13/8/08

Y nosotros, ¿por qué no?

Por Noam Chomsky

Estados Unidos cuenta con la fuerza, y se alía con los militares -“el menos antiamericano de todos los grupos políticos latinoamericanos”, como los planificadores de Kennedy los presentaron-, así que se puede confiar en ellos para aplastar a cualesquiera grupos indígenas que se salgan de la línea.

Estados Unidos había estado dispuesto a tolerar alguna reforma social -como en Costa Rica, por ejemplo- sólo cuando los derechos del trabajo se suprimiesen y el clima para las inversiones extranjeras se preservase. Puesto que el gobierno de Costa Rica ha respetado siempre estos dos imperativos decisivos, se le permitió jugar con esas reformas.



Los gobiernos parlamentarios son sostenidos o derrumbados con el apoyo de Estados Unidos y a veces con la intervención directa, en Irán en 1953, en Guatemala en 1954 (y en 1963 cuando Kennedy apoyó un golpe militar para obstaculizar la amenaza del regreso a la democracia), en República Dominicana en 1963 y 1965, en Brasil en 1964, en Chile en 1973 y con frecuencia en otras partes. Nuestra política ha sido en general la misma en El Salvador y en otros lugares del globo.



Mientras más pobre y más débil es un país, más peligroso es como ejemplo. Si un diminuto país pobre como Granada puede tener éxito en realizar una vida mejor para su pueblo, algún otro lugar que tiene más recursos se preguntará, “y nosotros, ¿por qué no?”



Durante el gobierno de Kennedy, la misión de los militares latinoamericanos dominados por Estados Unidos cambió de “defensa del hemisferio” a “seguridad interna” (que básicamente significa guerra contra su propio pueblo).



(Pienso, hablando legalmente, que hay una razón muy sólida para enjuiciar a todo presidente norteamericano desde la segunda guerra mundial. Todos han sido francos criminales o han estado involucrados en serios crímenes de guerra.)



A cambio de sus préstamos, el FMI impone la “liberalización”: una economía abierta a la penetración y controles extranjeros, recortes agudos en los servicios a la población en general, etc. Estas medidas afirman aún más el poder en las manos de las clases opulentas y de los inversionistas extranjeros (“estabilidad”) y refuerzas las sociedades de dos niveles clásicos del Tercer Mundo –los superricos (y una clase relativamente cómoda profesional que los sirve) y una masa enorme de gente empobrecida, sufridora.



Según la inteligencia norteamericana, la Unión Soviética metió cerca de 80 mil millones de dólares en Europa Oriental en los años setenta. La situación fue muy diferente en Latinoamérica. Entre 1982 y 1987, cerca de 150 mil millones de dólares se transfirieron desde Latinoamérica al Occidente.



Se puede debatir el sentido de la palabra “socialismo”, pero si significa algo, esto es control de la producción por los mismos trabajadores, no por los dueños y dirigentes que los gobiernan y controlan todas sus decisiones, sea en empresas capitalistas como en un estado absolutista.



Los bolcheviques llamaron a su sistema socialista para explotar el prestigio moral del socialismo.



Por primera vez en la historia humana, tenemos que encarar el problema de proteger un ambiente que pueda sostener una existencia humana decente. No sabemos si el esfuerzo honesto y dedicado pueda resolver o incluso mitigar problemas como éstos. Podemos estar casi seguros, sin embargo, de que la falta de tales esfuerzo equivaldrá a un desastre.

Fuente: Chomsky, N. (1992), Lo que realmente quiere el tío Sam, Siglo veintiuno editores, México.

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