas el maíz. La primera cosecha es buena, pero enseguida las lluvias tropicales barren la tierra –a la que ya no sujeta la vegetación– hacia los barrancos y los ríos. Al año siguiente solo queda la roca nuda y estéril. El mismo proceso se repite con el bosque más próximo. Así, poco a poco, el cultivo itinerante e incendiario del maíz va reduciendo enormes y ricas zonas boscosas de Chiapas al estatus de pedregales desérticos. Los expertos están de acuerdo en que habría que detener estos cultivos itinerantes, pero los indígenas chiapanecos que los realizan desean continuar con ellos. Y, por miedo a la impopularidad y por demagogia, se les deja seguir haciéndolo. El día que Chiapas entero sea un desierto, ¡que los parta un rayo a todos! Aunque el ejemplo es local, a escala planetaria el problema se refleja agrandado y multiplicado. Cada año que pasa aumenta la proporción de tierras convertidas en desiertos antropógenos. Ya hemos hablado del desastre de la sobreexplotación de los caladeros de pesca y podríamos hablar de la destrucción de los fondos marinos por la pesca de arrastre, de las matanzas indiscriminadas de las redes de deriva y de la contaminación marina. Los expertos están de acuerdo en que la explosión demográfica de los países más atrasados, debida a la ignorancia, los prejuicios religiosos y las actitudes machistas, es la raíz principal de la abyecta pobreza que padecen sus gentes. Pero también en este caso se los deja hacer, por indiferencia, por demagogia y por el irracional principio de no inmiscuirse en los asuntos internos de otros países, mientras una parte considerable de la población se hunde en la miseria. Y aunque no lo tratemos para no alargarnos, no podemos dejar de mencionar el grave problema global del cambio climático.
Cuanto más racional e informada sea la gente, tanto más tenderán a coincidir las soluciones democráticas y las tecnocráticas. Pero muchos de los problemas globales actuales exigen soluciones tecnocráticas drásticas y urgentes, si es que queremos salvaguardar los intereses humanos más elementales.
Fuente: Mosterín, J. (1978), Lo mejor posible, Alianza Editorial, Madrid.

16/4/20

El Che según Cortázar

Por Julio Cortázar
Después hay como un hueco confuso, la sangre se fue de Tinti y él de nosotros, los serranos se ofrecieron para enterrarlo, yo me quedé en la cueva descansando aunque olía a vómito y a sudor frío, y curiosamente me dio por pensar en mi mejor amigo de otros tiempos, de antes de esa cesura en mi vida que me había arrancado a mi país para lanzarme a miles de kilómetros, a Luis, al desembarco en la isla, a esa cueva. Calculando la diferencia de hora imaginé que en ese momento, miércoles, estaría llegando a su consultorio, colgando el sombrero en la percha, echando una ojeada al correo. No era una alucinación, me bastaba pensar en esos años en que habíamos vivido tan cerca uno de otro en la ciudad, compartiendo la política, las mujeres y los libros, encontrándonos diariamente en el hospital; cada uno de sus gestos me era tan familiar, y esos gestos no eran solamente los suyos sino que abarcaban todo mi mundo de entonces, a mí mismo, a mi mujer, a mi padre, abarcaban mi periódico con sus editoriales inflados, mi café a mediodía con los médicos de guardia, mis lecturas y mis películas y mis ideales. Me pregunté qué estaría pensando mi amigo de todo esto, de Luis o de mí, y fue como si viera dibujarse la respuesta en su cara (pero entonces era la fiebre, habría que tomar quinina), una cara pagada de sí misma, empastada por la buena vida y las buenas ediciones y la eficacia del bisturí acreditado. Ni siquiera hacía falta que abriera la boca para decirme yo pienso que tu revolución no es más que... No era en absoluto necesario, tenía que ser así, esas gentes no podían aceptar una mutación que ponía en descubierto las verdaderas razones de su misericordia fácil y a horario, de su caridad reglamentada y a escote, de su bonhomía entre iguales, de su antirracismo de salón pero cómo la nena se va a casar con ese mulato, che, de su catolicismo con dividendo anual y efemérides en las plazas embanderadas, de su literatura de tapioca, de su folklorismo en ejemplares numerados y mate con virola de plata, de sus reuniones de cancilleres genuflexos, de su estúpida agonía inevitable a corto o largo plazo (quinina, quinina, y de nuevo el asma). Pobre amigo, me daba lástima imaginarlo defendiendo como un idiota precisamente los falsos valores que iban a acabar con él o en el mejor de los casos con sus hijos; defendiendo el derecho feudal a la propiedad y a la riqueza ilimitadas, él que no tenía más que su consultorio y una casa bien puesta, defendiendo los principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su mujer no había servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes, defendiendo una supuesta libertad individual cuando la policía cerraba las universidades y censuraba las publicaciones, y defendiendo por miedo, por el horror al cambio, por el escepticismo y la desconfianza que eran los únicos dioses vivos en su pobre país perdido.
Fuente: Cortázar, J. (1966), Cuentos completos/2, Santillana, México, D.F.

9/4/20

Ni santos ni canallas

Por Jesús Mosterín
El amor corresponde a una moral de máximos. El respeto, a una moral de mínimos. Pienso que solo una moral de mínimos en generalizable. Pretender generalizar y universalizar una moral de máximos es condenarse a la hipocresía. Tanto a nivel humano como, en general, animal, propugno que todos nos respetemos. Ojalá lo hiciéramos. Esto es compatible con preferir a nuestros amigos y parientes y congéneres, mientras mantengamos una mínima decencia y un respeto por los no preferidos. Me parece bien que la madre prefiera a sus hijos más que a los del vecino, pero me parecería mal que maltratase a los hijos del vecino. La moral de mínimos que propugno solo puede requerir que respete a los hijos del vecino; no puede requerir que los ame. Una teoría moral que requiriese que la madre amase a los hijos del vecino igual que a los suyos, que no prefiriese a los suyos, iría tan frontalmente en contra de nuestros sentimientos e incluso de la sabiduría acumulada en nuestros genes, que sería inaceptable.
Una moral de la perfección es una moral de máximos. A ella aspiran los monjes budistas o jainistas, que van barriendo el suelo ante sí mientras caminan, para evitar aplastar con sus pisadas a alguna pequeña criatura que pudiera estar en el suelo; los veganos estrictos en su alimentación y los miembros más dedicados de ciertas ONG que sacrifican su vida y su carrera por ayudar a los demás. La moral mínima es una moral realista y provisional, que no trata de saltar directamente a un mundo ideal, sino solo de eliminar los aspectos más sórdidos y atroces del mundo real, en la medida al menos en que se deban a nuestra propia intervención. Es la moral que no pretende regular las relaciones sexuales, pero trata de acabar con las violaciones. Es la moral de los que no exigen la abolición de los ejércitos, pero buscan prohibir las minas antipersona; la de los que en Suecia han conseguido que las vacas y cerdos tengan derecho legal a salir de paseo una vez al día y las gallinas tengan garantizados habitáculos amplios.
Así como preferimos unos humanes a otros, aunque no sea más que porque nos resultan más próximos o nos caen más simpáticos o los admiramos más o por cualquier otro motivo, pero respetamos a todos, así también nuestro respeto y consideración por todos los animales no nos impide preferir a algunos, y considerar a unos más que a otros. Cuando los humanes son afectados por enfermedades como la dracunculiasis o la triquinosis, no vacilamos en curarlos matando a los nematodos (gusanos redondos) parásitos Dracunculus o Trichinella que invaden sus músculos. Nosotros somos también humanos y sentimos más solidaridad con nuestros congéneres que con los nematodos. Cuando nuestro perro tiene garrapatas, le quitamos las garrapatas y las matamos. Por un lado, pensamos que el perro es un animal mucho más inteligente y con mucha mayor capacidad de sufrir que la garrapata. Por otro, estamos ligados a nuestro perro con un vínculo de lealtad y amistad que no existe en el caso de la garrapata. La garrapata no hace nada moralmente malo, se limita a hacer aquello para lo que está genéticamente programada, es decir, a caer sobre el primer mamífero que pasa y chuparle la sangre. Pero nosotros somos también mamíferos y nos sentimos más solidarios con el perro que con la garrapata. Albert Schweitzer, que había recogido un águila pescadora herida para curarla, daba la preferencia al águila sobre los peces con los que la alimentaba:

Ahora he de decidir si la dejo morir de hambre o si para salvarle la vida mato cada día muchos pececillos. Me decido por esto último. Pero cada día me oprime como un peso el sacrificio de estas vidas en beneficio de aquella, del que yo asumo la responsabilidad.

Incluso cuando un mosquito nos amenaza con picarnos, no vacilamos en liquidarlo (si podemos) de un manotazo. No tratamos de ser santos, pero tampoco queremos ser unos canallas.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

2/4/20

Cada uno es los dos

Por Jorge Luis Borges
Beatriz era alta, esbelta, de rasgos puros y de una cabellera bermeja que pudo haberme recordado y nunca lo hizo la del oblicuo Twirl. No había cumplido los veinte años. Había dejado uno de los condados del Norte para ser alumna de letras de la universidad. Su origen, como el mío, era humilde. Ser de cepa italiana en Buenos Aires era aún desdoroso; en Londres descubrí que para muchos era un atributo romántico. Pocas tardes tardamos en ser amantes; le pedí que se casara conmigo, pero Beatriz Frost, como Nora Erfjord, era devota de la fe predicada por Ibsen y no quería atarse a nadie. De su boca nació la palabra que yo no me atrevía a decir. Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en la que nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo contemplándola.
Fuente: Borges, J. L. (1975), El libro de arena, Random House, Ciudad de México.

26/3/20

Glosario político: comunismo y socialismo

El problema de las etiquetas políticas es que oscurecen las cosas en lugar de aclararlas. Si yo digo que me siento afín al comunismo, tengo que aclarar lo que entiendo por comunismo. Si no lo hago, corro el riesgo de que se me atribuya una creencia distinta o hasta opuesta a mis convicciones. El comunismo de Mao, por ejemplo, consistió básicamente en esclavizar a los campesinos (hasta el punto de matarlos de hambre) para obtener recursos con que financiar su demencial proyecto de volver a China una potencia nuclear. Y el comunismo soviético consistió en que los dirigentes de un solo partido monopolizaran el poder político y económico, sin la menor posibilidad de que la gente de a pie participe en la toma de decisiones. Por supuesto, no es ese el comunismo que a mí me agrada. Yo asocio el término a una severa limitación de las diversas formas de propiedad privada, salvo la que proviene de nuestro propio trabajo.
En los últimos años en Latinoamérica se ha usado con alguna frecuencia la expresión socialismo del siglo veintiuno o la sola palabra socialismo para referirse a gobiernos como el venezolano o el boliviano. Esos gobiernos llegaron al poder luego de una ola de gobiernos que se empeñaron en reducir la ya pequeña capacidad del Estado para garantizar derechos esenciales consagrados en las leyes, como el acceso a la educación y a la salud (lo que puede ser una definición de neoliberalismo). Los «socialistas» reformaron el presupuesto y en sus mejores años lograron reducir la pobreza, pero sus líderes se enquistaron en el poder y terminaron contrariando el voto popular que tanto les había favorecido en años previos. Sin embargo, el socialismo no tiene que implicar necesariamente el fortalecimiento del Estado. Yo empleo el término teniendo en mente su esencia libertaria, es decir, apuntando a que sean los trabajadores quienes controlen la producción. Lo que también podría ser la definición de una auténtica democracia.

19/3/20

Las mujeres en la democracia ateniense

Por Jesús Mosterín
La democracia ateniense era un sistema totalmente machista. Las mujeres no pintaban nada y –excepto las más pobres– se pasaban la vida encerradas en un cuarto especial de la casa –el gineceo– cardando la lana, tejiendo, cocinando y cuidando a los infantes. Ellas sí trabajaban, pues vestían y alimentaban a toda la población, pero estaban completamente aisladas de la vida social y política. Los hombres –al menos los ciudadanos– se pasaban el día en la calle, en el ágora, en la asamblea. Las mujeres se pasaban el día en casa sin ver a nadie. Incluso si el marido invitaba a sus amigos a comer en casa, la mujer –que cocinaba para ellos– no se dejaba ver, manteniéndose escondida en el gineceo. Si los hombres necesitaban compañía femenina, alquilaban los servicios de hetairas profesionales, que tocaban la flauta y bailaban para ellos, pero a nadie se le ocurría que la mujer de la casa pudiese participar de la fiesta. Incluso a nivel afectivo y sexual, se consideraba que el amor realmente romántico e interesante era el amor homosexual que los hombres adultos sentían por los efebos, no el amor a las mujeres. Y mientras los niños recibían una cuidada educación y desde los siete años salían de casa para acudir a las clases de gramáticos, citaristas y maestros gimnásticos y aprender la lectura, la escritura, la música, la gimnasia, etc., las niñas ni salían ni aprendían nada, permaneciendo en el gineceo del hogar paterno hasta el momento de su boda, en que se les cortaba el pelo y pasaban al gineceo del marido. Las mujeres fueron, sin duda, la clase más discriminada de Atenas. Los metecos e incluso muchos esclavos vivían mejor que ellas, al menos con más libertad de movimientos y más variedad de experiencias.
Fuente: Mosterín, J. (2006), La Hélade, Alianza Editorial, Madrid.

12/3/20

La Primera Guerra Mundial

Por Bertrand Russell
Si bien no imaginaba algo siquiera parecido al desastre total que fue la guerra, sí había barruntado mucho más que la mayoría de la gente. La perspectiva me horrorizaba, pero lo que me horrorizaba aún más era comprobar cómo la expectativa de una matanza deleitaba a algo así como el noventa por ciento de la población. Tuve que reconsiderar mi opinión sobre la naturaleza humana. Aunque por aquella época desconocía totalmente el psicoanálisis, llegué por mi cuenta a tener una idea de las pasiones humanas que no diferían en mucho de la opinión de los psicoanalistas. Llegué a estas conclusiones en mi afán de comprender el sentimiento popular respecto de la guerra. Hasta ese momento siempre había creído que era algo normal que los padres amaran a sus hijos, pero la guerra me persuadió de que ese sentimiento es una rara excepción. Había creído que a la mayoría de la gente le gustaba el dinero por encima de casi todo, pero descubrí que la destrucción les gustaba todavía más. Había creído que con frecuencia los intelectuales amaban la verdad, pero también aquí comprobé que ni el diez por ciento de ellos prefieren la verdad a la popularidad. Gilbert Murray, que había sido un buen amigo mío desde 1902, había estado a favor de los bóers cuando yo no lo estaba, por lo que naturalmente me imaginé que estaría nuevamente del lado de la paz. Sin embargo, incluso él se puso a escribir sobre la perversidad de los alemanes y las virtudes sobrenaturales de sir Edward Grey. Me invadió una ternura desesperada hacia los jóvenes que iban a ser sacrificados, y un odio hacia todos los gobernantes de Europa. Durante algunas semanas sentí que si me llegaba a encontrar con Asquith o con Grey no sería capaz de evitar asesinarlos. Sin embargo, poco a poco estos sentimientos personales fueron desapareciendo, barridos por la magnitud de la tragedia y por la constatación de una fuerza popular que los gobernantes no hacen más que desatar.
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

5/3/20

Cuba según Chomsky

Por Noam Chomsky*
Al considerar los acontecimientos en Cuba desde que alcanzó la independencia con Castro en enero de 1959, uno no puede olvidar que, casi desde el primer momento, Cuba estaba amenazada con un violento ataque por parte del superpoder global. A finales de 1959, aviones con base en Florida bombardeaban Cuba. En marzo se tomó la decisión secreta de derrocar al Gobierno. La administración Kennedy llevó a cabo la invasión de la bahía de Cochinos. Cuando fracasó, en Washington cundió la histeria, y Kennedy lanzó una campaña para llevar «los terrores de la tierra» a Cuba, en palabras de su colaborador cercano, el historiador Arthur Schlesinger, en su biografía semioficial de Robert Kennedy, a quien colocaron a cargo de la operación como su prioridad máxima. No fue un asunto nimio, puesto que al final condujo a la crisis de los misiles, en lo que Schlesinger describió acertadamente como el momento más peligroso de la historia. Tras la crisis se reinició la guerra terrorista. Entretanto se impuso un embargo aplastante, que afectó gravemente a Cuba. Continúa hasta ahora, a pesar de la oposición de virtualmente todo el planeta.
Cuando concluyó la ayuda rusa, Clinton hizo que el embargo fuera todavía más duro, y unos años después empeoró todavía más con la ley Helms-Burton. Los efectos, naturalmente, han sido severos. Salim Lamrani los ha repasado en un estudio muy completo. Particularmente grave ha sido el impacto en el sistema de salud, privado de suministros médicos esenciales. A pesar del ataque, Cuba ha desarrollado un sistema de salud remarcable, y tiene un récord inigualado de internacionalismo médico, así como un papel crucial en la liberación del África negra y en el final del régimen del apartheid en Sudáfrica. También se han dado severas violaciones de los derechos humanos, aunque no se puedan comparar con las que vienen siendo la norma en los países de Sudamérica dominados por la política de seguridad nacional de Estados Unidos. Y, naturalmente, las peores violaciones de los derechos humanos en Cuba en los años recientes se dan en Guantánamo, una plaza que Estados Unidos obtuvo de Cuba a punta de cañón a principios del siglo XX y que no quiere retornar. En conjunto, una historia confusa y que no resulta fácil de evaluar, dadas las complejas circunstancias.
Fuente: Chomsky, N. (2017), Optimismo contra el desaliento, Ediciones B, Barcelona.
*Hice ligeros cambios en el texto para mejorar la traducción.