12/9/08

Bichos en el cerebro

Por Robert Sapolsky

Al igual que la mayoría de los científicos, de vez en cuando asisto a reuniones de mi profesión. La reunión anual de la Sociedad para las Neurociencias conjunta a unos 28,000 investigadores, 14,000 ponencias y sus respectivos carteles. En medio de toda esta abrumadora cantidad de información, está latente la convicción de que, no obstante que la mayoría de nosotros “trabaja como negro” en el tema, aún estamos “en pañales” en cuanto a los que sabemos del funcionamiento del cerebro.

Intimidado por tanta información e invadido por una sensación generalizada de ignorancia tenía el ánimo de lo más bajo. Lo que motivó mis desmoralizantes reflexiones fue una reciente y extraordinaria ponencia sobre la manera en que ciertos parásitos controlan el cerebro de su huésped.

La mayoría sabemos que los virus, bacterias y protozoarios disponen de sorprendentes y sofisticadas maneras de utilizar el cuerpo de los animales para su provecho. Se apropian de nuestras células, energía y estilo de vida para prosperar ellos mismos, e incluso han llegado a desarrollar la habilidad de modificar la conducta de su huésped para sus propios fines. Ejemplos comunes de ello son los ectoparásitos, microorganismos que colonizan la superficie de su huésped. Por ejemplo, ciertos ácaros se adhieren a la espalda de las hormigas y, al perforar su cabeza, producen un reflejo que las hace vomitar alimentos que el ácaro se come. Algunos oxiuros depositan sus huevecillos en la piel de los roedores. Los huevecillos secretan una sustancia que provoca comezón; cuando el roedor se rasca con los dientes ingiere los huevos que, una vez dentro de él, se incuban plácidamente.

Los intrusos molestan a su huésped con el fin de provocar cambios en su conducta que les sean favorables. Pero algunos parásitos incluso alteran la función del sistema nerviosos mismo. A veces lo logran de forma indirecta mediante la manipulación de las hormonas que influyen en él. En Australia hay percebes (Sacculina granifera, una variedad de crustáceo) que se adhieren a los cangrejos machos y secretan una hormona feminizante que induce en éstos una conducta maternal. Actuando como zombi, el cangrejo cava agujeros en la arena para los huevos. Por supuesto, el cangrejo no los depositará, pero sí el percebes. Si éste infecta a un cangrejo hembra, induce la misma conducta maternal después de atrofiar sus ovarios, práctica conocida como castración parasitaria.

Por raros que parezcan estos casos, al menos en ellos los organismos permanecen fuera del cerebro. Pero hay casos en que los parásitos se las arreglan para penetrar el cerebro. Son microscópicos, en su mayoría virus, y no gigantescas criaturas como los ácaros, oxiuros y percebes. Una vez dentro del cerebro, estos diminutos parásitos están relativamente a salvo de los ataques inmunológicos y pueden concentrar sus esfuerzos en distraer la maquinaria neurológica para su provecho.

El virus de la rabia es uno de estos parásitos. Si bien desde hace siglos se conocen las reacciones que produce, nadie –hasta donde yo sé– las ha abordado desde el punto de vista neurobiológico, justo lo que me propongo hacer. Son muchos los mecanismos que el virus podría utilizar para pasar de un huésped a otro. Para ello no necesita llegar al cerebro. Podría haber recurrido a un truco similar al de los agentes que provocan el catarro, es decir, irritar las terminaciones nerviosas de la cavidad nasal para provocar estornudos que dispersen réplicas virales por todas partes. De esta manera, el virus puede trasladarse fácilmente del huésped a la persona que está sentada delante en el cine. O bien, el virus podría inducir un deseo insaciable de lamer a una persona o a un animal, con lo que lograría que la transmisión fuera a través de la saliva. Pero no: como todos sabemos, lo que hace es volver agresivo a su huésped, lo que le permite pasar a otro organismo a través de la saliva que penetra en las heridas.

Muchos neurobiólogos están dedicados a estudiar las bases neuronales de la agresión: los mecanismos cerebrales y neurotransmisores involucrados, las interacciones entre los genes y el ambiente, la modulación hormonal, etcétera. La agresión ha sido el tema central de conferencias, tesis doctorales, quisquillosas riñas académicas, desagradables disputas de autoría y demás. Sin embargo, aunque el virus de la rabia siempre ha “sabido” qué neuronas debe infectar para que alguien se vuelva rabioso, hasta donde sé, ningún neurólogo se ha dedicado específicamente a estudiar la rabia para conocer la neurobiología de la agresión.

Por extraordinarios que nos parezcan los efectos virales descritos, pueden serlo aún más gracias a la inespecificidad del parásito. Suponga que usted es un animal rabioso y muerde a alguna criatura en la cual el virus de la rabia no se reproduce bien, como los conejos. Por muy notables que fueran los efectos conductuales causados por la infección en el cerebro, si el impacto del parásito se diversificara demasiado, esté podría ir a dar a un huésped que no le ofreciera ninguna oportunidad.

Esto nos lleva a un caso de control cerebral maravillosamente específico y al tema de la ponencia de Manuel Berdoy y sus colegas de la Universidad de Oxford. Berdoy y sus compañeros estudiaron un parásito denominado Toxoplasma gondii. En una utopía toxoplásmica, la vida consiste en una secuencia de dos huéspedes: roedores y gatos. El roedor ingiere al protozoario y éste provoca que aparezcan quistes en todo su cuerpo, especialmente en el cerebro. El gato se come al roedor, después de lo cual, el toxoplasma se reproduce en su cuerpo. Los parásitos desarrollados se albergan en las heces fecales del gato, las cuales son mordisqueadas por los roedores y el ciclo vital del intruso inicia nuevamente. Esta trama gira en torno a la especificidad: los gatos son la única especie en la que el toxoplasma se puede reproducir y esparcir. Al toxoplasma no le convendría que a su roedor huésped lo devorara un halcón, o que las heces del gato fuesen ingeridas por un escarabajo pelotero. De hecho, este parásito puede infectar todo tipo de especies, y para reproducirse, lo único que necesita es ir a dar a un gato.

Debido al potencial del toxoplasma para infectar a otras especies, en los libros sobre qué hacer durante el embarazo se recomienda evitar tener gatos y su caja de arena dentro de la casa, y que las embarazadas eviten trabajar en el jardín si hay gatos alrededor. Si el toxoplasma que se encuentra en las heces de un gato logra trasladarse a una mujer embarazada, también puede introducirse en el feto y causarle daño cerebral. Las mujeres embarazadas que están bien informadas se ponen inquietas ante la presencia de gatos, pero los roedores infectados de toxoplasma reaccionan de manera contraria. El extraordinario truco de este parásito consiste en lograr que los roedores dejen de ponerse inquietos.

Todos los buenos roedores evitan a los gatos, una conducta que los etólogos denominan patrón de reacción fijo; el roedor no genera una aversión por ensayo y error (no tienen muchas oportunidades para aprender de sus errores con los gatos). Los roedores llevan en las entrañas la fobia a los felinos y la advertencia les llega por el olfato mediante las feromonas, señales químicas odoríficas que producen los animales. Instintivamente, los roedores huyen ante el olor a gato, incluso aquéllos que nunca han visto un gato en toda su vida, como los descendientes de cientos de generaciones de animales de laboratorio. La excepción de lo anterior son los que están infectados con toxoplasma. Berdoy y su equipo han demostrado que estos roedores pierden selectivamente su aversión y temor ante las feromonas de los gatos.

Ahora bien, el anterior no es un caso general de un parásito que se mete en la cabeza de un huésped intermedio, lo atolondra y lo vuelve vulnerable. En los roedores todo lo demás queda intacto. El comportamiento social del animal no se modifica; sigue interesado en aparearse y, por lo mismo, en los feromonas del sexo opuesto. Los roedores infectados pueden distinguir otros olores; simplemente no rehúyen los de feromonas de gato. Esto es como para dejarnos sin habla; es como si un parásito infectara el cerebro de alguien, sin que ello afectara sus pensamientos, emociones, calificaciones y preferencias de programas de televisión, pero para completar su siclo vital, produjera en su huésped un impulso irresistible de ir al zoológico, trepar una valla y tratar de dar un beso apasionado al oso polar con pinta de ser el más enojón de todos. Citando el título del artículo del equipo de Berdoy, se trata realmente de una atracción fatal inducida por un parásito.

Es obvio que todavía falta mucho por investigar. Y menciono esto no sólo porque así suelen concluir los artículos científicos, sino porque este descubrimiento es algo extraordinario que alguien tiene que estudiar cabalmente. Y también porque –permítanme asumir una actitud de Stephen Jay Gould– nos aporta más pruebas de que la evolución es algo asombroso. Muchos de nosotros sostenemos la idea profundamente arraigada de que la evolución lleva un rumbo y es progresiva: los invertebrados son más primitivos que los vertebrados, los mamíferos son los vertebrados más evolucionados, los primates son genéticamente lo más selecto de los mamíferos, etcétera. Algunos de mis mejores estudiantes constantemente se tragan todas estas ideas, no obstante todo lo que les reitero en mis conferencias. Si uno adopta gustosamente esta idea, no sólo estará equivocado, sino tampoco muy lejos de una filosofía que considera que la evolución de los humanos ha seguido una dirección, siendo los más evolucionados los europeos del norte que gusta de las chuletas y de marchar a paso de ganso.

Recuerden, existen criaturas capaces de controlar nuestro cerebro. Organismos microscópicos y otros mayores, con más poder que el Gran Hermano y, desde luego, que los neurólogos. Mi reflexión sobre un charco de la acera me llevó a una conclusión opuesta a lo que Narciso pensaba mientras contemplaba su reflejo. Tenemos que ser humildes desde el punto de vista filogenético. Sin lugar a dudas no somos la más evolucionada de las especies, ni la menos vulnerable y tampoco la más inteligente.

Fuente: Sapolsky, R. (2003), “Bichos en el cerebro”, Scientific American México (mayo), pp. 68-71.

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