13/1/08

El amor desenterrado

Por Jorge Enrique Adoum
La Dra. Karen E. Stothert, profesora en la Universidad de Fordham, en Bronx, Nueva York, acompañada de Paula Rogasner, de la Universidad de Guayaquil, y de Eugenia Rodríguez, Marcelo Villalba e Iván Cruz, de la Universidad Católica de Quito, con los auspicios del Museo Arqueológico del Banco Central del Ecuador, descubrió en la Península de Santa Elena, provincia del Guayas, un cementerio paleoindio –el más antiguo del Ecuador y uno de los primeros de América (8000 a. de C.) con varias clases de entierros y de ofrendas. Un excepcional hallazgo fue el de los llamados “amantes de Sumpa”: dos esqueletos ligados en actitud amorosa sobre los cuales se han colocado algunas piedras, al parecer después de su muerte.
(De los periódicos)
Cuál de los dos muró primero
callando ante la verdad de los cuerpos que dialogan
en esta antigua tragedia anterior a la tragedia antigua,
porque cómo se hace –avisen, habría que decírselo a todos-
para morir juntos sin desclavarse,
interminable hazaña nupcial no repetida
porque desde entonces ya no supimos cómo. Cuál pudo ver en el otro, espiándole po[r] partes, la agonía,
en qué momento se truncó el arco que describe el deseo
antes de terminar con el vencedor besando agradecido la ingle en despedida
y quedarse así con la pierna detenida para siempre en el viaje a la entrepierna
(lentitud de quienes adueñándose del gozo se adueñaron del tiempo)
por donde pasa el tiempo áspero de la península con sus toallas de arena
cada mañana después de cada noche de ese ensayo general de los actos del acto. (¿O fue un acto inacabado,
palabra que la muerte detuvo en la primera sílaba,
tantas veces repetida por nosotros hasta ahora y tartamuda,
creyendo cada vez que es una muerte pequeñita,
contentos como quienes bailan esas danzas
cuyo origen ritual han olvidado?) Amaos por favor, seguid amándoos
vorazmente insatisfechos por los siglos de los siglos de los siglos,
no desatéis la inicial inmemorial amarra
porque qué nos restaría de esta amorosa e insolente estatua,
ni cómo iríamos a comprobar que álguienes se amaron
si de pronto estos huesos polvo fueran,
deshaciéndose en la tardía sacudida del espasmo
cien siglos después de haber comenzado apenas a tocarse con los dedos los labios
y nos quedáramos así sin pruebas
de que existió la eternidad un día.
Fuente: La cita procede de Antología poética iberoamericana, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito.

Erección mortal

Por Ramiro Díez
No es del todo cierto que el Presidente John Fitzgerald Kennedy hubiese muerto un 22 de noviembre de 1963. Ese día el mundo conoció la noticia de los balazos disparados supuestamente por Lee Harvey Oswald, pero su muerte real estuvo escrita desde una semana atrás cuando, jugado con cuernos y no precisamente en un rodeo texano, tuvo una aparatosa caída.
Kennedy, con su pinta de niño bueno, estudiante aplicado y pulcro, era un fornicador promiscuo, implacable, vocacional y ansioso, que manejaba una amplia base de datos con sus otros hermanos –y con su mismo padre–, para compartir las más provocativas mujeres.
Y todos a su alrededor, empezando por Jackie, su esposa, sabían que al hombre no le era difícil, en absoluto, disfrutar de todas las escaramuzas de cama que se quisiera imaginar. Tenía el poder, que es el más irresistible afrodisíaco, y era joven, apuesto, famoso, saludable, y usuario del más lujoso y seguro motel del mundo: La Casa Blanca.
Sus amigos, y con mayor razón los que no lo eran, se retorcían de la más rabiosa y silenciada envidia, porque era conocido que a su lecho las mujeres caían en racimo como bombas arrojadas desde un B-52.
Ocho días antes de aquella tarde en Dallas, jugando al lado de la piscina con una rubia escultural y sin bikini, que pataleaba entre sus brazos, el presidente cayó sobre el piso mojado. La rubia, con todas sus deliciosas curvas, le cayó sobre su vientre y, por primera vez con una mujer encima, el presidente dio un grito, no de placer, sino de dolor.
Resultado: fin de la fiesta, vértebra dislocada, disculpa inventada a su mujer, y corsé para mantener recta la espalda. Ocho días más tarde, en Dallas y desde no se sabe dónde, un primer balazo le pegó en el cuello.
Sin el chaleco ortopédico, Kennedy se hubiese derrumbado y no hubiera recibido más heridas. Hubiese sobrevivido, porque ese primer balazo era grave pero no mortal. Pero el chaleco lo mantuvo erecto. Entonces un balazo más. Y el hombre siguió sin caerse. Otro balazo. Y la muerte. Lo mató la erección de su espalda.
Fuente: Díez, R. (2004), Páginas con Cierto Sentido, Impresores MYL, Quito.

12/1/08

Felices los normales

Por Roberto Fernández Retamar
A Antonia Eiriz

Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más.
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y los secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones.
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles,
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños.
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.
Fuente: La cita procede de Antología poética iberoamericana, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito.

John Lennon

Por Eduardo Galeano
1980
Nueva York
Imagen tomada de https://bit.ly/2OwdL8n
Una camisa, colgada en una azotea, pega manotazos. Se queja el viento. A los rugidos y chillidos de la ciudad se une el alarido de una sirena que corre por las calles. En este sucio día ha caído asesinado John Lennon, fundador de música, en una esquina de Manhattan.
Él no quería ganar ni matar. No aceptaba que el mundo fuera bolsa de valores ni cuartel militar. Lennon estaba al margen de la pista: cantando o silbando con aire de distraído, miraba girar las ruedas de los demás en el incesante vértigo que va y viene entre el manicomio y el matadero.
Fuente: Galeano, E. (1986), Memoria del fuego 3 EL SIGLO DEL VIENTO, Siglo Veintiuno, Madrid.

11/1/08

Los Esdrújulos

Por Jorge Enrique Adoum
El galope se oía en la esquina de Miseria Velásquez y en seguida el grito “Ahí vienen los Esdrújulos” que llenaba de pavor al barrio. Los vecinos se desgañitaban dando la alarma y de zaguán en zaguán se cerraban las puertas, reforzándolas por dentro con trancas, porque las bisagras y las aldabas pobres estaban hechas para la vida de todos los día. Las viejas decían “Santodiosantofuertesantoinmortal” y se persignaban, los hombres decían “Unagranputa” y apretaban los puños, los chicos lloraban temblando, los más grandes que los habían visto por las rendijas decían que eran igualitos a Buck Jones y a Tom Mix pero era mentira. Yo los vi una vez entrar a caballo al bar del IMPERIAL. Alguien corría, se oía el ruido de las suelas contra el empedrado, luego el ruido del galope y después los disparos, todo como en las manifestaciones. En el IMPERIAL sonaban vidrios rotos, carcajadas y golpes, y en seguida se callaba la pianola.
Eran cinco: Arístides, Germánico, Cleóbulo, Polícrates y Temístocles, “de los Golmés de España, carajo”. Como eran nombres difíciles y desconocidos en nuestro Macondo, la gente los identificaba como El Nerón, El Largo, El Bolo, El Pecas y El Jetas, y ellos mismos aceptaron la nomenclatura local renunciando la sonoridad romana de sus nombres. En la ciudad sólo los diferenciaban los policías, porque los Esdrújulos andaban siempre juntos y, como decía el abuelo de Gálvez, porque nadie tuvo tiempo de mimarles mucho tiempo la cara. Pero el tuerto empleado de la librería contaba: “Al señor Polícrates sí le conozco bien y no me he de olvidar. Una noche pasaba por donde estaban farreando y cuando me vio me llamó: Ve, longo, andá a comprarme cigarrillos, dijo. Fui corriendo a la esquina y cuando le entregué los Fullblanco me turbé y le dije Aquí tiene, señor Calígula. Ahí fue cuando de adrede me hundió el ojo con el dedo diciéndome: Polícrates, para otra vez pendejo.”
Eran hijos de un general que fue jefe de montonera liberal. La revolución en el Poder les dejó una hacienda, La Liria, atravesada en cruz por la línea del tren y el río. Había en ella cerca de cuatro mil indios y dos estaciones del ferrocarril. Nadie supo nunca cuál era su extensión exacta y la llamaban simplemente La Provincia. Cuando alguien les preguntaba dónde quedan los linderos, los Golmés decían “donde nos dé la gana”. A la muerte del general estaban en distintos cursos del colegio. Sólo Arístides llegó a bachiller y todos se fueron a vivir en la hacienda. Debe ser aburrido porque se distraían haciendo prácticas de tiro apuntando al sombrero o al borrego de algún peón que pasaba y también se dedicaban a lo que llamaban cacería de indias: las tumbaban en los chaquiñanes o sobre las siembras tirándolas de las trenzas al mismo tiempo que les ponían la zancadilla. “Se asustan al comienzo, dicen que decía Cleóbulo, pero después se quedan quietas rascando el suelo, porque son frígidas estas cojudas.” Pero, para decir la verdad, también cazaban venados y tórtolas. Pasaban el día a caballo, echaban un rápido vistazo a las siembras o a las cosechas, bebían el aguardiente que se destilaba en la misma hacienda, del viernes al lunes y los días de fiesta iban a beber al pueblo. Nerón, el mayor de los cinco, decía en esa época: “El que está demás es El Jetas: si no fuera por él seríamos cuatro para repartirnos en partes iguales La Liria tal como la dividió la naturaleza con el tren y el río. El Jetas, por haber nacido último y porque es medio pendejo.”
Para los indios de la hacienda, Patrón Golmés era uno solo, como Dios, que estaba en todas partes. Tenían que saludar, recibir órdenes y responder con la cabeza baja, y sólo les conocían las fundas de los revólveres, los foetes, los estribos y las botas, y eran todos iguales. Acababan de venir informando cuántos litros dio el ordeño y se encontraban de nuevo en el camino con los mismos estribos, saludaban santiguándose y haciéndose a un lado, se alejaban corriendo y no era díficil que al llegar al huasipungo vieran las misma botas, el mismo látigo (¿por qué le llamarán “acial”?), esperándolos.
“Quién sabe cuánta gente ha muerto ahí, decía el abuelo. En una fiesta de toros de pueblo un indio borracho que corría huyendo de un toro entre otros borrachos, tropezó contra Germánico, tartamudeó pidiendo perdón y siguió corriendo. El Largo lo volteó de un tiro, delante de todos. Una vez, en una cantina, un amigo le preguntó: ¿Y no te persigue por la noche el alma del indio? El Largo dizque se quedó pensando un rato y después preguntó: ¿A cuál de ellos te refieres?”
En su juventud, cuando estaba con tragos y encendía un cigarrillo, Nerón acercaba la llama del fósforo a un tapete, un periódico o una cortina gritando “Arde Roma”, y él mismo ayudaba a apagar el fuego, en medio de sus carcajadas y del atolondramiento general. Después parece que se cansó pero le quedó gustando la expresión, porque cuando comenzó a ser Senador la intercalaba en sus discursos: “Señor Presidente, si no se pone coto a las actividades subversivas de los bolcheviques, aquí va a arder Roma”, o bien, “Honorables senadores, la sagrada tarea que tenemos los Padres de la Patria es impedir que aquí arda Roma”. En el Club afirmaba: “Mientras haya congreso y haya indios, yo he de ser Senador: esos cojudos se reproducen como cuyes.” Y los enviaba a votar, bajo el control de mayordomos y capataces, en camiones, a pie o a mula, a la parroquia que quedaba junto a una de las estaciones del tren. Cada indio llevaba en un bolsillo o apretada entre los dedos la papeleta “Señor Don Arístides Golmés para Senador de la República”, doblada como billete ajeno o estampa del Señor de los Milagros. La papeleta cambió una vez: “Señor Don Temístocles Golmés para Alcalde de la Ciudad.” Cuando ya se hacía el recuento de votos en la ciudad, al día siguiente de las elecciones municipales, Arístides envió un telegrama: AVISEN CUANTOS VOTOS FALTAN PARA MANDARLES. “Yo le hice Alcalde al maricón del Jetas, dijo esa vez, y así le pagué su parte de La Liria para que no nos siga jodiendo con sus divisiones para cinco, que es más difícil.”
Western de pacotilla, sin Hoppalong Cassidy, sin riesgo ni heroísmo, era a la medida del país y, por eso, con muchos muertos. “No son muertos sino cholos” aclaraba El Pecas y hasta se lo dijo al Comisario de Policía, uno dado de justo, recién nombrado el pobre, que no conocía el folklore local y que lo había hecho comparecer por haber empujado con su caballo a un arriero que cayó sobre los rieles del ferrocarril. Pero como Nerón era Senador y El Jetas era Alcalde, el Comisario fue destituido al día siguiente. Los policías harapientos los respetaban como a sus superiores: hacían detener el tránsito ralo hasta que pasaran los Esdrújulos, abandonaban su puesto en el cruce de dos calles para ir a comprarles trago puro o sánduches cuando farreaban en alguna casa cercana. “Traerás hembras también, cholo.” “Pero, ¿cómo? mi señor Cleobulito.” “Aplicando el peso de la autoridad pues, cerdoso.”
En las fiestas de inocentes se disfrazaban de Escapados del Manicomio: se ponían los zapatos cambiados, calzoncillos largos en lugar de pantalón, bacenillas como sombreros, pintadas las caras o con carteas de cartón o alambre, pero eran inconfundibles. Borrachos escogían al azar casas de amigos o de desconocidos, arrancaban el papel de las paredes, derribaban los armarios, revolvían los cajones, quebraban los espejos, hurgaban a las cholas debajo del anaco, orinaban en las ollas de la cocina, derramaban cerveza en las camas, soltaban en la sala gallinas enloquecidas a las que habían metido velas encendidas en el ano, pedían trago y luego se iban cantando a otra casa. Eran diez días de zozobra de Inocentes. La gente respiraba tranquila el 7 de enero, cuando regresaban a la hacienda “a curarse el chuchaque hasta la próxima”.
El Bolo, por ganar una apuesta de dos botellas de aguardiente, subió un Viernes Santo a la torre de la iglesia del pueblo y tocó las campanas muertas. Cuando se reunió en la plaza la poblada, primero temiendo que fuera el fin del mundo y luego escandalizada al saber que sólo era un sacrilegio, Cleóbulo escapó por la sacristía, dio vuelta a la manzana y a pareció por una esquina de la plaza gritando “Por ahí va, por ahí va, síganlen”. “Todavía han de estar buscando” agregaba para concluir su relato. El Pecas se metió una vez en un confesionario y oyó la confesión de su novia “para saber si era virgo”, después de lo cual fijó la fecha de la boda.
Pese a sus desplantes de comecuras todos se casaron por la Iglesia. El primero en hacerlo fue El Jetas. “Yo siempre dije que era pendejo” había comentado Arístides, quien no tardó en seguir su ejemplo. El matrimonio, que se parece a la edad, los fue frenando: por algo decían siempre “la carlanca de mi mujer”. Nerón se quedó con la hacienda y sus hermanos se gastaron en jaranas la fortuna. Polícrates, cuando amanecía sin un centavo en alguna cantina, se hacía llevar a su casa en el camión de la basura. Cleóbulo tuvo un depósito de harinas que atendía su mujer. Germánico, un almacén de cueros que quebró pronto. Temístocles hasta fue pesquisa. Ya no andaban en montonera, pero los cinco mantenían un espíritu tribal y eran respetados, influyentes, católicos. Se establecieron en la ciudad. Arístides repetía: “Lo que es yo, yo vivo con mis votos”, pero como siempre era Senador o Ministro o Gobernador o Jefe Supremo del Partido Liberal, le quedaba poco tiempo para ir a la hacienda. El dueño de la librería decía: “Para él, cada indio es un cero: no vale nada pero le aumenta la cuenta en el Banco y los votos en las elecciones.” Claro que no le hacían mucho casom, porque no era más que un comunista envidioso.
En esa época ya sólo los chicos les teníamos miedo a los Golmés y los mirábamos de lejos no más, recordando lo que habíamos oído. A quienes conocimos bien fue a sus hijos, que estaban en la escuela con nosotros: reposados y tontos, parecían hechos por un semen envejecido o fatigado. Algunos han llegado inclusive a trabajar. Fabián, el Cretino, era hijo de Arístides. Arístides sigue siendo Senador o Gobernador de cuando en cuando.
Fuente: Adoum, J. E. (1976), Entre Marx y una mujer desnuda, Siglo Veintiuno, México, D.F.

Pobre mi madre querida

Por Eduardo Galeano
A fines de los años sesenta, el poeta Jorge Enrique Adoum regresó al Ecuador, después de mucha ausencia. No bien llegó, cumplió con el ritual obligatorio de la ciudad de Quito: se fue al estadio, a ver jugar al equipo del Aucas. Era un partido importante, y el estadio estaba repleto.
Antes del comienzo, se hizo un minuto de silencio por la madre del árbitro, muerta en la víspera. Todos se pusieron en pie, todos callaron. Acto seguido, un dirigente pronunció un discurso destacando la actitud del deportista ejemplar que iba a arbitrar el partido, cumpliendo con su deber en las más tristes circunstancias. Al centro de la cancha, cabizbajo, el hombre de negro recibió el cerrado aplauso del público. Adoum pestañeó, se pellizcó un brazo: no podía creer. ¿En qué país estaba? Mucho habían cambiado las cosas. Antes, la gente sólo se ocupaba del árbitro para gritarle hijo de puta.
Y empezó el partido. A los quince minutos, estalló el estadio: gol del Aucas. Pero el árbitro anuló el gol, por fuera de juego, y de inmediato la multitud recordó a la difunta autora de sus días:
-¡Huérfano de puta! -rugieron las tribunas.
Fuente: Galeano, E. (1995), El fútbol a sol y sombra, Siglo Veintiuno, México, D.F.

Un nuevo mundo

Por Subcomandante Marcos
La transformación de una realidad no es tarea de un solo actor, por más fuerte, inteligente, creativo y visionario que sea. Ni solos los actores políticos y sociales, ni solos los intelectuales pueden llevar a buen término esa transformación. Es un trabajo colectivo. Y no sólo en el accionar, también en los análisis de esa realidad, y en las decisiones sobre los rumbos y énfasis del movimiento de transformación.
Cuentan que Miguel Ángel Buonarroti realizó su “David” con serias limitaciones materiales. El pedazo de mármol sobre el que trabajó Miguel Ángel era uno que ya había sido empezado a trabajar por alguien más y tenía ya perforaciones, el talento del escultor consistió en hacer una figura que se ajustara a esos límites infranqueables y tan restringidos, de ahí la postura, la inclinación, de la pieza final. …
De la misma forma, el mundo que queremos transformar ya ha sido trabajado antes por la historia y tiene muchas horadaciones. Debemos encontrar el talento necesario para, con esos límites, transformarlo y hacer una figura simple y sencilla: un nuevo mundo.
Vale de nuez. Salud y no olvidéis que la idea es también un cincel.
Desde las montañas del Sureste Mexicano
Subcomandante Insurgente Marcos
México, abril del 2000
P.D. ¿Alguien tiene un martillo a la mano?
Fuente: Marcos, S. (2001), Marcos la dignidad rebelde, Cybermonde, Valencia.

9/1/08

Prohibido fijar carteles

Por Jorge Enrique Adoum
Despiertas casi cadáver cuando el reloj lo ordena,
el día no te espera, hay tanto capataz que mide
el milímetro del centavo que se atrasa por ti,
bebes el café que te quedó de ayer y sales
consuetudinario PROHIBIDIO CURVAR A LA IZQUIERDA
y casi PROHIBIDIO PISAR EL CÉSPED pisas el césped
porque ibas a caerte, luego avanzas, ciudadano
y durable, PROHIBIDO CRUZAR sin saber para qué lado
ir ni para qué PROHIBIDO ESTACIONARSE porque no puedes
parar la maquinaria infatigable con tu dedo
sólo porque te entró una astilla en el alma,
OBEDEZCA AL POLICÍA así es más fácil, saluda,
di que sí, que bueno PROHIBIDO HABLAR CON EL CONDUCTOR
y quitándole dócilmente el sombrero estupefacto
PÓNGASE EN LA COLA anuncia tu hereje necesidad
de trabajar en lo que fuese NO HAY VACANTES,
tal vez el año próximo por la tarde, pero no te dejan
dejar para mañana lo que puedes morir hoy
y aguantas y volverás cuanto te llamen PROHIBIDO
USAR EL ASCENSOR PARA BAJAR con tus piernas, para eso
las tienes gratis desde el último accidente
NO SE ACEPTAN RECLAMOS para que vayas de guerra
en guerra con tu himno nacional SONRÍA, tu banderita,
la patria a la que le debes tanto, como todos,
pero ten cuidado, imbécil: por ir pensando en tu metafísica
descocida ibas a entrar en el parque público
PROHIBIDA LA ENTRADA, zona estratégica, tú, negro
humano, perro cívico, civil, SILENCIO, y tú sabes
que no debes PROHIBIDO PORTAR ARMAS, eso también
se sabe y tampoco los proyectos de amor, los aromas
futuros, no suena todavía la sirena de las seis
PROHIBIDAS LAS HUELGAS que es cuando puedes pensar
LEA SELECCIONES TOME COCA-COLA PROHIBIDO ESCUPIR
hombre libre de este país libre del mundo libre,
y acatas las yuntas formidables de los diarios
y agradeces: otros piensan por ti y les cuesta
para que sigas libre, no te llames PROHIBIDO
USAR EL TELÉFONO sólo para tener quién pregunte
por ti PROHIBIDAS LAS VISITAS EN LAS HABITACIONES
vayan a creer que estás enfermo, PROHIBIDO FORMAS GRUPOS,
porque tú, individuo, aislado, alicaído, con el vientre
pegado al paladar que te sabe a medalla, eres inofensivo;
mejor apágate la luz, deja para algún día los rencores,
ponte en toque de queda, métete en ti, prolóngate
durmiendo para que vuelvas a amanecer, heroico
de puro testarudo, a leer las nuevas instrucciones
para hoy como un estado de sitio: prohibido tener
libros de Marx y otros libros, prohibido llevar los cabellos
como te dé la gana, prohibido ir a China, prohibido
besarse en los parques, prohibido tener fotografías
del Che, nombrar al Che, leer al Che y otros autores,
prohibidas las faldas cortas, las películas suecas,
las canciones de Bob Dylan, los dibujes de Siné,
prohibido hablar mal del gobierno, prohibida
la información sobre los grupos subversivos, prohibidas
todas las manifestaciones, queda prohibida la lucha
de clases ha dicho el Presidente, y sigues, aguantón
y cobarde, sólo porque el instinto, él también,
quién lo creyera, te colgó su letrero: SE PROHÍBE MORIR.
Fuente: La cita procede de Grandes poetas de los 50, La Oveja Negra, Bogotá.

El EZLN

Por Subcomandante Marcos
En su furor hegemónico, la mundialización se apodera de elementos culturales y pretende homogeneizar el planeta en su conjunto, con toda la seducción de que es capaz, el American Way of Life, el modelo de vida de Estados Unidos, que es el que se presta mejor. Haciendo esto, el objetivo que se busca es el de cambiar los criterios para valorar una sociedad. ¿Qué valoraba hasta ahora una sociedad, una civilización? ¿Cuáles eran sus criterios de belleza, de creación, se sabiduría, de ética, de justicia, de moral, de honestidad…? Pues bien, a partir de ahora los valores del mercado –la rentabilidad, el beneficio, la eficacia– se imponen por todas partes y reemplazan a los demás. Presiden las decisiones de los gobiernos, rigen el funcionamiento de las familias, se imponen en la escuela, reinan en los medios de comunicación. No se admite que un individuo ocupe un lugar en la sociedad si no es apto para producir y para comprar.
Aunque los indígenas sean los más olvidados y los más pobres de entre los pobres, el EZLN se levantó en armas para reclamar la democracia, la libertad y la justicia para todos los mexicanos, y no sólo para los indígenas. No queremos ser independientes de México, queremos ser indios mexicanos. El EZLN se organizó como un ejército y respeta todas las disposiciones internacionales para ser reconocido como tal. Siempre hemos respetado las convenciones internacionales y las leyes de la guerra. Hemos declarado formalmente las hostilidades, llevamos uniformes, grados e insignias identificables y respetamos a la población civil y a los organismos neutrales. El EZLN posee armas, está dotado de una jerarquía y de una disciplina militares, pero no practica el terrorismo ni cometió nunca ningún atentado. El EZLN lucha para que ya no sea necesario ser clandestino ni ir armado para pedir democracia, justicia y libertad. Por eso decimos que luchamos para desaparecer. Creemos que quien conquista el poder por las armas no debiera gobernar nunca, puesto que se arriesga a gobernar por las armas y por la fuerza. Quien recurre a las armas para imponer sus ideas es porque tiene ideas realmente muy pobres.
Nos definimos como un movimiento rebelde que exige cambios sociales. El término “revolucionario” no es apropiado, porque todo dirigente o movimiento revolucionario tiende a querer convertirse en dirigente o actor político. Mientras que un rebelde social nunca deja de ser un rebelde social. Un revolucionario siempre quiere transformar las cosas desde arriba, mientras que el rebelde social quiere cambiarlas desde abajo. El revolucionario piensa: tomo el poder, y desde arriba transformo el mundo. El rebelde social se comporta de otra manera. Organiza a las masas y desde abajo, poco a poco, transforma las cosas sin plantearse el problema de la toma del poder.
El EZLN es un movimiento insurreccional sin una ideología estrictamente definida. No responde a ninguno de los espacios políticos clásicos: el marxismo-leninismo, social-comunista, castrista, guevarismo, etc. Creemos que los movimientos revolucionarios, cuanto más revolucionarios sean, más arbitrarios son en el fondo. Lo que debe hacer un movimiento armado es plantear un problema –falta de libertad, imperfección democrática, desaparición de la justicia– y acto seguido desaparecer. Como estamos intentando hacer actualmente.
Nuestro objetivo, lo decimos a menudo, no es conquistar el poder. Sabemos que el lugar del poder está vacío a partir de ahora. Y que la lucha por el poder es una lucha por la mentira. Lo que hay que hacer en la época de la mundialización es construir una nueva relación entre el poder y los ciudadanos. Si se firma la paz, el EZLN dejará de hacer política como hasta ahora. Haremos política de otro modo, sin pasamontañas, sin armas pero al servicio de los mismos ideales. Porque hemos aprendido que somos una especie de espejo y que reflejamos, a nuestra manera, otros movimientos de resistencia en todo el mundo. Por eso nos sentimos solidarios con otras luchas. Como, por ejemplo, la de los homosexuales y lesbianas, que han sufrido todo tipo de persecución y de discriminación. O la de los emigrantes, contra los cuales se edifican dispositivos racistas por todos lados. Quieren que las personas renieguen de sus particularidades, el color de su piel, su origen o el país donde nacieron. Quieren hacerles sentir que haber nacido así, con ese color o en ese sitio es un crimen. Y que deben ser castigados por eso.
Fuente: Marcos, S. (2001), Marcos la dignidad rebelde, Cybermonde, Valencia.

4/1/08

Pinochet, que niño tierno

Por Ramiro Díez
Mi tío, nacido en los albores del año 1900, fue un militante de izquierda durante las primeras décadas de aquel siglo, y seguro que hubiese seguido creando sindicatos y perdiendo trabajos, y recibiendo palizas de la policía, y pagando prisión por días y meses, si no lo hubiera derrotado un matrimonio con diez hijos pobres y toda una familia alrededor que lo miraba como a un proscrito.
El tío Manuel, así se llamaba, al final se convirtió en un animal doméstico, lleno de silencios y pequeñas e inofensivas manías, pero supo conservar, a pesar de los años, cierta altivez de pensamiento y algunos recuerdos monumentales.
Algunos de esos recuerdos estaban más o menos claros porque a lo mejor eran de reciente invención aunque otros, sin duda, ya estaban mordisqueados por el tiempo. Pero entre ellos había uno respaldado por el testimonio incuestionable de una foto en blanco y negro. Ese era el mejor.
Era una foto guardada en un escaparate, nunca enseñada a nadie, salvo a algunos privilegiados, y la mantenía en secreto “para que no la dañe la luz”, decía, aunque el motivo podía ser una mezcla inconfesable de rabia y de vergüenza.
Allí tras el cristal, detenidos en el tiempo por ese golpe mágico del flash y por la rapidez del obturador, había un grupo de hombres jóvenes que, por la moda, parecían mayores. Abundaban los bigotes y barbas al estilo bolchevique, y algunos sombreros y trajes oscuros adornaban a aquellos personajes con los puños en alto.
Había dos detalles especiales en aquella foto descolorida donde casi todos ya estaban muertos: un niño de gesto díscolo, de alrededor de diez años, con lentes oscuros que le daban a su rostro una apariencia inescrutable. Y, además, un autógrafo casi ilegible en el cual se adivinaban dos palabras: “Camarada” y “Pinochet”.
Parece, o mejor, resulta increíble, pero el padre de Augusto Pinochet era un aguerrido militante de izquierda que recorrió algunos países de Sudamérica, llevando su mensaje mesiánico. También llevaba como acompañante a su pequeño hijo, al tierno Augustito, en quien depositaba sus mayores esperanzas revolucionarias.
El tío Manuel, ya muy viejo, recordaba a “Pinochet, el noble y abnegado camarada chileno, un hombre que hizo un viaje desde el sur del continente, parando en cada pueblo, durmiendo en cualquier parte, comiendo aquello que le daban, dictando conferencias, llenándonos de esperanzas y de alegría por la lucha de un mundo más digno. El camarada Pinochet era un hombre de virtudes superiores y recuerdo que nos visitó con su hijo, Augustito… es este, el de gafas oscuras”.
Oscuras eran las intenciones y oscuras también las gafas con las que aquel niño apareció muchos años después, el 11 de septiembre de 1973, bombardeando El Palacio de La Moneda para recordarles a los socialistas de Chile y del resto del mundo que los votos no eran el camino. Ese niño hizo historia, y no precisamente por servir a la causa que su padre defendiera y le inculcara con tanta esperanza y vocación.
Mi tío tenía un recuerdo de aquel niño, de Augustito, la noche de la despedida, cuando los visitantes sureños pretendían continuar rumbo al norte, a Centroamérica: “Les preparamos una cena discreta, pero con mucho calor humano. Guitarreamos y hasta hubo alguna cueca bailada. Al niño le di un pequeño cofre de madera que yo mismo había hecho, adornado con los colores de la bandera chilena, y adentro le puse algunas monedas para sus golosinas. Entonces quise darle un abrazo de despedida, y ese niño me escupió la cara”.
El tío Manuel era un santo que no hizo milagros por exceso de modestia, o quizá porque nunca se imaginó capaz de ellos. Antes de morir me confesó su único pecado en toda la vida: “Hubiera querido matar a ese tal Augustito”.
Tal vez alguno no le perdone a mi tío tanta bondad.
Fuente: Díez, R. (2004), Páginas con Cierto Sentido, Impresores MYL, Quito.

2/1/08

Yolandita

Por Fernando Nieto Cadena
Yolanda
Como su nombre lo indica era Yolandita de mi vida no me desampares ni de noche ni de día
desniñadora de adolescentes
su madre le decía de dónde venís gran puta todita despeinada qué venís haciendo longa revoltosa
Era una exageración casi siempre
las cosas ella las hacía en su propio cuarto cuando mamá se vaya te vienes luchito
que se sepa nunca hizo las cosas porquerías decía su hermana afuera
Porquerías decía su hermana menor aunque más tarde también le entró el gusto
era un par a todo dar y conste que aún no había el gánese a las dos
Yolanda era cosa seria en la cama
le gustaba hacerlo todo como se dice todo todo todo
no se andaba por las ramas iba directo al mamey
alguno salía asustado porque al ir al baño ella entraba con él
debe anotarse que el baño era colectivo
Jesús que guambra tan loca que no se entere la comadrita madre santa
se murmuraba ferviente valerosa alegre empecinadamente
el hermano mayor como que se daba cuenta y que no pero tranquilo el muerto
nunca dijo nada al César lo que es del César
Según se cree todo empezó por aquello de la reina de la parranda
se lo tomó en serio y claro se dedicó a la cumba horizontal
disfrutó de sus proverbiales 17 años bien movidos
después vino el trabajo las salidas con el hijo del dueño
de la fábrica
como una fotonovela cualquiera
terminaron casándose tienen hijos disfrutan de una vida tranquila
Fuente: La cita procede de Cinco poetas de los 70, La Oveja Negra, Bogotá.

1/1/08

En busca de Dios

Por Fernando Cazón Vera
Cuando yo llegué al mundo no tenía Dios.
Después mi madre me prestó uno
que en el primer pecado se gastó.
Y he allí que estuve solo como millares de hombres.

Pero tenía que hacerme un Dios.
Al comienzo no sabía con qué materia fabricarlo.
Los brujos habían usado escobas,
los sacerdotes habían usado piedras,
y los salvajes, más prácticos, habían usado simplemente animales.

Cristo se había usado a sí mismo,
pero muchos hombres aprovecharon para creer en el Dios que su cuerpo llevaba,
hasta que uno -¡siempre hay uno!- lo vendió a los creyentes de otros dioses más plácidos.

Todos los materiales, todas las bestias,
y hasta el hombre mismo
alguna vez habían sido dioses.

Dónde encontrar entonces sustancia para fabricarme un Dios.
¿Acaso en la palabra?
Pero el verbo había sido usado por miles de profetas
de los miles de dioses,
que se hizo Dios cuando estuvo en la boca del que nada creía.

Cuando yo llegué al mundo no tenía Dios.
Ahora tampoco…
Fuente: La cita procede de Grandes poetas de los 50, La Oveja Negra, Bogotá.