13/2/26

La libertad y los cigarrillos

Por Peter Singer

Las discusiones sobre hasta dónde puede llegar el Estado para favorecer la salud de su población suelen empezar con un principio de John Stuart Mill, según el cual la capacidad coercitiva del Estado debe limitarse a acciones que impidan hacer daño a otros. En la actualidad, Mill podría aceptar requisitos de avisos sanitarios en los paquetes [de cigarrillos], incluso ilustraciones gráficas de pulmones enfermos, si esto ayudara a las personas a tener clara la decisión que están tomando; pero rechazaría cualquier prohibición.

En todo caso, la defensa de Mill de la libertad individual presupone que los individuos son los mejores jueces y guardianes de sus intereses, idea que hoy día raya en el candor. La creación de las técnicas publicitarias modernas indica una diferencia importante entre la época de Mill y la nuestra. Las empresas han aprendido a vender productos dañinos recurriendo a nuestros inconscientes deseos de estatus, atractivo y aceptación social. Como consecuencia de ello, nos sentimos atraídos por un producto sin saber muy bien por qué. Y los fabricantes de cigarrillos han aprendido a manipular las propiedades de su mercancía para elevar al máximo su condición adictiva.

Las imágenes gráficas del daño provocado por el tabaco pueden contrarrestar el poder de estas apelaciones al subconsciente y, de este modo, facilitar una decisión más reflexiva y ayudar a la gente a atenerse a la resolución de dejar de fumar. Por tanto, en vez de rechazar estas leyes con el argumento de que restringen la libertad, deberíamos apoyarlas por su utilidad para igualar las condiciones entre los individuos y las grandes empresas que no tienen intención alguna de basarse en nuestra capacidad para razonar y reflexionar. La exigencia de que los cigarrillos se vendan en paquetes simples con advertencias sanitarias e imágenes gráficas equivale a legislar sobre igualdad de oportunidades para el ser racional que llevamos dentro.

Singer, P. (2016), Ética para el mundo real, Antoni Bosch, Barcelona.

6/2/26

El derecho al saqueo

Por Eduardo Galeano

En el año 2003, Samir, un veterano periodista de Irak, estaba visitando algunos museos de Europa.

Museo tras museo, encontraba maravillas escritas en Babilonia, héroes y dioses tallados en las colinas de Nínive, leones que habían volado desde Asiria...

Alguien se acercó, le ofreció ayuda:

¿Llamo a un médico?

Samir, agachado, tenía la cara estrujada entre las manos.

Tragándose las lágrimas, balbuceó:

No, por favor. Estoy bien.

Y después, explicó:

Simplemente me duele ver cuánto han robado y cuánto robarán.

Dos meses después, las tropas norteamericanas lanzaron su invasión. El Museo Nacional de Bagdad fue desvalijado. Se perdieron ciento setenta mil obras.

Fuente: Galeano, E. (2016), El cazador de historias, Siglo XXI, Ciudad de México.

30/1/26

Alexandra Kollontai

Por Eduardo Galeano

 

Imagen tomada de https://shorturl.at/SDNhA

Para que el amor sea natural y limpio, como el agua que bebemos, ha de ser libre y compartido; pero el macho exige obediencia y niega placer. Sin una nueva moral, sin un cambio radical en la vida cotidiana, no habrá emancipación plena. Si la revolución social no miente, debe abolir, en la ley y en las costumbres, el derecho de propiedad del hombre sobre la mujer y las rígidas normas enemigas de la diversidad de la vida.

Palabra más, palabra menos, esto exigía Alexandra Kollontai, la única mujer con rango de ministro en el gobierno de Lenin.

Gracias a ella, la homosexualidad y el aborto dejaron de ser crímenes, el matrimonio ya no fue una condena a pena perpetua, las mujeres tuvieron derecho al voto y a la igualdad de salarios, y hubo guarderías infantiles gratuitas, comedores comunales y lavanderías colectivas.

Años después, cuando Stalin decapitó la revolución, Alexandra consiguió conservar la cabeza. Pero dejó de ser Alexandra.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

23/1/26

No me salven, por favor

Por Eduardo Galeano

Abril

25

En estos días de 1951, Mohamad Mossadegh fue elegido primer ministro de Irán, por abrumadora mayoría de votos.

Mossadegh había prometido que devolvería a Irán el petróleo que había sido regalado al imperio británico, y puso manos a la obra.

Pero la nacionalización del petróleo podía generar un caos propicio a la penetración comunista. Entonces el presidente Eisenhower dio la orden de ataque y los Estados Unidos salvaron a Irán: en 1953, un golpe de Estado envió a Mossadegh a la cárcel, mandó al cementerio a muchos de sus seguidores y otorgó a las empresas norteamericanas el cuarenta por ciento del petróleo que Mossadegh había nacionalizado.

Al año siguiente, muy lejos de Irán, el presidente Eisenhower dio otra orden de ataque y los Estados Unidos salvaron a Guatemala. Un golpe de Estado derribó el gobierno de Jacobo Arbenz, democráticamente electo, porque había expropiado las tierras no cultivadas de la United Fruit Company y estaba generando un caos propicio a la penetración comunista.

Guatemala sigue pagando ese favor.

Fuente: Galeano, E. (2012), Los hijos de los días, Siglo Veintiuno, Buenos Aires. 

16/1/26

Objetos perdidos

Por Eduardo Galeano

El siglo veinte, que nació anunciando paz y justicia, murió bañado en sangre y dejó un mundo mucho más injusto que el que había encontrado.

El siglo veintiuno, que también nació anunciando paz y justicia, está siguiendo los pasos del siglo anterior.

Allá en mi infancia, yo estaba convencido de que a la luna iba a parar todo lo que en la tierra se perdía.

Sin embargo, los astronautas no han encontrado sueños peligrosos, ni promesas traicionadas, ni esperanzas rotas.

Si no están en la luna, ¿dónde están?

¿Será que en la tierra no se perdieron?

¿Será que en la tierra se escondieron?

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

9/1/26

Mau-mau

Por Eduardo Galeano

En los años cincuenta el terror era negro, se llamaba Mau-mau y acechaba en las negruras de la selva de Kenia.

La opinión pública mundial creía que los Mau-mau danzaban degollando ingleses, los hacían picadillo y en satánicas ceremonias bebían su sangre.

En 1964, el jefe de estos salvajes, Jomo Kenyatta, recién salido de la cárcel, fue el primer presidente de su país libre.

Después, se supo: en los años de la guerra de la independencia, menos de doscientos británicos habían caído, sumando militares y civiles. Los nativos ahorcados, fusilados o muertos en los campos de concentración sumaban quinientas veces más.

Fuente: Galeano, E. (2008), Espejos, Siglo XXI, Buenos Aires.

2/1/26

El maestro

Por Eduardo Galeano

Los alumnos del sexto grado, en una escuela de Montevideo, habían organizado un concurso de novelas.

Todos participaron.

Los jurados éramos tres. El maestro Oscar, puños raídos, sueldo de fakir, más una alumna, representante de los autores, y yo.

En la ceremonia de premiación, se prohibió la entrada de los padres y demás adultos. Los jurados dimos lectura al acta, que destacaba los méritos de cada uno de los trabajos. El concurso fue ganado por todos, y para cada premiado hubo una ovación, una lluvia de serpentinas y una medallita donada por el joyero del barrio.

Después, el maestro Oscar me dijo:

Nos sentimos tan unidos, que me dan ganas de dejarlos a todos repetidores.

Y una de las alumnas, que había venido a la capital desde un pueblo perdido en el campo, se quedó charlando conmigo. Me dijo que ella, antes, no hablaba ni una palabra, y riendo me explicó que el problema era que ahora no se podía callar. Y me dijo que ella quería al maestro, lo quería muuuuuuuucho, porque él le había enseñado a perder el miedo de equivocarse.

Fuente: Galeano, E. (2004), Bocas del tiempo, Siglo XXI, México, D.F.