15/8/08

Srinivasa Ramanujan

Por Michio Kaku
Srinivasa Ramanujan fuel el hombre más extraño de todas las matemáticas, y probablemente de toda la historia de la ciencia. Ha sido comparado a una explosión de supernova, que iluminó los rincones más profundos y oscuros de las matemáticas, antes de ser abatido trágicamente por la tuberculosis a la edad de treinta y tres años, como Riemann antes que él. Trabajando en total aislamiento de las corrientes principales de su campo, fue capaz de rederivar por sí mismo lo más valioso de cien años de matemáticas occidentales. La tragedia de su vida es que gran parte de su trabajo se malgastó en redescubrir matemáticas conocidas.
Ramanujan nació en 1887 en Erode, India, cerca de Madrás. Aunque su familia era brahmín, la más alta de las casta hindúes, ellos fueron destituidos y vivían de los escasos recursos del trabajo del padre de Ramanujan como empleado en una oficina de un comerciante de tejidos.
A la edad de diez años, estaba claro que Ramanujan no era como los demás niños. Como Riemann antes que él, se hizo bien conocido en su pueblo por sus sorprendentes poderes de cálculo. Cuando era niño, ya había rederivado la identidad de Euler entre funciones trigonométricas y exponenciales.
En la vida de cada científico joven existe un punto de retorno, un suceso singular que ayuda a cambiar el curso de su vida. Para Einstein, fue la fascinación de observar la aguja de una brújula. Para Riemann, fue la lectura del libro de Legendre sobre teoría de números. Para Ramanujan, fue cuando se sumergió en un oscuro y olvidado libro de matemáticas escrito por George Carr. Este libro ha quedado inmortalizado desde entonces por el hecho de que señaló la única exposición conocida de Ramanujan a las modernas matemáticas occidentales. Según su hermana: «Fue este libro el que despertó su genio. Él se propuso establecer por sí mismo las fórmulas dadas allí. Como no tenía la ayuda de otros libros, cada solución era un trabajo de investigación por lo que a él concernía … Ramanujan solía decir que las diosas de Namakkal le inspiraron las fórmulas en sueños».
Debido a su brillantez, fue capaz de ganar una beca para la escuela superior. Pero puesto que le aburría el tedio de las aulas y estaba intensamente preocupado con las ecuaciones que constantemente estaban danzando en su cabeza, fracasó en su ingreso en el nivel superior, y su beca fue cancelada. Frustrado, se escapó de casa. Finalmente volvió, pero sólo para caer enfermo y suspender su examen de nuevo.
Con la ayuda de amigos, Ramanujan se las arregló para convertirse en un empleado de bajo nivel en el puerto franco de Madrás. Era un trabajo servil, con una mísera paga de veinte dólares al año, pero dio libertad a Ramanujan, como a Einstein antes de él en la oficina de patentes suiza, para seguir sus sueños en su tiempo libre. Ramanujan envió entonces algunos de los resultados de sus «sueños» a tres matemáticos británicos bien conocidos, buscando un contacto con otros cerebros matemáticos. Dos de los matemáticos, al recibir esta carta escrita por un desconocido empleado indio sin instrucción formal, la tiraron al momento. El tercero era el brillante matemático de Cambridge Godfrey H. Hardy. Debido a su categoría en Inglaterra, Hardy estaba acostumbrado a recibir correo de chiflados y apenas prestó atención a la carta. Entre los densos garabatos advirtió muchos teoremas matemáticos que ya eran bien conocidos. Pensando que era la obra obvia de un plagiario, él también la desechó. Pero había algo que no encajaba. Algo inquietaba a Hardy; no podía dejar de preguntarse sobre esta extraña carta.
Durante la cena de esa noche, el 16 de enero de 1913, Hardy y su colega John Littlewood discutieron esta carta singular y decidieron echar una segunda ojeada a su contenido. Empezaba de forma bastante inocente, con «Me permito presentarme a usted como un empleado en el departamento de contabilidad de la oficina del puerto franco de Madrás con un salario de sólo veinte libras al año». Pero la carta del pobre empleado de Madrás contenía teoremas que eran totalmente desconocidos para los matemáticos occidentales. En total, contenía 120 teoremas. Hardy estaba atónito. Recordaba que demostrar alguno de estos teoremas «Me derrotó por completo». Recordaba: «Nunca había visto nada antes que se le pareciera en lo más mínimo. Una simple ojeada a ellos es suficiente para mostrar que sólo podrían estar elaborados por un matemático de la más alta categoría».
Littlewood y Hardy alcanzaron la idéntica y sorprendente conclusión: esto era obviamente el trabajo de un genio empeñado en derivar de nuevo cien años de matemáticas europeas. «Él había estado llevando a cabo una carrera imposible, un pobre y solitario hindú enfrentando su cerebro contra la sabiduría acumulada de Europa», recordaba Hardy.
Hardy escribió a Ramanujan y, tras muchas dificultades, arregló su estancia en Cambridge en 1914. Por primera vez, Ramanujan podía comunicarse regularmente con sus iguales, la comunidad de los matemáticos europeos. Entonces comenzó un estallido de actividad: tres cortos e intensos años de colaboración con Hardy en el Trinity College en Cambridge.
Hardy trató más tarde de estimar la capacidad matemática que poseía Ramanujan. Concedió a David Hilbert, universalmente reconocido como uno de los mayores matemáticos occidentales del siglo XIX, una puntuación de 80. A Ramanujan le asignó una puntuación de 100. (Hardy se concedió a sí mismo un 25.)
Por desgracia, ni Hardy ni Ramanujan parecían interesados en la psicología o los procesos de pensamiento mediante los cuales Ramanujan descubría estos increíbles teoremas, especialmente cuando este diluvio de material brotaba de sus sueños con semejante frecuencia. Hardy señaló: «Parecía ridículo importunarle sobre cómo había descubierto este o ese teorema conocido, cuando él me estaba mostrando media docena de nuevos teoremas cada día».
Hardy recordaba vivamente:

Recuerdo una vez que fui a visitarle cuando estaba enfermo en Putney. Yo había tomado un taxi n.° 1729, y comenté que el número me parecía bastante feo, y que esperaba que no fuese un mal presagio. «No -replicó él-, es un número muy interesante; es el número más pequeño expresable como una suma de dos cubos en dos formas diferentes».

(Es la suma de 1 x 1 x 1 y 12 x 12 x 12, y también la suma de 9 x 9 x 9 y 10 x 10 x 10.) Era capaz de recitar en el acto teoremas complejos de aritmética cuya demostración requeriría un ordenador moderno.
Siempre con pobre salud, la austeridad de la economía británica desgarrada por la guerra impidió a Ramanujan mantener su estricta dieta vegetariana, y constantemente estaba entrando y saliendo de hospitales. Después de colaborar con Hardy durante tres años, Ramanujan cayó enfermo y nunca se recuperó. La primera guerra mundial interrumpió los viajes entre Inglaterra y la India, y en 1919 consiguió finalmente volver a casa, donde murió un año más tarde.
Fuente: Kaku, M. (1994), Hiperespacio, Crítica, Barcelona.

9/8/08

El hombre de negocios

Por Antoine de Saint-Exupéry
El cuarto planeta era el del hombre de negocios. El hombre estaba tan ocupado que ni siquiera levantó la cabeza cuando llegó el principito.
-Buenos días –le dijo éste–. Su cigarrillo está apagado.
-Tres y dos son cinco. Cinco y siete, doce. Doce y tres, quince. Buenos días. Quince y siete, veintidós. Veintidós y seis, veintiocho. No tengo tiempo para volver a encenderlo. Veintiséis y cinco, treinta y uno. ¡Uf! Da un total, pues, de quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
-¿Quinientos millones de qué?
-¡Eh! ¿Estás siempre ahí? Quinientos un millones de… Ya no sé… ¡Tengo tanto trabajo! Yo soy serio, no me divierto con tonterías. Dos y cinco, siete…
-¿Quinientos millones de qué? –repitió el principito, que nunca en su vida había renunciado a una pregunta, una vez que la había formulado.
El hombre de negocios levantó la cabeza:
-En los cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo ha sido molestado tres veces. La primera fue hace veintidós años por un abejorro que cayó Dios sabe de dónde. Produjo un ruido espantoso y cometí cuatro errores en una suma. La segunda fue hace once años por un ataque de reumatismo. Me hace falta ejercicio. No tengo tiempo para moverme. Yo soy serio. La tercera vez… ¡Hela aquí! Decía, pues, quinientos un millones…
-¿Millones de qué?
El hombre de negocios comprendió que no había esperanza de paz.
-Millones de esas cositas que se ven a veces en el cielo.
-¿Moscas?
-Pero no, cositas que brillan.
-¿Abejas?
-¡Pero no! Cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Pero yo soy serio! No tengo tiempo para desvariar.
-¡Ah! ¿Estrellas?
-Eso es. Estrellas.
-¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy serio, soy preciso.
-¿Y qué haces con esas estrellas?
-¿Qué hago?
-Sí.
-Nada. Las poseo.
-¿Posees las estrellas?
-Sí.
-Pero he visto un rey que…
-Los reyes no poseen, “reinan”. Es muy diferente.
-¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y para qué te sirve ser rico?
-Para comprar otras estrellas, si alguien las encuentra.
Éste, se dijo a sí mismo el principito, razona un poco como el ebrio. Sin embargo, siguió preguntando:
-¿Cómo se puede poseer estrellas?
-¿De quién son? –replicó, hosco, el hombre de negocios.
-No sé. De nadie.
-Entonces, son mías, pues soy el primero en haberlo pensado.
-¿Es suficiente?
            -Seguramente. Cuando encuentras un diamante que no es de nadie, es tuyo. Cuando encuentras una isla que no es de nadie, es tuya. Cuando eres el primero en tener una idea, la haces patentar: es tuya. Yo poseo las estrellas porque jamás, nadie antes que yo, soñó con poseerlas.
-Es verdad –dijo el principito–. ¿Y qué haces tú con las estrellas?
-Las administro. Las cuento y las recuento –dijo el hombre de negocios–. Es difícil. ¡Pero soy un hombre serio!
El principito todavía no estaba satisfecho.
-Yo, si poseso un pañuelo, puedo ponerlo alrededor de mi cuello y llevármelo. Yo, si poseo una flor, puedo cortarla y llevármela. ¡Pero tú no puedes cortar las estrellas!
-No, pero puedo depositarlas en el banco.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiere decir que escribo en un papelito la cantidad de mis estrellas. Y después, cierro el papelito bajo llave en un cajón.
-¿Es todo?
-Es suficiente.
Es divertido, pensó el principito. Es bastante poético. Pero no es muy serio.
El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.
-Yo –dijo aún– poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Pues deshollino también el que está extinguido. No se sabe nunca. Es útil para mis volcanes y es útil para mi flor que yo los posea. Pero tú no eres útil a las estrellas…
El hombre de negocios abrió la boca pero no encontró respuesta y el principito se fue.
Decididamente las personas mayores son bien extraordinarias, se dijo a sí mismo durante el viaje.
Fuente: Saint-Exupéry, A. (1974), El principito, Ultramar Editores, Madrid.

7/8/08

El teorema más importante de toda la matemática

Por Jacob Bronowski
Los cuatro puntos principales -sur, oeste, norte y este- de los triángulos que forman el cruce del compás, son las esquinas de un cuadrado. Muevo los cuatro triángulos de forma tal que el lado más grande de cada uno termina en el punto principal de su vecino. He construido un cuadrado cuyos lados son los más largos de cada triángulo rectángulo, la hipotenusa. Únicamente con el objeto de saber qué forma parte del área comprendida y qué no, voy a colocar un azulejo adicional en la pequeña área cuadrada interior, hasta ahora vacía.
La imagen es mía, a partir de la figura del libro
Tenemos ahora un cuadrado formado por la hipotenusa y podemos, mediante cálculos, relacionar éste con los cuadrados de los dos lados más pequeños. Pero así se perdería de vista la estructura natural y la interiorización esencial de la figura. No hay necesidad de calcular. Un juego sencillo que los niños y los matemáticos practican demostrará aún más. Transpongamos dos triángulos a posiciones nuevas. Movamos el triángulo que señalaba hacia el sur de modo que su lado más largo esté junto al lado más largo del triángulo que señalaba hacia el norte. Y movamos el triángulo que señalaba hacia el este de modo que su lado más largo esté junto al lado más largo del triángulo que señalaba hacia el oeste.
Así habremos construido una figura en forma de L de área igual (claro, porque está formada de las mismas piezas), cuyos lados percibimos en términos de los lados más pequeños de los triángulos rectángulos. Para aclarar visualmente la composición de esta figura en forma de L, la dividimos con una raya, separando la parte vertical de la horizontal. Queda entonces claro que ésta es un cuadrado formado por los lados más cortos del triángulo; y que aquélla es un cuadrado basado en el más largo de los dos lados que forman el ángulo recto.
Pitágoras demostró así un teorema general: no sólo para el triángulo egipcio de proporciones 3:4:5, o cualquier triángulo babilónico, sino para todo triángulo que contenga un ángulo recto. Demostró que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de los catetos. Por ejemplo, los lados tres, cuatro y cinco forman un ángulo recto porque

5^2 = 5 x 5 = 25
= 16 + 9 = 4 x 4 + 3 x 3
=4^2 + 3^2.

Y lo mismo es cierto para los lados de los triángulos encontrados por los babilonios, sean los simples como 8:15:17, o los más formidables como 3367:3456:4825, lo cual no deja lugar a duda de que eran hábiles para la aritmética.
Hasta hoy, el teorema de Pitágoras sigue siendo el teorema individual más importante de toda la matemática. Parece extraordinario decirlo, pero no es una extravagancia; porque lo que estableció Pitágoras es una caracterización fundamental del espacio en que nos movemos, traducido por primera vez a números. Y el ajuste exacto de los números describe las leyes exactas que regulan el universo. En efecto, los números que componen los triángulos rectángulos han sido propuestos como posibles mensajes a otros planetas, en búsqueda de prueba de la existencia de vida racional en éstos.
Fuente: Bronowski, J. (1973), El ascenso del hombre, Sistemas Técnicos de Edición, México, D.F.

3/8/08

Miguel Mármol, viejo maestro en el oficio del nacer incesante

Por Eduardo Galeano
1905
Ilopango
Miguel a la semana
La señorita Santos Mármol, preñada a la mala, se niega a dar el nombre del autor de su deshonra. La madre, Doña Tomasa, la corre a garrotazos. Doña Tomasa, viuda de hombre pobre pero blanco, sospecha lo peor.
Cuando el niño nace, la repudiada señorita Santos lo trae en brazos:
-Éste es tu nieto, mamá.
Doña Tomasa pega un chillido de espanto al ver al recién nacido, araña azul, indio trompudo, tan feíto que da más cólera que lástima, y le cierra, plam, la puerta en las narices.
Ante el portazo, la señorita Santos cae redonda al suelo. Bajo su desmayada madre, el recién nacido parece muerto. Pero cuando los vecinos se la sacan de encima, el aplastadito pega un tremendo berrido.
Y así ocurre el segundo nacimiento de Miguel Mármol, casi al principio de su edad.
Imagen tomada de https://bit.ly/2u4Y3rA
1918
Ilopango
Miguel a los trece
Llegó al cuartel de Ilopango empujado por el hambre, que le había escondido los ojos allá en el fondo de su cara.
En el cuartel, a cambio de comida, Miguel empezó haciendo mandados y lustrando botas de tenientes. Rápidamente aprendió a partir cocos de un solo machetazo, como si fueran pescuezos, y a disparar la carabina sin desperdiciar cartuchos. Así se hizo soldado.
Al cabo de un año de vida cuartelera, el pobre muchachito no da más. Después de tanto aguantar oficiales borrachos que lo garrotean porque sí, Miguel se escapa. Y esta noche, la noche de su fuga, estalla el terremoto en Ilopango. Miguel lo escucha de lejos.
Un día sí y otro también tiembla la tierra en El Salvador, paisito de gente caliente, y entre temblor y temblor algún terremoto de verdad, un señor terremoto como éste, irrumpe y rompe. Esta noche el terremoto desploma el cuartel, ya sin Miguel, hasta la última piedra; y todos los oficiales y todos los soldados mueren machacados por el derrumbe.
Y así ocurre el tercer nacimiento de Miguel Mármol, a los trece años de su edad.
1930
Ilopango
Miguel a los veinticinco
La crisis también revuelca por los suelos el precio del café. Los granos se pudren en las ramas; un olor dulzón, de café podrido, pesa en el aire. En toda América Central, los finqueros arrojan a los peones al camino. Los pocos peones que tienen trabajo reciben la misma ración que los cerdos.
En plena crisis nace el Partido Comunista de El Salvador. Miguel es uno de los fundadores. Maestro artesano en el oficio de zapatería, Miguel trabaja salteado. La policía le anda pisando los talones. Él agita el ambiente, recluta gente, se esconde y huye.
Una mañana Miguel se acerca, disfrazado, a su casa. La ve sin vigilancia. Escucha llorar a su hijo y entra. El niño está solo, chillando a pleno pulmón. Miguel se pone a cambiarle los pañales cuando en eso alza la mirada y por la ventana descubre que los agentes están rodeando la casa.
Perdoná –le dice al cagadito, y lo deja a medio mudar. Pega un salto de gato y consigue deslizarse por un agujero entra las tejas rotosas, mientras suenan los primeros tiros.
Y así ocurre el cuarto nacimiento de Miguel Mármol, a los veinticinco años de su edad.
1932
Soyapango
Miguel a los veintiséis
Los llevan en camión, amarrados. Miguel reconoce los lugares de su infancia:
-Qué suerte -piensa-. Voy a morir cerca de donde tengo enterrado el ombligo.
Los bajan a culatazos. Van fusilando de a dos. Los faros del camión y la luna hacen luz de sobra.
Después de unas cuantas descargas, llega el turno de Miguel y de un vendedor de estampitas, condenado por ruso. El ruso y Miguel se estrechan las manos, atadas a la espalda, y enfrentan al pelotón. A Miguel le pica todo el cuerpo, necesita rascarse desesperadamente, y en eso está pensando mientras escucha gritar: ¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!
Cuando Miguel despierta, hay un montón de cuerpo goteando sangre encima de él. Siente su cabeza latiendo y manando sangre y en el cuerpo y en el alma y en la ropa le duelen los balazos. Escucha el cerrojo de un fusil. Un tiro de gracia. Otro. Otro. Con los ojos nublados de sangre, Miguel espera su bala final, pero en vez de bala final le llegan machetazos.
A patadas los soldados arrojan los cuerpos a la fosa y echan tierra. Cuando el camión se va, Miguel, todo baleado y tajeado, empieza a moverse. Le lleva siglos desprenderse de tanto muerto y tanta tierra. Por fin consigue caminar, a paso ferozmente lento, más cayéndose que parándose, y muy de a poco se va alejando. Se lleva el sombrero de un camarada que se llamaba Serafín.
Y así ocurre el quinto nacimiento de Miguel Mármol, a los veintiséis años de su edad.
1932
San Salvador
Miguel a los veintisiete
De quienes salvaron a Miguel, no ha quedado ni uno vivo. Los soldados han acribillado a los camaradas que lo recogieron en una zanja, y a quienes lo pasaron por el río en silla de manos, y a quienes lo escondieron en una cueva, y a quienes consiguieron traerlo hasta esta casa, la casa de su hermana, en San Salvador. A la hermana hubo que abanicarla cuando vio el espectro de Miguel cosido a tiros y machetazos. Ella estaba rezando novenas por su descanso eterno.
El oficio fúnebre continúa. Miguel se repone como puede, escondido tras el altar armado en su memoria, sin más remedio que el agua de cogollo de chichipince que la hermana aplica, con santa paciencia, sobre las heridas purulentas. Yace Miguel al otro lado de la cortina, ardiente de fiebre; y así pasa el día de su cumpleaños escuchando las alabanzas que le dedican los desconsolados parientes y vecinos que por él lloran a mares y rezan sin parar.
Una noche de éstas, una patrulla militar se detiene a la puerta:
-¿Por quién rezan?
-Por el alma de mi difunto hermano.
Los soldados entran, se asoman al altar, fruncen narices.
La hermana de Miguel estruja el rosario. Tiemblan las velas ante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo. A Miguel le vienen súbitas ganas de toser. Pero los soldados se persignan:
-Que en paz descanse -dicen, y siguen de largo.
Y así ocurre el sexto nacimiento de Miguel Mármol, a los veintisiete años de su edad.
1934
San Salvador
Miguel a los veintinueve
Siempre corrido por la policía salvadoreña, Miguel encuentra refugio en casa de la amante del cónsul de España.
Una noche se desata una tempestad. Desde la ventana, Miguel ve que el rió crece y que allá lejos, en el recodo, la correntada está a punto de embestir el rancho de barro y cañas donde viven su mujer y sus hijos. Desafiando al ventarrón y a las patrullas nocturnas, Miguel abandona su sólido escondite y sale disparado en busca de los suyos.
Pasan la noche todos abrazados, apoyados contra las frágiles paredes, escuchando rugir al viento y al río. Al alba, cuando por fin callan el aire y el agua, el ranchito está un poco chueco y mojado, pero no volteado. Miguel se despide de su familia y regresa a su refugio.
Pero no lo encuentra. De aquella casa de bien plantados pilares, no queda ni un ladrillo de recuerdo. La furia del río ha socavado la barranca, ha arrancado los cimientos y se ha llevado al diablo a la casa, a la amante del cónsul y a la mucama, que han muerto ahogadas.
Y así ocurre el séptimo nacimiento de Miguel Mármol, a los veintinueve años de su edad.
1936
San Salvador
Miguel a los treinta y uno
Después del derrumbamiento de su escondite en la barranca, Miguel había caído preso. Casi dos años estuvo esposado en la celda solitaria.
Recién salido de la cárcel, deambula por los caminos, paria rotoso, sin nada. No tiene partido, porque sus camaradas del Partido Comunista sospechan que el dictador Martínez lo ha dejado libre a cambio de traición. No tiene trabajo, porque el dictador Martínez impide que le den. No tiene mujer, que lo abandonó llevándose a los hijos, ni tiene casa, ni comida, ni zapatos, y ni nombre tiene siquiera: está probado que Miguel Mármol no existe desde que fue ejecutado en 1932.
Decide acabar de una vez. Ya basta de tristear la pena negra. De un machetazo se abrirá las venas. Y está alzando el machete, cuando por el camino aparece un niño a lomo de burro. El niño lo saluda, revoleando un enorme sombrero de paja, y le pide el machete para partir un coco. Después le ofrece la mitad del coco abierto, agua de beber, pulpa de comer, y Miguel bebe y come como si este niño desconocido lo hubiera invitado a una espléndida fiesta, y se levanta y caminando se va de la muerte.
Y así ocurre el octavo nacimiento de Miguel Mármol, a los treinta y un años de su edad.
1945
Frontera entre Guatemala y El Salvador
Miguel a los cuarenta
Duerme en cavernas y cementerios. Condenado por el hambre a hipo continuo, anda disputando miguitas con las urracas y las palomas mustungonas. La hermana, que lo encuentra de vez en cuando, le dice:
-Dios te ha dado muchas habilidades, pero te ha puesto el castigo de ser comunista.
Desde que Miguel recuperó la confianza plena de su partido, no ha dejado de correr y padecer. Y ahora el partido ha resuelto que el más sacrificado de sus militantes se marche desde El Salvador hacia el exilio en Guatemala.
Miguel consigue pasar la frontera, al cabo de mil trajines y peligros. Ya es noche cerrada. Se echa a dormir, exhausto, bajo un árbol. Al alba, lo despierta una enorme vaca amarilla, que le está lamiendo los pies. Miguel le dice:
-Buen día.
Y la vaca se asusta y huye a todo lo que da y mugiendo se mete en el monte. Del monte emergen, en seguida, cinco toros vengadores. Miguel no puede escapar hacia atrás ni hacia arriba. A sus espaldas hay un abismo y el árbol es de tronco liso. En tromba se le vienen encima los toros, pero antes de la embestida final se paran en seco y mirándolo fijo resoplan, echan fuego y humo, tiran cornadas al aire y rastrillan el suelo arrancando maleza y polvareda.
Miguel suda frío y tiembla. Tartamudo de pánico, balbucea explicaciones. Los toros lo miran, hombrecito mitad hambre mitad susto, y se miran entre sí. Él se encomienda a Marx y a san Francisco de Asís. Y por fin los toros le dan la espalda y se alejan, cabizbajos, a paso lento,
Y así ocurre el noveno nacimiento de Miguel Mármol, a los cuarenta años de su edad.
1954
Mazatenango
Miguel a los cuarenta y nueve
Al canto de las aves, antes de la primera luz, afilan los machetes. Y al galope llegan a Mazatenango, en busca de Miguel. Los verdugos van haciendo cruces en la larga lista de los marcados para morir, mientras el ejército de Castillo Armas se apodera de Guatemala. Miguel figura en quinto lugar entre los más peligrosos, condenado por rojo y por extranjero metelíos. Desde que llegó corrido desde El Salvador, no ha parado un instante en su tarea de agitar obreros.
            Le echan los perros. Quieren llevárselo colgado de un caballo y exhibirlo por los caminos con la garganta abierta de un machetazo. Pero Miguel es bicho muy vivido y sabido y se pierde en los yuyales.
Y así ocurre el décimo nacimiento de Miguel Mármol, a los cuarenta y nueve años de su edad.
1963
San Salvador
Miguel a los cincuenta y ocho
Anda Miguel como de costumbre, a salto de mata, cometiendo sindicatos campesinos y otras diabluras, cuando los policías lo atrapan en algún pueblito y lo traen, atado de pies y manos, a la ciudad de San Salvador.
Aquí recibe larga paliza. Ocho días lo golpean colgado, ocho noches le pegan en el suelo. Mucho le crujen los huesos y le grita la carne, pero él no dice ni mú mientras le exigen que revele secretos. En cambio, cuando el capitán torturador le putea a su gente querida, el viejo respondón se levanta desde sus restos sangrantes, el desplumado gallito alza la cresta y cacarea, Miguel ordena al capitán que cierre esa cochina boca. Y entonces el capitán le hunde en el cuello el caño de la pistola y Miguel lo desafía a que aviente bala nomás. Y quedan cara a cara los dos, fieros, jadeantes, como soplando brasas: el soldado con el dedo en el gatillo, la pistola clavada en el pescuezo de Miguel y los ojos calvados en sus ojos, y Miguel sin parpadear, comprobando el paso de los segundos y los siglos y escuchando el retumbe del corazón que se le ha subido a la cabeza. Y ya se da Miguel por muerto de muerte total, cuando de pronto una sombra asoma en el fulgor de furia de los ojos del capitán, un cansancio o no sé qué lo invade y le toma los ojos por asalto, y al rato el capitán parpadea, sorprendido de estar donde está, y lentamente deja caer el arma y la mirada.
Y así ocurre el undécimo nacimiento de Miguel Mármol, a los cincuenta y ocho años de su edad.
1975
San Salvador
Miguel a los setenta
Cada día de la vida es el irrepetible acorde de una música que se ríe de la muerte. El peligroso Miguel se ha pasado de vivo y los dueños de El Salvador deciden comprar un asesino para que la vida se vaya con la música a otra parte.
El asesino trae un puñal escondido bajo la camisa. Miguel está sentado, hablando a los estudiantes en la Universidad. Les está diciendo que los jóvenes tienen que ocupar el lugar de los taitas, y que es preciso que actúen, que se jueguen, que hagan cosas, sin cacarear como las gallinas cada vez que ponen un huevo. El asesino se abre paso lentamente entre el público y se va corriendo hasta ubicarse a espaldas de Miguel. Pero en el instante en que alza el filo, una mujer pega un tremendo alarido y Miguel se tira al suelo y evita la puñalada.
Y así ocurre el duodécimo nacimiento de Miguel Mármol, a los setenta años de su edad.
1984
La Habana
Miguel a los setenta y nueve
A lo largo del siglo, este hombre ha pasado la pena negra y muchas veces ha muerto por bala o patatús. Ahora, desde el exilio, sigue acompañando con brío la guerra de su gente.
La luz del amanecer lo encuentra siempre levantado, afeitado y conspirando. Él bien podría quedarse dando vueltas y más vueltas en las puertas giratorias de la memoria; pero no sabe hacerse el sordo cuando lo llaman las voces de los tiempos y caminos que todavía no anduvo.
Y así, a los setenta y nueve años de su edad, ocurre cada día un nuevo nacimiento de Miguel Mármol, viejo maestro en el oficio del nacer incesante.
Fuente: Galeano, E. (1986), Memoria del fuego 3 El siglo del viento, Siglo veintiuno, Madrid.

26/7/08

¿Cuánto mide una cuerda?

La teoría de cuerdas dice que los constituyentes fundamentales de la naturaleza no son partículas puntuales de dimensión cero, sino diminutos filamentos unidimensionales llamados cuerdas.*
¿Diminutos? ¿Cuánto mide una cuerda?
Si digo que el tamaño de la típica cuerda es 0,00000000000000000000000000000000001 metros (10^-35 m) digo nada: nuestro cerebro no puede imaginar semejante número.
Pero sí puede comprender una analogía. Si una cuerda crece hasta tener el tamaño de un grano de arena, y el grano de arena crece en la misma proporción, este tendría un diámetro de 800000000000000000000000000 metros (8 x 10^26 m) o, lo que es lo mismo, 82.000 millones de años luz. El diámetro del universo visible.**
En otras palabras, si las cuerdas tuvieran el tamaño de un grano de arena, ¡un solo grano de arena ocuparía todo el universo!
*Greene, B. (1999), El universo elegante, Crítica, Barcelona.
**10^-35 m x 9 x 10^30 = 9 x 10^-5 m (tamaño de un grano de arena). 9 x 10^-5 x 9 x 10^30 = 8 x 10^26 m (tamaño del universo visible).

16/7/08

Nadie puede osar levantar la cabeza

Por Noam Chomsky
Al contrario de lo que todos –a la derecha o a la izquierda dicen, Estados Unidos consiguió sus objetivos en Indochina. Vietnam está demolido. No hay peligro de que un desarrollo venturoso provea un modelo para las otras naciones de la región.
Por supuesto, no fue una victoria total para Estados Unidos. Nuestro fin más amplio era reincorporar a Indochina al sistema global dominado por Estados Unidos, y eso no se ha conseguido aún.
Pero nuestro fin básico –el decisivo, el que contaba realmente era destruir el virus, y eso lo conseguimos. Vietnam es un caso de mutilación, y Estados Unidos está haciendo lo que puede para que quede así. En octubre de 1991, Estados Unidos pasó una vez más por encima de las objeciones enérgicas de sus aliados en Europa y Japón, y renovó el embargo y las sanciones contra Vietnam. El Tercer Mundo tiene que aprender que nadie puede osar levantar la cabeza. El policía del mundo los perseguirá despiadadamente si cometen este indecible crimen.
Fuente: Chomsky, N (1994), Lo que realmente quiere el tío sam, Siglo XXI, México, D.F.

4/7/08

Todo está destinado a la extinción

Por Bertrand Russell
Que el hombre es producto de causas que no previeron el fin que estaban alcanzando; que su origen, su crecimiento, sus esperanzas y sus temores, sus amores y sus creencias, no son sino el resultado de una disposición accidental de átomos; que ningún ardor, ningún heroísmo, ninguna intensidad de pensamiento o sentimiento, puede preservar una vida más allá de la tumba; que todos los trabajos, toda la devoción, toda la inspiración, todo el brillo del genio humano, están destinados a la extinción en la vasta muerte del sistema solar; y que el templo entero de la culminación del Hombre debe quedar enterrado inevitablemente bajo los restos de un universo en ruinas. Todas estas cosas, si no están totalmente fuera de discusión, son casi tan seguras que ninguna filosofía que las rechace puede esperar mantenerse en pie. Sólo dentro del andamiaje de estas verdades, sólo sobre la base firme de una desesperación inquebrantable, puede construirse una segura morada del alma.
Fuente: La cita procede de Kaku, M. (1996), Hiperespacio, Crítica, Barcelona.

28/6/08

Stephen Hawking

Por Carl Sagan
En la primavera de 1974, unos dos años antes de que la nave espacial Viking aterrizara en Marte, estuve en una reunión en Inglaterra, financiada por la Royal Society de Londres, para examinar la cuestión de cómo buscar vida extraterrestre. Durante un descanso noté que se estaba celebrando una reunión mucho mayor en un salón adyacente, en el cual entré movido por la curiosidad. Pronto me di cuenta de que estaba siendo testigo de un rito antiquísimo, la investidura de nuevos miembros de la Royal Society, una de las más antiguas organizaciones académicas del planeta. En la primera fila, un joven en una silla de ruedas estaba poniendo, muy lentamente, su nombre en un libro que lleva en sus primeras páginas la firma de Isaac Newton. Cuando al final acabó, hubo una conmovedora ovación. Stephen Hawking era ya una leyenda.
Hawking ocupa ahora la cátedra Lucasian de matemáticas de la Universidad de Cambridge, un puesto que fue ocupado en otro tiempo por Newton y después por P.A.M. Dirac, dos célebres exploradores de lo muy grande y lo muy pequeño. Él es su valioso sucesor.
Fuente: La cita procede de Hawking, S. (1988), Historia del tiempo, Grijalbo, Bogotá.

23/6/08

El Estado omni-impotente

Por Eduardo Galeano
Fidel Castro es un símbolo de dignidad nacional. Para los latinoamericanos, que ya estamos cumpliendo cinco siglos de humillación, un símbolo entrañable.
Pero Fidel ocupa, desde hace añares, el centro de un sistema burocrático, sistema de ecos de los monólogos del poder, que impone la rutina de la obediencia contra la energía creadora; y a la corta o a la larga, el sistema burocrático –partido único, verdad única- acaba por divorciarse de la realidad. En estos tiempos de trágica soledad que Cuba está sufriendo, el Estado omni-potente se revela omni-impotente.
Este sistema no proviene de la oreja de una cabra. Proviene, sobre todo, del veto imperial. Apareció cuando la revolución no tuvo más remedio que cerrarse para defenderse, obligada a la guerra por quienes prohibían que Cuba fuera Cuba; y el incesante bloqueo exterior lo fue consolidando a lo largo del tiempo. Hace más de treinta años que el veto imperial se aplica, de mil maneras, para impedir la realización del proyecto de la Sierra Maestra.
Continuo escándalo de hipocresía: desde aquel entonces, toman examen de democracia a Cuba, los fabricantes de todas las dictaduras militares que en Cuba han sido.
En Cuba, democracia y socialismo nacieron para ser dos nombres de la misma cosa; pero los mandones del mundo sólo otorgan la libertad de elegir ente el capitalismo y el capitalismo.
Fuente: Galeano, E. (1992), Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno, México, D.F.

19/6/08

¿Cree usted en Dios?

Por Carl Sagan
Como la palabra «Dios» significa cosas distintas para las distintas personas, normalmente respondo preguntando qué entiende mi interlocutor por «Dios». Sorprendentemente, la respuesta es a veces enigmática o inesperada: «¡Oh! Ya sabe usted, Dios. Todo el mundo sabe quién es Dios», o bien, «Pues un tipo de fuerza superior a nosotros y que existe en todos los puntos del universo». Hay muchas fuerzas de ese tipo. Una de ellas se llama gravedad, pero no es frecuente identificarla con Dios. Y no todo el mundo sabe a lo que se hace referencia al decir Dios. El concepto cubre una amplia gama de ideas. Alguna gente piensa en Dios en forma de un hombre de piel blanca, de grandes dimensiones, con una larga barba blanca, sentado en un trono en algún lugar ahí arriba, en el cielo, llevando afanosamente la cuenta de la muerte de cada gorrión. Otros –por ejemplo, Baruch Spinoza y Albert Einstein- consideraban que Dios es básicamente la suma total de las leyes físicas que describen el universo. No sé de ningún indicio de peso a favor de los patriarcas antropomórficos capaces de controlar el destino humano desde algún lugar privilegiado oculto en el cielo, pero sería estúpido negar la existencia de las leyes físicas. Creer o no en Dios depende mucho de lo que se entiende por Dios.
Fuente: Sagan, C. (1994), El cerebro de Broca, Crítica, Barcelona.

14/6/08

Él hará la revolución

Por Paco Igancio Taibo II
Es en esos días de la segunda mitad de junio del 55 cuando, en sus visitas a los exiliados cubanos, Ernesto entra en contacto con el menor de los hermanos Castro, Raúl, un personaje de rostro aniñado que tras la amnistía reciente se ha tenido que exiliar porque las autoridades batistianas le han montado una provocación acusándolo de haber puesto una bomba en un cine. Raúl, con una formación marxista y además con la experiencia del asalto al Moncada a sus espaldas, debió resultarle a Ernesto mucho más atractivo que los exiliados latinoamericanos con los que había estado previamente en contacto, expertos en barajar sueños y confundir ilusiones con realidades, vividores del cuento de hadas del retorno triunfal.
Durante esos días se entrevistan varias veces, tanto en el nuevo hogar que Ernesto comparte con Hilda [pareja del Che] como en el mísero departamento 29 en la calle Ramón Guzmán num. 6 donde el joven cubano se ha establecido. En esas conversaciones se habla de la próxima llegada del mítico Fidel Castro, quien a pesar de sus iniciales intenciones de permanecer en Cuba para armar una red revolucionaria opositora a la dictadura, bajo la presión de la censura y las múltiples provocaciones a sus compañeros, ha decidido finalmente exiliarse para organizar un retorno armado.
Según uno de sus muchos biógrafos, el impacto de las conversaciones con Raúl hace que Ernesto Guevara se dé una vuelta a la hemeroteca de la universidad para releer la historia del asalto al Moncada. Será en la segunda semana de julio, en una noche que Ernesto recordaría como una de esas frías noches de México a pesar de ser verano, cuando se encuentra con el mayor de los hermanos Castro, el líder indiscutido del movimiento de resistencia a Batista que empieza a llamarse 26 de julio. Fidel, que ha llegado a México el día 8, se encuentra a Ernesto en la casa de María Antonia González, un poco el hada madrina del grupo de exiliados, una cubana casada con el luchador de lucha libre Avelino Palomo, alias Medrano, en cuyo hogar de Emparán 49 han ido cayendo uno por uno los cuadros políticos del exilio cubano.
La conversación inicial entre Fidel y Guevara dura ocho o diez horas, según la memoria de los testigos o de los interrogadores futuros de los testigos, y a los dos interlocutores les ha de quedar profundamente grabada en la memoria; de ocho de la noche hasta el amanecer hablaron de la situación internacional, repasaron sus versiones de América Latina, hablaron de política y sobre todo de revoluciones, en particular, de la visión de Ernesto de lo sucedido en Guatemala y de la idea de Fidel de la futura revolución contra la dictadura batistiana.
Guevara, un hombre que en esos momentos de su vida había aprendido a mantener la distancia, a soterrar sus emociones, ha quedado profundamente impresionado con su interlocutor, ha sido capturado por la magia de hipnotizador de serpientes de Fidel. Al día siguiente escribe en su diario: Un acontecimiento político es haber conocido a Fidel Castro, el revolucionario cubano, muchacho joven, inteligente, muy seguro de sí mismo y de extraordinaria audacia; creo que simpatizamos mutuamente.
Al llegar a su casa le contaría a Hilda: Tenía razón Ñico en Guatemala cuando nos dijo que si algo bueno se ha producido en Cuba desde Martí, es Fidel Castro: él hará la revolución.
Fuente: Taibo II, P. (2003), Ernesto Guevara también conocido como el Che, Planeta, México, D.F.

11/6/08

¿Está superado Marx?

Por John K. Galbraith
Sí, así lo creo. Por mucho que sus ideas forman parte de nuestro universo igual que las de Adam Smith. Pero la empresa ha evolucionado en un sentido distinto al anunciado por él. Los propietarios del capital han perdido en ella el poder a favor de los managers, de los responsables de la organización y de la burocracia, lo que yo he bautizado como tecnoestructura. En gran parte a causa de este fenómeno, la confrontación con los obreros ha sido menos aguda de lo que había previsto e incluso deseado Marx. Los sindicatos han moderado su tendencia revolucionaria. El papel jugado por los sindicatos y la acción del Estado del bienestar han limado las aristas del capitalismo. Sin embargo, Marx ya había podido observar los signos anunciadores de esta evolución en Inglaterra.
En cuanto al comunismo, el peso del aparato burocrático ha sido muy superior a todo lo que Marx pudo imaginar. Si el desarrollo de la sociedad socialista hubiese sido tan fluido y si sus resultados hubiesen sido tan brillantes como esperaron Marx y Lenin (aun cuando este último supo presentir la sanción), el sistema capitalista habría desaparecido en el presente. Ninguna propaganda se habría podido oponer, ni siquiera por la fuerza, a su descomposición.
Fuente: Galbraith, J. K. (1979), Introducción a la economía, Crítica, Barcelona.

9/6/08

Ventana sobre la historia universal

Por Eduardo Galeano

Hubo una vez que fue la primera vez, y entonces el bicho humano se alzó y sus cuatro patas se convirtieron en dos brazos y dos piernas, y gracias a las piernas los brazos fueron libres y pudieron hacer casa mejor que la copa del árbol o la cueva de paso. Y habiéndose erguido, la mujer y el hombre descubrieron que se puede hacer el amor cara a cara y boca a boca, y conocieron la alegría de mirarse a los ojos durante el abrazo de sus brazos y el nudo de sus piernas.

Fuente: Galeano, E. (1993), Las palabras andantes, Siglo Veintiuno, México, D.F.

5/6/08

¿Padecía el Che Guevara de amusia?

El Dr. Laurent Stewart, del Instituto de Neurociencia Cognitiva de Londres, afirma que hay personas que no pueden percibir música. Dichas personas padecen de amusia: escuchan perfectamente pero no distinguen entre dos notas cercanas y, por tanto, todas las tonadas les suenan igual.
Quizá el Che Guevara padecía de amusia. Vilma Espín, la compañera de Raúl Castro, fallecida hace poco, cuenta que al Che le sonaba casi iguales el himno del 26 de Julio y La Internacional.
Sin embargo al Che le gustaba la música.
Y cantaba, pero desafinado: a la hora de entonar el himno, en la escuela, lo sacaban de la fila.
Y bailaba, pero con los pasos cambiados: cuando celebraba su 24 cumpleaños pidió a Alberto Granado, su compañero de viaje, que le dé con el codo si es un tango lo que está sonando. Lo codeó, pero para recordarle que esta canción le fascina a Chichina, la novia del Che. Era una samba… y el Che la bailó como si fuera un tango.

2/6/08

Supervivencia de la obra de Aristóteles

Por Daniel J. Boorstin
La supervivencia aleatoria de la miscelánea enciclopédica de Aristóteles constituye una saga por sí sola. El pionero griego de la geografía, Estrabón (c. 63 a.C.-19 d.C.), afincado en Roma c. 20 a.C., nos cuenta su historia. A su muerte, Aristóteles legó su biblioteca y escritos –junto con la dirección del Liceo– a su polifacético amigo y colega Teofrasto (c. 371-287 a.C.), quien se había granjeado el liderazgo de la escuela peripatética con sus escritos sobre botánica y su Metafísica, y abrió nuevos caminos a la ensayística con sus ingeniosos «Caracteres». A la muerte de Teofrasto, dejó la herencia literaria aristotélica al joven filósofo Neleo, de quien esperaba que le sucediera en el Liceo. Neleo procedía de una ciudad llamada Escepsis, en Anatolia, en la zona en la que Aristóteles había contado con el patrocinio de Hermias. Neleo legó este material a sus herederos personales, que no eran filósofos. Cuando los reyes Atálidas de Pérgamo invadieron Escepsis en busca de obras para su biblioteca, los herederos habían enterrado los libros en una bodega, abandonándonos al moho y la polilla. Sin embargo, al final consiguieron vender esos libros y manuscritos que se desintegraban.
El bibliófilo Apelicón realizó y publicó nuevas copias, descuidadas. El siguiente paso de la saga aristotélica lo cuenta Plutarco. Cuando Sila (138-78 a.C.), el general romano, capturó Atenas en el 86 a.C., en su campaña contra Mitrídates, se apoderó de la biblioteca de Apelicón, incluidos los libros y papeles de Aristóteles, y la llevó a Roma. Ahí, afortunadamente, un discípulo y admirador del filósofo, el gramático Tiranio, amigo de Cicerón y César, se granjeó la confianza del bibliotecario, trabajó en los libros, organizó los manuscritos y realizó nuevas copias. El propio Cicerón admiraba tanto «el flujo dorado de la conversación» de Aristóteles (en sus diálogos, perdidos), que dijo haber tratado de escribir «al modelo aristotélico». Por suerte, Tiranio envió sus copias a Andrónico de Rodas, otro admirador de Aristóteles.
Y fue este Andrónico quien dio alas a la popularidad del filósofo. En torno al 40 a.C., organizó las obras en el orden en que han llegado hasta nosotros y en el que se basan los listados posteriores. Escribió un tratado personal sobre el conjunto de los escritos, redactó una vida de Aristóteles y nos transmitió una transcripción de su testamento. Hasta Andrónico, señala Plutarco, «los primeros peripatéticos fueron muy inteligentes y estudiosos, pero no tuvieron un conocimiento amplio ni preciso de los escritos de Aristóteles y Teofrasto». Andrónico había dado forma, sin saberlo, al vocabulario científico y filosófico de la Europa cristiana.
Fuente: Boorstin, D. (1988), Los pensadores, Crítica, Barcelona.