Por Eduardo Galeano
1826
Chuquisaca
…
Simón
Rodríguez, el maestro de Bolívar, ha regresado a América. Un cuarto de siglo
anduvo don Simón al otro lado de la mar: allá fue amigo de los socialistas de
París y Londres y Ginebra; trabajó con los tipógrafos de Roma y los químicos de
Viena y hasta enseñó primeras letras en un pueblito de la estepa rusa.
Tras el largo abrazo de la bienvenida,
Bolívar lo nombra director de educación en el país recién fundado.
Con una escuela modelo en Chuquisaca,
Simón Rodríguez inicia su tarea contra las mentiras y los miedos consagrados
por la tradición. Chillan las beatas, graznan los doctores, aúllan los perros
del escándalo: horror: el loco Rodríguez se propone mezclar a los niños de
mejor cuna con los cholitos que hasta anoche dormían en la calle. ¿Qué
pretende? ¿Quiere que los huérfanos lo lleven al cielo? ¿O los corrompe para
que lo acompañen al infierno? En las aulas no se escucha catecismo, ni latines
de sacristía, ni reglas de gramática, sino un estrépito de sierras y martillos
insoportable a los oídos de frailes y leguleyos educados en el asco al trabajo
manual. ¡Una escuela de putas y ladrones! Quienes creen que el cuerpo es
una culpa y la mujer un adorno, ponen el grito en el cielo: en la escuela de
don Simón, niños y niñas se sientan juntos, todos pegoteados; y para colmo,
estudian jugando.
El prefecto de Chuquisaca encabeza la
campaña contra el sátiro que ha venido a corromper la moral de la juventud.
Al poco tiempo, el mariscal Sucre, presidente de Bolivia, exige a Simón
Rodríguez la renuncia, porque no ha presentado sus cuentas con la debida
prolijidad.
Fuente:
Galeano, E. (1984), Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo Veintiuno, Buenos
Aires.
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