26/3/20

Glosario político: comunismo y socialismo

El problema de las etiquetas políticas es que oscurecen las cosas en lugar de aclararlas. Si yo digo que me siento afín al comunismo, tengo que aclarar lo que entiendo por comunismo. Si no lo hago, corro el riesgo de que se me atribuya una creencia distinta o hasta opuesta a mis convicciones. El comunismo de Mao, por ejemplo, consistió básicamente en esclavizar a los campesinos (hasta el punto de matarlos de hambre) para obtener recursos con que financiar su demencial proyecto de volver a China una potencia nuclear. Y el comunismo soviético consistió en que los dirigentes de un solo partido monopolizaran el poder político y económico, sin la menor posibilidad de que la gente de a pie participe en la toma de decisiones. Por supuesto, no es ese el comunismo que a mí me agrada. Yo asocio el término a una severa limitación de las diversas formas de propiedad privada, salvo la que proviene de nuestro propio trabajo.
En los últimos años en Latinoamérica se ha usado con alguna frecuencia la expresión socialismo del siglo veintiuno o la sola palabra socialismo para referirse a gobiernos como el venezolano o el boliviano. Esos gobiernos llegaron al poder luego de una ola de gobiernos que se empeñaron en reducir la ya pequeña capacidad del Estado para garantizar derechos esenciales consagrados en las leyes, como el acceso a la educación y a la salud (lo que puede ser una definición de neoliberalismo). Los «socialistas» reformaron el presupuesto y en sus mejores años lograron reducir la pobreza, pero sus líderes se enquistaron en el poder y terminaron contrariando el voto popular que tanto les había favorecido en años previos. Sin embargo, el socialismo no tiene que implicar necesariamente el fortalecimiento del Estado. Yo empleo el término teniendo en mente su esencia libertaria, es decir, apuntando a que sean los trabajadores quienes controlen la producción. Lo que también podría ser la definición de una auténtica democracia.

19/3/20

Las mujeres en la democracia ateniense

Por Jesús Mosterín
La democracia ateniense era un sistema totalmente machista. Las mujeres no pintaban nada y –excepto las más pobres– se pasaban la vida encerradas en un cuarto especial de la casa –el gineceo– cardando la lana, tejiendo, cocinando y cuidando a los infantes. Ellas sí trabajaban, pues vestían y alimentaban a toda la población, pero estaban completamente aisladas de la vida social y política. Los hombres –al menos los ciudadanos– se pasaban el día en la calle, en el ágora, en la asamblea. Las mujeres se pasaban el día en casa sin ver a nadie. Incluso si el marido invitaba a sus amigos a comer en casa, la mujer –que cocinaba para ellos– no se dejaba ver, manteniéndose escondida en el gineceo. Si los hombres necesitaban compañía femenina, alquilaban los servicios de hetairas profesionales, que tocaban la flauta y bailaban para ellos, pero a nadie se le ocurría que la mujer de la casa pudiese participar de la fiesta. Incluso a nivel afectivo y sexual, se consideraba que el amor realmente romántico e interesante era el amor homosexual que los hombres adultos sentían por los efebos, no el amor a las mujeres. Y mientras los niños recibían una cuidada educación y desde los siete años salían de casa para acudir a las clases de gramáticos, citaristas y maestros gimnásticos y aprender la lectura, la escritura, la música, la gimnasia, etc., las niñas ni salían ni aprendían nada, permaneciendo en el gineceo del hogar paterno hasta el momento de su boda, en que se les cortaba el pelo y pasaban al gineceo del marido. Las mujeres fueron, sin duda, la clase más discriminada de Atenas. Los metecos e incluso muchos esclavos vivían mejor que ellas, al menos con más libertad de movimientos y más variedad de experiencias.
Fuente: Mosterín, J. (2006), La Hélade, Alianza Editorial, Madrid.

12/3/20

La Primera Guerra Mundial

Por Bertrand Russell
Si bien no imaginaba algo siquiera parecido al desastre total que fue la guerra, sí había barruntado mucho más que la mayoría de la gente. La perspectiva me horrorizaba, pero lo que me horrorizaba aún más era comprobar cómo la expectativa de una matanza deleitaba a algo así como el noventa por ciento de la población. Tuve que reconsiderar mi opinión sobre la naturaleza humana. Aunque por aquella época desconocía totalmente el psicoanálisis, llegué por mi cuenta a tener una idea de las pasiones humanas que no diferían en mucho de la opinión de los psicoanalistas. Llegué a estas conclusiones en mi afán de comprender el sentimiento popular respecto de la guerra. Hasta ese momento siempre había creído que era algo normal que los padres amaran a sus hijos, pero la guerra me persuadió de que ese sentimiento es una rara excepción. Había creído que a la mayoría de la gente le gustaba el dinero por encima de casi todo, pero descubrí que la destrucción les gustaba todavía más. Había creído que con frecuencia los intelectuales amaban la verdad, pero también aquí comprobé que ni el diez por ciento de ellos prefieren la verdad a la popularidad. Gilbert Murray, que había sido un buen amigo mío desde 1902, había estado a favor de los bóers cuando yo no lo estaba, por lo que naturalmente me imaginé que estaría nuevamente del lado de la paz. Sin embargo, incluso él se puso a escribir sobre la perversidad de los alemanes y las virtudes sobrenaturales de sir Edward Grey. Me invadió una ternura desesperada hacia los jóvenes que iban a ser sacrificados, y un odio hacia todos los gobernantes de Europa. Durante algunas semanas sentí que si me llegaba a encontrar con Asquith o con Grey no sería capaz de evitar asesinarlos. Sin embargo, poco a poco estos sentimientos personales fueron desapareciendo, barridos por la magnitud de la tragedia y por la constatación de una fuerza popular que los gobernantes no hacen más que desatar.
Fuente: Russell, B. (2010), Autobiografía, Edhasa, Barcelona.

5/3/20

Cuba según Chomsky

Por Noam Chomsky*
Al considerar los acontecimientos en Cuba desde que alcanzó la independencia con Castro en enero de 1959, uno no puede olvidar que, casi desde el primer momento, Cuba estaba amenazada con un violento ataque por parte del superpoder global. A finales de 1959, aviones con base en Florida bombardeaban Cuba. En marzo se tomó la decisión secreta de derrocar al Gobierno. La administración Kennedy llevó a cabo la invasión de la bahía de Cochinos. Cuando fracasó, en Washington cundió la histeria, y Kennedy lanzó una campaña para llevar «los terrores de la tierra» a Cuba, en palabras de su colaborador cercano, el historiador Arthur Schlesinger, en su biografía semioficial de Robert Kennedy, a quien colocaron a cargo de la operación como su prioridad máxima. No fue un asunto nimio, puesto que al final condujo a la crisis de los misiles, en lo que Schlesinger describió acertadamente como el momento más peligroso de la historia. Tras la crisis se reinició la guerra terrorista. Entretanto se impuso un embargo aplastante, que afectó gravemente a Cuba. Continúa hasta ahora, a pesar de la oposición de virtualmente todo el planeta.
Cuando concluyó la ayuda rusa, Clinton hizo que el embargo fuera todavía más duro, y unos años después empeoró todavía más con la ley Helms-Burton. Los efectos, naturalmente, han sido severos. Salim Lamrani los ha repasado en un estudio muy completo. Particularmente grave ha sido el impacto en el sistema de salud, privado de suministros médicos esenciales. A pesar del ataque, Cuba ha desarrollado un sistema de salud remarcable, y tiene un récord inigualado de internacionalismo médico, así como un papel crucial en la liberación del África negra y en el final del régimen del apartheid en Sudáfrica. También se han dado severas violaciones de los derechos humanos, aunque no se puedan comparar con las que vienen siendo la norma en los países de Sudamérica dominados por la política de seguridad nacional de Estados Unidos. Y, naturalmente, las peores violaciones de los derechos humanos en Cuba en los años recientes se dan en Guantánamo, una plaza que Estados Unidos obtuvo de Cuba a punta de cañón a principios del siglo XX y que no quiere retornar. En conjunto, una historia confusa y que no resulta fácil de evaluar, dadas las complejas circunstancias.
Fuente: Chomsky, N. (2017), Optimismo contra el desaliento, Ediciones B, Barcelona.
*Hice ligeros cambios en el texto para mejorar la traducción.

27/2/20

Sobre leer y escribir

A menudo se recomienda leer mucho para aprender a escribir. Yo seguí ese consejo, pero cuando me senté a escribir después de años de lecturas no hice más que textos flojos. Ahora creo que leer y escribir son actividades en esencia diferentes que conviene desarrollarlas paralelamente. Con paciencia uno puede aprender a valorar y disfrutar las grandes obras de la literatura universal, así como los mejores libros de historia, filosofía y ciencia (salvo los más técnicos). Pero para escribir grandes textos hace falta algo más que paciencia. No es difícil escribir un cuento o incluso una novela, pero es muy difícil escribir un gran cuento o una gran novela. Siento que para contar historias hay que vivir intensamente porque hace falta poseer un arsenal de anécdotas vitales interesantes. El problema es que mientras más libros lees menos vives, y yo he llevado una vida más bien solitaria. Todas mis vivencias juntas no rinden ni media novela. Tal vez lo que me conviene es escribir como Borges, es decir, cooptar textos de la no ficción para llevaros al territorio de la ficción. Pero Borges es Borges mientras que yo solo sé leer y escribir en mi mal castellano. De todos modos no dejo de pensar que tantas horas de lectura me deben servir de algo y que aun con todas mis limitaciones podría hacer ficción a partir de los ensayos que prefiero. Ahora mismo estoy escribiendo una novela breve en la que los personajes y el narrador se refieren con frecuencia a los «maestro más leídos», que no son otros que los autores que más admiro y cuyas ideas no me canso de repetir y comentar. No sé si tengo la energía necesaria para hacer realidad el sueño de publicar un libro que no sea malo, pero la paciencia vuelta tozudez me impide tirar la toalla.

20/2/20

Túpac Amaru

Por Eduardo Galeano
1781
Cuzco
Auto sacramental en la cámara de torturas
Atado al potro de suplicio, yace desnudo, ensangrentado, Túpac Amaru. La cámara de torturas de la cárcel del Cuzco es penumbrosa y de techo bajo. Un chorro de luz cae sobre el jefe rebelde, luz violenta, golpeadora. José Antonio de Areche luce ruluda peluca y uniforme militar de gala. Areche, representante del rey de España, comandante general del ejército y juez supremo, está sentado junto a la manivela. Cuando la hace girar, una nueva vuelta de cuerda atormenta los brazos y las piernas de Túpac Amaru y se escuchan entonces gemidos ahogados.
Imagen tomada de https://bit.ly/32WK4mJ
ARECHE.–¡Ah, rey de reyes, reyecillo vendido a precio vil! ¡Don José I, agente a sueldo de la corona inglesa! El dinero desposa a la ambición de poder. ¿A quién sorprende la boda? Es costumbre... Armas británicas, dinero británico. ¿Por qué no lo niegas, eh? Pobre diablo. (Se levanta y acaricia la cabeza de Túpac Amaru.) Los herejes luteranos han echado polvo a sus ojos y oscuro velo a su entendimiento. Pobre diablo. José Gabriel Túpac Amaru, dueño absoluto y natural de estos dominios... ¡Don José I, monarca del Nuevo Mundo! (Despliega un pergamino y lee en voz alta.) «Don José I, por la gracia de Dios, Inca, Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y continentes de los mares del sud, duque de la Superlativa, Señor de los Césares y Amazonas, con dominio en el gran Paitití, Comisario distribuidor de la piedad divina...» (Se vuelve, súbito, hacia Túpac Amaru.) ¡Niégalo! Hemos encontrado esta proclama en tus bolsillos... Prometías la libertad... Los herejes te han enseñado las malas artes del contrabando. ¡Envuelta en la bandera de la libertad, traías la más cruel de las tiranías! (Camina alrededor del cuerpo atado al potro.) «Nos tratan como a perros», decías. «Nos sacan el pellejo», decías. Pero, ¿acaso alguna vez han pagado tributo, tú y los tuyos? Disfrutabas del privilegio de usar armas y andar de a caballo. ¡Siempre fuiste tratando como cristiano de linaje limpio de sangre! Te dimos vida de blanco y predicaste el odio de razas. Nosotros, tus odiados españoles, te hemos enseñado a hablar. ¿Y qué dijiste? «¡Revolución!». Te hemos enseñado a escribir, ¿y qué escribiste? «¡Guerra!». (Se sienta. Da la espalda a Túpac Amaru y cruza las piernas.) Has asolado el Perú. Crímenes, incendios, robos, sacrilegios... Tú y tus secuaces terroristas habéis traído el infierno a estas provincias. ¿Que los españoles dejan a los indios lamiendo tierra? Ya he ordenado que acaben las ventas obligatorias y se abran los obrajes y se pague lo justo. He suprimido los diezmos y las aduanas... ¿Por qué seguiste la guerra, si se ha restablecido el buen trato? ¿Cuántos miles de muertos has causado, farsante emperador? ¿En cuánto dolor has puesto las tierras invadidas? (Se levanta y se inclina sobre Túpac Amaru, que no abre los ojos.) ¿Que la mita es un crimen y de cada cien indios que van a las minas vuelven veinte? Ya he dispuesto que se extinga el trabajo forzado. ¿Y acaso la aborrecida mita no fue inventada por tus antepasados los incas? Los incas... Nadie ha tenido a los indios en trato peor. Reniegas de la sangre europea que corre por tus venas, José Gabriel Condorcanqui Noguera… (Hace una pausa y habla mientras rodea el cuerpo del vencido.) Tu sentencia está lista. Yo la imaginé, la escribí, la firmé. (La mano corta el aire sobre la boca de Túpac.) Te arrastrarán al cadalso y el verdugo te cortará la lengua. Te atarán a cuatro caballos por las manos y por los pies. Serás descuartizado. (Pasa la mano sobre el torso desnudo.) Arrojarán tu tronco a la hoguera en el cerro de Picchu y echarán al aire las cenizas. (Toca la cara.) Tu cabeza colgará tres días de una horca, en el pueblo de Tinta, y después quedará clavada a un palo, a la entrada del pueblo, con una corona de once puntas de fierro, por tus once títulos de emperador. (Acaricia los brazos.) Enviaremos un brazo a Tungasuca y el otro se exhibirá en la capital de Carabaya. (Y las piernas.) Una pierna al pueblo de Livitaca y la otra a Santa Rosa de Lampa. Serán arrasadas las casas que habitaste. Echaremos sal sobre tus tierras. Caerá la infamia sobre tu descendencia por los siglos de los siglos. (Enciende una vela y la empuña sobre el rostro de Túpac Amaru.) Todavía estás a tiempo. Dime: ¿Quién continúa la rebelión que has iniciado? ¿Quiénes son tus cómplices? (Zalamero.) Estás a tiempo. Te ofrezco la horca. Estás a tiempo de evitarte tanta humillación y sufrimiento. Dame nombres. Dime. (Acerca la oreja.) ¡Tú eres tu verdugo, indio carnicero! (Nuevamente endulza el tono.) Cortaremos la lengua de tu hijo Hipólito. Cortaremos la lengua a Micaela, tu mujer, y le daremos garrote vil... No te arrepientas, pero sálvala. A ella. Salva a tu mujer de una muerte infame. (Se aproxima. Espera.) ¡Sabe Dios los crímenes que arrastras! (Hace girar violentamente la rueda del tormento y se escucha un quejido atroz.) ¡No vas a disculparte con silencios ante el tribunal del Altísimo, indio soberbio! (Con lástima.) ¡Ah! me entristece que haya un alma que quiera irse así a la eterna condenación... (Furioso.) ¡Por última vez! ¿Quiénes son tus cómplices?
TÚPAC AMARU (Alzando a duras penas la cabeza, abre los ojos y habla por fin).–Aquí no hay más cómplices que tú y yo. Tú, por opresor, y yo, por libertador, merecemos la muerte.
Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

13/2/20

Teratología cultural

Por Jesús Mosterín
La noción actual y científica de cultura no es meliorativa, sino valorativamente neutral. Cultura es toda la información transmitida por aprendizaje social, y eso incluye ideas y costumbres de todo tipo. Tan cultural es la música más sublime de Mozart como las tracas y petardos más ensordecedores, el teorema de Pitágoras como la creencia de que el número 13 trae mala suerte. Lo cultural no tiene por qué ser bueno o deseable en sentido alguno. Todo lo que se transmite por medios no genéticos es cultura, por malo o indeseable que nos pueda parecer. Tanto la ciencia como la superstición son cultura, y también lo son la democracia y la dictadura, el cosmopolitismo y el nacionalismo, la delicadeza del ballet clásico y el cutrerío de las corridas de toros. El adjetivo «cultural» no es laudatorio, sino meramente descriptivo, y no implica juicio de valor alguno. Los contenidos culturales pueden ser admirables o execrables. Por cultura nos llenamos la cabeza de prejuicios, supersticiones y seudoproblemas, nos ponemos cilicios, fumamos, nos alcoholizamos, nos inyectamos heroína, contaminamos el aire que respiramos, torturamos, declaramos la guerra y morimos por la patria. Aunque las corridas de toros son efectivamente un caso típico de tortura como espectáculo, no por eso dejan de constituir una tradición cultural. De hecho, hay toda una teratología cultural, todo un catálogo de monstruosidades de la cultura: deformaciones craneales, mutilaciones corporales, escarificaciones de la piel y tatuajes, anillos incrustados, pies estrujados, zapatos estrechos, cilicios, ablación del clítoris, adicción al opio o al tabaco, borracheras, prejuicios y supersticiones de todo tipo, espectáculos crueles, afición a portar armas de fuego, guerras, guerrillas y terrorismos diversos.
Fuente: Mosterín, J. (2014), El triunfo de la compasión, Alianza Editorial, Madrid.

6/2/20

Batlle

Por Eduardo Galeano
1914
Montevideo
Imagen tomada de https://bit.ly/2N1JoXi
Escribe artículos calumniando a los santos y pronuncia discursos atacando al negocio de venta de terrenos en el Más Allá. Cuando asumió la presidencia de Uruguay, no tuvo más remedio que jurar por Dios y por los Santos Evangelios, pero en seguida aclaró que no creía en nada de eso.
José Batlle y Ordoñez gobierna desafiando a los poderosos del cielo y de la tierra. La Iglesia le ha prometido un buen lugar en el infierno: atizarán el fuego las empresas por él nacionalizadas o por él obligadas a respetar los sindicatos obreros y la jornada de trabajo de ocho horas; y el Diablo será el macho vengador de las ofensas por él infligidas al gremio masculino.
Está legalizando el libertinaje –dicen sus enemigos, cuando Batlle aprueba la ley que permite a las mujeres divorciarse por su sola voluntad.
Está disolviendo la familia –dicen, cuando extiende el derecho de herencia a los hijos naturales.
El cerebro de la mujer es inferior –dicen, cuando crea la universidad femenina y cuando anuncia que pronto las mujeres votarán, para que la democracia uruguaya no camine con una sola pierna y para que no sean las mujeres eternas menores de edad que del padre pasan a manos del marido.
Fuente: Galeano, E. (1986), Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, Siglo Veintiuno, Madrid.

30/1/20

Matar al padre

El restaurante no es viejo, pero habría que esconder esos cables que cuelgan y echarle otra mano de pintura a las paredes. En realidad no sé si hace falta remozar el local, porque los clientes son casi siempre ancianos que comen a solas, con la mirada fija en el plato. Ya todo les da igual, no parece importarles la mayor o menor elegancia del comedor. Comen, pagan y se van. Sus hijos y los hijos de sus hijos a menudo se mudaron a barrios más chics de la ciudad o al extranjero. Los dueños del restaurante, en cambio, son veinteañeros que de a poco se han acostumbrado al letargo de sus clientes. El restaurante les rinde apenas lo justo para no pasar de la pobreza a la miseria. Una tarde de café el chico me contó su vida. Desde que salió de Las Aldeas ha tenido que dedicar la mayoría de sus horas a diversos oficios para sobrevivir. Las Aldeas es su forma de referirse a la fundación que lo crió, luego de que su padre lo depositara allí junto a su hermano cuando tenían menos de cuatro años. En Las Aldeas los niños duermen, comen y educan hasta los quince años.
–Algunos compañeros de Las Aldeas ahora viven del robo. Otros compran y venden droga. Pero algunos resultamos buenos para los negocios…
–Un día nos visitaron un grupo de psicólogos. La doctora que me atendió me preguntó si todavía odiaba a mi padre por lo que me había hecho. Yo le dije que nunca lo había odiado. Él me dio la vida, que es lo más importante, le dije.
Todo lo contaba con una sonrisa de dientes alineados estampada en el rostro, y yo no podía oírlo sin dejar de contrastar su experiencia con la mía. Mi papá me financió la vida entera y gracias a su ayuda he podido vivir sin apenas trabajar. Me distancié de él, como tantos, durante la adolescencia, pero no tardé en reconciliarme y ahora llevamos una relación amable, aunque no intimamos. Solo hemos tenido un par de desencuentros graves. La última vez me enfurecí cuando aseguró que las empleadas domésticas que cocinan no pueden tener vacaciones porque todos los días hay que comer. Le dije que nunca en su perra vida ha pensado en los más pobres mientras lo zarandeaba con toda mi fuerza y le arrojaba el agua de su vaso al rostro. Pasé una semana enfadado con él y conmigo mismo, pero él me dio una lección perdonándome sin necesidad de usar las palabras te perdono.
El autor más leído de la secta solía tener un talante pesimista que casi todos habíamos interiorizado fácilmente porque a la mayoría la vida nos resultaba, en el fondo, molesta. Había escrito que los padres no quieren que sus hijos sean felices sino exitosos; que la gente tiene hijos básicamente por dos motivos, porque no saben cómo evitarlos o porque creen que los hijos mejorarán su vida; que nunca había entendido por qué a la gente le parece mejor existir que no existir. Solo testimonios como el del chico del restaurante nos ponían a dudar de las pocas certezas que habíamos acumulado a lo largo de la dolorosa experiencia de vivir.

23/1/20

José Artigas

Por Eduardo Galeano
1820
Paso del Boquerón
Final
Los tres grandes puertos del sur, Río de Janeiro, Buenos Aires y Montevideo, no habían podido con las huestes montoneras de José Artigas, el caudillo de tierra adentro.
Pero la muerte se ha llevado a la mayoría de su gente. En las panzas de los caranchos yace la mitad de los hombres de la campaña oriental. Andresito agoniza en la cárcel. Están presos Lavalleja y Campbell y otros leales; y a unos cuantos se los lleva la traición. Fructuoso Rivera llama a Artigas criminal y lo acusa de haber puesto la propiedad a merced del despotismo y la anarquía. Francisco Ramírez, de Entre Ríos, proclama que Artigas es la causa y origen de todos los males de América del sur y también se da vuelta Estanislao López en Santa Fe.
Los caudillos dueños de tierras hacen causa común con los mercaderes de los puertos y el jefe de la revolución deambula de desastre en desastre. Lo siguen las últimas huestes de indios y negros y un puñado de gauchos andrajosos al mando de Andrés Latorre, el último de sus oficiales.
A la orilla del Paraná, Artigas elige al mejor jinete. Le entrega cuatro mil patacones, que es todo lo que queda, para que los lleve a los presos en Brasil.
Después, clava la lanza en la orilla y cruza el río. A contracorazón se marcha al Paraguay, al exilio, el hombre que no quiso que la independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres.
Imagen tomada de https://bit.ly/2p2q7Np
Usted
Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no le creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento. ¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esta tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?
Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.
Fuente: Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos Aires.

16/1/20

Juan Lema

Juanito se sumó a la secta a los cuarenta años de edad, luego de un periplo vital más bien sinuoso y vertiginoso. Nació en un hogar rural pobre a las afueras de la capital, no se casó ni tuvo hijos, soportó estoicamente la temprana muerte de la mujer de su vida, su mamá, y llegó a liderar la empresa de venta y mantenimiento de impresoras número uno del país (en realidad la empresa se había diversificado apenas comenzó a crecer, pero conservó ese eslogan durante años). Un buen día vendió su gran empresa a otra extranjera todavía mayor y empezó a invertir el dinero ganado en diversas causas justas. Primero repartió un millón de dólares entre mil pobres, quinientos billetes de veinte entregados directamente en sus manos. Lo hizo alentado por un párrafo admirable de Réquiem por el sueño americano, en el que se asegura que dar dinero a los pobres «estimula la producción, estimula la inversión, conduce a un aumento de puestos de trabajo, etcétera». (Cuando Juanito ya era parte de la secta le pregunté cómo sabía que los beneficiarios eran realmente pobres. Me contestó que a muchos los conocía, y a los desconocidos los identificaba por el aspecto, por los gustos, por la manera de hablar y de emplear el tiempo.) Los medios de comunicación empezaron a reseñar sus obras de caridad y ganó de golpe variopintos admiradores… muchos de los cuales se evaporaron al enterarse de las otras causas que Juanito apoyaba. Porque a la vez que repartía dinero entre los más pobres, ayudaba a financiar a grupos de teatro y antitaurinos, a Médicos Sin Fronteras, Amnistía Internacional y a la Corte Penal Internacional. No sé por qué mucha gente que admira la caridad detesta la reforma social. Les gusta que se ayude al débil, pero no lo suficiente como para que deje de ser débil. Ni por qué admiran la caridad que se hace en silencio, pero aborrecen la que se publicita, como si halagar al que regala dinero devaluara los billetes que entrega. Tal vez les molesta reconocer que la gente que hace el bien es mejor que la que nada hace. Como a Juanito no le afectaban las críticas ni el número variable de fans, continuó su cruzada hasta que se le agotó el capital. Cuando lo contactamos, había decidido volver al anonimato de su primera juventud e incluso barajaba la posibilidad de regresar a su pueblo natal de gallinas, árboles frutales y cielos estrellados. En la secta habíamos escuchado con fervor las entrevistas que le hacían en la radio y pensábamos que sería estupendo tenerlo entre nosotros, pero qué podía significarle nuestra camaradería a un sujeto realizado y feliz. Solo nos animamos a hacerle una propuesta cuando le oímos decir que con frecuencia soportaba episodios de intensísima soledad. No tardó en incorporarse a la secta y convertirse en uno de los tres jefes.

9/1/20

El olor del semen

Por Roberto Bolaño
Después los paracaidistas se pusieron a hablar de cine, al que eran muy aficionados, al igual que la secretaria, y le preguntaron a Archimboldi en qué frente había estado y en qué arma servido, a lo que Archimboldi contestó que en el este, siempre en el este, y en la infantería hipomóvil, aunque en los últimos años no había visto un mulo o un caballo ni por casualidad. Los paracaidistas, por el contrario, habían combatido siempre en el oeste, en Italia, Francia y alguno en Creta, y tenían ese aire cosmopolita de los veteranos del frente del oeste, un aire de jugadores de ruleta, de trasnochadores, de catadores de buenos vinos, de gente que entraba en los burdeles y saludaba a las putas por su nombre, un aire que se contraponía al que solían exhibir los veteranos del frente del este, que más bien parecían muertos vivientes, zombis, habitantes de cementerios, soldados sin ojos y sin bocas, pero con penes, pensó Archimboldi, porque el pene, el deseo sexual, lamentablemente es lo último que el hombre pierde, cuando debería ser lo primero, pero no, el ser humano sigue follando, follando o follándose, que viene a ser lo mismo, hasta el último suspiro, como el soldado que quedó atrapado bajo un montón de cadáveres y allí, bajo los cadáveres y la nieve, se construyó con su pala reglamentaria una cuevita, y para pasar el tiempo se metía mano a sí mismo, cada vez con mayor atrevimiento, pues una vez desaparecidos el susto y la sorpresa de los primeros instantes, ya sólo quedaban el miedo a la muerte y el aburrimiento, y para matar el aburrimiento empezó a masturbarse, primero con timidez, como si estuviera en el proceso de seducción de una jardinerita o de una pastorcita, luego cada vez con mayor decisión, hasta que consiguió forzarse a su entera satisfacción, y así estuvo quince días, encerrado en su cuevita de cadáveres y nieve, racionando la comida y dando rienda suelta a sus deseos, los cuales no lo debilitan, al contrario, parecían retroalimentarse, como si el soldado en cuestión se bebiera su propio semen o como si tras volverse loco hubiera encontrado la salida olvidada hacia una nueva cordura, hasta que las tropas alemanas contraatacaron y lo encontraron, y aquí había un dato curioso, pensó Archimboldi, pues uno de los soldados que lo libró del montón de cadáveres malolientes y de la nieve que se había ido acumulando, dijo que el tipo en cuestión olía a algo extraño es decir no olía a suciedad ni a mierda ni a orines, tampoco olía bien, un olor fuerte, si acaso, pero bueno, como a perfume barato, perfume húngaro o perfume de gitanos, con un ligero aroma a yogur, tal vez, con un ligero aroma a raíces, tal vez, pero lo que predominaba no era, ciertamente, el olor a yogur o a raíces sino otra cosa, una cosa que sorprendió a todos los que estaban allí, sacando a paladas los cadáveres para enviarlos tras las líneas o darles cristiana sepultura, un olor que apartaba las aguas, como hizo Moisés en el Mar Rojo, para que el soldado en cuestión, que apenas podía tenerse de pie, pudiera pasar, ¿pero pasar adónde?, cualquiera lo sabía, a retaguardia, a un manicomio en la patria, seguramente.
Fuente: Bolaño, R. (2004), 2666, Anagrama, Barcelona.

2/1/20

Las mujeres en el islam

Por Jesús Mosterín
La desigualdad de hombres y mujeres en el islam se justifica por esta sura del Corán:

Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Dios tiene por los unos más que por las otras y de lo que ellos gastan en favor de ellas. Las mujeres virtuosas son devotas y, en ausencia de sus maridos, son recatadas en aquello que Dios mandó recatar. ¡Amonestad a aquellas de quienes temáis la desobediencia, confinadlas en sus habitaciones y golpeadlas! Si os obedecen, no os metáis más con ellas. Dios es excelso, grande.

Según el Corán y el Hadiz, los hombres pueden tener relaciones sexuales con sus esposas y también con sus concubinas y esclavas, frecuentemente cautivas o prisioneras de guerra de conquista, pues Dios se las ha dado. De todos modos, ahora que ya no existe la esclavitud legal, se considera que solo pueden tener relaciones sexuales con sus esposas. Las mujeres no pueden salir de casa sin el permiso de sus maridos. En algunos países, las mujeres no pueden viajar solas. En Arabia Saudí (como también ocurría en el Afganistán de los talibanes) tampoco pueden conducir un vehículo, ni siquiera cuando van acompañadas de su marido.
Las mujeres tienen el deber de ser castas, modestas, recatadas y de no dejarse ver por los hombres. Las mujeres deben quedar tapadas u ocultas a la vista de los hombres que no sean de su más próxima familia. De ahí la exigencia de ropa y velo que las cubra completamente, aunque haga un calor horrible y sea verano, a fin de preservar su recato. La exigencia del hiŷab o vestimenta recatada en el islam se basa en esta sura:

Di a las creyentes que bajen la vista con recato, que sean castas y no muestren más adornos que los que están a la vista, que cubran su escote con el velo y no exhiban sus adornos sino ante sus esposos, a sus padres, a sus suegros, a sus propios hijos, a sus hijastros, a sus hermanos, a sus sobrinos carnales, a sus criadas y esclavas, a sus eunucos, y a los niños que desconocen aún las vergüenzas femeninas. Que no meneen sus pies de modo que descubran sus adornos ocultos. ¡Volveos todos a Dios, creyentes! Quizás, así, prosperéis.

En la práctica, la exigencia de recato se concreta en cuatro tipos distintos de vestimenta y velo islámico para las mujeres que pretendan salir de casa:

1) El burqa (burqa'), que cubre y oculta por completo el cuerpo, las manos y la cara de la mujer, incluso los ojos, cubiertos por una tupida red que apenas deja ver. Es la vestimenta más incómoda y peligrosa, pues la mujer que lo lleva ve mal y puede fácilmente caer o ser atropellada. Frecuente en Afganistán, fue impuesta bajo pena de muerte por los talibanes. También oculta la identidad de la persona; en realidad, cuando se ve un burka por la calle, no se sabe si hay un hombre o una mujer (o un saco de patatas) dentro.
2) El niqab (niqāb), parecido al burqa, pero con una rendija a la altura de los ojos que permite la visión, por lo que es más seguro y provoca menos accidentes. De todos modos, es igual de incómodo. Es frecuente en Arabia Saudí, Kuwait y otros países de la zona. Tanto el burqa como el niqab son prendas terriblemente incómodas de llevar, sobre todo en el tórrido verano de esa zona, restringen la libertad de movimientos, ocultan la identidad personal y constituyen una especie de cárcel ambulante, por lo que han sido prohibidas en ciertos países, como Francia y Bélgica.
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3) El chador (chador) cubre todo el cuerpo con un paño negro envolvente, pero permite mostrar la cara y las manos, por lo que no es tan opresivo como el burqa y el niqab. Es frecuente en Irán y otros paíse de la zona, donde casi había desaparecido en las ciudades en tiempos del shah, pero donde ha vuelto a ser promovido por la república islámica.
4) El hiyab (hiŷāb) es la alternativa más cómoda y menos opresiva de velo islámico, pues solo cubre la cabeza, la cabellera, el cuello y los hombros, aunque el resto del vestido ha de ser modesto. Es frecuente en la mayoría de los países islámicos e incluso entre las mujeres musulmanas que han emigrado a Europa.

Hay países de predominio islámico con cierta libertad de vestido, donde cada mujer puede decidir sin interferencia del Estado (aunque quizá sí de la familia y los vecinos) si llevar velo o no y qué tipo de velo, como Turquía, Líbano, Indonesia y Marruecos. En el extremo opuesto, países como Sudán, Arabia Saudí e Irán imponen la vestimenta que el gobierno considera islámica mediante el uso de la violencia y la coerción legal. Y no digamos en el Afganistán de los talibanes, donde el burqa total era obligatorio.
La sharía representó un cierto progreso para las mujeres de las tribus del desierto árabe, concediéndoles derechos de los que antes carecían, como el derecho a mantener la propiedad de su dote, incluso tras el divorcio, así como la posibilidad misma del divorcio. De todos modos, y en la práctica, si bien el divorcio es fácil para los hombres, es extremadamente difícil para las mujeres.
En general, y según la sharía y la tradición islámica, una mujer vale la mitad que un hombre. Así se refleja, por ejemplo, en la legislación que regula la diyya o «dinero de sangre», es decir, la compensación económica que hay que pagar por el homicidio a la familia del asesinado. Esta compensación varía según la religión del muerto. Por un muslim hay que pagar el doble que por un dimmí (judío o cristiano), y por un pagano la mitad que por un dimmí (y así la cuarta parte que por un musulmán). Pero dentro de cada una de esas categorías hay que hacer otra subdivisión según el sexo de la víctima. Por un hombre siempre hay que pagar el doble que por una mujer. En la Arabia Saudí actual, el dinero de sangre (diyya) por un musulmán es de 100.000 riales; por una musulmana, de 50.000. Por matar a un cristiano hay que pagar 50.000 riales; si se ha matado a una cristiana, 25.000. Aunque por matar a un pagano basta con pagar 6.666 riales, a una pagana se la puede matar por la mitad, por 3.333 riales. La cruel represión de que es objeto la fe baha'i en el Irán de los ayatolás se refleja en que el dinero de sangre por matar a un baha'i es cero; quien mata a un baha'i en Irán no necesita pagar compensación alguna a su familia.
El mismo principio de que la mujer vale la mitad que el hombre se aplica también en otros ámbitos, como las herencias o los testimonios. Aunque la posibilidad de que las mujeres pudieran heredar fue una novedad progresiva para las mujeres del desierto, que antes de Mahoma no podían hacerlo, la sharía establece que, a igualdad de parentesco, una mujer recibe la mitad de la porción de la herencia asignada a un hombre. En los juicios, y en términos generales, el testimonio de un hombre tiene el mismo valor que el de dos mujeres. Hay otras muchas diferencias. Se permite que un muslim se case con mujeres dimmíes, que no son musulmanas, pero una mujer musulmana solo puede casarse con un muslim. Se permite la poligamia (hasta cuatro mujeres), pero no la poliandria.
Fuente: Mosterín, J. (2012), El islam, Alianza Editorial, Madrid.

26/12/19

El color del semen

Por Roberto Bolaño                     
Una noche, mientras hacíamos el amor, Maciste me preguntó de qué color era su semen. Yo estaba pensando en las monedas de oro y la pregunta, no sé por qué, me pareció de lo más pertinente. Le dije que sacara su pene. Luego le quité el condón y lo masturbé unos segundos. Me quedó la mano llena de semen.
–Es dorado –le dije–. Como oro fundido.
Maciste se rio.
–No creo que puedas ver en la oscuridad –dijo.
–Puedo ver –le dije.
–Yo creo que mi semen cada día que pasa es más negro –dijo.
Durante un rato me quedé pensando en lo que quería decir con eso.
–No seas aprensivo –le dije.
Después me fui a la ducha y cuando volví Maciste ya no estaba en la habitación. Sin encender ninguna luz lo fui a buscar al gimnasio. Tampoco estaba allí. Así que me fui a la galería y estuve un rato contemplando el jardín y la sombra de los muros vecinos.
La verdad es que el semen de Maciste no era dorado.
Fuente: Bolaño, R. (2002), Una novelita lumpen, Random House, Barcelona.

19/12/19

La única forma

Pocas veces discrepábamos con alguno de los admirados maestros de la secta, pero la discusión era estimulante las pocas veces que se abría paso un disenso. En un libro de hace ya casi un siglo, un maestro había sugerido una moral sexual alternativa que reemplace a la anticuada moral victoriana, todavía vigente en aquel entonces en Inglaterra y Estados Unidos. A continuación resumiré su propuesta. La evidencia antropológica apunta a que hombres y mujeres, si no se cohíben, son polígamos. El sexo sin hijos de por medio debería ser libre, la sociedad no debería entrometerse en asuntos privados. Pero en una sociedad industrial, la buena crianza de los hijos es prioritaria. Las parejas deberían perdurar el tiempo suficiente para criar a los hijos de la mejora manera. Una pareja bien establecida no debería deshacerse si el marido o la mujer mantienen una relación extramarital ligera. No se trata de reprimir el deseo, sino de controlar los celos. Hasta ahí la propuesta. En la secta habíamos llegado a la conclusión de que sería inviable llevarla a la práctica porque nos parecía que la mujer es, en promedio, menos propensa a las relaciones fugaces que el hombre o, en general, menos libidinosa que el hombre. Incluso si las oportunidades que la sociedad ofrece a las mujeres fuesen tan amplias como las que ofrece a los hombres, seguirían siendo los hombres los que más violan, los que más pornografía consumen y los más fascinados con la prostitución. La única forma de alcanzar la plena igualdad, pensábamos en la secta, sería modificar genéticamente a la mujer para que sea tan fuerte como el hombre. Es la mayor musculatura del hombre la que le ha permitido someter a la mujer en todas las eras.

12/12/19

Lo magno de la elección posible

Por Julio Cortázar
Imagen tomada de https://bit.ly/2XO42Bo
Su única ansiedad es lo magno de la elección posible: ¿guiarse por las estrellas, por el compás, por la cibernética, por la casualidad, por los principios de la lógica, por las razones oscuras, por las tablas del piso, por el estado de la vesícula biliar, por el sexo, por el carácter, por los pálpitos, por la teología cristiana, por el Zend Avesta, por la jalea real, por una guía de ferrocarriles portugueses, por un soneto, por La Semana Financiera, por la forma del mentón de don Galo Porriño, por una bula, por la cábala, por la necromancia, por Bonjour Tristesse, o simplemente ajustando la conducta marítima a las alentadoras instrucciones que contienen todo paquete de pastillas Valda?
Fuente: Cortázar, J. (1960), Los premios, Santillana, Madrid.

5/12/19

Sobre la prostitución

Se suele justificar la prostitución voluntaria –para diferenciarla de la prostitución forzada o trata– argumentando que las mujeres pueden hacer con su cuerpo lo que se les ocurra, y que el trabajo sexual es tan respetable como el del panadero, él trabaja con sus manos y ellas con su sexo. Es cierto que los adultos deberíamos tener toda la libertad para hacer lo que nos plazca, siempre que mantengamos un mínimo respeto por el resto, y no es difícil encontrar testimonios de prostitutas que se encuentran satisfechas con su trabajo. Pero por qué nos encerramos en lo que es, sin imaginar lo que podría llegar a ser. No sé de ninguna mujer bien instalada en la clase media que se gane la vida acostándose con el primero que se le acerca, arriesgando su salud y su integridad, a cambio de veinte dólares. Si sabemos que la marginación y la falta de oportunidades, o una educación deficiente, empujan a muchas mujeres a la prostitución, ¿por qué no apoyamos en serio las medidas dirigidas a ampliar las oportunidades de todos, en primer lugar de los más débiles? Las putas felices que pueblan las novelas de García Márquez pueden ser encantadoras en la ficción, pero lo que necesitamos en la realidad es maximizar el bienestar y la felicidad. Avanzaríamos mucho si todas las mujeres pudiesen ganarse la vida con tareas que estimulen su creatividad.

28/11/19

El filósofo autodidacto

Por Jesús Mosterín
Avempace había expuesto la dificultad que tenía el filósofo para vivir en la sociedad real y corrupta de su tiempo; en El régimen del solitario había aconsejado que se apartase interiormente, encerrándose en una especie de torre de marfil, dedicado a su búsqueda intelectual. Esta misma actitud fue recogida y hecha suya por Ibn Tufayl, que la desarrolló en forma novelada en su única obra conservada, la famosa novela filosófica Hayy ibn Yaqzān (Vivo, hijo de Despierto), conocida por los latinos a partir del siglo XVII como Philosophus autodidactus (El filósofo autodidacto). La obra recoge una alegoría de Avicena, del que también toma el nombre de su protagonista, Hayy, y de los dos personajes secundarios, Absal y Salamán. Tiene ecos de la historia de Moisés y en cierto modo anticipa los caracteres de Andrenio y Cratilo en el Criticón de Baltasar Gracián, del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, del Émile de Rousseau y del Mowgli en el Jungle Book (Libro de la jungla) de Rudyard Kipling.
El libro de Ibn Tufayl comienza con el nacimiento del protagonista, Hayy. La hermana del celoso rey de una isla tiene un hijo con Yaqzán (Despierto). Temiendo que su airado hermano lo mate, coloca al niño en una arqueta y lo confía a las olas del mar, que lo llevan hasta una isla desierta. Allí, una gacela que acababa de perder a su cría oye los gritos de hambre del bebé, lo adopta y lo cría. (Según otra versión, Hayy se habría engendrado por un proceso de generación espontánea a partir de una masa de arcilla, a la que Dios acaba imprimiendo un alma.) Hayy fue creciendo junto a la gacela y sus crías, que constituían su familia, y aprendió el lenguaje de las aves. Al cabo de un tiempo, la gacela murió. Sobreponiéndose a su tristeza, Hayy se decidió a hacer la disección del cadáver, dando así oportunidad al médico Ibn Tufayl a exponer sus conocimientos de anatomía, incluido el corazón, centro de la vida, una de cuyas cavidades encuentra vacía, pues la ha abandonado el alma. A partir de ese momento, Hayy se embarca en una solitaria empresa científica, estudiando los animales, vegetales y minerales que encuentra en la isla. A partir de ahí reconstruye parte de la filosofía natural de Aristóteles, así como su distinción entre materia y forma.
Siguiendo a Avempace, la forma es una fuerza, un principio de cambio y movimiento. Las formas incorporadas en la materia requieren un generador inmaterial, un intelecto puro. Así llega hasta la noción de un Dios único del que dependen las esferas celestes (que también son intelectos) y en último término las almas y otras formas. El universo entero es un ser vivo, limitado por la esfera de las estrellas fijas. Respecto a la cuestión de si el universo es eterno (como había afirmado Avicena) o creado en el tiempo (según la doctrina asharí de al-Gazali), Ibn Tufayl evita dar una respuesta comprometida, sentándose entre ambas sillas al decir que da igual. Si el universo es creado en el tiempo, hará falta un creador; si es eterno, hará falta un motor eterno; en cualquier caso, es necesario que haya un creador-motor incorporal y eterno, al que llamamos Dios. Ibn Tufayl enfatiza la incorporeidad divina, a partir de la cual deduce la del alma humana. Sin embargo, no todas las almas humanas son inmortales, sino solo aquellas que han logrado llegar al conocimiento intuitivo de la incorpórea esencia divina. Las otras no sobreviven a la muerte del cuerpo.
Ibn Tufayl, atraído por el sufismo, hace que su héroe Hayy alcance por su cuenta no sólo los conceptos de la filosofía, sino también momentos de unión mística con Dios. Está unión mística, que es el máximo bien humano, solo podrá obtenerla tras la muerte, tras despojarse del cuerpo, si previamente se ha perfeccionado suficientemente, imitando la perfección y regularidad de las esferas celestes. Para ello decide llevar una vida ascética, mostrar compasión por los animales y las plantas, abstenerse de comer carne, ser limpio y puro, y concentrarse en pensar la noción de Dios hasta llegar a vaciar su propia personalidad y a disolverse y fundirse en Él.
Hayy acaba descubriendo el islam en sus dos formas de religiosidad íntima y de religión externa y oficial. Absal, un muslim intimista, llega a la isla donde mora Hayy, al que conoce y enseña su idioma. Pronto, ambos se dan cuenta de que la religión natural a la que ha llegado Hayy por la sola fuerza de su razón, sin necesidad de maestros ni libros, coincide con la religión islámica interiorizada que ha aprendido Absal. La auténtica sabiduría coincide con la auténtica religión. Hayy acepta el islam, pero tiene dos objeciones: ¿por qué el profeta Mahoma usaba de imágenes, metáforas y alegorías para hablar de Dios, en vez de hacerlo de una forma clara, directa y racional? Y ¿por qué el profeta permite a sus seguidores dedicarse a los bienes materiales, en vez de impulsarlos a la unión mística con Dios? En definitiva, la obra de Ibn Tufayl es un canto a la autonomía y la capacidad de la razón humana para descubrir por su cuenta todas las verdades, aunque añade como colofón sufí la necesidad de dar un salto final desde la razón contemplativa hasta la unión mística e inefable con Dios. Hayy y Absal viajan a la isla habitada de donde procede este último y tratan de convencer al gobernante y a sus súbditos de las verdades que han descubierto, pero el intento acaba en desastre. El mundo político está pervertido y sólo dentro de sí mismo hallará el sabio la liberación del conocimiento filosófico y la unión mística con Dios.
Fuente: Mosterín, J. (2012), El islam, Alianza Editorial, Madrid.

21/11/19

Casa retomada

La secta nos proporcionaba el dinero necesario para las misiones, pero de los gastos cotidianos nos encargábamos nosotros mismos. Buscábamos trabajos más bien simples, que nos exigieran poco y nos ocuparan solo unas horas. No necesitábamos mucho dinero para mantener el estilo frugal que distinguía a todos los miembros de la secta. A veces hasta teníamos la suerte de encontrar en el ambiente laboral un buen candidato para integrarla. Eso fue lo que me pasó con Johnny. Mi trabajo era buscar inquilinos para una casa rentera del centro de Quito. Johnny me había enviado un mensaje al teléfono preguntándome si aún estaba disponible la habitación. Le contesté que sí. Me contó que era de Cuenca y abogado, y que le había salido un trabajo de alrededor de un año en Quito. No tenía ningún problema con el precio. Me pareció un tipo serio. El siguiente lunes Johnny llegó al encuentro que acordamos en la casa, vestido de traje y con la camisa bien planchada, un tanto asustado por el espectáculo de unos malandros que se peleaban en la esquina. Le tranquilicé diciéndole que en los años que llevaba trabajando allí a ningún inquilino le había pasado nada. No le dije que hace unos meses habían asesinado a una señora en la misma esquina. Confió en mí y me dio el dinero. Le di las llaves y me despedí deseándole lo mejor. El domingo le pregunté por mensaje si se sentía cómodo en la casa. Solo entonces me fijé en la frase que encabezaba su perfil en el chat, «la igualdad no es un sueño, es un derecho», y empecé a creer que podía llegar a ser parte de la secta.
La casa estaba a unos setecientos metros de la plaza central de Quito. Aunque había sido remodelada recientemente, conservaba los rasgos de las casas coloniales: gruesas paredes de adobe, un patio central con columnas de madera, techo de tejas. Cuando me hice cargo de la casa, Luis vivía al fondo, atravesando el patio. Sobre él, en el segundo piso, vivía Aracely con sus dos hijos pequeños. Y sobre ella, Renato y su esposa. Frente a Luis, del otro lado del patio, vivía Félix, el hermano de Renato. Sobre él había dos departamentos desocupados más pequeños que arrendé a Alex y Adriana y a Roberto. Al lado derecho del patio, pasando el departamento de Félix pero antes del de Luis, estaba la habitación que Johnny ocupó.

Los requisitos para pertenecer a la secta eran diversos y se equilibraban entre sí. Buscábamos a gente con una notable consciencia social, pero también a gente que estuviera dispuesta a sacrificar a unos individuos por otros, a matar a un canalla si hacía falta. Uno de los rasgos más difíciles de encontrar era la capacidad de ser violentos cuando las circunstancias lo requiriesen, sin sobrepasarse. Las misiones a menudo eran violentas, pero intentábamos que todo acto violento quedara justificado. La violencia gratuita podía costarle al infractor la expulsión de la secta. Yo nunca he podido controlar del todo la ira y temía ese castigo. Nunca entendí el respeto a reglas no escritas de los que se caen a golpazos sin herirse. En la escuela jamás me peleé, pero me excitaban las broncas de los compañeros y quería ver sangre. ¿Por qué no se fajaban hasta matar o morir? ¿Por qué, por ejemplo, no se reventaban el globo ocular de una pedrada o se rasgaban las venas más visibles? Tal vez mi sed de sangre tenga una base fisiológica, un problema de neurotransmisores mal distribuidos, muy poca serotonina en una región o mucha en otra.

No encontré la manera de saber si Johnny sería capaz de aplicar la violencia justa. Me contestaba los mensajes con una cordialidad casi excesiva, que detenía la charla en vez de incentivarla. Sondeé a los otros inquilinos y descubrí que Johnny no los conocía. Renato, Félix y Luis ni lo habían visto. Johnny se iba tempranito y llegaba al caer de la tarde. Ellos trabajaban por la noche. Renato era mesero en un hotel, Félix era guardia de seguridad y Luis se prostituía. Aracely sí que lo había visto y me dijo bromeando que le gustaba para papá de sus hijos, pero no lo había tratado. Fue un mendigo de la calle el que al fin me dio una pista. Me agarró del brazo al salir de la casa y al volverme me enfrentó con ojos inyectados de sangre. Mire los papeles que acumula en la mesa del cuarto, me dijo. Muchas gracias, le contesté, sin atreverme a preguntarle cómo sabía que buscaba a Johnny. Volví al día siguiente con la llave de la habitación. El propietario me había dado las llaves de casi todas las puertas de la casa. Entré con el nudo de ansiedad en la garganta. Aparte de un insistente olor a húmedo, todo estaba en orden. En la mesa encontré cartas de amor dirigidas a su esposa y a otras mujeres, escritas con la misma cordialidad excesiva de sus mensajes en el chat. No quise saber más. Al parecer Johnny aprovechaba su estadía en Quito para verse con múltiples amigas mientras su esposa lo extrañaba en Cuenca. En la secta no nos molestaba la promiscuidad, pero sí la doble vida. Buscábamos a gente honesta capaz de decir la verdad también en el plano más íntimo. En la próxima reunión de la secta informaría que Johnny resultó ser un mal candidato. De ahora en adelante solo le contestaría con un gracias el mensaje que me enviaba el primer día de cada mes, avisándome que acababa de depositar del arriendo, muchas gracias por todo, que tenga un buen día.

14/11/19

Habib Bourguiba

Por Robert Engelman
Imagen tomada de https://bit.ly/2lfm5iU
El primer presidente de Túnez, Habib Bourguiba, puso en marcha en 1957 una serie de medidas que supusieron un cambio radical en el estatus legal y en la salud reproductora de las tunecinas; una transformación difícil de imaginar en un país musulmán. Bourguiba les garantizó plenos derechos de ciudadanía, entre ellos el derecho a votar y a prescindir del velo. Se comprometió a implantar la educación primaria universal para niñas y niños, prohibió la poligamia, elevó la edad mínima para contraer matrimonio y concedió a la esposa el derecho al divorcio. Legalizó los anticonceptivos y subvencionó el aborto a las madres de familia numerosa. Hacia mediados de los años sesenta, las clínicas ambulantes de planificación familiar ofrecían anticonceptivos orales en todo el país. Bourguiba no era demócrata –la Asamblea Nacional, a la cual controlaba con mano de hierro, lo eligió presidente vitalicio en 1975–, pero sus reformas sociales se mantuvieron tras su derrocamiento en 1987. La fecundidad de las tunecinas descendió de siete a dos hijos a comienzos del presente siglo (desde entonces ha aumentado levemente).
Fuente: Engelman, R. (2016), «Seis mil millones de africanos», Investigación y Ciencia, 475, pp. 28-35.