23/8/08

Más vale morir juntos que sobrevivir mitades

Por Eduardo Galeano

Decídase, señor escritor, y por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe; y a sus años ya va siendo hora de que usted se entere.



Y así pasaron los años.
Los muertos de hambre no recibieron ninguna herencia,
los paralíticos no caminaron,
no brotó la melena en el cráneo de los calvos,
las solteronas no se casaron,
no llovió en el desierto,
no crecieron los enanos.
Y un día, Cándido se murió. Y no resucitó.



Felicindo intentó quitarse la máscara con las uñas, y probó con agua y con aguardiente, con detergente y con esponja de alambre.

Y hasta hoy sigue queriendo arrancarse esa cara que cada día le devuelve el espejo.

Él se consuela sabiendo que ése es el problema de casi todo el mundo.



Dolores lo miraba a la cara. Él no, porque ella era tan linda que si la miraba le dolían los ojos.



Más vale morir juntos que sobrevivir mitades.



Y fue tanta su alegría que se tuvo envidia.



Y él quiso llevársela, y no podía, y quiso quedarse, y tampoco podía.



Hay quien dice que se le desamoró el amor y a quien dice que no hay por qué llamar amor a lo que fue lástima o curiosidad.



Toda la vida aprendiendo y todavía no sé.



Quien sabe leer, lee: Prohibido. Quien no sabe, aprende a golpes, curso de pobre.



Está visto que hoy no vendrá la mujer que me dejó sin fuego ni juego, ni vendrá tampoco el brujo curandero o cirujano dentista capaz de arrancármela de un tirón y sin anestesia.



Día que empieza mal, sigue peor.



Si las palabras engordaran, con todas las que yo me trago, no cabría en el mundo.



Venimos de un huevo mucho más chico que una cabeza de alfiler, y habitamos una piedra que gira en torno de una estrella enana y que contra esa estrella, a la larga, se estrellará.

Pero hemos sido hechos de luz, además de carbono y oxígeno y mierda y muerte y otras cosas, y al fin y al cabo estamos aquí desde que la belleza del universo necesitó que alguien la viera.”

Fuente: Galeano, E. (1993), Las palabras andantes, Siglo veintiuno, México.

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